Capítulo 4: La cabeza y el corazón


Acostumbrada a dormir pocas horas luego de pasar semanas exorcizando maldiciones, no fue muy difícil para Kasumi levantarse de la cama cuando su alarma sonó. Lo primero que viene a su mente es él, tal y como sucedía hace ya muchos años atrás; como sucede de vez en cuando, ocasionalmente.

Apaga la alarma con extrema rapidez y se inclina sobre el colchón para verlo, con los ojos cerrados, el cabello desordenado y una expresión plácida que le deja tranquilo el corazón. Tal parece que el agudo pitido de su alarma no ha logrado perturbar su sueño, cosa que la tenía preocupada y mantuvo su sueño particularmente ligero durante toda la noche.

Después de todo, no estaba entre sus deseos que tanto trabajo para ayudarlo a dormir se fuera a la basura luego de cuatro horas.

Permaneció a su lado, esperando pacientemente que lograra dormirse y no fue hasta que su respiración tomo un ritmo lento y sereno que supo que finalmente lo había logrado, Gojou logró quedarse dormido. Aún así esperó durante al menos veinte minutos más para levantarse y regresar a su cama, atormentada por la descripción que él le brindó sobre el interior de la prisión confinadora.

Se levanta, camina de puntillas y toma una muda de ropa limpia y luego sale al corredor. Mientras se viste en el baño escucha unas pisadas, alguien baja las escaleras y a juzgar por la hora, debe tratarse de Kano. Al salir escucha la puerta de su habitación abrirse y lo ve, ve a Gojou durmiendo plácidamente y parece estar a punto de gritar, pero Kasumi logra cubrirle la boca justo a tiempo y lo arrastra con ella.

—Ni se te ocurra —le advierte y su hermano la mira de reojo.

Kasumi lo suelta y es meticulosa al momento de cerrar la puerta. Lo hace con una delicadeza singular que irrita rápidamente a Kano. Luego voltea nuevamente a su hermano, con el rostro fruncido y una nueva advertencia escrita en su cara.

—Se supone que dormiría en el sofá —susurra Kano mientras Kasumi lo lleva del brazo por el corredor hasta la sala—. Él no tiene nada qué hacer en tu cuarto.

—Gojou necesita descansar, tú viste con tus propios ojos lo que sucedió ayer. Ten un poco de consideración, ¿cuál es tu problema?

—Agh, haz lo que quieras. Me importa un bledo… —responde y voltea a la cafetera—. ¿A dónde vas a esta hora? —pregunta, un tono menos impertinente.

—Tengo que hablar con alguien, me asignaron una misión y necesito algo de ayuda.

—¿Ren?

—Sí, tal vez le venga bien el dinero… ya debe habérselo gastado todo.

—No me sorprendería. Pero… ¿realmente crees que vaya a ayudarte? Es decir, considerando…

—Han pasado ya dos años, la última vez que lo vi me dijo que podríamos ser amigos.

—Y nunca volvieron a verse…

—No… Bueno… he estado ocupada… —Toma una taza de la alacena y espera mientras Kano llena de agua la cafetera—. Por favor, diles a los niños que no hagan mucho ruido. Gojou siempre ha tenido problemas para dormir y después de lo que sucedió anoche creo que necesita descansar. Ten paciencia con él, ha pasado por mucho.

—Pareces conocerlo bastante bien para ser un sensei de otra escuela, ¿no te parece?

—Hemos conversado… —responde Kasumi, evadiendo la mirada inquisidora de su hermano menor.

—No nací ayer, ¿sabes? Puedo darme cuenta de que no sólo han conversado, Kasumi. El tipo acaba de salir de un cubo en el que pasó los últimos cinco años, hace tres días y ha pasado dos de ellos contigo, ¿no tiene amigos? ¿no tiene familia? ¿Qué tan iluso crees que soy como para comerme el cuento de que son amigos?

—Simplemente está… teniendo dificultades para enfrentar la realidad en este momento. No es nada de lo que estás pensando.

Kasumi hace un esfuerzo sobrehumano por no verse demasiado afectada por las palabras de Kano, cuando por dentro siente que está a punto de gritar y salir corriendo. Cree que si mantiene una apariencia de lo más estoica podrá engañarlo y disuadirlo de sus tan acertadas ideas.

—Claro —responde, en un tono tan vacío que logra su objetivo; dejarle saber a Kasumi que su excusa le parece un montón de basura.


Nadie podría saber qué hora es con sólo ver las sombras sobre las paredes y la ligera luz que se cuela por los bordes de las espesas cortinas del cuarto de Kasumi. Al abrir los ojos recuerda los finos dedos blancos que los cubrieron para ayudarle a dormir y gira el rostro hacia la cama vacía junto a él. Hay una nota al lado de su almohada, un mensaje escrito en lápiz en un post-it amarillo. Gojou se incorpora sobre un codo y se talla los ojos, con un par de preguntas rondando en su mente; ¿dónde está Kasumi? Y ¿cuántas horas lleva dormido?

Tuve que salir a atender unos asuntos laborales, espero que hayas dormido bien.

Toma lo que quieras de la cocina, ¡come, por favor! (hay dulces en el último estante de la alacena a la derecha)

Buena suerte en Tokio, cuídate.

Kasumi.

Según el reloj ubicado sobre la mesa de noche de Kasumi, ha dormido al menos diez horas, lo cual vendría a ser el doble de lo que usualmente duerme. Tiene sentido, después de tanto tiempo sin dormir. Pero, aunque le parece razonable, se siente como una exageración tratándose de él.

Supone que ya no le queda más remedio que cumplir con su palabra y marcharse a Tokio, hablar con los miembros del clan que sigan con vida y pasar un momento a ver a Megumi. Pero todo se siente bastante incierto en este momento y parece haber perdido la brújula que lo venía guiando durante los últimos diez años. Repentinamente… su vida ha perdido el sentido. O al menos así se siente mientras está sentado en una cama improvisada, en el cuarto de una mujer que lo ha rechazado más veces de las que recuerda, vistiendo la ropa de su hermano menor.

Se levanta de la cama y vuelve a vestirse el uniforme que trae puesto desde hace ya varios días, una razón más para regresar a Tokio. Se prepara un café que satura de glucosa y busca en el último estante de la alacena, a la derecha, las golosinas que Kasumi ha escondido de los niños, pero no de él.

Se sonríe, toma una caja de Pocky y se echa una galleta bañada en chocolate a la boca y luego toma un trago de café, que de alguna manera no logra empalagarlo. Luego se sienta frente a la mesa que fue escenario de su último despliegue de infinito y mira de reojo su celular.

Es difícil saber qué debe hacer con su vida ya que sus objetivos han sido alcanzados. Sin peces gordos en el medio, con una generación fuerte alzándose, ¿cuál es su misión en la vida?

Si tan sólo le queda por objeto perseguir a Kasumi por el resto de su vida, estaría satisfecho, a pesar de que no suene tan emocionante para el chamán más fuerte del mundo. Por el momento, no hay nada más que surja de él, ningún otro deseo que lo coma por dentro con más intensidad que compartir otro segundo con ella. Incluso, ahora, mientras medita qué sucederá este día, la echa de menos y anticipa de qué manera regresar a esta casa sin volverse aún más sospechoso ante los ojos intrusos de Kano.

—Tal vez la vieja me sirva de algo —dice para sí mismo, recordando a la entrometida abuela Chou.

Se pone de pie, deja la taza vacía en el lavabo y se guarda la caja de chocolates en el bolsillo de su chaqueta antes de salir. Esta vez, al ponerse la venda sobre los ojos decide no volver a acceder, en el caso de que la anciana le pida que se la retire. Sospecha que habérsela quitado durante tantas horas pudo haber contribuido a su excesivo cansancio y en consecuencia, a ese vergonzoso episodio en la cena.

No tiene que estirarse sobre la punta de sus pies para verla del otro lado de la cerca de madera. La anciana Chou corta unas rosas en su patio trasero, escondiéndose del intenso calor del medio día con un sombrero bastante grande.

Gojou acorta la distancia a grandes zancadas y apoya sus brazos sobre el cerco, extiende una sonrisa y la saluda, ella hace lo mismo después de salir de su sorpresa inicial.

—Gojou-kun, ¿sigues por aquí? —le pregunta, ligeramente intrigada.

—Sí, pasé la noche, pero ya tengo que marcharme.

—Qué pena, me hubiera gustado invitarte a cenar. Le comenté a mi esposo sobre ti y le gustaría conocerte.

—Volveré pronto, pero necesito una buena excusa. Kasumi no quiere que sus hermanos sepan de mis intenciones, aunque Kano ya lo sospecha.

—Ese muchacho es muy perceptivo —contesta y se rie—. Y entiendo si Kasumi-chan no quiere involucrar a sus hermanos, las relaciones se vuelven muy complicadas cuando otras personas se involucran. Créeme, te lo digo por experiencia propia.

—Tengo que arreglar unos asuntos en Tokio, como me dijiste, ser responsable y eso… Aunque no se me da muy bien. Estoy esforzándome, él solo ir a Tokio me fastidia. Y sé que no necesito una excusa para regresar a ver a Kasumi, pero sus hermanos si la necesitan.

—En otra situación te recomendaría que evitaras las mentiras, pero si ella te ha pedido ese favor debes cumplirlo. Aunque será difícil pensar en algo convincente… Si solo se tratara de Sochi podrías decirle cualquier cosa y él no se detendría a cuestionarte, en cambio Kano…

—Es un dolor en el trasero.

—Creo que lo mejor sería no inventar excusas, sino crearlas. Busca una razón real para volver, Gojou-kun. Estoy segura de que en estas épocas un chamán como tú debe tener buenos motivos para viajar de aquí para allá.


El simple y usual canto de las aves, anidando sobre las altas copas de los árboles que rodean lo que queda del Colegio Metropolitano de Hechicería de Tokio es tan familiar y a la vez tan lejano que le perturba. Con solo dar unos cuantos pasos por las mismas escalinatas de piedra pulida siente los pasos de sus alumnos como fantasmas acompañándolo. Las risas imaginarias que rápidamente son reemplazadas por risas verdaderas, de una manera tan orgánica que no puede distinguir las imaginarias de las reales. Memoriza nuevas impresiones energéticas, nuevas corrientes de energía maldita que se tallan en su memoria mientras anda con los ojos cerrados, cubiertos por el manto negro que elije usar día tras día para no agotar su mente mortal. Los nuevos alumnos entrenan no muy lejos, de la misma forma en que lo hacían Inumaki, Nobara, Maki, Panda, Megumi y Yuuji, la última vez que caminó estos mismos senderos. Y más atrás, en la parte más triste de su memoria escucha la risa de Suguru, Shoko, Mei Mei y Utahime, y ve entre sus recuerdos la expresión cansada de Nanami. Incluso Yaga vaga por su mente y lamenta sus últimas penosas interacciones con él.

Sin embargo, nada de todo lo que pasa por su mente como un huracán logra disuadirlo de esbozar una sonrisa cuando lo ve; cuando percibe su inconfundible aura y abre ligeramente los ojos para volver a encontrarse con esa cicatriz que lleva en el labio, casi en honor a su padre. Lo que le recuerda que jamás hablaron sobre su muerte, quizás Megumi aún cree que su padre está vivo, quizás ha matado su recuerdo y eso ha evitado que pregunte sobre él.

Él suspira al volverlo a ver. Gojou no sabe si este gesto proviene del cansancio, cosa que inspira con demasiada facilidad, o el alivio. Cualquiera de las dos opciones lo tiene sin cuidado. Y aunque se alegra de verlo vivo, no tiene intenciones de permanecer aquí por mucho tiempo.

—Escuché que estabas preocupado —le dice, parándose a su lado de una forma tan cándida que nadie podría creer estuvo atrapado por cinco años dentro de un objeto maldito.

—Nos tienes a todos preocupados —responde Megumi sin sostenerle la vista, pendiente de los movimientos de sus alumnos.

—¿A todos? —cuestiona ensanchando su sonrisa—. ¿Dónde están los demás?

—Trabajando. Aún les falta mucho a los muchachos para salir solos así que Yuta y Mai están encargándose de las maldiciones mientras yo los entreno. Nos vendría bien un poco de ayuda… La gente está emanando más energía maldita desde… desde el incidente. El número de maldiciones se ha triplicado sólo en las áreas urbanas y mucha energía se concentra en Tokio.

—Tiene sentido, ahora que las personas saben de la existencia de las maldiciones deben temerles más que a los miedos más mundanos y regulares con los que estábamos acostumbrados a lidiar.

—¿Vas a quedarte?

Megumi hace esta pregunta aún con sus afilados ojos clavados en el campo de entrenamiento. La pronuncia como si supiera la respuesta con anticipación.

—No, pero aún tengo algunas cosas qué hacer en Tokio. ¿Qué sabes sobre el clan Gojou? ¿El templo sigue donde estaba la última vez?

—Sí, sigue ahí, igual que antes… La cabeza regente le ofreció el título a Yuta con la condición de cambiar su apellido a Gojou. No fuiste el único que se enteró de su relación con el clan. Pero él lo rechazó, aunque fueron muy insistentes.

—¿Quién es el regente?

—Tu padre.

—Claro, era de esperarse.

De no ser por los gritos de los nuevos alumnos, un silencio eterno se extendería entre ellos dos. Gojou saca uno de los dulces que comienza a derretirse en su bolsillo y se lo lleva a la boca, repentinamente ansioso por el sabor del azúcar sobre su lengua.

Megumi no es el más diestro platicador del montón y se remueve con incomodidad, parado en sus dos piernas. Se cruza de brazos y un par de arrugas se forman sobre su frente cuando frunce el entrecejo. Irritado por la liviandad con la que Gojou se mueve a su alrededor.

—Miwa-san me contó lo que sucedió anoche en su casa… Pero creo que deberíamos entrar para conversar al respecto.

—En realidad…

—No es una pregunta.

Él se voltea en dirección al Colegio y Gojou levanta las cejas bajo su venda, sorprendido por el repentino tono y el aire inexorable de sus palabras. No encuentra más remedio que seguirlo antes de echarle un último vistazo a los alumnos y copia sus pasos hasta una pequeña oficina en la que Megumi toma asiento y él hace lo mismo.

El calor en esta época del año es insoportable y él se desploma sobre un sofá y deja caer su cabeza aturdida. Esto le sirve de recordatorio, esta vez se llevará una maleta y se dará una nueva ducha antes de volver a Kioto.

—¿No vas a decirme qué te pasó anoche? —cuestiona Megumi, su mirada irradia la forma más pura de indignación.

Satoru se incorpora, hace un gesto con la palma de su mano, sacudiéndola de un lado al otro; le dice "no es nada, no es nada", "pierde cuidado", "no te preocupes", sin decir una palabra.

—Jamás te vi perder el control. No minimices lo que sucedió —lo reprende y vuelve a dejarlo sorprendido. Tal parece que Kasumi no es la única que ha crecido—. Sería completamente normal… —continúa, cambiando el tono a uno más calmado—, si no te sientes como tú mismo después de…

—¿De estar atrapado por años? —completa Gojou, ahorrándole la pena de recordárselo—. Sabes, comienza a fastidiarme que todos me traten así, como… como caminando sobre cáscaras de huevo. Puedes decirlo, estuve atrapado en un sello por cinco años, me atraparon en Shibuya como a un maldito idiota. Lo sé, estuve ahí, no quiero que me hables como si te diera lástima lo que ocurrió, más bien deberías estar molesto. Me dejé atrapar, ¿no es cierto?

Esquivo, como siempre ha sido, Megumi evade su mirada y aplaca su gesto. Gojou se inclina, apoyando ambos codos sobre sus rodillas y lo mira con atención, volviendo a sonreírse.

—No estoy molesto por eso, pero me molesta que actúes de esta manera.

—¿Cómo quieres que actúe? No voy a sumergirme un miserable estado depresivo. He perdido mucho tiempo y estoy… tratando de recuperarlo.

—¿Haciendo qué? ¿Huyendo de Tokio?

—Megumi, ¿qué sucedió con Tsumiki?

Esta última pregunta lo toma completamente por sorpresa y Gojou abre los ojos solo para ver con atención su expresión. Él nuevo sensei abre los ojos y luego de un instante se relaja y un ligero rubor le cubre las mejillas, pero se esfuma tan rápido como aparece.

—Está viva, ella vive aquí con nosotros.

—Ya veo, es una buena noticia. Y bien, supongo que puedes entender perfectamente el término… el de recuperar el tiempo perdido, ¿no?

—Supongo —responde con evidente incomodidad—. Pero… ¿a qué viene eso?

—Tengo una persona… Las cosas no terminaron de la mejor manera la última vez que nos vimos, y ahora quisiera intentar hacer las cosas bien. Aunque aún no entiendo totalmente cómo hacerlo —comenta, cruzándose de brazos—. Ah… requerirá mucho esfuerzo y paciencia que no sé si tengo, pero vale la pena intentarlo.

—¿Quién? —pregunta Megumi, pero no se ve confundido ni intrigado. La forma en la que lo mira mientras aguarda una respuesta le trae a la mente la expresión de Kano y Gojou no encuentra motivos para mentirle, después de todo, la promesa que le hizo a Kasumi solo abarca a Sochi y Kano.

—Miwa Kasumi.

No hay sorpresa en su expresión, los hombros de Megumi Fushiguro caen con cansancio y repentinamente se lleva una mano a la frente y hunde sus dedos entre su desordenado cabello.

—No soy la persona indicada para juzgarte, aunque debo decir que esto es terriblemente inapropiado.

—Tal vez sí lo era, hace cinco años. Ahora no, y me tiene sin cuidado. ¿A quién le importa? El mundo pudo haberse terminado hace unos días y podría volver a suceder en cualquier momento, ¿no crees? Tenemos que aprovechar nuestro tiempo mientras estemos vivos, Megumi. ¿Tú vas a perder el tiempo ahora?

Él duda, pero finalmente llega a una inequívoca conclusión.

—No.

—Entonces está todo dicho —responde, poniéndose de pie para salir a su antigua habitación.

—Pero eso no quita el hecho de que tenemos una responsabilidad. El país sigue en ruinas y tenemos que trabajar para volver a levantarlo. Miwa-san lo hace, todos los días desde que sucedió lo que sucedió en Shibuya y dudo mucho que ella quiera estar con alguien que prefiera dejarle el trabajo al resto.

Las palabras de Megumi actúan como pegamento sobre la suela de sus zapatos. Gojou escucha sus palabras, totalmente inmóvil, pero no se voltea a verlo, simplemente asiente y se retira, dejándolo solo en su oficina.

Después de una muy necesitada ducha, reúne varias mudas de ropa en su vieja maleta y encuentra su billetera. La fecha de expiración de sus tarjetas de crédito aún no ha llegado, pero desconoce la situación bancaria del país y si el clan habrá mantenido sus cuentas al día, o si las cerraron. Solo le queda un manojo de efectivo y se pregunta por un instante qué haría si el clan no existiera. Quizás volvería a dar clases, junto con Megumi, pero ya no hay peces gordos que financien la institución y esto lo lleva a preguntarse quién está pagando el sueldo de Megumi y Shoko, y el de los empleados que aún quedan en los templos.

Ser el hechicero más fuerte no lo exime de comer, de vestirse o de necesitar un sitio en el cual dormir. Afortunadamente no tiene que preocuparse por esas nimiedades; descansa sus preocupaciones en los fondos que probablemente aún mantiene el clan Gojou y toma su maleta para partir en dirección al antiguo templo en el que vivían sus padres hace cinco años.

Una vez afuera, con el cabello aún húmedo y oliendo a uno de los perfumes importados que yacía olvidado en el fondo de un cajón, ve a una muchacha cuyo rostro no había visto en una década, tal vez menos.

Megumi sale a su encuentro y Satoru ve nota con cierto alivio un gesto que es muy extraño en él. Es rara la oportunidad en la que alguien puede ver a Megumi sonreír, e imagina que Tsumiki ha sido el blanco de este destello desde que volvió a abrir los ojos.

La ve llegar con bolsas de compras entre las manos y él, como todo un caballero, las toma antes de que pueda cruzar el umbral de la puerta. Él mismo se sonríe con solo verlos por un momento, a pesar de haber sido tan efímero, pero no pierde mucho tiempo en sus cavilaciones y comienza a caminar en dirección a las mismas escalinatas que lo recibieron.

Medita un poco en el camino, observando de reojo los estragos que han dejado los años de batallas por doquier. Tokio se ha vuelto tierra de maldiciones y la energía continúa naciendo en su núcleo, reproduciéndose a un ritmo escalofriante. Es aterrador e interesante a la vez, Gojou se pregunta qué clase de maldiciones nacerán del miedo y del caos que se ha sembrado allí.

No puede evitar preguntarse qué estará haciendo ella en estos momentos y en los reproches de Megumi, además de los consejos de la abuela Chou. Lo mejor que puede hacer por Kasumi y por él mismo, es comenzar a trabajar. Poner manos a la obra y ayudar a limpiar el país, posiblemente a su lado. Anticipa que se negará, pero no hay muchas objeciones que poner cuando la seguridad de los japoneses está en riesgo.

Tal vez Kejaku tenía razón, tal vez él sí se ha despertado en la Era de las Maldiciones.

Podría haber acortado la distancia y volverla pocos minutos simplemente volando hasta aquí, pero la caminata le viene bien. Estirar las piernas y usar sus músculos aletargados le hacen sentir más liviano que de costumbre. El calor de verano se ha aplacado lo suficiente como para dejarle disfrutar de una suave brisa y los rayos sobre su piel. Solo espera no dejarse una horrenda línea de bronceado sobre el rostro, como le suele pasar de vez en cuando en esta época del año.

Quizás esto solo es una excusa para estrechar la senda que lo guía hasta este enorme templo. Tal vez no es más que otra forma de huirle a la responsabilidad de ser el líder del clan Gojou.

Satoru se detiene con su maleta en mano bajo el imponente torii erigido frente a la aún más imponente estructura de cinco pisos, construida en el año 810, escondida dentro de un frondoso bosque con árboles de la mitad de altura del templo. Su arquitectura nihon kenchiku ha permanecido inalterada desde entonces, perfectamente conservada y tallada en madera y materiales rústicos.

Gojou siempre se siente viajar a otra era de solo poner un pie en los alrededores. De hecho, se siente un turista cuando debería sentir que regresa a casa. Pero no hay nada aquí que asemeje la sensación de un hogar. Más bien se siente un instituto, un lugar en el que obtuvo los primeros años de su educación, con tutores privados y sumamente estrictos, tan estirados que el solo recuerdo le trae fastidio.

Suspira sin saber exactamente por qué, su sonrisa se borra casi por completo y camina confiado por un largo sendero de piedra rodeado de templos más pequeños y placas conmemorativas de antiguos y célebres miembros de su clan, junto a los que algún día estará tallado su nombre.

Puede ver desde lejos algo que le hace recuperar la sonrisa. Una joven criada lo ve y corre a toda prisa al interior del templo principal. Luego aparece otra que hace exactamente lo mismo y él imagina con anticipación el alboroto que debe haberse armado allí dentro con su sola presencia.

Antes de entrar, las puertas de madera robusta se abren para él y deja su maleta junto a la entrada. Se retira los zapatos y otra joven le entrega un calzado. Lo hace de una manera tan devota, tan sumisa que le da lástima. Probablemente ha sido entrenada para no mirar a los ojos a sus amos.

Luego de calzarse, le sonríe, pero ella no levanta la mirada y se retira sin darle la espalda, mientras lo reverencia. Satoru siempre ha encontrado todo este trato sumamente excesivo, pero los miembros del clan se parecen en algo a los peces gordos, son unos fanáticos de lo tradicional.

—Satoru —escucha y dirige su atención a la cima de una amplia escalera sobre la que se para su padre.

Su viva imagen, con el cabello largo hasta la cintura, más blanco que el suyo, vestido en un atuendo tradicional japonés. Su haori negro con bordados en hilo blanco sobre las mangas cae hasta sus rodillas, bajo él un hakama rayado, también en blanco y negro. Su imponente apariencia y el tono ronco de su voz le traen cierta nostalgia. Satoru siempre ha pensado que su padre se ve como un antiguo emperador.

—Gosuke —contesta Satoru, ya que jamás le ha parecido apropiado llamarle papá.

—Sin honoríficos, como de costumbre… —dice mientras baja las escaleras—. Si los hubieras usado me hubiera preguntado si realmente eras tú. Te has tomado tu tiempo, hijo.

—Tenía cinco años de asuntos pendientes.

—Hemos estado esperándote —le dice y Satoru no encuentra en su rostro ni un dejo de satisfacción. Hasta el momento Sochi ha sido el más emocionado por verlo y ni siquiera son parientes—. Acompáñame —continúa, dándole la espalda y un séquito de jovencitas caminan detrás de ellos—. Los miembros del clan están reuniéndose ahora.

—Tenía la esperanza de hacer esta reunión lo más breve posible —responde, encorvándose, completamente irritado detrás de él.

—Tienes cinco años de asuntos pendientes con este clan, Satoru. Nada puede ser más importante que esto —responde su padre sin voltearse a verlo a la cara.

Satoru se rasca la oreja, como si quitara esas palabras de sus oídos. Si pusiera las cosas en una balanza imaginaria, ser el líder del clan Gojou estaría ocupando el último lugar en su lista de preocupaciones.

Camina callado detrás de él, como siempre ha hecho. Jamás han cruzado demasiadas palabras; sus interacciones siempre han sido de lo más concisas y no puede decir que es algo que le desagrade. De hecho, le gusta mantener las cosas de lo más acotadas entre él y el resto del clan.

Se deja guiar hasta una habitación que siempre ha servido como una especie de habitación del trono. Una en la que un extremo de la habitación se levanta unos cuantos centímetros sobre el suelo de madera.

Las siervas del clan abren la puerta para ellos y Gojou observa el resto de su familia reunida allí, sentados en el suelo sin un dejo de sorpresa en sus miradas. Él supone que han estado reunidos en el templo desde el mismo momento en el que supieron de su regreso.

Del lado derecho de la habitación están Goro, el hermano mayor de su padre y su hijo Nobu. Del lado izquierdo está Saburo, el hermano menor de su padre y sus hijos Yajiro y Ban. Todos visten el mismo tipo de atuendo de su padre, todos lo observan de una forma especial. Siempre lo han respetado sólo por las técnicas que le fueron heredadas, más esta obligación no se refleja en sus miradas. Satoru siempre ha sabido que todos allí lo envidian y que no lo juzgan apto de ser la Cabeza del clan, pero esto lo tiene sin cuidado.

Camina con la frente en alto y una sonrisa ególatra, pero antes de poder tomar su lugar en el peldaño en el que acostumbra sentarse, su padre se le adelanta y toma asiento. Satoru se queda parado en el centro de la habitación y repentinamente esto comienza a sentirse más como una intervención que como una bienvenida.

—Siéntate. Tenemos que hablar —le dice su padre y él le da una última mirada a su familia antes de sentarse allí mismo en donde está parado.

Debe de existir algún secreto, algo recóndito, perdido en su genética que les hace ver como si no hubiera pasado un solo minuto. Todos los miembros de la familia Gojou, al menos los más importantes, reunidos en semi circulo, con su propio padre a la cabeza, esperando por un anuncio que comienza a impacientar a Satoru.

—Relájate, niño —le dice Goro, su tío mayor, el más robusto de toda la familia—. Volverás a sentarte en tu trono después de que hablemos contigo.

—Y bien, ¿qué es lo que tienen que decirme? Tanto preámbulo está comenzando a aburrirme.

—¿Acaso no se te quita lo engreído con lo que has pasado? —pregunta Ban, el miembro más joven pero que de alguna manera parece mayor que él.

—Vaya… —musita Satoru, viéndolo a los ojos—. Los años han hecho estragos contigo, Ban. Pareces de cincuenta años.

—Suficiente —interrumpe Gosuke—. Satoru, con tu regreso el clan ha vuelto a ser el más fuerte. Pero luego de lo que sucedió en Shibuya muchos de nosotros hemos estado pensando en que ha llegado el momento de que asumas por completo tus responsabilidades como la Cabeza del clan.

—¿Por completo? ¿Qué quieres decir con ello?

—Muchacho —le dice Saburo—. Has gozado de demasiadas libertades que ninguno de nosotros ha tenido. Incluso has abusado de ellas… Todo ese asunto de ser sensei en el Colegio Jujutsu no ha traído más que problemas. Si no hubieras estado involucrado en todo ello jamás te hubieran sellado, no lo hubiéramos permitido. Llegó el momento de que actúes acorde al título que te hemos dado.

—Hemos reunido una serie de candidatas para que desposes en primavera —continúa su padre y hace un gesto a una de sus criadas. La muchacha le extiende una lista y se vuelve a sentar detrás de Gosuke—. Las hemos seleccionado meticulosamente, todas vienen de buenas familias y serán excelentes esposas para ti.

—Espera, espera… ¿quieres que me case?

—Queremos un heredero —contesta Nobu, el mayor de sus primos—. No podemos darnos el lujo de que vuelvas a meterte en problemas y quedarnos sin alguien que herede tus técnicas malditas.

—Ya hablamos con las familias, todas aguardan una respuesta en este momento —Su padre le extiende la lista de candidatas y él estira la mano para ver con horror los nombres escritos allí. Conoce al menos a la mitad de estas muchachas, pero jamás ha considerado casarse con ninguna de ellas. De hecho, jamás ha considerado la idea del matrimonio.

—¿Quieres que lo decida ahora? —pregunta a punto de soltar una carcajada.

A paso lento y deliberado, irrumpe en la reunión y permanece parada junto a la puerta. Detrás de ella, como siempre, deambula un pequeño número de criadas de expresiones sumisas pegadas en el suelo.

Cualquier hombre en la faz de la tierra se quedaría sin aliento de solo posar sus ojos sobre Yuriko Gojou. Ella simplemente tiene el aspecto de haber sido sacada de una pintura antigua. Su piel lucha implacable contra la flacidez de sus cincuenta años y las bolsas bajo sus ojos están tan perfectamente maquilladas que podrían confundirla con una mujer de la edad de su propio hijo.

Satoru vuelca su atención a Yumiko, al igual que el resto del clan. Su madre se aclara la garganta y empuja con delicadeza un mechón negro que cae como una cascada espesa detrás de su espalda.

Sus ojos grises sutilmente maquillados de rosa y púrpura se vuelcan sobre Satoru y curva sus labios en una sonrisa, pero él no se siente capaz de devolver el gesto.

—Después de cinco años, ¿acaso no piensas saludar a tu madre?

—Yumiko… —dice su padre en un tono cansado—. Ahora no es el momento.

—¿Qué? Si van a hablar de la mujer que va a casarse con mi hijo creo que merezco estar presente.

—Oigan, oigan —dice Satoru, poniéndose de pie nuevamente—. Voy a ahorrarles esta pérdida de tiempo, no voy a casarme con ninguna de estas muchachas. Envíenles mis disculpas a las familias que estoy seguro esperan ansiosamente por mi respuesta, pero…

—No estamos pidiendo tu permiso, Satoru.

—¿Crees que no puedo negarme, Gosuke? —pregunta Gojou, apretando sus puños, arrugando las hojas que sostiene bajo su mano.

—Calmense, muchachos, cálmense —dice Yumiko en un tono extrañamente dulce y camina hasta su hijo, envuelve su brazo sobre el suyo y acaricia su espalda—. Me gustaría cruzar unas palabras en privado con mi hijo.

—Yumiko —vuelve a repetir su padre.

—Pasé cuarenta y ocho horas en trabajo de parto para darte al líder de nuestro clan, si quiero hablar con mi hijo en privado, voy a hacerlo.

—No hay necesidad de pelear entre nosotros —irrumpe Nobu, que ha permanecido callado durante toda la reunión—. Estoy seguro de que Yumiko-san puede meter un poco de sentido común dentro de su hijo si le damos la oportunidad.

Los ánimos parecen calmarse luego de oírlo y Gosuke deja salir un suspiro.

—Bien —dice finalmente antes de ponerse de pie—, démosle unos minutos.

Satoru observa como los miembros de su familia se retiran y se voltea a ver la sonrisa triunfante de su madre que lo deja ir cuando las puertas se cierran. Se voltea a sus siervas y luego de pedirles que se retiren para dejarlos a solas, vuelve a fijar su atención en él.

—A ti no te ha pasado un solo día, ¿cierto? —le dice y se sienta en el mismo sitio en el que hace un momento se sentaba su padre—. Ustedes los Gojou están bendecidos por la genética.

—No vas a convencerme, Yumiko.

Yumiko —pronuncia ella—. ¿Aún te niegas a llamarme mamá?

—Los dos sabemos bien que jamás fuiste una. Pudiste haberme parido, pero jamás se te dio bien lo de ser madre.

—Qué muchacho tan cruel. Algunas mujeres simplemente no nacemos para ser madres. No es mi culpa no tener ese instinto, ¿acaso crees que tú tienes algo de instinto paternal? Cuando tengas tus propios hijos lo sabrás… Lamento decirlo, pero creo que te he heredado eso.

—No te culpo, simplemente no me importa. Y no planeo darle herederos al clan, así que si quieren designar a otro miembro como Líder estoy más que dispuesto a cederle el lugar. Y mira —dice sonriéndose, estirando la hoja de papel sobre su regazo—. El próximo líder tendrá una extensa lista de candidatas listas para ser recipiente del próximo líder.

—No tienes que ser tan sarcástico al respecto.

—Esto no tiene sentido, no pueden simplemente obligarme a casarme. No pueden, es físicamente imposible.

—Hijo —pronuncia perdiendo su sonrisa—. Tu sabes perfectamente bien que los clanes tienen métodos muy cuestionables para cumplir con sus objetivos. ¿Crees que van a dejar que te vayas así nada más? ¿Qué vivas una vida tranquila y feliz en los suburbios de Kioto?

—¿Qué has dicho?

—El clan ha estado siguiéndote desde hace mucho tiempo, desde el mismo momento en el que decidiste marcharte para ser un sensei. Han monitoreado todos tus movimientos, todas tus conversaciones.

La amenaza implícita que yace bajo sus palabras logra hervirle la sangre en cuestión de segundos.

—Si le hacen daño a Kasumi o a sus hermanos juro que voy a marcharme de aquí con sus cabezas entre mis manos, incluida la tuya Yumiko.

—Sé que no soy la mejor madre de la historia, Satoru. Pero no deberías amenazar la vida de la única persona que está de tu lado. No puedes pasar las veinticuatro horas del día pendiente de la seguridad de las personas que te importan, después de todo sigues siendo un mortal. ¿Acaso sabes dónde está ella ahora? ¿O con quién?

—¿Estás insinuando que ahora mismo…? —pregunta, sintiendo un extraño peso sobre su pecho.

—Tranquilo, nadie está detrás de esa muchacha. Aún… Lo mejor que puedes hacer por ti y por ella es casarte. Ten a tu heredero y puedes seguir haciendo lo que te plazca con esa niñita, tal y como tu padre y sus hermanos lo hacen con las siervas de este templo.

—Kasumi jamás aceptaría algo así.

—¿Y por qué no te casas con ella? Así resolverías el problema de todos. Tener un hijo no te costará nada de trabajo, después de todo ella es joven.

—Ella… —comienza con duda. La verdad es que jamás ha conversado sobre su vida íntima con su madre—. Ella y yo sólo somos amigos.

—Satoru —pronuncia intrigada—, no tengo instintos maternales, pero soy una mujer con mucha intuición, ¿acaso estás enamorado de ella? ¿Esta muchacha realmente te importa?

Él duda de su respuesta por un momento. No porque dude de sus recientemente descubiertos sentimientos, sino porque no sabe con completa seguridad si su madre usará esta información en su contra eventualmente. La duda lo hace desistir de la respuesta que está a punto de salir de sus labios.

—Entiendo tu desconfianza, si estuviera en tu lugar yo tampoco contestaría. Pero déjame darte un consejo. Diablos, creo que es el primer consejo que te daré… —comenta y se sonríe—. Cuando me casé con tu padre tenía altas expectativas para mi vida. Ser parte de este clan era lo más importante para mi familia y, al igual que todas las muchachas en aquella lista, fui criada especialmente para ello. Pero, ¿sabes qué descubrí? —Satoru no contesta—. Descubrí lo mismo que tú cuando entraste a esta habitación. El clan Gojou puede ser un poco más liberal que el clan Zen'in, pero al final del día sólo los hombres toman las decisiones importantes. ¿Sabes por qué es eso? Porque en la historia del clan Gojou jamás una mujer ha heredado las técnicas que tu posees. No sé a qué se deba, si hay alguna especie de restricción celestial que sólo permite a los hombres gozar de esa suerte… En definitiva, cada mujer que se case con este clan terminará relegada a ser… como bien dijiste… el recipiente de sus hijos. No hay mayor destino aquí y si realmente te importa esa muchacha la dejarás en paz. Deja que siga su vida y abandona tus sueños. O la condenarás a la misma vida aburrida y monótona que lleva tu madre, las mujeres no tenemos lugar dentro de los clanes.

—Estás diciéndome que si no la abandono entonces el clan me la arrebatará. Y si me caso con ella, la condenaré a una vida miserable. ¿Acaso hay algún escenario en el que yo gano?

—Lo dudo mucho, hijo. Y lo lamento, no me has contestado, pero estoy casi segura de que estás completamente enamorado de ella. Es una pena que hayas nacido siendo un Gojou…

—¿Crees que me rindo tan fácilmente?

—Estoy segura de que darás batalla, después de todo… eres mi hijo.


N/A: Lamento mucho la demora, estos días ando con la cabeza en otro mundo como para sentarme a escribir pero al fin pude terminar este capítulo y al final me faltaron muchas cosas que pensaba incluir. ¿Qué les ha parecido? Tenía mucha emoción por incluir al clan Gojou en este fic y espero que mi representación les haya gustado. Muchísimas gracias por leer y mil gracias a TheOtherDestiny, Ina minina, Blueberry77, Camila759, luc1822vilsi, zulmajea, Wandd y clairwesker2021 por sus lindos comentarios! Se aprecia mucho todo el apoyo.