TIERRA DE FUEGO
Tras semanas de viaje de disforme los cruceros imperiales emergieron en el sistema planetario de Nocturne, topándose con una flota de Salamandras que patrullaban el punto Mandeville. En ese momento el Inquisidor Bertrán desde la "Furia Cerúlea" aprovechó para enviar un mensaje astropático a la estación de la guardia de los Vigías de la Muerte más cercana, solicitando un equipo de eliminación. La flota ancló en el puerto espacial de la luna Prometeo. Muelles y astilleros orbitales gigantescos en los que naves del sector estaban siendo reparadas, naves masivas del capítulo que se hallaban en construcción por décadas, buques estacionados suministrándose de recursos y combustible para proseguir en sus largas marchas y buques del Mechanicus que llegaban con nueva tecnología y maquinaria para Nocturne y luego regresar a Marte con sus bóvedas repletas de minerales y joyas, materia prima que requieren en sus masivos mundos forja. Y sobre todas aquellas naves una destacaba indudablemente, la impresionante Cáliz de Fuego, una imponente nave forja, única en su tipo, suspendida sobre la fortaleza monasterio de los Salamandras, uno de las nueve reliquias de Vulkan, de las que solo faltaban dos por encontrar. Los artefactos recuperados fueron llevados a la Cáliz de Fuego; los visitantes fueron llevados a la fortaleza monasterio donde serían registrados antes de permitirles ir a la superficie de Nocturne.
Su'ane llevó a los heridos más graves a ser tratados en las instalaciones del Apotecarium del monasterio fortaleza. Ahí se volvió a encontrar con Shak Tsugan, trabajaron juntos todo el día hasta que llegó un nuevo grupo de tarea a relevarlos.
—¿Quieres qué te enseñe mi ciudad? Me hace mucha ilusión poder conocerte— le dijo con una sonrisa gentil.
—Muchas gracias, pero no soy dueña de mi tiempo. Debo responder ante la hermana curia y la Palatina de la Orden de la Túnica Azul.
Él asintió comprensivamente —Si encuentras tiempo para visitar Hesiod te estaré esperando, puedes contactarme con este código vox — le entregó un pedazo de papel arrugado en el que estaba escrito unos doce números.
—Claro, lo guardaré bien— lo colocó entre las páginas de la novela que cargaba consigo.
Él hombre se retiró con una sonrisa en el rostro. Su'ane hubiera querido poder devolver esa sonrisa, sin embargo su corazón aún herido por la pérdida no halla sosiego, mecánicamente tomo su camino hacia las estaciones de despegue de la fortaleza monasterio, debía regresar a la Furia Cerúlea con el resto de las hospitalarias y reintegrarse a las labores correspondientes a su función.
En el camino se halló con Annelies que transitaba por los pasillos con un hábito negro y un rosario en sus manos, detrás de ella su escuadra con túnicas negras, velas aromáticas y retratos de sus hermanas caídas.
—Hermana Aga— dijo la palatina —Vamos a elevar nuestras liturgias en el Reclusiam, ven con nosotras.
—Debo ir con la hermana curia...
—Ellas también están allá, tras nuestras plegarias recibiremos órdenes de la Canonesa.
Hoshi le trajo una capa negra y se la colocó sobre los hombros, también le entregó su propia vela y una foto de Ariadne. La procesión continuó y las dos se formaron al final de ellas donde la hermana hospitalaria pudo dejar correr sus lágrimas en silencio.
En el Cáliz de Fuego se reunieron nuevamente las altas figuras del capítulo y una comitiva presidida por el Magos Fortis; Argos, señor de la forja, poco a poco recobraba el sentido, todavía expelía código binario mientras balbuceaba palabras desarticuladas, pero lo suficientemente comprensible para que los más instruidos en el culto marciano obedecieran sus órdenes. La llama desatada fue puesta a resguardo en una cámara abovedada y blindada en el interior de la Cáliz de Fuego; el carruaje de obsidiana también fue puesto a resguardo de los tecnomarines.
—La semilla genética resguardada en Zero está ahora en las bóvedas del apotecarium. Aumentaremos los llamamientos a los aspirantes. — profirió Elysius desde su asiento.
—Esa semilla genética es una bendición para el capítulo, especialmente para la segunda compañía que se ha visto reducida a la mitad de su capacidad operativa óptima— mencionó Tu'shan.
Nor'tek que reemplazaba temporalmente el cargo de Señor de la Forja de su maestro Argos aprovechó para expresar —El Capitán Mulcebar ha solicitado que se le otorgue la custodia del Carruaje de Obsidiana, argumenta que le sería útil para sus cacerías de bestias.
—Lo discutiremos una vez despierte Argos.
He'stan habló —En verdad hemos recibido grandes dádivas de la providencia. Pero aún debemos hallar esta última reliquia, y necesitamos esos datos que deben estar dentro del Magos y Argos.
—Estoy a vuestra disposición, tengo información histórica y tecnológica inédita en la historia del imperio, modelos de exterminadores Saturninos, Dreadnoughts Desprecio y Leviathan, espadas centinelas, armas adráthicas y mucho, mucho más, sin embargo tengo un montón de información incompleta y corrompida, me temo que se hayan perdido mucha información. Y algo de lo que me falte a mí, lo tendrá el señor de la forja— comunicó sin atisbo de emoción alguna, frialdad mecánica en toda su gloria.
—Correcto, esperaremos a que el hermano Argos mejore, mientras tanto todo el conocimiento que posea será entregado sin demora a los maestros del arsenal— ordenó Tu'shan sin chistar.
—A sus órdenes, mi señor.
En el Librarium Sol Ba'ken estaba sentado frente a unos pergaminos, placas de datos y un cogitador, y sobre la mesa su espada enfundada en piel de Leonid. Él como Maestro de Reclutas, tuvo la orden de promocionar a los más experimentados de los exploradores a las filas de la sexta y quinta compañía, así los hermanos de estas compañías reemplazarían a los caídos de la segunda y tercera compañía. Al hacerlo terminó tan solo con cinco escuadras de exploradores y ochenta aspirantes que entrenar de los cuales con suerte lograría obtener cuatro exploradores, aquella campaña fue un golpe fuerte para los reducidos números del capítulo, pero eran resilientes como era propio de si gente y saldrían de esos tiempos de prueba reforjados como acero.
Una figura silenciosa llegó al librarium y observó a Ba'ken por varios minutos antes de atreverse a interrumpirlo —Hermano Capitán.
Sol hace tiempo que había registrado los cambios en la disposición de sus reclutas, simplemente permanecía ensimismado en sus ideas —¿Si, hermano Epistolario?
—Estamos realizando los preparativos para el ritual funerario, requerimos de tu presencia, también perdiste hombres en esta campaña— Pyriel notó el ensimismamiento de Sol, tan parecido a las introspecciones que el mismo solía tener —. ¿Con qué te atormentas, hermano?
—La muerte— respondió, pero sacudió la cabeza y se corrigió —. No, a la muerte no. En la muerte termina el deber. No, a ella no.
—¿Entonces?
—A no morir, a vivir impedido de mis fuerzas, a vivir en pesadillas, a despertar prisionero de mi cuerpo en una caja de metal. A eso le tengo miedo— masculló sin temor, sin reservas.
Pyriel no necesitaba leerle la mente para saber que eran ciertas sus palabras —No pienses en ello, si yo estoy para impedirlo nadie te pondrá en un sarcófago dreadnought, tienes mi promesa.
—Gracias, hermano.— Ba'ken recogió el cinturón con su espada de la mesa y lo envolvió en la cintura —Hay trabajo por hacer.
Tras un par de horas de ruegos y plegarias en las que la Canonesa Dalia llevó la liturgia con solemnidad las hermanas de batalla esperaron unas palabras finales de su lideresa.
—Bajaremos a Nocturne hermanas, acompañaremos a los Salamandras en sus ritos funerarios, hemos decidido junto con la hermana famulata que entregaremos a nuestras caídas a las llamas purificadoras del volcán Fuego Letal, lugar sagrado de Nocturne, sitio de la resurrección del Primarca más de diez milenios atrás.
Algunas sororitas susurraron entre ellas indginadas por tener que seguir rituales tribales y despojarse de las santas osamentas de sus mártires, no era fácil para ellas hacerlo tras milenios de resguardar y santificar e idolatrar los huesos en relicarios que les otorgaban el ímpetu y la fe de las abnegadas caídas, era parte crucial de su idiosincracia guerrera-clerical.
—Sus almas se alinearan con el espíritu del Primarca y ayudarán a nuestros aliados a encontrar el camino que se nos esconde. Así el incrédulo y el indeciso creerá, el gentil y el pagano será convertido a la verdadera fe, y el ateo despertará de su indolencia— declaró con fervor y convicción.
Las hermanas de batalla escucharon y se avergonzaron por dudar de la sabiduría de su señora, hincaron las rodillas y se humillaron ante ella poniendo su rostro contra el suelo, rogaron por absolución, un par de las más fanáticas se flagelaron entre cantos gregorianos de arrepentimiento.
—Levantaos y no os martiricéis, pues vuestro deber a penas comienza— levantó una copia del Lectitio Divinitatus —. En Nocturne se reconoce al Emperador como maestro de la humanidad, guía indiscutible de nuestra especie, más reniegan de su divinidad. Los designios del Emperador nos trajo con una misión divina hasta aquí, extender la santa palabra de nuestro señor y salvar estas almas nobles.
Annelies escuchó estas palabras y sintió como se le iluminaba el espíritu, un deber que cumplir para con el Emperador y no para ella, ahí estaba la respuesta a sus dudas; el camino desvelado por la providencia para encaminarla hacia la salvación y el deber.
—Se nos cederá una capilla en la capital Hesiod, desde ahí actuaremos como misioneras, cada quien irá a difundir la verdad por las siete ciudades de Nocturne. Os dejaremos a su libre albedrío elegir su lugar de peregrinación, que el Emperador os guíe hermanas.
De los imponentes muros de Hesiod partió el cortejo fúnebre, los ataúdes eran llevados por barcazas gravíticas adornadas con obsidiana, rubíes y pieles de los saurios letales de Nocturne, frente a las barcazas un hermano de batalla portando el estandarte de la compañía escoltados por sus hermanos de batalla, la procesión la presidió el Señor del Capítulo, el Padre Forjador y el Maestro de Santidad, el cual profería oraciones en las diferentes lenguas de Nocturne y en alto gótico en honor a las hermanas y los ciudadanos de Zero que iban detrás de ellos llevando sus muertos en caravanas de Rhinos. A la salida de la ciudad les esperaba los familiares de los astartes caídos, pueblos enteros vestidos de negro, cubiertos de sílice y lágrimas. Gritaban los nombres de sus hijos, hermanos, tíos, abuelos y ancestros que habían muerto en batalla, tras que pasase la procesión estas familias las siguieron detrás en camiones y monturas.
Atravesaron kilómetros de desierto bajo la sombra de los piroclastos del Fuego Letal, los aguateros recorrían toda la procesión en deslizadores repartiendo agua, principalmente a las sororitas que a pesar de su armadura reguladora les hacía insoportable el calor y a los ciudadanos de Zero que nunca habían estado en condiciones tan adversas de clima incluso en su planeta muerto; los nativos de Nocturne resistían visiblemente mejor las inclemencias y ni hablar de los sobrehumanos Astartes que nunca disminuyeron su paso.
Cuando llegaron a la base del volcán la mayoría de la procesión se detuvo, los nocturneanos levantaron tiendas de campaña, al volcán solo podían subir los astartes, y solo ellos podían presenciar sus rituales herméticos; los demás esperarían hasta que ellos terminasen de honrar a sus muertos para subir.
Sol permanecía sobre el lago de fuego, esperando que sus camaradas ardiesen. Lo que quedaba de ellos estaba encadenado a un altar de piedra. La escena le llevó al pasado, cuando despidieron a Kadai, antiguo capitán de la tercera compañía en la que servía junto a su sargento y amigo Da'kir, recordó cómo lo buscó por el desierto por años tras la invasión de los Guerreros Dragón y Drukhari, tantas esperanzas muertas, tantos grandes guerreros que perecieron y él continuaba sobreviviendo, brutalmente golpeado contra el yunque, una y otra vez sin que los envites lograran quebrar su carne. La lava escupía y burbujeaba por debajo, y las bocanadas de fuego la inflamaban antes de que se consumiese, sólo para volver a relumbrar en algún otro punto de la corriente líquida. El negro mármol del altar reflejaba el abrasador resplandor de la lava. Sus vetas brillaban en tonos rojo y naranja. Dos gruesas cadenas estabas sujetas a uno de los extremos cortos, y la losa rectangular colgaba de ellas hacia abajo. Su superficie estaba cubierta de ceramita, de modo que la losa era resistente al calor del magma. Este altar acompañaría a los caídos en su viaje final hacia el corazón del monte del Fuego Letal. En la vasta caverna de roca, Ba'ken siguió a la lenta y solemne procesión hasta aquel gran pico volcánico. Más de un centenar de guerreros, que habían marchado todo el camino desde la ciudad santuario de Hesiod formaban parte de la peregrinación. La montaña era inmensa y atravesaba el cielo lleno de cenizas que le rodeaba como la punta de una lanza rota. Montones de ceniza flotaban desde el interior del cráter hasta la cima y descendían en lentas y grises franjas. El Fuego Letal era hermoso y a la vez terrible de contemplar. Aquel día mostraba una furia piroclástica, erupciones de roca y llamas, reflejo del lamento porque la montaña se llevaba a muchos de los hijos de Nocturne: Salamandras, Nacidos del Fuego.
—Del fuego nacemos y al fuego regresamos... —entonó Ba'ken repitiendo las sombrías palabras del hermano capellán Elysius.
Pronunciaba oraciones de sepelio, concretamente los Cánticos de Inmolación. A pesar de la fría dicción del capellán, Sol sintió la emotiva resonancia de sus palabras mientras retumbaban fuertemente por la caverna subterránea. Aunque tenía un aspecto de roca áspera, la gruta era en realidad un lugar sagrado construido por el Señor de la Forja T'kell. A pesar de sus milenios de antigüedad, su artificio y funcionalidad seguían siendo alabados en la actual época de decadencia. T'kell había esculpido aquel espacio bajo los meticulosos designios del progenitor, Vulkan, y había sido uno de sus primeros alumnos durante la ascensión del primarca. Después, T'kell transmitiría estas técnicas a las siguientes generaciones de Salamandras, junto a los arcanos secretos que había aprendido de los tecnoadeptos de Marte. El señor de la forja había muerto hacía mucho tiempo, y otros habían ocupado su lugar, pero su legado de hazañas permanecía. Y la caverna no era más que una de ellas. Una inmensa reserva de lava se almacenaba en las profundidades de la gruta. El caliente y espeso magma procedía de debajo de la tierra y daba vida al monte del Fuego Letal. Se mantenía en una profunda cuenca de roca volcánica protegida por varias capas de ceramita reforzada resistente al calor antes de continuar fluyendo por uno de los muchos canales de salida naturales de la roca. No había faroles en la caverna, ya que no eran necesarios. La lava emitía un cálido y espectral resplandor. Las sombras parpadeaban y el fuego chasqueaba y chisporroteaba. El Maestro de Santidad Elysius permanecía en la oscuridad a pesar de su posición privilegiada en un saliente de roca justo en el lado opuesto a Ba'ken. Una salpicadura de lava iluminó de naranja chillón el saliente. Duró lo suficiente como para que Sol pudiese ver la servoarmadura de color ébano de Elysius y el cráneo marfileño de su casco de combate. Se le veía claramente, y la luz describía los contornos de sus prominentes rasgos. Sus ojos brillaban tras las lentes, rojos y diabólicos. Flysius abrazaba el ideal prometeano del aislacionismo por completo. Era cerrado y frío. Pero, aunque Elysius solía ser distante, en combate era completamente diferente. Su mordaz fervor, tan tangible y afilado como una cuchilla y tan intenso como el estampido de un bólter, unía a sus hermanos de batalla. El capellán les contagiaba su furia y su fuerte adhesión al culto prometeano. El capellán no estaba solo en los altos escalones de la caverna. Salamandras de la tercera, segunda y primera Compañía observaban la escena también desde un resalte en un extremo de la gruta, donde permanecían en posición de firmes semiocultos por las sombras con los rojos ojos encendidos.
El Señor del Capítulo Tu'Shan era parte de la ceremonia. A su alrededor se encontraba su escolta, los dracos de fuego,guerreros de la primera Compañía. Unas marcas de honor cubrían el noble semblante de Tu'Shan, un legado físico de sus hazañas inscrito en su carne de color ébano. Eran las cicatrices marcadas a fuego que todo Salamandra poseía siguiendo el ritual prometeano. Sólo unos pocos en el capítulo, los más distinguidos veteranos, habían vivido lo suficiente como para llegar a marcarse la cara. Como regente de Prometeo, Tu'Shan vestía una antigua servoarmadura. Dos hombreras descansaban sobre sus descomunales hombros mostrando la imagen de los rugientes lagartos de fuego, sus brazos estaban desnudos mostrando sus inmensos músculos de obsidiana, más duros que el ébano, marcados en tatuajes tribales inscritos con fuego. Una capa de piel de salamandra, una versión más venerable y honrosa de la que llevaban los dracos de fuego, envolvía la amplia espalda del señor del capítulo. La calva de Tu'Shan relucía con el brillo de la lava. Las sombras ascendían lentamente por las paredes como dedos de ojos eran como soles apresados. El señor del capítulo meditaba con una expresión tan inescrutable como la propia roca de la montaña. Su mirada estaba dirigida hacia su propio interior, envuelta en una introspección cargada de dolor. En sus manos agarraba una de las gruesas cadenas que mantenían sujetos los cuerpos de los salamandras sobre el lago de fuego. La tradición prometeana exigía que dos guiasen la desaparición de los muertos cual psicopompos. Enfrente de él, de pie sobre un pedestal de piedra que sobresalía por encima dela lava, se encontraba He'stan. El ardiente río de lava que los separaba chisporroteaba y burbujeaba con el mismo dolor. El sudor empapaba los surcos de su musculatura aumentada; no por el calor que emanaba la lava, ya que los Salamandras eran resistentes a esas cosas, sino por el de su propio sufrimiento interno. Su corazón secundario se contrajo espasmódicamente con el repentino aumento de la respiración, y se confundió pensando que su cuerpo estaba entrando en un estado de preparación para la batalla. Tu'shan controló, y dominó su caprichosa biología con las prácticas físicas y mentales que había perfeccionado con su vasta experiencia. El hermano capellán Elysius casi había completado el ritual. Por fin llegó el momento. Tu'shan había cargado el peso de la losa durante varias horas. Sus hombros ni siquiera sentían el esfuerzo mientras iba bajando la cadena lentamente, palmo a palmo. Cada uno de los inmensos eslabones, el doble de grandes que el puño de un astartes, estaba grabado con los símbolos prometeanos: el martillo, el yunque y la llama. Aunque los eslabones no se fundían al tocar la lava, el calor los ponía al rojo iban pasando por su mano, Tu'shan los agarraba y sentía cómo los iconos se iban grabando en su carne. Cada vez que una de sus manos aferraba denuevo el metal se veía surgir humo, pero él ni siquiera se inmutaba. Estaba concentrado en su tarea y sabía que todos los eslabones de la cadena debían agarrarse exactamente de la misma manera para que los tres símbolos se le grabasen en el mismo lugar en la palma. Cualquier error, por mínimo que fuera,se haría evidente después. Las marcas imperfectas eran eliminadas por los sacerdotes marcadores, que dejarían la vergüenza y la deshonra en su lugar. El altar de roca no tardó en sumergirse. Los restos de sus caídos fueron devorados rápidamente. El intenso calor reduciría a cenizas sus últimos és se hundirían y regresarían a la tierra y a Nocturne. La erosionada losa de roca apareció de nuevo a medida que la cadena volvía a elevarse. Su carga de muerte había desaparecido y la superficie pétrea humeaba. Cuando la losa por fin alcanzó su punto más elevado, el aparejo se bloqueó, y Tu'shan soltó la cadena. Su tarea recién iniciaba, estos solo habían sido los primeros diez muertos de la séptima compañía.
Su'ane desde la base del volcán miraba los flujos piroclásticos que escupía la montaña golpear contra los escudos móviles que los locales habían traído consigo para esperar el regreso de los astartes, era como ver la escoria saltar de una soldadura, debajo de la cúpula habían preparadas decenas de ollas populares a lo largo del campamento para alimentar a la procesión, se esperaba que aquellos que pisasen suelo sagrado lo hiciesen en ayuno, sin embargo siendo estos extranjeros y habiéndose sacrificado en búsqueda del primarca fueron condescendientes con ellos, las sororitas decidieron mantener el ayuno y los kin siguieron su ejemplo, puesto que ellos eran los únicos con armaduras que resistían las altas temperaturas fueron elegidos para llevar a cabo el ritual.
Su'ane logró encontrarse entre toda la muchedumbre con Shak, quien en varias ocasiones le ofreció alguna de las diversas especialidades culinarias de Nocturne, a lo cual ella se negaba siguiendo las órdenes de la canonesa, sin embargo le aceptó las bebidas que no fuesen alchólicas. Así estuvo con él, escuchando cantos tribales, le mostró su sauroch que usaba de montura y los piropos que le dedicaba nada sútilmente, hasta que llegó la hora de que ellas también ascendiesen.
Elysius tal como había hecho antes guió el ritual, en lugar de un astartes sosteniendo las inmensas cadenas estuvieron dos hermanas de cada lado y con los guanteletes de la armadura puestos, Annelies y Hoshi por un lado y por el otro la Canonesa Dalia y Safo, hermana celeste superiora, escudera de la canonesa y por azares del destino había perdido el brazo durante la incursión Drukhari a Bakka y ahora también presentaba un brazo mecánico como Hoshi. Estuvieron al punto del desmayo en varias ocasiones, soportaron la prueba un par de veces, para la quinta vez que bajasen la losa al fuego tuvieron que cambiar por otras hermanas, entre ellas Su'ane y Grail del mismo lado, ahí Aga se volvió a encontrar con la mirada inquisitiva del Capitán Agatone de la tercera compañía, ignoró la intesidad con la que esos ojos carmesíes la escudriñaban y se concentró en mantener el agarre de las gruesas cadenas. Y tras ellas los kin sumergieron a sus muertos, tanto kins como humanos de Zero. Los sacerdotes marcadores del culto prometeano marcaron con fuego los brazos de los kin, las hermanas rechazaron participar de esta parte del ritual.
Una vez terminaron bajaron de la montaña, retornaron a los muros de Hesiod. Su'ane regresó sobre el lomo del Rhino de la canonesa, vio al sol emerger por el horizonte, cuando habían subido era de día, al parecer les tomó toda la noche llevar a cabo los ritos fúnebres, así como el sol se elevaba rápidamente en el cielo empezaron a aparecer en el horizonte un sin número de caravanas de vehículos destartalados, echaban humo negruzco por sus escapes, algunos de ellos eran remolcados, otros eran propulsados por velas magnéticas que atrapaban el viento ardiente del desierto.
—¿Qué es eso?— preguntó a Shak que cabalgaba a su lado.
—Oh, son las tribus nómadas de Nocturne, ellos viven en el desierto y las llanuras, solo vienen a las ciudades durante la época de la gran prueba.
—¿Qué es la gran prueba?
—Un ciclo geológico de Nocturne, podría decirse que es como las temporadas en los mundos agrícolas, pero siendo este un mundo letal, pues el cambio es más drástico.
—¿Cómo?
—Es mejor que lo veas, en los próximos días podría empezar, suelen empezar con temblores leves, pero cuando inicia de verdad derrumba y crea montañas. Conozco un buen lugar desde donde ver el acontecimiento, es fascinante, me estremezco cada vez que pasa.
Su'ane siente un temblor recorrer el tanque y su corazón se agitó —¿Cuánto tiempo pasa desde que se sienten los temblores?
Shak se balanceó sobre su montura —Dieciséis o veinte horas.
—¿No habías dicho que tarda días en empezar?
—Aquí el día dura ocho horas terranas— informó Tsugan.
Al atravesar los muros la canonesa las dejó en libertad y la hermana hospitalaria siguió a Shak, subieron hasta la aguja del palacio Hesiod, observó una nueva puesta del sol, vio durante toda esa corta noche como las caravanas ingresaban sin cesar, como saurios voladores los atacaban y los astartes y baterías antiaéreas espantaban a las fieras, por el cielo también surcaron las cañoneras de las sororitas que ocuparon el poco tiempo de calma que les quedaba para partir hacia las demás ciudades santuario de Nocturne. Antorchas a lo largo de kilómetros indicaban el camino hacia la ciudad, custodiados por los salamandras toda aquella población halló resguardo mientras escapaba de las poderosas sacudidas, ahí en las agujas del palacio protegidos por sistemas antisísmicos avanzados y poderosos escudos apenas si sentían una leve sacudida. En las plazas de la ciudad se reunieron los nómadas, recibieron cobijo y alimentos, con orden y tranquilidad llevaron a los refugiados hacia los habitáculos subterráneos donde pasarían la temporada hasta que fuese seguro volver a la superficie del planeta.
—¿Y esto siempre sucede?— preguntó inquieta.
—¿Qué cosa?
—La camaradería, la solidaridad.
Shak se frotó la sien algo pensativo —Sí, siempre les brindamos refugio y apoyo, pero la verdad es que hay quienes lo hacen por obligación, el culto de prometeano así lo dicta. Algunas personas ven a los nómadas como incivilizados por mantener sus costumbres y no abrazar el sedentarismo de una vida urbanizada.
La hospitalaria lo miró con ojos cansados y luego regresó su vista hacia la última caravana —Ya veo.
A Shak le pareció haber perdido su interés así que comentó descuidadamente —¿Sabías que Su'ane es un nombre que también se usa en Nocturne?
Aquello llamó poderosamente la atención de la hospitalaria —¿Cómo?
—Sí, es de una canción...
En ese instante los temblores aumentaron haciendo tambalear a la aguja y a ellos dos, Su'ane se aferró de Shak y este la sostuvo mientras se sujetaba del pasamanos. No tuvieron tiempo para seguir hablando. Su'ane presenció la furia de Nocturne desatarse, los fuegos del núcleo del planeta emergieron con una violencia vívida; lanzando gruñidos atronadores cuando eran expulsados por las chimeneas ardientes y humeantes de los volcanes, sus ascuas se alzaron hasta la estratósfera cubriendo el planeta en abrasivas tinieblas. Las gigantescas salamandras emergieron de sus madrigueras en el corazón de los volcanes y los miembros más poderosos de su especie aparecieron tras de ellas, dracos de fuego, monstruosidades de pesadillas plutónicas, lagartos de fuego apocalípticos, navegaron por la roca fundida hacia los valles y planicies desérticas, escupiendo fuego se abrieron paso entre sus otros congéneres buscando una presa, sus llamas cristalizaron las arenas y estas reflejaron la magnificencia de los reptiles, el fuego con consciencia propia bailaba al son de las erupciones y el resquebraje de las placas tectónicas, la sangre ardiente del mundo se derramó impunemente como un diluvio. Desde las ciudades protegidas observan la renovación, las violentas llamas danzantes se repetían infinitamente sobre los valles cristalizados sin tregua, sin menguar. Fascinada y temerosa aprendió, Nocturne es purificación, es fuego.
