Pese al reciente impasse doloroso, las cosas no podían ser más dichosas. El bebé en camino iluminaba su espíritu, llenaba sus corazones de alegría, plenitud y emoción, aunque también preocupación y expectativa. Paralelo al torrente de felicidad y optimismo, existía un sentimiento de zozobra y preocupación, por cómo nacería, si saliera deforme, enfermo, incompleto; por ser el producto de una mezcla antinatural de genes. Esa preocupación era como camuflada, ninguno quería mencionarla para no preocupar al otro, pero la incertidumbre estaba ahí. Así, Ryoko veía a su hombre pensativo, preocupado mientras terminaba de armar un mueble para el bebé. Estaban viviendo ahora en casa de Ryu, en la ciudad.

Se acercó a él, transmitiendole optimismo.

—El embarazo va muy bien, ya me lo dijo el médico, no te preocupes. —le dijo dulcemente, mientras le acariciaba el hombro.— Tengo que recoger unas cosas de mi casa, ¿me acompañas al pueblo?

Regresaron al pueblo, a su hacienda, el taxi los dejó a unas cuadras y tuvieron que caminar; él la agarraba de la mano firmemente, protegiéndola de cualquier reaccionario poblador que se acercara, y ella caminaba aferrada a su brazo, mirando para todos lados.

Entraron. Se quedaron espantados, hallándolo todo destruido y vandalizado. No querían ni pensar en cómo encontrarían el resto del campo. A medida que avanzaban, cada descubrimiento era más indignante. Los cultivos destrozados, habían arrancado los árboles de arroz y limones, habían destruido los tanques de agua, el sistema de regadero, las divisiones, las aulas, todo. Ryu iba avanzando, enojado, viendo con cada paso que daba, todo el trabajo árduo de semanas, arruinado. El dinero invertido, y el cariño puesto en cada siembra, en cada construcción, en cada árbol; yacían rotos en el suelo, hechos cenizas o con rastros de machetazos al azar. Con una gran tristeza se agachó en cuclillas, tomó una rama del suelo, viendo cómo se disolvían las cenizas en su mano. Ese árbol lo recordaba muy bien porque fue el último que sembró, cuando ella le robó un beso y le dijo que tuviera mucho cuidado, porque aquel árbol representaba sus sueños.

De pronto, oyó un grito aterrador. Provenía del establo y era Ryoko.

¡Noooo! ¡Dios mío! gritaba ella, con alaridos nerviosos. Él llegó corriendo y ella se echó a sus brazos a llorar, horrorizada. Las cabras estaban colgadas, degolladas, chorreando sangre. En la pared, se leía con letras hechas con la sangre de los animales "Tu vida estará marcada por la leche y por la sangre" debajo, un balde lleno de una leche sanguinolenta, que olía mal y tenía moscas a su alrededor. Ryoko no podía dejar de imaginar cómo habrían torturado a su cabra sacándole leche, para después degollarla. Ryu la abrazó, perturbado, y escondiendo el rostro de ella contra su pecho, para que no viera más nada, la sacó de ahí.

La llevó adentro de la casa, sin imaginarse que ahí todo era peor. Rotas las ventanas, destruidos los muebles, habían orinado en su cama, hecho añicos espejos y los vidrios rotos regados por toda la sala. Ella cayó al suelo, arrodillada, llorando. Se agarró el vientre con cierto dolor. No era una opción llamar a la policía, por motivos obvios.

Ryu llevó a Ryoko a su casa en la ciudad y la dejó descansando, no podía darle calmantes, pero sí una infusión tranquilizante. Ella estaba más calmada, él le prendió la TV, distráete, vuelvo enseguida.

—¿A dónde vas?

—A hacer lo que tengo que hacer, ya regreso, no te preocupes.

La hacienda era ahora una fortaleza segura, con el frente de un muro de concreto y los lados cercados con alambrado de púas de hasta diez metros. Ryu lo hizo esa misma noche, con ayuda de unos obreros de la ciudad. Se quedó hasta la mañana siguiente colocando los cercos. En la mañana, hizo una asamblea con los pobladores. Habló con calma pero con una firmeza que cortaba el aire en la asamblea.

—Ryoko es una mujer de trabajo, siempre ha ayudado activamente a esta comunidad y los niños de la escuela dependen de ella. Merece respeto. Su labor es invaluable y seguirá contribuyendo al desarrollo de este pueblo, si ustedes se lo permiten.

Un mar de murmullos empezó a escucharse y se calentaron los ánimos.

El valor de Ryoko no depende de sus elecciones personales. Su compromiso con la comunidad y los niños trasciende el ámbito privado. El proyecto de la escuela-albergue garantizará el bienestar de estos niños, y dará oportunidad de trabajo a la gente de este pueblo. Ahora ella está enferma —no mencionó su embarazo— lo que hicieron pudo costarle la vida, y ustedes pudieron enfrentar consecuencias legales.

Los murmullos a su alrededor se intensificaron y empezaron a dar de carpetazos, enardecidos.

Un poblador lo interrumpió: —¡¿La Ryoko es tu madre? ¿O tu amante?! —dijo, sarcástico.

—Mi novia. Mi mujer. Mi madre. Todo junto. Y si a alguien no le gusta, que se meta en sus asuntos. Ryoko y yo estaremos lejos temporalmente, pero cuando regresemos no quiero más conflicto. Sino, me veré obligado a actuar.

El ambiente se puso más tenso y la gente quería reaccionar, pero nadie se atrevía a tocar a Ryu. No dijeron más nada. Parecieron aceptar a regañadientes.

Él salió, se abrieron camino ante sus pasos, mirándolo con recelo.

Ryoko abrió la puerta, ansiosa, preocupada, se tiró a los brazos de Ryu y lo llenó de besos —Te fuiste a la boca del lobo tú solo. ¡Estás loco! ¡Me tenías muerta de preocupación! ¡No me hagas esto nunca más! —lo golpeó y lo besó, de la cabeza a los pies.

—Hice lo que tenía que hacer, Ryoko.

Tiró al suelo un maletín con las cosas de ella. —Traje tus cosas más importantes y tu ropa. Regresaremos en un tiempo. El proyecto va sí o si, no te preocupes por eso. Pero ahora, lo más importante es nuestro hijo y debemos dedicarnos a tu embarazo al cien por ciento. Acá estarás a salvo. Además, hay mejor acceso a la salud, el hospital está cerca. —le dijo besándole las manos.

Ella lo miró fijamente —Te amo tanto. No me arrepiento un solo minuto de ser tu mujer.

Durante los siguientes nueve meses, Ryoko fue la mujer más mimada y más feliz. Comía todo lo que quería y cuando quería, por lo que el futuro papá tenía que salir cada madrugada a conseguir, desde una torta hasta una sopa, una pizza, y alguna vez, con la orden imperiosa de conseguir algas en plena madrugada. Era difícil, pero no imposible, nunca algo era imposible si se trataba de proveer a la mujer que amaba y alimentar a su bebé; por lo que siempre veía ella satisfechos sus caprichos. Había ganado algo de peso, pero, para él, siempre era hermosa.

Ryoko empezó a obsesionarse con las cosas de bebé: juguetes, peluches, cosas lindas en cada boutique que visitaba, siempre con la excusa de ir al médico, pero en realidad gastaba el dinero en cositas lindas e innecesarias de bebé, como muñecos de goma, y animalitos de peluche. Ryu lo sabía, mas prefería fingir que no, para dejar que ella se saliera con la suya, viendo la belleza en la travesura inocente de esa mujer adorable.

Ryoko preparaba la habitación del bebé, ahora su nuevo templo. Reinaba el color azul, porque iba a ser un varoncito. Escogía cuidadosamente las sábanas que irían en la cuna de tules azules, las almohadas, la ropita, los zapatitos, todo, lo preparaba todo.

Aunque muy en el fondo, sentía una nostalgia triste cuando hacía los preparativos, se recordaba a sí misma, años atrás, preparando con la misma ilusión, la llegada de su primer bebé, que le fue arrebatado. Prepararlo todo, como aquella vez, a veces lo sentía como un mal presagio. Ella nunca más volvió a ver a su niño, ya que Ryu adulto era otra persona, no era su niño, era su hombre. Se sacudió la cabeza, no se iba a repetir aquello, ahora todo era diferente.

Los últimos chequeos despejaban su incertidumbre y confirmaban su alegría: el embarazo iba a la perfección, el bebé era perfectamente saludable y nacería sin ninguna complicación.

Pero, Ryu no solía acompañarla a las citas, Ryoko se lo impedía "No podemos levantar sospechas, de ninguna manera te pueden ver" el doctor preguntaba por el padre y ella respondía con evasivas "Está en el trabajo, se fue de viaje, está enfermo" etcétera, etcétera; y las enfermeras notaban extraño todo aquello, pero después no le daban importancia. Mientras el futuro padre tenía que conformarse con esperar afuera, ansioso, caminando de aquí para allá, por la vereda de enfrente del hospital, la salida de su mujer con su retoño en el vientre.

Cada vez las visitas al médico eran más seguidas, porque ya faltaba poco…

Y por fin, llegó el día: Oyakoko llegó al mundo pesando tres kilos ochocientos. Nació enterito, ellos lo cargaron examinándolo: tenía dos brazos, dos piernas, estaba completo, era perfecto, pensaron aliviados, y lloraba potentemente, con lo que evidenciaba unos buenos pulmones. Además, tenía unos hermosos ojitos rasgados y cafés que lo miraban todo y estiraba su manita para agarrar a mamá.

Al fin y al cabo, los preparativos previos cambiaron totalmente su rumbo, y la cunita de tules azules terminó siendo cama de los peluches, ya que el bebé dormía todas las noches con los padres, en medio de los dos. Se despertaba varias veces por las noches llorando y la madre, sonámbula, se descubría el pecho y le daba de mamar, medio dormida, balbuceando palabras de amor hasta que el niño se quedaba dormido, y otras noches, cuando el cansancio empezaba a abrumarla, tenían listo para esos casos, un biberón con la leche de ella extraída previamente de una maquinita extractora de leche materna, entonces el padre se despertaba y le daba de ese biberón, para que ella pudiera descansar.

Una madrugada, Ryoko se acercó a la sala. No podía dormir, a pesar de que era su noche de poder descansar. Se acercó a su hombre, estaba sentado en el sofá con su bebé en los brazos, dándole el biberón, mientras lo observaba con amor y cansancio.

Se acercó somnolienta, pero coqueta. Se apretó los senos y la leche salió disparada. Le dolían. Sus senos estaban enormes. —Tengo demasiada leche, no sé qué hacer. Creo que la voy a donar.

El bebé finalmente se durmió. Ryu lo acostó esta vez en su cuna. Cuando regresó a la sala, ella se masturbaba y se acariciaba los pechos.

—Bebe tú también, lo necesito, te necesito. —atrajo a su hombre con posesión, se lo puso encima y él empezó a devorarla y a sus pechos, haciendo que se descongestionaran y ella, aliviada, gozaba de placer.

Oyakoko ya tenía casi un año y repetía palabritas: mááá, pááá, cabita. Cabita era una cabrita de peluche, porque Ryoko quería que el niño se familiarizara con estos animalitos, puesto que se juró a sí misma llenar su establo de cabras que el niño aprendiera a criar y cuidar. En el zoológico de la ciudad, ella lo llevó a que interactuara con los animales de granja, y lo armó de rastrillito, regaderito, carretillita y otras representaciones de herramientas de campesino, pero de plástico inflado, redondeadas y de colores pastel. De aquel momento, clic clic, mamá tomó fotos: una con las herramientas golpeando la tierra; otra, dándole una hoja de lechuga a la cabrita bebé; y otra, siendo alzado por papá para regresar a casa.

La tina burbujeaba, olor a champú de manzanilla impregnaba el baño, el agua tibia; Oyakoko, o Koko-chan, como le decía ella cariñosamente, daba de golpes al agua con emoción, ante un pato de plástico que Ryoko hacía estrellarse contra un pingüino, en algún tipo de rencilla inventada que el niño disfrutaba riendo a carcajadas, y ella, con una bata ligera, ya bastante mojada del agua que salpicaba el niño, se agachaba a sobarle con amor, las manitas, las piernecitas, a masajear su cabecita con el champú; el niño estaba completamente feliz por los cuidados maternos. En eso, se escuchó la puerta. Ryu acababa de llegar del dojo. —Sí, es papá —le habló alegremente al hijo que empezaba a emocionarse y decir "páááá". Él entró en silencio, observando con ternura aquella hermosa interacción de madre e hijo, donde ella se veía cada vez más hermosa, y su hijo pequeño, eran todo para él.

Luego, hora de comer. Ryoko le dio el pecho, en realidad, la última lactancia, pues ya tenía casi un año y Ryoko consideró que ya debía aumentarle la ración de quinua, avena y pollo. "Ya no necesita más de mi leche", determinó. En seguida, una sonrisa pícara adornó de lujuria sus labios "Aunque… no quiero que mi hijo mayor deje de mamarme nunca… estas son para él" se permitió una sonrisa maliciosa. Su hijo pequeño dormía en su camita. Se acercó a su hijo grande, que revisaba unos papeles, sentado en el comedor; ella arrojó todo al suelo, él la miró desconcertado. —Te necesito aquí y ahora, que me liberes de todo lo que me queda —se apretó los pezones con sensualidad— Mientras me llenas toda de tu leche, ven… —lo jaló del brazo a su habitación…

Estaba oscureciendo ya, él jadeaba encima de ella, la acababa de llenar también de su leche y estaba exhausto, agitado, aun dentro de ella. Ryoko le agarraba el rostro, lo besaba mientras lo miraba, conmovida —Te amo. Y estas son tuyas para siempre, mama de mi toda la vida. Nunca me dejes. Prométeme que nunca me dejarás.

—Te lo juro —habló a duras penas, estremecido por el reciente orgasmo.

Los domingos eran los días que podían compartir plenamente los tres. Ryoko organizó un picnic en el parque; limonada, sandwiches y biberón de jugo de papaya tendidos en la manta. Oyakoko jugaba con sus animalitos de granja de plástico, y se recostaba sobre mamá, sobre papá, lo golpeaba con los muñequitos, o gritaba palabritas; el niño estaba feliz y así lo demostraba. El libro de números grandes y de colores primarios le llamaba mucho la atención y de pronto, dejó todo para observar el libro con curiosidad. Ryoko se proyectaba a futuro —Parece que le gustan los números. Quién sabe que nos salga un matemático importante o algo así —Ryu le sonrió y la tarde caía apaciblemente.

—Vamos a comer, ne? Koko-chan? Abre la boquita a ver… ñamm ñamm ¡qué rico!

Oyakoko se mostró apático ante los mimos excesivos de su mamá, y con su manita, apartó la cuchara que Ryoko intentaba introducir en la pequeña boca de su bebé, se cruzó de brazos y movía sus piecitos golpeandolos contra el fierro de la silla, incómodo.

—Ahhh ya entiendo. ¿Quieres que te trate como a un hombre? Okay. Los hombres grandes y fuertes comen todo el pollo y todo el brócoli, así que cómelo tú solito.

El niño, con una expresión satisfecha, sintiendo que aceptaba un reto importante, agarró como pudo la cuchara y se comió con energía todo el pollo y la verdura, le gustaba la idea de que fuera "para hombres grandes y fuertes"

Casi al anochecer llegó Ryu. Los tres se sentaron a comer la cena, y Oyakoko le daba de comer de su plato a papá, el pollo y la verdura —Páááá, es palla hombes gandes y fuelltes.

Papá comió de la cuchara que le daba su hijo y junto con la madre se empezaron a reír discretamente, mientras el niño tomaba todo muy en serio.

La noche era tranquila y los tres dormían juntos, profundamente, escapándoseles ciertos ronquidos a los padres. El niño no podía dormir, pero estaba tranquilo, mirando al unísono, en medio de mamá y papá. Se irguió, y medio gateando avanzó hasta mamá. La miró con amor, le dio un beso en la cara, ella medio se despertó, para quedarse dormida inmediatamente. Luego, gateó hasta papá, acarició su cara, se lo quedó mirando, amándolo, admirándolo, y le dio un beso. Papá seguía roncando. Finalmente a Oyakoko le ganó el sueño, pateó a ambos y se apoderó de casi toda la cama.

La tarde siguiente, fueron al cine a ver una película de comedia romántica, por elección de Ryoko. Comía del balde de popcorn con todas ganas, y papá comía uno que otro maíz mientras su hijo dormía sobre su pecho. Un vómito reseco y granulado sobre toda la camisa de Ryu fue el primer síntoma de la enfermedad. No lo habían notado, pero el niño había estado vomitando de esa forma durante toda la película. Luego, un lloriqueo de intensidad creciente e insoportable los obligó a regresar de inmediato. En casa, el llanto era desgarrador. Corrieron al médico.

—Espérame afuera, no deben verte, ya sabes…

Ryu otra vez contenido, ansioso, esperando afuera del hospital…

Es solo una indigestión, dele este jarabe y ya está. —indicó el médico.

El segundo síntoma fue realmente preocupante y los obligó a buscar la opinión de otro médico. El niño defecaba de forma blanquecina y fragmentada, como que no hubiese digerido absolutamente nada.

La indigestión y otros diagnósticos comunes no explicaban por qué el niño vomitaba todo lo que comía, hacía un popó que no parecía humano, le aparecían costras en la garganta y se rascaba el cuello y la barriguita llorando, queriendo decir algo a mamá y a papá, que lo salven, y que ellos no podían descifrar, solo observar su sufrimiento.

El médico mandó variados y tortuosos análisis que consistían en meter al hijo a una cápsula cerrada llena de cables y aparatos en su pequeño abdomen, pinzas dolorosas y otras invasiones extrañas, mientras el niño solo podía suplicar a su madre con la mirada, en tanto que ella era retirada de la habitación donde solo podía estar el personal médico, y al mismo tiempo, papá la ametrallaba de mensajes, "¿Cómo está? ¿Qué dice el doctor?" Y ella solo podía decir "No sabemos todavía…" en ese momento solo podía echar de menos el abrazo protector de su hombre, que esperaba abajo, que no debía desafiar la figura legal establecida de lo que tenía que ser un padre, aunque ganas no le faltaban.

Cada vez, ella bajaba a darle el encuentro con un semblante demacrado, las noticias no eran buenas. Oyakoko tenía una enfermedad impronunciable, un nombre científico que incluía un código, puesto que era tan rara, que solo se vieron diez casos en la historia médica. El doctor también se mostraba anonadado explicándole el problema, mientras la miraba extrañado:

—Señora, esta enfermedad es tan extraña… solo 10 casos, todos productos de incesto por violación de padres a hijas... Señora, el padre del niño acaso es…

—¡Está muerto! ¡No tiene padre! ¡¿Está bien?!

Y salió llorando, ofuscada.

En casa, los cuidados eran solo paliativos, ningún tratamiento para curarlo. Pero el día siguiente fue peor aún, fue el día en el que en ella, algo murió, para siempre.

"No conocemos la etiología de esta enfermedad. Pero su garganta, estómago, hígado, riñones se endurecen como una esponja seca y perderán sus funciones poco a poco, no vivirá más de un año y padecerá dolores insoportables…"

Ryoko sintió un hormigueo en la cabeza y le faltó el aire. El médico la sostuvo, que se caía y llamó a las enfermeras. Pero ella se repuso de alguna manera

—Doctor, ¿qué podemos hacer?

El doctor miró de lado, pensó unos segundos… —Hay un tratamiento, pero es experimental. Tendríamos que internarlo y entubarlo.

A partir de aquella tarde y todas las noches, mamá y papá dormían en el hospital. Mamá sólo podía estar en la sala de espera, no la dejaban entrar al pabellón de infantes de cuidados intensivos. Y papá, sólo podía estar incluso más lejos, en la sala de espera general, espacio abierto donde el frío se sentía calar los huesos.

El médico hizo llamar a mamá de manera especial, a su oficina. La incertidumbre, la expectativa, la ansiedad le provocaban un vértigo hasta las náuseas, y cada minuto que demoraba en llenar formularios y esperar que el médico se desocupe, era una espera tortuosa y su pecho quería desbordarse en vómitos, llanto y un grito enorme que se escucharía hasta la luna.

—El tratamiento no está dando resultados. Pero el dolor a estas alturas es muy fuerte para el niño, no podría soportarlo si no le hubiésemos inducido el coma. Señora… mi opinión médica es que considere desconectarlo.

Ryoko no pudo responder, pero su silencio parecía dar la respuesta. Salió del consultorio, corrió y corrió sintiendo su cuerpo tan frágil como un papel, producto de la adrenalina. Sin poder ni querer esperar el ascensor, bajó a toda prisa cinco pisos, hasta llegar donde Ryu…

Se abrazó de él con fuerza, —¡No puedo hacerlo, no, no! —lloraba en sus brazos, descontroladamente— No lo vamos a desconectar ¡Prométeme que va a vivir, prométeme, prométeme!

Él agarraba sus manos que temblaban, y le limpiaba las lágrimas de unos ojos con la mirada perdida. A él también lo abrazaba una impotencia y frustración insoportables, soltó a Ryoko y subió. Ella lo detenía —¡No vayas! ¡Vas a empeorarlo todo! ¡No pueden saber que eres mi hijo y el padre del bebé!

Él soltó su brazo del agarre de Ryoko, quien no pudo detenerlo más. Ryu estaba decidido a ver a su hijo, así sea un escándalo. Ella se quedó aún más nerviosa, esperándolo abajo…

Apenas una ventana separaba al padre de su hijo, y él solo podía observarlo a través del vidrio. Nunca había llorado en su vida, pero en ese momento, las lágrimas cedían a su dolor. El médico lo estuvo observando furtivamente. Se acercó con curiosidad.

—Usted… ¿es el padre?

—Sí, yo soy.

El médico lo examinaba con la mirada, fingiendo discreción, pero su asombro era evidente.

Ryu le hizo todas las preguntas contenidas que salieron casi sin control. El médico pacientemente respondió a todo, por lo menos, lo que le era posible responder. Y lo dejó entrar, un ratito nomás, al cuarto donde además de su niño, había otros varios pequeños como él.

Papá no podía tocarlo, estaba tan entubado y con tantos cableados y cosas extrañas envolviendo su cuerpecito, que tenía miedo de estropear algo si lo tocaba. Le agarró la pequeña manita entre sus dos manos. Y lo contempló varios minutos, con los ojos humedecidos de tristeza y amor.

El niño despertó de uno más de los tantos comas a los que era inducido, pero aturdido por la sedación, solo podía ver a sus padres con amor y súplica, y escucharlos hablar con el doctor sin saber que estaban decidiendo su destino. Cada vez era más inminente que el niño iba a morir en medio de dolores espantosos. Cada vez los padres se hacían más a la idea y a la aceptación de lo que debían de hacer. La dosis de sedación que requería era cada vez mayor, llegaría un punto en el que la sedación acabaría con sus latidos, un eufemismo más que usaban los doctores para la eutanasia, pero evitando esa palabra que escandalizaba a la infeliz familia que la escuchara.

Esa tarde estaba programada la sedación, la última sedación. Era de mañana y Ryoko se sentía débil, mareada, no le entraba un sorbo del café que tenía calentando sus manos, que Ryu le había traído. Quería morirse junto con su bebé, el suicidio pasó por su mente esa última noche, dándole un sosiego escalofriante. No podía creer que esa tarde, ella misma asistiría y aceptaría la matanza de su bebé. No podía creer que ella misma diera el consentimiento para que la sedación sea lo suficientemente alta para dormirlo para siempre. Se sentía un monstruo, sabía que los días que le esperaban serían de un arrepentimiento insufrible.

Se entró al pabellón donde estaba su bebé, aprovechando el cambio de turno. Le sostuvo su manita. El estaba despierto, tranquilo por la alta dosis de sedación que rayaba con la sobredosis. Te dejaré ir porque te amo, y mi vida se irá contigo esta tarde. Te dejaré ir para que no sientas más dolor, aunque el dolor lo lleve yo por el resto de mis días. Te vas, pero una parte de mí se va contigo. La parte que contiene las ganas de vivir. Te dejaré ir para que estés más tranquilo, sin el despiadado infortunio que nos persigue, te dejaré ir para que estés rodeado de otros angelitos como tú. Quiero que sepas que eres mi vida y te amo tanto, tanto mi pequeño, que prefiero sufrir yo la agonía de dejarte ir, a que tu sientas la agonía de tu enfermedad. Te adoro para siempre, mi niño. Esta tarde serás libre…

El niño la miraba con una ternura e inocencia infinitas, estiró su manita, quería agarrarla, esa mirada se clavó como espada en su interior hasta hacerla llorar hasta las náuseas.

Mamá regresó a la sala de espera cuando los doctores le pidieron que se retirara. Las horas pasaban y la espera era despiadada. Madre y padre agarrados de la mano, decididos, era lo mejor para Oyakoko. El frío era punzante y ambos tenían la ropa de hace días, cuando aún había sol. Ryu decidió ir a casa a recoger un abrigo para Ryoko, a lo que ella respondió "Sí" con la cabeza, como autómata, pero diciendo "No siento frío. No siento nada." Pero él sabía que si ella moría de una tonta neumonía, no se lo perdonaría.

Mientras Ryu había ido por el abrigo, Ryoko permanecía sentada en la sala de espera con la mirada perdida, miraba el reloj de la pared, contaba los minutos que la separaban de ser una madre asesina, se culpaba, se autoflagelaba, en eso recibió la llamada insistente del doctor. —Suba, es urgente.

Subió con el corazón en la mano, hecho trizas. Apenas el doctor la vio, le hizo un movimiento de negación con la cabeza.

El bebé lloraba escandalosamente y su mirada suplicaba a mamá, estirando sus manitas como pidiendo que lo lleve, que le quite ese dolor.

—La dosis habitual de sedación ya no es suficiente. El dolor irá agravándose cada día, y solo queda darle esta dosis, pero puede ser mortal. Lo más seguro es que así sea… es la única salida. Ya es el momento… Firme aquí, por favor.

Le acercó los papeles que ella firmó sin mirarlos.

Le cogió la mano a su bebé, él abrió los ojos, quería ver a mamá. Ella lo acariciaba mientras enfermeras y médicos circulaban poniéndole sondas en las venas y el niño miraba a su mamá buscando consuelo, sin comprender lo que estaba a punto de sucederle, mientras la madre moría viendo su mirada inocente. Ryoko se despidió de esa vida que siendo suya, ya no le pertenecía, habiéndolo condenado a muerte. Y otra vez, la sensación de no ser de ella su cuerpo, de desdoblarse, tal vez para lidiar con el sufrimiento, la invadió.

Adiós. Perdóname. Lo hago para salvarte del dolor injusto. Espero algún día puedas entenderme y perdonarme. Te amo para siempre, tarde o temprano estaremos juntos, te lo prometo…

—Señora, ¿quiere un momento más con su hijo?

Ella respondió que no, sabiendo que cada segundo con él solo prolongaría la agonía de ambos.

Ryoko le soltó las manos en una actitud aparentemente fría, pero que en realidad trataba de consolarse con ese acto de desapego de último recurso, su psiquis ya no daba para más.

El doctor se acercó al bebé con la jeringuilla que contenía la dosis letal que lo haría acabar con su dolor y convertiría a Ryoko en la asesina de su hijo. Pero de pronto, el corazón se impuso a la razón. Una corazonada, un sentimiento irracional, de puro corazón, la hizo tenderse encima del niño como un escudo y gritar ¡Ya no! ¡No quiero la eutanasia! ¡Eso es lo que es, llame a las cosas como son por única vez!

Y como una demente comenzó a arrancar los cables alrededor del cuerpecito, que eran pocos porque ya habían empezado a desconectarlo de todo, lo abrazó contra su pecho y salió huyendo con su bebé. Mientras bajaba las escaleras a toda prisa, le hablaba tiritando de nervios: Tranquilo, ya pasó lo peor, estás con mamá, no permitiré que nadie te haga daño, ya pasó, mi vida…

La adrenalina rebasaba su corazón que latía rapidísimo y un llanto incontrolable se le vino encima.

—¡¿Qué has hecho?! —gritó Ryu desde la puerta del hospital.

—¡No pude hacerlo! ¡No pude hacerlo! —lloró ahogándose, bajando las escaleras a toda prisa.

Él le dio el alcance, y los tres se abrazaron en la puerta trasera del hospital. La lluvia los empapaba, una tormenta ocasionaba destrozos. Ryu cubrió a su madre y a su bebé, protegiéndolos de la tormenta.

En casa, el niño, contra todo pronóstico, se recuperaba rápidamente, se alimentaba muy bien, no vomitaba, crecía a buen ritmo. Y lo mejor, no le dolía nada. No lloraba. En los ojos de Ryoko regresó el brillo, y en sus labios, la sonrisa. Los padres estaban encantados, empezando a creer en milagros. Su progreso cada día era tan prometedor, que ellos empezaron a ver factible el planear su futuro, a qué escuela iría, etc. aunque muy en el fondo, ninguno quería decir la verdad. Y la verdad era que esta alegría no duraría mucho.

Una madrugada azul, casi al amanecer, su niño empezó a respirar rápido, con esfuerzo. Ella comprendió lo que estaba sucediendo, y solo se limitó a acariciarlo, a susurrarle canciones de cuna mientras se acababa el proceso. Tocó el brazo de su hombre para que despertara, pero él ya estaba despierto, también siendo testigo silencioso de la partida pacífica de su angelito. Y de repente esa mañana, su corazoncito dejó de latir. Así, espontáneamente. Durmiendo plácidamente entre su madre y su padre.

Ambos solo permanecieron a su lado, acariciándolo, llorando en silencio, y ella seguía susurrando las canciones de cuna al pequeño cadáver, toda la mañana.

Los días siguientes fueron muy dolorosos. Ryu deshizo inmediatamente el cuarto del bebé porque ella solía quebrarse en llanto solo de pasar por ahí. Así mismo, donó los utensilios y juguetes del bebé, por el daño que hacía a Ryoko verlos. Él cogió una pijamita, la olfateó, contuvo las lágrimas y la guardó consigo, sin que la madre lo viera.

Últimamente hacían sus rutinas en silencio, no prendían las luces de noche, salvo para cocinar algo, habían desarrollado una especie de sensibilidad a la luz, por tantas noches que prefirieron estar a oscuras. Tampoco hablaban mucho, solo lo esencial. Sin embargo, se entendían muy bien con sus miradas y sus gestos, en una especie de código de amor y apoyo tácito.

..

Ryu y Ryoko descansaban en el sofá viendo una película tonta. Por fin, después de mucho tiempo, habían conseguido simplemente no pensar, y se dejaron llevar por la trama boba de aquella película. Pero se sentía bien, se sentía ordinario, justo lo que necesitaban en sus vidas tan intensas últimamente. Se agarraron las manos debajo de la frazada. Ryoko recostó su cabeza en el hombro de Ryu, y este, su cabeza en la de ella. Estaban conciliando el sueño. Una paz en el corazón de Ryoko se estaba gestando. Los murmullos absurdos de la película, el calor de Ryu, del algodón de la frazada, la suavidad de la almohada… una reconfortante pesadez en los ojos la estaba preparando para un sueño tranquilo…

De pronto, se levantaron de un sobresalto con los golpes bruscos en la puerta.

¡Policía! ¡Abran la puerta!

Ryoko no asimilaba lo que sucedía, pero presentía que era el fin. Y sin ninguna emoción, como una autómata y con la mirada perdida, se abrazó a Ryu, suplicándole:

Huyamos. En el baño hay una ventana que da a la parte trasera, salgamos por ahí.

Él le acarició el rostro y la miró con piedad. La tomó de los hombros, la miró fijamente y le dijo:

No vamos a huir esta vez. Vamos a enfrentar. No somos unos delincuentes. Solo nos amamos.

Ella asintió, muy asustada. Con las lágrimas empapándole los labios, lo besó dulcemente, amargamente, sabía que era el final. Ryu besó sus ojos, sabían a sal, pero para él, siempre dulces. La besó en la boca tiernamente, cerrando los ojos, deseando sentir su calidez por última vez.

Fue el último beso que se dieron.

Abrieron la puerta…