ANHELOS

Desde un balcón una figura esbelta respiraba los dulces aromas de las flores nocturnas. Haruki disfrutaba la calma de la noche, el revolotear de los khira'ki, reptiles minúsculos del tamaño de un escarabajo de dos patas y cuatro alas con una lengua luminiscente que usaban para atraer a sus presas, al momento de tragar a los pequeños artrópodos estos crujían con un silbido singular. Ambas criaturas provenían de un remoto pasado en el que los aeldari gobernaban gran parte de galaxia sin oposición, en el que el futuro les estaba asegurado y los sufrimientos ni siquiera eran un recuerdo, solo el gozo llenaba sus almas. Unas risas infatiles llegaron hasta sus oídos, regresó su mirada al interior, ahí estaba Isuke junto a su familia, seguramente les había contado alguna anécdota sobre ella; de verdad que se sentía como un hogar. Esa había sido su casa desde que en antaño saliesen de aquel mundo que nadie se atrevía a nombrar para no atraer a los espectros del pasado, tres generaciones habían vivido sin problemas, hasta el nacimiento de su madre, la mujer más extraordinaria que había conocido, y no lo pensaba por un amor incondicional de hija. En diez milenios no había nacido nadie como ella, en sus tres mil años de vida había engendrado diez hijos, la primera ella, y fue hija única por mil años, su padre había muerto en batalla cuando ella tenía doscientos años, cuando su madre volvió a casarse siglos después intentó tener otro hijo ya que había tenido éxito al engendrarla; y así tuvo su segundo vástago, un macho robusto y saludable, tener dos hijos era motivo de júbilo para cualquier madre asuryani, más un par de siglos después del primero nació un tercero, un hito extraordinario, un siglo después daría luz a una cuarta hija, toda la sociedad se llenó de algarabía, una enorme felicidad se apoderó de todos, la celebraron y encumbraron como a los grandes héroes de antaño. Tuvieron que desalojar a las familias de las casas aledañas a la suya para darles espacio a su descendencia, los vecinos cedieron gustosos sus viviendas, serían reubicados, pero lo más valiosos que habían recibido era la esperanza que retornó a sus espíritus atribulados, si esos hijos lograban tener la misma fertilidad de su madre y ahora que sus almas no estaban destinadas al tormento eterno tras la muerte, esa genética les aseguraría el futuro de su especie, repoblarían los mundos doncella, volverían a poner pies sobre tierra verdadera y no aquel mundo artificial, volverían a alzarse orgullosos, volverían a levantar su utopía desde las cenizas de la historia.

— ¡Haruki! ¡Deja de soñar con las arañas de disformidad! — clamó Isuke desde el interior —Esta es tu familia, venid a convivir con ellos. Ya se me acabaron las historias con las que avergonzarte.

Haruki entró sonriendo —No hace falta, ya me conocen muy bien, ellos pueden contaros otras.

Su madre se le acercó para besarla en la mejilla —Hija mía, espero que no estemos siendo una molestia para ti. Con todo lo que hacéis por nosotros y este mundo no me gustaría que seamos un pesar para vos.

—Haruka, vos sois la persona más importante para mí, más importante que las estrellas y los viejos dioses. Nunca seréis una molestia— le tomó las manos y se las besó. —Simplemente ya no estoy acostumbrada a recibir tanto cariño.

Isuke habló inmediatamente después —No penséis que se refiere a mí, habla por los proyectiles de los aliens.

—Se que la cuidáis bien, querida. No será el momento adecuado, pero quisiera preguntarles si han pensado darme nietos.

Isuke Inukai tomó un vaso de cristal de la mesa y lo bebió con disimulo, Haruki Sagae por su parte se rascó el cuello.

—Bueno... está en los planes, pero todavía no, ya sabéis madre, el trabajo es complicado, necesitaría un año sabático solo para que alguna pueda preñarse y... — vio a su novia con una mirada de auxilio y esta negó con la cabeza.

—A tu tiempo hija, solo te pediré que te cuides. Este descubrimiento es una premonición de gran gloria, pero para alcanzarla habrá grandes sacrificios y pesar, y a vos se te ha destinado a la grandeza. Yo lo sé— abrazó a su hija como si creyese que nunca más la vería.

Haruki respondió al abrazo de la misma forma, estar entre los brazos de su madre le produjo un sentimiento contradictorio de vulnerabilidad y seguridad, la calidez que recordaba de su infancia, los miedos que disipaba, aunque ahora ella le superase en estatura y su fuerza fuese incomparable con la suya se sintió protegida.

—Gracias madre, quisiera estar eternamente con usted, pero debéis dejarme ir— le besó la frente y se apartó de ella.

—Es tan fácil pedirle eso a una madre.

La pelirroja le dedicó una reverencia —Perdonadme, madre, no puedo prometeros que volveré. Pero le prometo que enarbolaré su amor hasta la conclusión de mi vida.

Haruka lloró no con dolor, si no orgullosa de la mujer que había criado —Perdonadme tú a mí, tú tienes tu vida y tus deberes.

Haruki le tomó las manos —Gracias por todo madre querida, pero ya debemos irnos. Nos están esperando.

Haruki se despidió de sus hermanos, especialmente de Makoto, el segundo de la familia, él estaba próximo a concluir su camino por la senda del aeda óseo, era un artesano espectacular del hueso espectral, moldeaba maravillas con sus cantos, muy pronto también dejaría el hogar familiar.

Isuke se despidió con cariño de todos los hermanos de su compañera.

—Haruka, me ha encantado estar con vosotros, y me duele tener que irme, pero ya habíamos planeado una velada con nuestras camaradas de antemano.

—No quiero reteneros por más tiempo, os envió mis bendiciones, espero que se diviertan.

—Esa es la idea— dijo la pelirosa con una sonrisa ladina.


Yuri Meichi ingresa a una estancia repleta de cristales resplandecientes, cientos de arañas disformes circulaban por ellas devorando la corrupción que afectase a la nave, estas criaturas daban nombre a "las arañas de disformidad" una de las varias sendas guerreras de los asuryani. A la distancia observó a una figura solemne que cantaba con una voz celestial, los cristales se deformaban, se contraían y se expandían con las entonaciones de la mujer que los manipulaba.

—La prueba a llegado, el espíritu de Khaine se agita en su cámara, reclama lo que le pertenece por derecho— profirió Shouto con tono majestuoso.

—Tenemos un nuevo dios al que rendir tributo, le debemos mucho al dios de la mano ensangrentada, pero Ynnead liberará las almas de toda nuestra especie, un arma de este poder volvería imparable a su campeón— sus palabras no indicaban un menosprecio por Khaine, en realidad llevaban un temor implícito, insultar al Dios de la guerra podría conllevar su ira.

Shouto daría un canto final precioso, propio de las sinfonías celestiales de los tiempos de gloria, antes de la guerra celestial, antes de la locura de Khaine, cuando dioses y aeldari convivían en armonía. En sus manos tomó forma una cimitarra reluciente como la plata, runas elementales estaban grabadas por toda la hoja y el mango era de hueso espectral con dos gemas que contenían el alma de dos poderosos héroes de Myōjō que murieron en los primeros milenios tras su exilio, héroes que llegaron conocer, héroes que habían sido amigos suyos, ahora sus almas guiarían la mano Yuri en la batalla contra la desesperación, en la guerra por la esperanza de su civilización agonizante.

—Es para ti, mi amor. "El filo implacable", destruirá la mente de tus enemigos para que tu podáis cortar su carne— se arrodilló ante ella con dificultad, sus viejos huesos cristalizados de vidente le hacían complicada su existencia desde hace siglos.

Yuri tomó la espada admirando su diseño precioso, la dureza de su hoja, lo liviano de su peso, lo perfectamente que se ajustaba su mano a la empuñadura y lo letal de su filo.

—Gracias, amada mía. Traeré la victoria una vez más a nuestro hogar— la ayudó a levantarse tomándole delicadamente de la mano.

—Eso espero, las visiones que tengo no son claras. Te veo traer la victoria, pero no veo tu regreso— la voz de Suzu fue un profundo abismo de amargura.

Yuri se quedó sin palabras, el pecho se le enfrío y un terror mortal le invadió el alma, creció como una enredadera, enredando sus zarcillos alrededor de sus nervios; la muerte ya no era la condenación, pero aun así temía ya no poder volver a sentir, a deleitarse con el canto de su amada, con la delicadeza de sus labios y el sabor de sus fluidos ambrosíacos. Ya no poder sentarse en silencio una frente a la otra y sin hablarse decirse todo, compartir los impulsos psíquicos de júbilo como si fuesen un alma dual viviendo en un cosmos infinito y perderse en sus ojos celestiales y sabios donde podía divagar y observar todas las estrellas de la galaxia, incluso las que hace milenios se habían apagado y las que en eones deberían de empezar a brillar.

—Sea como el destino nos dicte, hasta aquel desenlace hagamos estos días dignos de rememorar por una eternidad en el océano de almas.


En las salas de combate dos Espectros Aullantes peleaban sin armas, y sin sus yelmos. Las paredes cristalinas refractaban la batalla desde todo ángulo posible, ambas podían percibir cada uno de esos reflejos, veían cada uno de los errores que cometían tanto ellas mismas como su rival, un pie que pisa mal, un brazo mal estirado, una patada que perdía potencia al momento de ser lanzada. Una era la maestra y la otra la aprendiz, Chitaru Namatame, una guerrera con casi nueve siglos de experiencia, era una hembra aeldari de porte marcial, más alta de lo que es un marine espacial aunque mucho más delgada, no obstante, no menos fuerte que aquellas bestias que estaban al servicio del cadáver vidente en Terra, sus cabellos rojos centelleaban como brasas incandescentes, y sus ojos escarlata miraban con una férrea concentración que penetraba como un hierro ardiente en la mente de sus oponentes, acechaba sus almas cual fiera hambrienta. Su oponente era Tokaku Azuma, una aeldari pequeña en comparación, sin embargo, una luchadora innata, descendiente de una estirpe de guerreros que se podía rastrear hasta los días de Eldanesh, apenas si tenía trescientos años de vida, y casi un siglo de servicio siguiendo la senda del Espectro Aullante, pero ya era tan hábil, rápida y letal como las mejores guerreras de la senda, una prodigio sin igual, pocas maestras se le podían asignar sin que esta lograse sobrepasarlas raudamente, Namatame había sido elegida pues esta era poseedora de una genética excepcional que le otorgaba una fuerza y velocidad que combinada con su experiencia le hacían superior a aquella que debía ser su aprendiz. La cabellera de Tokaku era de un azul claro como los estanques del bosque santuario en la punta del mundo astronave, sus iris eran orbes azul cobalto que desprendían una frialdad y serenidad propias de una bestia de instinto asesino, no perdía ni un solo milisegundo los pasos de su contrincante.

Tokaku lanzó una patada alta con una fluidez excelsa, el hueso espectral de su armadura cortó el aire desplazando toda resistencia. Chitaru la evadió por menos de un centímetro, sintió como el viento le golpeó el rostro, ella vio como su oponente tras horas de combate ya sentía el cansancio y su mente se desesperaba, era el momento propicio, esa patada tomó mucha energía y tiempo para ejecutar, por lo que dejó abierta una gran brecha, duraría un cuarto de segundo, más que suficiente para que la pelirroja pudiese responder, lanzó un gancho poderoso en las costillas. Azuma se estremeció, cerró los ojos de dolor, cuando los volvió a abrir la palma de su maestra golpeó contra su pecho lanzándola varios metros hacia atrás rodando por el suelo de cristal turquesa.

—Es todo por hoy— dijo Chitaru.

—Solo fue un descuido, puedo seguir— Tokaku se levantó en un solo movimiento ágil y brusco, para colocarse en guardia sin perder tiempo.

Chitaru sonrió encantada —Azuma me alegra que tengáis un espíritu indomable, empero, si seguimos aquí no tendremos tiempo para reunirnos con nuestras compañeras.

—De acuerdo, Namatame— bajó la guardia y relajó los hombros.

La pelirroja la tomó del mentón y acercó sus labios —Quizás todavía no — en lugar de besarla en los labios le besó la punta de la nariz.

Azuma sintió como se le agitaba el corazón y sus mejillas se enrojecían —No hagáis eso, no encendáis mi carne con el deseo de tu calor y tu cuerpo.

Namatame sonrió honrada —Vuestras palabras me encantan, no solo tenéis el corazón de una guerrera, si no también el de una poetisa.

—Vos inspiráis esas palabras, he demostrado mi valía, ¿cuándo podréis apagar este fuego que me consume al imaginar el sabor de tu piel?

—No seré vuestra maestra por mucho tiempo, me sobrepasaréis en poco tiempo, y deberás de tener otra figura a la que admirar y desear. De mi parte tengo un amor por el cual suspiro y mantengo a mi corazón latiendo para ella— Chitaru tuvo que cerrar los ojos para no enternecerse con la mirada suplicante de la peliazul.

—Puedo entenderos, así que si debo suplicar y humillarme para que aceptéis mis sentimientos y me recompenséis con vuestras caricias, lo haré, y si lo que debo hacer es derramar la sangre de nuestros enemigos, sacrificaré un mundo entero para conseguiros.

Chitaru juntó sus manos sobre su pecho —Es un gran halago que vos me dediquéis tal pasión y admiración, si es tu deseo amarme, te lo concederé. Os amaré y satisfaré hasta ahogar esa llama que arde por mí.

—¿Cuándo? — exclamó con ojos suplicantes y anhelantes.

—Muy pronto— dijo.

No había pensado en aceptar sus insinuaciones, su corazón le pertenecía a otra, más ella estaba al tanto de lo que esa noche acontecería, y podría desinhibirse, dejar atrás las convenciones morales que tantos años habían guiado la vida de los asuryani desde su caída, el verdadero motivo de la congregación se le ocultó a las aprendices, así que no iba a adelantarle la sorpresa. Una sonrisa socarrona se formó en sus labios carnosos.

—Muy pronto— repitió.