El gato y el ratón IV
Mary estaba de piedra. No se esperaba una respuesta tan directa de parte de Ririka, más bien esperaba un silencio, una evasiva, algo que la salvara de ese enredo amoroso que para nada les convenía tener con la apuesta que se avecinaba.
Se refregó la cabeza de forma histérica.
«Di algo… Tienes que decir algo, ¡pero con tacto!»
—Ririka, si por casualidad estás bromeando, es tu momento para decirlo.
«¡Dije T-A-C-T-O, idiota!»
La retó una Mary de sus adentros.
Ririka bajó la cabeza. La sacudió, escondiendo los ojos debajo del flequillo.
—Entiendo... —«La puta madre. Pero la re puta madre»— ¿Puedo preguntar desde cuándo?
Ella dejó caer los hombros en señal de no saber.
Mary se pasaba la mano por los ojos. Masajeaba los párpados con los dedos para quitarse el dolor de cabeza que le agarró de pronto. Aún no podía creerlo. ¿Cómo?, ¿cuándo?, ¿por qué ella?
¿Por qué justo ahora?
—De verdad..., eres tan impredecible como tu hermana.
«¿O yo soy una despistada?»
Pensaba, apoyando el codo en el respaldo del banquito. Con una mano en la mejilla y la pierna moviéndose inquieta, veía la cara roja de Ririka. Ella hacía todo lo posible para evitar el contacto visual.
—¿Y ahora qué? ¿Podemos seguir como antes o será un problema para ti?
Ririka le echó un vistazo. Como si los otros ojos le quemaran, volvió la vista a las piernas. Asintió.
Mary soltó un suspiro.
—¿Sí qué? Sé clara, Ririka. ¿O acaso te comieron la lengua los ratones? —bromeó, sacándole la lengua.
Ririka se tapó la boca como si, en efecto, algo le hubiera pasado en la lengua.
—Es que… aún lo siento. —murmuró.
—¿Qué cosa?
—El calor de tus labios… —Subió los ojos con timidez—. Me cuesta hablar así. Todo me recuerda al beso.
Mary se sonrojó del cuello para arriba como un termómetro. Levantó una mano.
—E-Entiendo, no tienes que forzarte. Lo siento.
«¿Qué mierda estoy diciendo? ¡Ni siquiera tiene sentido!»
Como si el acto ajeno fuera contagioso, también se llevó una mano a la boca. ¿Por qué demonios le hizo recordarlo? Ahora no podía dejar de sentir el calor de Ririka, de recordar aquella sensación opresora que le dejaron sus labios, los cuales, sorprendiéndola, resultaron ser mucho más osados que la dueña de estos. Ella los arrastraba por los suyos sin reparo, acelerándole el corazón en consecuencia. Y su mano, esa mano que amagaba a subir y bajar por la cintura, le impregnaba una cosquillita traviesa al irse. Se le calentó la cara de nuevo. ¿Qué hacía interrogando a la pobre chica? Era ella misma quien merecía un interrogatorio, y de juzgado. Tenía que reflexionar para darle una correcta respuesta que las dejara a ambas mediadamente satisfechas, pues perder a su compañera de apuestas no era una opción.
¿Pero qué podía responder?
No entendía nada, todo pasó muy de súbito. Siempre vio a Ririka como una compañera más, recientemente se volvió una amiga, pero de pronto ella la besó y su corazón estalló en mil pedazos como una explosión estelar. Así, rapidísimo. ¿Era normal el haber estado a punto de sufrir un infarto por ella? Si Yumeko la hubiera besado, ¿también habría sentido lo mismo?
Levantó una ceja.
Hm… Nope, ni imaginándolo le hacía sentir algo. La hubiera golpeado, eso seguro. Entonces, con Ririka era diferente.
«Mierda»
De acuerdo, primer paso descubierto. Por algo se empieza, le dijo la Mary de sus adentros. Vamos al porqué es diferente. Ririka no es la única implicada, tú le correspondiste el beso. ¿Por qué lo hiciste?, ¿solo porque se sentía bien?
«N-No… Bueno, un poco»
Oh vamos, tú no eres una persona que se deja llevar por un simple placer. ¡Ni siquiera te interesa esa palabra! La única palabra que existe en tu diccionario es GLORIA. Entonces, sabiendo eso, podemos deducir que la besaste porque ¿te gusta? ¿Desde cuándo? Y si es así, ¿cómo no te diste cuenta antes?, ¿eres idiota o te haces?
«¡Agh! ¡Ya cállate!»
Mary se agarró la cabeza, sobresaltando a Ririka. Quería ahorcar a esa Mary que se reía desde su cerebro. O corazón. No entendía bien de dónde venía la voz, y odiaba el lugar en donde la dejó parada con sus sentimientos. Prefería estar en una apuesta, arriesgando la vida, que debatiéndose temitas del corazón.
—Ah…, qué problema. —Se tapó la frente—. Justo ahora… Esto está mal.
Ririka la miraba con vergüenza. Refregaba las manos entre sí preguntándose si debía seguir el tema o terminarlo. Mary no parecía querer corresponderle, pero sí que le correspondió el beso. La confundía, necesitaba respuestas. Ya había arruinado todo, arruinarlo un poco más no le haría más daño a la leche derramada.
—Mary…, esta vez es mi turno de preguntar.
La nombrada asomó los ojos entre los dedos.
—¿Por qué me besaste de vuelta?
Mary se destapó la frente, revelando un semblante inquieto. Decirle que le había seguido el ritmo porque "se sintió bien" tendría un solo resultado: lastimarla. Era una respuesta demasiado superficial para alguien tan sensible como ella.
—No sé… Ahora mismo no sé nada. Lo siento.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—¿Olvidar lo que pasó? —dijo, mirando para otro lado. Gracias a unos míseros segundos, a ese crítico momento, había adquirido la fácil costumbre de arrastrar las pupilas desde sus ojos marinos hasta los labios. De pronto se le hacían llamativos y suavemente rosados. Después de haberlos probado, imposible no mirarlos. ¿Era así de sencillo el ser humano? ¿Un encuentro íntimo implicaba, sin excepciones, un aumento de interés por el otro?, ¿o funcionaba al revés? ¿El interés nacía por el deseo de un encuentro íntimo? Pero ella nunca deseó ese encuentro, no que recordase.
«Ah… Soy malísima para estas cosas»
Mary no dejaba de romperse la cabeza mientras su respuesta, desinteresada y cortante, dolía en el cuerpo de Ririka. En especial en el pecho. Un sentimiento desesperanzador se alojó allí, cortándole el paso de aire. Sentía la garganta cerrada.
—Entiendo… Perdóname, cometí un error.
Mary la espió de reojo. Ririka tenía la nariz roja, lágrimas se asomaban de los ojos. Comenzaba a sollozar.
—¡No llores! —exclamó, tomando sus hombros.
—¿Y qué quieres que haga? —Ririka arrugó la frente— ¡Cómo quieres que esté!
—¡No sé! ¡Solo…! Solo no quiero que llores. —Mary arrastraba las manos por sus brazos. En su rostro, pena—. No te estoy rechazando, Ririka.
Los ojos de la implicada brillaron.
—Tampoco aceptando —agregó al quedar ciega con el brillo—. Necesito pensar un poco. Me tomaste por sorpresa, ¿sabes? Estábamos hablando de tu hermana y de pronto ¿me besas? Todavía lo estoy procesando, por eso no te puedo dar una respuesta ahora mismo.
Ririka evitaba sus ojos deseando desesperadamente ponerse la máscara. Mary la estaba colocando en un lugar muy incómodo, resaltándole lo impulsiva que fue, pero a la vez parecía estar teniéndola en cuenta. Temía que fuera por compasión, pues Mary, a pesar de su carácter explosivo, era una buena persona. Quizás una de las pocas en esa academia.
Bajó la cabeza.
«Yo soy quien la está incomodando»
No podía culparla por no saber cómo reaccionar. Ella tenía razón. Se apresuró.
Y todo por seguir el consejo de su hermana menor.
Sé más agresiva con ella…
Abrió los ojos de par en par ante el susurro de Kirari en su oreja. Estancada, se dejó rodear por unos brazos iguales a los suyos. Estos se cerraron en su vientre al canto de una risita.
—Te gusta, ¿no es así? Mary. —Kirari apoyó el mentón en su hombro—. Entonces, sé más agresiva con ella. No es un animal que se deje domar con facilidad, tienes que ponerla en su lugar.
—¡Mary no es un pez más de tu acuario! —contestaba Ririka, tratando de zafarse del abrazo.
Kirari lo reforzó, asomando los dientes.
—Oh, sí. Sí que lo es. De hecho, es una especie interesante, pero no por eso impredecible. Podríamos decir que tienes buen ojo, hermanita. Aunque, siendo sincera, tu especie no supera a mi pececito personal. —Dibujó una sonrisa risueña—. Ah…, ese sí que es impredecible.
Ririka frunció el ceño. Los peces del acuario nadaban tranquilos a sus espaldas mientras el arrepentimiento se presentaba. ¿Por qué tuvo que incluir a Mary en la apuesta? Si no se lo hubiera propuesto a su hermana menor, ésta no tendría ese nuevo poder sobre ella.
Se escapó de sus brazos para verla de frente.
—¿Eso hiciste tú con Sayaka?, ¿fuiste agresiva?
Kirari se cruzó de brazos.
—Si obligarla a saltar de un quinto piso para despertarla es ser agresiva, sí, lo fui. Sin embargo, desde mi perspectiva, eso no fue más que un sacrificio romántico. Si Sayaka hubiera muerto, el acto hubiera resultado aún más significativo. —Levantó las manos en un gesto resignado—. Lamentablemente no resultó de esa manera, aunque tampoco me quejo de los resultados.
Ririka la contemplaba con una ceja en alto.
—¿A quién tratas de engañar, Kirari? ¿Sabes a quién tienes enfrente? —La señaló—. Sé muy bien que tú saltaste con ella.
—Porque eligió la puerta correcta.
—Hubieras saltado con cualquier otra puerta, incluso aunque te llevara a tu muerte. Ni siquiera pensaste cuando lo hiciste. —Ririka sonrió con un dejo de arrogancia—. Lo sentí. Sentí tu miedo de perderla incluso a la distancia. Podrás ser una increíble actriz para los demás, pero para mí solo eres una suplente.
El ego de Kirari se retorció dolorosamente ante los disparos. Se encontró inclinando el rostro con cierta irritación. Su sonrisa seguía allí, perfecta, pero a Ririka le llegaban escalofríos.
—Bueno…, la gracia es que ella nunca sepa de ese pequeño detalle.
—¿Por qué? ¿No quieres admitir que eres capaz de sacrificarte por alguien más? ¿Te pesa el orgullo?
—Sí, exactamente. No estoy preparada para esta conversación, sabrás disculparme —respondió con tranquilidad, apoyando una mano en el respaldo del sillón—. Por cierto, comprendo que desviar el tema te reconforta, pero a mí no. Estábamos hablando de ti y tu mascota. Me intriga la relación que tienen. —La sonrisa de Kirari le daba mala espina. Más filosa no podría encontrarse—. Me gustaría saber más de ella. Aunque no lo parezca, me preocupo por ti, hermanita.
—No es mi mascota, Kirari.
—Cierto. Tú eres la de ella, ¿no es así?
Ririka corrió el rostro con la furia tomando fuerza. Nunca podía ganarle una batalla de letras. Para cuando se le ocurría qué contestarle, Kirari se le adelantaba, cerrándole la boca con otra contestación.
—¿Vas a apostar conmigo con tus sentimientos en tan caótico estado? No te recomiendo hacerlo, hermanita. Te traicionarán —proseguía ella, caminando hacia Ririka con una mano cerrada en el mentón—. Como sabes bien, no me conviene que estés distraída. Eso no será divertido. Así que…, antes de enfrentarte a mí, tendrás que enfrentar a Mary para aclarar la cabeza. —Se detuvo frente a ella. Ririka dio un paso atrás.
—¿A qué te refieres…? ¿Quieres que apueste contra Mary?
—Hm… Podría decirse que confesarte es un tipo de apuesta. Apostarás tu corazón. —Kirari le pinchó el pecho con un dedo—. Tienes dos opciones: ganar o perder. Bueno, sin contar la opción cobarde: no hacer nada. Sin embargo, si me permites opinar, si decides no arriesgarte quedarás sumida en el limbo de la incertidumbre, y quién sabe por cuánto tiempo. No es un lugar agradable para vacacionar.
—¿Pero por qué me arriesgaría? Estás llevando esto muy lejos. Nunca dije que ella me gustara. —Ririka pronunció aquello con una expresión incómoda, como quien es agarrada in fraganti. Algo le hizo ruido en la cabeza al decir esas palabras; una voz no complaciente que se mostraba en contra de ellas—. Yo… no sé bien lo que siento por ella.
—Oh vamos. Lo tienes escrito en toda la cara. —Kirari le redondeaba la cara con un dedo— ¿Necesitas escucharlo? Bien, yo te lo diré. Te gusta.
Ririka se sonrojó.
—Te gusta mucho, y por eso mismo tienes que arreglar este asuntito. ¿Comprendes, hermana?
Sin querer, por costumbre, Ririka meditaba sus palabras. Tal vez tenía razón. Si su mente continuaba girando en Mary, no podría vencer a Kirari. Necesitaba enfriar la cabeza, pensar como su gemela para adelantarse. ¿Pero cómo hacer eso con Mary en la mente? Y en el corazón. Últimamente no podía pensar bien cuando la tenía cerca, hasta tartamudeaba, ¿y ahora sería su compañera en la apuesta más importante de su vida…? Perdería. Estaba segura de que perdería. ¡Cómo no distraerse con ese rostro tan terco y bello! Mary le haría perder. Su maldita belleza la condenaría, pensaba con vergüenza.
—Según mi visión como espectadora, creo que los resultados serán positivos para ti, más no inmediatos —continuaba Kirari, pasando una pierna por delante de la otra. Su sonrisa se había ablandado—. Después de todo, estás tratando con alguien sumamente orgullosa.
De a poco esa conversación, que arrancó medio en una burla, comenzaba a transformarse en una radio de consejos. Primera vez que la menor actuaba de esa forma con ella. Ririka no diría que esa charla era la soñada, pues estaba llena de manipulaciones y sonrisas maquiavélicas, pero, para tratarse de ellas, estaba resultando bastante normal. Debatiendo sobre la chica que le gustaba, charlaban como unas hermanas comunes y corrientes…
Sospechoso.
Kirari no era así, nunca le daba una respuesta clara, sino más bien solía tirarle puntas para que ella averiguara el resto. Algo así como un psicólogo. ¿La estaba ayudando por beneficio propio o de corazón? O tal vez quería que pensara eso, que la ayudaba para conseguir algo a cambio. ¿Erauna trampa?, ¿quería debilitarla? Esperaba que no, porque no estaban hablando de cualquier tema sino de uno del corazón.
Un corazón tan frágil como el suyo.
El pensar en la pérdida absoluta de su amistad con Mary provocó que se le quebrantara antes de tiempo. Se llevó una mano al pecho, cabizbaja.
—No quiero perderla…
Kirari, sonriendo suave, deslizó los dedos por el aire hasta bordearle la oreja. Le acomodó un mechón detrás.
—Los riesgos son parte de la vida. Vivir enfrascada en el miedo... Eso es una verdadera derrota, por no decir desgracia. Mientras más grande sea tu anhelo, más tendrás que arriesgar. Así es la vida. —Kirari dejó caer los hombros con soltura. Ririka recién descubría que era capaz de hacer aquellas expresiones—. Además, la perderás de todos modos si no le comunicas tus sentimientos. ¿Cuánto tiempo más crees que podrás callar lo que sientes? Hay solo un camino que tomar, Riri.
La nombrada abrió la boca para contestar, pero terminó cerrándola aún inmersa de miedos.
Kirari veía cómo apretaba el puño con fuerza en el pecho. Levantó los brazos hacia ella.
—¿Quieres un abrazo? Para consolarte.
La pregunta provocó que su hermana arrugara la frente de forma instintiva. Parecía un animalito que, por mucho tiempo, había sido lastimado. Aún no confiaba en los humanos.
—Vamos, déjame abrazarte. —Kirari iba acercándose de a poco, estirando las manos. Las apoyó con cuidado en los hombros de Ririka, que la miraba inquieta. Lentamente cruzó los brazos en la espalda y la arrimó hacia su cuerpo— ¿Ves? ¿No se siente bien?
Ririka inclinó el rostro sobre su hombro, pensativa. Kirari puso una mano en su cabeza, suspirando con una sonrisa
—Hueles bien… Me sorprende que huelas tan diferente a mí.
Allí, con la mano de su hermana menor pasando por la cabeza, Ririka por fin sonrió. Lo único que Kirari quería era fraternizarse con ella, entendió. A su forma, la buscaba. Había estado ciega a un hecho que hasta la mismísima Sayaka pudo notar. Era extraño tener que ordenarle a su cuerpo que se moviera para corresponderle. No le nacía naturalmente a pesar de la conexión tan profunda que tenían. Odió que el Clan Momobami las hubiera condicionado, que destruyeran en su inconsciente un acto tan natural como el abrazar, y que sembraran, a la vez, el desapego al prójimo. Pero hoy Kirari quería destruir los mandatos inculcados. Casi que rogaba, en ese abrazo silencioso, que se comportara como una hermana.
—Kirari… —Haciendo un esfuerzo, se animó a subir una mano por su espalda— ¿A qué huelo?
—Hm… —Kirari hundió la nariz en su cuero cabelludo—. A jazmines, parece ser.
—No me puse perfume, ¿cómo voy a oler a una flor? —decía Ririka entre risitas.
—Porque eres tan bella como una —contestó su hermana, haciéndole sonreír de lado—. Pero ahora alguien más que yo tendrá el honor de olerte. —Kirari entornó los párpados, reforzando el abrazo—. Debo admitir que estoy un poco celosa. Es la primera vez que tienes sentimientos por alguien. No me olvidarás, ¿no es así? —pidió en su oído.
Ririka negó, subiendo las dos manos por su espalda. Cerró los ojos. Era imposible resistirse a esa unión. Cuando eran niñas y se abrazaban, se sentían una. Todo se calmaba, incluso los turbulentos sentimientos. Era como si sus energías se fusionaran. La sensación era tan majestuosa que se sentía desaparecer. Al crecer, también creció su desconsuelo. Y entonces comenzó a evitar los abrazos. Le hacían sentir extraña, no merecedora de ellos. Los mayores, siempre que las veían abrazadas, las separaban.
No necesitan abrazos, necesitan poder. Los sentimientos debilitan.
Escuchaban todos los días. Por largos años no se abrazaron. Hasta que un día Kirari se cansó y estiró las manos hacia ella. La abrazó con todo lo que tenía. Tanto, que dolió cuando cayeron de rodillas al suelo. Allá, en esa casa tradicional donde vivían, ella decía algo en voz baja mientras reforzaba el abrazo, pero Ririka no entendía qué. Quizás mis oídos se cerraron apropósito, pensó en ese tiempo. Porque sabía que esas palabras vendrían envueltas de amargura.
—Eres mi otro yo, ¿cómo podría olvidarte?
Kirari reía bajito contra su oreja. Le besó la mejilla. Ririka abrió un ojo, sonriente. En ese simple roce, Kirari le demostraba todo el cariño que le tenía. No era de palabras amables, sus acciones tendían a ser confusas también, pero al menos le quedaba ese beso. Desde pequeñas, a escondidas, siempre estuvo presente aquel consuelo. Aunque Ririka no mostrara expresión alguna detrás de la máscara, Kirari igual la besaba, presionando los labios contra ese material frío y seco. Haciendo, sin darse cuenta, poco a poco una grieta en ella.
En su máscara de piel.
—Sí…, tú eres mi amada hermana mayor. Nunca podrás olvidarme —murmuraba Kirari, refregando la mejilla contra la suya—. Hagas lo que hagas, seguirás formando parte de mí…
Para siempre.
Un escalofrío subió por la columna de Ririka, erizándole los cabellos. Mary veía a su rostro palidecer a una velocidad preocupante. Tenía los ojos bien abiertos como si hubiera visto a un fantasma. O, a su hermana.
—¿Estás bien? Por un momento te fuiste.
Ririka giró el cuello hacia ella automáticamente, asustándola. Sus ojos seguían detenidos en el recuerdo. No, no estaba bien. La teoría de Mary empezaba a cobrar sentido.
«Para siempre…»
¿Podría ser?, ¿Kirari se negaba a soltarla? ¿Pero entonces qué pasaba con toda esa supuesta movida para liberarla? Se tapó la boca. De repente se sentía mal. No comprendía, ¡no sabía en qué estaba pensando su gemela! Solo podía sospecharlo. Si su teoría era correcta, ella no la estaba alentando a estar con Mary solo por un capricho personal —y para demostrarle que tenía la razón—, sino que tenía algo entre manos. ¿Pero qué podía conseguir acercándolas más?, ¿hacerle perder la apuesta? ¿Y por qué perdería? No, la pregunta era: qué perdería realmente si fracasaba. Si tan celosa estaba de su vínculo con Mary, ¿por qué apoyarla? Porque algún beneficio sacaría, eso seguro. Sin embargo, sus ojos al hablarle…, al abrazarla, solo emanaban sinceridad.
«Esto es tan típico de ella, enredarme la mente para volverme loca»
Apretó las mandíbulas. Le enfurecía. Estaba harta de que su hermana jugara con sus emociones, harta de sí misma por seguirle la corriente. Si se dejaba influenciar por ella, podía darse ya por derrotada. Seguir siendo su sombra era igual a ser reacia al cambio. Y aún sabiéndolo, ¿qué había hecho un rato atrás? Lo mismo. Le hizo caso y se confesó. Si aquello fue una trampa, ya estaba atrapada en ella.
—Hey, ¿estás aquí?
Pasó la vista a Mary al sentir una caricia en la espalda. Se hundió en esos ojos que la miraban con preocupación. Tragó saliva, sintiendo al corazón acelerarse.
«No…, no hice esto por Kirari. Tarde o temprano yo le hubiera dicho mis sentimientos»
Simplemente se adelantó un poco. Sincerándose, agradecía el empujón más allá de las intenciones de éste. Ya estaba hecho, no podía volver atrás sus acciones. Era momento de seguir al corazón, no a las órdenes de su hermana. Si quería estar con Mary, lo haría a su forma. Al menos en eso no le daría el gusto.
—¡Mary!
La nombrada se fue hacia atrás cuando Ririka agarró sus manos de pronto. La miraba con el ceño fruncido, como si estuviera haciendo un esfuerzo por ser tomada en serio.
—¿Q-Qué pasa?
Ririka cerró los ojos y exclamó su condena.
—¡Sé mi novia, por favor!
La mandíbula de Mary se fue a dar un lindo paseo por el campus.
—¡¿Huh?! ¡¿Acaso escuchaste algo de lo que dije antes?!
—¡Por favor! —insistía Ririka, bajando la cabeza en una reverencia—. Me devolviste el beso, ¡y sé que lo disfrutaste! ¡Entonces, sé mi novia!
De verdad se preguntaba en qué dimensión estaba navegando esa chica. Mary no podía creer lo que escuchaba.
«Bueno, un poco sí»
Esa era la forma de ser de Ririka cuando no sabía cómo expresar lo que quería: se iba de tema. Un beso no significa necesariamente terminar en un noviazgo. Solo fue un insignificante beso, podría habérselo dado a cualquiera. Pero ahí estaba esa chica, obligándola a ser su novia igual. La sacaba de quicio. Si había algo que odiaba era que le dijeran qué hacer con su vida.
—¡Cuántas veces tengo que decirte que no tienes que imponer tus sentimientos a los demás! —exclamaba, refregándole la cabeza. Ririka se movía de un lado a otro con los labios arrugados— ¡Siempre haces lo mismo! Cuando me conociste me obligaste a apostar poniendo en riesgo la vida de Yumeko, luego me seguiste por toda la puta academia para que cumpliera una promesa que NUNCA quise hacer y después, como si nada, me ordenaste que te golpee para satisfacer la culpa que TÚ sentías. ¿Cómo se te ocurre que alguien pueda aceptar tus sentimientos si los impones? ¡Así no funciona, Ririka!
—¡¿Y cómo funciona?! —explotó con los ojos cerrados— ¡No entiendo cómo lo hace! ¡No sé hacer nada de esto!
Mary frenó la mano en su cabeza. Cierto, ¿qué podía esperar de ella? Nada, absolutamente nada. Estaba tratando con una niña que recién estaba aprendiendo a caminar, y no es poco decir que esa niña tuvo de ejemplo a Kirari y la entera familia Momobami. Para haber crecido en esa oscura familia, bastante normalita salió. Y bastante valiente fue como para besarla y confesarse. Poco a poco iba quitando la mano de su cabeza, sintiéndose mal. Si se ponía en su lugar, daban ganas de aplaudirla en vez de retarla. Confesarse no es una tarea más, es exponer al corazón. Ella misma, posiblemente, nunca hubiera tenido los ovarios para hacer eso. Y Ririka, con sus escasas herramientas, lo hizo. Desnudó su alma ante ella.
«Me cago en todo…»
Se llevó la mano al flequillo. Estaba toda despeinada de tanto que se lo había refregado. Subió los ojos a los llorosos de Ririka y entonces se le hundió el pecho. De verdad…, se preguntaba cuándo esas lágrimas se volvieron su debilidad.
—Bien, esto es lo que vamos a hacer.
Ririka se secó las lágrimas y la miró con pena. Mary le sostenía la mirada con seriedad.
—Un acuerdo —dijo—. Vamos a centrarnos primero en la apuesta con tu hermana. Luego, te lo prometo, te daré una respuesta.
¿Luego? ¿Por qué cambiaría algo "luego"? Se preguntaba Ririka con amargura. Esos términos y condiciones no le convencían. Pero, al menos, era mejor que un "no" rotundo. Se halló un poco más aliviada, aunque también temiendo que la incertidumbre la distrajera en aquella fulminante apuesta. Tenía miedo de que Kirari, de alguna forma —porque siempre tenía una—, interviniera entre ellas antes de que se llevara a cabo la apuesta. Podía hacer muchas cosas para separarlas, así como también para unirlas. No confiaba en ninguna de sus intenciones, por eso mismo estaba desesperada por obtener una respuesta lo antes posible. Sin embargo, Mary quería esperar. ¿Pero y si en esa espera se la arrebataban? Otro problema. Debía haber más gente que gustara de Mary. Le vino una puntualmente a la cabeza.
«Jabami Yumeko…»
Esa chica siempre estaba pegada a ella, y parecía no agradarle su presencia cuando las interrumpía, de forma silenciosa, con la máscara puesta. ¿Eso era una evidencia de que estaba enamorada de Mary? Sacudió la cabeza. ¿Por qué de pronto se sentía tan insegura? El miedo de perderla era tan grande que le generaba pánico. Tenía que mantenerla atada a ella de algún modo. Marcar territorio.
—Entonces..., yo también pondré una condición.
Mary subió una comisura.
—¿Ja? No estás en posición de poner ninguna. Primero que todo, fuiste tú la que me arrastró a esta apuesta con tu hermana.
—¿Estás criticándome el haberte conseguido la oportunidad de tu vida? —Disparó Ririka, atravesándole el pecho. Justo ahí donde vivía el orgullo—. Si no fuera por mi propuesta, Kirari nunca hubiera aceptado apostar contra ti. Sola no eres rival para ella, y Kirari lo sabe. No le interesas como individuo sino como una trampa para atraparme. Eso es todo lo que eres para ella.
Mary refregaba las muelas como un animal. Ririka le sonreía, arrogante.
—Gracias a mí tendrás la oportunidad de apostar contra Kirari. Podrás vengarte, quizás hasta te conviertas en presidenta del Consejo estudiantil. Por eso y más, ¡exijo mi parte del trato! —exclamó, tomando sus brazos.
Mary alejó la cara, tragando saliva. Los ojos de Ririka brillaban peligrosos. Un fuerte instinto le decía que no hiciera enojar a esa chica.
«La última vez casi mató a Yumeko por sus caprichos… ¡Diosss!»
—¡De acuerdo, de acuerdo! Maldición…, siempre terminas extorsionándome. —Suspiró, llevándose el flequillo hacia atrás—. Al final eres igual a tu hermana.
Ririka hacía todo lo posible para dejar pasar el comentario de mal gusto. Costaba. En especial porque una parte de sí le daba la razón. Lamentablemente solo sabía conseguir sus metas a través de la manipulación. Si conociera otro método, claro que lo aplicaría.
—¿Y bien?, ¿qué es lo que quieres? —le preguntó Mary, apoyando resignadamente la mejilla en el respaldo del banco.
Ririka vio el acto sintiéndolo el más tierno del mundo. El cachetito de Mary se amoldaba con la madera, dándole un aspecto infantil. Se aclaró la garganta, cerrando las manos en las rodillas.
—U... Un beso por día.
—¿Huh? —Mary despegó la mejilla del banco— ¿Por qué? No somos nada como para andar besuqueándonos por ahí.
—Es una garantía.
—¿Garantía de qué?
Ririka se pasaba la mano por el cabello acostado en un hombro. Tenía una sonrisa tímida en los labios.
—De que algún día seremos algo.
Mary se le quedó viendo con cara de pocos amigos.
«De verdad, esta chica…»
—Ririka, nada es seguro. Un beso no va a cambiar eso.
—Solo estoy solicitando mi pago por este favor que te estoy haciendo.
—Favor, dices... —Chasqueó la lengua. Antes de revolverse el pelo otra vez, se puso de pie, dándole la espalda—. Bien, un beso por día será.
—En la boca.
—¡Ya lo sé! —exclamó, volteándose hacia ella. Ririka mantenía una carita inocente, pero ya dudaba de que fuera tan inocente como aparentaba—. Ah..., ¿cuándo te volviste tan demandante?
—Es tu culpa. Tú me haces sentir así. —contestó, levantándose. Se alisó la falda y apresuró los pasos a Mary, quien parecía muy interesada en dejarla atrás para volver a la Academia. Para que no consiguiera su cometido, se colgó de su brazo. Mary la miró de soslayo.
—Oye…
—No importa dónde estemos o en qué situación, si quiero el pago, lo pediré y tendrás que dármelo.
Mary rodó los ojos. Por primera vez en su vida quería que sonara la campana para que el descanso terminara. Fue al campus de la academia llena de culpa por cómo le había hablado y ahora volvía por el mismo camino llena de cuestiones e inquietudes. Le estallaba la cabeza.
—¿Hasta cuándo estaremos así? —le preguntó.
—Hasta que apostemos con Kirari. Luego, me darás tu respuesta. Si es negativa, te prometo dejar de molestarte. Desapareceré de tu vida si así lo deseas.
Los pasos de Mary se detuvieron. La miró con un tenue sonrojo en las mejillas.
—Nunca dije… que me molestaras.
Ririka sufrió una sorpresa antes de sonreírle suave.
—Solo me parece un poco fuerte lo de los besos. —agregó, retomando el andar.
Ririka caminaba a su lado en silencio. Mary lucía incómoda. Las risas que antes las acompañaban, o las charlas cotidianas, parecían haberse terminado. ¿La había cagado? Posiblemente sí. Las consecuencias de sus actos comenzaban a emerger, llenándola de tristeza.
—¿Es tan desagradable pensar en besarme? —le preguntó, soltándole de a poco el brazo.
Mary observó el acto de reojo.
—No se trata de eso, solo no me gusta ser manipulada.
—… Lo siento.
Lo sentía, pero no deshacía el acuerdo. No con tales beneficios tocándole la puerta. Ririka estaba siendo presa de la tentación, del peligro de apostar lo más preciado: su amistad con Mary. Sin embargo, a diferencia de su hermana menor, no disfrutaba de la apuesta. No hasta que Mary disfrutara de ella también.
Pero la rubia lejos estaba de disfrutarla.
«Mismo método, diferente modo... Es tan Momobami que duele. Supongo que no puede evitarlo, lleva en la sangre el extorsionar»
La espió de soslayo y entonces tuvo una pequeña esperanza. Los ojos de Ririka no se mostraban manchados por el placer de extorsionar sino que brillaban con culpa. Al menos era consciente de sus actos. En su cabeza gacha podía ver el malestar de no haberse visto con otra opción más que la de atraparla en su telaraña. ¿Eran así de fuertes sus sentimientos por ella?
«Te odio… A pesar de que me tienes entre la espada y la pared, no soporto que pongas esa cara»
Ririka parpadeó cuando un tacto amable le quitó un mechón revoltoso del rostro. Se giró hacia Mary, encontrándola, para su extrañeza, sonriente.
—No pongas esa cara. Si te deja más tranquila, yo también soy nueva en esto. Suelo huirles a estos temas, por eso no sé bien cómo reaccionar. —Comenzó a decir, frenando los pies.
Estacionaron en un árbol de cerezos. Tenía las ramas peladas, no era su época. El viento meneaba el cabello suelto de Ririka, también las coletas desarmadas de la rubia. Y Ririka no podía dejar de pensar en que se veía hermosa. Costaba sostenerle la mirada a esos ojos castaños tan profundos que, hoy podía confirmarlo, eran su perdición.
—¿Por qué huyes? —preguntó en un murmullo, animándose a tomarle la mano.
Mary veía el agarre con aquella sonrisa tenue.
—Todo lo relacionado a sentimientos siempre me ha jugado en contra. No pienso bien con la cabeza así de mareada. Y en este lugar… —Arqueó las cejas, hundiéndose en tristes recuerdos—… no conviene tener ese tipo de sentimientos.
—¿Por qué?
—¿En serio lo preguntas? Este lugar es el infierno, Ririka. Mira a tu alrededor. —Mary extendió los brazos. Mascotas sufriendo en una esquina, sus dueños burlándose de ellos. Ojos pavorosos por todos lados—. Este lugar saca lo peor de la humanidad. Supongo que tu hermana quería comprobar eso al instalar el sistema de mascotas, qué tan malos podríamos ser al probar el poder.
«No… No es solo eso»
Ririka sabía la verdad, pero no podía gritarla. Ésta indignaría aún más a su compañera. Alguien como Mary jamás podría entender la filosofía de vida de Kirari. Quizás, unos pocos en el mundo —pero muy poderosos—, eran los únicos capaces de entenderlo. Ella lo entendía, pero no compartía su filosofía.
El más fuerte vive… El más débil muere. La ley de la vida, de la naturaleza misma; eso predicaba Kirari. Más no le interesaba ver a los fuertes, sino que se regocijaba con los débiles tratando de sobrevivir. Era un espectáculo para ella. Y cuando lo hacían, cuando sobrevivían a los obstáculos más difíciles, los aplaudía de pie. Porque vivir requiere coraje, y ella siempre apoyaría a quien tuviera coraje. Pero a quién no…
Simplemente lo desecharía.
—Nunca deseé ser de otra manera, tampoco considero que mis actos sean malignos.
Le dijo una vez su hermana menor cuando ambas se encaminaban a la Academia. Era su primer día en ese prestigioso lugar. Kirari estaba entusiasmada, haciendo un monólogo sobre los "ajustes" que tenía planeado para aquella Academia. Ririka, caminando detrás de ella con la máscara puesta, no contaba con el mismo entusiasmo.
—Este es el mundo que me tocó, por ende, debo moldearme a él. Eso es todo.
—¿No será la vida que te tocó? —refutó Ririka.
Kirari sacudió el dedo índice con una sonrisita.
—No, el mundo, Ririka. El mundo. —Alzó la vista al cielo. Su sonrisa se iba deshaciendo—. El mundo quiere que seamos así, que luchemos los unos contra los otros por la supervivencia. Y este lugar es el entrenamiento perfecto para poder enfrentar a ese mundo... De cualquier modo, no hay mucha diferencia con la realidad. Tanto aquí como afuera la gente te traicionará a cambio de poder o conveniencia.
—… Aún así, creo que todos podemos crear nuestras propias reglas si así lo deseamos.
Dijo y entonces Kirari detuvo el andar. Volteó el rostro hacia ella con unos ojos enormes que le asustaron. Destellaban.
—¿Un pensamiento propio?, ¿eso es lo que acabo de escuchar?
Ririka se tensó como un gato. ¿Había pensado por sí misma? ¿Acaso el solo pisar la tierra libre por primera vez generaba aquel efecto? ¿Estaba bien pensar por sí misma?
Kirari le sonreía de un modo sombrío.
—Reglas… Sí, eso suena muy acertado, Ririka. ¿Por qué amoldarte al mundo cuando puedes crear uno propio? —Pasó la vista a la entrada principal de la Academia, afilando la sonrisa—. Crearé mis propias reglas aquí.
Y te demostraré de lo qué es capaz el ser humano.
Y lo demostró. Con el poder bañándole las manos, el ser humano resultó ser una criatura horripilante. Agrediendo a sus mascotas, en ocasiones violándolas, abusando en todo sentido de ellas. No había una pizca de compasión en esa Academia. Y si la tenías, serías eliminado. El ser humano, sí, era la reproducción —y mucho más— de las palabras de Kirari: un ser egoísta y despreciable.
Pero un día la filosofía de vida de su hermana menor sufrió una descompensación. Un día, fatídico dijo en aquellos tiempos, que conoció a su secretaria.
—Ririka…, ¿crees en el amor?
Ririka se vio sorprendida por la pregunta. Sentada en el sillón, agradeció tener la máscara puesta mientras Kirari revolvía el té desde su escritorio. Tenía un semblante pensativo.
—No lo sé.
—Creo que he juzgado un poco mal a la humanidad, por ende, también a mí misma. Jamás pensé que en esta vida pudiera existir la lealtad. Sin embargo, esa chica… es tan leal a mí que me parece una utopía. ¿Por qué lo es? No lo sé. —Kirari se llevó la taza a los labios. Sorbió en silencio. Cuando la bajó, sus ojos se entrecerraron—. Es un problema. Esa chica es un problema, ¿sabes por qué? Porque me genera lo mismo. Su lealtad genera que quiera serle igual de leal. ¿Por qué? No puedo entenderla… ésta simbiosis. —Estiró una sonrisa casi irritante—. Me siento un poco confundida.
La mayor la escuchaba sin saber qué opinar. Hacía unos meses que la causa de su confusión había empezado a trabajar para Kirari. Le parecía increíble lo rápido que su hermana estaba siendo absorbida por una niña que, quitando el hecho de que podía reconocerlas, no tenía ninguna otra magia.
Pero esa magia lo era todo para Kirari. Porque la reconocía como un individuo diferente a ella.
—Tal vez ella no es de los malos, por eso te genera inquietud. Nunca trataste con alguien así.
—Oh no, para nada. Ella es completamente de los malos. Tal vez por eso me guste. —Kirari subió una comisura, dejando la cuchara en el plato—. Pero también es tan dulce... No la comprendo en absoluto. —Apoyó un codo en la mesa, tapándose los ojos—. Me pregunto si debería eliminarla… Quizás de esa forma este nudo en la garganta desaparezca.
La conversación estaba tomando un rumbo que su hermana mayor no sabía cómo manejar. Se declaraba incompetente respecto a muchos temas. El amoroso era uno, porque eso es lo que parecía estar pasando.
—¿Y si sigues adelante…? Con ella. No hay porqué eliminarla si te hace feliz.
Kirari se descubrió los ojos.
—¿Cómo sabes que me hace feliz?
Ririka sonrió debajo de la máscara.
—Lo sé todo de ti.
La respuesta ocasionó una sonrisa inmediata en la menor. Volvió a recargar la frente en la mano, dejando solo a la luz aquella sonrisa indescifrable.
—¿Debería conquistarla, entonces?
—¿Ella no te ama ya?
—De una forma platónica, sí. Sin embargo, no creo que entienda lo que es el verdadero amor. Aún es muy pequeña, posiblemente no tenga los mismos deseos que yo. Lo suyo es por completo superficial. En cambio, lo mío, pareciera ser, va mucho más allá. Su cuerpo… —Kirari abrió una mano. Sus ojos quedaron fijos en ella, como si allí estuviera imaginando a Sayaka en todo su esplendor—. Deseo su cuerpo… Ja, es de no creer.
De acuerdo, Ririka ya estaba llegando a su límite de comodidad. ¿Deseos sexuales?, ¿se estaba refiriendo a eso? Carecía de lógica que alguien tan indiferente como Kirari tuviera tales anhelos.
—Entonces…, ¿deberías esperar? Hasta que madure un poco más.
—Sí…, no suena mal. Aunque sí suena muy mal para mi autocontrol. —Kirari reía. Una risa lamentable—. Haré mi mejor esfuerzo para no perderme en ella.
Aquella conversación le sonaba tan lejana…, pero aún vivía en su memoria, pues fue la primera vez que Kirari demostró un interés real por otro ser humano. Ririka no comprendió sus sentimientos en ese momento, solo pudo opinar desde afuera. Hoy era otra historia. Esa necesidad expresarse, de estar con la persona que te gusta, de tocarla, de compartir momentos…, ahora la comprendía a la perfección.
Sus ojos bajaron a los labios rosados de Mary. Ella seguía hablando con una sonrisa melancólica.
—Pero…, a pesar de estar viviendo en un infierno, agradezco haber venido aquí. Conocí personas muy hermosas. —Mary volvió la vista a ella, reforzando el agarre en su mano. La sentía un poco pegajosa. ¿Sudor por los nervios, quizás? Por lo que fuere, a Ririka le hizo sentir más tranquila—. Tú eres una de ellas.
«Deseo…»
Ririka se humedeció los labios, mirando los suyos, resistiéndose a ese manjar que no hace mucho pudo probar. No duró mucho así. Tuvo un impulso de acercamiento, pero Mary puso una mano entre ellas.
—Aunque seas una manipuladora —agregó con una ceja en alto—. Vamos, Ririka. Ya tuviste tu beso del día. No tientes a la suerte.
Ella le soltó la mano y comenzó a retirarse con esa aura de grandeza que la caracterizaba. Ririka se quedó un instante estancada en el lugar, observando la espalda de Mary alejarse. Frunció las manos contra la falda. ¿Su autocontrol sería tan fuerte como el de Kirari? Su hermana había aguantado tres largos años antes de dar rienda suelta sus deseos. En cambio, ella había perdido el control a solo pocos meses de conocer a Mary.
«Quizás… yo sea peor que mi hermana»
Apresuró los pasos para alcanzarla.
—Um… Kirari me dijo que nos llamaría en estos días. —Encontró a su voz baja, susurrante por el deseo que ocultaba con todas sus fuerzas.
—¿Huh? ¿Por qué nos hace esperar? —preguntó Mary, deteniéndose en la puerta de la Academia. El bullicio se escuchaba desde adentro—. Seguro está tramando algo.
—Sí, siempre está tramando algo.
—Ja, se cree muy superior… Ya verá. —Puso una mano en el hombro de Ririka, sonriendo traviesa—. A esa mujer que nos mira desde arriba, ¡la vamos a bajar!
Ririka asintió con la misma confianza.
Y Kirari, alargando la sonrisa, asintió también desde lo alto.
—¿Por qué retrasas la apuesta?
Sayaka caminaba despacio hacia la presidenta. Cruzada de brazos, ésta última espiaba por el gran ventanal del despacho a sus futuras oponentes.
—¿Oh? ¿No es obvio, Sayaka? Para que crezcan sus sentimientos.
Sayaka se detuvo a su lado con las manos delante del cuerpo. La observaba de reojo con sospecha.
—Cuando lo hagan, cuando crezcan…, yo usaré esos sentimientos en su contra. —Kirari se volteó para verla con una sonrisa lúgubre.
Sayaka se mantenía con un porte formal.
—¿Vas a jugar con los sentimientos de tu hermana…? Sabes que tu voluntad es mi voluntad, ¿pero no es eso ir demasiado lejos?
—¿Qué sucede? Fuiste tú la que me pidió que aplastara a mi hermanita. Si mal no recuerdo, dijiste que ella era una amenaza.
Sayaka pasó la atención a la ventana. Las vio allí, a Mary y Ririka sonriéndose entre sí, y entonces algo molestó en el pecho. Verlas era como verse a ella misma con la presidenta.
—Pero no de esta manera. Este método es… ¿Así quieres ganarle?
—¿Ganarle? —Kirari soltó una risita. Se dejó caer en la silla de su escritorio—. Yo no lo pondría de ese modo. Quiero una apuesta inolvidable, y para ello Ririka tendrá que despertar. Si lo hace, nos divertiremos a lo grande.
—¿Despertar…? —Su secretaria analizó un instante lo escuchado. Las fórmulas cerraban, los resultados aparecían. Y sus ojos se entristecían mientras los de la presidenta adquirían un brillo solitario—. Kirari, ¿con despertar te refieres a lo que creo? Si eso pasa, tú y ella serán-
Kirari levantó la mano.
—No lo digas, Sayaka. Aunque es lo que deseo, no estoy lista para escucharlo.
Sayaka cerró los ojos. Asintió con una sonrisa comprensiva.
—Mejor, ¿por qué no vienes aquí? —Kirari se dio unas palmaditas en las piernas.
Sayaka dudó un segundo antes de comenzar a acercarse. Kirari atajó su brazo cuando la tuvo cerca y de un tironcito la sentó en sus piernas. Se inclinó hacia ella, enredando los brazos en su cintura.
—¿Crees que estoy haciendo lo correcto? —preguntó contra sus labios.
Primera vez que Kirari dudaba de sus decisiones. Le enterneció. Solo ella tenía la suerte de verla desnuda en más de un sentido. Desde que su vínculo se afianzó, Kirari pasó de ser la presidenta misteriosa a una mujer que no se guardaba nada. Cuando estaban solas, ella le arrojaba preguntas indirectas para saber su opinión. Pero ésta era más que directa, lo cual le hacía preocupar.
—Aunque te dijera que te detuvieras, no lo harías. Por eso… mi segundo consejo es este: —Sayaka tomó aire—. Honestamente, y contrario a lo que antes solía creer, creo ahora que los sentimientos nunca se equivocan. Y tú, como siempre, estás haciendo lo que sientes. —contestó, llevando una mano a su mejilla.
Kirari suavizó la sonrisa, dejándose acariciar. Apoyó la frente en su pecho.
—Si me caigo, ¿me sostendrás?
Sayaka asintió, acariciándole la nuca.
—Siempre.
Kirari reforzó el agarre en su espalda. Soltó un largo suspiro en su pecho antes de subir para ver el rostro de su secretaria. Presionó sus labios en un dulce beso.
—He esperado esta apuesta por tanto tiempo… Desde que nos revelaron la verdad quise enfrentarme a ella aún sabiendo que la pérdida sería inmensa, pero la ganancia también.
—¿No es por eso que la quieres enfrentar? Por el miedo que estás sintiendo ahora.
Kirari alargó la sonrisa, complacida. No la entendía. Su secretaria no entendía porqué quería arriesgarse tanto, pero, en recompensa por la falta de entendimiento, la conocía más que nadie y la apoyaba. Estar feliz le quedaba corto.
—Sí. Tengo mucho miedo, Sayaka. Sin embargo, también tengo un as bajo la manga en caso de que la apuesta termine mal para mí: tú.
Sayaka parpadeó. Kirari le pinchaba el pecho con un dedo, allí donde se encontraba su corazón.
—Tú serás la única que podrá devolverme a la realidad si eso sucede. ¿Puedo confiarte esa tarea? Desde ya, te advierto que no será fácil. Estaré hundida, irreconocible, dado que yo…, si pierdo, me convertiré en la Kirari falsa. Ririka tomará mi lugar en todo sentido. No quedará nada de mí, seré un cascarón vacío. No obstante, si gano, por primera vez afrontaré el hecho de ser una y solo una. Y de quedarme sola. —Sus ojos bajaron con desconsuelo—. Desconozco cómo reaccionaré ante ello. Puede que la crisis sea aún más grande que el hecho de perder mi identidad.
Sayaka sufría por dentro cada futuro citado. Aunque manifestara su desacuerdo con esa apuesta, la presidenta no cambiaría de opinión. Incluso aunque ésta, en un acto que nunca esperó, le haya pedido permiso para poder apostar contra su gemela. No pudo hacer otra cosa más guardarse las negativas y aceptar. Como siempre, la presidenta iba a apostarlo todo. En este caso, su identidad; lo más cercano al alma. Si perdía, la presidenta que conocía y amaba desaparecería. La sola idea le hacía querer romper en llanto, era como si muriera frente a sus ojos. Pero, a comparación de antes, confiaba. Confiaba plenamente en ella y, más importante aún, en sí misma. Si Kirari se iba, ella la traería de vuelta a las arrastras.
—Aunque tenga que vender mi alma al diablo, te traeré de vuelta. No importa lo que pase, no te dejaré ir. —murmuró en su boca, cruzando los brazos detrás de su cuello.
Kirari relajó los párpados sobre los suyos. La observaba ensimismada, perdida en esos ojos oscuros que le devolvían la mirada con decisión. Los creía perfectos. Juntó sus frentes.
—Esa fue una hermosa confesión de amor, Sayaka. Gracias.
Sayaka jugaba con una de sus trenzas blancas. Sonreía de forma arrogante.
—¿Confesión? Nunca dije que haría el trabajo gratis. Tienes que asegurarme una cosa a cambio: no te dejes vencer —sentenció, tomando su rostro—. Sé que no es tu estilo, pero se trata de tu hermana y las cosas pueden confundirse en medio de la apuesta. Si pierdes, Ririka finalmente quedará en libertad, por eso…
—Oh no. Yo jamás haría eso, querida. —Kirari negaba, riendo en un murmullo—. Si quiere su libertad, deberá ganársela por sus propios méritos. El fin de la apuesta, después de todo…, es ese.
Sayaka asintió.
—Recuerda que me prometiste seguir siendo la presidenta. No puedes romper esa promesa. Aunque te caigas, te levantarás y serás de nuevo mi presidenta.
—Y tú dejarás de ser mi secretaria y serás mi par cuando yo gane. Sí, lo recuerdo muy bien. Esa promesa me dará fuerzas, y esto también… —Kirari la acercó hacia sí por la espalda, apretando sus cuerpos. Llevó los dedos a los botones de su saco rojo. Comenzó a desprenderlos con Sayaka mirándola desde arriba con tranquilidad—. No obstante, tú tampoco puedes caer. Creo estar en lo correcto al pensar que cierta persona estará en contra de mi apuesta ideal. Y esa persona, te lo aseguro, hará lo que sea con tal de cumplir sus metas. También… —Subió los ojos a ella, abriéndole el saco de golpe—… dañarte a ti. Debes tener cuidado con ella de ahora en más, Sayaka.
La nombrada levantó una ceja.
—No me dejaré vencer por ninguna serpiente, por más venenosa e idiota que sea.
Le hizo reír. Kirari no podía pedir más. Que Sayaka la hubiera elegido era un regalo de los dioses —o tal vez de los demonios—. Uno que, muy dentro de sí, no creía merecedor. ¿Por qué alguien tan caprichosa como ella fue premiada? Nunca lo comprendería. El destino es extraño, pensaba. Y le encantaba que así fuera. Las dos, cada una a su manera, eran igual de extrañas. Encajaban a la perfección en aquel hilo del destino que fue planeado para ellas. Cada quien, en una punta, con sus fuertes convicciones, uniendo aquel hilo de forma inevitable.
Kirari arrastró las pupilas desde sus labios hasta el torso. El deseo crecía al ver su pecho cubierto solo por la camisa blanca. Un pecho que comenzaba a agitarse.
—No sé si te has percatado, Sayaka, pero dada mi penosa situación necesito un consuelo ahora mismo… —murmuró en sus labios, quitándole el saco por los hombros. Bajó las manos por su espalda hasta ese redondito trasero que, en más de una reunión, cuando Sayaka se paraba detrás de su silla, tanteaba sigilosamente con la mano. Se había convertido en un hábito acariciarle los muslos debajo de la falda para ver de reojo cómo ella hacía todo lo posible para mantenerse entera. Hoy no tenía porqué fingir. Sayaka se estremeció cuando le apretó el trasero de forma juguetona— ¿Me lo darías? Un consuelo…
Sayaka se perdía en esos ojos brillantes con las mejillas entrando en calor. Cerró los suyos con una sonrisa que palpaba la resignación.
—¿Cerraste con llaves esta vez?
—En efecto.
El permiso fue dado, y entonces la presidenta la besó.
Todos necesitamos al menos a una persona de confianza, una por la que estemos dispuestos a darlo todo, pensaba Kirari mientras se sumía en su cuello y lo devoraba con fervor. Arrastró las manos hacia abajo por su camisa, arrugándola, sintiendo una pasión desmedida que le hacía arquear las cejas por el placer mismo de sentirla.
«Yo ya encontré a mi persona especial. Y tú también a la tuya, Ririka»
Continuará…
