"¿…puedes hacerlo? …"
"...la sangre es débil…no lograremos mucho con este…"
"¿estás seguro que esta con él? …"
"…hay reacción en las llamas…"
Dos hombres, dos voces desconocidas. Kyo escuchó las frases inacabadas como si naciesen de lo profundo de un pozo. Un eco mecanizado a gran distancia siendo interrumpido por una voz grave, agresiva y familiar.
– Kusanagi…
Kyo sintió como su forma inmaterial caía profusa al vacío. Despertó con un vuelco del corazón. Sostenía con fuerza la mano desnuda de Yagami, como acto reflejo al abrupto despertar.
– Me sorprende que duermas con tan absurda facilidad. –espeto Iori soltando la mano con un movimiento brusco, su tacto era frío. Abrió la puerta trasera retirando del asiento la maleta y el botiquín. Kyo observó a su alrededor desorientado, intentando recordar que decían las voces en su sueño.
– Es decisión tuya si prefieres dormir en el auto. –habló Iori al alejarse.
Kyo estiro los músculos con dolor, considerando tomar otro par de medicamentos al entrar. Se bajó con lentitud del Volvo y percibió el entorno con más claridad. Estaba en un tipo de garaje cubierto sin muros, el techo de madera segmentada en barras tenía redondas luces doradas que se extendían por hileras detrás del retablo. Aparcado al lado del Volvo, yacía un lujoso automóvil de plata cromada con el símbolo Audi adornando la parte frontal.
Camino detallando su entorno, desconociendo cuanto tiempo de viaje había tomado llegar allí. El espacio era reducido, suficiente para no más de dos autos, las paredes laterales habían sido reemplazadas por muros bajos con arbustos florecidos y maleza, la parte frontal carecía de puertas, dando a un jardín en piedra con un pequeño pozo tallado en mármol y arboles ciprés con formas irreconocibles por el abandono. La luna teñía todo el espacio exterior con un color frío y espectral.
Kyo camino en dirección a la casa, la fachada era una composición de piedra, ventanales y madera, donde la translucidez abarcaba casi todo el muro hasta el segundo piso, permitiendo que todo el interior de la casa fuese visible. Las puertas dobles de madera oscura estaban abiertas de par en par, la silueta de Iori se movía en medio la oscurecida sala de estar.
Bajo las únicas fuentes de luz, el dorado tenue del garaje y la plateada palidez de la luna, el castaño diviso el terreno boscoso que rodeaba la propiedad, el aire era frío y la panorámica oculta por la noche daba la impresión de descender a la lejanía.
Una corriente helada cruzo violenta y Kyo se estremeció de pies a cabeza, decidió dejar la curiosidad para otra ocasión. Todo aquel lugar le daba la impresión de estar lejos de Japón.
Al ingresar a la casa y dar un par de pasos en la oscuridad tenue, tras cerrar las puertas de la entrada, las luces se encendieron repentinas. Todas y cada una iluminaron hasta el más mínimo rincón del interior de la morada.
– Bienvenido. Por favor indique la contraseña y los valores de programación.
Kyo miro a su alrededor buscando la fuente de la suave y sintética voz femenina que dio la bienvenida.
Iori estaba parado frente a un panel luminoso incrustado en el muro de piedra pulida que se alzaba hasta sostener el balcón interno del segundo piso. Al acercarse se percató que antes del mural yacía una enorme cocina moderna de tonos negros brillantes con formas metálicas moduladas.
– Por favor programe los valores personalizados. –anuncio la mecánica voz femenina.
– Cargar los predefinidos para estación Otoño. –fue la respuesta corta de Iori, tras lo cual se alejó del panel.
– Bienvenido a casa señor Alexander. Han pasado 415 días, 3 horas, 17 minutos desde la última estadía. ¿Desea reprogramar el sistema de atención Evacorp?
Kyo observó emocionado el panel. Una casa inteligente y fuera de la ciudad, nunca había pisado alguna, siempre estuvo rodeado de entornos tradicionales pertenecientes a la familia Kusanagi. Incluso en sus salidas casuales con Yuki y sus amigos, nunca había sentido mucha atracción a la tecnología avanzada. Pero una IA que buscara facilitar todas las necesidades a su dueño, eso sí que era vivir con extrema comodidad.
– Los Yagami si no escatiman en costos y tradiciones ¿eh? –hablo divertido a punto de tocar las opciones del panel. Iori se acercó quitando la mano del castaño con un empujón suave.
– Desactivar la atención automática de la IA. –puntualizó y el panel de control paso a estado de reposo, donde de la pantalla oscura solo provenía un pequeño punto verde titilante.
– No sabía que te llamabas Alexander. –acoto Kyo sonriente al denotar la molestia de Iori con la IA. Este caminó en silencio hasta la sala donde tomó los cigarrillos de una sólida mesa tallada en mármol.
– Falsificar la identidad para derrochar el dinero de la familia no es una mala idea. –habló Kyo en extremo divertido–. Debería considerar usar tu táctica.
El castaño tomó asiento en lo que considero el sillón más cómodo jamás hecho por el hombre y recostó la cabeza en el espaldar, deseando no levantarña el resto de la noche.
Iori guardaba silencio, las volutas de humo giraban a su alrededor con movimientos hipnóticos. Se denotaba agotado, distraído, poco cómodo.
– Parece que no te emociona venir aquí. ¿Acaso a Alexander ya no le agradan las IA? –preguntó Kyo despreocupado, seguro de que tampoco recibiría respuesta alguna a su pregunta. Tras un silencio corto donde Iori parecía no haberle escuchado, este habló con voz queda.
– Alexander era un viejo testarudo que deseaba romper el paradigma de un clan ajeno a su comprensión –Iori calo una vez el cigarrillo observando la oscuridad del bosque desde las ventanas laterales–. Era solo un anciano que buscaba alejar del odio a lo único que quiso en la vida y no pudo proteger…alguien que buscó darle al hijo de aquella preciada persona, la oportunidad de alejarse de un destino terrible...y murió sin lograrlo.
Kyo miro estupefacto a Iori, su voz apagada, monologa, parecía dirigida a la nada. No supo que decir. ¿Quién era Alexander? ¿Aquel niño era Iori? Conocer algo tan personal de Yagami de una manera tan absurda y casual lo dejo mudo.
Iori dio un leve respingo rompiendo el ensimismamiento, miro a Kyo con expresión extrañada, sombría, por haber hablado sin cuestionar las palabras que había compartido. Se sentía agotado y estar allí sabiendo el significado de aquel lugar, le traía algunos recuerdos de su infancia en la casona Yagami, memorias que no deseaba en aquel momento. Recupero con rapidez la compostura inmutable y se acercó a las escalas después quemar la colilla del cigarrillo.
– Es tarde. –frenó en la mitad de los escalones–. Ya que sueles husmear con facilidad, evita hacerlo Kusanagi.
Kyo guardó silencio si separar la vista de la cajetilla en la mesa, sopesando aun las palabras de Iori. El pelirrojo subió a la segunda planta.
– Solo hay un cuarto extra en este lugar, es de servicio, pero es lo suficientemente cómodo. Esta al final del corredor. –acoto Yamagi desde el balcón interno.
– Veo que a Alexander no le gustaban las visitas largas... –habló Kyo por lo bajo intentando mostrarse casual y despreocupado ante el desliz del pelirrojo.
El silencio una vez más, se había vuelto una reiterada respuesta de Iori. Los sonidos de los pasos de este se perdieron tras unos segundos.
Kyo miro el ventanal lateral, apreciando la miríada de árboles siendo engullidos por la oscuridad. ¿Por qué Iori compartiría aquel pensamiento tan personal? No solo era un suceso relacionado al pasado, si no su propia percepción de aquel hombre. Y decirlo así sin más al que consideraba su enemigo.
El castaño suspiro cansado, caminó por la sala y observó la casa con detenimiento. Las luces de tonos dorados que teñían la piedra y la madera de colores sepia, daban al lugar un estilo clásico, pero a la vez estaba pulcramente organizada y con un sistema tecnológico que requería ser instalado desde las bases. ¿Acaso Alexander habría muerto hace poco? ¿415 días desde la última estadía? No habría manera de que existiera una casa con IA en la infancia de Iori. ¿La habrían re modelado?
Los muebles y decoraciones tenían una lujosa sobriedad, símbolos y formas con significados ajenos para Kyo envolvían todo un mundo clásico europeo en una parcela tecnológica regulada por una computadora.
Este era un espacio que Kyo no lograba relacionar a Iori. Pensó que por su actitud, tal vez el pelirrojo no deseaba venir aquí, pero dada la situación era el sitio más seguro que había considerado. ¿Lo habría heredado? ¿Qué relación tenía con aquel anciano?
– Ahh. –suspiro Kyo irritado. ¿Por qué le importaba todo eso? Tenía una leve emoción revoloteando dentro de sí por haber escuchado algo tan diferente al Iori de siempre. Pensar en la infancia de pelirrojo le generaba cierta intriga sediciosa. Comprender que Yagami era alguien con una historia tras de sí, le emocionaba, saber que era una persona con un mundo tan aparte y que a la vez dedicaba tanto de su tiempo a encontrarle reiteradamente para enfrentarlo, para entregarse a la llamada del fuego, le intrigaba.
Kyo sentía que tras todo lo que él ignoraba de Iori estaba la razón por la cual este siempre regresaba a retarlo. Lo que había entre ellos trascendía a algo más que una guerra legada por los clanes. Era algo enteramente personal para Iori Yagami y se había trasformado en lo mismo para Kyo. ¿Pero qué era?
Muchos testigos de la enemistad entre ellos durante tantos años, habían especulado múltiples razones, algunas hilarantes, otras más acertadas. Incluso Benimaru se atrevió a decir que lo que movía a Yagami era un deseo enfermizo por Kyo, el cual agradeció que por las bromas de mal gusto que este hacía con frecuencia, nadie tomara en serio aquella descabellada idea. Pero ahora…ahora no sabía que consideraciones tener al respecto.
Yagami tenía una facilidad innata para confundir con su actitud ambivalente, especialmente en los últimos días. Primero haber sido agredido por él, para luego estar bajo sus cuidados. Luego que él arriesgase tanto por evitar su muerte, para luego intentar matarlo con sus propias manos. Kyo rió con amargura pensando en que momento había considerado buena idea buscar a Iori.
El celular vibró con poco volumen entre los pliegues de la chaqueta. Kyo reviso la llamada entrante, Benimaru.
– Hola Beni...
– No me vengas con "hola beni", maldición Kyo. ¿Dónde carajos estas? Dime que estas bien o Yagami va a tener más problemas ahora que en toda su maldita existencia.
– Estoy bien, no te preocupes. –se sintió más tranquilo al escuchar a su amigo hablar con el casual tono regañón–. Dime ¿Cómo esta le gente del hospital?
– No hay muertos si eso es lo que quieres saber, pero si hay un par de buenos médicos en cuidados intensivos. Kaori está entre los heridos…dime que le diste una buena lección a ese demente.
– Si…por supuesto. –respondió Kyo cansino pasando la mano a la altura del abdomen. Benimaru soltó un suspiro extendido.
– Me es imposible entenderte en este momento, pero no te voy a juzgar Kyo. Solo quiero que sepas que así este Yagami a bordo, cuentas conmigo. Si necesitan ayuda solo debes decirlo. No te arriesgues tu solo, recuerda que tienes amigos.
– Gracias. –fue lo único que pudo decir el castaño ante la comprensión del rubio.
– Ya sé que no me dirás donde carajos están, pero mantente en contacto.
– Gracias por entender Beni. –Kyo colgó la llamada manteniendo el dispositivo entre sus manos unos segundos más. Estar con Iori le hacía olvidar con facilidad que no estaba solo, que había personas que se preocupaban por él y que por algunas de esas personas, él había iniciado todo aquel viaje.
Yuki. Aquel nombre retorno a sus pensamientos como un recuerdo doloroso, abnegado a ver la luz. Lamentó con amargura no haber preguntado por ella cuando habló con su madre, cargado de rabia y orgullo. ¿Se encontraría bien? ¿Habría despertado ya?
Se retiró cabizbajo por el corredor, pasando de largo por el gran estudio abierto del otro salón de la casa. Cayó en la cama sin prender las luces de la habitación y durmió con el rostro decepcionado de su padre en la memoria.
Iori dio el último sorbo a la taza de café, se sentía mucho más liviano, con energías renovadas. Deposito los restos de las latas de frutas en conserva y jamón en el deposito programado de reciclaje. Ya el sol había cruzado el medio día horas atrás y Kyo aún no despertaba.
Cruzó el corredor y se detuvo frente al arco del enorme estudio, miro algunos segundos al fondo del pasillo donde delgados ventanales largos iluminaban con drama la esquina que daba a la habitación de servicio. Ya había accedido poco antes del mediodía al cuarto y Kyo yacía vestido, en posición fetal sobre la cama revuelta. Luego de considerar que el panorama no debía haber cambiado mucho, continuo su trayecto al estudio.
El lugar no parecía tener muchas diferencias al pasado, salvo por la madera pulida en los muebles curvos y tallados, como también por los colores de mayor nitidez en el lomo de los libros que se apilaban empolvados en la biblioteca que cubría casi toda la pared del fondo. Iori camino sobre el tapete de grabados imperceptibles frenando frente a un brío busto de caballo tallado en madera, ubicado sobre una de las mesas centralizadas.
Recordó lo similar de su forma al anterior semental, aunque este tenía una expresión más dócil que aquel salvaje animal de roble oscuro que ardió aquella noche de invierno. Dejó atrás la escultura y se acercó al extremo izquierdo del gran salón. El lugar, a pesar de estar atestado de mesas, sillones y decoraciones inútilmente ostentosas, poseía un amplio espacio de circulación, dándole todo el aire protagónico a aquel instrumento bajo el muido telón que alguna vez fue blanco.
Iori retiro la tela de un tirón fuerte, lo cual resintió con una leve punzada de dolor. Giro alrededor de un oscuro piano de grandes proporciones con la firma dorada Steinway & Sons a un costado. Abrió cobertura esmaltada de la cola y tras anclarla con delicadeza tomó asiento en el largo sillón. Levantó la cubierta de las teclas y rozo con tacto suave de manera ascendente todas las notas. Un sonido desencajado, pero armónico en su naturaleza fue proyectado en el estudio.
El piano que solía haber allí era diferente, más viejo y no poseía firma alguna. Por alguna razón a su memoria no llegaban las palabras que el anciano solía decir. Sus recuerdos del lugar eran vacuos, tal vez los años habían mellado aquellas imágenes, pero aunque fueron contadas las ocasiones que piso aquel lugar en la infancia, recordaba bien cada melodía interpretada por aquellas viejas manos. Un hombre al que jamás conoció joven, un eterno ser del final de los días.
Iori extendió los dedos y toco con torpeza cada nota, cada acorde. El instrumento respondía con la entonación de alguien que no ha hablado en años. Las cuerdas desafinadas y sin mantenimiento seguían la melodía con un lamento vibrante. Nunca había sido muy allegado a un instrumento como aquel, pero jamás olvidaría la canción de aquella noche cuando todo ardió por una de las manifestaciones tempranas de Orochi. Esa noche sin luna y sin estrellas, donde Iori aprendió a respetar profundamente a Alexander.
– Quitando el lamentable estado estridente, creo que hasta lo haces bien. –la voz de Kyo llego sorpresiva para el pelirrojo que, sumergido en sus pensamientos no se percató de ningún movimiento en el corredor. Detuvo la melodía y bajo con suavidad la tapa esmaltada del Steinway & Sons. Kyo ya estaba a mitad de sala delineando con los dedos las formas talladas del brío corcel.
Observó a Iori, pero este continuaba sentado frente al piano en silencio. Mirando nuevamente con expresión sombría, algo que no tenía lugar en el plano presente.
– Eh…y este hombre de gustos refinados y diferentes ¿Era un Yagami? ¿La oveja blanca de la familia acaso? –habló con tono provocador. El pelirrojo espabilo y se levantó del asiento.
– No es de tu incumbencia quien haya sido. –cruzó al lado del castaño y freno bajo el arco de madera–. Hay ropa limpia en el salón principal y comida servida en el horno, aséate.
– Ohh ¿Que ahora eres mi padre? ¿o mi nana? –habló Kyo rebelde ante el tono imperativo de Iori. Yagami regresó varios pasos acercándose con semblante agresivo al castaño, este sintió la mesa de madera presionar su cadera al retroceder al contacto.
– No me provoques Kusanagi. –su tono era amenazante.
– Siempre de poca paciencia ¿eh? ¿Qué piensas hacer si no hago lo que quieres? ¿Vas a obligarme? –respondió altanero. Iori le dio un vistazo rápido, centrando la atención en la herida baja del abdomen donde la tela denotaba manchas de sangre.
– En este momento no tendría mucha dificultad sometiéndote. –puntualizo el pelirrojo presionando con levedad el costado herido. El castaño gruño de dolor y alejó de un manotazo el contacto.
– No aplicaste antibióticos ni tomaste la droga indicada. –caminó Iori cruzando el corredor, dando la espalda a Kyo–. Si no puedes cuidar bien de ti mismo, no serás mayor problema para mí Kusanagi. El castaño se rascó el cuello molesto.
– Sospecho que ninguno de tus acompañantes suele quedarse para el día siguiente, con tan desbordante encanto de tu parte.
– No suelo follar con personas que no me agraden. –acoto Iori despreocupado desde el otro extremo del salón, prendiendo un cigarrillo con un destello violeta. Kyo camino hasta el sillón donde yacía la maleta con varias prendas dentro y la levantó con brusquedad.
– Con tu misantropía habitual, no creo que folles mucho entonces. –respondió Kyo burlón al alejarse, pudiendo sentir a su espalda la intensión asesina. No provocar a Iori era una petición antinatural a su acérrima "amistad" de tantos años, pensó Kyo sonriendo.
Iori y él solos en un espacio cerrado, ¿Cómo iban a lograr convivir sin reñir durante…cuantos días?
Durante el baño Kyo noto la leve coloración en las heridas del abdomen, estaban algo hinchadas y dolían con intensidad. Maldijo a Yagami durante todo el tortuoso proceso de limpieza y retorno con la camisa en la mano a la sala de estar buscando el botiquín, pero lo que encontró fue a Iori seleccionando algunos fármacos, con unos pocos utensilios de curación pulcramente posicionados en la mesa. Sin preguntarle ni exigirle nada al castaño, Yagami tomo una de las jeringas pequeñas y dejo desbordar por su punta un par de gotas.
– ¿Asumiendo la responsabilidad Yagami? –habló Kyo reticente sin despegar la vista de la aguja. La respuesta de Iori fue una mirada impaciente y fría.
El maldito lo disfruta, pensó Kyo molesto y tras titubear un poco, considero que era inútil resistirse a algo necesario.
La aguja perforo la piel sin mucha resistencia, el líquido denso quemo el interior en el recorrido. Kyo se mantuvo quieto mientras el alcohol ardía en la herida y mientras la venda le rodeaba el abdomen con una leve presión para enganchar. La maniobra de Iori fue rápida y poco dolorosa en esta ocasión.
– Te has vuelto bueno en esto Yagami. Ya puedes considerar una nueva profesión.
– Tus tendencias suicidas han hecho intensivo el proceso. –respondió Iori mientras recogía los restos del material para botar.
– ¿Debería darte un certificado? –dijo Kyo divertido inclinándose a un lado, alcanzando la camisa que reposaba en el espaldar del sillón.
– Considéralo un paz y salvo Kusanagi. –habló Iori cansino.
Durante un par de horas el silencio se acomodó al compás ululante de la naturaleza exterior, Kyo comió con avidez las frutas y el jamón, aunque lo considero demasiado sano para su gusto. Al finalizar depositó la loza en el lavaplatos. Iori estaba parado afuera con un cigarrillo apagado entre los dedos, aún manejaba aquel perfil pensativo con el que menciono al viejo dueño de la propiedad. Mantenía una actitud fácilmente soez, pero al mismo tiempo tranquila y condescendiente.
– Ya va siendo hora de hablar del problema. ¿No crees? –dijo Kyo desde el dintel de la puerta. El sonido de los pájaros revoloteando entre la arboleda se encajó en el momento silencioso que prosiguió. Lo tintes moribundos del atardecer bañaron a Iori, intensificandole los tonos rojizos en el cabello.
– Si. –respondió el pelirrojo meditabundo, regresando al interior de la casa.
– A veces no te entiendo en lo absoluto Yagami. –acoto Kyo cansado de los largos silencios contemplativos.
– No tienes por qué entrometerte en mi vida. –respondió Iori airado.
– Hpm, ya es tarde para eso ¿no crees? –respondió Kyo con amargura, sonriente, siguiendo al pelirrojo, pensando lo cercanos que lograban llegar a ser y a la vez lo fácil que contrariaban.
El licor de visos cobrizos se contuvo en el cristal tallado haciendo rechinar un par de hielos. Iori descargo la botella de ángulos refinados en el lomo del pequeño bar. Al notar que no había vaso para él, Kyo se tomó la libertad de agarrar uno, pero al momento de acercarse a la botella Yagami evito el contacto con el licor.
– Se perderá el efecto del antibiótico si haces eso. –hablo Iori alejando con delicadeza la muñeca de Kyo, este le miro con reproche.
– Tu también estas medicado ¿no?
– Mi cuerpo está bastante mal acostumbrado a esto. –respondió despreocupado y se alejó dando un sorbo a la bebida, liberando a Kyo de la cohibición. El castaño miro la botella un par de segundos y opto por hacer lo que no solía. Cuidar de sí mismo.
Iori recostó el cuerpo en el sillón principal de la sala, junto a la biblioteca. El enorme espaldar acolchado de cuero granate, la posición cruzada casi aristocrática y el aire sombrío que lo rodeaba, daba al pelirrojo la apariencia de ser un emisario de Mefisto.
– Estamos en medio de enemigos que no conocemos, pero que nos conocen bien. –habló Iori pensativo.
– Si Chizuru tiene razón, tal vez no sean tan desconocidos. Solo debemos buscar quienes de entre los nuestros podrían tener nexos con todo esto.
Iori calló meditabundo ante la afirmación de Kyo.
– Los ninjas que nos atacaron poseían técnicas particulares. Si alguien puede designar autoridad sobre ellos, debe ser uno de los lideres viejos del clan Yagami. Alguien con influencia suficiente para movilizarlos, alguien que sabía bien que los Kusanagi estarían investigando el templo. –agrego Iori. Kyo frunció el ceño.
– ¿…Las propias cabezas del clan Yagami intentan matarte? –indago Kyo sorprendido.
– No. Ellos intentaban capturarme, igual que aquellos espectros. La explosión fue una técnica belicosa para asesinarte. –Iori dio otro largo sorbo al licor–. Me necesitan vivo, posiblemente sea debido al Magatama.
– En la carta, Chizuru hablaba de un gran poder que buscaban algunos, algo que llevaría a la destrucción de los clanes relacionados. –Kyo desvió la vista pensativo y enlazo los dedos ansioso–. ¿Crees que estén pactando con Orochi?
– No estoy seguro. –Iori hizo una pausa donde camino de regreso al bar y vertió un poco más de licor en el vaso de cristal–. Estuve investigando sobre el cadáver encontrado en el río. La persona asesinada fue Aoshi Yagami, un hombre de gran influencia en la familia. –giró recostando la espalda en la madera y miró a Kyo–. Ese hombre era alguien que nunca estuvo conforme con mis inexistentes métodos de liderazgo, pero a pesar de ello, era un extremista de la tradición y fue él el defensor más acérrimo de que se conservara el legado de sangre. Su familia fue una de las que apoyo de lleno mantener el liderazgo en el linaje poseedor del Magatama, cuando los otros miembros cuestionaban mis ausencias. –acoto Iori bajando la vista a los visos cobrizos del Wisky y bebiendo otro trago.
– ¿Estás diciendo que ellos quieren el liderazgo indiscutible del clan? Asesinar a su propia familia por un cargo importante…eso es despreciable. ¿Pero que pueden lograr sin la reliquia? –Kyo hizo una pausa donde de golpe comprendió casi alarmado la situación–. Ellos… ¿buscan arrebatar el Magatama de tu control?
– No eres tan tonto como pensé Kusanagi. –rió Iori ante la mirada molesta de Kyo–. Si existe un modo desconocido de arrancar las reliquias del cuerpo del poseedor. ¿Por qué no buscarlo y cambiar de contenedor a uno más conveniente? –Puntualizo Iori bebiendo de tope todo el licor restante del vaso.
– Entonces, sí existe una conexión directa con Orochi. –Kyo recostó la cabeza al espaldar y miro el techo pensativo–. Los espectros que lograron rastrearte ¿Qué conexión tienen con esto? ¿Es algún tipo de ritual proveído por Orochi?
– No estoy seguro de que así sea. La sangre de Orochi en mi cuerpo reacciona repeliendo la conexión con aquella sombra. La energía y el ritual que usan no pertenece a Orochi, de eso estoy seguro. –Iori tomó asiento de nuevo, abandonando el vaso vacío en la mesa central–. No logre reconocer a la mujer que asesinaron para localizarme esta vez, pero entendí que era una Yagami y que por medio de su sangre, ligada a la mía, lograban establecer la conexión. –su expresión sombría se tornó aún más taciturna.
– ¿Necesitan usar la sangre…para conectar con la persona a la que buscan? –Kyo recordó a Yuki y una punzada se le encajó en el pecho–. Es enfermizo. Torturar hasta la muerte a alguien para localizar a un objetivo de la misma familia. ¿Qué clase de magia es esa? ¿Cómo es que no está relacionada a Orochi?
– No lo sé, pero esa es una de las respuestas que debemos encontrar cuando recuperemos un poco las heridas.
Un silencio ensordecedor envolvió a ambos hombres. Iori aun sentía las secuelas de la muerte en su memoria. La desesperación y el dolor de aquella mujer eran impersonales, pero dejaron una huella profunda en él. Desconocía quien era aquella señora, pero especulando sobre las intenciones de los traidores, podía asegurar que ella, era otra posible influencia tradicionalista para el clan. Aun así, la sensación de desesperación arraigada al temor por el bienestar de otra persona amada, se mantenía en Iori. ¿A quién quería proteger aquella mujer? ¿Sería aquella persona la siguiente que usarían para intentar localizarlo? Pensar en ello le molesto profundamente, no podían hacer nada en ese momento, por lo menos no en el deplorable estado en que se encontraban. Primero debían lamer sus heridas y luego iniciarían la cacería de traidores.
Kyo sentía la rabia arremolinar dentro de sí al considerar todo el tiempo que habían perdido. Pensar en cómo Yuki y su propia familia, inocentes de todo lo relacionado a Orochi habían sido las primeras víctimas, le enfermaba. Sopesar a su vez el riesgo que corrían sus padres ante los posibles traidores dentro del clan le acongojaba.
Ellos estaban allí, sin hacer nada al respecto, tomándose un descanso, especulando quien sería la próxima presa de aquel complot. Se sentía acorralado.
– No podemos hacer mucho por el momento. –habló el pelirrojo tenso–. Debemos centrarnos en recuperarnos antes de proceder. –puntualizo cortante. Su modo completamente cambiado, hastiado del dialogo con Kyo. Dio por terminada la charla y salió del salón. Kyo se levantó enojado del asiento.
– ¿Eso haremos? ¡¿Dejar que esos malditos hijos de puta maten a alguien más mientras nos ponemos cómodos?! –habló encolerizado Kyo, podía sentir en su interior, nuevamente, la urgencia de estar contra tiempo.
– ¿Dime que piensas lograr en ese miserable estado en el que te encuentras Kusanagi? ¿Hacerles las cosas fáciles a nuestros enemigos? –respondió Iori cortante.
– Prefiero luchar a esconderme como un maldito cobarde bajo las faldas de un viejo que ya murió.
La acción de Iori fue rápida como de costumbre, cuando Kyo bloqueo el ataque, denoto la lentitud de sus propios movimientos, el dolor en los músculos. Iori ya había logrado asestarle el golpe. Trastabillo varios pasos atrás bajo el arco de la sala de estar mientras un hilillo de sangre bajaba por la nariz. El pelirrojo ya estaba sobre él antes de que pudiera reaccionar, desplomándolo contra el piso. La rodilla de Iori le presionó la pierna derecha inmovilizándolo, intensificando el dolor en el costado.
– Dime Kyo. ¿Así piensas enfrentarlos? –El castaño gruño iracundo, maldiciendo su propio cuerpo por la debilidad con que respondía–. ¿Así piensas salvar a tu inútil noviecita?
La ira de Kyo se desbordó y dando rienda suelta a toda la frustración que cargaba, ignoró completamente las heridas en su cuerpo. Con un golpe rápido en la pierna desequilibro a Yagami, este resoplo por el impacto en la herida y perdió el equilibrio, ambos rodaron a un lado y compartieron con intensa agresividad múltiples ataques.
Las decoraciones de la sala de estar fueron víctimas indemnes del enfrentamiento entre los dos hombres. Con torpeza los cuerpos se movían, chocando violentamente una y otra vez. La sangre manó libre por las prendas, las heridas recientes reabrieron su curso y ambos agitados, mantuvieron un ritmo decadente de combate.
Tras un movimiento ágil, Kyo logró contener a Yagami con una llave asfixiante, a esas alturas la razón se estaba perdiendo entre los hilos ardientes del enfrentamiento. Los brazos de Kyo se ciñeron fuerte alrededor del cuello de Iori y este viéndose corto de aire, impulsó con fuerza el cuerpo del castaño, desestabilizando. El borde del mesón de la cocina dio de lleno al costado de la herida del abdomen y Kyo soltó a Iori con un grito ahogado.
Yagami giró veloz para aplacarlo, pero quedó paralizado al ver la cantidad de sangre que empapaba la camisa de Kyo. El castaño encogido por el dolor, aprovecho el titubeo de Iori para hacer un tacleo efectivo, dejándolo sin aliento al chocar contra la mesa de mármol que vibro un poco sin ceder mucho espacio.
Kyo respiró agitado, arrodillado a horcajadas sobre Yagami, este con el cuerpo atrapado entre la mesa y el castaño, sonrió altanero. La sangre le manaba desde la ceja derecha hasta el mentón. Ya no agredía a Kyo y la mirada de ambos se cruzaron cargadas de una extraña satisfacción.
La vista de Kyo se nubló por un instante y el cuerpo cedió al agotamiento de las heridas. Iori lo sostuvo contra sí cuando el castaño no pudo mantenerse erguido y descansando la cabeza de este en su hombro, evitó que Kyo se desplomara.
– Ya está bien Kusanagi. Es suficiente. –habló el pelirrojo con voz suave, casi amable. Kyo rió ahogando un acceso de tos producido por el dolor en el abdomen.
– Siempre…nos entendimos mejor de esta manera ¿No? –dijo tras tomar un poco de aire, alejándose del hombro de Iori, intentando incorporarse.
Iori sonrió con una docilidad inusitada, sin malicia alguna. Ayudó a Kyo a ponerse en pie y lo llevó consigo al piso superior.
Ambos, movidos por el deseo de reducir la frustración, se habían sumido en un enfrentamiento cómplice. Uno donde el fuego no tuvo cabida y que a pesar de las heridas, les trajo calma.
