2 de mayo, 1916; Dublín, Irlanda.
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Sus uñas golpearon los rebordes de los botones de la máquina mientras escribía la dirección.
Una vez que hubo terminado, ella inspiró hondo y extrajo el sobre del rodillo. Leyó varias veces las palabras con sus dientes clavados en su labio inferior, para después suspirar y depositarla sobre la mesa.
A continuación, rodeó el asa de la taza con sus dedos y acercó la orilla a sus labios con tal de darle un pequeño sorbo. El sabor a lavanda logró calmar en cierto modo los rápidos latidos de su corazón, a pesar de que, una vez que la volvió a dejar en el platillo, sintió de nuevo cómo su garganta se cerraba.
Irlanda carraspeó mientras doblaba el papel en tres partes y lo introducía en el sobre. Apoyó sus manos en la superficie de madera, aunque, antes de poder levantarse del asiento, el sonido del timbre le hizo dar un pequeño bote.
Ella frunció el ceño y dirigió sus ojos hacia las puertas que daban al jardín trasero. A través de los cristales, podía observar a Aoife pastando junto a otros dos caballos, que, con sus crines negras trenzadas y su pelaje castaño, parecían prácticamente idénticos.
Arrastró su silla hacia sus espaldas, se alisó las faldas y cruzó la habitación hacia el vestíbulo. Cuando abrió la puerta principal, en vez del dueño de los caballos; un hombre rechoncho con un traje de tweed color beige y un espeso bigote que, junto a un monóculo, favorecían a ocultar gran parte de sus cejas, se encontró a una joven mujer de cabello rubio que caía sobre sus hombros con una pequeña curva, ojos castaños oscuro algo enrojecidos e hinchados y sus brazos en jarras sobre su vestido oscuro.
Irlanda se permitió cruzarse de brazos.
—¿Qué ocurre ahora, Erin?
Ella apretó sus labios a la vez que sus ojos se volvían brillosos.
—Mi hermano es absolutamente idiota —dijo entre dientes.
Irlanda suspiró.
—Darren apenas ha pasado una semana aquí desde que volvió de Bélgica, ¿qué puede haber hecho para molestarte?
La mujer se restregó sus ojos con sus dedos a la vez que se sorbía la nariz.
—Ha participado en el Alzamiento de Pearse, señora —respondió, con la voz estrangulada. Irlanda se mordió el labio inferior—. Y los ingleses le capturaron en el proceso de rendición. Ni yo ni Fiona sabíamos dónde estaba, a pesar de que yo tenía mis sospechas, hasta que un oficial británico ha entrado esta misma mañana en la casa, pegando tiros y asustando a sus hijos, y ha d-dicho…
Sus palabras fueron interrumpidas por un sollozo, e Irlanda no pudo hacer más que ponerle la mano en el hombro para hacerle pasar. Sin embargo, Erin sacudió su brazo y se cubrió la mano con la boca, para después apartarse los mechones de la cara e inspirar hondo.
—H-Ha dicho que hoy le van a juzgar y decidir cuál será su sentencia definitiva. Y… —Se restregó los ojos—. Dice que probablemente lo van a mandar ejecutar.
Ella le envolvió de nuevo sus hombros con su brazo y esta vez logró que pasase al vestíbulo y cerró la puerta tras de sí. En cuanto sus ojos descendieron hacia el suelo, Irlanda apreció que la mujer solo llevaba puestas unas pantuflas con una mancha verdosa en sus puntas.
Se tuvo que reprimir para no preguntar por Colin.
La muchacha ya tenía suficiente.
Irlanda la obligó a sentarse en uno de los sillones cercanos a la chimenea, y Erin apenas se sorbió la nariz antes de volver a alzar su rostro enrojecido hacia ella.
—¿Has avisado a tu padre?
Ella sacudió su cabeza sucesivas veces, hasta el punto de que se tuvo que peinar el cabello con los dedos una vez hubo detenido el movimiento.
—Entre la situación del abuelo y el infarto de hace dos años creo que lo mataría. Y bien sabe Dios cómo lo necesitamos todavía en la familia.
Irlanda frunció sus labios mientras le daba una vuelta al sillón y se colocaba frente a ella.
—¿Y qué pretendes hacer?
Erin alzó sus ojos hacia ella.
—He pensado que usted tendría contactos que podrían ayudarnos.
Irlanda apretó sus dientes sobre su labio a la vez que negaba con la cabeza.
—No si el Ejército británico está involucrado.
—¿Y su hermano?
Ella necesitó resoplar para disimular la risa que casi escapó de sus labios.
—Mi hermano nunca intercedería por un irlandés, y mucho menos por un MacDougal. Y, si lo hiciese, sería para trasladarlo a un campo de prisioneros para que pasase el resto de sus días. —Al apreciar cómo Erin abría la boca, Irlanda alzó una mano con tal de que la cerrase—. Y luego, misteriosamente, se desataría una epidemia de fiebre tifoidea que terminaría por matarlo. No es una opción, Erin, confía en mí.
—¿Y el capitán que hablaba tan bien de él? ¿No puede interceder?
Irlanda resopló.
—No si el Ejército británico está involucrado, Erin. No creo que ese hombre quiera enfrentarse a sus superiores, y las buenas palabras se pierden por el camino.
La mujer arrugó sus facciones antes de soltar un gruñido y refugiar su rostro entre sus manos. Irlanda le dio unos cuantos golpecitos en el hombro mientras el cuerpo de Erin seguía convulsionando, aunque no pasó por alto cómo uno de sus brazos se dirigía hacia uno de sus bolsillos y sacaba una caja metálica.
Ella sujetó su muñeca con fuerza hasta que la mujer soltó la caja y esta se deslizó de vuelta al bolsillo. Erin no tardó en alzar su ceño fruncido hacia ella.
—Ya no soy una niña de 15 años —masculló.
—Difícilmente seguías siendo una niña a los 15 años, Erin. Pero en esta casa no se fuma.
Irlanda se peinó los cabellos antes de volver a enderezarse y soltar un pequeño suspiro.
La mujer no tardó en apoyar su espalda sobre la parte trasera del asiento y resoplar. No movió ni un simple músculo, ni siquiera para quitarse la masa gelatinosa que sobresalía de los orificios de su nariz, a la vez que intentaba ahogar los sollozos que escapaban de su boca. Irlanda se mordió el labio inferior y le dio un pequeño toque en su hombro.
—¿Sabes dónde está Darren?
Erin sacudió ligeramente su cabeza.
—El Ejército h-ha establecido barricadas, y ahí están juzgando a los insurgentes y a todo aquel que hayan podido encontrar en el lugar del crimen.
—Vamos. —Le sujetó el brazo y tiró de él. Para su suerte, Erin decidió dejarse llevar y, una vez que estuvo en pie, se restregó la nariz con la manga—. Vamos a ver qué podemos hacer por él.
Irlanda se dirigió hacia el vestíbulo, y recogió el ligero abrigo del perchero para después colocárselo con agilidad. Pese a que la falda de tartán azul no le llegaba ni siquiera al talón, ella se la recogió por costumbre a la vez que cruzaba el umbral de la puerta. El hecho de que Erin saliese justo después que ella le permitió cerrar el portón y bloquearlo con la llave que extrajo de uno de los bolsillos del abrigo.
A continuación, salió del porche y cruzó el patio delantero hasta llegar a la verja, en la que podía apreciar la pieza de carrocería roja y negra con aquel enorme morro y la cabina al descubierto. Una vez hubo atravesado las vallas y cerrado la puerta, ella pudo detectar la figura de un hombre con chaqueta color caqui tirado en el suelo bocabajo con un pequeño agujero en el centro de su espalda, cuyos alrededores se habían encharcado de sangre ya seca para aquellos instantes.
No le hizo falta girarse hacia el costado opuesto para conocer la presencia de otro hombre en una posición similar.
—¿Ha habido un altercado o algo por aquí cerca? —cuestionó Erin a sus espaldas, para después sorberse la nariz.
Irlanda no se molestó en girarse mientras se dirigía hacia el automóvil.
—Patrick Pearse hizo una visita.
La mujer se quedó callada, aunque Irlanda no pudo dejar de sentir sus ojos clavados en su espalda. Sin embargo, Erin terminó por adelantarla y abrir la puerta con tal de colarse en el asiento frente al volante. Irlanda la miró con sus dientes clavados en el labio inferior, sobre todo al apreciar que ella se restregaba sus ojos antes de ponerse los guantes, pero, aun así, continuó su camino hacia la puerta en el lado contrario y terminó por acomodarse en la tapicería.
No pudo evitar apoyar su brazo en la puerta cuando el coche comenzó a rugir, pese a que esa sensación desapareció en cuanto el ritmo del vehículo se estabilizó y avanzó por la carretera pedregosa. El vehículo empezó a pegar unos grandes botes, aunque no resultaron demasiado molestos.
Ella se recogió sus cabellos en una coleta improvisada con tal de hacer caer sus mechones anaranjados por su pecho e inspiró hondo.
A pesar de que Aoife resultaba mucho más rápida en aquellos trayectos, Irlanda se permitió relajarse todo lo posible en el asiento y disfrutar de cómo el curso del río que seguían quedaba encauzado por el asfalto a ambos lados, un tramo que cada vez se le antojaba más largo. Era consciente de que Erin estaba hablando mientras ella continuaba absorta en el paisaje, pero no se molestó siquiera en prestarle atención.
No hasta que el coche se detuvo de una forma repentina.
Irlanda frunció su ceño antes de girarse hacia la mujer, que ya había descendido y se encontraba cerrando la puerta con tanta fuerza que hizo que el coche se tambalease. Decidió inspirar hondo e imitarla, para después seguirla a toda prisa por los callejones hasta llegar frente a la Oficina de Correos; un enorme edificio con un frontón triangular, cuatro columnas que ensombrecían las tres puertas constituyentes de la verdadera entrada y dos alas a los extremos.
Ella no pudo evitar percatarse de los restos negruzcos en las paredes y las bases de las columnas, de los cristales rotos en las puertas, las gotas carmines derramadas en la acera y de, por supuesto, el cordón formado por una serie de hombres con un uniforme caqui y una gorra aplastada con visera que rodeaban el edificio.
Procuró que su corazón no se acelerase en exceso.
Y menos al apreciar que el resto de la plaza tampoco se libraba de parecer el escenario de la guerra que en aquellos momentos se estaba librando en el continente.
Erin la guio a través de las montañas de barricas, palos y piedras hasta llegar al lugar donde Darren, con su barbilla bien alta, sus ojos claros entrecerrados y su cabello azabache revuelto, se enfrentaba a una mesa constituida por tres soldados británicos; altos mandos, a juzgar por las insignias en sus hombreras y sus rostros canosos y arrugados.
—Por sus despreciables actos en contra del orden y la Corona, Darren MacDougal será ejecutado en los días próximos junto al resto de cabecillas —sentenció el hombre del medio, con sus ojos entornados.
Darren hinchó sus carrillos y soltó un escupitajo sobre la mesa de los jueces.
Erin ahogó un sollozo a sus espaldas mientras su hermano recibía un puñetazo en el estómago que le hizo doblarse en el sitio.
—¡Darren! —exclamó Erin. Irlanda extendió su brazo con tal de detenerla en su carrera hacia él.
—Cálmate —masculló Irlanda, con su mirada fija en los tres hombres de la mesa—. Y procura que a tu hermano no le metan un disparo aquí y ahora.
Se aproximó a la mesa y golpeó la superficie de madera con sus nudillos con tal de atraer los ojos de al menos uno de ellos en su dirección. Este no tardó en resoplar y devolver su atención hacia el libro abierto ante él.
Irlanda puso sus ojos en blanco mientras situaba sus manos sobre sus caderas.
—¿Por qué habéis ordenado ejecutar a ese hombre? No es uno de los cabecillas, y ha estado sirviendo al Rey en Bélgica durante el último año.
El del extremo alzó ligeramente su rostro hacia ella, para después encogerse de hombros y devolver su atención hacia el próximo rebelde que le habían puesto delante.
—Se ha encontrado que, durante su estancia en el Ejército, ayudó a suministrarles armas a los rebeldes para acometer tal acto. Como podrás comprender, no hay forma de que se le pueda perdonar, y menos cuando estamos en guerra.
—¡Eso es mentira! —La voz de Erin ocasionó que tanto Irlanda como el hombre se girasen en su dirección. Esta se encontraba encorvada hacia ellos, temblando y con el ceño fruncido, mientras Darren le sujetaba el brazo con tal fuerza que creaba una gran cantidad de arrugas en la tela de la manga—. ¡Él solo es un soldado raso! ¿Cómo puede haberlo conseguido? ¿Dónde están las pruebas que lo acusan de algo tan grave?
Irlanda cruzó sus ojos con los azules de Darren, que simplemente torció el gesto y se encogió de hombros.
—Es nieto de Dougal MacDougal —añadió el hombre, haciendo que Irlanda se girase sobre sus talones de vuelta hacia él—. Su abuelo se ha librado de la deportación muchas veces porque se decía que rechazaba una insurreción, pero su nieto ha visto una carnicería y no le ha importado unirse a ella. —Estrechó sus ojos hacia los de Irlanda—. Deberíais traer a su abuelo y a su padre a la ejecución. Sería muy útil.
Ella se forzó a cruzarse de brazos y a encogerse de hombros.
—Vais a ejecutar a un hombre sin pruebas —masculló.
El soldado se restregó los ojos a la vez que se permitía soltar un pequeño suspiro.
—No podemos correr riesgos. Y menos estando en guerra. —Alzó su brazo en la dirección en la que sabía que se encontraba Darren—. Vete tú a saber si aprovechó su presencia en el frente para entablar amistad con los alemanes. Dicen que están detrás del Alzamiento.
Irlanda ocupó sus manos en sus faldas para evitar cumplir lo que se le estaba pasando por la cabeza. No tardó en girarse hacia Darren y a Erin, que habían tenido a bien apartarse de la mesa junto a un soldado que llevaba con muy poca frecuencia sus ojos en su dirección.
El muchacho suspiró en cuanto sus miradas se cruzaron.
—Supongo que no puede hacer nada, ¿cierto? Me van a hacer pagar por los supuestos crímenes de mi familia. —Le dio unas palmaditas en la espalda a Erin, que se había enganchado de su brazo y apoyaba su cabeza en su hombro. La pobre mujer estaba desconsolada, con su rostro rojo por el que no dejaban de discurrir lágrimas de un grosor considerable—. Dile a mis hijos que fui un mártir.
Irlanda resopló para que Darren volviese su rostro en su dirección.
—¿Acaso tú no escuchas lo que te han estado diciendo en tu casa toda tu santa vida, Darren? El intentar utilizar la violencia contra ellos solo nos lleva a esta situación.
Él se encogió de hombros.
—Hemos esperado lo suficiente, señora. Lo intentamos por las buenas, y ya vio cuál fue el resultado con la excusa de la guerra. —Se irguió, aunque ni eso sirvió para separar a Erin—. Ya sea de la mano de Patrick Pearse o de cualquier otro, necesitaremos la violencia para que se nos escuche.
Su hermana soltó un gruñido, para después despegar su cabeza de su hombro.
—¿Tú te estás escuchando, Darren? Tus hijos siguen necesitando un padre, y…
Irlanda intentó seguir el curso de la conversación entre los hermanos mientras barría sus alrededores con su mirada, aunque su atención se vio atraída de inmediato por un hombre que pasaba justo por su lado. Con los ojos afilados y castaños de la misma tonalidad de su cabello, este cruzó su mirada con la suya e inclinó ligeramente la cabeza.
Ella frunció el ceño, aunque, antes de poder siquiera despegar sus labios, el hombre la había rebasado a toda velocidad. Cuando Irlanda se dio media vuelta, se encontró con que la parte trasera de su traje verde se había mezclado con los múltiples soldados en la lejanía.
—¡Michael Collins! —gritó una voz a sus espaldas.
Irlanda no pudo evitar poner sus ojos en blanco mientras devolvía su rostro hacia los hermanos, cuya discusión había sido capaz de escuchar de fondo todo ese tiempo. Sin embargo, enseguida se vio obligada a girar de nuevo en dirección contraria ante unos dedos que se cerraron en su brazo y tiraron de ella.
—¿Dónde demonios has estado? —gruñó su hermano, con sus ojos verdes cerrados en rendijas y sus cejas formando una gran cantidad de arrugas en su frente. Seguía con su traje color caqui, aunque se había recortado el cabello con tal de hacer desaparecer sus rizos.
Ella resopló y se sacudió, pese a que Inglaterra no hizo más que apretar su agarre.
—En mi casa.
Inglaterra la agitó hasta que sus piernas cedieron y la obligaron a quedar frente a él.
—Mentira. He pasado por ahí y he visto muertos de varios días a los guardias que te dejé, con un tiro en la espalda cada uno.
Irlanda puso sus ojos en blanco.
—Patrick Pearse pasó por ahí a hacerme una propuesta que yo rechacé.
Su hermano la miró con fijeza, y se permitió parpadear dos veces antes de bufar y desviar su rostro hacia uno de sus costados.
—Te he dejado en paz durante todos estos años, ignorando cada cosa que se me comentaba, pero esta es la gota que ha colmado el vaso. —Sus dedos ejercían tanta fuerza que Irlanda podía empezar a sentir un hormigueo en las yemas de la mano correspondiente. Sin embargo, sacudirse no parecía servir de nada—. No puedo darte más votos de confianza, así que nos vamos a Londres.
Ella frunció el ceño antes de que su pie por fin encontrase el de su hermano y pudiese pisarle. En cuanto lo hizo, su hermano soltó un grito que acalló entre sus dientes y la liberó de su agarre.
—No pienso acompañarte a Londres por nada del mundo.
Inglaterra hinchó sus fosas nasales y golpeó la bota que Irlanda acababa de pisar contra el asfalto.
—No te lo estaba preguntando. Vas a venir conmigo.
—Y yo no te estaba animando a que me convencieses. No puedes obligarme a ir a Londres.
Su hermano soltó un bufido.
—Estamos en guerra.
Irlanda resopló e intentó llevar su atención de vuelta hacia los hermanos. Pero, cuando lo consiguió, se encontró con que estos habían desaparecido y se obligó a girarse de vuelta hacia él.
—Ya sé que estás en guerra —siseó, con sus manos escondidas tras sus faldas.
Inglaterra sacudió su cabeza y se cruzó de brazos.
—No me estás entendiendo. Estamos en guerra, así que te vas a venir conmigo lo quieras o no. —Él se negó a permitirle siquiera hablar y añadió con un susurro—: Y, antes de que se te ocurra decir nada, por supuesto que puedo hacerlo. Es más, si tengo que enviar un pelotón de veinte hombres a tu casa para sacarte a rastras de ahí, no te quepa duda de que lo haré, así que nos vamos a tu casa, ¡ahora mismo!
Su grito no hizo nada para sobresaltarla.
Aun así, Inglaterra asintió y añadió algo sobre una buena elección entre dientes.
E Irlanda no supo que no tenía otra opción que abandonar Dublín.
Por la que esperaba que fuese la última vez.
FIN
