Más allá de la razón

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 5


Nunca pensó que volvería a verlo, ni siquiera parecía real el hecho de que estuviera ante sus ojos después de ocho años. Solo la había tocado ligeramente,

sintió la misma descarga eléctrica de antaño. No importa cuántos años pasaran, cuántas vidas, cuántos amores y desengaños, la huella de Terry no se la

borraba nada.

-Vine a mostrar mis respetos, lamento mucho tu pérdida, Candy- le dijo con una voz mucho más profunda de lo que ella recordaba, su mirada era tan penetrante y arrolladora como antes, unos ojos que doblegaban a su voluntad, sin nisiquiera proponérselo. Le extendió un pañuelo de papel y entonces ella volvió a ser consciente de que estaba hecha un desastre, con el rostro enrojecido, ojerosa y la nariz dilatada. Al secarse el llanto con el pañuelo notó que su rimel se había corrido. En buenas fachas y circunstancias vino a encontrarla.

-Gracias. No tenías que hacerlo- respondió con falso desdén, aunque le sorprendía que Terry hubiese viajado desde Texas para darle el pésame luego de haberla echado de su habitación y de su vida aquella madrugada tras haberle roto el himen y el corazón.

Sabía que algún día la volvería a ver, aunque jamás pensó que fuera en esas circunstancias. Tampoco estaba listo para el impacto que ella provocaba en él.

Los remordimientos nunca lo habían abandonado ni un solo momento, pero nunca tuvo el valor de buscarla y enfrentarla. Pensaba que le había hecho un daño irreparable, nunca se había perdonado a sí mismo por haberle arrebatado la inocencia, esa noche no se le había olvidado jamás.

No entendía por qué no pudo detenerse, por qué no se contuvo y por qué de pronto lo dominaron aquellas ganas de poseerla que le nublaron toda la cordura.

Se quedaron mirándose un rato en silencio. El semblante de Candy ya no le parecía inmaduro y despreocupado. Estaba mucho mas hermosa de lo que recordaba, pero sí había una inmensa tristeza que vaciaba la vida chispeante que solían tener esos ojos enormes y verdes que él jamás había olvidado. Seguía siendo delgada, pero con curvas mucho más definidas y su cara seguía siendo de niña traviesa, con aquellas adorables pecas de las que tanto se había burlado cuando ella era una niña persiguiéndolo por todas partes y él un adolescente desdeñoso y arrogante.

-Nuestras familias están unidas, y no solo por negocios, lo sabes. Tu padre era como un hijo más para mi padre y mi hermano es esposo de tu tía. Nos guste o no, nuestras vidas siempre estarán cruzadas, supongo... - Ella asintió y le dedicó una mirada llena de reproche que no pasó desapercibida para él.

Minutos después, una gran pantalla mostraba imágenes de cómo había sido Albert en vida. Había fotos de cuando era niño, junto a sus otros hermanos. Entonces aparecieron imágenes de él con Candy en brazos, un video de él riendo mientras Candy montaba su Pony por los terrenos de la casa, con la ayuda de Terry, en ese momento unos sollozos desgarradores se apoderaron de ella. Una mezcla de nostalgia, de remordimientos y de realización de que no volvería a tener a su padre, de que ya no habría tiempo para reparar nada, para perdonar, ni pedir perdón. Nada de eso formaba ya parte de su vida, así como ese joven Terry eternamente malhumorado que la guiaba en el lomo de ese caballo.

En medio de ese dolor que la despedazaba, sintió de pronto un cobijo que le trajo un sentimiento de protección que conocía muy bien. Terry la estaba abrazando. Era algo tan extraño y familiar a la vez.

-Todo estará bien- le dijo, aunque sabía lo carente de sentido que eran esas palabras en ese momento. Le resultó extraño y familiar también el tenerla en sus brazos, aspirar su olor dulce, el olor de su pelo. Lo recordaba bien. Cuando era pequeña y se había dormido en su hombro mientras la cargaba de vuelta a casa tantas veces. La sensación contradictoria de repelerla y alejarla y la necesidad involuntaria de cuidarla siempre.

Nunca había sido afectuoso con ella en el pasado, excepto en aquella noche cuando le hizo el amor en contra de toda sensatez. Pero Terry conocía bien el vacío y el gran dolor de perder a su padre porque lo había vivido en su propia carne. Richard adoraba a Terry, fue el hijo que tanto deseó, un amante nato de la tierra y los caballos, había sido la luz de su vida hasta que esta se apagó.

-Nada está bien conmigo, no hay nada que haya podido hacer bien... ni siquiera pude ser una buena hija. Lo abandoné, lo dejé solo cuando más...

-No digas eso. Hiciste lo mejor que pudiste- le dijo, liberándola de su abrazo y enjugándole las lágrimas

-¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes si hice lo mejor que pude si tú jamás quisiste saber nada de mí?- le espetó de pronto con una rabia que llevaba ocho años dormida

-Candy, ¿está todo bien?- intervino de pronto Iris, su tía, a quien había visto unas tres veces en su vida si acaso.

-Iré a buscarte un poco de café, disculpa- Dijo Terry para liberar un poco de la tensión latente que había entre ambos.

Candy se había excusado también y se dirigió al baño para refrescarse el rostro y recomponerse. Las emociones la estaban dominando y no quería dar una escena. No podía entender del todo el frio y la gran soledad que le atrevesaba el alma. Apenas había visto pocas veces en su vida a esos tíos y demás familiares, aunque se mostraban amables y serviciales, le seguían pareciendo un grupo de extraños.

Algo más extraño aún, a pesar de los años, del resentimiento que había acomulado hacia Terry, era tan fácil estar en sus brazos, desde siempre. Desde niña,

la cercanía de Terry, sus brazos, era algo que siempre le había parecido tan absurdamente familiar. Se reprendió así misma al reconocer que ella misma se había

puesto en evidencia al dejarle saber que le había dolido su abandono mucho más de lo que él pudiese imaginarse y que superar aquella única noche en la que

él le hizo tocar el cielo le costó muchísimas más noches en las que lloraba preguntándose por qué él se negaba tanto a quererla, aunque de algún modo entendía las razones de Terry para alejarse.

Se enjuagó la cara y se contempló en el espejo un instante. Sin duda se sentía totalmente un desparpajo mientras pensaba que Terry estaba imposiblemente más guapo de lo que recordaba. Ahora a sus 32, tan alto, tan serio como siempre y tan endemoniadamente viril.

Sacó un cepillo de su bolso y amainó sus rizos que habían quedado un poco desaliñados y regresó para seguir enfrentando el luto que iba más allá de la muerte

de su padre.

Terry la había estado buscando con la mirada entre la multitud, quizás no debió acercarse tanto. Ella tenía razón, no tenía ningún derecho luego de lo que había

sucedido. Hacerla suya y luego dejarla a su suerte como lo hizo sin duda no merecía perdón. La observó desde la distancia, mientras tomaba el café que inicialmente había procurado para ella no pudo evitar pensar en esa vez.

"Candy, debes irte a casa ahora" le había dicho luego de que ella lo besara con ese impulso desenfrenado de su edad.

"No quiero, me quiero quedar contigo" le había respondido con aquella determinación y esos ojos inocentes, cargados de un amor que se desbordaba, un amor

que él había notado por primera vez.

Quizás fue ese el detonante de que la cordura y la sensatez lo abandonaran y se rindiera al encanto de esa chica que a pesar de su trato hosco y amargo hacia ella, siempre había querido estar a su lado, desde que era una mocosa despeinada y llorona.

Ella le había confesado que lo quería y fue como si él la estuviera viendo por primera vez. Sus ganas incondicionales de querer amarlo, no pudo resistirse y más cuando probó esos labios tiernos que besaban torpemente, pero con una pasión irrefutable. Cuando tocó y besó su piel, no supo cómo volver atrás y detener la locura que iban a cometer, no estaba tan borracho después de todo, de hecho, era Candy lo que en realidad lo estaba embriagando.

Su piel era tan suave y ella era tan bella, algo que jamás había podido negar. Recordó los besos que le había dado en el vientre descubierto, su lengua saboreando su cuello y ella tan dispuesta. No pudo controlar el impulso de tomarla en sus brazos y llevarla a su cama, tenerla para él.

No podía parar de besarla, de acariciarla ni sabía hasta entonces que él podía ser capaz de hacer el amor de esa manera. La miró un instante antes de entrar en ella, vio sus ojos que lo veían con una adoración que no podía simplemente comprender y él le sonrió, una sonrisa que le había nacido desde lo más profundo de su alma, de auténtica felicidad, y no la sonrisa ladeada y arrogante que ella había conocido. Esa sonrisa era de él enamorándose por primera vez. Aunque no tuviera ningún sentido.

"¿Te estoy lastimando?" Ella negó ansiosamente, él supo que estaba mintiendo y lo invadió una ternura inmensa ese espíritu inquebrantable que hasta hacía un rato lo sacaba tanto de quicio y ahora además lo excitaba.

Cuando habían terminado, sudurosos y con la respiración totalmente agitada, aún sobre ella, él había hundido la cara en su cuello y ella le estaba acariciando el pelo.

"Te quiero mucho, sabes" le había dicho ella y él levantó el rostro y se le quedó mirando con curiosidad, notando las ansias de ella al esperar que él respondiera algo.

"Sigo pensando que eres una piedra en el zapato" le respondió con su sonrisa arrogante, esperando su reacción con toda la intención, ella puso los ojos en blancos y suspiró

"Pero ahora también te quiero un poco" y con eso consiguió que lo mirara intensamente, como si fuese lo mejor que hubiese escuchado en toda su vida y viniendo de él, no era para menos.

"Se pueden ver las estrellas desde tu ventana" le comentó con la voz media adormilada acariciándole la espalda.

"Ujum..." Susurró él abrazándola contra su pecho mientras se iba quedando dormido.

"Puedo ver a Hendrix desde aquí también" dijo bostezando y luego comenzó a reírse, desconcertando a Terry

"¿Qué te hace gracia?"- le preguntó con la voz cansada, a punto de quedarse dormido

"Recordé el cuento del caballo y la estrella" le contestó y volvió a reír

"Ay no, por favor" suspiró Terry con fastidio.

"¿Quieres que te lo cuente?" lo provocó

"¡Ni se te ocurra!" ella volvió a estallar en risas

"Me sigue pareciendo una historia muy bonita..."

"Ya duérmete, mocosa" susurró antes de sucumbir él mismo al sueño.

A él nunca se le había olvidado, se dejó dominar por el miedo. Había sido sin duda su mejor noche, pero cuando recuperó el sentido, se sintió una basura, no podía sacarse de la mente que solo tenía 17 años, no importaba cuánto amor y pasión hubiese desbordado, él había hecho algo terrible, pensó. Y eso seguía pesándole.

Todos se habían ido despidiendo, afuera había una lluvia torrencial. Sus tíos se habían ofrecido a acompañarla a su hotel, pero ella se negó. Quería aprovechar ese momento de privacidad, el servicio no finalizaba hasta las once de la noche y eran las diez y treinta.

La lluvia estaba azotando fuerte, los relámpagos y un gran trueno la hicieron saltar. Se sentía el frío del otoño que comenzaba y comenzó a temblar.

-Creo que deberías ir a casa- la sorprendió la voz grave de Terry a la vez que la cubría con su chaqueta.

-Aún no son las once, quiero quedarme hasta el final- dijo con gesto desafiante, como siempre.

-Ya es muy tarde y esta lloviendo demasiado, puedes volver mañana...- trató de razonar con ella

-¡No quiero volver mañana!- le gritó y Terry pudo ver que simplemente habían cosas que jamás cambiarían mientras sonreía con un suspiro

-Vale...

-Eso le dije la última vez que hablamos, que volvería mañana... y no llegué y ahora ya no hay más mañanas...- su llanto lo partió en dos

-Tienes razón- él tragó hondo y la abrazó nuevamente

-¿Interrumpo algo?- Candy deshizo el abrazo con Terry abruptamente cuando su aún esposo entró en la escena.

Continuará...