Fun fact: Este fue el primer capítulo que escribí de toda la saga Fénix… En el 2008, la conchesumadre. [obvio que está editado, porque en esa época escribía como baby kangaroo Tribiani.]

Llegar hasta aquí después de TANTOS AÑOS no me avergüenza tanto como debería, porque no creo que nunca supere a Los Merodeadores y seguiré escribiendo de ellos cuando tenga 40, 50, 60 años, y más…

Espero que este capítulo esté a la altura de las expectativas y como siempre, muchas gracias por leer!

24
Réplicas

El Sauce Boxeador llevaba en el castillo exactamente la misma cantidad de años que ellos. Que fuera una especie verdaderamente exótica y una donación del mismísimo Newt Scamander, el magizoólogo más importante del mundo, había aplacado un poco las críticas que le llovieron a Dumbledore cuando decidió poner aquella peligrosa criatura en los terrenos de un castillo lleno de niños y adolescentes.

En primer año, James Potter, como cualquier otro alumno de Hogwarts, jugaba y desafiaba a sus compañeros a quién podía acercarse más al árbol en cuestión. Eso le había valido un par de cortes feos en su rostro, cortesía de algún latigazo que le había propinado alguna rama y que no había alcanzado a esquivar. Sirius era el único que le había seguido el juego lo suficiente como para lesionarse también, pero ni Peter ni Remus habían querido participar, y esa había sido una de las pocas veces en que el segundo se había visto más asustado e incómodo que el rubio.

En segundo año, cuando Davey Gudgeon casi perdió un ojo debido a la excelente puntería del árbol, Dumbledore tuvo que tomar cartas en el asunto y prohibir que cualquiera se acercara. Bajo una horda de cartas furiosas enviadas por los apoderados, anunció que la violenta criatura se quedaría en los terrenos, por ser una especie tan rara y de importancia para la botánica mundial, pero como una especie protegida que no debía entrar en contacto con nadie ni nadie con ella.

En tercer año, cuando descubrieron que Remus Lupin era un hombre lobo, el grupo de amigos también descubrió que el Sauce Boxeador no llevaba tres años allí por mera coincidencia, ni que había sido una donación de Newt Scamander que estaba allí solo para ser protegida… Era la entrada a un túnel. Sencillo, efectivo, y ante todo, un secreto. De paso se enteraron (con un poco de pesar, eso sí) que la famosa Casa de los Gritos que estaba en las afueras de Hogsmeade no estaba embrujada, sino que era una inhóspita guarida…

Y es que todo estaba unido en un entramado perfectamente planeado por su director para proteger a Remus y permitirle que pudiera estudiar en Hogwarts, a diferencia de tantos otros licántropos, sin poner en riesgo la seguridad de nadie durante sus noches de transformación…

Era francamente brillante cuando a nadie se le ocurría el verdadero fin del sauce, porque, después de pasada la novedad inicial, a nadie le importaba la existencia tranquila y lejana el árbol. ¿Quién en su sano juicio quería ir a recibir un golpe porque sí? Mientras nadie supiera que había un pasadizo justo debajo de sus raíces, a nadie le importaba un comino si era una especie única, rara, en peligro de extinción. No, era un árbol más, una planta aburrida que formaba parte de una colección en donde había muchas otras cosas que algún director había añadido en su paso por Hogwarts: Una espada oxidada que colgaba en la pared, una pintura parlanchina traída desde Katmandú, una piedra preciosa que servía de pisapapeles en alguna oficina…

Pues esta era la locura excéntrica de Dumbledore y ya estaba.

En quinto año, cuando James y Sirius se convirtieron en animagos, aprendieron que podían utilizar el hechizo immobolus durante suficiente tiempo como para entrar, y una vez a salvo, un finite incantatem por si venía cualquier otro curioso detrás de ellos. Así lo hacía también Madame Pomfrey, cuando encaminaba al pequeño Remus hacia una noche de luna llena; la capa de invisibilidad hubiese servido antes, cuando eran niños pequeños que podían cubrirse enteros con ella y no ahora, que habían pegado un estirón y no cabían sin mostrar sus pies y canillas.

Entonces, por una cosa del destino, Peter se logró convertir en una rata de cola larga y avanzar sin problemas, agazapado, cubierto por el césped alto, desprolijo y sin cortar, hasta la base del Sauce Boxeador, para tocar un nudo en la raíz que, al menos por un momento, lo volvía dócil y quieto.

De alguna manera, Snape había descubierto eso. Que había un túnel debajo del árbol, que había una forma de evitar que lanzara golpes… Porque mientras James veía el Mapa del Merodeador que Peeves acababa de devolverle, lo observó avanzar directamente hacia la Casa de los Gritos por ese pasadizo hasta entonces secreto. Lo observó con el corazón palpitando a golpes, con el estómago hecho un manojo de nervios y echó a correr, pero… Aunque corriera a toda velocidad, temía no alcanzar a llegar y evitar una tragedia. Si no llegaba a tiempo, Snape iba a morir a manos de Remus. Y de alguna forma lo peor no era ese escenario.

Lo peor, era que Sirius estaba detrás de todo.

.

.

James caminaba hacia el castillo a medianoche por los terrenos. Hacía frío y el vapor que salía de su boca cada vez que exhalaba daba una ilusión fantasmagórica del chico caminando por los terrenos en la oscuridad, como una aparición paranormal. De cualquier forma no le importaba que alguien pudiera verlo porque estaba demasiado furioso como para que algo le importara. Le ardía la piel de rabia, le hervía la sangre.

Sintió los pasos apresurados de Sirius justo detrás de él, ganando terreno y acercándose rápidamente, pero en este caso, como nunca antes, era mejor si el moreno guardaba distancia o lo iba a golpear hasta desquitarse y sacar toda la rabia que llevaba encima. ¿Cómo había podido pensar si quiera en hacer una broma así? ¿Qué demonios se le pasaba por la cabeza? ¡Snape pudo haber perdido la vida!

- ¡Vamos, Prongs! – gritó el chico prácticamente con risa en el tono –. No te lo tomes así.

James se giró bruscamente en su lugar.

- ¡¿Cómo quieres que me lo tome?! – gritó -. ¡Te volviste completamente loco! ¡Nunca pensé que pudieras hacer algo así!

- No exageres.

- ¡¿Quién te crees que eres?!

Sirius sonrió de medio lado con una alarmante arrogancia y frialdad.

- Sirius Black – replicó como si esa excusa lo exonerara de cualquier pecado.

El chico de gafas se quedó estupefacto, sin saber cómo reaccionar. En ese momento, si era posible, sentía rechazo y resentimiento por su mejor amigo. No, ¿si quiera podía seguir llamándole mejor amigo ahora que lo desconocía por completo? Y si definitivamente se había convertido en alguien que podía enviar a alguien hacia una muerte segura con una sonrisa casual… Representaba lo peor y lo que más le disgustaba de este nuevo mundo bajo Voldemort. Del delirio de grandeza y de superioridad que sentían algunos, les daba una justificación para marcar a algunos de inferiores y que ahora, dividía a su gente.

¿De verdad Sirius se había convertido en eso mismo? Temblaba de solo pensarlo. Lo quería tanto, como a un hermano…

Pero ahí marcaba la línea.

- Sí… - murmuró con asco, mirándolo de arriba a abajo –. Eso veo. Lo Black te brota por los poros ahora. Tanto tiempo renegando de tu familia para que te terminaras convirtiendo en lo mismo que ellos o incluso algo peor.

Eso pareció ser lo primero que le molestaba lo suficiente como para borrarle la sonrisa del rostro. Sirius acortó la distancia entre ambos avanzando amenazantemente hacia él y lo tomó del cuello de la camisa. Por la diferencia de altura de los dos chicos, el movimiento hizo que James quedara relativamente de puntillas, siendo levantado por el otro, pero sin intimidarse le sostuvo la mirada con la mandíbula apretada por la rabia.

- Retira lo dicho – advirtió. Sonó tan duro como se veía y quizás otra persona hubiera reculado, pero James no le temía.

- No dije ninguna mentira – respondió sin dejarse amedrentar por el hecho de estar tan cerca y (probablemente) a punto de ser golpeado.

- Retira lo dicho o te juro que—.

- ¿Qué? – lo interrumpió, desafiante -. ¿Vas a intentar matarme al igual que lo hiciste con Quejicus?

- ¡Retira lo dicho, Potter! – gritó.

- ¡No! – devolvió el grito, empujándolo para soltarse de él -. ¡Pasaste la línea esta noche, idiota! ¡Tendrás que pedirle perdón a Snape!

- Nunca.

- ¡Pídele perdón!

- no me dirás qué hacer a mí – dijo, nuevamente con arrogancia.

Ya no lo podía negar. Estaba sintiendo odio por Sirius y una rabia que no podía controlar. Se le tiró encima como si buscara derribarlo y Sirius le respondió con un puñetazo en la cara. Sus gafas salieron volando, pero ni siquiera se dio cuenta y contestó el golpe. Era la primera pelea física que tenían desde que se habían conocido seis años antes en el Expreso de Hogwarts… Y mientras el castaño sentía el contacto de nudillos fríos y huesudos contra la piel de sus mejillas, se dio cuenta con horror que el problema ni siquiera era que estuviera golpeándose con su mejor amigo.

El problema era que ambos estaban deseando hacer añicos al otro, destruirse si era posible.

Así que se dieron puñetazos durante un largo tiempo. A ratos, uno terminó sentado a horcajadas sobre el otro para darle un mejor y certero golpe en la cara. Luego, era el turno del otro. Sin decir ni una palabra, James y Sirius quedaron tendidos en el césped húmedo bajo el cielo oscuro y lleno de estrellas, hasta que el primero buscó sus gafas entre el pasto, se las puso y se marchó. Algo se había roto aquella noche y aunque le doliera admitirlo, sabía que no había ninguna posibilidad de reparación.

A la mañana siguiente y sin haber pegado un ojo en toda la noche, James se levantó tan pronto como comenzó a aclarar afuera. Su reflejo en el espejo del baño fue un innecesario recordatorio de lo que había pasado, el dolor que irradiaba desde los moretones y cardenales era otro. Por suerte siempre había sido buen recibiendo una paliza, un talento muy útil y poco valorado… Al menos se veía bien masculino así, todo golpeado. En cualquier otro momento se hubiera ido a lucir por los pastillos del castillo intentando verse misterioso ante las chicas y peligroso ante los chicos… Ahora quería esconderse. No porque se avergonzara de algo, sino porque dar explicaciones sería un dolor en el trasero. Toparse con Snape en alguna parte sería aún peor…

Pero lo único peor que esconderse era quedarse en esa habitación, viendo de reojo a Sirius durmiendo en el suelo, el bulto que al igual que él, había fingido dormir toda la noche pero estaba despierto. Lo conocía lo suficiente como para saber que era así, demonios, que hasta le conocía como sonaba de profunda su respiración cuando de verdad estaba dormido…

Decidió que lo mejor era salir lo más rápido posible de la habitación, antes de que Sirius se dejara de aparentar y le diera por levantarse y mirarlo a la cara. No tenía ganas de verlo, ni arrepentido de verdad; ni fingiendo arrepentimiento; o lo que era peor, que el sentido común siguiera sin volver a su cabeza y tuviera que escuchar otra dosis de arrogancia desmedida que los empujaría a un nuevo enfrentamiento.

Se lavó la cara con agua fría para despabilar, con el deseo imposible de que eso le sirviera de alguna manera, también para que despabilara el dolor que sentía en su pecho. Tal vez así se sentía tener el corazón roto, después de todo... Su mejor amigo, su hermano de otra madre, se había convertido en un soberano imbécil.

.

.

Sirius Black tenía la mirada clavada en el techo y contaba las manchas y huecos en la madera mientras enredaba uno de sus dedos entre sus rulos, distraídamente. Al mismo tiempo, jugaba con su lengua dentro de la boca y sentía el sabor metálico de la sangre aún en algunas partes, entre sus dientes, porque aunque no le gustara admitirlo ni siquiera en la soledad de sus pensamientos, James Potter le había sacado la mierda.

Ese solo pensamientos lo había hecho encogerse ligeramente en su lugar. Mirar hacia atrás, hacia la cadena de momentos que se habían desencadenado hacía menos de doce horas, le provocaba un malestar que solo podía deberse a una mezcla letal de culpa, vergüenza, miedo, inseguridad y arrepentimiento... Ah, qué bonito sería tener un giratiempo en ese momento… Volver el tiempo atrás y deshacer todo...

El cargo de consciencia había llegado durante la madrugada, más temprano que tarde, tal vez solo una hora después de su pelea con James. Nada más había bastado estar a solas con su cabeza, en medio de la oscuridad y listo. Repasar lo que había pasado y específicamente, lo que había hecho, lo arrolló como un camión. Admitió para sí mismo y con rapidez que James tenía razón. Admitió que se había comportado como un imbécil y lo sintió en cada fibra de su cuerpo. Pero por sobre todo, se asustó de sí mismo y de lo que era capaz de hacer, como ya venía haciendo hacía un tiempo.

No. Decir que se había asustado era demasiado sencillo. Estaba realmente aterrado…

Pasó las palmas de sus manos por su cara y la restregó con fuerzas, sintiéndose desesperado. No había forma de que pudiera solucionar esto, ¿verdad? Esta era una de esas cagadas de las que no había retorno. Matar a alguien. De esas ocasiones que marcaban la vida de alguien en un antes y un después. Matar a alguien. Empuñó sus manos con fuerza y se contuvo para no patalear sin sentido sobre el colchón, intentando asumir todo como un hombre, sin demasiado éxito. Matar a alguien.

Por algún motivo, la posibilidad de que Snape perdiera la vida ni siquiera le provocaba una reacción tan fuerte como debía. Su arrepentimiento y culpa iban más por el lado de sus amistades rotas y los problemas que significaría a ellos lo que había ocurrido; el miedo, la vergüenza y la desesperación, por darse cuenta que intrínsecamente era igual que cualquier otro miembro de su familia, y por ende, algo que no valía nada. ¿Cuál de todas las emociones que sentía era por Snape? Honestamente, ninguna… Solo reconocer eso era un nuevo recordatorio de todo lo que estaba mal con él.

Sirius no era nada más egoísta, se estaba dando cuenta. Tal vez era un maldito psicópata, como Voldemort… Ahora era un Black más dando vuelta en el mundo mágico, siendo un peligro. Un asesino egoísta que estaba más preocupado por quedarse solo, que por el prospecto de casi haber matado a alguien. No, por supuesto que no había retorno… Y James, como siempre siendo todo lo contrario a él, había sido un jodido héroe que había llegado justo a tiempo para evitar un desenlace fatal, y de paso, les había salvado el pellejo a tres personas: A Snape, la vida. A Remus, un ataque en calidad de hombre lobo; ¿A él? De arruinarse la vida para siempre.

Como si las cosas no pudieran empeorar más, justo en ese momento se sobresaltó con el ruido de la puerta de la habitación siendo abierta y las voces cansadas de Remus y Peter llegando tras la transformación de la noche anterior. Fijó su vista en sus amigos, notando cómo el más alto venía demacrado, con ojeras marcadas y oscuras, y una notable extenuación surcando su rostro… Era habitual bajo la influencia de la luna llena, aún si la transformación había sido amena gracias a la presencia de un amigo…

Su corazón se paralizó dentro de su pecho cuando el castaño hizo contacto visual con él y se quedó congelado en su lugar, a diferencia de Peter, que ya se estaba lanzando en el colchón a su lado para dormir y recuperarse algo… Porque Remus había notado inmediatamente los moretones y hematomas que adornaban su cara y ahora se venía lo peor.

- Por Merlín, ¿qué demonios te ha pasado? – preguntó preocupado.

¿Cuál iba a ser la reacción de Remus cuando lo supiera?

Que por su culpa, el licántropo bien podría haber estado camino a Azkaban esa mañana.

Que sus ganas de joder a Snape y vengarse por una cosa estúpida de niños casi terminan por convertir a un amigo querido en un asesino.

Que su ego era tan grande que lo había antepuesto por sobre Remus, como si el fin justificara cualquier medio y no existieran consecuencias…

Su estómago se contrajo ante la expectativa de contarle a Remus la verdad. Era seguro dar por perdida la amistad de James… Ahora estaba por perder la amistad de Remus también.

- Tuve una ligera discusión con James – reconoció, partiendo de a poco. Cobarde. –. Y bueno, ya ves...

- Sí veo – corroboró el otro con impresión. En ese mismo momento, Peter se incorporó apoyando su cabeza en su codo, impactado por la revelación y mirándolo con sus ojos vidriosos abiertos de par en par.

- ¿Por qué se pelearon? – preguntaron ambos chicos al mismo tiempo, y Sirius hubiese creído que se había hundido en el colchón, si no fuese porque ya estaba prácticamente a ras de suelo.

Tragó ruidosamente mientras su cerebro intentaba configurar alguna excusa, alguna justificación rápida o cualquier cosa que le diera una salida a admitir la realidad, pero no encontró nada.

- No te va a gustar mucho cuando te lo diga… - Este era el peor momento de su vida. Lo era, de verdad. Estaba a un paso de perderlo todo y lo merecía. Dios, iba a perder a Remus.

- Vamos, Sirius, no me asustes así – pidió, imaginando un sinfín de cosas -. ¿Qué pudo haber sido tan terrible?

- La cagué. Ahora sí que la cagué en grande, Moony – admitió, sin poder reprimir una risa amarga y patética. Tan leve ato fue como una puerta abierta para una verborrea que ya no dejó de salir y avergonzado, Sirius le contó la broma que le había hecho a Snape la noche anterior sin ser capaz de mirarlo a la cara.

No escondió ningún detalle. Era lo mínimo que le debía a Remus, ¿no? Y a Peter. Dios, ahora recién caía en cuenta de que también le hubiera arruinado la vida al más pequeño de los cuatro, que hubiera tenido que presenciar todo ese horror en primera persona y probablemente se hubiera traumatizado para siempre... Y siendo un animago ilegal, también había puesto en riesgo ese secreto. Ese pacto que los amigos habían hecho cuando habían tramado adentrarse en el Bosque Prohibido como animales.

Así que empezó desde atrás, explicándole la pequeña cacería que había hecho para dar con el paradero de Snape y terminando con ese pequeño y peligroso impulso de decirle sobre cómo seguir a Remus hacia el Sauce Boxeador, que en el minuto se había visto tan insignificante… Detalles, detalles, detalles. No escatimó en ninguno y escupió hasta el más ridículo de ellos para desenvolver y dejar completamente al descubierto sus pensamientos horribles, resentidos y estúpidos que ahora lo dejaban lleno de vergüenza.

Le hubiera encantado guardarse algo, mentir o dar vuelta las palabras para justificarse para conservar algo de honor y decencia, pero si Remus había significado tan poco para él en determinado minuto, que había sido capaz de anteponer una venganza infantil porque Snape le había ganado y le había escupido en la cara, entonces lo mínimo que podía hacer era decirle la verdad.

Y él merecía ser testigo de ese momento en que toda comprensión y cariño abandonó la mirada del licántropo. Cómo su expresión facial fue mutando rápidamente desde la confusión, a la sorpresa, a la decepción y terminar en la rabia… Cómo el respeto hacia él abandonaba su cuerpo y quedaba la misma repugnancia con la que lo había mirado James la noche anterior.

Y no había absolutamente nada que decir ni hacer para cambiarlo.

- Lo siento, no estaba pensando bien – fue la frase con la que decidió terminar el relato. Sonaba sencillo como una excusa barata y ofensiva, pero era la verdad. Si tan solo sus amigos pudieran entender eso, que ya llevaba varias semanas sin poder pensar bien

Si había algo aún peor que recibir los puñetazos de James, era ese silencio tenso que acababa de producirse en la habitación y el intenso escaneo que le estaba dando el castaño con los ojos enrojecidos de cansancio y tristeza, analizando, asimilando, entendiendo lo que había ocurrido y luciendo como si estuviese recibiendo una puñalada en el pecho. Cuando Sirius se preguntó si Remus volvería a dirigirle la palabra, en un impulso, éste se puso de pie.

- Te volviste loco... – dijo entre medio de un bufido incrédulo.

- Perdóname, Moony, es que—.

- ¡Cállate! – gritó, levantando su puño en el aire. Pero luego lo bajó. No era capaz de golpearlo, pese a todo –. Si te queda algo de decencia, cállate, Sirius. No hay nada que puedas decir o hacer para remediar esto, ¿entiendes? ¿Te das cuenta de la gravedad de todo esto? ¡Pude haberlo matado! ¡Yo lo hubiera matado, no tú! No pensaste en nadie ni nada cuando decidiste hacer eso. ¡Yo hubiera tenido que cargar con esa culpa para siempre! ¡Me hubieras convertido en un asesino por hacer una estúpida broma!

- Tienes razón, no estaba pensando—.

- ¡Te dije que te calles! – volvió a gritar. Esta vez su voz resonó en la habitación –. Me traicionaste – murmuró esta vez, con un hilo de voz, y sonó peor que cualquier grito furioso -. Tienes que estar enfermo para hacer algo así, Sirius. Tu forma de razonar no puede ser normal. Dime… ¿Cómo imaginabas que iba a ser el día de hoy si te salías con la tuya? - Unos segundos de silencio gélido siguieron la pregunta, pese a que Sirius llevaba toda la mañana reproduciendo esos escenarios en su cabeza. - Casi mataste a alguien y de paso mandaste al carajo el secreto de mi licantropía en una maldita noche. ¿Qué pensabas que iba a hacer Snape si salía vivo de la Casa de los Gritos? ¡¿Felicitarme por mi condición de hombre lobo?! ¡Se lo va a decir a todo el mundo!

El castaño se le quedó mirando con la respiración agitada, el rostro rojo de rabia y sudado, y las venas de su frente marcándose por la subida de presión que le había significado toda aquella discusión, todas las implicancias y daños colaterales que traería en el futuro cercano, como las réplicas implacables de un terremoto…

Pero Remus tenía un punto y gracias a esas palabras, duras pero certeras, los engranajes de su cabeza se pusieron en movimiento.

De haberse salido con la suya, hubiera sido un infierno para todos… Pero, gracias a la intervención de James, ¡aquella mañana solo era horrible para él! Él era el único que iba a perderlo todo y sus amigos se encontrarían a salvo si lograba convencer a Snape de no contarle lo que había visto la noche anterior a todo el mundo… Y aquella realización fue la primera cosa que lo hizo sentir optimista.

Si lograba convencer a Snape…

Esa sería su única motivación desde ahora. Buscaría al chico y le pediría perdón de rodillas si era necesario, aún si no lo sentía en el fondo y creía que se merecía un escarmiento por estar siempre detrás de ellos, hurgueteando para buscar cualquier cosa que pudiera arruinarlos... Y la intensidad de sus acciones sería honesta por el fin ulterior de no seguir perjudicando a Remus. Funcionaría como fuese.

Iba a convencer a Snape.

- Ya está. Me expulsarán de Hogwarts y ningún otro colegio me aceptará jamás. Arruinaste mi futuro, Sirius. Quizás hasta has arruinado a Dumbledore con esto.

- No si puedo evitarlo—.

- ¡Oh, por favor, no digas nada! – exclamó enfurecido, lanzando sus brazos al aire tras perder completamente la paciencia –. Es más, no me vuelvas a hablar más. Jamás. No quiero volver a escucharte.

El de rulos solo podía apostar que, como cualquier otra luna llena, había sido una transformación jodida y dolorosa para Remus. Que el pobre licántropo debía dormir y descansar, y lo menos que necesitaba era una puñalada por la espalda… Por eso se sintió tan mal cuando lo vio yéndose a paso decidido hacia la puerta para salir rápidamente de la habitación para alejarse de él, herido y más vulnerable que nunca...

Y a su lado quedaba Peter, devastado, mirándolo desde la otra cama. Cuando sus ojos se encontraron, Sirius pudo notar que Peter de hecho, le temía.

- Por Merlín, no me mires así…

- Realmente la jodiste en grande esta vez, Padfoot…

- ¿Tú también me odias?

- No, no te odio, pero… Yo no sé cómo se va a solucionar esto – murmuró.

- ¿Sabes? – dijo poniéndose de pie, determinado.

Aún llevaba la misma ropa que estaba trayendo la noche anterior, porque se había acostado con ella. No era particularmente halagadora porque tenía un par de manchones de sangre por aquí y por allá, pero aquello era una preocupación menor considerando que su cara era suficiente testimonio de que le habían partido la madre.

Se arremangó las mangas de su camisa y miró a Peter con una pequeña sonrisa que dejó al rubio luciendo desconcertado.

- Que tú no me odies es un buen comienzo – le sonrió con cariño y agradecimiento. Pudo haber sido peor después de todo, pudieron haber sido tres de tres. Las cosas podían mejorar si se lo proponía. Después de todo, era el jodido Sirius Black.

- ¿A dónde vas?

- Iré a arreglar las cosas.