Capítulo 6: La Caída
Gojou silva y los gorriones que revolotean sobre la copa de los árboles lo acompañan. Kasumi suspira, observa una mariposa de alas anaranjadas batir sus alas a pocos metros de ella para posarse sobre una flor que nace al pie de un roble. El cielo despejado deja que los rayos del sol los bañen, pero una clemente brisa bate el cabello de Kasumi y la deja sonrojada, mirando el inhóspito paisaje frente a ella.
No hay más que edificios abatidos, vegetación que ha encontrado espacios propicios entre los escombros para salpicar la destrucción con destellos de vida en oleos verdes, aprovechando el lienzo que le fue dispuesto.
Todo es tan tranquilo, el silbido de Gojou y la brisa que sopla suavemente sobre su oído, que logra hacerle creer por un efímero instante que todo está bien entre ellos dos. Incluso llega a olvidar los escalofríos que se adueñaron de su piel estando dentro del templo de la familia Zen'in.
Debe ser por la forma en la que su corazón palpita, con tanta terquedad que llega a preguntarse si ha aprendido algo en todos estos años. El estómago se le revuelve, reviviendo los nervios propios de su adolescencia; un nudo en la boca del estómago que solía dejarla sin hambre, sin espacio para nada más que la emoción de estar junto a él. Llegando a la inequívoca conclusión de que este es uno más de sus poderes; Gojou tiene la innata capacidad de dejarla constantemente sin aire.
—¿Naoya te tocó? —pregunta Gojou repentinamente.
Kasumi voltea a verlo, aún recostado en el suelo con ambas manos detrás de la cabeza. En un principio le extraña su pregunta, luego le extraña que la haga mientras sonríe y finalmente se cuestiona si habría estado pensando en ello durante todo el tiempo que se mantuvo en silencio.
—Sólo me tocó el rostro —contesta, frunciendo el entrecejo, molesta de solo recordarlo.
—Prométeme que me llamarás si vuelve a aparecer.
—No creo que me encuentren, comenzaré a trabajar dentro de poco. Lo que me preocupan son Kano y los niños, pero supongo que si te llamó… volverá a hacerlo si se encuentra en problemas.
—¿Tienes una misión? —pregunta, incorporándose nuevamente, su gesto lleno de curiosidad—, ¿de qué se trata?
—No voy a decírtelo.
—¿Huh? ¿Por qué no?
—Por mucho que aprecie que hayas venido a ayudarme hoy, preferiría hacer mis deberes sola… Temo que si te lo cuento encuentres una excusa para ir a interrumpirme. No lo tomes a mal, no es nada personal, es sólo que me ha costado mucho trabajo hacerme de una reputación como para terminar siendo la mujer a la que hay que rescatar.
—¿Qué tiene de malo ser rescatado?
—Nada en realidad…
—Entonces no entiendo cuál es el problema.
—Tampoco lo entenderías, eres un ejército en un solo hombre.
—Hasta hace poco necesité que me sacaran de una caja… —contesta alzando las comisuras de sus labios—. Soy engreído, pero no lo suficiente como para no saber cuando necesito ayuda.
—Es extraño escucharte tomar tanta responsabilidad.
—He pensado mucho, sobre todo porque no tenía nada más qué hacer.
—Debió ser muy aburrido.
Gojou asiente, pero omite decir que el aburrimiento comenzaba a volverlo loco. Convenientemente escucha el ligero rugido de un motor y voltea hacia la carretera. Un vehículo oscuro se acerca y él se pone de pie para extender su palma hacia Kasumi. De no estar usando una falda, intentaría pasar este gesto por alto y no volver a poner su piel en contacto con la de él, pero no le queda más que tomarlo de la mano para levantarse.
Él sonríe para ella cuando está de pie y aún sostiene su mano por unos cuantos segundos, innecesariamente. Kasumi lo suelta y desvía la mirada para tomar sus tacones del suelo, escondiendo el rostro disimuladamente para luego seguirlo hasta la carretera en donde Ijichi ha aparcado el auto.
El conductor no tarda en salir y rodear el vehículo con el rostro lleno de entusiasmo, los ojos le brillan con cierta añoranza, la de alguien que está a punto de echarse a llorar. Satoru le devuelve el gesto y camina hasta él.
Ijichi no descuida nunca sus modales ni su puesto, jamás olvida que está parado frente al líder del Clan Gojou, ni siquiera en su reencuentro, ni siquiera considerando que cursaron juntos la preparatoria.
Tiernamente hace un esfuerzo para tragarse sus lágrimas y le rinde una reverencia mientras balbucea lo feliz que está de verlo cuando Gojou desarma su pose para envolverlo en un abrazo que le saca una sonrisa y lo avergüenza.
Kasumi los observa riendo y aprovecha este momento para ponerse los tacones, incapaz de evitar la forma en la que un calor se le desprende repentinamente del pecho de solo verlo tan feliz.
—Ijichi, estás envejeciendo —le dice Gojou mientras lo estrecha, reteniéndolo por el hombro—. Mira nada más esas canas.
Él se ríe y peina su cabello con la palma de su mano, bajando el mentón avergonzadamente.
—Creo que eres tú el que no envejece —contesta atolondradamente y luego levanta la vista, como si hubiera recordado que Gojou no estaba solo—. Oh, señora Miwa —la saluda y reverencia—. Cuánto tiempo sin verla, ¿c-cómo ha estado?
—He estado mejor —contesta Kasumi, fuerza una sonrisa y se ríe ligeramente—. Me temo que los motivos que me han traído a Tokio no son los mejores.
—Por favor, suban al auto. Enseguida los llevaré al colegio —dice Ijichi, haciendo un esfuerzo por no hacerse demasiadas ideas.
En cuanto ambos se suben al auto en el asiento trasero, Ijichi no puede evitar pasar su vista de uno al otro. La última vez que supo sobre Satoru, había sido capturado en Shibuya, pero poco antes de ello tuvo una inquietante conversación con Yaga sobre la naturaleza de su relación con Miwa Kasumi.
Han pasado años, pero sigue siendo extraño que ambos se comporten con tanta naturalidad. Él mismo no sabe qué pensar de la situación y pasa un buen tiempo callado, sudando en el asiento del conductor sin saber exactamente qué decirles.
—Si vas a llevarnos en silencio durante todo el camino al menos pon algo de música —dice Gojou, inclinándose entre los asientos para encender la radio.
—L-Lo siento, aún estoy un poco sorprendido por volver a verte. A los dos, de hecho… Señorita Miwa, mencionó que las circunstancias de su viaje a Tokio no fueron las mejores, ¿a qué se refería con eso?
—Bueno… —pronuncia, abochornándose repentinamente—. Hay… un malentendido entre Naoya Zen'in y yo.
—Oh, ¿cuál es? Si me permite preguntarlo…
—Naoya cree que Kasumi le dará un hijo —completa Satoru, intentando dar con una señal de radio.
—Oh… —suelta Ijichi, completamente consternado—. Qué… desafortunado —el silencio se opaca en el auto mientras Satoru va de estación en estación de radio—. Y tú, Satoru… supongo que vas a reincorporarte a la escuela Jujutsu.
—Aún no lo he decidido.
—Deberías hacerlo. Estoy segura de que Fushiguro te necesita —le contesta Kasumi y él interrumpe su búsqueda por una emisora para voltearse a verla a los ojos.
—¿Y qué hay de lo que yo necesito?
Los labios de Kasumi se aprietan en una delgada línea y, sobre su rostro, se precipita una ola de calor intenso. Posiblemente se siente así de avergonzada porque Gojou no tiene contemplación al momento de invadir su espacio personal y porque Ijichi está observando todo por el espejo retrovisor.
—N-no seas egoísta —responde con la voz pendiendo de un hilo y se voltea a ver por la ventanilla.
—Miwa-san tiene razón. Aún hay mucho trabajo qué hacer y… quedamos muy pocos chamanes. Reclutarlos se ha vuelto más difícil que antes… Ahora nadie quiere ser parte de esta institución y las maldiciones no dejan de reproducirse. El miedo que la gente aún tiene por lo sucedido… en Shibuya… ha logrado que se concentre una cantidad de energía maldita nunca antes vista.
—Supongo que no tengo derecho de pedir un día libre.
Tanto Miwa como Ijichi sienten un nudo sobre el estómago. La idea de que Satoru necesite un respiro no es descabellada, de hecho, cualquier humano normal lo necesitaría. Quizás nadie lo considera porque se trata de él y él siempre ha roto los estándares humanos. Ahora todo lo que se espera de él es extraordinario y a Satoru comienza a cansarle el peso que lleva sobre los hombros.
Afortunadamente, luego de esa incómoda charla, Ijichi decide preguntar a Miwa por su familia y esto le trae una sonrisa al rostro, una de la que Satoru no se pierde ni por un segundo. Después de sintonizar una radio se deja caer sobre el asiento trasero y la escucha con atención mientras describe lo más cotidiano de su vida y le comenta a Ijichi sobre la naturaleza de su trabajo.
Tiene tantas cosas qué contar sobre los niños que no dice casi nada de ella misma, de hecho, Satoru se da cuenta que Kasumi habla de sí en muy rara ocasión y esto se le hace la antítesis de lo que es su propia madre, o de lo que es él mismo. Sabe con certeza que, si se lo preguntara a ella, Kasumi respondería que su orgullo más grande son esos niños. En cambio, la respuesta de Yumiko es un misterio para él.
Este pensamiento le trae a la mente aquel arreglo al que su clan quiere arrastrarlo y que esto de alguna forma involucra a Kasumi, aunque ella aún no lo sabe. Se cruza de brazos y piensa que no decirle absolutamente nada sería la mejor opción, pero ni siquiera él confía en su propio juicio y decide pedir un consejo.
Se sonríe con amargura pensando en Nanami, quien hubiera sido su mejor opción, para luego recordar que él ya no está en este plano. Tal vez Megumi pueda darle un consejo útil.
Cuando el auto se detiene recuerda que dejó su maleta en la entrada del templo, antes de escapar. Tan solo tiene su celular y una billetera con todo el dinero que Yumiko pudo darle, unas cuantas tarjetas de crédito y sus credenciales.
—Ijichi, necesito pedirte un favor —le dice, deteniéndolo mientras sube las escaleras de piedra junto a Kasumi. Ella se gira a verlos—. Adelántate Kasumi —le pide con una sonrisa y ella continúa caminando. Satoru le muestra su celular a Ijichi y éste lo toma entre sus manos y pasa los dedos sobre las grietas—. Necesito que cargues contigo este celular y que me compres uno nuevo. Cómpralo en efectivo, ya no puedo usar mis tarjetas de crédito —dice y le entrega un manojo de billetes.
Ijichi tuerce el gesto e intenta sostener los billetes entre ambas manos, abraza el celular y el efectivo y mira con preocupación a Gojou luego de oír sus ominosas instrucciones.
—¿De qué se trata esto?
—Creo que el clan monitorea todo lo que hago a través de mi celular, y si uso mis tarjetas de crédito sabrán en dónde estoy. Necesito pasar desapercibido por un tiempo hasta tener una respuesta para ellos. Por eso necesito que te quedes con este celular… si lo tiro, eventualmente se darán cuenta de que me deshice de él. De hecho, ahora que lo pienso —dice y saca de su billetera sus tarjetas de crédito—. Úsalas, los mantendrás despistados.
—P-pero ¿qué pasará cuando se den cuenta?
—No te preocupes, Ijichi, a ti nada va a pasarte —contesta, estrujando su hombro con fuerza—. Ahora guarda todo eso en tus bolsillos antes de que Kasumi lo vea.
—Sobre Miwa-san… —Ijichi balbucéa—. Tengo que admitir que me sorprende verlos juntos…
Gojou sonríe mientras Ijichi mete los manojos de dinero en sus bolsillos y guarda el celular dañado en el bolsillo interno de su chaqueta.
—¿Es demasiado extraño?
—Es un poco incómodo… considerando que… le prometiste a Yaga no volver a Kioto.
La sonrisa de Satoru se desdibuja y aparta la vista hacia las escaleras. En lo más alto camina Kasumi y parece percibir todos los ojos que Satoru tiene sobre ella, ya que se voltea y lo mira por sobre su hombro.
—Ha pasado tanto tiempo que había olvidado esa promesa —responde, siguiendo los pasos de Miwa.
—Eso es… comprensible y, bueno, uhm… Miwa-san es una mujer adulta ahora… Supongo que no… que no tiene nada de malo si… En fin, no quiero meterme en sus asuntos.
—¿Quién más sabe sobre esto?
—Para ser sinceros… es un rumor que se ha ido creciendo con el tiempo. ¡Y-yo no he dicho nada!... Y estoy seguro de que Shoko tampoco. Sólo se habla de una alumna que… bueno, tú sabes.
—Ya veo —contesta, perdiéndola de vista.
Al terminar de subir las escaleras, Kasumi está esperándolos. No se ha atrevido a entrar a la escuela sola y Satoru se pregunta si le avergonzará venir junto a él. Si ella también ha oído sobre estos rumores que le mencionó Ijichi y teme la reacción del resto de ex alumnos del Colegio.
Analiza su expresión mientras camina, pretendiendo no estar viéndola. Ella toma aire y levanta el mentón, echa los hombros hacia atrás y camina a paso firme cuando Satoru e Ijichi pasan a su lado. Y, muy a pesar de la confianza que hay tras cada paso, Gojou ve de reojo cómo sus cejas se contraen suavemente en el centro.
Le trae nostalgia ver la infraestructura del colegio hermano, similar a la de Kioto, aunque mucho más pequeña de lo que la recuerda. La última vez que estuvo aquí Maki Zen'in le robó su espada e Inumaki Toge la dejó tendida en el suelo, babeando. Cuando se despertó apenas podía tolerar la humillación y la idea de que Gojou Satoru había visto todo. En aquel momento en el que se sentía tan lejano que no parecía humano. Ahora que lo conoce mucho mejor, no podría sentirse tan abrumada por las ideas que él tenga de ella. De hecho, todo lo que le quitaba el sueño en ese momento ahora se siente minúsculo.
—Vengan conmigo —dice Ijichi, acelerando el paso para guiarlos—. Megumi está reunido con Maki-san entrenando a los muchachos.
En lo más profundo del bosque, detrás de los templos, comienza a escucharse un sonido familiar; los jadeos y quejidos que oía en su época de estudiante. Kasumi observa a los muchachos atacando a Maki en grupo, pero ninguno es capaz de darle un solo golpe y ella se mueve sutilmente esquivando cada golpe. Megumi arroja al aire un arma maldita y un joven la toma en el aire y arremete contra Maki, su quijada apretada y el entrecejo contraído hasta que ella lo derriba por la espalda sin que se de cuenta.
Desde la muerte de Mai, Kasumi tiene problemas para ver el rostro de su gemela. Si bien ha cambiado mucho tiene la misma mirada que su antigua compañera. El mismo color, oscurecido por su expresión carente de sentimiento.
—Es impresionante —dice, sintiendo nuevamente que jamás podrá alcanzar a estos hechiceros.
—Lo es, este entrenamiento es muy pesado para los muchachos. Ninguno a podido siquiera rozar a Maki desde que llegaron —comenta Ijichi con una ligera sonrisa curvándole los labios.
—Tal vez no están lo suficientemente motivados —dice Gojou y da dos pasos hacia adelante—. ¡Oigan todos! —grita, haciendo eco de su voz con ambas manos y el entrenamiento se detiene. Todos voltean a verlo, incluso Megumi y Maki—. ¡El que toque a Maki se gana un viaje al exterior! ¡Al país que quieran! ¡Yo pago!
Repentinamente los muchachos se miran entre ellos, en un principio desconcertados, pero no tardan en lanzarse con más ímpetu a Maki. En este momento Gojou recuerda que no dispone a sus anchas de los fondos del clan y se arrepiente de su propuesta, pero no se retracta. De todos modos, parece ser que nadie podrá tocarle un pelo a su ex alumna.
—Miwa-san —saluda Megumi, extrañado por su presencia, acercándose a ellos y Kasumi le rinde una ligera reverencia, luego voltea a Gojou—. Regresaste, ¿qué tal te fue con el clan?
—Bien, bien. Oye, Kasumi necesita pasar la noche aquí, ¿hay habitaciones libres?
—Oh, sí, claro, por supuesto. ¿Todo bien, Miwa-san?
—S-sí —contesta insegura—. Sólo tuve unos pequeños problemas con… el clan Zen'in —pronuncia suavemente, temiendo que Maki pueda oírla.
—¿Necesitas que intervenga? ¿Tienes problemas con Naoya?
—Por ahora sólo quisiera comer algo y descansar. Mañana puedo contarte todo al respecto y… la verdad apreciaría mucho tu ayuda.
—Claro, ven conmigo. Tsumiki te mostrará tu cuarto.
—Te veré más tarde, Kasumi —le dice Gojou antes de que se marche junto a Megumi.
Volviendo sobre sus pasos, imagina las ideas que podría estarse haciendo por haber llegado al campus junto con Gojou Satoru, sin embargo, no se atreve a decirlo en voz alta. Megumi, por su parte tampoco pretende traer el tema a colación, pero dada la confesión de Gojou, temprano por la mañana, no puede evitar hacerse una idea de lo que puede estar pasando.
—Tsumiki está preparando la cena para todos. Ya no tenemos tanto personal como antes y los fondos escasean, así que tratamos de hacer lo mejor con lo que tenemos —comenta, caminando delante de ella.
—Están haciendo un gran trabajo. Sé lo difícil que es encargarse de la administración y sobre todo lo que es tener un presupuesto apretado —contesta entre suaves risas.
—¿Cómo están los niños?
—Bien, tienen algunos problemas en la escuela, pero son unos muchachos grandiosos.
—¿Y Hideki?
—Aún no habla, pero su energía maldita sigue creciendo. Le he enseñado a mantenerla dentro de su cuerpo y… la verdad es que aprende muy rápido.
—Por favor, mantenme al tanto, ¿te parece bien? —Kasumi asiente con entusiasmo y juntos persiguen el aroma que comienza a impregnarse en el aire.
No necesita seis ojos para saber exactamente en dónde está la cocina, el aroma de la carne asada le remueve las entrañas y escucha su propio abdomen rugir y rápidamente suelta una disculpa. Fushiguro sólo curva sus labios en una sonrisa y desliza la puerta de la cocina. Tsumiki se voltea de inmediato, vistiendo un delantal blanco y una cofia del mismo color sujetándole el cabello.
—La comida ya está lista —le dice, sonriente—. Pero los muchachos deberán darse un baño antes de venir. No podemos tener un montón de adolescentes malolientes en el comedor otra vez… Oh, tienes compañía. Lo siento, ¿cómo estás? Soy Tsumiki Fushiguro.
Miwa la reverencia rápidamente.
—Mucho gusto, Miwa Kasumi.
—Miwa-san pasará la noche aquí, necesita una habitación, ¿podrías ayudarla?
—Claro, hay una en el ala este que está desocupada —dice, comenzando a desatarse el delantal—. No te preocupes, hermanito, yo me encargo.
—Gracias, Tsumiki —dice antes de despedirse de Miwa para regresar con sus alumnos.
Aún maravillada por las grandes cacerolas humeantes de aromas exquisitos, Kasumi mira la cocina de lado a lado. Para ella aún es difícil dar con las medidas necesarias para cocinarle a su manojo de hijos adoptivos y sus dos hermanos, por lo que le parece impresionante la habilidad de Tsumiki de cocinar para una decena de adolescentes.
—¿Te muestro tu cuarto? —le dice amablemente y Kasumi asiente.
El cuarto de Kasumi está ligeramente abandonado y Tsumiki no tarda en disculparse por ello. Ha traído con ella unas sábanas limpias y algunas toallas en caso de que Miwa desee tomar una ducha. Está bastante alejada del resto, un poco escondida tras los corredores de la biblioteca, aunque sigue siendo una replica del resto de cuartos del Colegio Metropolitano de Tokio.
—Muchas gracias por tu amabilidad, espero no causarles muchos inconvenientes.
—Para nada, ¿viniste con Gojou-sensei?
—De hecho… sí…
—Lo supuse —contesta y Kasumi se sonroja repentinamente—. Megumi se veía más tranquilo, ha estado esperando que regrese desde esta mañana.
—Oh, sí… Espero que logre convencerlo de quedarse aquí más tiempo.
—¿Son buenos amigos?
—Ah... —Kasumi duda, ya que ha intentado omitir ponerle una etiqueta a su relación desde el mismo momento en el que volvió a verlo—. S-sí, se podría decir…
—No suenas muy convencida —dice sorprendida—, oh, perdón, tal vez estoy siendo demasiado entrometida.
—No, no, para nada. Es sólo que… bueno, no nos hemos visto hace mucho tiempo y… la última vez que nos vimos no estábamos en los mejores términos.
—Bueno, puedo entender eso. Imagino que eso sentía Megumi por mí antes de que me echaran una maldición —dice y sonríe suavemente—. Pero, a pesar de que nuestra relación no era la mejor, jamás dudé por un segundo que en el fondo él seguía pensando en mí. Aún dormida mi corazón estaba con él.
—Es diferente… ustedes son hermanos…
—Tal vez tengas razón, pero los amigos son la familia que elegimos —contesta y abre los ojos, como si se hubiera dado cuenta de algo que a Kasumi se le escapa—, ¿no tienes equipaje?
—N-no, el viaje a Tokio fue algo improvisado.
—Tranquila, te prestaré un pijama para que puedas dormir.
Kasumi sonríe, agradece su gesto y cuando Tsumiki sale del cuarto comienza a rehacer su cama con las sábanas limpias. Sus palabras comenzando a entrometerse dentro de su mente. No sabe muy bien cómo se siente al respecto, habiendo estado segura por tantos años que sus sentimientos por Gojou han sido enterrados en lo más profundo de su ser, tirados allí para olvida. Pero luego de tantos días a su lado ha llegado a la conclusión de que aún le guarda un inmenso cariño que ni siquiera su traición pudo borrar. Por lo que se maldice por ser demasiado buena gente.
Afortunadamente la cena es más tranquila de lo que esperaba. Tras llamar a Kano nuevamente para tranquilizarlo y comentarle la situación sin ahondar demasiado en el tema Noaya Zen'in, Kasumi disfruta de la cocina casera de Tsumiki junto a Gojou, Ijichi, Megumi, Maki y Shoko, quien toma sake como si fuera agua potable.
Eventualmente se despide para darse una ducha y le da las buenas noches y las gracias por la bienvenida a todos y el resto permanece sobre la mesa observándola de reojo mientras sale del comedor.
Gojou está demasiado distraído para darse cuenta de la forma acusadora en la que Maki lo observa, del otro lado de la mesa. Ijichi ríe y comparte un solo vaso de sake con Shoko y Megumi intenta mantenerse al margen de lo que está a punto de suscitarse sobre la mesa.
—Si alguien logra tocar a Maki, te lo encargo Ijichi —le dice Gojou, apuntándolo con sus palillos y él asiente.
—Gojou-sensei… —pronuncia Megumi, aún incapaz de quitarse la costumbre—. ¿Qué pasó en el clan Gojou?
Él suspira, sin deseos de compartir aquella conversación, pero rápidamente llega a la conclusión de que no sabe exactamente qué debe hacer.
—Me tienen acorralado con un matrimonio arreglado —comenta como si estuviera hablando del clima.
Ijichi se atraganta con su único vaso de sake.
—¿Con quién? —pregunta Megumi.
—No lo sé, hay una lista… bastante larga.
—¿Miwa-san… está al tanto?
—Oye, imbécil —interrumpe Maki—. Será mejor que no estés tramando algo con esa muchacha porque te juro que voy a castrarte. Eres demasiado viejo para ese tipo de cosas.
—Si alguien pudiera castrarme, estoy seguro que serías tú, Maki —contesta sonriendo—. Y no, Kasumi aún no lo sabe… No es que planee ocultárselo, sólo no se ha dado la oportunidad de decírselo. ¿Cómo debería hacerlo? No es algo que surge en una conversación casual.
—Satoru… —pronuncia Ijichi con timidez—, ¿acaso tú y Miwa-san…?
—Sí —responde Gojou—, bueno, no. Pero casi.
—¿Qué diablos quiere decir eso? —pronuncia Maki.
—No de nuevo… —dice Shoko y vuelve a beber.
—Miwa-san parece una persona muy agradable —comenta Tsumiki—, ¿preferirías casarte con ella?
—Miwa es agradable —responde Maki—, es él quien me preocupa.
—¡Es complicado! —contesta Gojou y se rasca la nuca.
—Entonces los rumores eran ciertos —dice Maki arrugando los labios—, eres más desagradable de lo que imaginaba.
—Lo sé, lo sé, pero estoy intentando no ser tan desagradable. Y es bastante difícil.
Luego de cenar, Gojou permanece insatisfecho por las opiniones del resto. Shoko se guardó sus comentarios y continuó bebiendo, cosa que hubiera deseado Maki fuera capaz de hacer. Aturdido, sale del comedor rumbo a su cuarto y decide desviarse hacia un sitio que, cuando vivía allí, no tenía muchas razones para visitar.
Los hombres muertos no dan consejos. Esto lo sabe, sin embargo, parece estar esperando que esta tumba le diga algo. Imagina una frase cínica, muy propia de él. Espera que le diga lo inapropiado que es, lo mal que están sus sentimientos y que encuentre algún orden específico de palabras que lo hagan sentir un miserable por aún estar persiguiendo esta muchacha. Supone que le recordaría lo mucho que ella ya ha sufrido, lo mucho que sufriría en un clan y que lo más sensato que podría hacer es dejarla en paz.
Kento Nanami
Le entristece saber que aquí no yacen sus restos, ya que no existen los restos de Nanami. Esto no es más que un monumento alzado en su honor para rendirle homenaje.
Satoru no está seguro de qué se trata esto que le bloquea la garganta y le obliga a levantarse la venda de los ojos para limpiarse las lágrimas. Quizás sea que esta es la manifestación física de algo que ya sabe pero que no se había detenido a aceptar. Nanami está muerto y la idea finalmente se cimienta en su mente y descubre que realmente duele.
Sentado a solas frente a la tumba de su amigo, limpia sus lagrimas con ambas manos y cuando cree que su cuerpo por fin se ha cansado de llorar, sonríe con amargura.
—Sé que estabas cansado de todo esto, así que… descasa en paz, Nanamin. De todas formas, no creo que quisieras darme un consejo, considerando la situación.
Se pone de pie y mira el nombre grabado junto a esta tumba. La tierra recientemente removida, sin vegetación creciendo a su alrededor. La piedra completamente limpia, Megumi se apresuró en levantarla.
Itadori Yuuji
Satoru camina frente a la hilera de tumbas que se alzan sobre uno de los jardines del Colegio y lee uno a uno los nombres. Se detiene unos segundos sobre unas cuantas: Misamichi Yaga, Toge Inumaki, Kugisaki Nobara. Posa sus dedos sobre los monumentos de piedra y susurra una disculpa con un nudo en la garganta.
Ha venido a despedirse, a pesar de haber prometido que pasaría la noche allí. La verdad es que pudo sentir una insinuación extraña entre las miradas que todos en la mesa le echaron y realmente echa de menos a los niños y a sus hermanos. Por lo que, a pesar de la cordialidad de Tsumiki y Megumi, salió de su cuarto para buscar a Ijichi y pedirle un último favor. Él está esperando por ella en el auto a las afueras del colegio y sólo le queda una sola cosa qué hacer antes de marcharse. Sin embargo, una fuerza extraña la detiene al verlo paseándose entre las tumbas de sus alumnos. Quizás porque esta es la primera vez en la que ve a Gojou Satoru llorar y le resulta doloroso verlo sufrir de esta manera.
Kasumi baja la mirada, oculta en la espesura de la noche, incapaz de acercase un paso más a él para decirle que se marcha, que no debe pasar un segundo más a su lado simplemente porque es incorrecto. Pero no lo logra, le es imposible dar un paso más y termina suspirando mientras se pregunta por qué le cuesta tanto dejarlo.
Tal vez se deba a las palabras de Tsumiki, que le hacen creer que se le ha ablandado el corazón. Un corazón que Kasumi cree que ha protegido demasiado bien.
Toma su celular y envía un mensaje a Ijichi, le pide una disculpa y le informa que pasará la noche en Tokio y volverá a casa por la mañana. Tal vez de este modo Satoru se sienta más tranquilo y pueda dormir unas horas más durante la noche, aunque eso le parece mucho pedir.
—¿Me espías? —le pregunta él y la mirada de Miwa se fija sobre la venda oscura que se ha vuelto a colocar.
Ella niega, tiene incienso sobre la mano derecha y se lo deja ver.
—Vine a ver a Nanami-sama.
Kasumi camina lentamente hasta la tumba, enciende el incienso que deja sobre la lápida y se sienta para elevar una oración mientras Satoru la observa de reojo.
Nuevamente quisiera poder preguntarle a Nanami si debería tomar a esta muchacha por esposa y perjudicar algunos aspectos de su vida, y mejorar otros. Ciertamente Kasumi podría adoptar a todos los niños que le plazca sin volver a preocuparse por el dinero. Aunque perder por completo su autonomía no suena de lo más atractivo, ni siquiera considerando que el clan Zen'in se olvidaría por completo de ella… o la volvería su blanco más importante.
Jamás había pensado con tanta seriedad la idea del matrimonio y en este momento llega a su mente un evento que lo obligó a pensarlo con más detenimiento.
Ese nombre grabado sobre la pantalla de su celular siempre le saca una sonrisa, incluso en las ocasiones en las que lo llama para informarle sobre algún tétrico escenario, lo cual es el motivo de la mayoría de sus llamados. Sin embargo, esto jamás empaña la alegría que le provoca saber que está del otro lado de la línea.
—¡Nanami! —dice en un tono exagerado y lo escucha carraspear del otro lado.
—Satoru —lo saluda de la misma forma que lo hace siempre, permanentemente exhausto—. Sea lo que sea que estás haciendo ahora, déjalo para otro momento —dice y Satoru ve de reojo la película que ha pausado, no es uno de sus mejores viernes por la noche de modo que no le sienta mal aplazar esta película de acción sin sentido para ver a Nanami y solucionar lo que sea que estuviera pasando—. Te enviaré la dirección en la que nos encontraremos, te espero ahí en veinte minutos —termina y cuelga.
Tanto misterio le ha hecho crecer la curiosidad. Nanami no suele ser tan críptico, lo que quiere decir solo una cosa, la situación es demasiado complicada como para hablarla por teléfono y el tiempo debe ser crucial.
Tal y como prometió, la dirección llega en tan solo un par de minutos. Satoru se coloca la chaqueta de su uniforme y sale a toda prisa a su encuentro. Intrigado por lo que puede estar esperándole, mientras abusa de su habilidad de desplazarse por el aire. Por fortuna para él, el cielo está demasiado nublado como para llamar la atención de algún civil y terminar nuevamente en algún portal de internet, siendo referido como un objeto volador no identificado o un ser celestial. De cualquier manera, es difícil no exponerse demasiado cuando usar sus poderes siempre es la carta más sencilla de usar.
Eventualmente termina posando sus pies sobre la terraza de un hotel y baja las escaleras de emergencia usando sus dos piernas, como cualquier otro no-chamán del mundo. Pero antes de cruzar la calle, levanta la vista y ve un cartel en luces de neón rojas, 'Shibuya Bar The Legless Arm'.
De primera vista no hay nada inusual, no hay ninguna esencia maldita bañando las paredes, ni siente ningún escalofrío propio de los casos con los que suele toparse. A través de las ventanas llega a ver unas cuantas personas adentro, un hombre sirviendo tragos y un muy bien peinado Nanami Kento a las afueras, esperando por él con los brazos cruzados como una estatua tallada en mármol.
Satoru camina, cruza la calle sonriendo, aun pensando en la comparación mental que acaba de hacer con Nanami; esos pómulos solo pudieron ser tallados por los mismos dioses.
—Tres minutos tarde —le reprocha antes de saludarlo y Satoru no llega a decir una sola palabra para cuando la puerta del bar se abre y de allí sale Shoko.
Ella, vistiendo una halagadora blusa color borgoña y una falda oscura, saca de su bolso una caja de cigarrillos y enciende uno frente al par.
—¿Cuál es el reporte de la situación?
—¿Por qué lo preguntas de esa forma, Nanami? No es una maldición de grado especial, sólo es un hombre que se acaba de divorciar. Pero me alegra que hayan llegado, ya necesitaba un relevo… Y, en cuanto a él, será mejor que lo vean por ustedes mismos.
—Oh, entonces esto es acerca de Yaga —comenta Satoru cuando el misterio se revela—. Sin ofender, es decir… es una pena, pero… ¿qué tiene que ver esto conmigo?
—Nada, pero Nanami y yo creímos que tal vez podrías distraerlo. Ha estado aquí desde las seis de la tarde y no ha dejado de beber.
—Entiendo —Satoru contesta y luego suspira, juntando energía para entrar al bar mientras Shoko comienza su descanso.
—En muy raras ocasiones —comienza Nanami, cuando está a punto de empujar la puerta del bar—, tus idioteces pueden tener algo de utilidad.
Kento no es el más propenso a dar cumplidos, y los pocos que da suelen estar empañados de ironía. De cualquier forma, Satoru se siente ligeramente complacido de ser requerido por una cualidad que a la mayoría suele molestarle. Es rara la ocasión en la que recurren a él, no por sus monstruosos poderes, sino por él mismo.
Sentado frente a la barra, con más de seis vasos de trago corto, está Yaga. Encorvado, con las gafas sobre la mesa y los ojos cansados enfocados en las incontables botellas de diferentes licores meticulosamente organizadas para llamar la atención.
Nanami se sienta a la derecha de Yaga, Satoru se sienta a su izquierda y él no mueve su rostro para ninguna de las dos direcciones. Sin embargo, sabe que están allí.
Satoru observa los vasos vacíos justo antes de que el barman decidiera levantarlos y se pregunta cuántos se habrá tomado ya. A juzgar por el color se trata de whisky irlandés, y aunque él mismo no es el más ávido bebedor del montón, mierda, ni siquiera bebe, sabe que el volumen mínimo de alcohol es bastante elevado. Pero nadie podría asumirlo con ver el rostro de su superior; Yaga no se inmuta en lo más mínimo, de no ser por el muy tenue rubor sobre sus mejillas, estaría igual que siempre.
—¿Shoko los llamó? —pregunta, aún sin voltearse a ellos y sorbe un trago.
—Está preocupada —contesta Nanami—. ¿No crees que es hora de marcharte? Desperdiciarás todo tu sueldo en una sola noche.
—No te preocupes, Yaga, yo invito —contesta Satoru y Nanami se voltea a él como si estuviera a punto de matarlo.
Repentinamente Yaga se sonríe y suelta una risa muy ligera, escondida en un suspiro.
—Qué patético. ¿Cómo fue que terminó así? Ni siquiera tengo amigos que puedan venir a tomarse un trago conmigo y en su lugar tengo a mis propios alumnos… ¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida?
—¿Qué tiene de malo? —Satoru le cuestiona—. No es por nada, pero soy buena compañía. Nanami puede ser un poco estructurado, pero es un gran sujeto. Además, ya no somos adolescentes, somos colegas.
—Por mucho que me cueste decirlo, Satoru tiene razón.
—Que me parta un rayo, llegó el día de darle la razón a Gojou Satoru —comenta Yaga y vuelve a beber—. Es un día especial…
—¿Ya finalizó el proceso? —pregunta Nanami y Yaga asiente.
—Ya es oficial —contesta en un tono suave y amargo—. Soy un divorciado.
—No es tan malo, no es como si no pudieras volver a casarte.
—Ni de broma, imbécil. No volveré a casarme jamás… —contesta y bebe nuevamente, pero esta vez permanece callado mientras la música del bar llena el silencio que se expande a su alrededor—. Debería sentirme aliviado de que finalmente todo terminó, pero… —Las palabras salen de su boca como verborrea, a punto de decir algo que normalmente guardaría para sí mismo. Pero Yaga no se cuestiona, probablemente por el alto grado de alcohol en sangre, que lo está llevando a soltar la lengua más que de costumbre—. La verdad es que esto se siente como un enorme fracaso…
—Es comprensible, un matrimonio es como cualquier tipo de contrato. No obtener lo que pretendías cuando lo firmaste puede sentirse como un fracaso.
—Tenía la esperanza de que… lo lograría, ¿saben? ¿Cuántos chamanes con matrimonios exitosos conocen?
—No sé si el de mis padres podría clasificarse como exitoso —dice Satoru, como si se lo preguntara al mismo tiempo.
—Mierda, no, eso no es un matrimonio, eso es un arreglo. Lo que tus padres tienen no es de lo que yo hablo.
—Entonces no conozco ninguno —contesta Satoru.
—Yo tampoco, y llevo mucho tiempo en este oficio. Tiene que haber alguna razón, ¿cierto?
—Estadísticamente, sí. Es algo en lo que también he pensado —dice Nanami, ordenando un escocés para sí mismo.
—¿Lo has pensado? —cuestiona Satoru, ligeramente incrédulo.
—Sí, ¿tú no?
—Tienes que haberlo hecho, es decir… como Cabeza del Clan… es tu deber.
—Prefiero no pensar en esas cosas de momento, eventualmente veré cómo me las arreglo, pero por ahora… —contesta, encogiéndose de hombros.
Yaga y Nanami se miran entre ellos, casi simultáneamente. Luego Nanami recibe su trago y bebe de él mientras ve a Yaga por el rabillo del ojo.
—Lo he pensado un par de veces, sólo considerando mis opciones. Es algo que naturalmente uno puede pensar, cualquier persona normal lo hace en algún momento. Tanto quienes quieren casarse como quienes no. El punto es que llegué a la conclusión de que no podría casarme con una persona que no pertenezca al mundo de la hechicería. Sería demasiado peligroso e incluso incomprensible. La única opción sería otro chamán, y los tres sabemos que las opciones se reducen exponencialmente. Tú, Yaga, te casaste con una hechicera, ¿cierto?
—Así es. Pensé lo mismo que tu… Todo es más fácil con una persona que conoce tan bien como tú tu profesión. Pero eso no significa que no sea complicado.
—Las probabilidades de volverse viudo se amplifican —completa Nanami.
—Y el trabajo… Es desgastante, constante y… eventualmente me di cuenta de que era imposible. Por un momento te imaginas a ti mismo envejeciendo con una persona a tu lado y al otro te das cuenta de que tendrás una muerte temprana. No vamos a llegar a viejos… Bueno, tal vez este pequeño imbécil sí —dice, refiriéndose a Satoru—. Las ventajas de su técnica son una burla para el resto —comenta, intentando sonreír.
—Con ventajas o sin ellas, no creo que llegue a casarme nunca.
—¿Qué hay del clan? —pregunta Yaga.
—¿Qué con él?
—No seas tan engreído, Satoru. Recuerda que muchos antes de ti tuvieron esa técnica y aun así se vieron obligados a cumplir su parte del trato.
—¿Cuál trato?
—El de ser un Gojou. Tu eres de esos pobres que nacen con un contrato impuesto, pero eventualmente te darás cuenta de eso y quizás yo no esté aquí para recordártelo.
Finalmente, después de tantos años, Satoru llega a comprender ligeramente lo que Yaga quiso decirle ese día. Repentinamente entiende las palabras de Nanami y todo el peso que realmente trae consigo un matrimonio, sobre todo un matrimonio con él.
Si bien, hasta este momento lo había considerado como nada más que un arreglo entre familias, ahora significa mucho más y no está seguro si puede dejar su egoísmo de lado y desaparecer completamente de la vida de Kasumi para casarse con otra mujer, porque… de alguna manera… se siente como si volviera a traicionarla.
Kasumi termina su plegaria y levanta el mentón hacia el cielo estrellado y él hace lo mismo. Satoru se pregunta cuánto tiempo ha pasado desde que ha visto las estrellas, verlas de verdad, apreciar la belleza que yace en cada rincón del mundo. Apreciar la brisa gélida que le rosa las mejillas y la paz que le da estar junto a ella nuevamente.
El corazón late con fuerza bajo su pecho y reconoce por primera vez que esto es su causa, que esta sensación cálida que se expande por todo su pecho y llena su estómago de algo extraño es obra de Kasumi.
Permanece quieto mientras ella se levanta, con mucho cuidado, ya que tiene esa ajustada falda que parece detestar. Luego la ve mientras camina hasta él y se sienta a su lado, no tan cerca como lo hacía antes, cuando eran algo que al mismo tiempo no era nada.
—¿Cómo te sientes? —le pregunta ella, con la vista pegada al nombre grabado en la lápida frente a ellos.
—Quisiera encontrar una técnica que me lleve al pasado para arreglar todo lo que pasó ese día, para que nada de esto pasara, ¿crees que la haya?
—Hay maneras de alterar el tiempo, artefactos como la prisión confinadora, pero no he oído sobre el tipo de maldiciones que describes.
—¿Traerlos a la vida es demasiado cruel?
—Creo que hay… un orden natural de las cosas que… aunque nos duela o no logremos entenderlo, tiene un propósito. O al menos eso es lo que trato de pensar —contesta Kasumi y voltea a Gojou con una ligera sonrisa.
—¿Nunca has deseado cambiar el pasado?
—Sólo por momentos… Cuando lo pienso detenidamente creo que hasta los peores momentos han… eventualmente… tenido su lado bueno. La hechicería es algo que me he cuestionado mucho, qué hubiera hecho si no me hubieran reclutado… La verdad es que creo que hoy estaría muerta. No hubiera tenido las herramientas para proteger a mis hermanos. Cada trago amargo que he tenido en esta profesión me ha terminado salvando la vida, de una forma u otra.
—Los años te han hecho sabia, Kasumi —contesta Gojo, sentado a su lado, mirando con añoranza su débil sonrisa—. Por cierto… olvidé mencionarlo antes, pero… No pude hacer que el clan investigue los precedentes de Hideki. Las cosas se complicaron un poco… Lo siento.
—No te preocupes, sé que lo intentaste —contesta y con naturalidad toca su brazo como si intentara reconfortarlo.
Tal vez sea el canto nocturno de los grillos, la soledad que se respira, que le hace sentir que no hay nadie más que ellos dos en kilómetros de distancia. O quizás sea simplemente la presencia de Gojou que vuelve a intoxicarla como si fuera la primera vez, cuando era una adolescente obnubilada por la maravilla que creía que él era. Instintivamente los ojos ultra marino de Kasumi se desvían nuevamente por el puente de su nariz hasta el durazno del que se pintan los labios de Satoru y se detiene allí sin darse cuenta. Traga, una mano apretada sobre su falda y permanece quieta cuando él se acerca a ella unos centímetros.
Un escalofrío lo recorre cuando ella lo toca. Satoru no pierde de vista cada uno de sus sutiles gestos, siempre esperando encontrar una apertura para hacer su próximo movimiento. Hasta ahora ninguno le había parecido tan tentador como este, cuando ve sus ojos dirigirse a sus labios y presiente en su interior que, por un instante, han vuelto a ser lo que eran.
Apoya una mano sobre la vieja y descuidada banca de madera y se inclina con cuidado. Kasumi ya no es un animal asustado, sino más bien una fortaleza. Pero tal vez esta sea su oportunidad de tocar amablemente la puerta y sea invitado a entrar.
Kasumi separa los labios suavemente, acercándose a él lenta y deliberadamente. Su corazón le recuerda que sigue siendo la misma a pesar de que las circunstancias han cambiado tan drásticamente y comienza su irremediable tamborileo. Y si ella tuviera la capacidad de oír dentro del cuerpo más próximo, sabría que su corazón late al ritmo del de Satoru.
A un centímetro de él, siente una gota caer sobre su mano y esta distracción le hace levantar el mentón hacia el cielo. La interrupción es suficiente para hacerla entrar en razón y cuestionar lo que estuvo a punto de hacer. Voltea a Gojou nuevamente y se ríe, acomodando nerviosamente un mechón de cabello detrás de su oreja.
—Vaya… parece que va a llover… Deberíamos… uhmm… —dice, tratando de conectar las palabras sin éxito y se levanta, acomodando su falda—. Deberíamos entrar.
No puede mirarlo directamente, aunque tenga los ojos cubiertos de negro. Se acomoda el cabello detrás de la oreja una vez más y sale caminando a toda prisa. De soslayo, lo ve levantarse y apresura el paso todo lo que su estrecha falda le permite. Deseando poder apagar todo el calor que comienza a llegarle a las orejas.
En medio del camino se quita los tacones y prácticamente corre hasta su habitación, sofocada por la misma sensación que la visita una vez más, el efecto de Gojou Satoru. Empuja la puerta de su cuarto y entra, pero cuando está a punto de cerrarla siente una fuerza del otro lado que no se lo permite. Satoru está allí, respirando pesadamente con los labios entreabiertos y ella pierde la fortaleza, dejándolo entrar para que él termine cerrando la puerta a su espalda.
—¿Q-qué haces?
—Ibas a besarme —le dice en un tono casi acusador—. Íbamos a besarnos… ¿cierto? No lo imaginé, estabas a punto de…
—No… te equivocas… Yo no… —contesta, negando ligeramente.
Gojou camina, copiando los pasos que Miwa retrocede de una forma que parece envolverla hasta que termina acorralándola contra una pared. Apoya ambas manos contra la pared, enjaulándola entre sus brazos.
—No sigas mintiéndome… mintiéndote a ti misma. Yo estaba ahí también —susurra, acercándose peligrosamente a ella hasta que la punta de su nariz se posa sobre la de ella. Siente el aire que sale de sus labios entreabiertos impregnarse sobre la piel de su barbilla.
Toda la razón que había entrado en ella se le esfuma a cada centímetro que Gojou acorta. Kasumi hace un ligero movimiento que en la tremenda cercanía de sus rostros se siente inmenso. Su pequeña nariz roza la de Satoru, acariciándolo con su propia piel y se siente incapaz de sostener esa mentira. Su corazón late con furia y al tenerlo tan cerca vuelve a sentir nuevamente el aroma innato de su piel, el aroma de él. Tan delicado y embriagador como lo recordaba.
—No tienes que decirlo… —susurra él, inclinando su rostro para tocar ligeramente sus labios con los suyos—, sólo hazlo…
Hechizada por su presencia y las palabras que susurra, Kasumi une sus labios a los de él. Se deja besar suave y tiernamente hasta que las manos de Satoru acunan su rostro, percibiendo la necesidad que palpita dentro de él. Cierra los ojos y rodea su cuello, atrayéndolo lo suficiente para que no que quede un centímetro que los separe. Volteando su rostro con el de él, de un lado al otro, acorralada contra la pared.
Las grandes manos de Satoru bajan hasta su cintura, sus besos se vuelven más apasionados a cada segundo que pasa y la sensación es mutua. Él la abraza contra su cuerpo, apretándola, prestando especial atención para no excederse, consciente de que su fuerza sobrehumana podría lastimarla.
Las frágiles manos de Kasumi acarician su barbilla y su espalda y en algún momento siente que desabrocha su uniforme con la misma desesperación que él desliza la cremallera de su falda por su espalda, hundiendo sus dedos largos sobre la tela de sus pantimedias negras.
Abrazados, insatisfechos de los labios del otro, deambulan hacia la cama de sábanas limpias que los espera. Se separan unos segundos en los que desabotonan la camisa del otro, luego de que la chaqueta de Gojou cayera al suelo junto con la falda oscura de Kasumi.
Antes de darse cuenta ella esta tendida sobre la tela fría de la cama, con Satoru besando impacientemente cada tramo de su cuello, saboreando con su lengua cada espacio hasta llegar al lóbulo de su oreja y tirar de él suavemente, mientras siente las uñas de Kasumi hincándose en la piel desnuda de su espalda. Sus piernas blancas lo envuelven y ella suspira sus respiraciones acaloradas, gimiendo suavemente tras cada beso cada vez más obsceno que comienza a llegar al valle entre sus pechos.
A Satoru le sorprende que Kasumi sea quien se apresure en quitarse el sujetador y exponer sus pechos para él, pero no tarde saborear uno, luego el otro, prestando especial atención a sus pezones rosados e hinchados. Luego se levanta, arrodillado sobre la cama y observa las medias negras de Kasumi, sintiendo su erección creciendo segundo a segundo bajo su ropa. Toma los bordes y tira al tiempo que Kasumi levanta el trasero de la cama. Arroja la ligera tela al suelo y ve las manos ansiosas de Miwa alzándose hacia él y se lanza nuevamente a su abrazo, siendo atrapado por las piernas de la muchacha que parece estar tan ansiosa como él por lo que está a punto de suceder.
La besa, tan impúdicamente como puede, uniendo su lengua a la de ella, tragándose sus gemidos mientras se empuja contra su sexo y se acomoda para dejarle sentir lo mucho que la desea. Lo mucho que ha estado muriendo todos estos años por volver a encontrarla.
Desliza sutilmente su mano derecha hacia la cremallera de su pantalón y lo desabrocha, intentando deshacerse de él sin descuidar los hambrientos labios de Kasumi.
Lo cierto es que jamás se habían besado con tal desesperación, tanta hambre y deseo reprimidos, por tanto tiempo. Satoru tiene la seguridad de que esta será la mejor noche de su vida.
Una vez que logra patear sus pantalones, se quita las medias con los pies y con urgencia saca su erección observando hipnotizado la forma en al que Kasumi suelta su amplia espalda para deslizar su ropa interior por sus piernas. Satoru vuelve a ponerse de rodillas y toma la tela para ayudarla a retirársela y termina poniéndose de pie para quitarse los calzoncillos.
Quisiera quedarse allí parado, tener un poco más de fuerza dentro del cuerpo para poder observar aquella imagen con más detalle, escasamente iluminada por la luz de la luna. Pero no puede hacerlo, carece completamente de la voluntad y vuelve a meterse entre sus piernas, apretando su cuerpo desnudo y caliente contra el de ella.
Kasumi estrecha su cadera contra la de él, suspirando sobre su oído mientras él muerde ansiosamente la piel de su cuello, tomando su erección con una mano para dirigirla a los labios inferiores de Kasumi, asumiendo que ya está lista para recibirlo. Pero se detiene como si se hubiera despertado y se retira la venda de los ojos de un solo tirón.
—¿Condones? —le pregunta en un susurro, temiendo que no tiene ninguno.
—No, tomo la píldora —contesta ella y se acerca para volver a besarlo apasionadamente.
Esta noche no podría ponerse mejor, piensa Satoru comenzando a sonreír maliciosamente mientras siente la carne palpitante de Kasumi con la punta de su pene erecto, tan duro y rígido que teme acabar demasiado pronto.
Satoru deja sus labios y esconde el rostro sobre el cuello de Kasumi, suspira pesadamente al sentir la humedad de su sexo y vuelve a morderla para reprimir los gemidos que están a punto de salir de su garganta.
—Hazlo… —ella suplica contra su oído y él empuja la punta, una y otra vez.
—Estás apretada —comenta sonriéndose, empujando rápidamente mientras Kasumi abre más y más las piernas para él.
Él se aferra de las sábanas con fuerza mientras siente la carne del sexo de Kasumi recibiéndolo suavemente, oyendo los quejidos que salen de su garganta al ritmo de sus embestidas. Las manos de Kasumi perdidas en su espalda, hundiendo las uñas con fuerza, moviendo su cadera debajo de él hasta que finalmente las piernas que se anudan en él se aprietan con fuerza, cuando Gojou entra completamente dentro de ella y Kasumi se esfuerza por no gemir.
Satoru se sostiene de ambas manos sobre ella, sin dejar de empujar por un solo instante, con la intención de ver con atención el rostro de la mujer que se está tirando. Y mientras lo hace se da cuenta de que esta no es una adolescente descubriendo su sexualidad, no es la Kasumi que dejó en este mundo. Esta mujer lo mira directamente a los ojos mientras gime su nombre y se menea debajo de él acompañando cada uno de sus movimientos, y descubre que le encanta esta Kasumi.
Se inclina, arrodillado y decide tomar sus piernas por la parte interna de sus rodillas y la embiste con más fuerza ya que parece gustarle, todo en su rostro le dice que le gusta, tan sonrojada, con los labios entreabiertos, dejando salir de su boca los sonidos más deliciosos que jamás le había escuchado, casi desvergonzados.
Casi se corre cuando Kasumi lleva una mano a su sexo y estimula su clítoris mientras él la penetra, pero desvía la mirada al techo y continúa mientras escucha el contante aplauso entre sus cuerpos húmedos, agarrando con fuerza las piernas de Kasumi hasta que la escucha susurrar la palabra Dios, y le excita pensar que se refiere a él.
Satoru vuelve a inclinarse sobre ella y toma su rostro con una mano, presionando sus labios rosados e hinchados de tanto besar, pasea su pulgar por su labio inferior y se queda boquiabierto cuando ella abre la boca como si fuera una invitación, sorprendido y excitado por verla lamerlo como una paleta. Detiene sus embestidas y vuelve a esconder su rostro, empujando con fuerza, aunque a un ritmo menor, oyendo los jadeos de Miwa al ritmo que la penetra.
Repentinamente, Kasumi comienza a empujarlo y por un momento teme que esto sea todo, que se haya despertado del transe que la llevó a hasta compartir el lecho con él, pero al contrario de lo que está pensando, ella lo invita a voltearse en el colchón y se sienta a horcajadas sobre él.
Satoru marca sus dígitos en los pálidos muslos de Kasumi y cierra los ojos, levantando el mentón mientras ella se menea sobre su verga, masturbándolo con los pliegues húmedos de su sexo.
Kasumi siente los abdominales duros de Gojou bajo sus manos y se sostiene de su torso, moviendo su cadera en movimientos circulares hasta que siente que no aguanta más el deseo de volver a tenerlo dentro. Se levanta ligeramente de las caderas de Satoru y lo toma sin pensárselo dos veces, momento del que él no quiere perderse un instante y alza la vista para observar la mujer en la que Kasumi se ha vuelto. Sin embargo, vuelve a cerrar lo ojos cuando ella se sienta en él y vuelve a menear la cadera hasta sentir que están completamente unidos.
Ella se afirma sobre su pecho y cabalga sobre él, haciendo a sus pechos agitarse de tal manera que se vuelven la mejor tentación de Satoru, pero si siente incapaz de interrumpir su trabajo y simplemente contempla y escucha los deliciosos quejidos de Kasumi mientras se llena de él.
Él lleva sus manos hasta su trasero y lo aprieta contra sí mismo al ritmo que ella le marca, haciendo que sus gemidos se incrementen, llenándose de sus jugos, sintiendo perfectamente la textura de la piel de Kasumi contra la suya por primera vez.
Repentinamente Satoru usa una mano para atraerla hasta su pecho y siente sus tetas húmedas de sudor pegándose contra su cuello. La toma por el trasero con ambas manos y afirma sus pies sobre el colchón para empujar con tanta fuerza como el frágil cuerpo de Kasumi le permita, estirando la lengua para saborearle las tetas, completamente absorto en el vaivén y la sensación apretada de su vagina.
Sacudida por las urgentes embestidas de Satoru, Kasumi se aferra a su rostro y él levanta el mentón para volver a besarla, intentando hacer las dos cosas al mismo tiempo sin desconcentrarse y terminar acabando antes de tiempo.
—Te amo… —suelta sin pensar, pero termina preguntándose si Kasumi lo escuchó, porque no ha contestado nada.
La empuja suavemente contra la cama y observa el rostro tremendamente abochornado de Kasumi mientras se incorpora sobre sus rodillas para tomarla por una pierna y darla vuelta sobre la cama.
Ella no deja de sorprenderlo, ya que se ha puesto rápidamente en cuatro patas y se ha inclinado en un desvergonzado ángulo, esperando que él la tome por la cadera y vuelva a penetrarla hasta el cansancio, mirándolo por encima de su hombro, aferrada con fuerza de las sábanas.
Satoru se afirma sobre una pierna, plantando un pie junto a ella y una rodilla detrás de su trasero, le toma las nalgas y juega con su verga sobre el clítoris de Miwa con la intención de verla retorcerse sobre la cama, mordiéndose los labios tras escuchar los primeros gemidos hasta que comienza a sentir que morirá si no la hunde dentro de ella lo más rápido posible.
El sexo caliente, húmedo y palpitante de Miwa lo recibe una vez más y la sostiene con fuerza de las nalgas mientras se empuja y jadea incapaz de controlar la ardiente sensación. No le ayuda que Kasumi esté empujando con fuerza su trasero contra él, apretando más y más su interior para él.
Esta es la primera vez en su vida que siente tantos deseos de correrse dentro de alguien, más allá de saber que Kasumi toma la píldora, se muere de ganas de llenarla de sí mismo. Y casi a la par de este deseo esta el de hacerla acabar con él, simultáneamente.
Le toma por la cintura y empuja con fuerza unas cuantas veces hasta que termina jadeando, el sudor de su frente cayendo sobre su espalda para mezclarse con el de ella. Con sus últimas fuerzas la voltea y no tarda en meterla, no sin antes atrapar sobre la palma de su mano sus dos muñecas para reducir sus movimientos.
Se traga uno de sus pezones y lo tironea con los dientes mientras la penetra y presiona el otro con su mano libre para luego deslizar sus dígitos suavemente hasta su ombligo, llenándola de escalofríos. Luego viaja deliberadamente hacia el sur de su curvilínea figura y alza la vista para no perderse un segundo de su congestionado rostro. Es cuando toca la punta de su hinchado clítoris que observa las cejas de Kasumi estremecerse y se sonría cínicamente, sintiendo las muñas de Kasumi comenzando a luchar contra su prisión. Se empapa los dedos con la humedad que se desliza a través de todo el sexo de Miwa y dibuja pequeños círculos sobre su piel hasta que siente sus piernas temblar debajo de él, penetrándola cada vez más rápido y más fuerte, sacudiéndola bajo su cuerpo.
Kasumi lucha con insistencia cuando el movimiento de sus dedos se acelera y repentinamente abre sus ojos azules y él lo presiente, Kasumi está a punto de acabar y le parece demasiado cruel tenerla atrapada en este instante. La suelta y se aferra de su trasero para empujar con más fuerza y los delgados brazos de Miwa le rodean la espalda y vuelve a clavar sus uñas en él mientras gime entrecortadamente sobre su oído, sus piernas temblando. Los músculos de Satoru completamente contraídos, apretados, los tendones visibles bajo la piel blanca.
Un gemido ronco escapa de la boca de Satoru, Kasumi disfruta su orgasmo, atrapada debajo de él, su piel húmeda y caliente comenzando a perder la fuerza mientras cae sobre la cama con el chamán más fuerte sobre ella y repentinamente abre los ojos cuando Satoru se acerca a besarla suave y dulcemente sobre los labios, con tanta devoción que le atonta y termina besándolo mientras acaricia su suave cabello blanco.
N/A: Primero que nada quiero pedir mil disculpas por los posibles errores que deben haber en este capítulo, me costó muchísimo trabajo escribirlo y solo espero que puedan disfrutarlo. Es muy tarde aca en mi país, así que espero entiendan que no pueda saludar a quienes dejaron review en el capítulo anterior pero sepan que los agradezco mucho y aprecio que se tomen un tiempo extra para dejarme unas palabras de apoyo, ¡me ayudan mucho!
En fin, me muero por saber qué les pareció este capítulo que de verdad me dejó mal de la cabeza, sobre todo el final.
