Capítulo 8: Cazadores de chamanes


No pasó mucho hasta que Megumi recibió un llamado similar al de Yumiko, esta vez de Utahime. Como representante a cargo del Colegio de Tokio, con la cabeza del clan Gojou a su lado e Ijichi al volante, ambos parten rumbo a la estación de trenes más cercana y de allí al aeropuerto más próximo.

Antes de partir, Gojou recibió la maleta con sus boletos de avión y finalmente decidió leer la pequeña carta que su madre le dejó dentro de la bolsa de compras de Ijichi.

"Ellos no te observan como yo lo hago"

Demasiado ominoso para su gusto, aunque cierto. Quizás de cierta forma es un alivio para él.

Luego de mirarse al espejo y recordar una vez más que lleva la misma ropa arrugada de la noche anterior, decide quitarse el uniforme. Tal vez de forma simbólica, pensando que como sensei ya no tiene propósito. La única verdadera elección que había hecho en su vida había sido tomada con el claro propósito de construir un mundo igualitario para los chamanes más jóvenes. Librarlos de los mandamientos de los corruptos, los poderosos. Con el nepotismo de los altos mandos fuera de cuestión, ya no le queda mucho por hacer. Por lo que decide vestir una camisa negra y unos pantalones oscuros. Luego se quita la venda de los ojos y acomoda su fino cabello blanco para colocarse unas gafas hechas a pedido, tan oscuras que nadie podría ver absolutamente nada si se las pusiera. Se ve al espejo por última vez, se coloca una chaqueta y se cuestiona si su apariencia es demasiado informal para el evento que le espera, cuando las otras cabezas de los otros clanes probablemente vayan vestidos con atuendos tradicionales, tan ortodoxos que el solo pensamiento le hace rolar los ojos.

Una vez en Osaka, luego de un vuelo en el que Megumi optó por escuchar música con auriculares, probablemente para no volver a escucharlo hablar del único tema que Satoru tiene en mente, ambos dejan sus maletas en el lobby del hotel y toman las tarjetas magnéticas de sus habitaciones.

Para él no es una coincidencia haber recibido la habitación número 108, y se pregunta si esto es obra y al mismo tiempo una burla por parte de Yumiko, aunque no está del todo seguro si ella habrá reservado su habitación por sí misma o habrá hecho un pedido especial a alguno de los tantos asistentes del clan. Una cosa le es clara, Kasumi no saldrá de su mente en el tiempo más próximo.

La recepcionista, muy diligentemente les entregó a ambos una pequeña tarjeta, tras verificar que se encontraban en la lista de invitados de la reunión que se daría de madrugada. Y aunque a Satoru le extraña el horario que han elegido para convocarlos, no tarda en darse cuenta de que, siendo un espacio público quizás sea la manera más adecuada de mantener a los no-chamanes fuera de vista.

Es extraño para él ser de los primeros en llegar. De no ser por Megumi se hubiera tomado unos minutos más desperdiciando el tiempo en su nuevo celular, sin embargo, baja en su compañía a la habitación de hotel que han reservado, que más parece una sala de juntas. Se siente más que intrigado por esta nueva organización de chamanes autoconvocados y a los pocos minutos comienza a ver rostros nuevos, acostumbrado a lidiar exclusivamente con miembros de la escuela Jujutsu y con los antiguos peces gordos, en aposentos de lo más tenebrosos y exagerados; una manera más de imponer respeto, cosa que nunca logró el efecto esperado en él mismo.

—¿Ahora trabajamos con usuarios? —pregunta a Megumi en voz baja, viendo de reojo un par de rostros poco amigables entrando a la sala. Estas personas no están afiliadas a la organización Jujutsu.

—Las cosas han cambiado desde Shibuya. Además, esto nos concierne a todos. El gobierno ha estado contratando todos los chamanes a su alcance, aunque tienen preferencia por los miembros de la academia.

—Tiene sentido, además… no quedamos muchos.

Un rostro conocido gira en su dirección y le sonríe, una muchacha con el rostro lleno de piercings bajo su brazo. Satoru reconoce rápidamente a Hakari aunque lleva el cabello pintado de un rubio llamativo, casi tanto como la chaqueta de piel que trae puesta y los pantalones de cuero negro. Recordándole casi de inmediato al papel de Brad Pitt en la película 'El club de la pelea'. Detrás de él otro grupo camina, como un séquito.

—Ahí está un rostro que no veo hace mucho —le dice y mientras se acerca Gojou cree reconocer a la muchacha, aunque el cambio que ha dado es evidente.

—¡Kinji! —le dice, levantando una mano para darle los cinco y él no tarda en imitar su gesto—. Te ves bien —le dice con una sonrisa y baja el rostro hacia Kirara—. Tú también te ves bien.

—¿Ya no usas el uniforme de la escuela? —pregunta Hakari.

—Se podría decir que me he tomado un año sabático.

—Me parece bien —dice, encogiéndose de hombros—. Mira, tenemos buffet —comenta a Kirara y voltea a la mesa dispuesta en medio de la habitación para tomar un canapé.

Gojou observa los platillos dispuestos esperando encontrar algo dulce que llevarse a la boca, pero se detiene cuando está a punto de tomar una fresa bañada en chocolate cuando ve un rostro bastante familiar entrar por la puerta de dos hojas, abierta de par en par.

—Mierda… —murmura para sí mismo, pero Megumi logra oírlo a pesar de que la sala comienza a llenarse de bullicio.

—¿Quién es? —pregunta al ver el rostro de una mujer sonriendo maliciosamente en su dirección.

—Nadie, ignórala —le recomienda, pero parece ser que este pedido no podrá ser cumplido, ya que ella no tarda en acortar la distancia entre ellos para pararse justo frente a Gojou.

Poniendo a prueba la promesa de ser un hombre nuevo, uno fiel, Satoru traga saliva al sentir el dedo acusador de Shimiko Unagi sobre el primer botón de su camisa, justo sobre el hueso de su clavícula.

Tanto Megumi como Hakari desvían la vista involuntariamente hacia su pronunciado escote, pero mientras el primero desvía la mirada hacia cualquier otro sitio en la habitación, el otro es arrastrado por Kirara con un jalón del brazo.

—¿¡Qué tanto estás mirando, Kin-chan! —le recrimina Kirara al oído.

Ajena al intercambio entre la pareja, Shimiko se inclina hacia Gojou.

—Satoru Gojou —ronronea y esboza una sonrisa perlada. Luego se cruza de brazos, con la clara intención de hacer destacar la copa C de su brasier—. Tiempo sin verte… Escuché que saliste hace poco de una pequeña caja. No podía creerlo cuando me enteré, se debe sentir bien estirar las piernas, ¿cierto?

Shimiko es el tipo de mujer que siempre parece tejer lentamente una red de seducción en la que ya ha caído un par de veces. Se mueve suavemente, casi sin deliberar, meneando la cadera como una técnica maldita, como si extendiera su dominio sin que nadie se de cuenta y por un instante su manzana de Adán tiembla bajo su garganta.

—No fue tan malo, unas vacaciones forzadas.

Ella sonríe suavemente, apenas sacudiendo sus hombros antes de tomar asiento. Detrás de ellos, contra las paredes hay al menos treinta sillas y Gojou se ve obligado a sentarse junto a Shimiko y, como si se tratara de un chaleco salvavidas, Satoru arrastra a Megumi a sentarse a su lado.

Ella envuelve su brazo y arrastra los dedos por encima de su chaqueta, momento de lo más inoportuno para la inminente llegada de Utahime, con Momo Nishimiya y Miwa detrás de ella. Las tres lo ven a pocos segundos de entrar al recinto, es evidente por la expresión de desagrado de la más pequeña y su sensei. Miwa en cambio parece sorprendida, pero, como Megumi, busca otro espacio en el cual ocupar su atención y toman asiento del otro lado.

Los ojos azules de Kasumi parecen perforarlo por un instante, mientras Shimiko desliza su dedo por el pecho de Gojou y él sinceramente no sabe qué hacer. Se encuentra a sí mismo balbuceando antes de tomar la mano de Shimiko, sonríe nervioso e intenta regresas sus curiosos dedos a su regazo.

Del otro lado de la habitación, Kasumi comienza a sentir un ardor bastante particular naciendo en la boca de su estómago, sube por su garganta y hace que le hierva la piel. Sus mejillas pálidas se tiñen de rojo y el calor se expande por su rostro hasta las orejas y luego a la nuca.

—¿Lo ves? ¿Necesitabas algo más que esto? —pregunta Nishimiya, susurrando suavemente sobre su oído.

Momo no tiene reparos en mirar directamente a Gojou, a diferencia de Kasumi que desvía sus ojos azules hacia la puerta, observando a los chamanes que continúan entrando uno tras otro para tomar asiento. Satoru no necesita de sus seis ojos para notarlo, para sentir la ira que irradia de esos tres asientos. Y si bien Kasumi ya no lo ve directamente, Utahime y Momo lo están fulminando.

—Sí, tenías razón —responde Kasumi, se cruza de piernas y mueve un pie copiosamente, comenzando a sentir la particular ansiedad que le causa muy de vez en cuando la necesidad de nicotina.

—Mira nada más al descarado, le bastó una sola noche y ya ni siquiera tiene el reparo de ocultarlo. Deberíamos volver a sellarlo. Deberíamos maldecirlo.

—¿El bar estará abierto después de la reunión?

—No lo sé, supongo que sí. Todos parecen tener cara de querer tomarse un trago.

Cuando Kamo entra, vistiendo su atuendo tradicional japonés, las puertas se cierran detrás de él. Un chamán se aclara la garganta mientras varios de los presentes estiran las manos sobre la mesa para tomar algún tentempié.

—Escuchen con atención, muchachas. Esto nos concierne especialmente a nosotras —le dice Utahime en voz baja.

Gojou ignora a Shimiko y vuelca su atención en el chamán de traje negro y cabello oscuro, con un ligero tono rojizo en el iris de su mirada. Parece demasiado elegante, y demasiado normal en comparación con el resto de chamanes de atuendos estrafalarios. Se para frente al resto con una carpeta entre las manos y se gira a un muchacho joven, quien supone es su asistente, y este último apaga la luz luego de encender un proyector y bajar una cortina blanca. Con su figura entre él y la cortina, echa un vistazo a sus notas y vuelve a aclararse la garganta.

—Antes que nada, quisiera agradecerles a todos por acudir a esta reunión con tan poca antelación. Mi nombre es Oni Akira —dice en un tono grave y masculino, y a Gojou le parece más un vampiro que un chamán—. Este es un asunto de seguridad que nos concierne solo a nosotros —continúa y se hace a un lado para dejar ver claramente la primera diapositiva—. En los últimos siete días ha habido siete desapariciones de chamanes a lo largo y ancho de Japón, en la ciudad de Takayama, en la prefectura de Gunma; en Nanao, en la prefectura de Toyama; en Touhoku, en la prefectura de Aomori; Totsukawa, en la prefectura de Wakayama; en la isla Ama; en la isla Heigun y en la ciudad de Isa, en la prefectura de Kumamoto —dice mientras en la pantalla las localidades aparecen resaltadas con círculos rojos.

Gojou observa los sitios resaltados sobre el mapa de Japón, uno tan lejos del otro que sería imposible cada hecho fuera cometido por un solo individuo.

—Los chamanes que han desaparecido son Sasaki Himari, Hara Akari, Mori Sakura, Teshigawara Ichika, Unagi Niko, Imata Asahi y Hayashi Sora —las enumera, pasando una a una sus fotografías con las fechas más probables de sus desapariciones.

Utahime levanta la mano como si se encontrara en una lección y Oni Akira le cede la palabra.

—¿Es cierto que todas ellas son mujeres?

—En efecto, pero además de su género, no tienen muchas más cosas en común. Todas provienen de diferentes partes de Japón, diferentes afiliaciones, diferentes edades y técnicas malditas; tres de ellas, de hecho, no poseían técnicas innatas.

—¿No es posible que hayan muerto en sus misiones? —interrumpe Hakari.

—Fue lo primero que supusimos, pero no encontramos rastro de ninguna. De haber muerto enfrentándose a una maldición al menos habrían quedado rastros de sangre, miembros incluso. Todos aquí sabemos de primera mano lo que deja una maldición detrás de sí al atacar, es muy extraño que simplemente se trague un cuerpo sin dejar una sola gota de sangre. Es por eso que sospechamos que se trata de un ataque organizado; es evidente que esto no es obra de una sola persona.

—¿Y por qué deberíamos pensar que no se trata de otro chamán o usuario maldito? —pregunta Gojou—. Parecen estar seguros de que se trata de un grupo de humanos comunes y corrientes.

—Lamentablemente sería muy difícil reducir el número de chamanes bajo sospecha, quizás uno de los miembros de la organización está aquí, o tiene una afiliación directa con alguno de nuestros miembros. Por cuestiones de seguridad me veo en la obligación de reunirlos para ponerlos al tanto de la situación, aunque así mismo termine poniendo en alerta a aquellos que nos están asesinando.

—Pero, por lo que dices, no hay rastros de un asesinato —contesta Gojou.

—¿Es posible que se trate de una serie de secuestros? —pregunta Megumi.

—Sí, es posible. Aunque desconocemos los motivos detrás del ataque. Por ahora, nuestra única sospecha es el grupo extremista anti chamanes que es liderado por Goto Unigawa —La fotografía de Goto no le causa ningún escalofrío a Gojou, no luce muy diferente que cualquier otro ex convicto—. Su ideología se basa en que los chamanes deberían ser erradicados, dado de que tras el incidente de Shibuya, la extensa cantidad de maldiciones liberadas por todo Japón fue revelado a la población que el responsable fue un chamán con afiliación al colegio Jujutsu, además del Desfile Nocturno de los Cien Demonios y otros eventos que se mantenían ocultos a la población japonesa. Según sabemos, Unigawa tiene una red de al menos cien miembros que se reúnen frecuentemente en la ciudad de Shizouka.

—Chamanes mediocres —comenta otro, vestido en un apretado traje de cuero rojo con una cadena colgando de su cinturón—. Tienen que haber sido chamanes de cuarta si se dejaron atrapar por un grupo de humanos.

—Todas ellas tenían rangos diferentes, una de ellas incluso era un chamán de primer grado. Lo que nos lleva a pensar que, su único recurso, hayan sido armas de fuego de alto calibre.

—Además —interrumpe Momo, notablemente irritada—, dudo mucho que hubieran estado esperando una emboscada. Todas fueron tomadas por sorpresa.

—Sí —continúa Oni Akira—, además de que todas ellas trabajaban solas.

—Entonces alguien debe estarles dando información desde adentro, ¿cómo sabrían que ellas trabajaban solas? —pregunta Kirara.

—O podrían haber estado siguiéndolas desde hace mucho tiempo —contesta Megumi—. Esperando el mejor momento para atraparlas.

En este instante Gojou se plantea una pregunta que lo deja de lo más intranquilo y voltea instintivamente a Miwa, atrapándola en el momento justo en el que ella lo observa de soslayo y al verse evidenciada, voltea nuevamente a la pantalla en la que aún yace la fotografía de Goto Unigawa.

Inquieto por la certeza de que Kasumi trabaja sola desde hace bastante tiempo, Satoru se pregunta si, tal vez, ella estaría en esta lista de no haber ido por ella tras ser liberado de la prisión confinadora. Definitivamente hubiera sido un blanco fácil en una emboscada, su técnica maldita poco la hubiera ayudado contra un grupo fuertemente armado. Afortunadamente esto no sucedió, pero la sola idea es suficiente para hacer que se le forme un nudo en el estómago.

—Incluso el chamán más fuerte podría ser vulnerable al armamento correcto —comenta Gojou, cruzándose de brazos.

Shimiko se inclina contra la mesa y toma el recipiente de fresas bañadas en chocolate y toma una entre sus dedos, sus uñas pintadas de rojo escarlata.

—Es cierto, hemos visto a los más fuertes caer en embocadas —comenta cínicamente y se inclina hacia Satoru, extendiendo la fresa para dársela de comer en la boca y por instinto el separa los labios y le da una mordida. Pocos segundos después se arrepiente, cuando Utahime, Momo y Kasumi vuelven a fulminarlo con la mirada.

Tentado a escupir la fresa de inmediato, la traga a pesar de no haber llegado a morderla lo suficiente y siente el chocolate raspándole el interior de la garganta.

—¿Hay alguna información que nos sirva para vincularlo directamente con alguno de los ataques?... A este tal Unigawa —dice otro chamán, vestido en una simple camiseta roja y unos pantalones de jean gastados.

—Ninguna. Por lo que sabemos, Unigawa no ha dejado la ciudad de Osaka.

—¿No hay más información que pueda brindarnos? —Kasumi pregunta en un tono suave, pero Akira niega.

—Esta reunión servirá meramente como una advertencia, para mantener las líneas de comunicación abiertas entre nosotros y evitar que las mujeres, que parecen ser el blanco primario de estos ataques, eviten trabajar solas.

—Tiene que existir una razón para que estos ataques se enfoquen especialmente en mujeres —comenta Gojou, pero nadie parece tener una respuesta.

—No tenemos más que teorías, sin embargo… ninguna certeza — Oni Akira finaliza y vuelve a mirar a su asistente de reojo. El muchacho enciende la luz de los esplendidos candelabros que penden sobre la mesa y apaga el proyector—. Lamentablemente no tenemos mucha más información, de tenerla, convocaremos otra reunión extraordinaria. Por favor, divulguen lo discutido a cada una de sus facciones, pueden acudir a mí si algo nuevo se presenta; estoy a su entera disposición.

—Oigan, ¿y el alcohol? —pregunta otro, sentado en un rincón a dos sillas de Kasumi—. No esperarán que nos marchemos con la garganta seca.

—Claro que no, hemos hecho arreglos con el hotel para tener la barra abierta durante toda la noche —responde Oni Akira antes de marcharse.

—Bueno, ya sé saben dónde encontrarme —comenta Hakari, levantándose de su asiento junto con Kirara.

Megumi se gira, pasando su vista de forma incómoda entre Kasumi y la mujer que ha enredado su brazo al de Gojou. Arquea una ceja y se levanta soltando un suspiro.

—Me voy a mi cuarto —le dice—. Tengo que hacer una llamada a Tokio.

Satoru estira una mano hacia él, estirando los dedos en un ruego de auxilio que no sirve para nada, Megumi se marcha junto con el resto de chamanes que parecen compartir el mismo pensamiento, aprovechando la situación para estrechar manos.

Flechado en medio del pecho, Satoru percibe una última mirada llena de repulsión de parte del trio de mujeres de Kioto y cuando hace el esfuerzo por abandonar el abrazo de Shimiko, ella lo empuja para regresarlo a su lugar y susurra algo sobre su oído. Y a pesar de que Kasumi está demasiado lejos como para escucharlo, puede imaginarse perfectamente lo que están hablando. Por supuesto, no tendrá que ver con trabajo, no con la forma lasciva en la que extiende los dedos por su camisa y se inclina contra su brazo, apoyándole los pechos.

Utahime es la última en salir y aprieta la mandíbula antes de cerrar la puerta de doble hoja, escuchando antes una súplica saliendo de los labios de Satoru.

—Diviértete, Gojou Satoru.

—¡Utahime, espera!

Una vez la puerta cerrada, Kasumi no tiene fuerza para mover los pies y permanece completamente inmóvil sintiendo su piel hervir, frustrada, indignada por lo que acaba de ver a tan pocas horas de haberse acostado con Satoru. La suela de sus zapatos adheridas a la alfombra roja que se extiende por los corredores del hotel.

Solo sale del maremoto mental en el que está hundida cuando Momo se cruza de brazos frente a ella y escupe unos improperios.

—Iré a dormir, ha sido un día muy largo —dice su sensei, apenas más calmada que ellas dos.

—Creo que Kasumi y yo iremos al bar —contesta Momo.

—No tarden mucho… —dice, mirando de reojo el grupo de chamanes que marcha hacia un destino inequívoco—. La mitad de estos chamanes no son nada agradables, llámenme si tienen algún problema.

—No te preocupes —contesta Momo con una sonrisa y luego mira el rostro de Kasumi, se entrecejo apenas fruncido, intentando disimular sus verdaderas emociones.

Cuando su superior se marcha por el pasillo y Kasumi da su primer paso hacia el bar, Momo la detiene por el brazo. Sujeta de su chaqueta, su amiga la mira con sorpresa y descubre ligera malicia en el reflejo de sus ojos azules.

—¿No te da curiosidad saber de qué están hablando esos dos?

—¿Por qué querría saberlo? —cuestiona, desviando la mirada—, mejor vamos a tomar algo.

En el bar del hotel ya están reunidos más de la mitad de los chamanes de la reunión, pero a Kasumi no le sorprende no ver el rostro de Kamo-sama entre los presentes. Las dos toman asiento en una mesa apenas alejada de los demás y un mesero deja frente a ellas la carta de bebidas. Kasumi pasa la mirada por la extensa selección y no tarda en darse cuenta de que necesita algo fuerte y ordena dos vasos de sake.

—Preferiría algo más tropical —dice Momo al escucharla.

—El sake es para mí —responde Kasumi.

—Un bloody Mary para mí, por favor.

El mesero atiende y se gira hacia la cantina, detenido por otro grupo con un pedido mucho más extenso que el de ellas.

Kasumi deshace el nudo de su corbata; que no ha usado desde hace algún tiempo, pero decidió llevar a último momento con la idea de que esta sería una ocasión de lo más formal. Ahora, con la mente perturbada, sólo siente que necesita todo el espacio posible para seguir respirando, sin poder quitar su mente de lo que sea que esté pasando en la habitación que acaba de abandonar.

Preocupada, Momo se inclina sobre la mesa para susurrarle.

—Tal vez esto te de la fuerza que necesitas para sacarlo de tu vida de una vez por todas. Nada de visitas, ni dormir juntos… Ese tipo no merece tu tiempo, debes dejar de sentir lástima por él.

—Lo sé… Tenías razón, Momo. Soy una estúpida —dice en voz baja.

El mesero no tarda mucho en traerles su orden y se despide cortésmente recordándoles que está a su disposición. Nishimiya levanta su vaso en dirección a Kasumi y extiende una sonrisa sobre su rostro que a Miwa le cuesta devolverle.

—Un brindis, por dejar atrás el pasado —dice y Kasumi alza su pequeño vaso de sake para chocar los cristales.

Momo apenas se moja los labios con su bebida espesa y rojiza, mientras Kasumi se traga el vaso de sake de un solo trago. Luego toma el segundo vaso y repite la acción, sintiendo el alcohol invadiendo como lava su garganta y extender su calidez en la boca de su estómago. Perpleja, la rubia ve la expresión apretada en el rostro de Miwa, resistiendo el alcohol.

—Oye, ¿qué tal si tomamos las cosas con un poco de calma?

—¿Sabes qué es lo peor? Por un momento le creí, por un momento de… locura temporal, le creí cuando dijo que me amaba. Pero todo para él no es más que un juego sucio y no le importa quién salga lastimado. Es un… un imbécil, un manipulador. Y yo soy una idiota, crédula.

—No es tu culpa ser tan buena, pero sí… deberías haber mantenido tu guardia en alto.

—¡Mesero! ¡Otra ronda! —dice Kasumi, levantando la mano en el aire—. Ahora debe estar con esa mujer, como lo hizo aquel día en el que casi me muero. Se la llevará a su habitación, estoy segura. ¿Viste cómo lo tocaba? ¿Cuántas veces se habrá revolcado con ella? —El mesero se acerca y deja otro par de vasos de sake y se lleva los vacíos—. No puedo creer que volví a caer en la trampa, y esta vez no le tomó más que un par de días. Me siento tan sucia…

—No seas tan dura contigo misma —contesta Momo y continúa bebiendo—. Además… ¿cuándo fue la última vez que tuviste sexo? —pregunta en voz baja y encuentra un ligero rubor naciendo en las pálidas mejillas de Miwa, aunque no sabe si es efecto de su propio pudor o del alcohol que ha comenzado a surtir efecto en su organismo.

—Bueno, no lo sé, unos meses…

—¿Cuántos meses?

—Quizás diez… No lo sé… tal vez más.

—¡Kasumi! ¡Con razón caíste tan fácil! Tal vez deberías reconsiderar el hecho de tener un amigo con beneficios.

—No he tenido muchas citas, los niños y las misiones consumen todo mi tiempo… Además, no sé si estoy hecha para eso.

—No lo sabrás hasta que no lo intentes.

Kasumi se traga su tercer vaso de sake y mantiene acallado un rugido dentro de su garganta en llamas.

—Bueno, no puedo dejarte sola en esto —dice Momo más para sí misma y aprieta los párpados mientras bebe apresuradamente su bloody Mary, suspira y deja con fuerza el vaso vacío sobre la mesa.


No tiene mucho tiempo de meditar sobre lo acontecido en la reunión, tampoco en ir tras Kasumi cuando dos manos de finos dedos blancos se envuelven en su brazo y lo jalan contra los suaves pechos de Shimiko.

—Mira, linda… La verdad no tengo mucho tiempo para esto —le dice, intentando infructuosamente sacársela de encima.

—Oh, vamos. Pasaste cinco años desaparecido, debe haber muchas cosas que quieras hacer ahora que estas libre —ronronea contra su oído y acaricia su mentón con un movimiento casi felino—. ¿No hay algún apetito que pueda ayudarte a calmar?

—Ya me hice cargo de mis apetitos, Shimiko —dice sonriendo, tomando su mano para evitar que continue acariciándolo—. Estoy intentando algo nuevo, de hecho.

—¿Algo nuevo? ¡Oh! Suena interesante, me gusta probar cosas nuevas… sabes que soy muy flexible. ¿De qué se trata?

—Monogamia —responde aun sonriendo.

—¿Mono qué? —cuestiona perpleja—. ¿Tú? ¿monógamo? Tiene que ser una broma y de muy mal gusto —responde, casi ofendida, relajando el intenso agarre que sostiene sobre su brazo.

—No estoy bromeando.

—Claro que sí, te estás riendo.

—Huh, sólo sonrío —responde, borrando su sonrisa.

—Es lo mismo. Mira, si no quieres acostarte conmigo no tienes que mentirme. Te creería más si me dijeras que ahora sólo te gustan los hombres, pero… ¿monogamia? Monogamia y Gojou Satoru no van juntos en la misma oración.

—Eso era antes —dice, liberándose completamente de sus manos, sosteniendo las de Shimiko para dejarlas sobre su regazo—. Y créeme que es difícil, en otro momento no hubiera dudado un instante, pero ahora… Agh… también me está costando trabajo…

—Si es tan difícil quizás no es lo tuyo.

—¿No dicen que las cosas que cuestan trabajo son las mejores?

—¿Estás llamándome fácil?

—Tal vez.

Distraído por su conversación, Satoru no está lo suficientemente alerta como para evitar la cachetada que le ha volteado el rostro. La piel le pica, comenzando a enrojecerse, aprieta los dientes y vuelve a enderezar el perfil para ver el rostro irritado de Shimiko.

—Eres un imbécil —contesta Shimiko antes de marcharse.

Se lleva una mano a la mejilla y se acaricia mientras la ve salir, luego suspira y se gira a la mesa en la que aún queda demasiada comida. Toma las fresas que le rasparon la garganta al tragarlas apresuradamente y se echa una a la boca.

Carajo, se dice a sí mismo estirando el cuello para ver los candelabros colgados en el techo. La monogamia es más problemática de lo que pensaba. Quizás sería más sencillo si no tuviera la piel tan sensible después de haberse acostado con Kasumi hace tan poco. Quizás se debe a que estaba demasiado acostumbrado a ser indulgente en cada uno de sus deseos.

Aun resuena en su mente lo que Shimiko le dijo, tal vez es cierto, tal vez la monogamia no es lo suyo, pero no estará seguro hasta que lo intente.


—¿Viste cómo se miraban? —dice Miwa después de su cuarto vaso de sake, sus palabras comenzando a escurrirse torpemente de su lengua.

—No lo sé, Gojou trae gafas —contesta Momo bebiendo por un sorbete su segundo bloody Mary—. ¿Qué tal si lo maldecimos para que no vuelva a tener una erección? —pregunta, riéndose disimuladamente, su rostro más enrojecido que de costumbre.

—No suena mal, ¿qué tal si lo maldecimos para que siempre tenga mal aliento?

—¿Qué tal si hacemos que tenga constantes problemas de flatulencia?

Kasumi se ríe con fuerza y los chamanes en la mesa de al lado se voltean a verla. Siente tanto calor que ha desabotonado los primeros botones de su camisa y se abanica con la mano, meciéndose suavemente sobre su asiento. Ya ha perdido un poco el control sobre su propio cuerpo y se siente ligeramente adormecida, sus ojos azules entrecerrados.

Un sujeto no la pierde de vista y le sonríe al momento en el que sus miradas se cruzan.

—A esa camisa le sobran botones —le dice, con una sonrisa ladeada.

—¿Qué le acabas de decir a mi amiga? —pregunta Momo, envalentonada, frunciendo notablemente el entrecejo—. Un tipo tan feo como tú no tiene derecho de mirar en su dirección, ¿o acaso quieres un problema?

—¿Y qué problema puede causarme un niña tan tierna com—.

La escoba de Momo se levanta del suelo por sí misma, dándole en la quijada tan fuerte que logra noquearlo y él cae sobre la mesa inconsciente.

—¡Momo! —grita Kasumi.

El resto de chamanes en la mesa se echa a reír y otro les sonríe a las muchachas.

—No se preocupen, se lo merecía —le dice, tomando su vaso de cerveza.

—Creo que hemos bebido demasiado —reconoce Kasumi, con tres vasos vacíos de sake frente a ella y una sensación pesada que le obnubila la mente. Momo rola los ojos, luego termina de un largo sobro lo que resta de su trago rojizo y arrastra el cristal en medio de la mesa como si no hubiera atacado a un hombre pocos segundos atrás.

—Mañana tenemos que levantarnos temprano… —se recuerda a sí misma y repentinamente abre los ojos por completo—. Oye, ¿no has sabido nada de Ren? Parece que no vino.

Kasumi se mantiene callada, pensando en la última misión que le encomendaron para comenzar la limpieza de la ciudad de Tokio. Incapaz de confesarle que aún no tiene un compañero, guarda silencio preguntándose qué tan seguro sería para ella acudir por sí sola.

Momo tiene una enorme aversión a trabajar para el gobierno, acepta sólo un par de trabajos al año del Clan Kamo y le ha reprochado un par de veces el trabajar para el mismo gobierno que no ofrece ningún tipo de protección para los chamanes que emplean. Por lo mismo, termina apoyando su rostro sobre una mano y desviando la mirada hacia el bar.

—¿Tan mal están las cosas? —le pregunta, creyendo que su semblante no es más que el efecto que aún tiene en ella lo que ha quedado de su relación con Ren—. Está bien, no haré más preguntas. ¿Nos vamos?

—Quisiera… tomar un poco de aire antes de volver a la habitación.

—Está bien, pero no tardes mucho o vendré por ti. Utahime tenía razón, estos tipos son desagradables —le susurra, aunque sus palabras son bastante audibles.

Toma su chaqueta y se la echa sobre el hombro, acompaña unos cuantos pasos a su antigua compañera de colegio y sale por la puerta principal del hotel. Una suave ráfaga fría el golpea el rostro abochornado y respira el aire teñido de olor a nicotina. Termina volteándose hacia un chamán que usa una chaqueta bastante estrafalaria. Hakari se gira a ella, un cigarrillo pendiendo de entre sus labios y una mirada apenas interesada.

Kasumi camina unos pasos hacia él, habiendo perdido el pudor a base de sake y con una ansiedad que sólo un cigarrillo podría calmarle.

—¿Me invitas uno? —le pide sin siquiera presentarse y Hakari no tarda en extenderle su cajetilla de cigarrillos.

Tras tomar uno entre sus manos, lo posa sobre sus labios y se inclina contra él cuando él prende su encendedor. Kasumi aspira la pesada nube grisácea y sus hombros se dejan cae tras exhalarla.

Este mal hábito que terminó pegándole su ex novio es uno del que no se lamenta en absoluto. Descubrió con los años que, una vida exorcizando seres de lo más escalofriantes, viene aparejado con una necesidad de entumecer sus sentidos, muy de vez en cuando. Tomar un trago y fumar un cigarrillo tras una misión horrorosa suele ayudarle a dormir, y ahora, cuando Gojou Satoru se ha vuelto un personaje digno de sus pesadillas, le viene bien.

—¿Eres de la escuela Jujutsu? —le pregunta Hakari repentinamente y ella asiente.

—¿Y tú?

—Nah, me expulsaron —comenta sonriéndose—. Tienes que tener cuidado, el aire frío no te hará muy bien.

Kasumi frunce el ceño y cuando está a punto de darle una segunda inhalada a su cigarrillo, lo siente abandonar sus dedos. Se gira, solo para encontrar el rostro inexpresivo de Gojou analizando el cigarrillo que no tarda en arrojar al suelo para darle una pisada.

—Estaba fumando eso —se queja ella, con los dedos aún pendiendo en el aire, sosteniendo absolutamente nada.

—Estabas —dice Satoru en un tono ausente de diversión.

—¿Me invitas otro?

Hakari termina su cigarrillo y lo arroja al suelo sin tener la delicadeza de apagarlo y se vuelve a Kasumi.

—No si él va a desperdiciarlos —contesta y se voltea para volver a entrar al hotel.

Una vez solos, Kasumi se cruza de brazos y lleva su vista atolondrada al estacionamiento, sitio opuesto al lugar en el que Satoru está parado, intentando ignorar su presencia. Debería voltearse y seguir los pasos de Hakari, pero no lo hace.

—¿Ahora fumas? —le pregunta, llevando ambas manos a sus bolsillos para rodearla y pararse frente a su rostro.

—Hay muchas cosas que hago que tú desconoces —responde, su entrecejo fruncido.

—¿Cómo qué?

Nada se le viene a la mente, la verdad es que, además de fumar muy ocasionalmente, no hay nada más ligeramente extravagante que ella haga.

—No tengo que contestar tus preguntas —contesta girando su perfil en otra dirección.

Satoru nota la forma atolondrada en la que sus palabras se deslizan por su lengua y luego el rubor que le tiñe las mejillas. Repentinamente se agacha en su dirección y Kasumi termina encogiéndose de hombros, alertada por la forma desvergonzada en la que Satoru viola su espacio personal.

—Kasumi-chan, ¿estás ebria?

—¡Claro que no! ¿De qué estás hablando? —cuestiona, abriendo los ojos como dos platos.

—Lo estás, ¿cuánto bebiste? —pregunta y una sonrisa le curva los labios y le deja ver sus brillantes dientes blancos.

—¿Qué haces aquí interrogándome? ¿No deberías estar con… esa mujer? Esa… la exhuberante.

—¿Shimiko? —pregunta volviendo a reírse—. No, prefiero estar aquí, cuidando que esta muchacha ebria no haga ninguna locura.

—No estoy ebria y no necesito que me cuides. Mejor ve a ver a tu amiga.

Satoru puede palpar perfectamente el tono acusador en las palabras de Kasumi, percibe un ligero desprecio en sus ojos debilitados.

—No es mi amiga.

—Vaya, qué familiares son considerando que ni siquiera son amigos.

—Vamos adentro, Kasumi. La brisa no te hará bien —dice, tomándola por el hombro antes de que ella sacuda su mano de encima para apartarse de él unos pasos.

—Deja de portarte como si fueras un caballero. No pretendas que te importa lo que haga, si fumo o no fumo, si bebo o no bebo, o cuánto bebo. No es tu problema, Gojou Satoru. No te metas en mis asuntos.

—Vaya, eres una ebria terca.

—¡Que no estoy ebria!

—Pero sí estás celosa.

—¡¿Ce-celosa?! —cuestiona escandaliza, intensificando el rubor en sus mejillas—. ¡Eres un engreído!

—Bueno, eso no puedo discutirlo, pero ser un engreído no me hace un mentiroso. Kasumi-chan, ¿estás celosa? Porque si es así debes saber que no pasó nada entre ella y yo.

—¡No quiero escucharte! Después de todo lo que pasó no puedes darte el lujo de venir a comportarte como si nada hubiera pasado. ¿Crees que lo he olvidado todo? ¡Pues no! Eres un infiel, Gojou Satoru. El que es infiel una vez, siempre lo será. Así son los infieles.

—Ey, ey, el estado de nuestra relación en ese momento no era oficial —responde, levantando un dedo en el aire, intentando defenderse—. Además, ¿quién dice que los infieles no pueden cambiar?

—¡Todos lo dicen!

—Eso no suena muy realista.

—No me importa, porque es cierto. Tu sigues siendo el mismo que eras aquel día en el que te vi claramente con esa mujer.

—Esto significa que no me has perdonado, ¿cierto? —pregunta, su voz grave se remueve hasta el interior de Kasumi.

—Ya te dije que te perdoné.

—No lo entiendo, me perdonaste, pero sigues reprochándome algo que pasó hace cinco años. Creí que las cosas eran más claras, después de todo, tú y yo…

—Lo de anoche fue un error. Y será mejor que vuelvas a tu cuarto porque tú y yo sabemos que esa mujer está esperándote.

—No, no, claro que no, Kasumi —le dice, tomándola por los hombros—. ¿Por qué no vamos a dentro y tenemos esta conversación en un lugar más privado? —le pide, estirando el cuello al ver un pequeño grupo a pocos metros.

—¡Quítame las manos de encima!

—Ey, ey, no grites o creerán que te estoy secuestrando.

—¡Me importa un bledo!

—No me dejas muchas opciones —repentinamente Kasumi siente el perfume de Gojou inundando su nariz; su pecho dándole la bienvenida cuando el la envuelve entre sus brazos y la brisa nocturna desaparece por completo. Tarda unos cuantos segundos en percatarse de que están en otro sitio, uno oscuro y cálido. Y, al hacerlo, Kasumi apoya ambas manos contra el pecho de Gojou y lo empuja para que la suelte—. ¿Lo ves? —le dice luego de levantar un interruptor contra la pared—. No hay nadie aquí más que tú y yo.

Dentro de la habitación de hotel de Satoru, Kasumi inspecciona los alrededores y vuelve a dejar que el orgullo le llene la boca de palabras.

—¿Qué hiciste con ella? ¿La escondiste en el baño como hiciste conmigo aquella vez?

—Qué cruel eres —comenta esforzando una sonrisa—. Kasumi-chan, me estás haciendo sentir como la basura más grande sobre la tierra.

—Es lo que tú me haces hacer Gojou, yo no soy así, yo no digo estas cosas ni… ni voy por ahí inspeccionando el cuarto de hotel de mi pareja para estar segura de que me es fiel. Es lo que tú provocas, por ser un mujeriego.

—¡Pero cambié! —dice llevando ambas manos contra su propio pecho—. Tienes que creerme, estoy diciendo la verdad. Sí, podría haberme traído a esa mujer conmigo hoy pero no lo hice, por ti.

—¡No debiste hacerlo! ¡No por mí!

—No lo entiendo, ¿querías que la trajera a mi cuarto?

—¡No!

—Agh… —sale de su garganta en un suspiro y se revuelve el cabello con una mano—. ¿Por qué mierda esto tiene que ser tan difícil?... Mira… Mirame… —comienza, avanzando unos pasos en su dirección—. Realmente no es fácil ser lo que tú quieres que yo sea, pero de verdad lo estoy intentando. Incluso si no hubieras estado aquí hoy, no hay nadie más en el planeta que quisiera llevarme a mi habitación de hotel.

—Eres de lo más romántico —responde, casi ignorándolo y se embarca al minibar, pero antes de lograr tomar una botella de cerveza, siente los dedos de Satoru envolviéndose sobre su mano, cerrando la puerta de la pequeña nevera con la otra.

—¿Por qué mejor no te acuestas a dormir?

—¿Contigo?

Él se encoje de hombros.

—Es una opción.

—No, yo no seré tu segunda opción.

—¿Sigues con eso?

La verdad es que a Satoru nunca le han gustado las mujeres celosas, tener que dar explicaciones de sus pasos y cada acción es de lo más irritante. Pero acepta que esto es su propia obra, que Kasumi, hace cinco años atrás, no era este tipo de persona. Se siente responsable por ella, porque esté ebria y porque esté tan molesta con él.

—Si no vas a permitirme beber, deja que me vaya. Lo más probable es que ella te esté esperando en su cuarto —le dice, su mirada aún pesada y sus movimientos torpes.

Repentinamente las palmas frías de Satoru la toman por las mejillas, Kasumi siente el calor de su piel desaparecer entre sus manos. Abre los ojos, extendiendo sus largas pestañas en su dirección y, a pesar de su aversión a él, no puede contener el intenso latido de su corazón terco, martillando sobre su pecho.

—Kasumi-chan, eres muy tierna cuando estás ebria.

—N-no lo soy —su voz tiembla y se separa de él—. Y no estoy ebria —dice, dando sus primeros pasos hacia la puerta.

—Espera, espera —le dice, tomándola de la mano para arrastrarla a un pequeño sofá de dos cuerpos en el que la deja sentada y se agacha frente a ella—. Ah… —suspira, mirando hacia arriba, dejando sus gafas deslizarse por el puente de su nariz—. ¿Qué puedo hacer para que me creas? —pregunta para sí mismo y Kasumi espera, quizás con la esperanza de que, de hecho, encuentre algo que la convenza—. ¿Qué tal esto? —De su bolsillo saca su nuevo celular y lo extiende frente a ella.

—¿Qué es eso? —pregunta Kasumi, tomando el celular entre sus manos, en un tono suave y dócil.

—Es mi celular, revísalo, no tengo nada que ocultarte.

Kasumi echa una mirada rápida a las pocas aplicaciones que Satoru tiene instaladas y, luego de mirarlo a los ojos con cierta duda, abre la agenda. Su rostro vuelve a fruncirse cuando ve que sólo tiene cuatro números agendados: Megumi, Ijichi, Kasumi y Yumiko.

—¡Yumiko! —dice, como si hubiera encontrado la evidencia suficiente para no volver a creer en sus mentiras y exhibe su hallazgo sobre el rostro sorprendido de Satoru.

—¡No, no, espera! —le dice al notar que intenta pararse del sofá y la detiene con su propio cuerpo. Satoru no encuentra más opción que hincar sus rodillas con las piernas de Kasumi entre las de él—. ¡Esa es mi madre!

—¿¡Quién agenda a su propia madre con su primer nombre!? ¡Deja de mentirme!

—Te lo juro, tienes que creerme —le ruega, arrinconándola contra el sofá—. Podemos llamarla, aunque… Ah… sería un problema.

—¿Esperas que me crea eso? Con lo bien que mientes hubiera esperado algo mejor… Además… —dice, mirando con atención el celular hasta darse cuenta de algo que había ignorado hasta el momento—. ¡Este ni siquiera es tu celular! ¡El tuyo estaba roto!

—Sí… Le pedí a Ijichi que me comprara uno nuevo.

—Eso es tan conveniente, ¿verdad? ¿Qué pasó con el viejo?

Satoru duda, sin embargo, tiene el otro móvil en su bolsillo. Antes de marcharse de Tokio se lo pidió a Ijichi ya que se esperaba de él que estuviera aquí. Por lo mismo hubiera sido de lo más extraño y si su ubicación fuera diferente. Pero ese celular tiene demasiadas cosas de hace cinco años atrás, muchas conversaciones y fotografías que son sólo para sus ojos y que en este momento desearía haber borrado por completo.

—¿No lo tienes? ¿Lo tiraste? —pregunta Kasumi—. Es decir que, si te llamo ahora mismo, este es el celular que sonará, ¿cierto? —dice, tomando su propio móvil para discar su número.

Si una llamada de Kasumi es recibida en su móvil, el clan se dará por advertido de que aún continúa persiguiendo esta relación, cuando debería estar meditando su propio estado civil. Kasumi aún no sabe nada acerca del matrimonio arreglado y esto lo hace sentir en la terrible obligación de, finalmente, confesarle todo. Pero hacerlo cuando ella está tan evidentemente intoxicada no es una opción, es una conversación que preferiría tener con la Kasumi de siempre. No esta que además está tan enfurecida con él.

—El otro celular está aquí y si llamas, este será el que suene, no el nuevo —confiesa con ligero pesar en la voz, ya que esto no ayuda a su caso en absoluto—. Y si lo revisas encontrarás muchas cosas que no van a gustarte, cosas muy viejas que no me importan. Bueno, quizás solo me importen las dos fotos que tengo contigo. Nada más…

Ella parece calmarse con esta explicación, aunque aún percibe la desconfianza que irradian sus ojos azules.

—Además… —continúa—, el clan está siguiendo todos mis pasos y los de las personas que se relacionan conmigo. Por eso compré este, para no meterte a ti ni a nadie más en problemas.

—¿Ni siquiera tu clan confía en ti? —ella pregunta, su voz suave.

Satoru se sonríe con ligera melancolía tiñéndole la expresión y termina asintiendo. Incapaz de revelarle aún el resto de la historia.

—Solo quiero mantenerte a salvo de ellos, Kasumi-chan.

Como si recién en este momento se percatara de que la enorme figura de él está encima de ella, Kasumi siente el calor de su rostro intensificarse y se siente incapaz de sostenerle la mirada. El alcohol comenzando a perder el pico de su efecto. Su corazón late con fuerza y aprieta las piernas, vuelve a verlo tímidamente a los ojos y se da cuenta de que está cayendo nuevamente, que su hechizo vuelve a surtir efecto una vez más y se maldice por ser tan débil.

—Entonces… ¿no ibas a acostarte con esa mujer? —pregunta tímidamente.

—Podría… pero no. Eres la única mujer con la que quisiera acostarme.

El rubor crece y Satoru lo nota, lo ve extenderse rápidamente hasta sus orejas y teñirle de rosa la piel que se deja ver entre su camisa desabotonada y el nudo flojo de su corbata.

El aire que los rodea cambia súbitamente, las palabras en susurros que acaban de salir de sus bocas y la forma en la que el cuerpo de Kasumi se relaja sobre el sofá no hacen más que hacer crecer un hambre distintivo dentro de Satoru. Algo que sólo se ha ido incrementando desde su último orgasmo.

—¿Me crees? —le susurra, acercándose sutilmente a su rostro y nota la forma en la que ella evade su mirara, volviéndose a él de forma efímera.

—Esto sería más fácil si tú… no tuvieras un rostro tan bonito, ¿sabes? —le dice, aún presa del efecto del alcohol—. ¿Por qué tienes que verte así? —pregunta, como si resintiera su apariencia y Satoru no pude evitar volver a sonreír— ¿Por qué tienes esa estúpida cara? La odio, odio tu cara. Odio que seas tan alto.

—Puedo agacharme —susurra nuevamente, acortando los centímetros entre ellos—. Y puedo apagar la luz si eso ayuda a que no veas esta cara tan linda que tengo.

Repentinamente, Kasumi se ríe y al escucharla él extiende su sonrisa.

—Tonto, ¿por qué tienes que hacerme reír cuando preferiría estar enojada contigo?

—¿Lo estás? ¿Aún estás molesta conmigo?

—Claro que lo estoy, estoy molesta y celosa y no quiero estar molesta y celosa. Preferiría no sentir nada, pero me pones las cosas muy difíciles y no es justo. Debería hablar con Momo, ella me dirá qué debo hacer.

—¿Qué crees que te diría?

—Que te maldiga y no vuelva a hablarte.

—Bueno, en mi mejor interés… Deberías quedarte aquí a dormir.

—No me pidas eso…

—¿Por qué no?

—Porque no sé si tenga la fuerza para decir que no…

—Entonces no lo hagas…

La punta de su nariz toca la de ella, su aliento pesado saliendo lentamente a través de sus labios entreabiertos. Satoru no encuentra motivos ni fuerza para detenerse, para dejar de acortar los centímetros que los separan hasta sentir sobre la piel de sus labios el aire caliente que sale de la boca de Kasumi.

Ella cierra los ojos, de alguna manera olvidando todo, una vez más. Une sus labios a los suyos, tímidamente, de una forma tan suave que le eriza la piel a Satoru. Repentinamente él siente las pequeñas manos de Kasumi acariciando el cabello corto de su cuello, arrastrando los dedos hasta rozarle las orejas. Su lengua empuja sobre sus dientes, rogando una invitación y él se detiene de forma súbita y se aleja de ella, lo suficiente para ver su rosto por completo. Lleva una mano a su acalorada mejilla y ella inclina su rostro para sentir su palma por completo.

—También odio tus manos —le dice, cuando en realidad adora los dedos largos y cálidos que le acarician la piel.

Él puede sentir perfectamente el intenso latido de su corazón, bombeando con fuerza como si fuera un adolescente inexperimentado. Su pecho llenándose de esta sensación extraña que está seguro, no puede ser otra cosa, esto tiene que ser amor. Tan fuerte que siente su pecho desgarrarse, incapaz de sentir tantas cosas al mismo tiempo.

Sin embargo, un rayo de lucidez le aclara los pensamientos y ve con claridad lo que está delante de él; una muchacha ebria.

Un recuerdo irrumpe en su mente, tan vívido que parece haber sido ayer.


Sin intenciones de marcharse, Yaga continúa bebiendo medida tras medida de whisky irlandés mientras Gojou y Nanami permanecen sentados a su lado, conversando trivialidades. En algún momento de la noche, Shoko vuelve a entrar solo para que Nanami le de la noche libre, diciéndole que tienen la situación bajo control como si le diera el reporte de una misión.

Para este momento el bar se encuentra bastante lleno, lo cual no es mucho, considerando lo pequeño que es. Sin embargo, se encuentra en un área bastante ajetreada de la ciudad de Tokio y mientras algunos entran y otros salen, unos tantos más caminan por la vereda a las afueras del bar.

Gojou puede llegar a entender la definición de 'gusto adquirido', que es lo que generalmente escucha sobre el alcohol y los cigarrillos. Ya que su extremo gusto por las cosas dulces nació de una forma similar. Aunque no lo entiende por completo, ya que el azúcar no le obnubila el juicio en lo más mínimo.

—Deberías beber una copa al menos —le dice Yaga—, así no me sentiría tan patético.

—Sabes que no lo manejo bien —contesta Gojou—. Podría terminar en desastre.

—Cierto, es irónico, ¿no? Que el chamán más fuerte no pueda tolerar una puta cerveza.

—Lo es —dice Satoru y se sonríe.

Una muchacha se sienta junto a Nanami y murmura algo sobre su oído y él se inclina en su dirección para escucharla. Este pequeño intercambio es suficiente para llamar su atención e, intrigado, los observa disimuladamente.

A decir verdad, Nanami no es alguien que tenga muchas citas. De hecho, mientras está sentado allí intentando recordar la última vez que escuchó que saliera con alguien, ningún recuerdo le llega a la mente. Pero, siendo alguien tan reservado y respetuoso como lo es él, probablemente no lo divulgaría.

Los seis ojos tienen limitaciones, por supuesto él no puede escuchar de qué están hablando ese par, sin embargo, el lenguaje corporal dice mucho por sí mismo. La muchacha, ruborizada, acaricia el hombro de Nanami y acomoda la solapa de su traje ocre y se recuesta con un hombro contra la barra.

—Parece que Nanami la pasará bien esta noche —le murmura Gojou a Yaga y él no hace ni siquiera el intento de voltearse a verlos.

Yaga se sonríe y vuelve a tomar otro sorbo de whisky.

—¿De verdad crees eso? —cuestiona y lo deja pensando. La verdad es que Nanami es demasiado correcto como para abandonar a Yaga en una noche como esta, pero no ha rechazado las evidentes atenciones de esta chica que, a su parecer, es bastante atractiva. Trae una blusa negra ajustada que le deja ver con claridad a cualquiera dentro del bar su imponente delantera. Tiene cabello café claro y apenas se puede ver la raíz negra de su cabello y sonríe con dientes de un blanco resplandeciente que contrasta el rojo de sus labios finos.

Cuando los ve intercambiando números telefónicos, está a punto de pararse a molestarlo pero retiene el impulso y permanece sentado en su lugar junto a su superior.

Repentinamente Nanami se pone de pie y toma la chaqueta de la muchacha para colocarla sobre sus hombros desnudos. Gojou observa la galantería innata de Nanami y la forma en la que apoya cuidadosamente una mano contra su cintura para escoltarla hacia la salida.

En este momento Gojou se dice que debería haber apostado algo con Yaga, ya que se le hace evidente que hubiera ganado. Nanami se llevará a esta chica a casa, pero antes de salir lo mira de reojo y sigue su rumbo hasta la puerta.

—Te lo dije —comenta triunfal y mira a su compañero del otro lado de la ventana, deteniendo un taxi para abrirla la puerta a la muchacha, pero se queda con las palabras en la boca al verlo cerrar la puerta para hablar con el conductor por la ventana del copiloto.

Nanami parece darle unas instrucciones al conductor y cuando el taxi acelera, él copia sus propios pasos hacia el interior de bar y vuelve a sentarse junto a Yaga.

—¿Lo ves? —le susurra Yaga con una sonrisa y el rostro ligeramente ruborizado.

—¿Qué fue todo eso? —pregunta Gojou a Nanami, estirando el cuello sobre la barra del bar.

—¿De qué hablas?

—¡Eso! ¿Por qué no te fuiste con ella?

—Estaba ebria, Satoru —contesta, frunciendo el entrecejo.

—A mí me no me pareció así, podría apostar que sólo se tomó un trago o dos.

—Eso no importa —dice Nanami y retoma su vaso de trago corto—. Además, no fui el único que se dio cuenta de su estado —comenta y mira de reojo un grupo de hombres en la mesa detrás de ellos—. Hice lo que tenía que hacer, asegurarme de que regrese a casa —dice y exhibe su celular en el que ve claramente el trayecto del taxi en el que la muchacha se acaba de marchar.


El compás moral de Gojou siempre ha estado un poco desviado, tanto que más de una vez ha tenido que copiar el comportamiento de los demás para saber exactamente lo que debería hacer. Y, en esta ocasión, el recuerdo de Nanami le sirve como una guía de lo que un verdadero hombre haría en esta situación. Por mucho que le arda la piel y se muera de ganas de arrancarle la ropa a Kasumi y volver a hacerle el amor, sabe que no es correcto. Sabe, muy en el fondo, que Kasumi podría arrepentirse incluso del beso que le acaba de dar.

—Es muy duro… —murmura y se ríe—. Espera… déjame parafrasearlo... —dice, volviendo sobre sus palabras—. Es muy difícil lo que estoy a punto de hacer…

—¿Y qué piensas hacer? —susurra ella.

Satoru se levanta del sofá y levanta a Kasumi entre sus brazos. Sorprendida, envuelve sus brazos sobre su cuello y observa el claro camino que está trazando hacia la cama para dejarla tendida en el medio. Ella se hinca sobre sus codos y se avergüenza al verlo sacarse el cinturón.

Espera, creyendo que sabe a dónde va todo esto, sin embargo, Satoru toma los extremos del cobertor y la envuelve, dejando solo su rostro a la vista.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta confundida mientras él se sube sobre ella y usa su cinturón para asegurarla dentro de la cobija.

—Estoy tomando medidas preventivas, porque me conozco lo suficientemente como para saber que no tengo la voluntad de detenerme si vuelves a tocarme —le dice, bastante divertido—. Es decir, estoy tratando de ser lo que tú esperas de mí, pero como dije… es algo… duro.

Él se deja caer sobre la cama, a su lado. Suspira y mira el techo intentando calmar sus más perturbados pensamientos. Ser un tipo digno de ella es una labor un tanto agotadora, frustrante incluso. Pero sabe que es lo correcto, aunque pase el resto de la noche arrepintiéndose de no haber sucumbido a sus deseos más inmediatos.

—Duerme, Kasumi. Es mi turno de vigilarte —comenta, poniendo ambas manos detrás de su cabeza.

—¿Esto… es realmente necesario? —pregunta, su voz llena de vergüenza.

—Lo es. No es ideal, pero es una solución a mi problema.

—Ya veo…

—Oye, Kasumi…

—¿Sí?

—¿Realmente crees que fue un error acostarte conmigo?

Ella guarda silencio, insegura sobre la respuesta que debería darle. Su pecho aún arde y puede sentir claramente la necesidad latente de él aún invadiendo sus sentidos. Sin embargo, cuando está a punto de contestarle, alguien toca a la puerta con fuerza. Gojou se levanta sobre la cama, temiendo que Shimiko, por alguna razón, esté del otro lado de la puerta.

—¿Kasumi? ¿Estás ahí? —se oye del otro lado y Satoru no logra reconocer esta voz, aunque tiene una idea de quién puede ser.

Se levanta de la cama y camina hacia la puerta, atravesando el pequeño recibidor que antecede el cuarto de su suite.

Cuando está a punto de llegar a la puerta, vuelve a tocar con más urgencia y a llamar el nombre de Kasumi. Las palabras de Momo quedan pendiendo de sus labios cuando Satoru abre la puerta y encuentra la pequeña muchacha rubia del otro lado, con una escoba agarrada con firmeza sobre su mano derecha.

Ella lo ve a la cara, luego lo empuja y entra al recibidor, escaneando con la mirada los alrededores en busca de su amiga.

—Está en la cama —le dice, anticipando su reacción.

Momo abre la boca con horror, pero se detiene justo antes de entrar al cuarto al ver un bulto sobre la cama, atrapado con un cinturón oscuro. Se gira, bastante extrañada y vuelve a ver a Satoru a los ojos, esperando alguna especie de explicación.

—No te preocupes, no le hice nada —dice, intentando tranquilizarla—. Está ebria.

—¿Y qué esperas? ¿Algún premio por hacer lo mínimo? —le cuestiona y él no encuentra las palabras adecuadas para responderle. Repentinamente se sube sobre su escoba y la hace levitar lo suficiente para sostenerle la mirada sin la necesidad de estirar el cuello. Una vez a su altura, vuelve a mirarlo de la misma forma en la que lo hizo durante la reunión, cuando Shimiko estiraba sus dedos sobre los botones de su camisa—. ¿Qué mierda planeas? ¿Crees que por comportante apenas decente podrás convencerla de volver a acostarse contigo?

—Si hubiera querido…

—¿Crees que eres mejor? ¿Que has cambiado en absoluto? Los tipos como tú no cambian. Y aunque por algún milagro lo hicieras, no la mereces. Probablemente no lo sepas, pero la dejaste hecha pedazos la última vez. Pero claro, ¿cómo lo sabrías? No estuviste ahí para limpiarle las lágrimas o recordarle que tenía que comer. No estuviste ahí para ayudarla a levantarse de la cama. Después de ti, después de Mechamaru y de Shibuya, le tomó mucho trabajo levantar los pedazos para volver a ser ella misma. Y… ahora que finalmente está entera, llegas para volver a destruirla y no voy a permitírtelo.

Sin palabras, Satoru separa los labios, incapaz de pronunciar algo. No hay mucho que pueda decir luego de oír las palabras que Momo le ha escupido en la cara y ella no aguarda, se voltea sobre su escoba y llega hasta Kasumi, quien afortunadamente no ha logrado escuchar nada.

—Voy a llevármela de aquí —le dice, desabrochando el cinturón que tiene a Miwa postrada sobre la cama, pero se detiene al escuchar a Satoru dar un par de pasos dentro de la habitación.

—No, tú quédate aquí con ella —dice sin mirarla, tomando la pequeña maleta que aún no ha desempacado—. Voy a pedir otra habitación —termina, tomando la tarjeta electrónica de la habitación 108 para dejarla sobre la mesa.


N/A: He tenido unas de las semanas más atareadas de mi vida. Afortunadamente he tenido bastante trabajo, aunque me ha dejado exhausta y casi no tuve tiempo de sentarme a escribir. Además, este capítulo tenía que tener varias escenas y terminó siendo un poco largo. Lo bueno es que siempre me recuerdan lo mucho que les gustan los capítulos extensos.

Como siempre, aprecio muchísimo su apoyo, en especial a quienes se toman un ratito para comentar: ohmyheartitbreaks, zulmajea, TheOtherDestiny, luc1822vilsi, Ina minina, Blueberry77, Wandd y Moria13.

En este capítulo me habían pedido incluir un personaje que hace no mucho salió en el manga, pero la verdad es que sabemos tan poco sobre él y su personalidad que no podría escribirlo. A quien me hubiera gustado conocer más para incluirlo es a Higuruma, pero está casi en la misma situación que el anterior. En fin, espero que les haya gustado y que no encuentren demasiados errores, ya que ando con un agotamiento mental importante y probablemente se me han pasado algunas cositas. ¡Gracias por leer!