Severus se había marchado furioso, casi arrancando la puerta de los goznes cuando cerró tras él. Jill permaneció en el sofá, incrédula ante las palabras del maestro de pociones. ¿De verdad él se creía que ella estaba en semejante situación por influencia de Katie Bell? Lo que ella sentía por Katie no podía compararse con lo que él la hacía sentir, así que descartaba por completo esa teoría. Si el amor por Katie fuese el causante de romper el conjuro del elfo, ella se habría embarazado de Terry mucho tiempo atrás, y ni un solo retraso había tenido en esa época.
Estaba molesta con Severus por su ridícula acusación, tanto que si él volviese a entrar por esa puerta, estaba segura de que le lanzaría un maleficio al mejor estilo de Ginny Weasley. Y lo peor de todo era que no sabía qué hacer a continuación. El hecho de que él se marchase de esa forma… ¿qué significaba? ¿había dado por terminado su corto matrimonio? Se llevó las manos a la cara e hizo presión sobre sus ojos. Maldita suerte, cada día cagándola en mayores cantidades, pensó soltando un gruñido.
Escuchó el chirrido de la puerta de la entrada al abrirse. Dio un bufido, preparándose para decirle un par de cosas al padre de su hijo al tiempo que se descubría los ojos. El horror la paralizó cuando comprendió que la persona que le apuntaba con una varita desde el umbral de la puerta no era Severus.
—Expelliarmus —dijo la mujer.
Su varita salió despedida desde el sofá hasta la mano extendida de Narcissa Malfoy. Jill tragó saliva ante la mirada de profundo odio que le dedicaba la mujer.
—Eres tú —dijo ella con tono acusatorio.
Jill no dijo nada. Era incapaz de apartar la mirada del rostro lívido de la esposa de Lucius Malfoy. La sensación de vergüenza la invadió, oprimiéndole el pecho como si la mismísima Narcissa la estrujara desde dentro.
—¿Aquí se veían? —preguntó Narcissa apretando la varita con fuerza.
Jill negó con la cabeza, sin saber qué decirle a la esposa de su verdugo.
—¿No? —los ojos azules de Narcissa se anegaron en lágrimas —¿No es aquí donde te revolcabas con mi esposo?
—N-no es como usted cree —logró balbucear Jill con voz temblorosa poniéndose de pie lentamente, rogando mentalmente que la mujer no la atacara.
—¡Él me ha dicho que te ama! —exclamó Narcissa subiendo la voz, y de la punta de su varita saltaron chispas.
Jill soltó un chillido y se llevó las manos al vientre protectoramente, temiendo por la vida del pequeño ser dentro de ella. Los ojos de Narcissa siguieron el movimiento de sus manos y su expresión se tornó horrorizada.
—¡No! —chilló Jill, comprendiendo lo que pasaba por la mente de Narcissa en ese instante.
Sin embargo, Narcissa ignoró su grito y lo último que vio Jill antes de desvanecerse fue una luz roja que se dirigía hacia su cara.
No había podido matar a la chica. Era lo único que había deseado hacer desde que se enterase de la aventura de Lucius, pero no fue capaz de hacerlo en cuanto tuvo la oportunidad. Verla llevarse las manos al vientre le había hecho creer que la muchacha iba a tener al bebé de su esposo, obligándola a detenerse y cambiar sus planes. La había odiado tanto por lograr lo que ella no había podido después de Draco, que en su mente se anidó la idea de que la muerte debería venir a Jill Peverell de forma lenta y dolorosa.
Sin embargo, con el paso de las semanas notó que el cuerpo de la muchacha no cambiaba al ritmo que debería, y un simple encantamiento le permitió comprobar que la chica no contaba con el tiempo suficiente como para que el niño fuese de Lucius. Ahora se sentía un poco torpe por su decisión precipitada. No podía decir que se arrepintiese de lo que estaba haciéndole a la amante de su esposo, pero el revuelo que causara su desaparición entre los seguidores del señor Oscuro le hacía replantearse sobre su decisión de tenerla escondida allí en ese sótano mugroso.
Viéndola allí tirada como un despojo con apenas carne en los huesos, se preguntaba si algún día sería capaz de terminar con ella. Sin duda se libraría del problema gigantesco que representaba ser descubierta con las manos sobre la chica a la que tanto necesitaba Lord Voldemort para sus planes. Pero algo le impedía darle el golpe final cada vez que iba a verla.
La muchacha se removió en medio de su sueño y la renegrida blusa de su pijama se levantó lo suficiente para permitirle ver el pequeño vientre que por fin comenzaba a hacerse notorio. Narcissa frunció el entrecejo, asqueada ante la imagen de aquel bulto en medio de los huesos pélvicos de Peverell. Si hubiese podido apostar por un padre para la criatura, jamás habría pensado en Severus Snape. Sin embargo, para su total sorpresa, ese fue el nombre que mencionaron los labios de Peverell cuando le dio a beber veritaserum en una botella de agua.
—Narcissa… —graznó Jill Peverell con la voz rasposa.
Narcissa se sobresaltó. Estaba tan absorta en sus pensamientos que no había notado que la muchacha había abierto los ojos. La miró con asco. Llevaba días sin ir a verla, sin llevarle provisión alguna, deseando como siempre encontrarla muerta. Sin embargo, la muchacha era más resistente de lo que parecía y de nueva cuenta se las había arreglado para sobrevivir con lo poco que le dejase días atrás.
—¿Por qué no te mueres? —preguntó Narcissa con un hilo de voz.
A través de los barrotes le arrojó una bolsa que contenía algunos alimentos empaquetados y una botella de agua. Jill se sentó con dificultad y se acomodó la blusa del pijama con manos temblorosas, ocultando nuevamente su incipiente vientre, para después alcanzar la bolsa y rebuscar en ella con expresión cansada. Sus dedos, más parecidos a garras, sacaron la botella de agua, destapándola con cautela para evitar derramarla.
—¿Por qué no me mata? —preguntó ella a su vez con la misma voz ronca, antes de darle un pequeño sorbo a la botella.
Narcissa la observó unos segundos en silencio. Tal vez debería permitirle que se bañara o la mugre la iba a matar antes de que ella se decidiera a hacerlo. Sonrió levemente ante la idea absurda de arriesgarse a sacarla de allí para permitirle acicalarse.
—¿Por qué le interesas tanto al Señor Oscuro? —le preguntó por milésima vez, sabiendo que lo que el veritaserum no consiguiera, no lo iba a conseguir ella por colaboración de Peverell.
—Quién sabe —fue la respuesta de Peverell antes de darle un meticuloso mordisco a una galleta.
Narcissa chasqueó la lengua reprobadoramente.
—Snape no te ha buscado ¿sabes? —la picó Narcissa. Llevaba semanas aguantándose las ganas de soltarle esa frase, pero no resultó tan satisfactorio como esperaba.
La chica tomó otro sorbo de agua, cerró concienzudamente la botella y la puso en el suelo. Se limpió la boca con el dorso de una mano muy sucia, antes de girar el rostro hacia ella y mirarla con unos ojos que parecían enormes entre sus marcadas cuencas.
—¿Y? —dijo Peverell con un brillo provocador en sus grises ojos. Su expresión era casi burlona.
Narcissa apretó la mandíbula. Esa expresión la había visto antes, en su infancia, pero no ubicaba dónde.
—Te vas a morir aquí, Jillian Peverell… por lo que has hecho con mi familia —escupió Narcissa, queriendo borrar aquella expresión del rostro de Peverell.
—Usted sabe lo que él me hizo —dijo la muchacha, repitiendo lo que dijera en cada visita de Narcissa.
—Tú lo buscabas —dijo Narcissa entrecerrando los ojos. Su esposo le había dicho eso y ella quería creerle. Se lo repetiría a Peverell cada vez que fuera necesario.
A diferencia de las otras veces, en donde el llanto atacaba a la muchacha impidiéndole seguir hablando, una sonrisa se formó en sus resecos labios, antes de que una risa desquiciada saliera desde lo más profundo de su garganta. Vio cómo los labios se le agrietaban y sangraban mientras ella se reía cada vez con más fuerza, durante al menos cinco minutos que parecieron eternos.
—¿Yo? —gritó al fin con voz ronca en medio de carcajadas enloquecidas. Hipó, tratando de controlar la risa y la miró con ojos febriles —. ¡Tenía once años! ¡Rezaba por morir antes de que él viniera!
Narcissa no pudo responderle esta vez. Peverell siempre había insistido en que Lucius abusaba de ella; pero Narcissa se esforzaba por no creerle. Pero ese día algo le pareció diferente: La muchacha parecía estar perdiendo la cabeza, y Narcissa jamás había conocido a un loco que mintiera de forma tan convincente.
Para cuando finalizó febrero, los nervios de Severus estaban a flor de piel. Apenas se controlaba para no arremeter contra el primero que le dirigiera la palabra en el colegio, o en las reuniones de la Orden o en las del Señor Oscuro. La angustia de no saber nada de Jill desde octubre era casi imposible de soportar, sumada a la enorme presión que el Lord Oscuro ejercía sobre él, exigiendo resultados en la búsqueda de la muchacha.
No tenía indicios de dónde podía haberse metido y ni siquiera Dumbledore había logrado obtener información al respecto. Era como si la tierra se la hubiese tragado. Tanto Dumbledore como él estaban seguros de que Jill no tenía los recursos para esconderse sin dejar rastro, y mucho menos en el estado en el que estaba. Ya debía estar por la semana veintisiete de su embarazo y eso era un gran impedimento para sobrevivir sin ayuda. Además, su arrebato estúpido no había sido peor que otros como para que ella decidiera irse sin avisarle a nadie.
El Señor Oscuro también estaba nervioso. Llevaba la cuenta de la edad gestacional de la chica incluso mejor que Severus, ansioso por el nacimiento del niño para llevar a cabo su plan. Cada día que pasaba era más palpable la preocupación del Lord ante la idea de no encontrar a Jill y, por ende, perder la oportunidad de cumplir su propósito.
A Severus le importaba un bledo el propósito del Lord Oscuro y el plan de Dumbledore. Lo único que deseaba era encontrar a Jill, saber que estaba bien, que no le habían hecho daño. Incluso había forzado a Dumbledore para poner a la Orden del Fénix en la búsqueda de la muchacha, amenazándole con abandonar toda su farsa para dedicar su tiempo al completo a encontrarla. Pudo notar lo poco conforme que estuvo el anciano con ceder ante su petición, pero la opción de perder todo lo que había planeado con Severus no era nada alentadora y no iba a arriesgarlo todo por el secretismo que lo caracterizaba.
—¿Entonces ella no abandonó los estudios por voluntad propia? —preguntó Lupin durante la última reunión —¿Por qué se fue entonces?
Severus guardó silencio y dejó que Dumbledore respondiera, tal como habían acordado antes de llevar a cabo la reunión de la Orden.
—Le encargué a Jill una misión que solo ella podía llevar a cabo —dijo Dumbledore con voz tranquila —. Pero desde octubre no hemos tenido noticias de ella.
—¿Desde octubre? —saltó Molly Weasley llevándose las manos al pecho —. Creíamos que estaba a salvo. ¿Por qué ha tardado tanto en decirnos? ¡Ella puede estar muerta!
Dumbledore negó con la cabeza con aire tranquilizador.
—Estoy convencido de que sigue con vida, Molly. Ella es muy importante para Lord Voldemort, por la misión que está cumpliendo —dijo el anciano director.
—¿Qué misión es esa, Albus? —preguntó Arthur Weasley con el entrecejo fruncido. Se acomodó las gafas con aire preocupado —. ¿Por qué es importante para él?
—Debo pedirles una disculpa ante la imposibilidad de revelar detalles de esa misión —dijo Dumbledore.
—¿Cómo podemos hacernos una idea de dónde está si no sabemos qué estaba haciendo? —dijo Tonks. Estaba sumamente desaliñada y el cabello castaño opaco no le hacía honor a lo bonita que solía ser antaño. Definitivamente, enamorarse no traía más que problemas, pensó Severus.
—Estaba escondida en un departamento en Londres en el momento de su desaparición. No tenía indicación de hacer algo más aparte de eso —dijo Dumbledore.
—¿Esa era toda su misión? —insistió Tonks.
—Hasta nuevo aviso, lo era —dijo Dumbledore con firmeza.
Los asistentes guardaron silencio unos instantes, como si lucharan con las mil preguntas que surgían de la vaga información que les estaba proporcionando el director. Severus se limitó a mirar a cada uno de ellos, tratando de descubrir una señal de que Jill se hubiese puesto en contacto con alguno, pero todos parecían igual de confundidos.
—¿No podría estar en manos de Lucius Malfoy? —preguntó al fin Lupin. Parecía que le había costado mucho hacer esa pregunta.
Severus lo miró fijamente, intentando que el asombro no se reflejara en su expresión. ¿Lupin sabía sobre Jill y Lucius?
—¿Lucius Malfoy? —preguntó Bill Weasley con expresión horrorizada. Evidentemente Bill tenía contactos que sabían cosas, todas las cosas horribles que pasaban bajo las narices del ministerio de magia. Sin duda, estaba al tanto de las compras "exóticas" de Lucius Malfoy.
Molly Weasley miró a su hijo con intensidad. Severus supuso que en cuanto todos se fueran, ella lo interrogaría al respecto y que entonces el secreto de Jill quedaría expuesto ante la matrona Weasley. Apretó los puños, resignado a no poder entrometerse en ese asunto.
—Lucius aun se encuentra en Azkaban, Remus —contestó Dumbledore como sin darle importancia. Sin embargo, a Severus le pareció ver durante una milésima de segundo que algo encajaba en la mente del anciano.
—Pero Lucius… —comenzó a decir Remus.
—Dudo que tenga que ver con Lucius —dijo el director con un tono de voz que daba a entender que el asunto de Lucius quedaba zanjado.
El anciano dio por terminada la reunión y se puso de pie, despidiéndose amablemente de los asistentes, indicándole a Severus que lo siguiera. El hombre se levantó e ignorando las miradas de curiosidad de todos los presentes, siguió a Dumbledore fuera de la madriguera. Caminaron hasta el borde del seto donde solían desaparecerse siempre, sin que ninguno de los dos dijera media palabra.
—Severus, me temo que Lucius es el responsable de la desaparición de Jill. De forma indirecta al menos —dijo Dumbledore.
—Comprobamos que continua en Azkaban —dijo Severus.
—Estoy considerando la posibilidad de que Narcissa esté involucrada —dijo Dumbledore con seriedad.
—¿Narcissa? Es solo un adorno —dijo Severus con tono burlón —. No es más que el tapete de Lucius.
—Mi querido Severus… creí que tú, mejor que nadie, comprendería lo que podemos soportar por amor —dijo Dumbledore con un dejo de tristeza en su voz.
Jill acarició el pequeño bulto de su vientre. Podía ver cómo se movía el niño, estirando su piel de forma brusca. Él parecía tener mucha más vitalidad que ella, como si cada gramo de la escasa comida que Narcissa le proporcionaba le alimentase solo a él.
—Tranquilo, pequeño —murmuró con la voz ronca y desvaída que le quedaba después de tantas semanas con acceso limitado a los líquidos.
No sabía cuánto tiempo más iba a ser capaz de sobrevivir en tan precarias condiciones, con apenas agua y comida, sin acceso a un baño o al mínimo de limpieza. Le sorprendía no haberse muerto de alguna infección de lo mugrosa que estaba, y le atribuía el milagro a su capacidad mágica. Suponía que un muggle se habría muerto siglos atrás. ¿Qué iba a ser de ella y del niño? ¿Le quedaba solo morirse dentro de unos días con el pobre feto falleciendo poco después por falta de oxígeno? Su cuerpo iba a apestar más de lo normal, pensó antes de soltar una risa casi tan maniaca como la de la última visita de Narcissa tres días atrás.
—¿Por fin te has vuelto loca? —la voz de un hombre llegó hasta ella desde la penumbra.
Una luz se encendió, obligándola a poner la mano frente a su rostro para protegerse los ojos del resplandor.
—¿Quién eres? —preguntó forzando su garganta. La voz se le hacía familiar, como si la hubiese escuchado mucho antes, pero hubiese cambiado de alguna manera. No lograba identificarla.
—Apestas, Jillie —dijo la voz con tono burlón.
Escuchó el golpeteo de las cadenas contra el suelo y la puerta abrirse con un chirrido oxidado. Bajó la mano y miró a su interlocutor con los ojos entrecerrados.
—¿Andrew?
—Sí que apestas, Jillie —repitió su hermano sin abandonar su tono burlón.
—¿Vas a matarme? —preguntó Jill.
—¿Por qué lo haría? —inquirió Andrew desde la puerta.
—Ella no pudo —respondió Jill.
—Narcissa no puede matar a una mosca —dijo Andrew acercándose a Jill y agachándose frente a ella —. Me ha dicho en dónde estabas y he venido a sacarte.
Jill no daba crédito a sus oídos y mucho menos a sus ojos. Pensó que los meses de aislamiento e inanición al fin le habían tostado el cerebro. Estaba loca. Eso era. No había otra explicación para una alucinación semejante. Andrew jamás se había preocupado por ayudarla, y no tenía motivos para comenzar a hacerlo ahora.
—Vaya alucinación —murmuró Jill.
—Ojalá fuese una alucinación —dijo Andrew con un bufido —. No estaría oliendo tanta mierda junta.
Jill sintió que su cara ardía, sintiendo vergüenza de su estado.
—Lo lamento —dijo bajando la mirada a su regazo. La verdad era que no había sido consciente del olor que desprendía desde hacía mucho tiempo. Y ahora que Andrew lo mencionaba, comenzó a notar que en realidad olía a demonios.
—No es tu culpa —dijo Andrew. Sintió las manos de su hermano tomar sus brazos y tirar de ella hacia arriba.
La puso de pie casi sin esfuerzo, pero a Jill le costó un poco mantener el equilibrio. Llevaba mucho sin utilizar todos sus músculos, procurando ahorrar la escasa energía que le quedaba.
—Te sacaré de aquí, Jill —dijo Andrew solemnemente. Y nuevamente Jill se preguntó si estaba alucinando.
