Hey Arnold no me pertenece
Dudas y verdades.
No tenía ni la más mínima ganas de salir de su habitación, llevaban pocos días de haber regresado de San Lorenzo y había evitado a toda costa hablar con Arnold. Sacó su medallón con una foto renovada, tenía tantas ganas de escribir poesía, pero tenía los sentimientos atorados en el pecho y eso le hacía imposible sacar sus sentimientos.
Le había confesado todo en aquel barco, pero él había huido y desde ese momento no le había dicho nada más. Era cierto que él había sido muy cariñoso con ella, sin embargo, sabía que había una conversación pendiente.
El miedo era un sentimiento persistente en ella, quería confiar en el cabeza de balón, sobre todo después de ese beso, pero no podía evitar regresar a los momentos en Industrias Futuros, en donde todo quedó como el calor del momento. Para ella ya era imposible fingir, pero temía la reacción de Arnold.
La espera por esa conversación pendiente la tenía en vilo, pero a la vez quería alargar esa espera lo mayor posible. Ni siquiera sabía cuál sería su propia reacción cuando volviera a verlo y hablar con él.
Harta de estar encerrada y ansiosa por tomar un poco de aire, aunque fuera en la puerta de su casa, bajó las escaleras.
Pero, no sabía que Arnold estaba justamente parado afuera de su casa.
El chico llevaba más de 15 minutos parado allí, debatiéndose si debía tocar a la puerta o no. Helga llevaba más de una semana ignorándolo y eso lo había puesto muy ansioso. En primer lugar, fue ella la primera que se había vuelto a declarar, él no se había esperado que le dijera todo eso otra vez mientras estaba desesperado buscando a sus padres, así que nuevamente huyó, ya había reflexionado mucho acerca de los sentimientos de Helga por él desde el incidente de Industrias Futuro, también la había observado de cerca e intentado entenderla mejor, llegando a una conclusión en cuanto a sus sentimientos, estaba esperando que ella estuviera lista para admitirlos, pero habían pasado años y nunca volvió a sacar el tema, y justo cuando más preocupado estaba, tuvo que soltarlos, ella era muy intensa y a veces no sabía cómo sobrellevar eso, sobre todo en esa situación. Comprendía que lo echó a perder todo, pero una vez que encontró a sus padres y al ver que ella seguía igual de enamorada de él, quiso arreglar las cosas y así lo hizo, por lo que no entendió, porque ahora no quería verlo, hasta que lo analizó más tranquilamente con Gerald, y se dio cuenta que él nunca dijo nada totalmente claro, cuando ella sí lo había dicho todo.
Se había preparado para confesarse, pero ahora que estaba frente a su casa, los nervios lo habían traicionado. Este no era un amor fugaz de niño y mucho menos era no correspondido, como con Ruth, Summer o Lila, esto era mucho más serio y lo que menos quería era dañar a Helga, así que debía actuar y decir todo correctamente.
Tomó aire y armándose de valor, alzó la mano para tocar a la puerta, pero no logró hacerlo, ya que ésta se abrió en ese momento, revelando a la chica en quien había estado pensando.
Se congeló en su sitio al verla.
—¡¿Arnold?!—gritó con sorpresa Helga al verlo, para luego disimular y cambiar su tono a uno más normal—¿qué se supone que estás haciendo aquí cabeza de balón?
—Nada…
—Ajá—respondió irónicamente cruzando los brazos.
El chico suspiró.
—Vine a hablar contigo.
—¿Conmigo? ¿Hay algo de lo que tú y yo tengamos que hablar? —ahí estaba la plática a la que tanto miedo le tenía.
—Sí, de ti y de mi—a Arnold le fue muy difícil sostenerle la mirada después de haberle dicho eso, así que prefirió bajar la vista.
Después de un par de segundos incómodos, Helga se apartó de la puerta.
—Pasa—la chica entró a su casa y Arnold la siguió sin saber muy bien si debía o no decir algo. Le echó un pequeño vistazo a la sala y no vio a nadie.
—¿No hay nadie más en casa?
—No.
—Ya veo.
Helga comenzó a subir a su habitación, no tenía idea por qué precisamente allí lo estaba llevando, pero ese era su único lugar seguro en esa casa y necesitaba de esa seguridad.
Estaba muy nerviosa, pero a la vez muy emocionada, lo había extrañado mucho y no creía poder contener muy bien esas emociones luego de tantos días sin verlo y sin poder escribir nada. Arriesgándose se detuvo en un escalón un poco más arriba de dónde Arnold estaba y dándose la vuelta hacía él, lo besó sin previo aviso. Esperaba que Arnold no se asustara y saliera huyendo, ya que su cara antes de que cerrara los ojos, era de pura sorpresa, pero se relajó al sentir que le tomaba suavemente las mejillas.
Se separó de él totalmente roja. Ya lo había besado varias veces antes, pero toda la situación era tan distinta que la vergüenza la consumía. Arnold quedó aún más sorprendido de lo que ya estaba, ya que ver a Helga G. Pataki ruborizada no era cosa de todos los días.
—Te ruborizaste—le dijo burlonamente.
—¿Yo? —se defendió—por si no lo sabías Helga G. Pataki no se sonroja.
Ahí estaba nuevamente la Helga que él bien conocía.
—¿No ibas a enseñarme tu habitación? —fue lo que dijo solo por decir algo, tomando su mano.
—No comas ansias, cabezón—le dijo soltando su mano rápidamente y siguiendo su camino.
Arnold veía su espalda mientras subían las escaleras y sonrió. En verdad que ya no había vuelta atrás y eso le gustaba.
Justo al llegar al marco de la puerta, la tomó de la mano de nuevo para darle la vuelta y que quedara frente a él.
—Te amo, Helga—confesó.
La niña ya no podía guardar las apariencias, estaba muy emocionada, así que no hubo ningún remedio y se sonrojó terriblemente.
—Así que, ¿decías que Helga G. Pataki no se sonrojaba? —se burló.
—Cállate Arnoldo.
Sí, eso estaba bien, todo estaba bien ahora.
