Me he tomado un buen tiempo para subir este capítulo, me suele suceder que los eventos canónicos del manga me dejan un poco contrariada a pesar de que no tengan mucho qué ver con esta historia. ¡Nuestro galán ya salió de la caja! Y no puedo negar lo feliz que me hizo y lo emocionada que estoy de volverlo a ver, tan hermoso como el día en que se fue.
Nuevo Comienzo
Habría que repetírselo mil veces más para que terminara de comprender que Kasumi sólo ha aceptado este acuerdo extraño por cuestiones de seguridad. ¿Quién más poderoso que el clan Gojo para protegerla de las nefastas intenciones de la cabeza del clan Zen'in? No hay nombre más temido que el de Satoru Gojo. Aún sabiendo que la prioridad de la mujer que camina a su lado son sus hermanos y los niños a quienes ha dado refugio, no es suficiente para quitarle de la cabeza el hecho de ella aún siente algo por él.
La confianza es el problema principal y, para ser completamente sincero, es un vínculo que no tiene idea de cómo reconstruir. La sinceridad no ha sido suficiente. Profesarle palabras de amor a una mujer que ha superado no sólo su engaño sino también su repentina desaparición de la faz de la tierra, no basta.
Tal vez él no es más que un ingenuo en esto del amor. Quizás no es más crío que lo que era Kasumi cuando se enamoró de él.
Las calles de Osaka están llenas de personas. Cosa que casi no nota, ya que no ha podido despegar sus ojos de ella. Completamente atrapado en su expresión incómoda. Por supuesto, ella puede sentir la intensidad de sus ojos a pesar de sus gafas, tan oscuras como la noche.
—¿Tengo algo en el rostro? —pregunta ella luego de un rato, limpiándose la comisura de los labios esperando encontrarse con una miga de muffin.
Él sonríe, sin quitarle la vista de encima.
—¿Te maquillaste hoy? —Esto parece haber sonado como una indiscreción de su parte, ya que ella se sonroja y evade la mirada.
—Un poco… —contesta y el rubor se intensifica.
A Satoru le resulta increíble cómo pudo haber pasado de ser un manojo de nervios para sentirse tan confiado y tranquilo ahora. Conocer los sentimientos de Kasumi ha servido como un bálsamo a toda la culpa que lo tenía irritado.
—Mucha gente se ha mudado aquí desde… —comenta sin poder terminar la oración y no es sino hasta este momento en que Satoru levanta la mirada para ver los cientos de personas que deambulan por las calles.
La ciudad portuaria de Osaka siempre ha sido famosa por sus grandes edificios y la gran cantidad de centros comerciales. Sus brillantes colores nocturnos son algo que siempre le ha parecido como dar un vistazo al futuro. Debería haber anticipado la cantidad de gente que estaría caminando por las calles, pero de alguna extraña razón esto llega a él como una sorpresa, como si por primera vez hubiera olvidado por completo lo que le rodea.
Satoru mira de lado a lado las abultadas calles de Osaka y comienza a preguntarse si siempre le ha hecho sentir así, tanta gente apresurada caminando de un lado al otro. Recuerda, en este instante, la mención que le hizo Kasumi un tiempo atrás acerca de la evacuación que organizó el Gobierno. Todas las personas que vivían en las ciudades que fueron atacadas por Uzumaki debieron terminar en algún sitio. Quizás todas las ciudades de Japón han terminado ligeramente sobrepobladas.
No debería ser extraño, ya que se encuentran en el distrito comercial de una de las áreas más pobladas de todo Japón. Sin embargo, algo no le sienta del todo bien.
Se aclara la garganta y antes de darse cuenta está estirando el cuello de su chaqueta.
Pero no es la tela lo que lo asfixia.
Kasumi habla, pero no logra escucharla. Su mirada pasa rápidamente de rostro en rostro como si buscara a alguien.
El corazón comienza a latir con fuerza, el latido se arrastra por su pecho hasta su pescuezo. Trepa hasta su cabeza y se vuelve todo lo que puede oír.
Le sigue una campanilla. Se ha metido en una tienda sin darse cuenta y a arrastrado a Kasumi del brazo.
Traga saliva y su manzana de Adán se remueve bajo su garganta bajo la piel nívea de su cuello. Mira de lado a lado nuevamente a la casi infinita cantidad de cabezas que deambulan por las calles rápidamente y se sobresalta al sentir que algo jala de su camisa.
Kasumi lo mira con el rostro consternado. Él baja la vista, su pecho se siente extraño, es como si todas estas personas estuvieran respirando el aire que es para él y sus pulmones hacen un enorme esfuerzo por recolectar el oxígeno que resta; el que le están arrebatando tan súbitamente. Pero hay algo en las manos de Kasumi, tocando sutilmente su brazo como si percibiera que algo atormenta su mente; de alguna manera ella lo sabe.
—¿Te sientes bien? —le pregunta ella en un tono muy suave y él se extraña. Jamás se había sentido así de intranquilo en una situación tan cotidiana—. ¿Querías comprar algo? —pregunta ella perpleja y observa los atuendos tradicionales en la tienda.
—¿Huh? Sí, claro. Podemos comprar un par —dice y se aclara la garganta. El corazón ralentiza su paso. La música parece ayudar, una melodía lenta y suave acompañada de sonido de la naturaleza. El sonido de una pequeña fuente de agua le hace olvidar el barullo de la calle y recobra la compostura—. Podríamos ir a un festival, ¿aún hay de esos?
Kasumi asiente, aunque extrañada.
—Tal vez podamos probarnos algo para la boda —agrega con una sonrisa perversa.
—¡Bienvenidos! Disculpe, pero ¿he oído bien? ¿Buscan atuendos para una boda?
Tal y como él esperaba, Kasumi se ha vuelto un manojo de nervios y ha dejado de lado este pequeño episodio del que sólo él fue testigo. Unas palabras salen de su boca en forma de balbuceo, una pequeña risa, con la cabeza prácticamente escondida entre sus hombros, como si pudiera esconderse como una tortuga. Pero no puede.
El hombre que los ha recibido la invita a acercarse con una sonrisa que ella es incapaz de rechazar. Lo mira sobre el hombro como si quisiera susurrar algo, probablemente que quiere asesinarlo.
—¿Le molestaría que atendiéramos a la novia primero? —dice el dueño de la tienda y Gojo niega.
—Para nada, adelante.
Un pequeño grupo de mujeres rodea a Kasumi que camina como si intentara clavar sus pies sobre las tablas de madera del suelo, con una sonrisa incómoda y las cejas arrugando su entrecejo. Una de ellas la toma del brazo y mide el largo de su hombro a la palma de su mano. Otra mide al mismo tiempo su cadera y luego las dos asienten entre ellas.
—Oh —suelta el anciano que los ha recibido—. Si no le molesta la pregunta, ¿cuál es su presupuesto? Por supuesto le ofreceremos lo mejor de acuerdo a…
—No tenemos presupuesto. Dele solo lo mejor.
—¡Qué maravilla! ¡Ya oyeron muchachas, a trabajar!
Desde pocos metros de distancia, Satoru puede ver la forma graciosa en la que los ojos de Kasumi se ensanchan. Podría jurar que ha sentido su energía maldita creciendo hace sólo un segundo.
Luego se voltea y mira hacia la calle una vez más.
—¿Siempre es así de ajetreado por aquí? —pregunta sutilmente, mirando la multitud de reojo.
—Por momentos… Cuando empieza a anochecer no queda nadie. Ya sabe… por esas cosas. Bah, no amarguemos este momento feliz con una conversación tan lúgubre. Imagino que debe estar muy contento por su matrimonio. Huh… usted, ¿no usa sortija de compromiso?
Gojo mira su palma vacía.
—He de admitir que soy un novio horrible. Le propuse matrimonio antes de comprar las sortijas.
—Oh, bueno —se ríe—, seguramente cuando lo haga será una que valga la pena la espera. Señor…
—Satoru Gojo.
—Señor Gojo, ¿qué tipo de atuendo tiene pensado?
—Tendremos una boda en primavera así que necesito algo acorde a la estación. Algo simple, no estoy muy habituado a usar ropa tradicional. Demasiadas capas…
—Bueno, si no se siente cómodo también pueden optar por tener una boda de estilo occidental. Tenemos algunos trajes que podemos ofrecerle si es su preferencia.
—Creo que mi padre estaría más conforme con algo tradicional. Probablemente oficiemos la boda en el templo de la familia…
Satoru parece haber olvidado por un momento que nada de esto es un hecho aún, sin embargo, se ha puesto la máscara de comprometido e incluso él se sintió convencido. Esto logra incomodarlo. Se aclara la garganta y estira el cuello en la dirección en la que Kasumi se ha marchado, detrás de un amplio probador en el que parecen estar husmeando cada rincón de su cuerpo, a juzgar por los pequeños gritos que salen de allí.
—Será un momento muy especial. Son una pareja muy bella, muy… particulares —comenta alzando las cejas, con una amplia sonrisa que le levanta las mejillas casi escondiéndole los ojos.
El señor Migasaki, como se ha presentado a sí mismo, lleva a Satoru a una habitación en el fondo de la tienda en la que encuentra una amplia selección de atuendos. Aunque ha tenido un par de complicaciones para encontrar algo de su medida, termina vistiéndolo con un kimono negro y pantalones grises.
Pero mientras él busca por las prendas que completan el atuendo su atención se centra en la ola de cumplidos de voces femeninas que se escuchan del otro lado de las finas paredes.
Satoru se quita las gafas y se asoma empujando una frágil puerta de madera.
Kasumi tiene los labios apretados, le han colocado un rubor más intenso en los labios del que suele utilizar, del mismo color que las flores rojas que adornan su peinado recogido. Trae puesto un kimono blanco con delicadas rosas blancas bordadas en las mangas. Sus manos totalmente cubiertas por la tela.
Parece tener problemas para recibir tantos cumplidos y se mira a sí misma tímidamente al espejo que tiene frente a ella.
A pesar de que la ha dejado en un pequeño aprieto, Satoru se siente satisfecho ya que ha logrado desviar su atención de una forma muy efectiva. De hecho, extrañamente se siente más que satisfecho. Una sonrisa se abre paso a través de su rostro al verla contemplándose a sí misma en el espejo.
Él no es el hombre más tradicional de todo Japón, pero incluso él puede admitir que las mujeres en kimono son… algo más. En especial ella.
Los ojos intrusos de Satoru son capturados por la mirada de Kasumi. Sus ojos azules lo encuentran espiando en un rincón y se voltea apresurada, probablemente a recriminarle en lo que la ha metido.
—¡Gojo! —le dice en un tono recriminatorio, dándose media vuelta.
Él no puede evitar sonreír mientras piensa lo linda que se ve con el ceño fruncido, recriminándole como a un niño.
Las damas que se han encargado de vestirla, maquillarla y peinarla se retiran cubriendo sus sonrisas. Parecen haber decidido de forma unánime y sin decir una palabra que deben darles un poco de privacidad.
—Mira en lo que me has metido —le susurra—. Aún no he aceptado nada, sólo lo dije de forma hipotética. ¡Hay muchas cosas que quisiera considerar antes de…
Las palabras terminan mudas, flotando en el aire junto con su último suspiro. Las manos frías de Satoru cubren por completo sus mejillas. Kasumi abre los ojos por completo, la boca medio abierta. Observa atenta los ojos lascivos de Satoru al tiempo que su corazón se desboca por completo. El calor se expande rápidamente, en un latido siente sus mejillas arder y no lo puede más que balbucear su siguiente palabra.
—¿Qué…
—Te besaría ahora mismo… —le murmura y el labio inferior de Kasumi tiembla—. Pero, en vista de todo lo que ha pasado quisiera que me lo pidas.
—¿Huh? —es lo único que puede mascullar al escuchar su voz, su aliento acariciándole el rostro.
—Pídemelo —le exige—. Pídemelo y lo haré.
Ella duda, una buena señal para Satoru. Espera unos segundos en los que se abstiene de hacerlo, aunque ella no suelte una sola palabra. No es sino hasta que Kasumi baja la mirada que termina por romper el contacto entre sus manos y el rostro ruborizado de ella.
—Está bien —dice Satoru—, pero recuerda que sólo lo haré si me lo pides. Tal vez termines rogándome que te bese.
Vuelve a colocarse las gafas oscuras y parece que sólo en este momento Kasumi recupera su respiración.
—Señor Gojo —dice Migasaki luego de aclararse la garganta y él empuja la tela que separa el vestidor del salón—. Lamento interrumpirlo, pero tengo un par de cosas más para complementar su traje.
—Con esto es suficiente —dice él y luego da un paso hacia el salón.
—Pero… Uhm… Bueno, tradicionalmente el traje lleva más accesorios. Además, si la boda será oficiada en un templo, la señorita probablemente usará más de un kimono.
—¿Con uno no es suficiente?
—Por lo general la novia usa cuatro a lo largo de la ceremonia.
Satoru suspira, todo esto se hoye agotador.
—Mi vuelo sale en una hora… creo que ya deberíamos ir al aeropuerto —susurra Kasumi, tan apenada como debería estar él.
—Bien, guarda las medidas de nuestra ropa y luego se verá cuántos más necesitará ella —Satoru extiende su tarjeta de crédito, seguro de que su padre estará feliz al ver el extracto por una vez en su vida.
Un viaje en taxi hasta el aeropuerto y unas cuantas horas después, con un par de enormes bolsas de compra sobre su mano, Satoru vuelve a pisar el suelo de la escuela de hechicería de Tokyo. La despedida de Kasumi le ha sabido a poco. No volvieron a intercambiar palabra alguna respecto del matrimonio, aunque una parte de él ya lo da por hecho.
Tal vez fue demasiado atrevido, pero en su defensa él no planeaba llevarla a comprar su vestido de boda tras haber conversado la idea de comprometerse. Como siempre, simplemente los hechos se desenvolvieron frente a él y no hizo más que fluir con la corriente. No esperaba que esto hiciera que ella se volviera una caja impenetrable al salir de la tienda.
Toma el teléfono y busca con ligero fastidio el número de su madre, aunque no está muy seguro de lo que está a punto de decir. No sabe si alguien más escuchará sus palabras. Su confianza se esfuma paso a paso.
—¿Hijo? —escucha del otro lado de su celular, la palabra se siente extraña como cada vez que ella lo pronuncia, como si no se estuviera dirigiendo a él.
No puede responder con un 'mamá', es demasiado extraño.
—Tengo noticias —prefiere contestar—. Puede o puede que no, este comprometido.
—Fabuloso, ¿te arrodillaste?
—Los por menores no son necesarios. ¿Esto garantiza su seguridad?
—No creo que sea tan rápido. Tu padre querrá darle su aprobación a esta unión y para eso deberás traerla al templo. Todo el clan querrá conocer a tu futura esposa, y si todo sale bien tendremos que comenzar los preparativos.
—Ya compré mi kimono y un haori.
—Satoru, necesitas mucho más que eso.
—¿Huh?
—Claro, necesitarás un haorihimo, un nagajuban, un par de hakama… Pero no te preocupes, yo me encargaré de todo eso.
—Hay algo más… pero… me gustaría verte en privado para discutirlo.
—¿Por qué no vienes al templo? Tu padre necesitará escuchar esta noticia con sus propios oídos. No atenderá el teléfono bajo ninguna circunstancia y no me creerá si soy yo quien se lo digo.
—Está bien, sólo dame un poco de tiempo antes… aún no está escrito en piedra.
—Tengo la impresión de que lo estará —contesta ella, en un tono que le hace pensar que ella está sonriendo.
Tras colgar el teléfono, Satoru deambula por los corredores exteriores del templo en el que está su alcoba hasta sentarse en un pequeño banco bajo una lámpara de papel.
Él, quien por lo general ha sido demasiado confiado, en este instante comienza a sentirse como todo lo contrario. No sólo por toda esta situación respecto de su estado marital, sino que también por ese pequeño episodio que vivió al cenar con Kasumi y su familia. Ahora no es un evento aislado, ya que la asfixia que sintió en las calles de Osaka aún le revuelve el estómago. Recuerda vívidamente la última vez que estuvo rodeado de tantas personas.
Mira la palma de su mano y siente la energía maldita recorriendo sus dedos, con espeluznante precisión ve las olas oscuras moviéndose junto con su torrente sanguíneo. Algo extraño le está ocurriendo y no está seguro de qué será.
Luego vuelve a su mente su pensamiento más recurrente y vacila sobre la idea de llamarla simplemente para volver a oír su voz, para saber que está sana y salva. El corazón le golpea el pecho cuando recuerda su confesión, cuando recuerda el calor que emitían sus mejillas cuando tomó su rostro entre sus manos y estuvo a punto de besarla otra vez.
—Entonces, ¿qué opinas de todo eso?
—¿De qué?
—Pues, la reunión —ladea el rostro y lo inspecciona una vez más—. ¿Hay otra cosa que te preocupe?
—La reunión… Sí, es un asunto complicado.
—Veo que no te tiene con mucho cuidado, Satoru —comenta para luego sentarse a su lado—. Supongo que hay algo más importante que este complicado asunto de chamanes secuestrados.
—Creo que voy a casarme.
—Vaya, ¿y eso?
Shoko no parece muy sorprendida, o al menos su mirada cansada no lo deja ver.
—Cosa de ser… cabeza de un clan, supongo.
—¿Con quién?
—Eso aún no se ha definido, si te soy sincero.
—¿Estás indeciso?
—¿Tú qué opinas? No puedo decir que realmente se lo propuse, más bien ella sugirió que se comprometería conmigo si eso me compraba más tiempo con el clan, entre otras cosas… En sus palabras sólo sería eso, un compromiso que no llegaría a una boda.
—Al menos así tendrás tiempo para saber qué quieres tú. Me parece un buen trato… ¿cuál es el problema? —Él se encoje de hombros, inseguro sobre lo que está a punto de decirle a Shoko—. ¿No estás muy convencido sobre este plan? No es la primera vez que te cruzas de brazos esperando que algo suceda por sí solo…
Satoru se voltea a Shoko, abre la boca por un instante, pero sabe que no tiene palabras para refutar lo que le ha dicho. Él ya ha hecho esto con anterioridad y ella parece leerlo como un libro.
—Sugieres que tome una posición más proactiva en el asunto…
—Es tu vida, Satoru. Tu decides lo que pasa en ella. ¿Quieres casarte?
—Aunque no quiera, el clan puede forzar su mano sobre mí de una forma u otra.
—¿Y qué te impide despedirte del clan? —Shoko saca con delicadeza una cajetilla de cigarrillos de su bolsillo y se lleva uno a la boca, luego toma un encendedor y oculta la llama bajo su mano para poder encenderlo—. Espero no vayas a juzgarme por seguir fumando, tu tienes tus propios problemas, ¿no?
Él asiente entre sonrisas cómplices. Ella sabe a la perfección de lo que está hablando y de la espinilla que está retorciendo.
—Salirme del clan suena fácil, en teoría.
—Eres el chamán más poderoso de la tierra y le temes a las represalias de tu padre…
—No estoy pensando sólo en mí.
—Eso es una novedad —contesta con una sonrisa suave que aminora el golpe de sus palabras.
—No seas tan dura conmigo. No tengo ni una semana en este plano y ya me han hecho pagar bastante por mis pecados —dice y deja caer su cabeza para ver la lámpara que cuelga sobre él, rodeada de pequeños insectos nocturnos.
—Eso es cierto. Aunque aquí, hablando contigo, parece que no te hubieras ido nunca.
Shoko da una larga pitada a su cigarrillo y deja salir el aire grisáceo con cansancio. El silencio se estrecha, llenándose de sonidos típicos del campus a media noche. Ni un segundo es incómodo a su lado, no después de tantas historias compartidas.
—Es sobre esa chica, ¿cierto? La alumna de Kioto. Sigues pensando en ella, ¿verdad?
Él asiente sin soltar una sola palabra.
—Ya has hecho suficiente por el mundo, Satoru. Diste años de tu vida, ¿qué más da el clan? Haz lo que te venga en gana. Si quieres fugarte con ella a otro país y formar una familia no sería una idea descabellada. Si quieres incluso desafiar a tu clan, tampoco serías el primer Gojo en hacerlo. Perderías unos cuantos millones de yenes, pero ganarías una vida en libertad.
—¿Y si no he decidido lo que quiero aún?
—¿A tu edad?
—Tú misma lo dijiste, perdí algunos años. Ni siquiera Yaga pudo maniobrar una vida como chamán y como hombre de familia. ¿Qué te hace pensar que yo podría hacerlo?
—Quizás sea el hecho de que no estarías solo en eso de ser un chamán. Ella conoce bien la profesión y por lo que he escuchado es alguien altruista.
—Pero ella no confía en mí.
—Tienes suficiente confianza en ti mismo como para contagiarle un poco a ella. Te sobra autoconfianza.
—Idiota —escuchan ambos repentinamente a sus espaldas, poco antes de que Satoru se arrodille a sostenerse la cabeza por el golpe que le han dado.
Él sabe sin voltearse, aunque no haya un solo rastro de energía maldita alrededor. Maki lo ve con cierto desprecio detrás de sus gafas, con una soberbia propia de ella, con el mentón levantado.
—¿Estabas escuchando? —pregunta Satoru—. Qué pésimos modales.
Maki camina hasta dejarse recostar levemente contra una de las vigas de madera que rodean el templo.
—Los desagradables lamentos del sujeto más poderoso del mundo son difíciles de evitar. Sobre todo, a esta hora cuando la mayoría duerme.
—¿Insomnio? —pregunta Shoko pero Maki no responde—, ¿quieres? —le dice, extendiendo la caja de cigarrillos.
Para sorpresa de Satoru, Maki toma uno y lo enciende frente a él. Pero no tiene nada qué reprochar. No sólo porque ahora ella es una mujer adulta, sino por su propio prontuario de actividades indecentes. La observa de reojo mientras deja salir su primera aspiración.
—¿Quieres saber lo que significa realmente abandonar un clan?
—Supongo que propones quemar el dojo de la familia y masacrarlos.
—El clan Gojo no es tan diferente del clan Zen'in. Hubiera preferido ser capaz de hacerlo antes de que… Tú tienes el poder necesario para eliminar a todos los que amenacen a tus seres queridos. Bastaría un movimiento de tu mano para dejarlos convertidos en cenizas.
—¿No me crees capaz?
—¿Acaso no tienes los motivos suficientes? Tal vez ni siquiera tengas que deshacerte de todos ellos, tal vez entiendan el mensaje más rápido de lo que crees.
—No me gusta la idea de dejar cabos sueltos.
—No puedes asesinar a tu padre, Satoru —interviene Shoko—. No sin estar seguro de lo que realmente quieres para ti mismo.
—Enséñales una lección —agrega Maki—. ¿Acaso no era tu idea la de borrar todas las ideas nepotistas de esos viejos desgraciados? Tu clan, junto con los demás, nos han llevado a donde estamos hoy.
—No podemos crear un mundo mejor para los chamanes eliminando a todos los que no piensan como nosotros —dice Shoko.
—No a todos —contesta Maki—. Sólo a los que estén en contra.
—Empiezas a sonar como un genocida —dice Satoru con una extraña sonrisa.
—En tu lugar no esperaría, ¿con qué sorpresa crees que te encontrarás si sigues en esta posición pasiva? ¿A cuantos seres amados piensas perder antes de tomar cartas en el asunto? Esa cualidad tuya es una que siempre he detestado. Todo es un chiste para ti, siempre esperando a tener suficientes personas a tu lado para hacer tu jugada. ¿No es así? ¿Cuánto tiempo esperaste a que tus alumnos fueran suficientemente fuertes para librar la batalla que no quisiste comenzar? ¿Cuánto tiempo vas a estar ahí sentado hasta sentirte obligado a actuar? Si lo hubieras hecho a tiempo, nada de esto hubiera ocurrido. Tienes el poder de cambiar el mundo sobre la palma de tu mano y estás aquí, lloriqueando como una niña mientras los demás hacemos el trabajo sucio. Incluso esa pobre muchacha que utilizaste ha hecho más por las personas de este país que tú. ¿Tienes idea de todas las aldeas que ha limpiado completamente sola? Días y noches completas hemos limpiado este desastre que no deja de crecer y tu estás aquí, esperando que nos compadezcamos de ti porque estuviste sellado unos cuantos años. Pues te tengo una noticia, mientras tu estabas ahí, nosotros peleamos por nuestras vidas y vimos a todos nuestros amigos morir frente a nuestros ojos. Discúlpame por no compadecerte. No se puede compadecer a alguien tan privilegiado.
—Maki, creo que es suficiente.
—¿Tú también Shoko? —dice y se sonríe—. Bueno, supongo que ya he dicho lo que tenía que decir. Aunque quizás no haya servido de nada.
—Tal vez sí —murmura Gojo con la mirada perdida en algún sitio, de brazos cruzados.
Su expresión no deja entrever absolutamente nada, lo cual le pone la piel de gallina a Shoko, ella ya ha visto esta expresión con anterioridad.
Maki no dice mucho antes de darse media vuelta, no sin antes terminarse el cigarrillo que le ha dado su antigua sensei. La cual siente algo de culpa después de haberle ofrecido a ella su primer cigarrillo.
Pocos minutos después de su partida, el silencio que se extiende por el campus comienza a sentirse más y más ominoso, como si la nube negra de pensamientos que deambulan en la mente de Gojo Satoru comenzaran a pasearse entre los dos. El ambiente se siente tan pesado que Shoko se pregunta por un instante si Satoru será capaz de crear maldiciones con el simple poder de su mente.
—Sé que eso sonó un poco convincente —comienza ella, tan incómoda que está a punto de tomar otro cigarrillo de su bolsillo.
—¿Sólo un poco? —se ríe Satoru—. ¿Intentas hacerme reír?
—Yo nunca he sido muy buena para las bromas —contesta su amiga de ojos cansados—. Sólo quiero estar segura de que no te lo tomaste en serio.
—¿Cómo no podría? Tiene razón en todo lo que dijo, ¿no crees? Es mi culpa, Shoko. Mai, Mechamaru, Toge, Yuji, Nanami… Toda esta mierda es culpa mía. Yo quería esperar, hacer fuertes a los muchachos, que fueran más fuertes que yo para… Pero todo se salió de control y los dejé indefensos. Esa batalla debió ser sólo mía.
—Estás hablando de volverte un mártir.
—Si eso garantizara que siguieran vivos, era mi deber. De qué sirve tener la técnica maldita más poderosa si deje el destino del país y quizás del mundo en las manos de mis alumnos… Explícamelo. Dime por qué no hice nada para prevenir todo esto.
—Porque creías que existía la posibilidad de crear un mundo mejor si suficientes personas te respaldaban.
—Y mira dónde nos dejó. ¿Qué ha mejorado? Absolutamente nada. Todas las personas que estimo en el mundo han salido heridas o peor.
—Entonces, ¿qué harás? ¿Piensas que llenándote las manos de sangre de tu propia familia hará que las cosas mejoren?
—Tal vez, así Kasumi y su familia no sufrirían el daño colateral de relacionarse conmigo.
—Debe haber otra alternativa.
—Cuando la encuentres déjamelo saber —concluye antes de levantarse.
—¡No hagas algo de lo que te puedas arrepentir! —le grita Shoko al verlo marcharse por el corredor y él sólo levanta una mano sin darse vuelta.
Satoru se lo ha pensado muchas veces, que quizás él no ha nacido simplemente para ser feliz como cualquier otro mortal. Tal vez su nacimiento tiene un fin muy específico y quizás ya ha encontrado la respuesta. Y si no ha sido capaz de proteger a sus alumnos de un destino trágico, tal vez pueda hacerlo para Kasumi. Puede que morir con las manos llenas de sangre no se sienta tan mal si al final del día sabe que ella está a salvo.
Ya tengo bastante del siguiente y una idea clara de cómo va a terminar, siempre el camino termina cambiando de dirección a medida que lo escribo, pero espero que les guste.
