FELINETTE NOVEMBER
- 2023 -
"Siempre fuiste tú"
Capitulo 16: Mirar las estrellas.
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Las cenas con sus padres habitualmente giraban en torno al mismo tema.
- ¿No te parece increíble, Marinette? Es un sueño hecho realidad. - le dijo su madre, justo al terminar el postre.
Su madre, Sabine, era una mujer amable y comprensiva. Marinette la recordaba siempre ayudando a su padre en la panadería, despertándose muy temprano, haciendo recados, acompañandole a sus eventos. Ambos eran una pareja ideal. Ella comprensiva y tranquila, y su padre, abrupto y cabezota, aunque se dejaba llevar por ella.
- Sí, claro que lo es, mamá.-
Tom Dupain, su padre y el dueño de la panadería, la miró con regocijo y aceptación. Era un hombre alto, bonachón, con más tripa que pecho, y usaba un bigote mostachón ya pasado de moda. Pero era un hombre bueno, Marinette jamás le oyó gritarle ni castigarle injustamente. Tampoco la obligaba a trabajar con ellos, sino que le dio libertar para hacer lo que más quisiera.
Había ido a verles, para hablar con ellos.
Unos días antes, en la mansión Agreste, tuvo una visita extraordinaria e inesperada. Llevaba varios meses viviendo parcialmente con su novio, entre semana, de lunes a viernes, para luego el sabado y el domingo, pasarlo con sus padres. Ella vivía en dos mundos. Con sus objetos repartidos por medio París. Había días en los que no sabía ni donde estaban sus zapatos.
Pero ella en cambio, sí sabía donde estaban las cartas que le trajo Amelie.
El mismo día que Amelie partió, ella volvió a la panadería. Dejó tiradas las tijeras y el sombrero, así como los rosales con hojas marchitas a medio podar. Cogió toda la correspondencia que le fue entregada, y fue directo a guardar todo las cartas y las postales, en el arcón de su habitación. Le colocó un candado para que nadie lo viese.
De eso, hace ya un par de días.
- Y falta tan poco. - murmuró su padre, bastante contento.
Marinette dejó caer el cubierto, y deslizó su plato lejos de ella. Ya no quería comer ni un poco más, incluso quería echarlo todo. Por la boca. Ya sea la comida o ya sea la verdad. Se sentía mareada y con muchísimo dolor de cabeza. Y si tenía un lío en la cabeza, ni que decir del embrollo que tenía en el corazón.
En el alma.
Se mordió los labios y respiró profundamente varias veces .
- Yo...tengo algo que decirles. - Ella se detuvo porque no sabía exactamente que palabras usar. "no voy a casarme", "ya no lo quiero", "estoy enamorada de alguien más" "y resulta que ese alguien es su primo, y le he besado, a escondidas, ilegal". Todas esas frases se aglutinaban en su mente, pero al llegar a sus labios, morían de forma miserable. - No...No estoy muy segura de esto. -
Era evidente que ella se refería a su matrimonio con Adrien Agreste.
- La duda es normal antes de casarse, es el miedo a lo desconocido. - tranquilamente, Sabine apoyó una mano sobre el brazo de Marinette, confortándola.
La duda mata, le había dicho Amelie, el amor también, le susurró. Marinette lo recordaba casi cada segundo del día.
- Ya no lo amo. - Cuando lo dijo, Marinette levantó la mirada, sosteniéndola en tanto su madre la observaba. Trató de ser sincera, de decir la verdad. Tal vez no con la misma contundencia que debiera, pero lo intentaba. Lo intentó , en serio. - Yo así no me puedo casar. -
- Tonterías, cielo. - le respondió su padre, mientras masticaba el último trozo de tarta. - Son el uno para el otro. No va a haber nadie más que te quiera como él. -
Como Adrien. Como Félix.
Una canción de amor sin sonido. Un larguísimo poema con versos libres. Una conversación eterna entre dos almas gemelas. Dos puntas de una recta finita. Las alubias y el tomate de un desayuno inglés. El pan y el chocolate de una merienda francesa.
Uno, un sueño, evanescente. Efímero. Vibrante in descenso. La última parte de una canción. Algo bello y placentero, que termina al abrir los ojos.
El otro, férreo, intenso, sostenido en un eterno vibrato al que no le falla la voz. Sólido y temerario. Constante. Pero tan impertinente. Tan fuera de lugar.
¡Cómo deseó haberlos conocido en distinto orden! ¡Cómo quiso arrancarse el corazón! Dejar de amar y pensar. Cada vez que se probaba el vestido de novia que Gabriel Agreste le arregló, sentía que se probaba su mortaja. ¿Era esto la felicidad? Esa angustia, el desasosiego. Las lágrimas retenidas. Santo cielo, ¿esto lo era?.
El timbre del teléfono interrumpió aquella importante charla. Su madre salió disparada a responder y, por unos segundos, Marinette la oyó hablar en chino. Al colgar, Sabine Cheng, eufórica, le anunció a Tom que debían poner varias mesas más para el banquete, porque toda la familia de China acudiría a París para la boda del siglo.
Tom y Sabine se abrazaron de pura alegría por ver a tan lejanos parientes.
Marinette, en voz baja, pidió que la disculparan y subió a su ático.
Abrió el arcón.
Ahí estaban todas las pruebas de su infortunio. Su tristeza. Su odio a sí misma por ya no amar a su novio. Por besarlo en los labios, queriendo que fuera otro. Por querer matar a los rosales, destrozarlos, iracunda.
Ojala Amelie jamás hubiese ido a buscarla.
Ojala ella nunca hubiese ido a Calais.
No tocó ninguna carta, sino que dejó el arcón abierto y subió a su terraza, bellamente adornada con bombillas de colores y un sillón de exterior. Se dejó caer sobre él y contempló la noche, miró las estrellas. Rogó que una estrella fugaz atravesase el cielo. Ella le pediría un deseo.
"Quiero dejar de amar a Félix"
Esa noche, sin embargo, ninguna estrella fugaz apareció.
Los sueños no siempre se hacen realidad, se dijo a sí misma. Aunque el mío sí fue real. Lo mío con Adrien.
Y cuando un sueño se cumple, que viene después ¿el despertar?. No hay nada más aterrador que los sueños volviéndose realidad. No hay nada más agobiante, que haber logrado tu objetivo y no saber qué sigue después.
Ese vacío , ese horror.
El corazón de Marinette estaba lleno de eso. Lleno de nada.
- Tengo que acabar con esto. - murmuró suavemente.
El amor era una decisión. Una propuesta y un objetivo. Trabajar en ello. Conversando. Confiando. Era cierto que el primer día que conoció a Adrien Agreste, un rayo la partió en dos. Su vida no volvió a ser la misma. Su corazón empezó a latir al mismo ritmo que al de él. Como un marcapasos. Pequeñas descargas eléctricas que la obligaban a contraerse, a querer.
Si esta debía ser su historia de amor, la de Adrien y ella, esa historia debería escribirse de buena manera. Sin errores. Con sintaxis y narrativa. Sin borrones.
Marinette se incorporó del sillón, ingresando abruptamente a su ático. Cogió todas las cartas y las postales que él le había enviado y que Amelie había retenido egoístamente. Las apretó contra su pecho y bajó los escalones hacia los hornos de su padre.
Encendió uno de ellos.
Ya por la mañana, alguien limpiaría las cenizas de lo que ahí se quemase.
El amor, es una decisión. Una apuesta segura. Ella no debía mirar hacia otro lado, ni besar otros labios. Tenía que hacer lo correcto.
Tomó al azar, una postal.
El monte Fuji nevado le saludaba. Atrás , escrita con perfecta caligrafía inglesa, había una confesión de amor.
-Te amo, Marinette. Oh, cielo, cuanto te quiero. No hay día en el que no despierte y quiera seguir muriendo, meter la cabeza bajo el agua, o estrujarme el pecho hasta escupirte entera. Y luego abrazarte y pedirte perdón, por quererte. -
No lo pensó. Sólo la dejó caer en el horno. En cuestión de segundos, el ígneo calor devoró el papel, empezando por los bordes hasta consumirlo por completo.
Su amor lo enterraría aquella noche en París, en el horno de su padre, y lo único que quedaría serían cenizas malolientes.
Tomó la siguiente postal. La playa de Hokkaido repleta de nieve, de arena al borde del mar se vislumbraba a pesar de la oscuridad de la cocina en contraste, con el interior del horno. Un claroscuro de emociones, de dudas, y de amor.
Si Amelie no hubiese llegado con aquella correspondencia, ¿qué hubiera hecho? ¿Se hubiera casado, sin pensarlo? El corazón le dolería igual, con certeza. Ella había obligado a Félix a dejarla. Él le había propuesto, en aquella cita en Calais, en que lo dejara todo y lo siguiera. Él se encargaría de quererla. Huirían a Londres. Amaría de nuevo. Y ante su silencio, Félix la quiso olvidar. Se iba a casar con un hermosa mujer japonesa. Una chica que había encontrado en Japón, meses atrás. Una muchacha mejor que ella. Pero hace unos días, las noticias que ellos dos no se casaban, que habían roto su compromiso, la dejaron traspuesta. ¿Lo habría hecho por ella? ¿porque la seguía queriendo y no lograba olvidarla?
- Nieve y arena. Amor y desamor. Dos humanos que bailan sin saberse los pasos. Dos corazones que no deciden si entregarse, o morir. -
Eso decía por detrás de la foto de la playa de Hokkaido. Ella apretó los dientes, casi se mordió la lengua. Y en otro movimiento ligero, dejó que aquella postal cayera dentro del infierno.
El papel siempre perdería la lucha contra el fuego.
Si todas esas cartas le hubiesen llegado antes, si acaso Amelie no las hubiese traído.
La postal ardía como su corazón, de él sólo quedaban cenizas.
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El gato obeso de Emma, Hades, el que habitualmente asfixiaba a Marinette, maullaba insistentemente si nadie le servía su comida a las dos en punto de la tarde.
A las dos de la tarde y un minuto, armaba un concierto a tres cuerdas y a cuatro voces.
- Emma debió llevarse a Hades. - le dijo Félix a Marinette, al darse cuenta que el gato, enfadado con la demora, no hizo más que echarse a llorar en un rincón. - Es un gato obeso e insoportable. -
Sin embargo, Félix Fathom cortó un trocito de jamón y se lo lanzó al vuelo, para que se lo comiera. El gato rechoncho, saltó para pillar el bocado pero no pudo elevarse más que un par de centímetros. Cayó redondo, rodando como una croqueta, en tanto el trocito de jamón caía a dos kilómetros de la pista de aterrizaje.
Marinette meneó la cabeza, criticando a su esposo por ensuciar el suelo con el jamón y el aterrizaje forzoso del gordísimo felino. Después, rellenó un cuenco con comida para gatos y se la ofreció al dios del Olimpo que Emma tenía como rehén en esa casa.
Hades devoró la comida.
- Emma ha escrito. - dijo Marinette, acariciando la cabeza del gatito. - Dice que se quedará en París, un par de días más. Comenta que quiere hacer turismo, ver la torre Eiffeil, caminar por el Sena. También mencionó algo de pasarse a la Sorbona con algunos nuevos amigos que hizo. -
Felix Fathom escuchaba atentamente las palabras de su esposa. Había cierto tono en su voz, entre melancólico y temeroso, el cual le causaba cierto temor. Ellos no habían vuelto a París, desde que Emma era algo pequeña. No recordaba exactamente cómo fue el alejamiento con esa ciudad. Pero podía decir que fue paulatino.
Un día, cuando se festejaba el día de las madres, ellos llamaron a la panadería y nadie les cogió el teléfono. En las siguientes semanas, Marinette escribió mensajes preguntándole a su madre por el día a día. Y su madre no le contestó. Su padre tampoco. Luego pasó un cumpleaños, el de Tom o el de Sabine, pero estuvieron muy ocupados con Emma y no les llamaron. Cuando se acordaron, ya había pasado una semana.
Para el siguiente año, ninguno de los dos llamó a París. Ni nadie de París, les llamó a ellos.
- Será tiempo de volver, Marinette.-
Y Marinette, jugueteando con una de las orejas del gato fortachón, simplemente asintió.
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Cuando escribo de estos dos me parto el corazón yo misma.
¿Será porque he encontrado una playlist de youtube con "piano para llorar"?
Tengo poco tiempo, no prometo actualización diarias, pero así como ahora, cada dos o tres días.
Muchas gracias por leer.
lordthunder1000
