Disclaimer: South Park es propiedad de Matt Stone y Trey Parker. Los Mitos de Cthulhu son propiedad de H. P. Lovecraft y los miembros del Círculo Lovecraft.


Universo Lovecraft-Park

Descenso a la locura


I. La biblioteca inaccesible

Arkham, Massachusetts, era una ciudad a orillas del río Miskatonic. Se ubicada en el condado de Essex; a pocos kilómetros al noreste de Salem. Esto último fue un factor clave en su historia y el desarrollo de los acontecimientos que voy a narrar, puesto que esa cercanía la convirtió en refugio de hombres y mujeres que pretendían escapar de los juicios por brujería de 1692; aunque a muchas de esas personas las arrestaron de todas maneras. Por supuesto, los lugareños no eran partidarios de exaltar dicho pasado. Preferían centrarse en hechos más loables para su ciudad, como el hecho de ser el hogar de la Universidad de Miskatonic: una de las más antiguas de Estados Unidos, fundada en el siglo XVII.

Además, la ciudad era muy atrayente para los estudiantes de arquitectura y arte, puesto que conservaba gran parte de su arquitectura colonial; incluso ya muy entrado el siglo XX. La mayor parte de los edificios de su centro histórico habían sido construidos a lo largo del siglo XVIII, con una arquitectura de estilo gótico. Las torretas, los arcos y los ventanales abundaban en las construcciones de piedra, junto con tejados de estilo holandés en las de madera. Las casas de estilo más moderno no eran muy bien vistas. Viejas mansiones coloniales dominaban el centro de la ciudad a ambos lados del río. Incluso el estadio deportivo de la Universidad, construido durante las primeras décadas del siglo XX, y que en años recientes había recibido una remodelación a gran escala, había sido hecho con piedra oscura y amplios arcos para no desentonar con la universidad que le daba casa; igual la fachada del gimnasio y de la piscina olímpica.

Pero, ante todo, Arkham era una ciudad de rumores y supersticiones. Las viejas leyendas estaban vivas aquí como en pocos lugares de Estados Unidos. Su reputación de ser sede de brujería y chamanismo la precedía, incluso llegando a tocar a la universidad, su gran orgullo; sin embargo, siempre como un rumor a voces. Nadie lo hablaba en voz alta.

Se decía, por ejemplo, que, en ciertas noches del año, durante el Walpurgis en abril y el Samhain en octubre, era común que los niños se perdieran y nunca más se volvía a saber de ellos.

No obstante, es pertinente preguntar: ¿eran en realidad meras supersticiones?

Los rumores de brujas entre las gentes del muelle no habían muerto, ni siquiera cuando la vieja Casa de la Bruja había sido derribada en la década de los treinta. Se decía que los llantos de los recién nacidos sacrificados eran ignorados en las calles, esto por el miedo que todos tenían a decir algo. Porque en esta ciudad todos sabían que, si tu hijo desaparecía en una de las noches malditas, no importaría la denuncia policiaca. Jamás lo volverías a ver; ni vivo ni muerto.

¿No decían que habían encontrado una rata con cabeza humana en las ruinas de la Casa de la Bruja? Sí, la respuesta era un rotundo sí; pero, nuevamente, nadie lo confirmaría más que como una vieja leyenda… incluso cuando sabían que había sido puesta en formol y guardada en la facultad de biología de la universidad, donde no pocos estudiantes la habían visto. Eso había pasado muchas décadas atrás y, como todo en Arkham, se ocultaba tras las supersticiones y los rumores que nadie tomaría como una afirmación; aunque sabían que era cierto.

¿Sabía la gente de las extrañas reuniones de encapuchados en la iglesia de la esquina de Parsonage con Lich? Sí, por supuesto que lo sabían. Hace falta ser ciego para no darse cuenta. Pero, el hecho es que, guardar silencio es casi un arte en esta ciudad.

Y ahora, allá, en la vieja mansión colonial de los McElroy, en la colina Evergreen, algo está por suceder.

- ULP -

El día tres de junio de 1973 fue un domingo lluvioso en Arkham. En la estación del tren había un niño de aspecto frágil, piel pálida y cabellera corta de color negro. Vestía con un traje gris de aspecto sombrío, adecuado para la atmósfera habitual de una ciudad como aquella.

Esperaba sentado en una de las bancas junto con su abogado, el señor William Johnson, a que alguien viniera a recogerlos.

Un mes atrás había perdido a sus padres; muertos en un accidente en la ciudad de Nueva York. Y ahora, tras semanas de intensa búsqueda por parte del albacea de su herencia, quien lo acompañaba en esos momentos, había encontrado a su último familiar con vida.

El señor Johnson revisó su reloj de bolsillo por quinta vez en media hora.

—Se retrasa —dijo, mientras torpemente lo volvía a guardar en el bolsillo interno de su saco.

Era un hombre anciano, entrado en los setenta años. Jim, el niño, sabía que se había ocupado de los asuntos legales de la familia desde hacía casi cuarenta años; y, antes que él, su padre.

Una voz anunció por el altavoz que el tren con destino a Boston estaba por salir en el andén cuatro; se solicitaba a los pasajeros apresurarse a abordarlo.

Un trueno resonó en la distancia y el niño se estremeció.

Solamente Jim y el abogado estaban en esa parte de la estación. De vez en cuando pasaba algún boletero u otro personal de la estación, o de alguna de las líneas comerciales que tenían parada en la ciudad; pero nadie más.

El niño volvió la mirada al piso encerado y su rostro se reflejó allí. Tenía dos marcadas bolsas bajo los ojos. No era de extrañarse, había dormido poco en los últimos días.

Finalmente, el golpeteo de un bastón contra las baldosas del suelo resonó en el pabellón de la estación.

El señor Johnson, quien recientemente había guardado nuevamente su reloj, alzó la mirada y vio venir a un hombre entrado en los sesenta años. Vestía un sobrio traje negro y un sombrero que lo hacía parecer salido de una vieja película de los años treinta. Caminaba lentamente, apoyado en su bastón negro. Era un hombre alto, robusto y de expresión dura.

El abogado lo reconoció por las fotografías adjuntas en los documentos que había visto en su oficina una semana atrás.

—¿Señor McElroy? —preguntó una vez que el hombre se detuvo frente a la banca en la que se encontraban, al tiempo que se ponía de pie para saludarlo.

El hombre, como toda respuesta, asintió con un gesto rígido, mirando la mano extendida del abogado, como si se debatiera en sí era buena idea tomarla o no. Tras unos segundos tensos, le dio un apretón de manos un tanto rígido.

—Soy el señor William Johnson, abogado de la firma neoyorquina Johnson & Gilbert, y albacea del testamento de su finado sobrino Jack McElroy.

—Lyman McElroy. —La voz era tan gélida que el niño, ya de pie junto a su abogado, no pudo reprimir un escalofrío.

La mirada del hombre vagó hasta el pequeño, el cual se retorcía las manos en un gesto nervioso.

—Él es Jim, su sobrino —lo presentó su abogado.

Jim se estremeció ante la mirada gélida que recibió de su nuevo tutor. Por un momento, tuvo la impresión de que iba a rechazarlo. Si eso pasaba tendrían que enviarlo a uno de esos turbios orfanatos que siempre aparecían en las novelas infantiles.

No obstante, su tío, Lyman McElroy, se limitó a asentir de manera rígida, antes de regresar su atención al abogado.

Luego de las presentaciones de rigor, los tres se dirigieron hacia la salida de la estación. Afuera, el chofer del señor McElroy los esperaba.

Abordaron un Cadillac Sedan modelo 53 de color negro. Durante todo el viaje el pequeño Jim ignoró la conversación de los adultos. Detalles sobre el proceso de adopción que a él no le importaban en lo más mínimo. Su vista estaba en la húmeda ciudad que se le presentaba a través de la empañada ventanilla del coche.

Parecía ser una ciudad tranquila, incluso deprimente. Pocas personas en las calles, algo que bien podía deberse a la lluvia, aunque Jim tuvo la certeza que no era del todo así. Las pocas personas que avanzaban por las calles iban abrigadas y llevaban sus paraguas extendidos para protegerse de la brisa húmeda, a pesar de la época del año hacía algo de fresco en la ciudad. Además, era como si la ciudad se hubiera quedado atrapada en los años veinte, a juzgar por las vestimentas de las personas.

El coche tomó la Avenida Peabody hacia el sur. Cruzó por el puente sobre el río Miskatonic y pasó frente a un grupo de viejas casas coloniales de tejados negros y ventanas oscuras. En las calles aledañas al río había un banco de niebla espesa y blanca.

Pasaron frente las verjas del viejo cementerio municipal, en el futuro Jim estaría muy familiarizado con sus viejas lápidas a las que los nombres se les habían borrado, y a las criptas familiares de las grandes dinastías de la ciudad. Algunas extintas, como los Pickman, cuyo último descendiente había desaparecido en la ciudad de Salem en los años veinte; y otras que parecían iban a seguir allí para siempre, como los Carter o los Ward.

El recorrido continuó hasta el cruce de Peabody con la Avenida Miskatonic, en donde el coche giró una vez más, esta vez en dirección este. Siguió el resto del camino por la avenida hasta las afueras de la ciudad. Finalmente, giró hacia el norte entrando por una pequeña calleja de adoquines. Frente a ellos, se encontraba la colina Evergreen, dominada por la vieja mansión de los McElroy. La casa había sido construida alrededor de la década de los 1870 y originalmente se encontraba alejada de Arkham. Pero, el gran crecimiento que había visto la ciudad en el periodo entre guerras y posterior, había terminado por convertirla en una construcción al borde de esta.

El coche se detuvo frente al pórtico y los ocupantes descendieron.

Era una casa grande de madera pintada de negro. Tenía una torreta circular al lado derecho. Los escalones del porche se sentían viejos pero firmes. Entraron por las puertas dobles de roble negro a un salón cubierto por piso de linóleo, con un patrón de negro y blanco emulando un tablero de ajedrez. Frente a ellos había una escalera alfombrada en rojo con pasamanos de caoba pulida de doble tramo que llevaba al piso superior. Un candelabro de araña pendía sobre sus cabezas, y a derecha e izquierda había dos puertas dobles, aunque más pequeñas que la principal. Al frente un amplió ventanal dejaba ver el jardín trasero de la mansión.

Los recibió un hombre igualmente de edad avanzada y ataviado en un traje de mayordomo gris perfectamente pulcro y ordenado.

—Jean, mi mayordomo —lo presentó el señor McElroy sin cambiar el tono frío de su voz.

El mencionado hizo una pequeña y respetuosa reverencia.

—Pasemos al comedor para terminar el papeleo —pidió Lyman.

El mayordomo procedió a abrir las puertas dobles de la derecha del salón, las cuales daban a un amplio y lujoso comedor.

El abogado entró y colocó su maletín sobre la mesa, de donde extrajo una serie de documentos, entre ellos una copia del testamento.

—Bien, como estipuló su difunto sobrino, Jack McElroy, a su muerte su sobrino Jim queda a su custodia inmediata como último familiar vivo —dijo el abogado, mientras abría el testamento—. Un fideicomiso fue creado en el Banco de Boston para la manutención y educación del joven Jim. Igualmente, un segundo fideicomiso fue creado con el objetivo de cuidar de la casa de Nueva York, la de Chicago y la casa veraniega cerca de Denver, hasta que el joven Jim cumpla los veintidós años y pueda tomar posesión de éstas.

Lyman McElroy como toda respuesta asintió.

—El resto de la herencia, de acuerdo con la última voluntad del matrimonio, será administrada por usted o la persona que asigne hasta que el joven cumpla la mayoría de edad.

Tomó otra serie de documentos de su portafolio.

—Tengo aquí los papeles de adopción, solo es necesaria su firma para concluir el trámite.

La firma fue estampada en el documento y fue de esta manera que oficialmente la custodia de Jim McElroy pasó a su tío en tercer grado Lyman McElroy. Un hombre rico de Arkham, donde era conocido por haber sido un estudiante prometedor de la universidad Miskatonic, pero que en los últimos años se había recluido casi por completo en la vieja mansión familiar de la colina Evergreen.

- ULP -

Jim fue alojado en una pieza de tamaño promedio de la segunda planta. Según pudo constatar con sus observaciones, su habitación quedaba justo sobre un pequeño salón con chimenea, a un lado de la cocina. Frente a la puerta de su habitación, que se hallaba al final de un pasillo con forma de «L» el cual conectaba con el salón principal con una puerta sencilla, había una escalera que bajaba a un pasillo que, a su vez, servía como conexión entre un baño, aquel pequeño salón mencionado antes, la cocina y el comedor.

Su tío había dado una serie de instrucciones precisas: únicamente tenía permitido hacer uso de las instalaciones de esa parte de la mansión, con salvedad de la cocina, que se hallaba fuera de los límites. Tomaría todas sus comidas en el comedor de acuerdo con los horarios de la casa, estuviera o no su tío presente. El salón con la chimenea sería su sala de estudio. El baño de la planta baja era el único en la casa que tenía permitido utilizar para sus necesidades higiénicas.

Además de eso, en los días buenos, y siempre y cuando no tuviera deberes escolares, se le permitiría jugar en el jardín trasero, al cual podía salir por una puerta al final de un pequeño pasillo que comenzaba bajo las escaleras al final del corredor del primer piso.

El resto de las puertas del segundo piso que se hallaban cerradas con llave estaban obviamente fuera de su alcance.

No podía ir hacia el ala este de la mansión, donde se ubicaba la habitación de su tío, la biblioteca y su estudio, a menos que hubiera sido llamado allí y siempre en compañía del mayordomo o de otro miembro de la servidumbre.

Los McElroy eran una familia de antiguas y arraigadas costumbres y tradiciones las cuales obviamente su padre no había seguido, pero ahora debía hacerlo ya que estaría viviendo con su tío.

Jim se enteró que su padre había pertenecido a una rama de la familia prácticamente repudiada. Había hecho su fortuna en la industria petroquímica y dado la espalda a las profundas tradiciones anglosajonas de la rama principal McElroy, quienes desde hacía generaciones manejaban diversos negocios a lo largo de Nueva Inglaterra, y sobre todo en Massachusetts, siendo una de las familias fundadoras de Arkham y de la Universidad de Miskatonic.

A decir verdad, dado que su tío no tenía heredero y él era su último familiar vivo, ahora toda esa larga serie de elementos caían sobre sus hombros. Sería el encargado de reconstruir la gloria pasaba de su familia. La gloria que la vieja maldición de Arkham les había arrebatado.

- ULP -

Jim sufrió una fiebre repentina unos días después de haberse instalado en la casa de su tío. La señorita Nicholson, una joven empleada de no más de veinte años, fue asignada a cuidarle mientras estaba convaleciente.

Estaba sufriendo lo que para los lugareños se conocía como «la fiebre de Arkham». Se trataba de una fiebre que tendía a oscilar entre los treinta y nueve y cuarenta grados Celsius; era acompañada de pesadillas y alucinaciones terribles. Nunca se sabía si la fiebre traía a las pesadillas, o si la fiebre era consecuencia de las pesadillas; pero todos coincidían en que, si sufrías dicha fiebre y sobrevivías, era que los dioses que gobernaban Arkham fueran cuales fueran esos dioses, te habían estado probando.

En sus sueños Jim vio la biblioteca, con su enorme acervo de libros arcanos. Algo dentro de esos pesados tomos encuadernados en cuero oscuro y de páginas amarillentas lo llamaba. Había un susurro, que bien podía ser confundido con el del viento, que le incitaba a avanzar por los pasillos y tomar alguno de aquellos tomos arcanos.

Otras veces, contemplaba a sus antepasados llevando a cabo el viejo rito ante el altar del dios, mientras rezaban: «En su morada de R'lyeh el difundo Cthulhu espera soñando, pero pronto se levantará para cubrir con su dominio a la Tierra».

Los Dioses de Arkham habían bendecido a su familia con riqueza, pero algo había pasado varias generaciones atrás. Algo que hizo que los Otros Dioses[1] les dieran la espalda y ahora por eso su familia decaía. Él era la clave, él podría reconstruir el viejo lazo y restaurar el honor perdido ante los Otros Dioses.

Cuando al quinto día la fiebre finalmente remitió, su tío fue a verle, acompañado por una vieja mujer vestida prácticamente con andrajos.

—¿Sobrevivirá? —preguntó a la mujer.

La anciana tocó la frente del niño con su huesuda y seca mano. Sus uñas eran largas y afiladas. Rió, batiendo su mandíbula de forma grotesca y dejando ver sus dientes casi podridos.

—Sin duda lo hará —anunció finalmente—, es fuerte, a diferencia de su padre. Pero, no estaría mal elevar una plegaria durante el Samhain para que los Otros Dioses le tengan en cuenta.

Lyman simplemente asintió toscamente y se marchó de la habitación.

La vieja bruja centró su mirada en el niño que dormitaba en la cama cubierto en sudor. Sus ojos violetas parecían brillar con una malicia especial.

Alzó su mano y de las raídas mangas de su vestido se deslizó una enorme y gorda rata negra con rostro de persona.

—Vigila al niño, Brown —pidió la bruja—. El Hombre de Negro ha encomendado la misión.

—Así lo hare, señora —aceptó aquella asquerosa rata, antes de bajar corriendo hasta el suelo. Luego, con una velocidad asombrosa, comenzó a roer una madriguera en una de las esquinas de la habitación.

La vieja bruja se tomó la libertad de acariciar nuevamente la frente del niño. Si no fuera porque el Hombre de Negro le quería vivo, quizá fuera un buen sacrificio para una de las noches en las que las plegarias a Nyarlathotep eran elevadas por todo Arkham.

- ULP -

Aun cuando la fiebre había desaparecido, Jim continuó soñando con aquella biblioteca y su saber perdido. Su curiosidad por saber el contenido de aquellos poderosos libros iba creciendo. Comenzó a evadirse un poco de la realidad.

Cuando no podía dormir y se quedaba despierto hasta tarde viendo el techo de su pieza, mientras el viento agitaba las ramas del viejo olmo que se hallaba justo frente a su ventana, a veces podía jurar que escuchaba el sonido de algún animal royendo entre las paredes. Algunas veces, siempre de reojo, le había parecido ver como una extraña figura pasaba corriendo de un lado a otro de su habitación. Inevitablemente, cuando se volvía para confirmar su sospecha, no encontraba nada.

Pasaba sus días en solitario, a veces con algún libro de la pequeña biblioteca que su tío había mandado poner en una esquina de su salón de estudios. Fue allí donde encontró un libro de cuentos llamado El Rey de Amarillo, de Robert W. Chambers; también uno llamado Viajes por las Tierras del Sueño, de un tal Randolph Carter; entre muchos otros. Pero, destacó entre todos ellos una vieja enciclopedia de mitos perdidos. Y entre todos esos mitos, se hallaba una figura central enigmática y poderosa: Cthulhu, el Sumo Sacerdote.

Con aquellos libros pasó su verano solitario. En sus páginas dejó perdidos los recuerdos de la reciente muerte de sus padres. La triste Arkham había obrado su oscuro hechizo sobre él.

Pero, en el fondo, ninguna de estas distracciones podía apartarlo de la figura recurrente de aquella biblioteca, donde los Otros Dioses habían guardado sus saberes antiguos, a los cuales desesperadamente deseaba acceder. Y, como cada noche, justo cuando su mano estaba por tocar aquellos libros antiguos y poderosos, era arrebatado de la visión de su sueño hacia la realidad del mundo de la vigilia. Era como si los Otros Dioses abrieran la puerta para permitirle ver, pero no tocar. Y no había nada que deseara más que tocar.

Sin embargo, finalmente el verano llegó a su final, al menos según el calendario escolar, y su tío le había inscrito a una escuela privada del centro de Arkham, en la esquina de Pickman y West, justo frente al viejo hospital Saint Mary.

La vida escolar consumió su tiempo. El colegio West Arkham era exigente con sus alumnos, la mayoría de ellos descendientes de las grandes familias de Arkham, pues se esperaba que fueran los próximos grandes empresarios y dirigentes de la ciudad. Las tareas se acumulaban y poco a poco tenía menos tiempo para pensar en sus sueños. Al menos mientras la fiebre no volvía.

Con el tiempo, su nueva rutina consumió su antigua vida. Las enseñanzas religiosas de su madre católica quedaron atrás. La figura de Jesús fue confinada al cajón, y finalmente, durante las vacaciones de primavera del año siguiente, desechada a la basura.

Y ajeno a él, una rata con cara de persona observaba todo desde su madriguera. Otras veces, una enigmática figura formada por oscuridad se asomaba desde la esquina más oscura de la pieza mientras dormía. Dichas noches, coincidían con los sueños de aquella misteriosa biblioteca en la cual podía ver los libros, pero no tocarlos.

II. Brown Jenkin

Cuando Jim cumplió quince años, en 1980, su tío decidió comprar el viejo terreno que alguna vez había ocupado la Casa de la Bruja. Era un terreno baldío de cuarenta metros cuadrados en el centro de Arkham, en la esquina de Pickman con Parsonage, a solo una cuadra de la universidad. Había permanecido así desde 1931, cuando la casa de la bruja se había demolido. Luego de eso, algunas personas, usualmente de fuera de Arkham, habían adquirido el terreno para construir locales o edificios de oficina, dada su excelente ubicación; pero todos esos negocios habían fracasado.

Se había vuelto algo común que las construcciones se detuvieran debido a accidentes, algunos fatales, y otros desastres a veces de índole económica. Era como si una maldición cayera sobre quienes pretendieran hacer algo allí. La gente de Arkham, siempre supersticiosa, ya no quería trabajar allí. A mediados de los años cincuenta, los empresarios finalmente parecieron rendirse y dejaron vacío el lugar.

Ahora, veinticinco años más tarde, Lyman McElroy adquirió el terreno con el objetivo de construir un edificio de departamentos de bajo costo, para rentar a los estudiantes foráneos de Miskatonic. Las personas pensaban que aquel proyecto fracasaría como todos los demás y solo esperaban a ver como Lyman desperdiciaría lo que quedaba de la fortuna McElroy y el dinero de su sobrino en esa empresa maldita.

Pero Lyman no era un hombre tonto, ni mucho menos. Creía haber encontrado la clave para saltarse la maldición. Replicaría la vieja casa de la bruja tal como había sido originalmente.

Tras deliberarlo por un largo tiempo, llegó a una conclusión: la maldición se debía a que nadie había pensado en restituir tal lugar. Tras consultarlo con varios ocultistas amigos suyos, quienes estuvieron de acuerdo con él, comenzó a hacer los preparativos para realizar su empresa.

Con ese objetivo, unos años atrás había adquirido en una subasta una serie de documentos históricos de una colección privada de una familia de Salem, aunque originaria de Arkham. Entre dichos documentos se encontraba el plano original de la vieja mansión en la que Keziah Mason, la legendaria bruja de Arkham, se había escondido tras escapar de Salem en 1692. Había contratado a un arquitecto para que hiciera la revisión de los planos y los adecuara a los lineamentos de construcción modernos, siempre con la visión de que la casa fuera lo más parecido posible a la original.

Para comienzos del otoño de 1980, la construcción comenzó con obreros traídos de las ciudades cercanas, dado que los hombres locales seguían temerosos de la maldición. Todo parecía ir bien, y se esperaba que en año y medio más la Casa de la Bruja estuviera en pie de nuevo. Obviamente esto no le hizo mucha gracia al pueblo, pero el derrame económico, producto de la mudanza de las oficinas de la Petrolera McElroy, la empresa del finado padre de Jim, a la ciudad hizo que el alcalde pasara por alto las protestas de algunos sectores.

- ULP -

Por esa época, Jim entró a la preparatoria. Era un chico de estatura promedio, cuerpo delgado, tez pálida y de cabellera negra descuidada. Por lo general vestía con sobrios trajes grises y llevaba libros de ocultismo bajo el brazo. Tenía fama de ser un tipo extraño, era después de todo el sobrino del viejo McElroy, quien vivía casi recluido en la vieja colina Evergreen, un hombre con fama de hechicero en los círculos de rumores de Arkham. Pero, también el heredero de una prospera compañía petrolera, hecho que había desatado el surgimiento constante de personas dispuestas a aprovecharse de él para tener acceso a su fortuna. Y de otro grupo que consideraba era indigno de tal herencia, por lo que se empeñaban en hacer su vida miserable. El típico grupo de descerebrados deportistas que solo viven para molestar a otros.

Jim había crecido obsesionado con sus sueños, por lo que había dedicado gran parte de los últimos cinco años a encontrar un significado para ellos, una manera de alcanzar aquella biblioteca. Esto lo había acercado a los libros de ocultismo. Aunque, de haber visto a un psicólogo, posiblemente se habría dado cuenta de que también lo hacía para escapar de la realidad. Una realidad en la que era un niño huérfano siendo criado por un hombre frío y estoico al que solo le importaba mantener en orden las rígidas tradiciones familiares. Arkham, después de todo, era una ciudad de tradiciones y supersticiones, en especial en las viejas familias fundadoras.

Por otro lado, pocas familias como la McElroy podían presumir de tener un ala de la biblioteca Orne de Miskatonic con su nombre inscrito en una placa dorada. Uno de sus antepasados había donado en algún momento del siglo XIX más de un millar de libros raros recolectados de todas partes del mundo.

El día que Jim conoció formalmente a Brown Jenkin se encontraba en la biblioteca del colegio con un libro tomado de la biblioteca de su tío –Ritos y simbología de Nueva Inglaterra, de Henry Armitage–, mientras tomaba algunas notas en un cuaderno. En esos momentos estaba centrado en un capítulo que hablaba sobre un par de símbolos «mágicos» que había visto grabados en las puertas de muchas construcciones en Arkham, sobre todo en las casas viejas ubicadas entre la avenida Miskatonic y la calle Washington, al sur de Arkham. Uno de esos símbolos era una estrella de cinco picos con un ojo al centro. El otro era una línea central con cuatro más pequeñas saliendo de ella como si se tratara de una rama de árbol. Según el profesor Armitage se trataba del Símbolo Arcano, un amuleto mágico que mantenía alejados a los «Dioses Primigenios».

¿Dioses Primigenios? Estaba seguro de haber escuchado eso antes, pero no recordaba exactamente en dónde, o en qué momento había ocurrido. Volvió la hoja encontrando una imagen del tamaño de la página en donde se representaban ambas versiones del Símbolo Arcano una junto a la otra y permaneció un rato con la mirada fija en ambos amuletos. Era extraño, parecía como si el simple hecho de contemplarlos alejara los temores que usualmente tenía debido a sus pesadillas.

—¿Qué haces, McElroy?

La pregunta lo tomó por sorpresa, haciendo que diera un respingo ya que estaba sumido en sus pensamientos.

Alzó la mirada para toparse con los inconfundibles ojos pardos de Beverly Marsh. Era una chica menuda, de larga cabellera negra y mirada penetrante que parecía leer a través del alma de las personas, un rasgo que con el tiempo Jim aprendería era común en algunos miembros de la familia Marsh.

Jim cerró el libro, aunque la chica ya había visto la estrella, y no temió demostrarlo cuando le arrebató el libro y dio una rápida leída al título.

—Los cultos de Nueva Inglaterra —dijo la chica—. ¿Cómo es que todos por aquí están obsesionados por eso? De allí que mi madre tuviera tal urgencia de dejar Innsmouth, aunque al parecer sólo sirvió para encontrarnos con lo mismo en cada ciudad a la que vamos.

Jim le miró con extrañeza. No tenía idea de que Beverly fuera nativa de Innsmouth, un pueblo con muy mala fama en los alrededores. Nadie quería realmente relacionarse con personas de Innsmouth, así que quienes eran de allí solían ocultarlo, más como una situación de supervivencia que porque les avergonzara decir: «mírenme, soy de Innsmouth».

Claro, esa, podría decirse, discriminación era más marcada en los pueblos más rurales como Ipswich o Dunwich, que en Arkham o en Salem. Sin embargo, Jim se había percatado de que su tío tenía una pequeña colección de viejos documentos históricos, recortes de periódicos y libros de historia en donde se mencionaba periódicamente el puerto de Innsmouth, y, por supuesto, al legendario capitán Obed Marsh, una leyenda local en años pasados; aunque ahora su nombre, como el de muchos otros, se había perdido en los limbos de la historia. Y en cierta ocasión había escuchado que había algún Marsh –muy anterior al capitán, pero un Marsh después de todo– en el árbol genealógico McElroy.

No era extraño. Como muchas de las familias antiguas de Nueva Inglaterra, cuyos árboles genealógicos podían rastrearse tan lejos como los siglos XII a XIV en Inglaterra, estaban emparentados en contadas ocasiones (algunas más, otras menos) a lo largo de sus genealogías. Tal vez por eso, en el pasado, alguien los había llamado «la Casta Noble de Nueva Inglaterra».

—Creo que es un tema interesante —se atrevió a decir Jim.

Beverly dejó el libro sobre la mesa y se acomodó un mechón de su cabello tras lo oreja.

—No tiene nada de interesante. Todo lo contrario. ¡Da miedo! ¿Has oído de lo que pasa en la ciudad al final de abril y en Halloween?

—El Walpurgis y el Samhain.

—¿Ves? Hasta los nombres parecen de brujería.

—Tienen que ver con la brujería —respondió Jim—. Tradicionalmente son las noches en las que se celebran los aquelarres.

—¿Aquelarres?

—Cuando las brujas salen a realizar sus rituales más importantes. De allí que se requieran los sacrificios.

—¡Eso es horrible!

—Pero todo es historia antigua. Ahora no son más que un grupo de fiestas populares, como en Navidad. El Walpurgis en Europa y el Halloween en Estados Unidos.

La chica se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta.

—No me interesa seguir hablando de cosas que dan miedo —declaró, antes de salir.

Jim tomó el libro y su cuaderno, los colocó bajo su brazo derecho y abandonó la biblioteca. Afuera ya caía la tarde, era noviembre y los días comenzaban a volverse cada vez más cortos. A penas eran las cinco y media y ya comenzaba a oscurecerse el cielo.

Salió del edificio, el cual se encontraba cercado a tres lados por la Avenida Miskatonic, y las calles Peabody y Washington, y avanzó a lo largo de la primera por casi cinco calles hasta finalmente llegar a la colina Evergreen. Ya oscurecía cuando finalmente entró a la casa.

El lugar estaba en silencio y no parecía que hubiera nadie por allí. Subió las escaleras y se dirigió hacía su habitación. Lo único que quería hacer en esos momentos era continuar con lo que había interrumpido con la llegada de Beverly. Pero, cuando abrió la puerta de su habitación, se encontró con algo que no esperaba.

Había una enorme rata parda sobre la cama. Dio un respingo y creyó que se desmayaría. No era que las ratas le asustaran, el problema era que esta rata tenía, literalmente, cara de persona.

La rata estaba parada en dos patas en el centro de la cama, con sus dos patas delanteras frente a la boca royendo lo que parecía ser una galleta. En cuanto lo vio alzó la mirada y se le quedó viendo.

—¿Qué pasa, mocoso, nunca has visto a alguien comer?

Jim retrocedió.

—Carajo, no es para tanto. No es como si fuéramos desconocidos, he vivido prácticamente siete años en un agujero en la pared de tu habitación.

—¿En el muro?

—Claro, ¿qué esperabas? ¿Qué viviera ¿en una jaula para jerbos?

El libro y el cuaderno se resbalaron de las manos de Jim y terminaron en el suelo de madera. Instintivamente, su mano derecha buscó algo de donde sostenerse para no caer él mismo. Su rostro se había puesto incluso más blanco y sentía que le faltaba el aire.

—Oye, niño, ¿no te ves muy bien? —comentó la rata, mientras bajaba de la cama y corría hasta donde estaba.

Jim dio un salto hacia atrás y quedó recargado contra la pared del pasillo. La rata se paró en las patas traseras exactamente bajo el marco de la puerta. Le miraba con curiosidad.

—Una rata —murmuró Jim, mientras se dejaba caer resbalando por el muro hasta quedar sentado en el pasillo.

—¿Sabes?, es muy grosero de tu parte llamarme rata. ¿Te gustaría que me dirigiera a ti como humano? Mi nombre es Brown Jenkin.

Jim abrió los ojos. Había escuchado ese nombre. De hecho, todo habitante de Arkham lo había escuchado. El familiar de la bruja. Se decía que sus restos se habían encontrado en las ruinas de la casa en 1931. Entonces, aunque la leyenda fuera real, Brown Jenkin debía llevar muerto muchos años, quizá siglos.

—Deberías estar muerto —susurró Jim.

—¿Exactamente por qué? Niño, no digas incoherencias.

—Tus restos estaban en el derrumbe.

—Ah, eso. ¿Crees que solo hay uno como yo? Somos varios, y el que murió en la casa de la vieja Keziah era mi antepasado. Ahora eso no importa, lo que importa es que hay mucho que aprender, niño, y los dioses no esperan.

—¿Dioses?

La rata caminó hasta el libro y pareció leer la portada.

—Un buen comienzo, pero esos de Miskatonic tergiversan mucho las cosas. Hablan de los Primigenios y los Exteriores siempre como los malos y ensalzan mucho a los Arquetípicos. Tonterías, para los dioses no existe tal distinción entre buenos o malos, son simples lados opuestos. Como en todo, quien gana pone las reglas. Los Arquetípicos ganaron, ellos pusieron las reglas.

Jim no entendía nada de lo que Brown decía. ¿Dioses, primigenios, exteriores, arquetípicos? ¿Exactamente a qué se refería con todo eso?

—No entiendo —dijo.

—Por supuesto que no. —Brown se volvió hacia él—. El ocultismo por sí solo no funciona si no sabes lo que buscas. Hay una trampa allí, porque a algún listillo, seguramente allá arriba, se le ocurrió que disfrazar el culto a los Otros Dioses con el de Satán serviría para mantener alejada a la gente. ¡Una tontería, te digo! Buscar una respuesta en Satán es lo mismo que buscarla en Yahveh.

Brown corrió hasta donde estaba Jim y se paró de nuevo sobre sus patas traseras viéndolo directo a la cara. Jim sintió un deseo inmenso de salir corriendo.

—He visto las fuentes en las que buscas respuestas, Jim —dijo—, pero el satanismo no te las dará. Satán fue creado por él, ¿cómo saber si en realidad no está en el infierno porque es el trabajo para el que fue hecho y no por rebelarse?

Brown volvió a alejarse, y Jim no pudo reprimir un suspiro de alivio.

—Si quieres alcanzar la biblioteca y sus secretos no será a través de Satán.

Jim miró a Brown con gran sorpresa. La biblioteca, aquella con la que había soñado, su gran anhelo.

—¿Cómo sabes de la biblioteca?

—Yo sé lo que hay que saber sobre ella, Jim, eso es lo importante. Sígueme, te mostrare el camino. Lo he dicho, el tiempo apremia y los dioses esperan.

—¿Quiénes son los dioses?

—Los Primigenios y los Exteriores, por supuesto. Son muchos, y a veces surgen más. Es como con los mortales, ¿sabes? Engendran a más de su especie, a diferencia de los Arquetípicos, quienes prefieren crear que engendrar y en el camino les dieron a sus creaciones albedrío, una tontería. Ahora algunas de ellas, como yo y mis antepasados, podemos elegir seguirlos a ellos, a los Primigenios.

»Cómo dije, hay muchos, pero debemos centrarnos solo en dos. Nyarlathotep y Cthulhu. Ellos son la clave para los demás. Antes que nada, deberías firmar el libro, será como tu pasaporte para ese conocimiento.

—¿El libro?

—Sí, el Libro de Azathoth, el contrato entre los sacerdotes y los dioses. Debes firmarlo, con tu sangre.

La rata volvió a correr hacia el interior de la habitación y se subió a la cama.

Jim se incorporó y tomó el libro y el cuaderno. Entró en la pieza, cerrando la puerta con suavidad y colocó ambos objetos sobre el pequeño escritorio junto a la puerta del closet. Luego se volvió hacia Brown, quien le observaba con curiosidad.

—¿Qué pasa si no quiero firmar el libro?

Brown movió la cabeza hacia un lado, como sorprendido.

—Imposible —dijo—. Hay una maldición sobre tu familia. Hace mucho tiempo, tus antepasados prometieron al Dios que cada primogénito de la rama principal McElroy firmaría, o de lo contrario pasarían cosas terribles. Tu padre murió debido a eso, y tu abuelo antes que él. Y pronto muchos otros siguieron, los que llevaban el apellido McElroy y estaban emparentados con ustedes, aunque vivieran del otro lado del mundo y no tuvieran ni idea de todo esto. Esto se debe a que se apartaron del camino. Pero, tu tío se mantuvo firme. Contacto con mi ama, Martha Mason, heredera del legado de la vieja Keziah. Por aquel entonces, había descubierto un viejo diario de su bisabuelo que hablaba sobre el contrato con el Dios, y allí se mencionaba a Keziah.

Brown se frotó la boca con las patas delanteras, y luego volvió a hablar:

—Mi ama le dijo que había un contrato, pero que dos generaciones atrás, su tío abuelo había pretendido salirse. Al Dios no le gustó eso, e hizo cumplir la maldición. Ahora la rama principal, y el resto de la familia, estaban condenados. A menos, claro, que él restituyera el contrato. El mismo día que se enteró que naciste, también supo que tu padre, tú y él mismo eran los últimos McElroy. Desafortunadamente, un accidente cuando joven le impedía tener descendencia, así que supo que tú eras la última esperanza. Pidió a mi ama que invocara al Dios durante el Walpurgis para solicitar restituir el contrato. Y así lo hicieron.

Volvió a interrumpirse. Alzó la cabeza, vigilante, como si hubiera escuchado algo a lo lejos. Luego de un momento volvió a hablar:

—El Dios se presentó. Dijo que los McElroy habían incumplido, y que ya no tenía interés en ellos. Pero tu tío insistió. Lyman es un hombre terco, hay que decirlo. El dios le dijo que, si de verdad estaba interesado, entonces debía ofrecer un sacrificio diario durante todo el mes de octubre, de cualquier ser vivo, salvo el 31. Ese día debía sacrificar un bebé, durante el Samhain.

»Así lo hizo. Al siguiente octubre, asistido por mi ama, Lyman llevó a cabo el sacrificio. Y entonces la riqueza de tu tío y la de tu padre volvió a crecer. Sin embargo, el dios no dejó que tu tío firmara el Libro, eso debía hacerlo el heredero de la rama principal. Pero si dejó que se mudara a esta casa. Siete años después, tu padre murió, según la maldición al no haber firmado.

—¡Pero mi tío restauró el contrato!

—Los dioses deben cobrar cuando no se hacen las cosas de forma correcta. Y eso fue lo que se hizo. Pasaste al cuidado de tu tío, y yo fui instruido por mi ama de cuidarte. El contrato se restituirá completamente cuando firmes. La riqueza mundana es un adelanto, podemos decir, y será útil. A diferencia de tus antepasados, el Dios quiere algo más de ti. Por eso, el próximo año, durante el Walpurgis, se invocará de nuevo al Dios, y entonces firmarás el Libro. Eso si no quieres morir.

La rata saltó de la cama, y antes de que Jim pudiera decir algo más, ya había desaparecido en un agujero en la esquina de la habitación. El agujero se cerró, como si jamás hubiera estado allí.

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Al día siguiente, Jim fue a la biblioteca pública de Arkham y buscó todo lo que pudo encontrar sobre los McElroy y sobre los Mason. Encontró la historia pública de la decadencia, como uno tras otro los negocios que emprendieron los últimos años iban fracasando y como la muerte parecía seguir a la familia de un momento a otro: asesinatos, accidentes, suicidios, era definitivamente una maldición.

Sobre los Mason, encontró una que otra nota relacionada sobre todo con viejos rumores propios de Arkham. Finalmente llegó a una vieja publicación sobre la historia de Arkham, datada en la primera década del siglo XX y escrita por un historiador local de Miskatonic. Allí se hablaba de Keziah Mason, hija de una familia rica de Salem que había escapado a Arkham alrededor del 1640. Uno de sus primos se había casado con un McElroy así que la familia le dio asilo. Se había ocultado en el desván de la vieja casona que era propiedad de los McElroy, y que entonces funcionaba como una posada. Finalmente había sido apresada y juzgada por brujería en 1692. La reputación de los McElroy los había salvado de ser enjuiciados también.

Todo parecía concordar con la historia que Brown Jenkin había contado de una forma tan perfecta que era imposible pensar que todo fuera producto de alguna pesadilla o alucinación, no es que Jim lo hubiera creído así. Después de todo, antes le había parecido ver una extraña figura que se movía entre las sombras en la casa, siempre de reojo, sin duda era Brown cumpliendo la misión encomendada por Martha Mason.

III. Sueño en la Casa de la Bruja

En 1925, seis años antes de que fuera derrumbada, la vieja casa en la esquina de Pickman y Parsonage funcionaba como una pequeña pensión frecuentada por inmigrantes, alcohólicos y otros miembros de la parte más baja de la sociedad de Arkham; debido a sus bajos costes de renta. No era de extrañar: solo un desesperado querría vivir en la vieja casa en la que se había ocultado Keziah Mason.

En aquel año, un estudiante de nombre Walter Gilman rentó la habitación justo bajo el ático en el que las autoridades de la colonia de Massachusetts habían apresado a la bruja. Gilman estaba fascinado por las cosas que Keziah había confesado en su juicio de 1692. Entre otras declaraciones, la mujer había admitido ante los tribunales de Salem el haber utilizado extraños portales dimensionales, creados por líneas y ángulos, para moverse a través de diferentes planos de realidad. También confesó haber firmado el Libro Negro de las Brujas con su sangre en presencia del Hombre de Negro. Cuando el juez John Hathorne la cuestionó sobre si había vendido su alma a Satanás, la anciana soltó una carcajada.

—Satán es débil —declaró—. Jurar ante él es lo mismo que hacerlo ante cualquier hombre. Yo obedezco a un poder mayor. ¡Iä! ¡Nyarlathotep! ¡Iä! ¡Azathoth!

Keziah fue condenada a morir en la horca acusada de brujería, paganismo y asesinato, al haber sacrificado cinco recién nacidos al realizar su ritual en un islote vacío del río Miskatonic. Tal sentencia nunca se llevó a cabo ya que la bruja había escapado de la prisión en circunstancias misteriosas. Aun se conservaban registros de las declaraciones del guarda aterrorizado por una criatura pequeña y peluda con cara de persona.

Gilman creía que Keziah había utilizado conocimientos de mecánica cuántica, la cual recién comenzaba a ser estudiada en la actualidad por hombres como Einstein, para pasar de un plano a otro. ¿Sería posible que esas brujas, las auténticas y no las inocentes atrapadas en medio de la oleada de histeria, realmente tuvieran tal conocimiento avanzado de ciencias? De ser así, ¿de dónde provenía tal conocimiento? ¿Sería algo dado a ellas por sus terribles señores, Nyarlathotep, el Caos Reptante, y Azathoth, la abominación que se sentaba en el trono del Caos Nuclear?

Walter Gilman se obsesionó tanto con tales ideas que incluso se había planteado el crear su tesis en base a esa hipótesis. Ciertamente sus profesores de Miskatonic habían estado fascinados por tales descubrimientos. Sin embargo, tras una serie de sueños extraños, una fiebre que iba y venía, la cual le imposibilitaba para asistir regularmente a sus clases, y las extrañas sospechas de que sus sueños no eran tal cosa, sino que estaban relacionados con el espectro de la bruja Keziah Mason, el enigmático Brown Jenkin y el aterrador Hombre de Negro, le fue imposible completar dicha tesis.

Más tarde, Gilman murió en su habitación cerca del desván de la bruja en circunstancias extrañas y entre dolores terribles a causa de lo que los médicos de Miskatonic atribuyeron a una infección por una bacteria come carne. La realidad era que Gilman había muerto cuando Brown Jenkin royó sus entrañas. Había estado consciente en todo momento, mientras la temible rata familiar de las brujas Mason se abría paso entre su piel, músculos e intestinos para arrebatarle la vida devorando su corazón.

Eso fue lo que Brown Jenkin le contó a Jim McElroy la tarde en que su tío anunció que la reconstrucción de la vieja casa de la bruja había concluido.

Durante los últimos meses Jim se había involucrado cada vez más en el estudio de los Primigenios. Había aprendido detalles interesantes sobre la ciudad de Arkham y sus secretos. Comprendió que la huella de estos terribles seres era rastreable por todo Massachusetts, si sabías en donde buscar. Los dioses parecían amar las viejas ciudades de Nueva Inglaterra.

Brown le había contado, por ejemplo, sobre los hijos que Yog-Sothoth había tenido con una mujer humana en Dunwich y de la dominación por parte de los profundos al puerto de Innsmouth. Todas esas pistas que podían seguirse en lugares tan cercanos. Pero el mayor acervo de conocimiento accesible para él estaba en los viejos tomos arcanos ocultos en la biblioteca de su tío:

El terrible Necronomicón, de Abdul Alhazred –libro que Brown le había prohibido terminantemente tocar hasta que hubiera firmado el Libro de Azathoth–, el De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn y el Cultes des Goules del Conde D'Erlette. Estos tomos de magia contenían los más grandes secretos del culto a los Primigenios.

Después de contarle todo el asunto de Gilman, Brown Jenkin se había parado en el escritorio de Jim y le había mirado de una manera que para el joven resulto intrigante.

—Iremos a la vieja casa de Keziah Mason —dijo la rata—. Y para eso necesitaremos un conjuro que se encuentra en el De Vermis Mysteriis y una droga muy especial.

—¿Una droga?

—Sí, la droga Liao. No te preocupes por esta última, mi ama Martha Mason nos la proporcionará. En tres días, exactamente, durante el fin de semana, iremos a la Casa de la Bruja.

Luego de aquello, Brown se había despedido para volver a su agujero.

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La reconstruida Casa de la Bruja era una mansión de tres plantas y un ático. Sobresalía de manera siniestra entre los edificios de piedra del centro de Arkham, debido a su arquitectura que claramente pertenecía al siglo XVII, como si fuera un fantasma de épocas lejanas. Tenía un tejado de estilo holandés de color rojo y un pequeño jardín rodeado por una verja de hierro forjado. La puerta principal estaba cerrada por un candado hasta que fuera momento de la apertura, justo cuando comenzara el próximo curso de la universidad.

Jim abrió el candado y entró en la casa.

Lo primero que encontró al entrar fue un pequeño recibidor que estaba siendo acondicionado como recepción para los futuros inquilinos. A la derecha, había un arco que dejaba ver una sala y la escalera hacia la segunda planta. A la izquierda un enorme comedor para al menos treinta personas.

—Arriba —dijo Brown Jenkin, mientras saltaba del hombro de Jim hacia el suelo y corría hacia la escalera.

Jim siguió a la rata atravesando la sala y subiendo las escaleras hacia la siguiente planta.

La escalera terminaba justo al pie de un pasillo que conectaba con al menos diez habitaciones, al final el pasillo daba un giro. Brown corrió a lo largo de dicho pasillo y se perdió tras la esquina.

Jim le siguió caminando por el piso alfombrado, descubriendo otra escalera al final del pasillo. En la siguiente planta había un pasillo similar al anterior. Brown Jenkins se había detenido justo frente a una puerta al final de este.

—Abre el ático —dijo—, es el lugar perfecto. Cuando Keziah se ocultaba de los hombres del rey lo hizo arriba. Es el mejor lugar para llevar a cabo todo.

Jim hizo lo que le pedía y haló la cadena para bajar las escaleras que llevaban al ático de la casa.

El lugar estaba vacío, pero a Brown Jenkin no pareció importarle. Ordenó que encendiera las velas que le había pedido y apagara las luces eléctricas.

—La droga, Jim, es importante.

Jim sacó las pequeñas tabletas oscuras que Brown le había proporcionado.

—La Droga Liao tiene muchos usos, pero el más importante es la capacidad de viajar por el tiempo. Con esta droga, Jim, puedes enviar tu mente al pasado. El mismo Lao Tsé la utilizó para revelar los secretos del Tao. Se dice que él retrocedió tanto que se encontró con ellos.

Brown Jenkin sonrió con malicia ante esto último.

—¿Ellos?

—Sí, los Perros de Tindalos. Unas terribles criaturas creadas a partir del ADN que la diosa K'thun obtuvo de la piel del dios Noth-Yudik. Los Tindalos resguardan el pasado. Si retrocedes demasiado los Tindalos te encontrarán y vendrán tras de ti. Una vez que un Perro de Tindalos comienza a darte caza, no se detendrá hasta acabarte y la muerte será más dolorosa que cualquier cosa que puedas imaginar.

Jim observó las pequeñas tabletas granuladas en su mano.

—Por suerte, no necesitas ir tan lejos. Solo lo suficiente para encontrar a Keziah. Y cuando lo hagas, pregúntale como abrir el portal para encontrar el Libro Negro de Azathoth.

Jim siguió las instrucciones de Brown Jenkin y tragó las tabletas en seco.

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Keziah Mason era una mujer arrugada de piel ceniza, encorvada y con nariz ganchuda. El estereotipo clásico de la vieja bruja de los cuentos de hadas. Pero Keziah era mucho más que eso. Su pacto con los antiguos le había dado el conocimiento para viajar entre planos, entre muchas otras cosas.

A mediados de la década de los veinte del siglo pasado, cuando Gilman se había hospedado en la Casa de la Bruja con la esperanza de obtener pistas sobre los conocimientos matemáticos que había confesado la bruja durante su interrogatorio de 1692, aun se decía que su espectro se había visto en las cercanías. El mismo Gilman se había encontrado con ella durante sus interminables pesadillas. Conforme el Walpurgis estaba más cerca, la presencia de la bruja se hacía cada vez mayor en la casa.

Durante la Noche de Walpurgis, cuando el espectro de la bruja Keziah casi había obligado a Walter Gilman a sacrificar un recién nacido en honor a Nyarlathotep, el joven estudiante se había resistido acabando con el espectro utilizando la daga de hueso usada en el ritual. Desafortunadamente para él, la policía había encontrado al niño secuestrado en su casa, muerto. Lo cierto es que Gilman no lo había matado, sino Brown Jenkin, aunque ya tarde para el sacrificio. Y más tarde la rata mató a Gilman en su celda en venganza por la destrucción del espectro de su ama.

A pesar de la destrucción del espectro de la bruja Keziah, sus descendientes se habían encargado de mantener una maldición sobre la Casa de la Bruja; y al caer ésta, sobre el solar en el que alguna vez se había alzado. Hasta que Martha Mason aprobó el deseo de Lyman McElroy de reconstruir la vieja casa.

Pero el espectro de Keziah Mason no podía reconstruirse a diferencia de la casa. Y solo ella tenía el conocimiento para abrir la puerta dimensional hacia el lugar donde se encontraba el Libro Negro.

Por eso Brown Jenkin necesitaba enviar la mente de Jim al pasado, a una época en la que Keziah Mason estaba viva para así poder obtener ese conocimiento.

Así, mientras la mente de Jim se encontraba ausente y su cuerpo se desplomaba en el suelo del ático en la reconstruida Casa de la Bruja, Brown Jenkin sonrió satisfecho. Todas las piezas estaban cayendo en su lugar tal como su ama, el viejo Lyman y, en especial, el Hombre de Negro querían.

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Jim McElroy se encontró en una habitación exactamente igual que la anterior, salvo por una cosa: la madera a su alrededor se veía mucho más rústica. La vieja Casa de la Bruja no estaba construida con el cuidado artesanal de la que existía en el futuro. Tenía sentido, estaba ahora en la vieja aldea de Arkham, Massachusetts, en la época en que no era un estado de Norte América, sino una colonia inglesa.

El chico se dio cuenta de que era una especie de fantasma capaz de contemplar el lugar, pero no de interactuar con él. Cuando intentó tocar uno de los muebles rústicos del lugar su mano lo atravesó. No tenía un cuerpo físico y seguramente su forma «humana» se debía que era de esa manera en la que su propia mente se visualizaba.

Observó con detenimiento la habitación en la que se encontraba. La luz vacilante de una vela colocada en el centro de una mesa era toda la iluminación que había en la pieza. La ventana del ático, con forma circular, se había bloqueado con restos de tela. En una de las esquinas de la habitación se encontraba un viejo librero con pesados tomos de cuero. Libros arcanos, supuso siendo que estaba en la pieza que Keziah Mason había utilizado para ocultarse. En una de las paredes había dibujado un pentagrama con varias estrellas sobrepuestas una sobre la otra en el interior de un círculo. Sobre la mesa había un cuchillo de hueso y un cuenco de metal con extrañas runas grabadas en ella. Las reconoció como parte del alfabeto de Nug-soth del que Jenkin había hablado tiempo atrás.

Escuchó un ruido, y observó como la puerta del ático se abría. Una anciana encorvada y de aspecto extraño entró en la pieza y se apresuró a echar la llave.

—Esos desgraciados —dijo en un inglés arcaico de siglos atrás—. Vienen tras de mí, Brown.

Una rata oscura con cara humana saltó a la mesa y se paró sobre sus patas traseras frotándose la cara con sus dos zarpas parecidas a manos humanas.

—Ciertamente, señora, y esta vez están muy cerca.

Jim lo comprendió. Debía estar en algún momento de comienzos de 1692, el año en que Keziah fue arrestada en ese mismo lugar, tras haber sido escondida en esa casa por los McElroy durante alrededor de cincuenta años.

—Hay alguien más aquí —dijo Jenkin, olfateando el aire—. Huele a espectro.

Jim, quien se había refugiado en la oscuridad de una esquina, de pronto se sintió nervioso.

—¿Un espectro? —preguntó Keziah, mientras tomaba la vela del centro de la mesa y la movía en un círculo para iluminar mejor la habitación.

—No —respondió Brown—. Es algo más. Alguien ha usado la droga.

Keziah Mason soltó una carcajada estridente.

—Un viajero de épocas futuras —dijo la bruja—. Muéstrate, viajero, y dime a qué has venido a esta era. ¿Qué es lo que quieres de mí? Y si has venido por accidente, te aconsejo que vuelvas a menos que quieras quedar atrapado en los flujos del tiempo y enfrentar a los Perros de Tindalos.

Jim salió de su escondite.

—¿Un jovencito? —preguntó Keziah realmente sorprendida—. He de decir que no esperaba a alguien tan joven. Dime, viajero del tiempo, ¿a qué has venido?

—Me envió una de sus descendientes, señora Mason —dijo Jim—. El conocimiento para abrir el portal hacia la cámara en donde se encuentra el Libro Negro de Azathoth es necesario.

La bruja soltó una carcajada.

—Debes estar bromeando, niño —dijo el Brown Jenkin original—. ¿Un descendiente de mi ama?

—Por favor, señora Mason, es vital obtener ese conocimiento.

La bruja dejó de reír y miró a Jim con suspicacia.

—¿Por qué debería yo darte ese conocimiento, niño? ¿Qué prueba puedes darme de que no eres un enemigo?

Jim se encontró en un grave problema. Pero entonces recordó el viejo verso que Brown Jenkin le había enseñado, un verso que solo aquellos que seguían el culto primigenio conocían.

—Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu, R'lyeh Wgah nagl fhtan.

Keziah le miró enarcando una ceja, mientras que Brown Jenkin alzó la cabeza moviendo sus oídos.

—Ciertamente es impresionante que conozcas el viejo rezo.

La bruja se acercó a su librero y sacó un viejo libro.

—Aquí está el conocimiento para abrir las puertas. Pero, debes tener cuidado, la cámara en donde Nyarlathotep resguarda el Libro Negro de Azathoth se encuentra en la gran biblioteca del palacio negro en la desconocida Kadath.

—¿La desconocida Kadath?

—No me extraña que no sepas sobre ella. Eres muy joven, seguro ni siquiera te han permitido consultar el Necronomicón.

La bruja dejó el pesado libro sobre la mesa y luego comenzó a hablar:

—¿Qué hombre conoce a Kadath?

»Porque ¿quién sabe de aquel que siempre mora en tiempo desconocido, que no es ni ayer, ni hoy, ni mañana? Desconocida en medio del Frío Yermo yace la montaña de Kadath sobre cuya escondida cima hay un Castillo de Ónice. Oscuras nubes envuelven el enorme pico que destella bajo viejas estrellas donde el silencio cubre las titánicas torres y se levantan murallas prohibidas.

»Runas malditas, esculpidas por manos olvidadas, guardan la puerta llena de noche y ¡Ay del que ose pasar por aquellas espantosas puertas!

»Los Dioses de la Tierra se deleitan allí donde una vez los Otros pasearon por místicos vestíbulos eternos, que algunos han vislumbrado en oscuros y profundos sueños a través de extraños y ciegos ojos.

La bruja terminó y rompió en una nueva carcajada.

—Esto, niño —dijo mientras señalaba el libro—, es el conocimiento que necesitas. Sin embargo, ellos están casi sobre mí y sin duda destruirán mi biblioteca. Sería una lástima que estos conocimientos se perdieran. En el río Miskatonic hay un islote vacío. Allí encontraras una serie de piedras con runas grabadas en el alfabeto de Nug-Soth. Dichas runas fueron hechas siglos antes de que el hombre europeo pisara estas costas, pero los grandes Sacerdotes del Mito Primigenio las conocen muy bien por todo el mundo.

»Al norte encontraras la piedra de la Gran Frialdad, que representa al Viento Invernal que siempre sopla en el Frío Yermo. La reconocerás debido a que en ella encontraras grabado el signo del Toro de la Tierra. Al pie de aquella piedra deberás excavar para encontrar el libro arcano.

La bruja se apartó de la mesa.

—Ahora vuelve, viajero, antes de que las corrientes del tiempo te arrastren a un lugar tan lejano del que te sea imposible regresar.

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Cuando Jim despertó de vuelta en el futuro, el Brown Jenkin que descendía del que acompañaba a Keziah le miraba con intriga.

—Lo tienes —dijo.

Jim asintió.

—En el viejo islote del río.

Jenkin sonrió.

—¡Por supuesto! Es allí donde se llevan a cabo los rituales. Los supersticiosos de Arkham jamás se acercan. Si acaso los estudiantes de Miskatonic, pero ni siquiera ellos perturban las viejas piedras erguidas por los antiguos indígenas para llevar a cabo los rituales prohibidos.

La rata corrió hacia la puerta.

—¡No hay tiempo, Jim! El Walpurgis está cerca y necesitamos el libro.

Jim siguió a Brown Jenkin hasta los muelles en dónde tomaron una barca de remo y se dirigieron hacia el islote vacío del río Miskatonic. Allí, a la luz de la luna, Jim excavó donde la bruja Keziah le había indicado encontrando el viejo libro.

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Durante el Walpurgis, Martha Mason siguió las instrucciones del libro para abrir las puertas. Así fue como Jim entró en la Cámara del Libro Negro junto con Brown Jenkin.

En ese lugar encontró al Hombre de Negro. Era alto y vestía una capucha que no dejaba ver su rostro. Alzó la mano señalando un pesado libro forrado en piel sobre una mesa. Jim se sentó en la misma y el libro fue abierto.

Brown Jenkin mordió su muñeca derecha y, con la sangre que brotaba, el joven firmó el libro.

El Hombre de Negro cerró el libro y lo devolvió a su estantería.

—Él tiene una misión para ti —dijo con voz ronca antes de que Jim se marchara—. En el oeste, en medio de las montañas, hay un pueblito cubierto de nieve. En dicho lugar nacerá quien puede romper el Símbolo Arcano. Tu destino es ir hacia allá. Sigue el camino que los Otros Dioses señalan e ignora el que los Dioses de la Tierra pretenden imponer. Sigue el camino hasta Miskatonic y luego hasta el Hijo de Shub-Niggurath.

Dicho eso, el Hombre de Negro lo expulsó de Kadath.

Cuando despertó en su cama por la mañana, descubrió la cicatriz de la mordida de Brown Jenkin, el recordatorio de que había firmado un pacto con los Otros Dioses.

Nunca más vio a la rata o tuvo noticias de Martha Mason o cualquier otro descendiente de Keziah.

IV. La búsqueda del Necronomicón

Cuando Jim McElroy finalmente tuvo acceso a la copia del Necronomicón que había en la biblioteca de su tío, se encontró con la desagradable sorpresa de que se trataba de la traducción incompleta, inexacta y censurada que hiciera John Dee al inglés en la era isabelina. No le servía. Los conjuros que había en dicha versión se hallaban incompletos y el usarlos solía tener resultados nada agradables.

Necesitaba una traducción al latín de Olaus Wormius, por más que dicha versión también tuviera grandes censuras y carencias con respecto a la traducción al griego de Theodorus Philetas. Claro, lo ideal sería conseguir un original en árabe que contuviera todo lo escrito por Abdul Alhazred. Pero ese era un sueño imposible. Todos los originales árabes ya se daban por perdidos para el 1200 de nuestra era. De cuando en cuando aparecían rumores de que en tal o cual lugar se podía encontrar uno, pero generalmente eran falsificaciones que contenían nombres de dioses Sumerios y rituales absurdos que nada tenían que ver realmente con el culto a los Antiguos.

Miskatonic era su única opción ahora. En la biblioteca Orne se guardaba bajo siete llaves en la caja fuerte una edición en latín del siglo XVII posiblemente impresa en España. Era imperante que ingresara a Miskatonic. Necesitaba tener acceso a dicho libro o de otra manera podría poner en riesgo la misión que el Hombre de Negro le había dado.

Sin embargo, durante el verano de su último año de educación secundaria, mientras se preparaba arduamente para ingresar a la facultad de etnología de Miskatonic, se encontró con un viejo rumor. Un conocido ocultista había publicado un oscuro y siniestro artículo en una revista de la década de los cincuenta, y de la cual encontró una copia en la biblioteca de su tío, que hablaba del Necronomicón y el cual contenía un supuesto rumor de que el reconocido satanista y hechicero John Carnby había tenido en sus manos un ejemplar original en árabe del terrible libro.

«Durante mucho tiempo se ha especulado la posibilidad de que algunos de estos libros hubieran sobrevivido ocultos en viejos monasterios o preservados por fuerzas sobrenaturales. Claro que dicha posibilidad siempre ha sido negada incluso por los más optimistas estudiosos del mito Primigenio.

El rumor, sin embargo, pareció algo más tangible cuando me entrevisté, hace algunos meses, con cierta persona quien estuvo presente la noche en la que John Carnby fue brutalmente asesinado en circunstancias extrañas. Esta persona, cuyo nombre y datos no revelaré a nadie por petición de él mismo, me confirmó haber traducido para el hechicero un pasaje del temible libro. Un original en árabe. ¿Cómo consiguió Carnby tal tomo arcano? Es posible que nunca lo sepamos. Además, dicho tomo, nuevamente se encuentra perdido.»

Jim dejó la revista sobre el escritorio y se puso de pie para meditar un poco mientras caminaba por la habitación. Un original árabe. ¿Sería posible localizar el libro del tal Carnby? Decidió que investigar un poco del tal John Carnby podía ser una buena pista para encontrar la copia Necronomicón que necesitaba, y si era un original cuanto mejor.

Dicha investigación sobre John Carnby le llevó a descubrir detalles interesantes sobre su vida. El hombre había sido un reconocido satanista y ocultista nativo de la ciudad de Oakland en California. Las circunstancias que rodeaban su muerte eran tan siniestras y extrañas como aquel artículo indicaba. Se había encontrado desmembrado en su estudio en medio de una gran cantidad de símbolos satánicos, grimorios y demás libros malditos.

Ninguno de los artículos y demás textos en los que se hacía referencia a su muerte tenían más información sobre la rara copia en árabe del Necronomicón que se rumoreaba tenía en su poder.

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Durante ese verano, sin embargo, la ciudad de Arkham fue sacudida por un terrible crimen. Melinda Marsh se había encontrado muerta de una manera grotesca en su casa. Degollada en una sangrienta escena en la sala familiar. Su hija, Beverly, se encontraba en paradero desconocido. La policía afirmaba no tener pistas, ya que el posible criminal había hecho un trabajo demasiado limpio para su gusto.

Pero, como era de esperarse, los rumores que circulaban por la ciudad, sobre todo en las partes más bajas de la sociedad, hablaban de la aparición de unos extraños hombres con cabezas de pez y aspecto crustáceo que habían merodeado por las cercanías de la casa Marsh varios días antes de cometido el crimen. No era difícil imaginar lo que se creía sobre la muerte de Melinda y el destino posible de Beverly. Los rumores de la piedra del sacrificio se habían vuelto a escuchar como susurros por las calles de Arkham esos días.

Jim sabía, sin embargo, que la «maldición» familiar había alcanzado finalmente a su amiga. Brown Jenkin, años atrás, había comentado la posibilidad de que Beverly, al ser nativa de Innsmouth, hubiera sido arrebatada de la casa familiar por su madre.

—Su madre es humana —dijo la rata—. Me he colado a la casa de ellos y lo sé. Parece temerosa y el Símbolo Arcano está grabado sobre el marco de cada puerta y ventana. Teme a algo. Creo que tomó a su hija y salió huyendo de Innsmouth. Pobre ilusa, los Profundos irán por ella tarde o temprano. No tiene donde ocultarse.

Esa terrible predicción de Brown Jenkin se había vuelto realidad al parecer. Jim sintió algo de pena por su amiga. Sin embargo, pronto dicha pena se convirtió en algo más. Si Beverly era resultado del lento pero seguro mestizaje que los Profundos realizaban con los humanos, esto como avanzada y preparación para lo que vendría cuando Cthulhu se alzara de su morada de R'lyeh, entonces su amiga había sido tomada y devuelta al Padre Dagón y a la Madre Hydra. De una manera muy retorcida, Jim se sintió feliz por ella.

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La primera vez que Jim soñó con el Gran Cthulhu sintió que había sido testigo de una gran revelación. Cthulhu era enorme y poderoso. Una entidad semi antropomórfica de gran tamaño, con enormes alas de dragón y una cabeza en forma de pulpo. Asquerosa y terrorífica, pero grandiosa a su propia manera. Dormía en una cripta de piedra en aquellos monolitos gigantescos, mientras otras entidades menores, pero no por ello menos terroríficas, se paseaban por las calles de adoquines y construcciones blasfemas e imposibles para la comprensión del hombre. Aquellas entidades de aspecto crustáceo custodiaban el sueño de su señor. Mientras, el imponente Símbolo Arcano esculpido en las rocas por las manos de los dioses Arquetípicos resplandecía sobre la Cámara de Cthulhu, imposibilitándole el despertar de aquel sueño de muerte.

El Símbolo Arcano, una estrella de cinco picos con un ojo de fuego grabado al centro. Era lo que mantenía presos a los Primigenios. La marca que los Arquetípicos habían creado para contener el poder de sus enemigos.

—N'tse-Kaambl, quien creo el Símbolo Arcano, se halla presa en Kadath —escuchó una voz en su sueño—. El Caos Reptante le torturó por milenios hasta que finalmente pudo arrancarle el conocimiento de este. El Símbolo Arcano no puede ser roto por los dioses.

»Los Arquetípicos se han burlado de nosotros.

»El Hijo de Shub-Niggurath es el único que puede romper el conjuro. Para traerle a este mundo se requiere de un ritual que solo puede hallarse en la edición árabe original del Necronomicón. Casi lo teníamos, pero, nuevamente, Yahveh ha intervenido impidiendo que su voz pueda susurrarlo a los oídos humanos; mientras, sus acólitos humanos han buscado y destruido cada una de las copias restantes.

»Queda uno, sin embargo, que antes estuvo en posesión del tal John Carnby, pero ahora se encuentra en manos de la última persona que le vio en vida.

»Esta es la orden que los dioses tienen para ti: busca a Ogden Smith, quien recientemente se ha mudado a Arkham, y consigue que te entregue el Kitab Al-azif; a cualquier costo.

»Apresúrate, McElroy, pues Satán, influido sin saber por su padre, acudirá a la ciudad maldita con forma de hombre y buscará hacerse con el libro para destruirle. Debes adelantarte a Satanás y reclamar los conocimientos que por derecho son de los Dioses Otros y sus hermanos menores.

»No temas a la Bestia si se presenta. Si esto ocurre, invoca el nombre del Caos Reptante mediante tu nombre secreto y he aquí que la Bestia huira ante su mención. Pero, y debes escuchar bien, esto solo ocurrirá si te mantienes tranquilo y no caes ante las provocaciones de la Bestia.

»Recuerda, Lucifer era el ángel más cercano a Dios, y aún hoy, aunque no lo demuestre, sigue siendo el más poderoso de todos ellos; solo igualado por su hermano Miguel.

»Ve ahora, Jim McElroy, y cumple la misión que los dioses te han mandado.

Entonces, en su sueño, la pétrea ciudad de R'lyeh, y la cripta donde el Gran Cthulhu dormía se perdieron en la oscuridad. Jim sintió que caía hacia un vacío palpitante y horrible en el cual unas terribles entidades invisibles reptaban y susurraban palabras malditas en un idioma olvidado. Y finalmente despertó en el momento que se sintió caer sobre su cama como si hubiera estado flotando en sus sueños.

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Ogden Smith era un hombre anciano, alrededor de los ochenta y siete años. Llevaba poco menos de diez años viviendo en Arkham, a dónde había acudido en busca de respuestas para la interrogante que rondaba su vida desde que John Carnby muriera descuartizado por lo que bien podría describirse como el zombi de su hermano Helman Carnby. La visión de aquel cuerpo en descomposición reanimado por la voluntad del hechicero con la única intención de cobrar venganza en contra de su asesino, su propio hermano, desmembrándolo con sus propias manos provistas de una fuerza sobrenatural aún le perseguía mediante pesadillas y horribles visiones que le estrujaban el alma en las noches tétricas y frías, tan similares a aquella noche tenebrosa en California.

El Necronomicón de los Carnby se mantenía oculto en una caja fuerte detrás de un retrato en su habitación de la pequeña casa que rentaba a las afueras de la ciudad. Aun ahora se preguntaba porque había regresado a esa casa en busca del tomo maldito. Generalmente lo achacaba a la misma fuerza misteriosa que le había guiado aquella noche al despacho de John Carnby, obligándole luego a presenciar su horrible asesinato. La misma fuerza que había guiado su mano durante los últimos cuarenta años en la escritura de una nueva traducción, la cual estaba casi terminada.

Muchas veces había deseado destruir todo ese trabajo y el mismo libro. El Necronomicón debía desaparecer, al menos su versión original, para que la humanidad pudiera librarse finalmente de los horrores que profetizaba. Pero él era débil y no podía destruirlo. Había sentido a esos seres blasfemos arrastrarse y susurrar a su espalda. Y no podía desafiarles.

Se sentó en su escritorio y observó las desordenadas hojas manuscritas que había estado copiando a máquina durante los últimos meses. Recientemente, el profesor Ambrose Dexter, un conocido físico Atómico anciano y ya retirado, había pagado una enorme suma de dinero por una copia mecanografiada de su traducción. ¿Cómo se había enterado el profesor Dexter de que el Necronomicón estaba en su poder? No lo sabía, y ciertamente sospechaba que no era algo que quisiera conocer.

Sintió un escalofrío recorriéndole la espalda cuando notó el pasaje que seguía. El mismo pasaje que había traducido para John Carnby tantas décadas atrás, y que resultó ser una suerte de profecía de lo que acontecería en esa casa la noche siguiente. Comenzó a mecanografiar el siguiente texto:

«Es sabido verdaderamente por muy pocos, pero es un hecho comprobable, que la voluntad de un hechicero muerto tiene poder sobre su propio cuerpo y puede levantarlo de la tumba y hacerle ejecutar luego cualquier acción que no haya cumplido en vida. Y tales resurrecciones sirven invariablemente para llevar a cabo acciones malévolas y en perjuicio de los demás. Muy prontamente puede el cadáver animarse, si todos sus miembros se han conservado intactos; y, no obstante, hay casos en que la superior voluntad del brujo ha levantado los miembros separados de un cuerpo cortado en muchos trozos, haciendo que cumplieran su fin, tanto separadamente como en transitoria reunión. Pero en todos los casos, después de haberse cumplido la acción, el cuerpo vuelve a su anterior estado.»

Dejó su trabajo cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta.

Trabajosamente se puso de pie y avanzó con paso cansado mientras se apoyaba en su bastón. Cuando llegó a la puerta se sorprendió al ver a un jovencito caucásico y de cabellera negra de pie frente a su puerta.

Estuvo a punto de darse la vuelta y simplemente alejarse, pues no le pareció familiar, sospechando que no podía ser uno de los hijos de los vecinos. No es que tuviera muchos, pues las casas más cercanas, que no estaban en Arkham, eran pequeñas granjas familiares. Sin embargo, esas entidades invisibles que a veces sentía a su alrededor desde aquella experiencia en casa de Carnby, le obligaron a abrir la puerta.

—Buenas tardes, señor Smith —saludó el jovencito con una amabilidad que resultaba extraña en la juventud actual.

Para Ogden Smith las cosas resultaron un tanto extrañas. No recordaba cómo habían pasado de estar en la puerta conversando de alguna cosa al azar, al punto en el que pasaron a su despacho en donde habló sobre la traducción del Necronomicón. Luego, justo cuando iba a revelar donde estaba el original, una nueva llamada se escuchó en la puerta.

El hechizo extraño del joven pareció desvanecerse y la claridad volvió a la mente de Ogden. Sin embargo, con dicha claridad también llegó una sensación de alarma. Un olor a azufre se había instalado en la habitación y por un momento el cielo se había nublado provocando que la pieza se oscureciera un poco. Además, la temperatura pareció descender diez grados de golpe.

Con un paso aún más tembloroso y nervioso abandonó al joven en su estudio y se dirigió hacia la puerta. El joven McElroy, le pareció se llamaba, le siguió mientras susurraba que no debía atender al llamado.

—¡Es él, estoy seguro! —dijo—. Señor Ogden, por favor, no le deje entrar.

El anciano lo miró intensamente con sus ojos grises. Miedo, duda e incertidumbre era lo que reflejaban. Pero, a la vez, una necesidad imperiosa y, tal vez, autodestructiva le obligaba a ir hacia la puerta.

Su mano temblorosa se colocó sobre el pomo y lo giró.

Allí había un hombre alto, de piel pálida. Vestía un traje elegante, que lo hacía parecer misterioso y atrayente.

—¿Ogden Smith? —preguntó.

El anciano asintió con gravedad y el hombre sonrió de manera enigmática, provocándole un escalofrío, mientras extendía la mano. Al estrechársela la sintió fría y blasfema.

—Mi nombre es Lucian Thorn. He enviado algunas cartas y realizado algunas llamadas telefónicas, sin embargo, parece ser que algo las intercepta. No me ha quedado más remedio que venir personalmente. Hay un asunto en el que sólo usted puede ayudarme. Le aseguro, señor Ogden, que las recompensas serán grandes. ¿Puedo pasar?

Con lentitud el anciano asintió. Al guiarlo hacia la sala se dio cuenta de que el joven había desaparecido.

Lucian se sentó en la sala y el anciano enfrente.

Por segunda vez esa tarde, la conversación se desvió hacia el Necronomicón. Lucian Thorn lo dejó claro: estaba dispuesto a pagar cualquier suma si el anciano ahora mismo le entregaba tal tomo arcano y todos los papeles, documentos, notas y demás material relacionado que tuviera en su poder. El anciano estaba a punto de aceptar el trato. No deseaba nada más que deshacerse del peso que ese maldito libro había traído a su vida. Olvidarse del asunto definitiva y finalmente morir sin esa carga que le había atormentado por casi cinco décadas.

La puerta del estudio, que se hallaba precisamente próximo a la sala, se abrió de pronto y de allí salió aquel joven.

—Mi nombre secreto es Thoth —dijo—, y con él invoco la protección del Caos Reptante, Nyarlathotep, mensajero y voluntad de los Dioses Otros.

Lucian Thorn se puso de pie furioso ante tal intromisión. Sus ojos resplandecieron con un rojo maligno.

—¿Un niño? —escupió—. ¿Tus amos pretenden burlarse de mí? Envían a un niño a enfrentarme en su nombre.

La atención de ambos se vio interrumpida ante los quejidos de Ogden. El anciano se desplomó del sofá con la mano fuertemente apretada contra su pecho. El aire le faltaba y podía sentir el dolor insoportable de su corazón deteniéndose.

—Anciano —dijo Lucian, mientras se agachaba junto a él—. ¿Dónde está el libro? Puedo sentir a los sabuesos invisibles e informes que los Dioses Otros utilizan para vigilarte. Ellos no me dejarán saber, tienes que desafiarlos y decirme dónde está.

El anciano boqueó varias veces mientras su esquelética mano se alzaba pidiendo ayuda. Parecía estar a punto de hablar, cuando una bestia invisible se abalanzó sobre de él. Lucian Thorn saltó hacia un lado en el momento mismo que aquella cosa se hizo visible por un breve momento, resultando ser una bestia que aparentaba ser una extraña mezcla de un perro y una langosta. Las fauces de aquella cosa amorfa y extraña engulleron al anciano Ogden Smith de un solo bocado.

Lucian Thorn, con el ceño fruncido, se volvió hacia el joven Jim McElroy.

—Eres solamente un niño —dijo—, pero me sorprende que seas capaz de aceptar y mantenerte cuerdo ante este horror.

—Ellos me han elegido, yo…

—Yo puedo ofrecerte un trato mejor, niño —le interrumpió Satán, abandonando del todo esa forma humana y mostrándose tal cual, como un ser rojo, alto, musculoso, con patas de chivo, cuernos de toro y unos colmillos amarillentos—. Acepta mi culto.

—Lucifer…

El diablo se volvió para ver a un sujeto vestido como un gáster de los años veinte de pie junto a la puerta de la casa.

—Te atreves a robar a mis adeptos, mocoso.

El diablo se cruzó de brazos.

—Hipócrita de tu parte, Caos Reptante, que reclames eso. ¿A cuántos de los míos has robado? ¿A cuántos has atraído a tus redes usando mi nombre?

Nyarlathotep respondió sonriendo con sorna.

—Tu oportunidad acaba aquí —dijo el Caos Reptante—. Vuelve al Infierno. No puedes ganar contra mí.

El diablo pareció querer discutirle, pero finalmente suspiró cansadamente. Luego se volvió hacia Jim:

—Mi oferta sigue en pie, niño.

Finalmente, Lucifer desapareció a través del suelo envuelto en llamas y sombras. Nyarlathotep entonces ordenó a Jim:

—En la habitación, dentro de una caja fuerte que ya se ha abierto, encontrarás el Necronomicón. Tómalo y luego haz lo mismo con todas las notas y documentos que encuentres en su estudio. Apresúrate, Jim, esta casa será presa del fuego esta misma noche. Tienes menos de dos horas.

Dicho eso, el dios desapareció y Jim procedió a cumplir sus órdenes.

V. Randolph Carter

La Universidad de Miskatonic era el orgullo de Arkham. Fundada en el lejano siglo XVII, la institución era un remanente de viejos valores y leyendas olvidadas. Su edificio principal –mejor conocido como el Salón Carter– se había construido utilizando una combinación de arquitectura clásica y gótica en algún momento del siglo XVIII. Se ubicaba en la esquina de las calles West y Collage, justo en contra esquina del Museo de Arkham. El edificio llevaba su nombre en honor a la familia Carter, una de las familias fundadoras de la ciudad y cuyos miembros ilustres podían rastrearse en Salem, Kingsport, Boston, Providence, Bristol y otras ciudades importantes de Nueva Inglaterra.

Si uno seguía la acera desde el Salón Carter hasta el cruce de Collage con Garrison, pasando los dormitorios –dos viejos edificios de estilo colonial construidos en el siglo XVII y cuya última remodelación había sido durante los años cincuenta–, encontraría un edificio un poco más moderno, más o menos de principios del siglo XIX, cuyo estilo arquitectónico no tenía nada que envidiarle al famoso Salón. Se trataba de la biblioteca Orne. Para los interesados en el ocultismo dicho lugar era una especie de La Meca. En alguna parte dentro de sus muros se encontraba la más grande colección de libros arcanos y malditos, la mayoría de ellos considerados genuinos, de toda la costa este de los Estados Unidos. O tal vez incluso del continente entero, según las fuentes más entusiastas. Siendo su joya una edición del siglo XVII en latín, con la traducción de Olaus Wormius e impresión en España, del Necronomicón.

Jim McElroy, a los diecinueve años, consiguió matricularse en la facultad de Antropología de Miskatonic.

A decir verdad, durante sus primeros años del periodo universitario Jim era un solitario. Se pasaba la vida yendo y viniendo entre sus clases y la Biblioteca Orne, siendo la segunda su gran obsesión. A pesar de tener un Necronomicón original en árabe, muy seguramente la última copia existente en todo el mundo, y toda una colección de libros arcanos en la biblioteca de su tío, todavía guardaba una fascinación enorme por los muchos libros malditos que sabía se guardaban bajo siete llaves en una bóveda de alta seguridad del ala de Colecciones Especiales del edificio.

Sabía que nunca tendría acceso a esos contenidos. Para lograrlo había una serie de requisitos demasiado complicados. Sólo un reducido número de profesores e investigadores tenían acceso a dicho lugar. En primer lugar, era necesario el permiso firmado por el rector, el jefe de bibliotecarios y al menos un sesenta por ciento de los miembros de la junta escolar. Eso sin contar que aún con eso habría restricciones dentro de las Colecciones Especiales, entre las cuales sin duda estaba la consulta del material en la bóveda.

En definitiva, era algo complicado, sino imposible.

A los veintiún años, Jim era uno de los alumnos más aventajados de su clase. Durante ese periodo comenzó a pensar seriamente en cual podría ser su tesis de titulación. Si lo conseguía, y luego era admitido para algún postgrado, o como investigador, tal vez podría hacerse con acceso a las Colecciones Especiales. Pero primero tenía que encontrar un buen tema que trabajar.

Al comienzo de su tercer año, conoció al que sería su único amigo: Edmund Biggle. También en ese año, Randolph Carter se convirtió en su profesor de etnología.

Fue precisamente en una de las clases de Carter, en la cual estudiaban la manera en la que la religión había evolucionado de simples cultos a dioses primordiales, representados por los elementos naturales, hasta las religiones organizadas de la actualidad, que la clase giró hacia los textos sagrados de diversas culturas, y como estos tomaban un papel central en el desarrollo de dichas organizaciones.

No sabía cómo, pero dados ciertos comentarios de algunos alumnos, la clase tomó un rumbo interesante.

—Profesor Carter —preguntó una chica desde algún lugar un par de filas por detrás de dónde estaba sentado Jim—, ¿qué tan cierto es que la biblioteca Orne de la universidad guarda libros prohibidos?

Por un momento el rostro de Carter se ensombreció. Era un hombre alto y delgado de mediana edad, aunque su cabello comenzaba a encanecer.

—Creo que negarlo sería imposible —dijo el profesor, con una sonrisa nerviosa en sus labios—. Sin embargo, no me parece que la existencia de tales libros tenga importancia para nuestra clase.

El profesor se giró hacia la pizarra y comenzó a escribir el siguiente punto de su clase.

—Pero —interrumpió esta vez la voz de un joven—, dichos libros generalmente son prohibidos por instituciones religiosas. Hablamos de grimorios, los cuales muchos creen contienen conocimientos de magia y demonios. ¿No es eso parte de la historia misma de la religión? ¿No sería un punto clave para entender las raíces culturales el comprender también esos textos?

—Ciertamente, aunque, creo que eso podríamos dejarlo para otra clase, señor…

—Biggle, Edmund Biggle.

—Bien, señor Biggle, ahora retomemos dónde lo habíamos dejado.

—¿Qué hay del Necronomicón?

Carter dejó caer la tiza blanca al escuchar dicha pregunta. Jim alzó la mirada para ver a quien había hablado. Era un joven de estatura promedio, tez clara y cabellera negra y algo larga. Se hallaba ubicado dos filas por delante de él.

Edmund siguió hablando al no recibir respuesta del profesor:

—Dicen que enloquece a quien lo lee. Y, más importante aún, contiene nombres de dioses de cultos ancestrales que, sin embargo, desaparecieron de muchas otras fuentes.

Carter se volvió de nuevo en dirección al joven. Su rostro era la máscara pura del desconcierto y del miedo.

—Insisto, no es tema para esta clase…

—¿Existe? —preguntó una voz con curiosidad—. ¿Realmente existe tal libro?

—No, me temo son sólo rumores —respondió el profesor de manera tajante.

—Yo he escuchado otra cosa. —Era la misma chica que había abierto el tema de debate—. Una revista ocultista de Boston hablaba sobre el Necronomicón. A lo largo de los siglos muchas personas lo han buscado, incluso han matado por él. Se supone fue escrito por un árabe loco en el siglo VI. También, se dice, hay una copia en latín aquí mismo en Miskatonic.

—Bueno, señorita, las revistas de ocultismo no son una buena fuente para la etnología o la antropología…

—Pero, profesor —insistió ella—, dicho libro aparece en muchas fuentes. Se nombra además en la lista negra de libros del Vaticano. Aunado a que ha admitido la existencia de una colección de los llamados libros negros en la biblioteca Orne. ¿Cómo estar seguros de que no existe y no está aquí?

Carter pareció de pronto entre la espada y la pared, las miradas de sus alumnos llenas de curiosidad lo bombardeaban desde todas direcciones.

—He escuchado que el Necronomicón de Orne fue traducido por Olaus Wormius alrededor del 1200 —se sumó otra voz.

—Eso es imposible —respondió alguien más—. Olaus Wormius fue un médico y anticuario danés nacido en 1588. No podría haber hecho una traducción trecientos años antes de nacer.

—No era el mismo Wormius —dijo Edmund—. Se trataba de un monje dominico del siglo XIII, quien encontró una copia desorganizada del Necronomicón en Egipto.

—¡Bien, bien! —finalmente el profesor trató de imponer orden—. Toda esta discusión sobre un libro no tiene interés para esta clase. En todo caso la existencia de un supuesto libro maldito con nombres de dioses olvidados no es tema de debate para nosotros. Les aconsejo olvidarse de esas leyendas y concentrarse en el estudio de cosas más importantes para la comprensión de la realidad y la sociedad en la que vivimos.

La campana del final de la clase sonó en ese momento. Los alumnos comenzaron a recoger sus materiales.

—Bien, lean los capítulos cinco y seis de Ritos y Simbología de Nueva Inglaterra para la siguiente clase —pidió Carter.

Jim se levantó y abandonó la clase sin perder de vista a Edmund Biggle.

- ULP -

La universidad de Miskatonic contaba con un ala en el museo de arte de Arkham. En dicho lugar se exhibía de manera permanente una exposición de arte del artista plástico oriundo de Providence, Rhode Island, Henry A. Wilcox. Esas piezas habían sido donadas por un coleccionista privado, un profesor de la universidad de Brown, algunas décadas atrás. Era una serie de esculturas y bajorrelieves de seres amorfos llenos de tentáculos y protuberancias las cuales Wilcox confesó haber visto en sus sueños. La universidad de Brown no los había aceptado, por lo que el donante los envió a Miskatonic. Ya tenía una reputación siniestra, después de todo, como para que dichas obras la incrementaran.

La exposición se instaló en el museo de arte de Arkham y en realidad tenía muy pocos visitantes. La mayoría eran curiosos venidos de otras ciudades, ya que los habitantes de Arkham preferían pasar de ella como si no existiera.

Una de las piezas fundamentales de la obra era un bajorrelieve en arcilla titulado «El dios Cthulhu» cuyo tema era un ser antropomórfico con alas de dragón y cabeza de pulpo. La pieza estuvo en exhibición durante dos meses antes de que tuviera que ser retirada y enviada a las bóvedas de alta seguridad de la biblioteca Orne. Durante esos meses hubo al menos cinco intentos de robo o destrucción de la tablilla. Según datos de la policía no se tenían pistas de los culpables. Algunos pocos conocedores de los oscuros secretos de Arkham estaban seguros de que debía ser obra de alguna de las sectas «satánicas» que pululaban por la ciudad en las horas nocturnas, recelosas de que uno de sus ídolos fuera exhibido en el museo.

Luego de sus clases, Edmund Biggle solía pasar tiempo en ese lugar. Observaba las esculturas de Wilcox pensando qué clase de pesadillas podría haber tenido un artista de Providence para esculpir cosas grotescas y monstruosas como aquellas. Wilcox había sido un hombre nervioso y casi esquizofrénico, murió antes de la edad de cuarenta, tras acabar su última obra, «La Cabra Negra de los Bosques», una parodia grotesca de una mujer llena de patas de cabra, tentáculos y lo que parecían ser órganos sexuales de ambos géneros.

En esos momentos Biggle observaba dicha escultura, mientras estaba sentado en una banca cercana con un cuaderno de anotaciones abierto sobre el regazo.

—¿Edmund Biggle? —La pregunta de una voz algo nerviosa lo sacó de su contemplación.

Se volvió para encontrar a un joven encorvado de piel pálida, cabellera negra desordenada y ropa desaliñada.

—¿Sí?

—Mi nombre es Jim McElroy, compartimos la clase de etnología.

—Oh, mucho gusto. No creo haberte visto mucho por allí.

—En realidad es que no destaco —dijo, mientras volvía la cabeza para ver las esculturas que le rodeaban. Había un gesto extraño en su cara, como si de pronto hubiera cruzado a algún mundo diferente al suyo.

A Biggle le pareció que dicha actitud era un tanto extraña, pero no dijo nada. En su pueblo natal él solía ser el extraño.

—Me pareció interesante lo que dijiste sobre el Necronomicón —dijo Jim.

—El profesor Carter pareció no verlo así.

—Estaba nervioso —interrumpió Jim—. Sabe más de lo que dice. Y creo que nunca había estado en esa posición.

—Es posible. —Lo meditó un momento, luego preguntó—: ¿Qué hay de ti? ¿Sabes algo sobre eso?

Jim se sentó en la banca. Esperó un poco y luego respondió:

—He vivido en Arkham desde los siete años. Todos en esta ciudad sabemos más de lo que decimos. Algunos más de lo que quisieran saber.

Biggle no dijo nada.

—¿Cómo es que sabes del Necronomicón? —preguntó Jim tras un rato—. Puedo notar que no eres de Arkham, ni siquiera de Nueva Inglaterra. ¿Por qué estás en Miskatonic?

—Bueno —respondió Edmund—. Soy de un pequeño pueblo perdido en las Rocosas. Cerca de Denver, Colorado. Es un lugar extraño. Aunque, claro, eso no explica mi interés en estas cosas. Digamos únicamente que me topé con demasiadas revistas y libros de ocultismo. De alguna manera me aficione a ellas. Y, cuando estaba en secundaria, se me ocurrió una teoría loca. Miskatonic era la única universidad del país dónde dicha teoría me permitiría encajar.

Jim pareció muy interesado por esto último. Edmund explicó su teoría:

—Creo que todos los dioses, o al menos la mayoría de ellos, de las diversas mitologías son en realidad los diversos nombres de un grupo único de deidades. O más bien seres que nos parecerían dioses. Seres de otros mundos, si se quiere.

—¿No serás partidario de las teorías de los Antiguos Astronautas? —preguntó Jim con cierto deje de diversión.

—No realmente. Aunque, tal vez los que creen eso no estén del todo mal. Si se supone los dioses vienen del cielo, ¿no significaría eso algo extraterrestre? Digo, más allá de las connotaciones sobrenaturales.

Jim asintió. La mirada de ambos volvió a la escultura de Wilcox.

—¿Crees que haya realmente un Necronomicón en Orne?

La pregunta tomó por sorpresa a Jim. Luego de todo lo dicho en la clase de Carter no entendía cómo podía estar aun dudándolo. No es de aquí, se respondió, sólo ha tenido las fuentes escritas. No hay nada que le dé seguridad de lo que ocurre en Arkham como algo más que una excentricidad de una vieja ciudad colonial con valores y leyendas muy arraigadas.

—Existe —respondió— y Miskatonic tiene una copia.

A partir de ese momento Jim y Edmund se veían juntos casi todo el tiempo. Estudiaban y debatían teorías. Buscaban pruebas de conexiones de cualquier clase que pudiera probar la teoría de Biggle.

Así los meses fueron pasando y el año terminó. Había que pensar de verdad en las tesis profesionales, puesto que se adentraban al último año de carrera. Como es de suponerse, la universidad les asignó un consultor para dicha labor. Ambos parecieron tener una suerte cuasi divina. Les tocó el mismo profesor: Randolph Carter.

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Al mismo tiempo que todo eso ocurría en su vida pública, en lo privado la vida de McElroy giraba en torno a los planes que los Dioses Otros habían trazado para él.

Comenzó a visitar el círculo de rocas del islote vacío del río Miskatonic. Tomaba notas y analizaba los grabados que habían sido dejados allí por una civilización anterior a la colonización inglesa cuyos miembros adoraron a los Primigenios. Igualmente, pasó algún tiempo contemplando la exposición de Wilcox. Antes de encontrarse con Biggle allí jamás había pensado en que los resultados de las ondas psíquicas de los Primigenios que dormían en la Tierra pudieran estar tan cerca.

Investigando un poco la figura de Wilcox, había descubierto que su primera obra «grotesca», un bajorrelieve de arcilla en el que representaba al Gran Cthulhu y el que sólo había visto en fotografías, se había tallado en 1925. El año coincidía con un «falso positivo» del despertar del Sumo Sacerdote.

Ese año una serie de terremotos habían alzado R'lyeh desde las profundidades en su zona geográfica del Pacífico, cerca de la Polinesia. Como resultado, las ondas psíquicas del durmiente Cthulhu habían hecho que sus sectarios entraran en una actividad casi frenética por todo el mundo. Al mismo tiempo, y dada la sensibilidad de ciertas mentes, artistas plásticos y arquitectos de todo el mundo comenzaron a tener pesadillas de la terrible ciudad. Henry A. Wilcox fue uno de ellos. La mayoría de aquellas mentes privilegiadas acabaron sucumbiendo. Algunas murieron de fiebre mientras yacían en sus camas contemplando el verdadero horror cósmico cara a cara. Otros optaron por el suicidio. Unos pocos, como Wilcox, resistieron algunas décadas más.

Estaba seguro de algo: Wilcox era uno de los pocos, si no es que el único, en hacer pública su obra. No había rastros de más esculturas o pinturas con el tema Primigenio. Y esas horribles pinturas de Richard U. Pickman en las que aparecían demonios necrófagos no contaban para nada. Jim había visto algunas de ellas en Boston un par de años atrás, y ciertamente, aunque eran grotescas y horribles, no tenían para nada el tema primigenio. Quienes comparaban a Wilcox con Pickman no sabían de qué hablaban.

Jim había sacado una conclusión de toda esa historia: cuando los artistas comenzaran a soñar pesadillas y los primigenios retornaran a ser el centro de atención del «arte» el momento de la conjunción estaría cerca.

Años más tarde, un par de semanas antes de que cierta petrolera perforara en los sitios incorrectos, o correctos si se era de los que esperaban el despertar del dios, dicho fenómeno se repetiría. Esa vez, sin embargo, pasaría desapercibido. No sería el momento, otro «falso positivo» aunque esa vez el dios si vagara adormilado por la Tierra un par de días.

Otro de los proyectos de Jim había sido terminar de ordenar y mecanografiar la traducción del Necronomicón en la que Ogden Smith había estado trabajando. Una labor ardua a la que, por su propia salud mental –si es que quedaba alguna–, no podía dedicar mucho tiempo. Únicamente con leer algunas hojas era suficiente para atormentarle con pesadillas terribles durante noches enteras o inducirle fiebres similares a la que contrajera durante su primer año en Arkham.

Por otro lado, era interesante encontrar toda esa información, nombres de deidades perdidas, seres dimensionales que esperaban en las profundidades del espacio a que el momento de invadir nuestro mundo llegara. Las señales, las palabras malditas, el acceso a la vieja biblioteca de sus sueños infantiles. La gloria a los ojos de sus dioses.

Y entonces, pocas semanas antes de empezar su último año de la universidad, encontró un ritual en el Necronomicón.

Un niño tocado por los exteriores. Un hijo de Shub-Niggurath. Un mesías que precedería a Cthulhu.

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Visitó South Park por primera vez junto con su amigo Edmund Biggle durante el verano antes de su último año. Era un pueblo muy pequeño a la orilla del río South Platte. Mientras estaba allí, recordó la misión dada a él por el Hombre de Negro. Lo supo, ese era el lugar dónde las cosas se cumplirían.

El pueblo era extraño como Edmund había dicho. Unos jodidos gnomos le habían robado su ropa interior y había un rumor extraño de que Jesús había bajado del cielo para alquilar una casa cerca del centro. Eso sin contar el sueño en el que unos extraterrestres lo violaban con una sonda anal.

Aunque, si pensaba bien en todo eso, era como si dicho lugar fuera un imán para lo sobrenatural. Las estrellas sobre su firmamento eran las correctas. La presencia de los Otros Dioses era tanto o más fuerte allí que en Arkham. Sin duda era el lugar adecuado para que sucedieran las cosas que los dioses esperaban.

Decidió comprar dos construcciones en el pueblo: una casa en una colina un poco a las afueras y otra más en una suburbana recién construida a un par de kilómetros del centro.

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El último año finalmente comenzó. A la par de tener que preparar su tesis, Jim comenzó a recibir señales de que era momento de pasar a dar forma más definida los planes futuros de manera más activa. Comenzó a codearse con ciertos sectores de la sociedad de Arkham, con el fin de conseguir seguidores. Su estudio del Necronomicón se intensificó. Buscó la manera de tener acceso a la biblioteca Orne.

También fue ese el año en que el Hombre de Sonrisa Siniestra se presentó en su vida.

VI. El hombre de sonrisa siniestra

Arkham es una ciudad de leyendas, como ya lo he dicho antes, leyendas siniestras. La vieja ciudad embrujada de Nueva Inglaterra estaba rodeada de la esencia de dioses perversos en todas direcciones. Y no era para menos, el Estado de Massachusetts está lleno de lugares así. Salem y su historia sombría de cacería de brujas; Dunwich, con sus rumores sobre el viejo hechicero Whateley, quien vivía recluido en una vieja granja con su extraña familia; el puerto de Nuevo Innsmouth, que en los años veinte había sido presa de una redada del ejército de los Estados Unidos a causa del mestizaje aberrante entre profundos y humanos. Sí, en definitiva, había muchas historias siniestras que seguir en Arkham y los pueblos que le rodeaban.

Jim había crecido fascinado por todo esto, primero con la guía de Brown Jenkin, y más tarde en base a sus propias observaciones e investigaciones. Había estado en la reconstruida Casa de la Bruja, observando los ángulos extraños de su desván (cerrado para los estudiantes que rentaban las habitaciones durante el ciclo escolar).

También recorrió los viejos bosques que rodeaban Arkham, en especial la zona conocida como la Hoya de las Brujas, dónde se encontraban las viejas ruinas de una granja que había sido presa del fuego en los años veinte.

Era la granja de los Potter. Según los rumores que corrían por la zona, el viejo hechicero Potter, un anciano huraño y desagradable, había vivido en ese lugar durante décadas. Este hombre al parecer era pariente del viejo Whateley de Dunwich. Se decía que había invocado un demonio de más allá de las estrellas para que viviera junto con él o dentro de él.

Cuando el viejo hechicero Potter murió, unos parientes lejanos de Michigan se mudaron a la granja. Al principio habían sido una familia agradable, pero tras vivir un tiempo en la granja de la Hoya de las Brujas se habían vuelto tan huraños y antisociales como el viejo hechicero Potter.

Los rumores hablaban de que algo maligno que habitaba allí, en medio de esos árboles retorcidos y de aspecto amenazante, les había afectado. Se hablaba de viajeros que tras cruzar la zona a caballo o a pie se perdían en el bosque, sólo para encontrarse días después vagando sin sentido mientras murmuraban sobre seres gelatinosos de color transparente, con tentáculos fríos y llenos de ventosas que vagaban en las cercanías a la Hoya de las Brujas.

Luego de que el fuego arrasara la granja de los Potter, quienes afortunadamente fueron ayudados por un profesor de la primaria local y un profesor de Miskatonic amigo suyo que se encontraban de visita en la granja, la familia prefirió regresar a Michigan y las ruinas de la casa quedaron abandonadas. Un montón de escombros chamuscados en medio de un claro del bosque en dónde jamás volvió a crecer planta alguna y del que hasta los animales salvajes rehuían, era todo lo que quedaba de la granja del anciano hechicero Potter.

Cuando Jim visitó el lugar, poco después de volver del pueblo natal de su amigo Edmund, no pudo evitar notar el hedor nauseabundo de los primigenios impregnado por toda el área. ¿Qué temible entidad cósmica había habitado allí con los Potter tantas décadas atrás? Tal vez jamás lo sabría, aunque aquel hedor era la prueba irrefutable de que uno de ellos había estado allí, pues, como decía el Necronomicón: «Por su insano olor los conoceréis».

Como ese, Jim realizó muchos viajes a los lugares de Massachusetts en dónde se habían pronunciado los nombres, en dónde el signo de los primigenios se había grabado, siempre buscando anhelante las respuestas a las preguntas que su destino le ponía enfrente. La misión que los dioses le habían encomendado.

Comenzado el último año de universidad, Jim se centró en su tesis y dejó de frecuentar esos lugares. Ahora lo único que hacía era visitar la vieja exposición de Wilcox en el museo de arte de Arkham, contemplando las esculturas de aquellos seres amorfos llenos de tentáculos negros y formas que desafiaban la lógica de los hombres.

En cierto momento, durante el otoño, se abrió una exposición con las pinturas de Richard U. Pickman y Jim no perdió tiempo de ir a verlas. Se hablaba mucho de ese hombre, el que posiblemente era uno de los más osados pintores realistas, pero al que los críticos y las damas de alta sociedad, que supuestamente eran expertas en arte, a pesar de las décadas pasadas desde su desaparición misteriosa en 1926, seguían tachando de un hombre retorcido con poco sentido de la estética. Y es que sus obras, en especial su «Demonio necrófago alimentándose», a pesar de pintarse con gran cantidad de detalles que para el ojo instruido rozaban en la línea de lo que era un retrato a mano y una mera fotografía, evocaban realidades de más allá de ese mundo.

Pickman supo cosas, estaba seguro, cosas que habrían enloquecido al común de los mortales. Pickman había sido como él. A veces, Jim se preguntaba cómo sería conversar con aquel hombre, qué clase de secretos podría revelarle. Sabía, gracias a sus investigaciones, que los Pickman habían tenido acceso a un viejo Necronomicón. No sabía que edición, ni que tan completo habría sido, aunque estaba más que seguro que los retratos endemoniados de Pickman le debían mucho al libro maldito de Alhazred. Dicha copia había desaparecido junto con Pickman, de quien jamás se supo nada más, y cuyo único recuerdo ahora eran sus retratos perversos, alabados y odiados por igual.

La exhibición duró menos de dos semanas. Las mojigatas damas de la Sociedad Histórica de Arkham habían metido presión para que el Museo de Arte la retirara de inmediato. Ya suficiente hay, argumentaron, con tener que soportar esas horrendas y blasfemas esculturas de Wilcox.

Jim volvió el último día, y para su sorpresa el mismo profesor Carter estaba allí, contemplando un retrato en el que se veía una escena familiar del siglo XVIII en la cual un padre leía las escrituras a sus hijos. No quitaba la mirada del retrato, en especial de uno de los jóvenes allí retratados. Jim observó a Carter durante casi media hora, sin que el hombre se diera cuenta. Luego de eso, soltando un suspiro cansado, el profesor se acomodó el sombrero y se giró para abandonar la exhibición.

Una vez se hubo retirado, Jim se acercó a la pintura y la observó un momento, tratando de descubrir que era lo que tenía tan ensimismado y contemplativo a su profesor de etnología. El joven retratado, en el que Carter posaba la vista con tal insistencia, tenía unas facciones que le resultaban vagamente familiares. Sacó el folleto impreso para esa exposición y de inmediato comparó la fotografía de Pickman que acompañaba una breve biografía suya. Las facciones del joven retratado eran una mezcla de las del propio Pickman y las de una de esas muchas criaturas caninas de piel amarilla, demonios necrófagos según el pintor, que abundaban tanto en su obra.

Jamás cuestionó al profesor respecto a ese hecho, aunque sin duda le resultaba realmente curioso. Era como si Carter conociera a Pickman, lo cual era un absurdo. Carter no debía pasar de los cincuenta años. ¿Cómo podría conocer a un pintor de los años veinte?

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Edmund Biggle tomó el vaso con café y dio un pequeño sorbo, antes de volver a sumirse en las páginas del pesado volumen que tenía ante sí. Era una tarde de invierno de comienzos de diciembre y la biblioteca Orne en Miskatonic estaba llena de estudiantes del último año que investigaban para sus trabajos finales y tesis. Afuera, el aire frío de Nueva Inglaterra golpeaba con inclemencia las ventanas y el cielo tenía un color plomizo anunciando una próxima nevada.

Cada tanto tiempo, el joven estudiante anotaba algunos detalles de manera casi frenética en el pequeño cuaderno de notas que siempre le acompañaba. Consultaba el libro Mesoamérica: la evolución de una civilización de William T. Sanders, en especial los capítulos que trataban sobre la religión. Las viejas mitologías siempre le habían atraído, como había repetido incansablemente cuando se quedaba hasta tarde conversando con su amigo y compañero Jim McElroy. En especial le atraía la interesante mezcla de dioses con diversos nombres pero que en esencia todos eran los mismos. Quetzalcóatl para los mexicas, Kukulkán para los mayas, aunque en esencia el mismo dios: la serpiente emplumada.

Edmund pensaba que todos los dioses de las diversas mitologías partían de un grupo de deidades específicas a los que las primeras generaciones de humanos habían comenzado a adorar en sus formas primitivas. Con el paso del tiempo, los mitos de estos dioses habían cambiado sus nombres para adaptarse a los nuevos idiomas y las nuevas regiones en las que la humanidad se asentaba. Una teoría débil, sin duda, a la que ningún arqueólogo, historiador, etnólogo o en general cualquier científico se atrevería a tomar en serio.

Las pruebas en las que Edmund se basaba para tal afirmación eran vagas en el mejor de los casos. Aludía a las extrañas semejanzas entre diversas leyendas egipcias, griegas, chinas, mayas e incas. Descripciones y representaciones de dioses y diosas similares. Ritos que parecían guardar una relación imposible en culturas tan separadas tanto en lo físico como en lo temporal. Para Edmund todo esto significaba que de alguna manera la humanidad había mantenido en su memoria colectiva ritos y dioses de épocas remotas en las que apenas si había abandonado las maneras de las bestias salvajes para comenzar a actuar como hombres modernos.

La mayoría de sus profesores y compañeros le ridiculizaban por tales afirmaciones. Los más viejos, sin embargo, simplemente le miraban con gravedad y le insistían en olvidarse de tales afirmaciones sin fundamento. Carter, en especial, sonrió nervioso cuando le presentó esta teoría por primera vez.

—La humanidad no está lista para algo como esto —dijo—. Si todo lo que afirma, señor Biggle, resultara ser cierto, entonces las bases mismas de nuestra sociedad se tambalearían.

—Profesor —replicó Edmund vigorosamente—, si tal cosa resultara cierta, ¿no le parece que nos daría una nueva visión sobre la humanidad como especie?

—«De la ignorancia a la sabiduría, de la luz a la oscuridad». ¿Sabe cuál es el significado del lema de nuestra universidad?

Edmund negó. A decir verdad, siempre le había llamado la atención que una universidad, templo del saber, tuviera un lema como aquel. ¿Implicaba acaso que la sabiduría en lugar de aportar luz llenaba con oscuridad al mundo? No tenía sentido. La sabiduría era la luz que disipaba las tinieblas de la ignorancia.

Carter se acomodó los anteojos y por un momento pareció realmente anciano.

—La humanidad siempre busca la forma de iluminar aquellas cosas que están oscuras. En el conocimiento, es la sabiduría la que ilumina la ignorancia. En tal caso, uno podría pensar que esto es bueno. Pero ¿qué pasaría si la luz desvela algo para lo que no estamos preparados como especie? La luz a veces puede mostrarnos en todo su terrible esplendor los horrores que normalmente permanecen en las sombras. Si la sabiduría disipara las tinieblas hasta desvelar verdades para las que no estamos preparados, entonces lo único que nos quedaría sería abandonar esa luz y refugiarnos en la seguridad de una segunda edad de las tinieblas.

Carter despidió a un pensativo Edmund.

Ahora, mientras permanecía en la biblioteca continuando con su investigación, no podía evitar dar vueltas a las palabras del profesor una y otra vez en su mente. Estaba en eso, cuando Jim entró en la habitación y rápidamente se dirigió hacia él.

—Está muerto —dijo en un susurro.

Edmund alzó la mirada. Jim estaba muy pálido y su mirada parecía perdida.

—¿Quién está muerto? —preguntó Edmund con cierta gravedad en la voz. Notando las miradas molestas de los encargados y de sus compañeros, Edmund se apresuró a guardar sus cosas y devolvió los libros de consulta a uno de los bibliotecarios.

Salió junto con Jim y de inmediato tuvo que acomodarse la bufanda y el gorro, puesto que el frío era intenso, casi tanto como el de su pueblo natal.

—¿Quién murió, Jim? —preguntó Edmund nuevamente.

—El tío Lyman —respondió su amigo, con voz ausente, mientras caminaba hacia los dormitorios más por inercia que por voluntad propia.

Edmund sabía que no había una verdadera relación de familia entre Jim y su tío, pero eso no quitaba que fuera su único familiar vivo. Ahora su amigo había quedado completamente solo.

—Jean, el mayordomo, lo encontró tirado en su despacho. Edmund, su rostro… según Jean, estaba desfigurado, como si antes de morir hubiera visto algo para lo que no estaba preparado.

Jim no dijo nada más. Dejó que Edmund lo guiara hasta su dormitorio en dónde le sirvió una taza de té para tranquilizarlo. Jim apenas si pudo tocarla.

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Durante el funeral de Lyman McElroy, parecía que los únicos que velarían al anciano eran su viejo mayordomo, su sobrino y su amigo Edmund. Sin embargo, una cuarta persona se presentó en el lugar.

Era un hombre vestido con un elegante traje que le daba pinta de gánster de los años veinte. Desde el momento que Edmund lo vio le dio mala espina. Era como si un aura siniestra le rodeara, un aura que causaba escalofríos y temor a quienes estaban en su presencia.

—Joven McElroy, le doy mi más sincero pésame —dijo. Aunque las palabras parecían más bien huecas y, según se le antojo a Edmund, algo sarcásticas.

Cuando el féretro comenzaba a bajarse en la fosa, se presentó una quinta persona: el profesor Randolph Carter.

El profesor se acercó a Jim para darle el pésame y estuvieron un rato conversando de algo. Seguramente el hombre ofrecía su ayuda en cualquier cosa que necesitara. Jim le agradeció.

Justo cuando iba a irse, la mirada del profesor se posó en el enigmático hombre vestido como gánster. Edmund se dio cuenta de inmediato de cómo el terror se dibujaba en las facciones del hombre. El terror de inmediato quedó oculto y simplemente se limitó a despedirse para luego marcharse apresuradamente por entre las tumbas del viejo cementerio municipal de Arkham.

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Aunque preocupado por su amigo, Edmund no tenía más remedio que centrarse en su trabajo escolar. No podía permitirse fallar pues sabía que si no se titulaba ese año no podría hacerlo más. Su familia no era exactamente pudiente, ya suficiente gasto había sido enviarlo a una universidad de Nueva Inglaterra.

A pesar de eso, no podía dejar de preocuparse por Jim, quien parecía haber desaparecido, pues nadie le había visto en casi dos meses.

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Fue tiempo después, cuando la primavera casi estaba sobre Arkham, que Jim y Edmund se encontraron nuevamente.

Edmund se sorprendió gratamente cuando al volver de las clases de la tarde encontró a su amigo esperándolo fuera de la puerta de su dormitorio del campus. De inmediato le invitó a pasar para tomarse una taza de café mientras conversaban. Edmund tenía intenciones de preguntarle por qué había decidido abandonar sus estudios. Sin embargo, al notar la expresión algo turbada de su amigo desistió de esto.

—Lo he descubierto, Jim —dijo—. El secreto de Miskatonic.

—¿De qué hablas?

—¿Recuerdas esos libros de la sección de colecciones especiales que están bajo llave y Carter jamás ha querido que consultemos? —Tras obtener un asentimiento de cabeza de su amigo, Jim prosiguió—: Son reales. Como dicen los rumores, realmente son libros arcanos y prohibidos. Carter no quiere que nos acerquemos ni hablemos de eso en clase. ¡Sabe que, si nos acercamos a la verdad, si desvelamos los verdaderos secretos detrás de Miskatonic, el mundo entero estaría en peligro!

—Amigo, ¿de qué hablas? —preguntó Edmund realmente descolocado por la actitud que Jim mostraba.

—El Necronomicón de Abdul Alhazred —respondió Jim—. Hay una copia allí, en la biblioteca. ¡De eso hablo! La respuesta a las preguntas que nos hemos hechos todo el tiempo está allí, Edmund. Si consigues desvelar sus secretos, entenderás que lo que has perseguido toda tu vida escolar es real. Carter lo sabe, sabe que tus teorías no son un disparate. Y sus otros colegas, los profesores ancianos que se heredan plazas de trabajo en Miskatonic desde su misma fundación, también lo saben. Ellos no quieren que tú desveles ese secreto, porque en el momento que lo hagas, las bases de esta sociedad se desmoronarían. La humanidad tendría que admitir su existencia.

Mientras hablaba, Jim se había puesto de pie y caminaba por la estancia con movimientos extraños. Gesticulaba como un demente dando un discurso ante las voces de su cabeza.

Edmund no pudo evitar volver la mirada atrás hacia la conversación que había tenido con Carter cuando le presentara su teoría de los dioses antiguos un año atrás.

—¿La existencia de qué? —La pregunta salió de la boca de Edmund cargada de un deje de miedo tal que le resultaba abrumador. No sabía a qué le temía más: a las palabras de su amigo, a la forma como las decía o a la posible respuesta que su pregunta traería.

Jim se detuvo en medio de la pieza. Estaba estático, luego, girando la cabeza con una lentitud que aumentaba el nerviosismo de su interlocutor, posó su mirada en su amigo, quien estaba sentado al borde de la cama.

—Los dioses primigenios —respondió—. Es lo que has perseguido todo este tiempo, Edmund. Cuando piensas en los dioses serpientes de las diversas culturas antiguas, hablas de Yig. Cuando piensas en las deidades del agua, es a Cthulhu, a Dagón y a Hydra a quienes debes buscar.

—¿Cthulhu? —preguntó—. ¿Cómo el bajorrelieve de Wilcox?

—Precisamente. ¡Lo entiendes ahora! Wilcox contempló las visiones de los dioses, y las plasmó en sus grabados y esculturas. Pickman, estoy seguro, también conocía secretos. Y Carter lo hace igualmente. ¡El profesor nos ha estado engañando todo este tiempo!

McElroy se dejó caer en la silla con la mirada cansada.

—No encontrarás la verdad revisando viejos estudios desde la fría perspectiva de la ciencia moderna. —Al decir las últimas palabras hizo un ademan con los dedos indicando comillas de sarcasmo—. ¿Qué saben los científicos modernos? Han perdido la capacidad de asombro ante los verdaderos misterios de la vida. A pesar de todas las pruebas que nos da la historia sobre nigromancia, magia y ciencias olvidadas. ¿Cómo los egipcios y babilonios alzaron esos templos sin tecnología alguna? Se centran más en la supuesta imposibilidad de eso, que en la alternativa de que tal vez si tenían tecnología, pero ésta se ha perdido.

Hizo una pausa, como para reacomodar sus ideas.

—Los dioses, Edmund —regresó a su punto original—, los dioses me han elegido.

Entonces, estiró la mano.

—Ven conmigo, amigo, te compartiré los secretos que los dioses me han mostrado. ¿Recuerdas al profesor Bierce? El socio de mi tío que vino para el funeral.

Un estremecimiento recorrió a Edmund.

—Claro —respondió con voz queda, asustada.

—Él nos está esperando. Él es el mensajero. Ha venido a entregar un mensaje de los dioses que has perseguido. Así como en la Biblia cristiana, pronto nacerá un niño. Este niño, tocado por uno de los dioses más poderosos, traerá de regreso a estas antiguas deidades. El mundo como lo conocemos terminará. Solo unos pocos elegidos presenciaremos esto desde el lado ganador. Edmund, te estoy invitando a participar.

Edmund no tomó su mano. Se quedó sentado al borde de la cama, viendo a su amigo con una mezcla de horror e incredulidad. Debía haberse vuelto loco. No había más explicación para sus gesticulaciones e historias de dioses y saberes ocultos.

Jim pareció intuir todo esto, puesto que retiró la mano y su sonrisa demente se borró por completo. Luego, girándose con rapidez, se dirigió hacia la puerta y salió azotándola.

Edmund no volvió a verlo hasta mucho tiempo después, en South Park.

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Un par de días más tarde, más por curiosidad que otra cosa, Edmund intentó obtener un permiso para consultar los libros de la sección de colecciones especiales. Como era costumbre, dicha solicitud se turnó al consejo de la biblioteca, entre cuyos miembros se encontraba el profesor Carter.

Carter lo citó a su despacho y allí le preguntó sobre sus motivos, para saber si debía aprobar una solicitud de alguien que no estaba en el postgrado.

Edmund, en un momento de completa honestidad, relató con lujo de detalles la conversación que había tenido con Jim en su dormitorio. Durante todo el relato, la expresión de Carter pasó del miedo a la resignación y luego a la resolución.

—Véame mañana, señor Biggle —dijo al final—, en la entrada de la biblioteca Orne. Me temo que el mundo está en grave peligro y es momento de que alguien más aprenda como enfrentar a los dioses primigenios.

Completamente turbado por esas palabras, Edmund abandonó el despacho.

Jim tenía razón. A pesar de eso, y de que realmente eran a esos dioses a los que siempre había perseguido con sus teorías, no sintió deseo alguno de ir a buscarlo para aceptar su oferta. Ya había elegido su bando, y así como ese tal Bierce, con su traje de gánster y su sonrisa siniestra, parecía ser el mentor de Jim, él quedaría bajo la tutela de su contrario: Randolph Carter.

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En su despacho, Carter sostenía la Llave de Plata y el viejo pergamino entregado a él por los Dioses Arquetípicos. El primer objeto pertenecía a Yog-Sothoth. Era extraño tener en su poder dos objetos creados por seres tan contrarios, y cuyo poder había utilizado en diversas oportunidades a lo largo de sus más de cien años de vida.

También, sobre su escritorio, descansaba una copia del New York Times en el cual se daba la sorprendente noticia de que el Profesor Clark Bierce, un reconocido historiador experto en escrituras de la antigua América había despertado luego de un coma de casi diez años.

Carter lo había visto unos meses atrás en el funeral de Lyman McElroy, y sin duda era el tal profesor Bierce al cual se había referido Edmund como la persona con la que Jim tenía contacto.

Cerró los ojos, mientras recordaba las palabras que escuchara mucho tiempo atrás tras abandonar Kadath montando sobre un perverso Shantak, un pájaro escamoso, gigantesco y terrible que habitaba en el Frio Yermo de las Tierras del Sueño:

—¡Hei! ¡Aa-shanta 'nygh! ¡Eres libre! Devuelve los dioses terrestres a la morada que poseen en la ignorada Kadath, y ruega a todo el espacio que jamás llegues a verme en ninguna de mis otras mil encarnaciones. ¡Adiós, Randolph Carter, y guárdate de mí, porque yo soy Nyarlathotep, el Caos Reptante!

Ese hombre no era más el profesor Clark Bierce, porque lo más seguro era que él ya estuviera muerto. Lo que vagaba por el mundo usando su forma no era otro que el Caos Reptante, Nyarlathotep. Jim McElroy estaba ahora envuelto en los tentáculos de los dioses Exteriores.

Recordó las palabras dichas por Jim y repetidas a él por Edmund: Un niño tocado por los exteriores.

No tenía mucha idea de a qué se refería, solo sabía que si quería evitar una nueva gran guerra cósmica debía adelantarse al enemigo y encontrar él mismo a ese niño.

VII. La bendición de Shub-Niggurath

Carol McCormick, despertó agitada a mitad de la madrugada. Otra vez se había soñado en el bosque, y otra vez había despertado en el momento en que la abominación de tentáculos negros descendía sobre ella desde un cielo anegado de nubes negras. Achacaba esas pesadillas a esas reuniones con esa gente extraña que hablaba de la venida de dioses extraterrestres. Clulu, o algo así lo llamaban. Vamos, ella no creía realmente nada de esas tonterías, solamente asistía a esas reuniones por la cerveza gratis.

Era extraño, uno de los miembros, un tal Peter Nelson, les había confesado que seis meses atrás las reuniones trataban únicamente sobre los rituales y no había convivios con cerveza. El alcohol era algo reciente, desde que el sujeto al que simplemente conocían como «El hombre de blanco» había comenzado a ir a las reuniones.

Carol había visto al tipo desde lejos en varias reuniones y la verdad era que le daba mala espina. Era un tipo alto y rubio que siempre vestía trajes blancos de etiqueta y un sombrero que le daba una pinta de viejo gánster de comienzos del siglo XX. Además, siempre estaba sonriendo, mostrando sus dientes blancos que prácticamente brillaban como los de un modelo en comercial de pasta dentífrica.

Carol y su esposo, Stuart, habían comenzado a ir al culto alrededor de enero. Y fue también por esas fechas que los sueños habían comenzado.

Al principio únicamente se soñaba a sí misma caminando por un bosque, en dirección a una colina. Más tarde, conforme se acercaba la primavera, los sueños adquirieron detalles extraños. El bosque se hacía más nítido, envuelto en el sonido estridente de los chotacabras. Fue por aquel entonces que sus sueños terminaban cuando comenzaba a subir la colina.

Conforme junio estaba cada vez más cerca, subía más la colina. Para cuando el mes terminó había llagado arriba, donde encontró una especie de altar con enormes rocas cubiertas de musgo e inscripciones extrañas, similares a las que usaban en los rituales de esa misteriosa secta a la que se había unido.

Ahora, ya casi a finales de julio, el sueño se había vuelto más extraño y terrible. Cuando llegaba al centro del círculo de rocas que formaba el altar, alzaba la mirada hacia el cielo para ver las enormes y tormentosas nubes. Y justo en ese momento, veía los tentáculos descender sobre ella.

Esa noche, sin embargo, el sueño había sido peor que de costumbre. Los tentáculos habían conseguido alcanzarla, arrojándola contra el centro del círculo de roca en donde…

—¿Te encuentras bien, Carol?

La pregunta de Stuart la sacó de sus pensamientos.

—Sí… sólo… no fue nada.

Volvió a acostarse, aunque ya no pudo dormir esa noche.

Algunas semanas después, tras tener un retraso en su período, descubrió que estaba embarazada.

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Jim McElroy se acomodó la túnica y se colocó la máscara plateada. Como cada noche de Samhain era momento de presidir la ceremonia de abjuración del gran Cthulhu. Sin embargo, este año sería una ceremonia especial. Los Dioses Otros habían enviado a su mensajero para presidir el ritual. Esa noche debía llevarse a cabo la etapa final para asegurar que el niño tocado por los Exteriores llegara a ese mundo.

Cuando caminó desde la cabaña hacia el altar de roca en el cual la mujer elegida como incubadora yacía inconsciente debido a las drogas que había ingerido con la bebida de unas horas atrás, sentía que todo lo que había trabajado durante toda su vida finalmente tomaba sentido. Ese era su gran momento.

Los cánticos comenzaron.

—Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah´nagl fhtagn.

Las plegarias se alzaron. McElroy se detuvo frente a la roca del sacrificio. Contempló a la mujer desnuda e inconsciente. Esa noche el ritual sería distinto. Alzó la mirada, hacia una tarima sobre la cual se encontraba el Hombre de Blanco contemplando el ritual con gesto aburrido, aunque en realidad estaba expectante.

—¡Iä! ¡Shub-Niggurath! —invocó el nombre prohibido—. ¡Gran Cabra Negra de las diez mil crías, esposa de Yog-Sothoth, señor de las puertas entre los mundos! ¡Madre del dios Nug! ¡Abuela del gran Cthulhu! ¡Yo te invoco!

Los ocultistas, envueltos todos en las túnicas negras ceremoniales y ocultando sus rostros con las capuchas, se arrodillaron en torno al altar.

—¡Contesta la llamada de tu siervo que conoce las palabras del poder! —Su mano se alzó sobre su cabeza, mostrando el poderoso símbolo de Voor, aquel que en el mundo moderno desconocedor de los viejos rituales era usado erróneamente como símbolo de Satán, dedo índice y meñique alzados, mientras los demás permanecían cerrados—. Yo te digo: ¡Levántate de tu sueño y acude con un millar más! —Su mano formó el signo de Kish, con los dedos pulgar y medio extendidos, mientras los otros permanecían recogidos contra la palma de la mano—. Hago los Signos, pronuncio las palabras que abren la puerta. Te digo: ¡Acude! Doy la vuelta a la llave. ¡Ahora! ¡Anda por la Tierra una vez más!

Jim tomó varias hierbas bañadas en un ungüento especial, cuya receta había obtenido del Necronomicón, y los arrojó a una pequeña fogata con carbones al rojo vivo. Luego, tomando una antorcha encendida en dicha fogata, una vez las hierbas estuvieron consumidas casi del todo, comenzó a formar el símbolo de Shub-Niggurath, al tiempo que recitaba el conjuro.

—¡ZARIATNATMIX, JANNA, ETITNAMUS!

»¡HAYRAS, FABELLERON, FUBENTRONTY,

»BRAZO, TABRASOL, NISA,

»VARF-SHUB-NIGGURATH! ¡GABOTS MEMBROT!

Fue justo en ese momento que un portal dimensional comenzó a abrirse sobre el altar, justo sobre la roca en la que Carol McCormick, ignorante de cuanto ocurría, seguía inconsciente. Del portal emergieron varios tentáculos similares a las ramas de árboles. Pronto una boca babeante que chillaba en alaridos estridentes también surgió de allí. Descendía sobre la mujer. Era uno de los retoños oscuros de la diosa que se había invocado esa noche.

Justo cuando los tentáculos la envolvieron para llevarla consigo como tributo a su madre, Shub-Niggurath, el Hombre de Blanco se levantó y, formando una serie de extraños símbolos con la mano, recitó un conjuro en un idioma tan antiguo que resulta imposible transcribir en palabras humanas.

El retoño oscuro comenzó a retorcerse, soltando alaridos de dolor, mientras su cuerpo físico lentamente se consumía en un fuego azul. Al final, de él sólo quedaba un diminuto fuego fatuo que descendió e ingresó a la mujer a través de la boca. El cuerpo de Carol McCormick convulsiono varias veces, luego, tras arquearse de una forma poco natural, quedó descansando de nuevo sobre la roca.

Nyarlathotep, en su avatar del Hombre de Blanco, sonrió pues todo se había llevado a cabo de acuerdo con sus planes.


[1] Los Otros Dioses, Dioses Otros (del inglés, The Outers Gods), es el nombre original de los Dioses Exteriores.