Capítulo 2: Lo que queda


Grandes equipos de maquinaria trabajando sobre las calles, centenares de personas caminando por las veredas y escombros delimitados con cartelería amarilla. Gojou se sorprende de lo mucho que ha cambiado el paisaje Kioto, lo altos que se han vuelto los edificios. Como si hubiera sido metido dentro de una máquina del tiempo. Ha venido a Kioto en cientos de oportunidades, pero ahora parece que ni siquiera la recuerda. Intenta encontrar algo familiar, alguna estructura que siga intacta a pesar del paso del tiempo, pero no la haya, llegando a dudar incluso de su propia percepción de la ciudad.

Por lo general siempre tiene todo lo necesario en los bolsillos de su chaqueta ya que son bastante espaciosos. Pero lo único que carga consigo esta vez es un celular con la pantalla rota, uno que ni siquiera enciende. Se dio cuenta de esto al llegar al puesto de comida en el que Kasumi detuvo auto para comprar kikufuku. Esta es la primera ocasión en su vida en la que alguien tiene que comprarle algo porque él simplemente no tiene dinero. Y solo en este momento se pregunta si sus tarjetas de crédito aún funcionarán, si los fondos que provienen de su clan seguirán intactos desde que fue sellado, y quién estará haciéndose cargo de todo ahora.

Lo más probable es que estén buscándolo por cielo y tierra ahora que saben que ha regresado, ya que la posición del clan debe haberse visto severamente afectada en su ausencia. De hecho, quizás ni siquiera existe. Pero, de momento, esas incertidumbres no le resultan demasiado importantes, al menos no ahora que intenta reconectar con Kasumi y ha logrado que al menos acepte su amistad. Si el clan existe o no, saberlo no cambiaría nada.

—Se mudaron —comenta Gojou al ver el trayecto que emprendieron después de realizar su compra, dándole una mordida al kikufuku que le acaban de comprar—. ¿Quieres? —le ofrece con los labios manchados de azúcar y ella niega.

—Disfrútalo —le dice, esbozando una suave sonrisa—. Sí, nos mudamos… Encontré una casa amplia y la compré hace unos años. Tuvimos que realizar algunas refacciones, estaba un poco abandonada.

—¿¡Compraste una casa!?

—Bueno, el mercado inmobiliario se desplomó después del incidente… prácticamente me la regalaron. El yen no vale nada en el mercado internacional. Además, tenía ahorros, soy muy buena para esas cosas.

—Eres buena para muchas cosas, Kasumi-chan.

—Basta… No seas un adulador. Y recuerda que Kano y Sochi no saben nada… no quiero que digas algo y luego…

—No te preocupes, será nuestro pequeño secreto.

—No lo digas de ese modo… suena… muy mal.

—Por eso dicen que las cosas prohibidas son las mejores —Miwa mira directamente a sus ojos con una expresión que no necesita palabras—. Está bien, está bien, no diré nada.

Al medio día, el pequeño auto azul de Miwa llega al área residencial a las afueras de Kioto, entre pequeñas casas de techos bajos y un par de edificios de departamentos ubicados entre calles angostas, se encuentra ubicada su hogar. Es el tipo de sitio que le hacen pensar que nada ha sucedido, uno de los sitios que no han sido manchados por las desgracias posteriores a Shibuya, o esa impresión le da a primera vista.

Hay un pequeño parque con juegos de mesa en la que un par de ancianos juegan con fichas y unos cuantos niños corretean con sus madres conversando, sentadas en bancas de madera.

El calor es intenso, el cielo está tan despejado que el sol de verano pega con fuerza sobre la región y uno gorriones cantan a los alrededores, anidando sobre los postes eléctricos.

Miwa se estaciona frente a una casa de dos plantas con amplios ventanales, de paredes blancas y tejas oscuras. Desde las afueras Gojou puede ver las sábanas y ropa colgada en la parte trasera de la casa, secándose al sol. Ella apaga el auto y se gira por un momento a Gojou; no le ha contado lo que encontrará adentro intencionalmente. Quizás porque esto sea un factor importante y logrará disuadirlo de cualquier idea con la que ha insistido hasta el momento. Separa los labios con la idea de darle un adelanto, pero a último momento decide no decirle nada, él ni siquiera ve en su dirección. Mira con atención la casa, y ella se pregunta si ya lo habrá visto todo, con esa poderosa técnica heredada.

Se bajan del auto y él no deja de ver en su interior hasta que ella camina a su lado y sigue directo hasta la puerta. Satoru copia sus pasos sin decir una sola palabra de todo lo que está pensando, caminando con cautela detrás de Miwa. Aún antes de entrar Gojou escucha con claridad las risas y cuando Miwa abre la puerta delantera, reconoce una voz masculina y siente un aroma colarse por su nariz; comida cacera.

—¡Ya llegué! —anuncia Kasumi, quitándose los zapatos en la entrada y Satoru ve una pequeña cabeza de cabello negro asomarse por el pasillo.

—¡Kasumi! ¡Kasumi regresó! —grita una niña que sale de la nada, una que parece tener al menos siete años. Ella corre en su dirección meciendo sus trenzas detrás de ella, cegada por la llegada de Kasumi de tal manera que ni siquiera lo nota.

Mientras Gojou se quita los zapatos ve a Kasumi agacharse y recibir un efusivo abrazo de aquella pequeña. El otro, el de cabello negro, continúa escondido detrás de la pared observando su llegada. Sale de su escondite poco tiempo después, caminando lenta y tímidamente hasta ellos. Es un niño regordete, que parece tener la misma edad que la niña, quizás uno o dos años más que ella. Satoru levanta una mano y los saluda a ambos con una sonrisa. Él niño no le quita los ojos de encima y sólo en ese momento la otra pequeña se percata de su presencia.

—¿Quién eres? —le pregunta la niña.

—Él es Gojou Satoru, un viejo amigo —lo presenta Kasumi—. Gojou —dice poniéndose de pie—, ellos son Hiro —El niño lo reverencia—, y Usagi —La niña se sonroja y luego hace lo mismo que Hiro, ninguno puede sacarle los ojos de encima.

—¿Kasumi?

Gojou ve del otro lado del pasillo a un joven alto, reconoce de inmediato la chispa de desagrado que irradia en su mirada oscura. Tiene un mitón sobre su mano derecha, revuelve una cacerola con la mano izquierda y anda vestido con un mandil blanco.

—¡Kasumi ha traído un amigo! —grita la niña y corre para tomar a Gojou de la mano y arrastrarlo por el pasillo.

—Ah… es él.

—Tiempo sin vernos, Kano-kun. Creí que habrías crecido más. Oh, mira eso… ahora tienes bigote… —comenta Gojou, apuntando sobre sus labios.

—¡¿Qué?! N-no, pero si me afeité esta mañana… —suelta comenzando a ruborizarse y repentinamente parece despertar de esa idea que lo distrajo— Huh… ¡Claro que tengo bigote! ¡Soy un hombre!

—Tu amigo es muy alto, Kasumi… —balbucea la niña, con Gojou aún prendido de su mano. Satoru nota de inmediato la forma en la que lo mira, le recuerda ligeramente a la mirada de Kasumi aquel día en el que le obsequió un talismán.

—Aún soy más alto que tú, Kano, ¿cuánto mides? ¿un metro ochenta?

—¡Uno ochenta y tres! —responde, frunciendo el entrecejo.

—¡GOJOU-SENSEI!

El escandaloso llamado los hace voltear. La voz ha cambiado notablemente, la última vez que lo vio apenas tenía doce años, pero aún no parecía un preadolescente, la pubertad se había tomado su tiempo con él. Con solo voltearse a verlo, le sonríe ampliamente. Él no demora un instante en correr descalzo a su encuentro, sus pisadas retumbando sobre la madera lustrada y sin previo aviso se envuelve sobre su cintura y lo abraza. Satoru levanta las manos, sorprendido, soltando la pequeña mano de Usagui para mirar sobre su regazo. Él muchacho ha crecido, pero lo reconoce, su rostro ha cambiado, sus rasgos alargados perdieron casi toda la grasa infantil de sus mejillas, pero sigue siendo el mismo muchacho tierno que vomitó su camiseta en A-cho.

—Sochi… —dice, acariciando su cabello.

Él inspira profundamente, parece estar aguantando las lágrimas. Lo abraza con fuerza y oculta el rostro sobre el uniforme de Gojou. Este es el primer abrazo que él ha recibido desde hace cinco años y se sonríe mientras acaricia el suave cabello oscuro de Sochi.

—Kasumi dijo que estabas atrapado —gimotea, levantando el mentón para ver su rostro.

—Tranquilo, Sochi. Estoy bien, soy demasiado fuerte, ¿recuerdas?

—¡Oye! ¡Oye! ¡Oye! No lo abraces así, suéltalo, ¡que lo sueltes! —recrimina Kano, empujándolo con el pie descalzo para alejarlo de Satoru, ya que aún tiene ambas manos ocupadas.

Gojou escucha entre los gritos, la suave risa de Kasumi. Se voltea en su dirección y siente su pecho llenarse de una sensación familiar, no recuerda la última vez que la escuchó reír de verdad. No lo ha hecho con ninguna de sus bromas hasta el momento y el sonido le trae alivio, como lo hacen las risas infantiles y los gritos desaforados. Como sensei se ha habitado a esto, se siente familiar y ya por un instante no se siente alienado. Sin embargo, la sensación floreciente sobre su pecho no dura mucho cuando siente una energía acercase en su dirección. La misma que creyó percibir cuando estacionaron frente a la casa. Instintivamente, Satoru activa su técnica y cierra un puño, escucha con inhumana atención cada crujido de la madera y analiza cada movimiento de los muchachos dentro de la casa. Se da media vuelta y finalmente lo ve; un niño pequeño de cabello blanco y ojos grises.

El niño lo mira directamente a los ojos, hay tanto desinterés en su mirada que no parece un simple niño. De hecho, no lo es, sus ojos se abren sobre él, los seis de ellos, y lo mira, mira cada rincón de él, de lo visible y lo invisible. El niño es una corriente pura de energía maldita, bien almacenada, retenida. Sus pupilas se encuentran a pesar de la venda sobre su rostro y Gojou no encuentra nada más que un vacío inmenso, un cansado desinterés.

Luego una idea se hace sobre él, una que lo perturba. Observa con atención el color de su cabello, gris y blanco, las pestañas largas y los ojos claros carentes de emoción. Mide al menos un metro de altura, parece tener entre cinco y seis años. Las fechas coinciden y él traga repentinamente, llegando a una conclusión que le hiela la sangra. Separa los labios, aterrado por la posibilidad, pero no logra articular palabra.

—Él es Hideki —comenta Miwa, parándose a su lado y él se gira a verla a los ojos—. ¿Lo notaste? —pregunta y luego se extraña por la expresión desencajada de Satoru, mira al niño y luego a Satoru nuevamente y parece que repentinamente han compartido un pensamiento. Los ojos grandes de Kasumi se vuelven aún más grandes—. No creerás que… ¡No! ¡N-no! ¡Claro que no! —grita, el rostro se le tiñe de rojo inmediatamente—. Hideki no es… él sólo… Uhm.

—¿De qué hablan ustedes dos? —pregunta Kano, mirándolos de reojo.

—H-Hideki, Hiro y Usagui son sobrevivientes… L-los encontré en mis misiones y los traje conmigo.

—¿Los adoptaste? —pregunta Gojou, recuperando la compostura, recobrando el aire.

—Algo así.

Satoru suspira.

—Qué alivio, casi me da un infarto. Bueno, no es que pensara desentender de— Kasumi pone una mano sobre su boca y lo detiene de seguir hablando.

—¡Llegamos justo para el almuerzo! —grita exageradamente entusiasmada.

Kano los observa de reojo, sus ojos a media asta. Sus oscuras pupilas pasan cansadamente de uno hacia el otro y arquea una ceja. Revuelve la cacerola que humea entre sus manos, comenzando a sospechar de qué se trata todo esto.

—¡Quédate a comer con nosotros, Gojou-sensei! —exclama Sochi y Kasumi asiente.

—Pongan la mesa, la comida estará lista en un minuto —dice Kano, con la misma expresión poco amigable.

Usagi vuelve a tomarlo de la mano, arrastrándolo al comedor con los ojos completamente hechizados.

—Ayuden a Kano, iré a darme una ducha rápida y regreso enseguida. Sean hospitalarios con Gojou, ¿me oíste Kano?

—Sí, sí, ya te oí.

Satoru se sienta en la cabecera de la mesa, con Usagui a un lado y Hiro junto a ella. Sochi se apresura a poner los platos sobre la mesa y ayuda a Kano a servir la comida mientras esperan a que Kasumi regrese. Pero Gojou no puede desviar su atención de Hideki.

El más pequeño del trío se sienta alejado de él, con ambas manos en los bolsillos de su sudadera. No ha abierto la boca para saludarlo, no ha dicho nada en absoluto y lo mira de reojo con poco o nada de interés.

—Hideki no habla —dice Sochi, extendiéndole un plato a Gojou—. Al menos no lo ha hecho desde que Kasumi lo trajo. Pero siempre lleva una libreta y escribe para comunicarse con nosotros.

Probablemente Kasumi se refería a la energía maldita del niño cuando le preguntó si ya lo habría notado.

—¿Hace cuanto tiempo llegó? —pregunta Gojou.

—Hace un año y medio —contesta Sochi.

Kasumi regresa justo cuando Kano pone el último recipiente humeante sobre la mesa, se sienta a su lado, aún secando su cabello con una toalla que luego deja sobre el respaldo de su silla. Se ha vuelto a vestir de camisa y pantalón de sastre. Su inspección se distrae cuando los seis agradecen por la comida al unísono y se lanzan sobre el arroz y las croquetas de pescado.

No se da cuenta de la forma en que sonríe mientras Miwa llena su plato, pero no puede sacudirse esa expresión del rostro. El plato de Kasumi aún está vacío pero lo primero en su mente fue llenar el suyo.

—No comes hace una eternidad, ¿cierto? —le dice, dejando varias piezas con sus palillos—. Tienes que recuperar fuerzas, te esforzaste mucho esta mañana.

—Kasumi, es un hombre adulto, no tienes que tratarlo como a los niños —interrumpe Kano, logrando que su hermana se ruborice—, y ¿cómo que esta mañana? ¿Acaso pasó la noche contigo? —su comentario pasa casi por completo a segundo plano cuando Gojou exclama después de dar su primer bocado.

—¡Ah! ¡Kano-kun! ¡No sabía que cocinaras tan bien! Prueba esto, Kasumi —le dice, tomando una croqueta con sus palillos, dirigiéndola hacia los labios de Kasumi.

El corazón se le sale del pecho al ver a Gojou intentando alimentarla frente a su familia. Sus labios se sienten sellados y un calor intenso nace de la boca de su estómago y este sube por su torso hasta su pecho, le inunda las mejillas y las orejas. Pero hacer un escándalo a esta altura la dejaría en evidencia, si es que el color de su piel no lo ha hecho ya.

Kano observa con horror a su hermana abriendo avergonzadamente la boca. Muerde la croqueta y sonríe mientras asiente.

—¡Oye! ¡No le des de comer en la boca!

—Yo también quiero probar, Gojou-sensei —dice Usagui y luego abre la boca y señala en su interior.

—¿Tu también? Aquí tienes —contesta y vuelve a tomar una croqueta para dársela a Usagui.

—¡Ellas dos siempre comen mi comida! ¡No es nada nuevo!

—Kano, no estás siendo hospitalario —dice Sochi.

—¿Por qué tiene una venda? ¿Está lastimado?

Por primera vez desde que llegó escucha la voz tímida de Hiro. Se detiene a verlo y encuentra curiosidad en sus ojos castaños.

Satoru levanta una parte de su venda con su pulgar y lo mira con su ojo derecho; Usagui y Hiro quedan boquiabiertos al ver el tono tan particular de su mirada y él les guiña.

—Me veo tan bien que tengo que ocultar la mitad de mi rostro.

—¡Tu amigo es hermoso, Kasumi! —exclama Usagui, completamente enamorada de Gojou.

Kasumi siente el impulso de darle una patada a Gojou por debajo de la mesa, pero los niños no parecen haberse dado cuenta de nada y eso la deja ligeramente tranquila. Vuelve a sonreírse al ver a Gojou comer junto con su familia. Lentamente cimentándose en su mente la idea de que realmente ha regresado, que está vivo y que está ahí. Hay una extraña sensación de normalidad permeándose en el ambiente, mientras los niños le hacen preguntas a Gojou, mientras él pregunta a Kano por sus mangas y Sochi comenta que adoptarán un perro dentro de una semana. Con el pasar de los minutos, su hermano parece finalmente relajarse y dejar de mirar con tanta hostilidad a Gojou, lo cual la deja más tranquila.

Al terminar de comer, Kasumi mira el reloj que trae sobre la muñeca. Aún está a tiempo de entregar su informe sobre la limpieza del sur de Tokio antes de que se termine el horario de oficina. Se levanta de la mesa, no sin antes disculparse y se dirige a Satoru.

—Tengo un par de cosas que hacer, pero siéntete libre de quedarte. No tardaré mucho, hay algunas cosas de las que me gustaría hablar cuando regrese. ¿Te parece bien?

—Supongo que no puedo acompañarte. Está bien, de todas formas, preferiría que aún nadie sepa que estoy en Kioto.

—Y ustedes, no lleguen tarde a la escuela —les dice a los niños.

Este comentario le resulta extraño, sin embargo, Kasumi sabe bien que hay asuntos que es mejor discutir sin los grandes oídos de los niños. Por lo cual asiente, guarda silencio y sale de casa con su portafolio en mano.

Gojou la ve salir, luego escucha los pasos de los niños, corriendo hacia el segundo piso. Reconoce la voz de Hiro, recriminándole algo acerca de su uniforme a Usagui en un tono cansado. Kano y Sochi están en la cocina, lavando los platos y el más joven no tarda mucho en salir corriendo detrás de los niños. Luego los tres bajan, todos vistiendo sus atuendos escolares. Kano sale de la cocina y le extiende un recipiente con comida a Sochi.

—Llévaselo a la abuela —le dice y sale, también apresurado hacia su dormitorio— Tengo que irme a trabajar.

Sochi se arregla la corbata, tiene problemas para arreglarse el nudo con el recipiente debajo del brazo por lo que Satoru se aproxima y lo toma de entre sus manos.

—Gracias —le dice mientras deja el nudo bien armado—. ¿Por qué no me acompañas a casa de la abuela? Kasumi siempre le envía algo de comida a ella y al abuelo. Te agradarán.

Satoru asiente y sale de la casa junto a los niños y a Sochi, los tres más pequeños se despiden, caminando en la dirección contraria. Sochi le sonríe de nuevo, como si no pudiera contener la emoción de volverlo a ver y luego vuelve la vista a la casa junto a la suya.

—La abuela Chou es nuestra vecina, ella cuida a los niños de vez en cuando. El abuelo Shin siempre está durmiendo y está muy anciano, como no tienen hijos nosotros los ayudamos de vez en cuando, además siempre nos hacen galletas.

Sochi toca la puerta y luego de unos cuantos segundos en los que Satoru mira los alrededores, la puerta se abre. La señora Chou es una pequeña anciana, está envuelta en un chal de tejido grueso a pesar del pleno verano. Con solo verlos esboza una sonrisa amable y abre la puerta de par en par.

—Sochi, cariño —le dice en un tono entrañable, como si no lo hubiera visto en meses—. Pasa, pasa. Oh… y, ¿quién es tu amigo? —pregunta mientras ambos entran.

A pesar de no estar muy acostumbrado a comportarse con respeto ante sus mayores, Satoru le dirige una ligera reverencia a la señora, justo después de ver a Sochi hacerlo. Tenerlo junto a él le ha servido de recuerdo sobre cómo se ve tener modales.

—Abuela Chou, él es Gojou-sensei, es amigo de Kasumi. Tenga —dice, extendiéndole el recipiente que Kano preparó para ella—, vinimos a traerle esto.

—Qué agradable, ¿lo hizo Kano-kun?

—Sí.

—Oh, niños, siéntense por favor. El señor Shin está durmiendo la siesta.

—De hecho —suelta Sochi con algo de pena—, tengo que irme a la escuela… lo siento mucho, abuela Chou, volveré por la tarde.

—Claro, niño, ve, ve, estudia mucho —contesta, haciendo un gesto con el dorso de su mano para apurar el paso del muchacho—. Gojou-kun, ¿te molestaría ayudar a una anciana mientras tanto? ¿O tienes algo qué hacer?

Satoru observa la tierna y manipuladora sonrisa de la abuela Chou. Realmente no esperaba terminar compartiendo su tarde con una anciana, en lugar de con Kasumi. Pero tiene que encontrar algo en qué matar el tiempo hasta que ella regrese.

—Claro, abuela. ¿Qué necesita?



Satoru se pregunta qué tanto sentido ha tenido aceptar la escalera de la señora Chou para subir al techo a limpiar sus canaletas. Ya que no ha compartido mucho de su tiempo con humanos comunes y corrientes, le pareció lo más adecuado. No quisiera matarla de un infarto y terminar siendo odiado, no sólo por la creciente familia Miwa, sino también por todo el vecindario. Si pudiera matar a un anciano de un infarto, ese hubiera sido Gakuganji, y mientras lo piensa se pregunta si habrá muerto ya.

La dulce anciana lo puso a trabajar luego de pocos segundos de conocerlo, cosa que probablemente ha hecho con Kano, Sochi y Kasumi. Y aunque no le agrada estar asándose vivo en el techo de esta casa, es una buena distracción. Kasumi no regresará sino hasta dentro de varias horas y él no tiene intenciones de volver a Tokio de momento.

Cuando termina y baja innecesariamente por la escalera, la abuela Chou sale por la puerta trasera con un vaso de jugo de naranja en una pequeña bandeja.

—Debes tener calor, muchacho. Ten, lo acabo de exprimir —Satoru toma el vaso luego de agradecerle y lo bebe. El sabor del azúcar y el cítrico se funden en su garganta como si fuera la primera vez que bebe un jugo de naranja—. Es de mi árbol de naranjas, este año salieron muy dulces.

La señora Chou lo mira nuevamente, lo hace con mucha atención y perspicacia.

—Ya termine, abuela —dice Gojou y deja el vaso sobre la bandeja que sostiene la anciana.

—Vaya, eres muy alto. ¡Eres más alto que la puerta de mi casa! Oh, ¿te molestaría mucho cambiar el bombillo de la cocina? Ha estado titilando durante las últimas noches, y no consigo que el señor Shin lo cambie. La verdad es que él no puede reconocer que ni siquiera puede subir una escalera, por eso siempre está posponiendo los arreglos de la casa. Cada año que pasa se vuelve más y más orgulloso, y más viejo y cascarrabias.

Satoru se ríe y asiente nuevamente.

Para cuando cambia el bombillo de la cocina ella vuelve a pedirle con una amabilidad incomparable que aceite las bisagras de los gabinetes de la cocina, luego le pide que acomode la antena del televisor y por último que riegue su jardín.

—Ven a sentarte, muchacho. ¡Horneé unas galletas para ti! —le dice, llamándolo desde la puerta.

—Jamás me habían pagado en galletas, pero no está tan mal… —dice para sí mismo, regresando a la casa.

Desde la cocina se sienten los ronquidos de su viejo esposo, recostado en el sofá en la otra habitación. Satoru lo ha llegado a ver, con el rostro perdido debajo de un periódico. Se sienta e inspira, tiene que admitir que esta vida tiene su encanto, sobre todo cuando siente el aroma de la manteca y azúcar fundidos en una suave masa impregnándose sobre las paredes.

La abuela Chou sirve un plato para Gojou y luego le extiende una taza de café. Lo observa poner cinco terrones de azúcar y luego un sexto y luego un séptimo.

—Vaya, niño, tienes un gusto por el azúcar. Oye, sé que soy una vieja anticuada y seguramente no entiendo las modas de ustedes los jóvenes, pero… ¿podrías hacerme el favor de quitarte esa tontería de la cara y dejarme ver tu rostro?

—Lo siento abuela, ¿dónde están mis modales? —Gojou se vuelve a sonreír y hace caso de su pedido, aunque sabe muy bien que él por lo general no tiene modales en lo absoluto. Se acostumbró a llamarla abuela en un parpadeo y no se ha dirigido a ella con ningún honorífico desde que la conoció. Se quita la venda y su pálido cabello cae desordenadamente sobre su rostro.

—¡Oh! ¡Mira eso! Pero si eres un bombón, debes ser un imán de chicas. Oh, si tuviera unos años menos estaría batiendo mis pestañas en este momento. Con un rostro como ese deberías estar en las portadas de revistas y no ocultándolo con esa venda.

—Usted tampoco se ve tan mal para su edad —contesta Gojou, metiéndose otra galleta a la boca.

Tan mal para su edad —remeda ella, frunciendo su arrugado entrecejo—. Lo que tienes de lindo lo tienes de grosero. Cosas como esa no se le dicen a una mujer de mi edad, pero lo tomaré de todas formas, ¿quién podría molestarse con un muchacho tan lindo como tú? —contesta sorbe de su té—. Gojou-kun, eres sensei, ¿cierto?

—Bueno… Lo era hace unos años, creo que ahora se podría decir que estoy desempleado.

—Estamos viviendo tiempos difíciles, conseguir empleo hoy en día es toda una travesía. Déjame preguntarte una cosa, ¿acaso eres chamán como Kasumi-chan?

—Lo soy, abuela, qué observadora…

—No me halagues tanto, no es tan difícil identificarlos. Siempre tienen algo particular que los distingue de los demás y debo decir que tú eres bastante llamativo. Pero no tienes de qué preocuparte, en este vecindario las personas como tú son bienvenidas.

Satoru agarra su comentario en el aire y entiende el mensaje implícito que yace en sus palabras. Si aquí es bienvenido, eso significa que hay vecindarios en Japón en los cuales los chamanes no son bien recibidos.

—No sabía que había gente a la que les disgustáramos.

—¿No lo sabías?

—He… estado fuera del país por los últimos años.

—Oh, entonces Kasumi-chan aún no te ha puesto al día. La última vez que salió a exorcizar, los lugareños la echaron. Casi apedrean a la pobre muchacha, creo que hay gente que aún no entiende a qué se dedica. Creen que los hechiceros son la causa de todo lo que está pasando en Japón…

—De cierta forma… no están tan errados.

—Te refieres a ese sujeto, ¿cierto? Al que causó todo esto… Sí, sé que hay hechiceros que no son como Kasumi-chan. Debo decir que en un principio tenía mis recaudos, pero cuando ella llegó salvó a varios vecinos de una maldición terrible. No puedo decir que los salvó a todos, pero ahora que ella vive aquí todos nos sentimos muy seguros. Siempre que sale en alguna misión hacemos plegarias para que ella regrese a salvo. De hecho, tiene enamorados a varios muchachos del vecindario, es una muchacha muy bonita, ¿no crees?

—Se ha vuelto más bonita con los años.

—Y tú, Gojou-kun, ¿qué te trae aquí?

Debería decir que Kasumi es la respuesta, pero presiente que esta vieja entrometida ya lo sabe. Lo percibe en su pregunta y en la forma en que lo mira atentamente, bebiendo ocasionalmente de su taza.

—Kasumi-chan —responde y vuelve a tomar una galleta.

—Oh, me alegra mucho que lo digas. Esa muchacha ha estado soltera por un buen tiempo y ya es hora de que se case. Una mujer de su edad no puede cargar sola con tantos niños, ¿tienes idea de lo difícil que es? Yo sólo tuve un hijo y aunque siempre fui ama de casa, solía ser un trabajo de tiempo completo. Los niños son un trabajo agotador, incluso al ser adultos, uno siempre está preocupándose por ellos. Es como si tu corazón estuviera caminando por ahí, por fuera de tu propio cuerpo. Pero supongo que así es el amor de madre —termina y luego suspira.

—¿Dónde está su hijo, abuela?

—Mi querido hijo… él murió.

—Oh, lamento escucharlo.

—Murió en aquel incidente en Tokio hace cinco años —ambos guardan silencio, no se escucha nada en la habitación más que los silbidos de la nariz de su esposo, quien duerme en la habitación contigua—. Viajó para ver a su novia y quedó atrapado en la estación… Cuando él murió creí que yo misma moriría de tristeza, de hecho, los años siguientes no hice nada más que esperar impaciente por mi propia muerte. No fue sino hasta que Kasumi y los muchachos llegaron que volví a sentir ganas de continuar viviendo. Luego ella trajo un niño, luego otro y luego otro —repentinamente se sonríe—. Y creo que continuará trayendo a todo niño que se ponga en su camino. Kasumi-chan sabe lo que se siente ser un huérfano, por eso creo que sería incapaz de dejarlos a su suerte… Ella tiene el espíritu de una madre, haría hasta lo imposible por esos niños. Pero aún así es demasiado joven para tantas cargas, ¿tu estarías dispuesto a compartir ese peso con ella? Debo decirte que, aunque me alegra que te muestres tan interesado por ella debo advertirte que salir con una madre soltera no es fácil. Tienes que tomarte las cosas muy en serio o puedes terminar dañando a una familia entera.

—Abuela, usted es muy entrometida, ¿se lo han dicho?

La anciana Chou suelta una carcajada.

—Creo que nunca te han enseñado modales, ¿cierto? —dice mientras continúa riéndose—. Me agrada tu sinceridad, Gojou-kun.

—Así que… Kasumi lleva un buen tiempo soltera, ¿he? —pregunta simulando desinterés.

—Desde que terminó con ese otro chico hace unos años, no ha vuelto a salir con nadie. Supongo que no tiene mucho tiempo libre.

—¿Su compañero?

—Sí, era un buen chico. Kasumi no habla mucho sobre él.

Gojou traga, repentinamente el café no parece tener suficiente azúcar.

Sostiene entre ambas manos un ramo de flores blancas. Ha entregado su reporte a ese par que siempre se las arreglan para hacerle sentir que no es más que un mero objeto, una herramienta para el gobierno. Decidió no mencionar la presencia de Gojou, ni su participación en la misión, ya que él no era parte del convenio. Si bien de principio era difícil ocultar ciertas cosas en sus reportes, con el tiempo llegó a entender que a ellos no les interesaba el proceso, sino más bien el resultado. Si las ciudades al sur de Tokio están limpias, no hay mucho más que deberían saber.

Mientras camina entre lápidas pasa junto al monumento de los caídos en Shibuya, lo mira de reojo, como siempre hace, y se desvía para dejar una flor al pie de la estructura que tiene grabados cientos de nombres de las personas que perecieron aquel día. Aún hay espacio para incluir más nombres, ya que fue imposible entrar al territorio para identificar el resto de víctimas. Muchos de ellos probablemente aún estén en listados de desaparecidos, y aunque pudieran haber entrado a Tokio para identificarlos, gran parte de ellos fueron manipulados por una horrenda técnica maldita que los dejó irreconocibles.

Kasumi vuelve a caminar hacia la tumba que visita cada año, siempre con algo de demora. Al llegar al sitio, lee la inscripción, deja las flores y se sienta en el suelo, recostándose contra la lápida.

Miwa Akiko

Una suave brisa de verano le da la bienvenida y Kasumi suspira con cansancio, sus hombros caen y levanta la vista al cielo despejado y una sonrisa ligera levanta las comisuras de sus labios.

—Hola mamá —dice suavemente—, lamento no haber podido venir a verte para tu cumpleaños. Estaba trabajando…

Guarda silencio, no hay muchas personas en el cementerio este día y sólo ha visto un par deambulando a varios metros de distancia, presentando sus respetos. Kasumi saca incienso de su bolsillo y lo enciende sobre la tumba, luego lo sopla un par de veces para avivar la pequeña llama y cuando una línea tenue de humo grisáceo se desprende del incienso, vuelve a recostarse contra la tumba de su madre.

—Todo marcha bien, espero que estés feliz de saber que Kano se ha convertido en todo un hombre. No podría haber pedido un mejor hermano, gracias… —dice, volteándose a alguien que no está sentada a su lado—. Sochi está teniendo algunos problemas en la escuela, no tiene las mejores notas… creo que debería pasar más tiempo en casa para ayudarle, pero he tenido tanto trabajo últimamente que se me ha hecho imposible. Estoy pensando seriamente en aceptar un puesto en la División de Anomalías, Takagi y Shimada me dijeron que están formando escuadrones de chamanes. La paga no es tan buena como trabajando de forma particular, y si acepto no podría trabajar directamente para el clan Kamo… pero tendría seguro de vida y cobertura médica para todos los niños. Tengo que empezar a pensar en lo que pasaría con ellos si… si las cosas salen mal… ¿Crees que debería aceptar? —pregunta a la nada y no obtiene respuesta alguna—. Me gustaría que pudieras contestarme, sé que aún estás ahí… ¿Acaso estás cuidando de mí? Eso sospecho, de otra forma no entiendo por qué sigo viva… Sabes, mamá… él ha vuelto… —Kasumi siente su pecho estremecerse, un ligero dolor que le dobla el corazón y tira de su garganta. Con sólo decirlo en voz alta siente que sus ojos se humedecen—. Me dijo que me ama, pero creo que solo se siente solo… De todas formas, estoy feliz de volverlo a ver, me alegra que este vivo, pero estoy preocupara por él. Se porta tan casual… como si nada hubiera pasado. Sé que él y Nanami-san eran buenos amigos, si fuera yo… ¿Qué debo hacer? Estoy algo confundida, mamá… —dice y sus labios se tuercen, los ojos arden—, mami… Se supone que soy la adulta, que tengo que saber qué hacer en todo momento. ¿Por qué no sé qué hacer ahora? Me siento tan perdida… y tan sola… Y no debería sentirme así, tengo a los niños y a Sochi y Kano. Debería estar agradecida de tenerlos en mi vida, soy una ingrata, ¿verdad? —dice y una lágrima cae sobre su mejilla—. Quisiera tenerte conmigo ahora, ¿sabes? Quisiera poder escuchar tus consejos… Como lo hacías antes. Tú sabrías qué hacer, siempre sabías qué hacer incluso antes de morir. ¿Cómo fuiste tan fuerte aún sabiendo que ibas a dejarnos? No soy tan fuerte como tú, yo sólo pretendo serlo. Me aterra la idea de dejar a los niños, aunque sé que Kano haría un buen trabajo sin mí, sé que encontraría la manera de arreglárselas. ¿Eso pensabas tú de mí? ¿Qué encontraría la manera?... Creo que sólo estoy cansada… —dice y esfuerza una sonrisa mientras limpia las lágrimas de su rostro—. Todo este asunto con Gojou me tiene algo sensible, pensé que lo había superado, de verdad. Después de cinco años tendría que haber superado mi primer amor, pero… no lo sé. Se oía sincero, pero eso mismo creía cuando… Ya sabes… No puedo confiar completamente en él, necesito reunir la fuerza necesaria para ofrecerle mi amistad. Después de todo, él reestableció el balance en el universo —vuelve a reír—, aunque deje mi universo hecho un desastre… Esa es otra técnica que aún no sabe que tiene, creo. Él sabe todo. Tal vez también lo sepa… Lo peor de esto es que realmente estoy feliz de volver a verlo, ¿eso me hace una tonta? ¿una debilucha? ¿aun? —suspira—. Probablemente… creo que sigo siendo igual de débil que antes.


Notas: ¡Mil gracias por leer esta historia! En especial a natalysweety (claro que te recuerdo), Blueberry77, luc1822vilsi, zulmajea, ina minina, Wandd y TheOtherDestiny por sus comentarios. ¡Me hacen muy feliz! Espero que les haya gustado este capítulo, me tomó un tiempo escribirlo por la interversión de tantos personajes. Aún me faltan muchos más por introducir, hay muchas cosas qué contar aún sobre lo que ha pasado en estos años y los problemas que inevitablemente se interprondrán en el camino. Ojalá les haya gustado y espero ansiosa saber qué les ha parecido este capítulo.