Kyo retornó a la mansión Kusanagi. Entró determinado ordenando sin preámbulos la reunión del concejo. Caminó por los pasillos vacíos bajo los ojos expectantes de los sirvientes que sabían que algo había ocurrido antes y después del regreso de su señor. Un hombre menudo y agitado intentó caminar a su ritmo.
– El concejo ya esta reunido señor. Aguardaban su regreso. Los agentes de Oita han vuelto y trajeron un mensaje consigo. El concejo esta deliberando en este momento.
– Bien. Que nadie nos interrumpa. – respondió Kyo cortante. El sirviente quedo atrás en posición de reverencia acatando la orden de su líder.
Las puertas del gran salón estaban cerradas, a través de estas se escuchaban las voces acaloradas de los ancianos. Las manos del castaño empujaron la madera con violencia generando un eco en el recinto, las voces que chocaban como un oleaje tormentoso se silenciaron de golpe. Kyo ingreso directo, en su expresión recaía una rabia inconsciente, incapaz de ocultarse. Los presentes saludaron con una venia muda.
– Bienvenido señor. Ha llegado usted justo en el momento indicado. La carta del monje Ichiro Kagura de Oita nos ha revelado información que desconocíamos. – habló un miembro del concejo a Kyo, cuando este se detuvo frente a ellos.
– No son...los asesinos de Saisyu no eran del clan Kagura. – interrumpió Shizuka sin mirar a su hijo, con la carta arrugada entre los dedos, confundida y enojada–. Quienes son estas personas que nos ha estado atacando a todos. ¿Con quien demonios se aliaron los Yagami?– Habló la mujer incapaz de controlar su lenguaje, frustrada por desconocer a los culpables, por no haber sabido que habían mas enemigos ocultos. Kyo la miró silencioso, analizando como abordar el tema de la incursión contra los Yagami sin romper lo que estaban deliberando.
– ¿Que tiene que ver el gobierno de nuestro país con esto? Según este hombre Chizuru Kagura tuvo una reunión con ellos. Saisyu...él había sido convocado de igual manera, pero no pudo asistir...– habló Shizuka pensativa, dolida.
– ¿A quien encargo mi padre esas reuniones? – preguntó Kyo con una punzada de desconfianza.
– Él pidió a Seiki, quien ya era parte del área gubernamental, que se encargara de ello. Le dio la potestad para ser informado. Pero Seiki jamás dijo que hubiese algo extraño o fuera de lo común en lo que el gobierno planteaba. Lo justifico como simple burocracia. Y luego tras las primeras desapariciones, él mismo envió personal del gobierno para protegernos...–pausó Shizuka llevándose las manos al pecho–. ¿Fue Seiki el primero en traicionarnos? ¿Fueron los hombres que él nos envió los primeros en infiltrarse? – preguntó anonadada, casi para si misma, consciente de haber presionado a Saisyu para aceptar el personal de seguridad que les enviaba su hermano.
– El señor Seiki Kusanagi fue asesinado al igual que los otros desaparecidos. ¿Si era parte de ellos, por que habrían de matarlo? – preguntó el hombre mas anciano del concejo.
– El señor Saisyu habló conmigo en un par de ocasiones. No fueron reuniones propiamente dichas, solo palabras compartidas con un amigo.–hablo el consejero principal con profunda melancolía–. Él temía por algo que aquejaba a su hermano, algo que él desconocía y que lo hacía sufrir. Algo que su hermano Seiki no era capaz de compartirle. – acoto Toru con tristeza.
– Entonces es posible que el señor Seiki Kusanagi se halla arrepentido de su participación y halla sido reducido por los Yagami. – espeto el consejero mas viejo.
– O por el gobierno interno, aliado con los malditos Yagami. – espeto Kyo con rabia contenida.
– Aún no podemos asegurar que el gobierno este involucrado en esto. Es una acusación en extremo peligrosa para el clan Kusanagi. –Dijo uno de los miembros mas jóvenes del concejo–. Aunque parte del gobierno tenga nexos con todo lo sucedido, no podemos responder en su contra. Por lo menos no sin pruebas. – acoto el hombre con resentimiento. Los demás guardaron silencio, el enojo era evidente bajo la decencia.
– Tal vez no contra ellos, pero si contra sus aliados. – habló cortante Kyo. El concejo lo miró confuso–. Necesito todo el personal disponible para salir. – agregó cortando la deliberación sobre la carta de manera abrupta, la paciencia no era una de sus cualidades y Iori si aún estaba bien, no tenía mucho tiempo.
– ¿Salir, señor? – preguntó un miembro del concejo.
– Estamos deliberando algo en extremo importante aquí, jóven Kusanagi. – espeto el mas anciano, con enojo.
– Me temo que debería calmarse joven líder y explicarnos que sucede. – apunto el primer consejero. Shizuka bajo la carta depositandola sobre la mesa y se irguió mirando a su hijo con el agudo temor de sus palabras.
Kyo tomo aire con templanza, controlando la pulsión de callar a los malditos viejos y ordenarles mover sus ninjas sin explicación alguna, pero sabía que de esa manera no podría conseguirlo.
– Se me ha informado donde están reunidos los Yagami en este momento. Su líder actual, uno de los principales culpables de los asesinatos, esta con ellos. Solicito al concejo Kusanagi permitirme usar al personal disponible del clan para cazar al líder de la familia Yagami y a todos los que le acompañan. – habló Kyo con un temple tan ajeno a las emociones que explotaban dentro de sí, que se sintió hipócrita.
– ¿Un enfrentamiento directo con los Yagami? Te has vuelto loco Kyo. –espeto Shizuka consternada. Ella entendía bien que aquella decisión estaba impulsada por encontrar a Iori Yagami–. ¿Quien te informo de ello a ti y no a nosotros? Que tan confiable crees que pueda ser...y si solo es un rumor. ¿Y si es un engaño? – habló Shizuka asustada, incapaz de argumentar debidamente para persuadir a Kyo y al concejo.
– La fuente es confiable y me responsabilizo de su veracidad. –hablo Kyo perdiendo la calma–. Tenemos al maldito hijo de puta que confabulo para asesinar a nuestra familia, allí, sin saber que conocemos su ubicación, en un punto clave para atacarlo antes de que se pierda de nuevo bajo la protección de los suyos. – levanto la voz, incapaz de mantener la elocuencia y la templanza al mismo tiempo. Varios miembros del concejo cruzaron miradas tensas compartiendo silenciosamente el sentimiento de ira de Kyo.
– Pero el gobierno dictamino evitar enfrentamientos futuros entre nosotros...una situación controlable seria un encuentro discreto, pero un enfrentamiento abierto es imposible de ocultar. El gobierno podría reaccionar y...–
– Me importa una mierda el gobierno.–gritó Kyo altanero–. Si ellos están involucrados y quieren proteger a esos malditos Yagami, no les daré el gusto de apartarnos. Matare al maldito infeliz que destrozó nuestra familia. Por mi padre y por todos los miembros que asesinaron, juro por nuestro clan que lo haré cenizas. – habló alterado, iracundo, con la imagen de su padre mal herido en la memoria. Con la imagen de Yuki y sus primos desaparecidos. Con la imagen de Iori en la penumbra desde lo alto del río.
Los largos telones que cargaban el símbolo del sol Kusanagi, aledaños a Kyo, combustionaron con una suavidad sediciosa. El calor que emanaba su cuerpo inundo el recinto sorprendiendo a los presentes. Kyo respiro profundo buscando calmarse, el fuego se estaba manifestando débil pero sin control. El concejo lo miraba anonadado, imbuido por su ira.
Shizuka lo supo en ese momento, Kyo seria un buen líder, tal vez el mas grande que llegara a pisar el legado de los Kusanagi. Pero era muy joven e impulsivo. Había cometido un grave error al exigirle asumir su rol tan pronto. Su acto desesperado por mantener a Kyo cerca a la familia había recaído en el acto desesperado de Kyo por proteger y vengar lo mas querido. Sabía que no podía refutarle su decisión sin cuestionar su capacidad de liderazgo y debilitar la confianza del clan sobre él.
En los ojos del concejo ardía el fuego Kusanagi, ardía la rabia y el deseo de represalia. Entre muchos de ellos se sincronizo el objetivo pasional de la venganza. Tres miembros del concejo, hombres de mediana edad, se levantaron de sus asientos y reverenciaron al joven líder.
– Tiene nuestro apoyo joven Kusanagi. Confiamos que bajo su guía el objetivo sea cumplido y nuestro anterior anterior líder, su padre, Saisyu Kusanagi, pueda ver su muerte significativa para el clan. – espeto uno de los tres hombres. Los otros dos miembros mayores del concejo, reticentes, conservaron el voto de silencio sin aceptar, pero a la vez sin oponerse.
Kyo Kusanagi organizó una avanzada numerosa de ninjas para la incursión y ordeno a todos los hombres Kusanagi dar muerte a cualquier Yagami a excepción de Iori Yagami, de quien el se encargaría personalmente. Los ninjas accedieron a sus demandas, enardecidos ante la idea de honrar al líder caído.
Shizuka Kusanagi observó impotente como su hijo impartía ordenes bajo la aceptación mayoritaria del concejo. Guiando a sus hombres por un camino de emociones personales.
La movilización masiva fue rápida. La llamada de Benimaru llegó justo a tiempo y ambos se reunieron en el punto de encuentro. La tarde estaba cayendo en un sin fin de tonos rojizos que teñían las nubes de sangre.
La silueta del rubio se demarcaba carmesí al lado de su motocicleta. Al bajar Kyo del auto, Nikaido hizo una señal a modo de saludo y el castaño se acercó primero mientras los ninjas abandonaban los otros vehículos.
– Veo que viniste mas que preparado Kyo. Nuestro plan de la tarde funciono a la perfección y tus sabuesos fueron fácilmente engañados. Deberías considerar otros vigilantes para el puesto. – habló Benimaru apretando el hombro del castaño.
– Lo considerare, pero por lo pronto me conviene que sigan allí. –habló Kyo algo jovial, aunque la tensión era evidente–. Gracias por todo Beni, de aquí en adelante me encargare yo. Te debo una. – acoto.
– "de aquí en adelante" seguimos juntos Kyo. No esperes que me retire así no mas. Quien te va a cuidar ese culo suicida que tienes si no voy. –habló el rubio con una sonrisa ancha y entregó a Kyo la chaqueta de cuero que habían intercambiado horas atrás–. Es sofocante vestir como tú. Y dime ¿cuando salimos?– espeto de manera casual. El castaño lo miro con seriedad, inconforme con la idea.
– Oh vamos líder Kusanagi. Podemos hacer esto en buenos términos. De todas maneras los acompañare en malos términos si es necesario. – acoto palmeando el hombro de Kyo y saludando a uno de los hombres que se acercaba. Kyo gruñó irritado y accedió de mala gana.
La reunión con Saito fue furtiva, lejos del grueso de los ninjas. Las indicaciones eran minuciosas, muy precisas. Avanzar hasta el territorio privado a pie, evitando llamar la atención hasta estar dentro de la zona. El reducido grupo del hombres bajo su mando explorarían el terreno y harían señales para indicar por donde debían moverse. El factor sorpresa en el ataque era algo primordial.
Kyo debía aprovechar la confianza que el clan depositaba en él, para que su grupo se permitiera ser guiados por estas señales. También debía permanecer a cierta distancia de sus hombres, con solo alguien de confianza, para que así Saito pudiese enviar un informante y los miembros del clan no se percataran de la presencia de su grupo.
Teniendo claro el procedimiento, el clan Kusanagi guiado por su futuro líder, se sumergió en la espesura de la arboleda buscando a sus enemigos. Avanzaron como una manada sigilosa de lobos enardecidos.
La penumbra fue cortada por la luz repentina. Varios hombres de rostro cubierto por mascaras de porcelana entraron y ordenaron con señas mudas a los ninjas Yagami. Eran similares a los Bihksu, pero no eran Kagura. Sus trajes oscuros bordados de oro, tenían un diseño casi imperial.
Los hombres bajo sus ordenes se acercaron después de la activación de las inscripciones en el hierro de las cadenas. Iori gruñó con el cuerpo paralizado. Las cadenas se tensaron obligandole a levantarse y lo arrastraron fuera del salón sin ventanas.
Su pecho estaba desnudo y sus pies descalzos, lo único que vestía era una prenda baja de tela densa y ancha. Aún así se sentía caliente, bajo la piel, su cuerpo ardía con el fuego suprimido, incapaz de convocar. Lo custodiaron masivamente a través de pasillos que reflejaban la entrada de la noche y en donde el viento revoloteaba con refrescante brusquedad. Cruzaron bajo un dintel de proporciones enormes y puertas macizas de roble con grabados geométricos en oro.
El salón amplio y redondeado finalizaba en un techo ascendente de madera cruzada, su estructura se soportaba en gruesas columnas rojas con mas figuras de oro reluciente. Inciensos de humos danzantes entre telones largos con inscripciones y pictogramas rodeaban varios Bikhsu que ya no cargaban consigo ningún símbolo Kagura. Junto a estos, alrededor de una mesa alargada que sostenía una variedad de reliquias chinas, estaba Takeshi y la joven mujer de semblante sombrío.
El líder Yagami levanto su afilada mirada carmesí e indico a los monjes ingresar en el salón contiguo que era dividido por un umbral de madera roja. Les siguió el paso acompañado por la joven. Iori fue llevado a rastras tras ellos, mientras intentaba vanamente resistirse.
El salón consiguiente era mas pequeño aunque no menos amplio, y al igual que la zona central por la que había cruzado al llegar al lugar, había una abertura al cielo desnudo donde las nubes que se ocultaban a los ojos, eran abandonadas por el último vestigio de luz del día. Una llovizna suave caía balsámica sobre la piel de Iori cuando lo posicionaron bajo aquel techo abierto. Una tarima mediana de mármol lo soportó.
Las cadenas se tensaron, siendo dragadas a través de anillos metálicos incrustados en los muros laterales. Extendieron lentamente sus brazos mientras las piernas eran encadenadas al mármol. Cuando la tensión alcanzó el punto deseado, la parálisis aplicada por las inscripciones le dio un leve descanso, pero los monjes continuaban negandole el fuego.
Los Bihksu con rastros de quemaduras en la piel; posibles sobrevivientes a la ira de Kyo, se acercaron a Iori con sangre contenida en pequeñas bateas de oro, dispuestos a marcar en su cuerpo lo que habían inscrito en el castaño con la sangre de su padre.
El primer contacto con la piel del pelirrojo, hizo que el monje retirara la mano, ya que esta ardía con fulgor. El Bihksu embadurno mas sangre entre sus dedos he hizo la primera de una serie de inscripciones. Iori se resistió implacable. Con los brazos a punto de desgarrarse, se retorció intentando romper las cadenas que no cedían. El esfuerzo y la ira en sus movimientos, interrumpían por lapsos mínimos las inscripciones. Grito iracundo, frustrado, deseando matarlos a todos. Con el riot sobre su cabeza montando su furia, hiriéndolo por dentro.
Tras largos minutos de forcejeo y maldiciones, con el cuerpo tenso entre las cadenas, goteando densos surcos de sangre sobre el mármol en una expresión bestial dirigida a Takeshi, juró a Orochi que si lo liberaba, le entregaría las cabezas de todos los Yagami, una por una. Pero no hubo respuesta.
Respiro agobiado retomando la compostura, calmando el instinto que le desgarraba por dentro. Encogió un poco el torso soportando el dolor en sus extremidades y aguardó a que el monje trazara las inscripciones del pecho. Cuando sus manos estuvieron a escasos centímetros de su cabeza, el fulgor rojo del disturbio en su mirada hizo titubear al hombre y Iori apreso con sus dientes parte de la muñeca de este.
El hombre dio un grito ahogado y ambos jalaron en direcciones opuestas, los dientes de Iori desgarraron parte de la piel, reventando varias venas en el proceso. La sangre discurrió tibia por su boca y en vez del quejido del hombre y las maldiciones de algunos presentes, solo escucho las voces del disturbio, reír. Si iban a reducirlo de una manera tan cobarde, no se los dejaría fácil ni siquiera bajo esas circunstancias, pensó con la mente embotada, entonando su propia risa opaca con la de las voces de Orochi.
– Maldito animal. – habló el monje en gruñido de dolor, apretando su muñeca herida con fuerza.
Los Bihksu activaron una vez mas las inscripciones, pero el efecto era mínimo. El disturbio insensibilizaba su cuerpo lo suficiente como para anularlo. Iori escupió la sangre a un lado y sonrió altanero.
– Kaoru. – pronuncio Takeshi con suave entonación al apreciar la situación. La joven mujer dio un leve respingo y miró al pelirrojo con ojos nerviosos, presos de una leve hinchazón.
Se acercó a Iori con paso firme y manos temblorosas. Un monje le entrego una batea de oro y sangre, susurrándole al oído indicaciones. La chica asintió con la cabeza sin apartar la vista asustada del pelirrojo y llego a él con la delicadeza de un ave que desconoce su cruel destino.
Iori maldijo una y mil veces a sus captores. El no podría dañar una mujer que al igual que él, era solo una victima de la situación. Los dedos temblorosos y pálidos de la joven se mancharon de sangre densa y rozaron su pecho.
– Lo siento. Lo siento. – susurro repetidamente la joven con voz gangosa y ojos llorosos.
– Solo has tu trabajo niña. – respondió Iori conteniendo todo el instinto asesino que pululaba, evitando herirla. Esta finalizo las inscripciones con trazos cauteloso mientras delgadas lágrimas cruzaban sus mejillas amoratadas.
– En otra situación pude haber sido una buena esposa para ti. – habló acongojada en voz muy baja.
– En una situación ideal pudiste haber no nacido entre los Yagami. – espeto Iori cansino. Quería que la chica de alejara, no soportaba su cercanía.
La joven se posiciono a un extremo del salón con aire triste pero firme, a pesar de su corta edad tenía el semblante de una mujer que fue criada para llevar de la mejor manera su rol dentro del clan, y así lo asumía aunque estuviese en desacuerdo con los cambios dentro del mismo.
Iori desconocía que planeaba Takeshi para obtener el Magatama, pero así fuese sometido a la peor tortura, nunca lo obtendría por concesión suya.
Los Bihksu de rostros inmutables en porcelana blanca se ubicaron a varios metros frente al pelirrojo. Sus voces entonaron una serie de mantras ininteligibles, el canto difónico de aquellas palabras vibraron en el entorno y Iori observó como las cadenas se movían sin ser tocadas. Sintió sus brazos extenderse hasta que el dolor le hizo pensar que se estaban desprendiendo. Emitió un grito iracundo y se resistió, su mirada se cruzó con los rostros ocultos como una bestia acorralada y agresiva. Su cuerpo estaba paralizado una vez más.
Del pecho de uno de los hombres se levantó un extraño collar de agujas largas de acero negro. Estas se elevaron en una serie de movimientos danzantes y entre palabra y palabra se desprendieron, flotando ingrávidas a pocos centímetros del Bihksu.
El hombre pausó intermitente con movimientos bruscos y palabras cortantes. A cada pausa las agujas eran despedidas una a una hasta clavarse en el cuerpo de Iori. Las dos primeras impactaron en las piernas atravesando la carne, las segundas en los brazos y los hombros. Iori dio rienda suelta al disturbio en un intento desesperado por convocar el fuego. Las llamas no se manifestaron, pero las cadenas que lo retenían cedieron ante el calor abrasador y se derritieron a pedazos. Los alargados punzones de acero negro habían anulado la capacidad de sensación y el cuerpo no respondió mas al movimiento. Sus brazos colgaron inmóviles a los costados y sus músculos no reaccionaron.
La penúltima aguja entró directo en el pecho perforando el corazón, como hierro ardiente que le cortó el aliento. Su corazón aún palpitaba y su cuerpo aún vivía, pero no lo sentía, como tampoco había miedo o ira alguna. Sus emociones habían sido anuladas al punto de que solo la razón quedaba como un eco insustancial en la mente.
La última aguja llegó hasta su frente perforando la cabeza hasta el otro extremo. No hubo dolor alguno en aquella penetración, pero con su ingreso, los sentidos comenzaron a abandonar su cuerpo. La vista se oscureció y los sonidos se hicieron lejanos, el calor era difuso y los olores herbales desaparecieron.
– Señor Takeshi Yagami. La luna nueva nos ha abierto su bendición, única en su paso por la noche, permitiéndonos acceder al Magatama. Disponga del Yokai menor para el ingreso al cuerpo. Permitale entrar y debilitar al huésped para la extracción de la reliquia. Nosotro...– resonaron las palabras lejanas del Bihksu al que ya no podía ver y al que paulatinamente dejo de escuchar.
EL templo se alzó imponente en medio de la arboleda estructurada y estética. El silencio que rondaba poseía una calma mortuoria, ni el viento ni el agua se atrevían a romper la calma circundante, salvo por una llovizna helada que humedecía a los hombres que rodeaban el terreno.
Los primeros enfrentamientos fueron sigilosos y letales, sin sonidos estridentes ni combates férreos. Asesinatos limpios, con una mudez que empalmaba perfecta con la quietud del entorno.
Kyo y Benimaru se acercaron desde la arboleda por el costado derecho. El templo estaba rodeado por un extenso jardín de estructura en piedra con vegetación pulcra, ya desteñida por el otoño. El camino central se abría en pequeñas bifurcaciones que conectaban todo el exterior. Dos agentes enviados por Saito incursionaron furtivos entre la vegetación perfecta, explorando el espacio con prudencia. Los dos ninjas Supaida, poseedores de una agilidad increíble, accedieron con facilidad a la parte superior como dos espectros imperceptibles bajo la joven noche. Después de indicar a Kyo que había un acceso lateral por el primer balcón y advertirle de dos vigilantes en el costado derecho de la segunda planta, se perdieron tras los techos altos.
Kyo ordenó a uno de sus jefes de escuadrón que rodearan el templo antes de ingresar. El hombre hizo una reverencia y se perdió veloz entre la espesura para pasar la voz.
– Mmm creo que de aquí en adelante evitar un enfrentamiento directo sera casi imposible. Hay que ser cuidadosos, lo mejor sera que armemos el alboroto cuando ya estemos dentro del sitio ¿No crees?. – habló Benimaru desde el tronco de un árbol aledaño.
– Hasta el momento ha funcionado bien. Si r...– se interrumpió Kyo.
Un grito de tintes guturales se alzó destajando el silencio. Llego a ellos como un eco distante dada la amplitud del lugar.
– Que demonios... – espeto Nikaido, pero antes de finalizar su pregunta al aire, Kyo había abandonado su posición y corría presuroso fuera de la arboleda tras pronunciar el nombre de Iori.
Atravesó sin mayor cuidado el jardín a paso abierto, siendo divisado por los vigilantes. Arribó al costado derecho indicado por los Supaida y con un potente puño de fuego destrozó una de las bases de madera que sostenían un dintel sintoista cerca a uno de los balcones. Subió por la biga inclinada y ascendió hasta el extremo superior donde dio un salto largo hasta el balcón de la segunda planta.
– ¡Maldición! – espeto Benimaru corriendo tras de él. Hasta aquí nos llego el asalto furtivo, pensó irritado intentando darle alcance a Kyo.
Ante la incursión repentina y sin previo aviso del líder, varios ninjas Kusanagi atacaron al unisono el costado derecho del templo.
Kyo se encontró de frente con el primer vigilante, pero lo rechazo con una oleada de fuego en un movimiento rapaz. El cuerpo de este cayó en llamas sobre los blancos crisantemos del jardín que ardieron al instante. El segundo vigía ya no estaba, así que impacto con fuerza las macizas puertas de madera que cerraban el balcón. Estas cayeron desquebrajadas entre flamas de tintes rojos.
Kyo ingresó sin pensarlo dos veces. Dentro del lugar el eco de la voz del pelirrojo resonó una vez más atravesando débilmente los muros. El castaño corrió dentro del sitio incapaz de mantener la calma. El corredor se abrió a un enorme balcón interno, que rodeaba la primera planta. Siete ninjas diseminados por los pasillos abiertos se acercaban a los accesos externos, repeliendo la incursión de los Kusanagi. Al primer piso llegaban mas refuerzos Yagami.
Un ninja cercano lanzo un ataque a distancia que Kyo rechazo con una llamarada. Un segundo ninja se acercó a Kyo con una wakisaki empuñada, pero el castaño lo evadió y contraataco desplazándolo fuera del balcón de una patada. Una descarga eléctrica soltó chispas retumbantes sobre un miembro Yagami que se acercaba a espaldas del castaño. El hombre se desplomo inconsciente por la descarga.
Los ninjas Kusanagi bloquearon el acceso de los Yagami hacia Kyo y estalló el conflicto directo.
En medio de los hombres que luchaban a su alrededor, Kyo intentaba ubicar la voz de Iori, pero el sonido del combate se arremolinaba con furia. Derribo a dos enemigos mas con la facilidad devoradora del fuego, mientras se acercaba al borde del balcón.
Uno de los ninjas del extremo frontal lanzo a Kyo una esfera de tela. Los reflejos del castaño actuaron antes que cualquier cosa y la incinero varios metros antes de que le tocara. La esfera hizo combustión violenta y una explosión dorada envolvió parte de la segunda planta, derribando a Kyo y a algunos ninjas cercanos.
Kyo sacudió la cabeza aturdido por el impacto, le escocían los ojos y los oídos recuperaron la audición tras unos segundos de agudo pitido. Benimaru alcanzó su amigo y lo ayudo a ponerse en pie. El castaño no entendió que le decía, pero alejo al rubio con brusquedad y regresó su atención al atacante. El hombre ya se había incorporado y estaba sacando una segunda esfera. Tras de él varios ninjas Yagami avanzaban al encuentro de los Kusanagi. Antes de que el hombre pudiese hacer el lanzamiento de aquel segundo contenedor, Kyo ya había despedido una ola horizontal de fuego carmesí.
La explosión se dio a un metro del ninja envolviéndole a él y a todos los hombres de ese lado del balcón. Todos fueron derribados y los mas cercanos al fuego ardieron consumidos por llamas doradas, la mayoría miembros del clan Yagami.
Kyo se lanzó a la primera planta seguido de Benimaru. Iori y el maldito lider Yagami eran su prioridad. Avanzó entre enemigos que bloqueaban su paso. Ya no percibía sonido alguno que le remitiera al pelirrojo.
Al ingresar al enorme salón central del templo, era esperado por una decena de enemigos que mantenían distancia posicionados cerca a un pequeño bosque decorativo. Percibió en el aire unos visos dorados ya conocidos, una partícula volátil flotaba diseminada en esa parte del salón. La misma que había herido de gravedad a Iori en el templo Kagura.
Lo único que existia era su consciencia, flotando en una oscuridad infinita carente de sentidos. Lo único que le acompañaba eran las voces de Orochi en sus antepasados.
De manera progresiva empezaban a haber otros sonidos que no pertenecian al presente. Todo se reinicio con la voz dulce de una mujer y su consciencia fue invadida por emociones desconocidas.
Una suave canción de cuna cantada por una voz tersa como al seda, acaricio sus oídos. Iori percibió por primera vez en su memoria la forma de su madre, de rostro pálido y enfermizo cantando con una dulzura incalculable. Era un recuerdo, uno que nunca pudo haberse materializado. Su pensamiento era racional, pero sus sensaciones pertenecían a ese instante bajo la canción maternal.
Que demonios es esto, pensó con la mente embotada por la ilusión y entendió que estaba una vez mas dentro de ese punto onírico donde el espectro podía acceder a él. Pero en esta ocasión no había dolor, no había sensaciones de ningun tipo, salvo la resonancia de aquella imagen que ya no reconocía como un recuerdo.
Las imagenes cambiaron y giraron caoticas como un collage incontralable hasta detenerse en una escena temporal no muy alejada de la inicial. Un Alexander mucho mas joven tomaba la mano de su madre, que yacía postrada en una cama.
– No quiero dejarlo, no quiero que lo vuelvan un asesino. Tio, por favor, ayudalo. No dejes que lo hagan sufrir. – sonaba la voz débil de la mujer mientras Alexander besaba aquella mano delgada y temblorosa, prometiendo a la mujer que no lo dejaría solo. Luego, dedicaba una mirada triste a Iori.
– No... – gruño la voz de Iori como un eco en el vacío. Las voces de Orochi rugian apagadas, ausentes.
Una serie de memorias que se materializaban alrededor de Iori, cruzaron imparables, dejando impregnadas en el pelirrojo, emociones que quebrantaban su voluntad.
– No me doblegaras...no tienen derecho...– gruño nuevamente sin sentir la furia que conocía tan bien.
Fue invadido por momentos revividos que vulneraban su cordura, su voluntad. Momentos hirientes que llegaban a él uno tras otro.
La primera vez que su padre lo felicito orgulloso tras convocar el fuego violeta, y el entrenamiento brutal, despiadado que trajo esto consigo. El temple forjado bajo el agotamiento y la soledad en el territorio Yagami. La primera vez que Alexander lo arrancó del seno de su familia y curo las heridas de su pequeño cuerpo, derramando lágrimas que Iori no comprendia. El poder que Orochi dejaba correr por sus venas y el orgullo casi megalomano de su superioridad sobre los Kusanagi. Su primer derrota ante aquel joven Kusanagi arrogante, que parecía no entender por que debía odiarlo. Aquella chica dulce que aprendió a amarlo y que lo abandono al igual que todos los que quizo. La muerte de Alexander. Su incapacidad de matar a Kyo, su sonrisa altanera, su poder superior. Las imagenes se desquebrajaron en medio de la oscuridad, dentro de la ilusión del espectro. Las voces del disturbio acompañaban cada memoria acrecentando la debilidad de su cordura.
– ¡NO! – grito Iori en el vacío. Con la razón al borde del abismo.
No era suyo aquel poder, no era su miedo, ni suya la locura. Era Orochi temeroso como un animal enjaulado ante el fulgor del sol. Él no odiaba a su padre, él nunca había lamentado su existencia. Él no sufría por la ausencia de Alexander, ese hombre había dejado para él una fortaleza inquebrantable en la música.
Iori tenía dominio sobre su existencia. Siempre era él quien decidía enfrentar la autoridad y la influencia de Orochi. Siempre era él quien partía tras algo más. Era él quien buscaba la derrota una y otra vez intentando encontrar una respuesta que nunca llegaba. Una respuesta que nunca llegó. Un odio sin fundamentos que se transformo en algo diferente con lo único que no había abandonado su vida. Kyo.
Evoco en su propio espacio onírico, recuerdos que alimentaron en su alma una voluntad inquebrantable. El orgullo de su padre. Las manos de Alexander al tocar el piano. La fotografía de su madre cuando era un bebé. La dulzura de aquella chica que le amó. Las sonrisas distraídas de los músicos cuando componían. El cuello de Orochi en sus manos, siendo derrotado. El fuego de Kyo reaccionando al suyo...Kyo, parado bajo la lluvia, herido, esperándole.
El templo retumbó por tercera ocasión ante otra explosión. Kaoru se encogió asustada. Los Kusanagi atacaban el templo mientras ellos continuaban allí, expectantes ante el ritual.
Takeshi Yagami observaba con ansias mordaces el proceso al que era sometido el portador del Magatama. Habían mantenido recluido a Iori Yagami hasta que entraran las fases lunares que permitían la realización de un ritual especial. Habían abandonado los enfrentamientos y calculado todo con precisión para evitar cualquier problema con el clan Kusanagi y aún así, allí estaban, incursionando en el momento mas importante. Al parecer los Kusanagi no eran los únicos con traidores en sus filas.
– Esta demorando más de lo prometido. – espetó Takeshi irritado.
– Se esta resistendo al ultimo acceso, pero estamos muy cerca del abrir el paso al alma. – contesto el Bihksu de las agujas flotantes, incrustando una mas en la frente del pelirrojo.
Bajo el umbral arribó un ninja con presura e hizo una reverencia a Takeshi.
– Señor. Los Kusanagi han cruzado el salón principal. El líder Kusanagi viene con ellos y se dirigen hacia acá. Takeshi apretó los puños tenso y dirigió una mirada rápida a los ritualistas.
Los monjes de traje imperial tomaron una posición erguida abandonando los mantras y dirigieron unas palabras a los Bihksu de trajes claros.
– De ser necesario, dejamos en sus manos el retorno del Yokai menor. – espeto el de las agujas flotantes. Los delgados cilindros negros se desprendieron del cuerpo de Iori Yagami y retornaron al collar. El cuerpo del pelirrojo se desplomo boca arriba sobre la tarima, discurriendo los pequeños montos de agua acumulada sobre el mármol.
– ¡No! No pueden abandonar justo en este momento. – ordeno Takeshi iracundo. Todas las luces del salón menguaron a un brillo moribundo y un aire pesado oprimió la respiración de los presentes a excepción de los Bihksu de rostros porcelanados.
– El pacto al que usted fue sometido señor Yagami es indiferente a los cambios. Absténgase de actuar en contra o el precio que pagara por ello sera muy alto. Para el Tenno esto solo sera un retraso más. Confiamos en su buen juicio para el uso del Yokai. – Habló el hombre cuyo traje oscuro parecía desvanecerse como el humo. Ambos monjes desaparecieron volátiles ante la estupefacción de los Yagami presentes y la ira que ennegrecía el cuerpo de Takeshi.
Kaoru dio unos pasos dubitativos en dirección a Iori, quien parecía una estatua pálida sobre el mármol, humedecido bajo la tenue iluminación lunar. Donde estuvieron las agujas negras, restaban hiladillos delgados de tinta oscura. Su cuerpo estaba tan quieto que parecía no respirar.
Un sonido crepitante de madera se transformo en un estallido que generó un eco aturdidor en el espacio amplio del salón. Los Yagami retrocedieron ante las lenguas rojas de fuego que treparon hasta el techo desde la puerta. Varios ninjas Kusanagi ingresaron veloces a través de las llamas que no diferenciaban enemigos y tomaron posición cerca a la entrada. El calor aumento la temperatura a un punto sofocante. Kyo Kusanagi entro acompañado de sus hombres como una bestia hecha de fuego primigenio.
– ¡Matenlos! – Rugió Takeshi enloquecido tras lo cual salió al salón circular, su ira no conocía límites. Los Bihksu lo siguieron al encuentro de sus enemigos, mientras los Yagami chocaban violentamente contra el grupo de Kyo.
La lucha fue brutal y las vidas no demoraron en perderse. Kyo respiraba agitado con el corazón desbocado. Controlar el fuego carmesí le era cada vez mas difícil, sentía como sus pulmones se llenaban de aire caliente y lo herían. Evitar que consumiera a sus aliados era una tarea aun mas agotadora.
Una oleada de fuego violeta casi negro envolvió en su paso a todos los ninjas que luchaban fervientemente, avanzando rapaz hacía su líder. El contacto con el fuego oscuro carbonizo al instante a todos los hombres y Kyo alcanzó a emanar una llamarada para protegerse antes de aquel fuego impregnado de oscuridad le tocara.
Las llamas chocaron danzando furiosas, estallando parte del techo. Benimaru se alejó un par de metros ante los elevados niveles de calor que rodeaban a Kyo. Las mangas de la chaqueta del castaño combustionaron en pequeños retazos cenizos que se elevaban como luciérnagas de fuego.
Después de que la conflagración menguo con la misma violencia con que inició, Takeshi que parecía un espectro ajeno a la luz, giró iracundo dando la espalda a Kyo. Los Bihksu ofrecidos por el Tenno habían abandonado y el ritual no se había completado. Iori Yagami ya no era necesario, arrancaría el Magatama de su cadáver de una vez por todas.
– ¡Ven aquí y enfrentame maldito monstruo! – grito Kyo ronco. Avanzó dos pasos torpes, asfixiado, sentía que estaba respirando fuego. Dos de los Bihksu retrocedieron con Takeshi mientras los dos restantes se posicionaron frente al castaño, entre los cadáveres calcinados, pronunciando mantras de anulación. Kyo reconoció a uno de ellos, por las quemaduras evidentes en la piel expuesta.
– Lamentaras haber sobrevivido maldito bastardo. –gruño furioso–. No necesito el fuego para acabar contigo.
Takeshi cruzó el umbral con mirada asesina refulgiendo en la oscuridad de su forma. Levanto la mano para hacer cenizas a Iori Yagami, pero Kaoru Yagami intervino cubriendo el cuerpo del pelirrojo con el suyo. Estaba aterrada, pero no podía permitir que lo matara, no así, no en ese momento. Ella sabía que Iori era su única esperanza para evitar el destino que la enjaulaba a ella y a su pequeña hermana bajo la potestad Yagami.
– Apártate. – habló Takeshi con una multiplicidad de voces que no eran suyas. El fuego oscuro danzaba entre sus dedos, amenazante. Kaoru apretó los ojos abrazando el cuerpo de Iori.
– Señor, el ritual le ha debilitado, el lugar esta sitiado y no dispone del personal necesario para defender. Debemos irnos. –espeto uno de los monjes–. Nuestros superiores rompieron casi todo lo que ligaba el Magatama al portador, el ultimo nexo es débil. Si lo llevamos con nosotros, disponiendo del tiempo suficiente que nos dan las fases lunares, podríamos completar el ritual.
Kaoru los miro alarmada, no podía permitir que se llevaran a Iori. Sacó de su Obi un pequeño Tanto que guardaba como ultimo recurso en caso de que todo estuviese perdido. El suicidio siempre era una opción mas honorable por si su hermana llegaba a perecer a manos de ellos.
Lo empuñó con manos temblorosas y enfrentó a Takeshi, bloqueando su paso al pelirrojo. El hombre hecho de obtusa negrura se acerco como la muerte misma. Permitió que la hoja afilada penetrara la oscuridad, rodeando a la joven, lanzando su delicada forma con violencia a un extremo del salón.
Se acercó para levantar el cuerpo del pelirrojo, pero no alcanzo a tocarlo cuando lenguas furiosas de fuego escarlata hicieron retroceder a los Bihksu lejos de la entrada. Las llamas combustionaron el dintel y devoraron las telas aledañas, la presión del fuego estalló las ventanas. Kyo Kusanagi entro con paso lento mientras tras de sí quedaban los cuerpos sin vida de los monjes que intentaron detenerlo. Su respiración emanaba un vapor dorado.
La sombra espectral de Takeshi que limitaba la visión del castaño se movió feroz entre las flamas escarlata que buscaban tocarlo. Kyo alcanzó a bloquear el impacto dirigido al cuello y una fuerza descomunal lo lanzó varios metros atrás, cayendo entre los cadáveres calcinados que ya no diferenciaban bando.
Takeshi salió en búsqueda del líder Kusanagi ante la mirada estupefacta de los monjes. Ambos hombres le siguieron en un intento desesperado por evitar la muerte del Yokai menor.
Kyo se levantó con torpeza, uno de sus pies penetro en un cadáver, rompiendo su forma. A pesar del fragor del combate, la escena lo abrumaba. El lugar se oscureció de repente y una potente descarga eléctrica choco contra el espectro que se cernía sobre Kyo. Varias descargas mas, impartidas por Benimaru, deslumbraron en la densidad de aquella sombra hasta que un movimiento bajo levanto al rubio y lo desplazo con brutalidad hasta una columna.
El castaño grito convocando el fuego y enfrentó a Takeshi. Cada golpe era una explosión de tonos negros y carmesí. Las llamas rojas envolvieron a Kyo haciendo retroceder el espectro, pero cuando el Kusanagi no kenda estaba a punto de estallar de lleno en su enemigo, el fuego menguo su forma y se descontrolo, hiriéndole a si mismo.
Las voces mántricas de los Bihksu se alzaron al unisono con la conflagración corrupta del líder Yagami. Kyo alcanzo a cubrirse parcialmente evitando el daño directo y su cuerpo golpeo con exabrupto la pared donde descolgaban las puertas destruidas. El espectro se alzo contra él, pero intervinieron tres ninjas Kusanagi protegiendo a su líder, muriendo uno a uno ante el contacto con la flama oscura de Takeshi.
Una avanzada Kusanagi arribó en búsqueda de Kyo y los Bihksu consideraron imposible el enfrentamiento dada la debilidad que el Yokai había adquirido por el ritual.
– ¡Debemos irnos Takeshi Yagami! – gritó uno de los monjes que estaban anulando el fuego de Kyo, el cual emanaba descontrolado en vez de desaparecer.
La única respuesta fue un rugido furioso de Takeshi al arremeter contra Kyo. Que estaba de rodillas, exhalando un vapor dorado, intentando controlar el fuego Kusanagi que lo hería. Varios ninjas mas se interpusieron cayendo como polillas ante una fogata.
Benimaru había flanqueado entre las columnas, entendiendo que era la habilidad de aquellos monjes la que saboteaba el poder de Kyo. Sus descargas fueron agresivas y consecutivas, rompiendo el mantra de anulación. Los monjes esquivaron manteniendo la distancia, buscando evitar un enfrentamiento directo.
La rabia de Kyo enardeció ordenando a sus hombres retroceder, incapaz de controlar las llamas carmesí. Recibió de lleno a Takeshi, resistiendo la conflagración del fuego oscuro. Inserto sus manos en la densa oscuridad y aprisiono su forma física. El cuerpo de su enemigo salio despedido en medio de devoradoras llamas Kusanagi y cayó en el centro del salón retorciendo su espectral figura.
Uno de los Bihksu proyecto una barrera plateada que repelió al rubio, haciéndole retroceder de golpe. El segundo anulo el fuego que rodeaba a Takeshi, cuya forma espectral se deshacía a pedazos, revelando el rostro medio desfigurado del hombre.
La barrera plateada explotó en un destello blanco que cegó a todos los presentes. Cuando percibieron nuevamente el salón en llamas. Takeshi Yagami y los dos Bihksu habían desaparecido.
– ¡Encuentrenlos! –gritó Kyo– Iori Yagami es mio... – espeto ronco. Las heridas que cargaba no eran muy graves, la mayor cantidad de daño estaba en su interior, generado por su propio fuego. Los ninjas de diseminaron tras el rastro del enemigo y Kyo avanzo a pasos torpes, tosiendo algo de sangre, en dirección al salón donde debía estar Iori.
Cruzo el dintel sosteniéndose a un costado y vio a Iori medio desnudo sobre el mármol. Su piel pálida goteaba por la lluvia y una tinta negra discurría de varias partes de su cuerpo. Una mujer joven estaba a su lado intentando despertarlo, tenía un cuchillo corto empuñado. Kyo se acercó rígido.
La chica se interpuso en su camino con manos temblorosas.
– No dejare que le hagas daño Kusanagi. – habló con miedo y rabia. Kyo la miró confuso, pero ella no importaba en ese momento. Se acercó y la desarmo con facilidad, empujándola con suavidad a un costado. La chica retrocedió incapaz de enfrentarlo.
– No lo asesines por favor. – habló con voz gangosa, temiendo que su única esperanza pereciera a manos de los Kusanagi. Kyo ignoro a la mujer y paso las manos bajo el cuello de Iori. La llovizna nocturna cubrió su piel refrescando aquel calor que lo embargaba.
Iori estaba helado al tacto y su cuerpo padecía una rigidez mortuoria. Una punzada de miedo cruzó a Kyo repitiendo en su cabeza un reiterado. "No es imposible." al tocar su pulso había un palpitar tan imperceptible que el miedo le apuñalo el pecho.
– Eh Yagami, despierta. –habló en tono imperativo–. Vamos maldito infeliz, no me hagas perder toda esta incursión. ¡Despierta! – gritó alterado. El pelirrojo tenía en su frente y pecho, puntos negros que supuraban tinta negra. Kyo paso la mano con brusquedad limpiando aquellas marcas extrañas, pero estas rechazaron el contacto.
– Que demonios. – maldijo intentando tocarlas nuevamente. Se concentró con gran esfuerzo evocando una pequeña llama carmesí que al contacto con la tinta hizo combustión sin herir al pelirrojo. El fuego ardió dorado eliminando el fluido y Kyo sintió como el cuerpo de Yagami perdía la rigidez, descolgando el peso en sus brazos.
– No, no. Vamos Iori no puedes hacerme esto.– espeto golpeando con suavidad el rostro del pelirrojo. Al no recibir respuesta, la presión en su pecho se hizo insoportable y lo sacudió. Temía que hubiesen sacado el Magatama, que su alma hubiese quedado perdida o incluso que hubiese sido destruida.
– Por favor. No te atrevas a dejarme. – Susurró asustado y le abrazó.
La respiración de Iori llegó paulatina, su primera reacción al despertar fue rechazar el contacto, pero Kyo se lo impidió.
– Kusanagi...pensé que eras un sueño...–arrastro las palabras con aturdimiento mientras las heridas de las agujas desaparecían–. Pero al parecer siempre eres una molesta pesadilla. – acoto inclinándose hasta quedar sentado. Kyo rió con cínica tranquilidad.
– Por que viniste... – habló Iori a modo de reproche aún parcialmente aturdido.
– Para salvarte el trasero bastardo desagradecido. – espeto Kyo sonriente.
La mano de Iori ascendió hasta el rostro de Kyo, rozando el vendaje algo dañado que cubría el ojo izquierdo. En su mirada febril refulgió la ira, mientras su caricia fue delicada.
– Estoy vivo y mejor que tú para variar. – habló Kyo posando su frente en la del pelirrojo a la cercanía de un beso, percibiendo la sonrisa cansina de Yagami. Pero cuando sus labios parecían estar a punto de converger, una expresión ahogada de sorpresa llamó su atención. Kyo miró a la joven de perfil delicado y ojos tan rojos como los de Iori, observarlos con estupefacción. Su expresión era una mezcla de inquisitivo escándalo ante la cercanía de ambos.
El castaño se alejó incomodo ante el gesto de aquella joven Yagami y Iori se incorporo recuperando la movilidad, sobando las delgadas heridas en las muñecas ya cauterizadas por el hierro caliente.
– ¿Quien es ella?– pregunto Kyo por lo bajo, dándole espacio al pelirrojo, que estaba superando del aturdimiento.
– Mi prometida... – respondió Iori distraído mientras retomaba todo el control del cuerpo con libertad y prendía una delicada llama violeta, cerciorándose de que todo estuviese en su lugar.
Kyo brincó la mirada entre ambos sin mediar palabra, no tan sorprendido como la chica que agacho la cabeza, presa de un sonrojo intenso.
– Qm qm. No quiero interrumpir un momento tan novelesco e incomodo, pero dudo que a los Kusanagi les agrade ver el "yo me encargo de Iori Yagami" de su líder. – habló Benimaru desde el dintel. Las llamas a su alrededor ya habían menguado a un fuego naranja y moribundo.
– Intentare retenerlos un poco mientras salen de aquí. – acoto el rubio al abandonar el salón.
– Líder Kusanagi...– habló Iori con tono cínico. Se sentía agotado.
– Debemos movernos rápido. – respondió Kyo evadiendo el comentario con molestia, analizando que otros accesos habían en el sitio. Con la delicadeza muda de un felino, cayó un hombre desde el techo alto. Kyo se tensó alerta, pero el hombre que apareció de la nada, se inclino haciendo una reverencia a Iori.
– El señor Saito espera por usted. Aguardamos hasta este momento de calma para guiarlo fuera del lugar. Acompáñeme mi señor.– habló el hombre oculto tras telas ceñidas del color de la noche. Kyo bufó indignado.
– Y si no hubiese llegado algún momento de calma. ¿se habrían quedado mirando como morían todos?
– Es por aquí. –habló el hombre evadiendo el reproche de Kyo–. Tenemos poco tiempo.
– Tsk. Los acompañare por si se topan con alguno de mis hombres. – espeto el castaño enojado.
– ¿Y que les dirás? ¿Que nos dejen ir así no mas? –bufó Iori– ¿Quieres evitar que mate a tus sirvientes Kusanagi? – preguntó con segundas intenciones. Ver al castaño irritado le incitaba a molestarlo. Le hacía sentir casual, justo lo que necesitaba en esos momentos para soportar la pesadez de lo sucedido en los últimos días y la mala sensación que le había dejado aquel ensueño.
– Quiero evitar enfrentamientos innecesarios. Ellos seguirán mis ordenes sin dudarlo, a diferencia de otros miembros directos de la familia. – respondió Kyo impaciente. Se sentía mucho mas tranquilo al recuperar a Iori con vida, pero no podía evitar la irritación que le generaba la situación.
– Ya usas palabras de líder Kusanagi. – espeto Iori cansino. Kyo le lanzó una mirada fulminante. No era momento para incitarlo con comentarios casuales.
Caminaron por un pasillo aledaño al gran salón, discurrieron un muro de madera que daba a unas escalas ocultas que descendían y accedieron a un corredor amplio y largo por que el que fluctuaba el aire frío de la noche, llevándose consigo el olor a sangre y carne quemada.
– La salida esta al fondo. Me adelantare para asegurar que la zona no tenga enemigos cerca. – habló el agente de Saito. La chica titubeo unos segundos al ver que Iori y el Kusanagi habían detenido la marcha, pero decidió avanzar hasta la salida, aún incomoda por la escena anterior.
– Regresare para reunir a los ninjas Kusanagi y alejarlos de la zona. – dijo Kyo, pero se detuvo un momento ante Iori. Tenía mucho que preguntarle. Sobre que había sucedido en esos días, si habían logrado abrir el paso al Magatama como lo hicieron con él. Si sabía algo acerca de la relación con el gobierno. Si se encontraba realmente bien. Tenía muchas cuestiones que no podrían ser respondidas en ese momento y parecía que Iori también se resistía a hablarle, meditabundo, exhausto.
Finalmente dirigió una mirada a la chica que yacía parada al fondo del pasillo. Parecía estarles dando espacio o sencillamente no toleraba su presencia.
– Tu prometida ¿Eh? – habló Kyo con dejo incidente, incapaz de irse sin establecer la pregunta mas simple.
– Hmp. Siempre te gusta hablar en momentos inoportunos ¿no?. – espeto Iori divertido.
– Como si existieran los momentos oportunos entre nosotros.–sonrió Kyo enojado. Renegándose por haber preguntado justo eso–. Ten cuidado afuera. – puntualizo cortante dando la espalda.
Una mano le atenazo el brazo con brusquedad deteniendo su partida. Iori le jaló con fuerza hacia si, quedando con el torso ceñido y el rostro a una mínima distancia.
– Tal vez deberíamos crearlos nosotros. – susurro rozando los labios de Kyo. El aliento tibio de ambos se cerro en un beso lento.
Fue un contacto suave al principio, donde sus lenguas exploraron con delicadeza, pero luego se torno en un acceso brusco, posesivo, intenso. Fueron presa de una pasión fugaz que los hizo jadear de deseo al separarse. Sus corazones se estremecieron al sentir toda la tensión del peligro liberada en aquel contacto, en sentir su palpitación mutua así fuese por solo un instante.
Iori se separó primero con ese brillo febril y lujurioso en la mirada. Kyo relamió sus labios, saboreando aquel gusto suave y metalizado que Iori había dejado en su boca.
– Enviaré un mensaje cuando sea seguro. Tenemos mucho de que hablar. – acoto Iori al alejarse por el pasillo vacío.
– Que no se te suba el poder a la cabeza, líder Kusanagi. – espeto dando la espalda. Kyo sonrió. Iori caminó hasta cruzar al lado de la joven, quien aguardaba de espaldas a ellos. Su cuello se denotaba presa de un rubor aun mas intenso que el anterior.
Kyo regresó el trayecto pensando en que hubiese hecho Yuki si conociera aquella innombrable relación que tenían ellos dos y se avergonzó al recordar la calidez de la boca del pelirrojo.
Con Iori nunca nada era fácil y tampoco llegaría a serlo. Suspiro incapaz de saber que hacer con aquel sentimiento que lo devoraba por dentro.
– En que me has transformado Iori Yagami. – susurro.
Benimaru estaba sentado en un escalón del salón circular con la espalda encorvada y la cabeza gacha.
– Oi Kyo. –habló al sentir los pasos lentos del castaño–. ¿Ya esta fuera de peligro nuestro nuevo amigo? – pregunto con tono ausente al levantar la cabeza.
– Siento haberte puesto en esto. ¿Te encuentras bien?
– Yo si...pero creo que ellos no. – habló Benimaru mirando el aterrador paisaje de cuerpos calcinados en el salón. Kyo inclino la cabeza en silencio. El arduo combate y la urgencia de extraer a Iori, nubló por un instante las terribles muertes de los hombres que lo protegieron.
– Ahora entiendo por que nuestro psico favorito es un terrible líder para su clan. –habló Benimaru mirando a Kyo–. Este tipo de decisiones sobre la vida de otros, no son nada fáciles supongo.
– No...– respondió Kyo ausente. Aquel dolor y el lamento de las perdidas llegaban siempre tras la tormenta, cuando la calma permitía hacer el duelo. Pero Kyo aún se sentía ajeno a ello, como si su duelo no viera fin. Por lo menos no hasta que los culpables de todo pagaran por sus agresiones.
– Tus hombres no parecen muy felices con el hecho de que escaparan los dos lideres Yagami. Pero confían ciegamente en ti. –acoto Benimaru poniéndose en pie–. Yo no voy a juzgarte Kyo. Eres mi amigo. –sonrió cansino al ver el semblante tenso de Kyo y buscó cambiar el rumbo de la conversación.
– Debo aceptar que no me esperaba que te gustasen los hombres, pero que fuese justo Iori Yagami. Ohh por dios, eso si no lo habría imaginado. Nada aparte de los comentarios jocosos para fastidiarte. – rió Benimaru.
– No me gustan los hombres...–respondió Kyo cortante–. Yo solo...– titubeo confuso, incapaz de poner en palabras lo que sea que hubiese entre Iori y él.
– Ok Ok, no tienes que explicarme nada. Solo se que ese insistente bastardo obsesivo logro obtener algo mas valioso que tu vida mi amigo. Y de todas las personas que pudiste haber aprendido a querer de alguna manera, te has fijado en el ser que menos podría convenirle a alguien. – sonrió Benimaru con expresión de pésame. Kyo frunció el ceño sin palabras. Ni siquiera estaba seguro de poder definir que era Iori para él. Simplemente lo sentía.
– Mejor ve y calma ese odio asesino en el que están sumidos los tuyos. Yo te estaré apoyando de lejos. –acoto con expresión agotada–. Como pudieron soportar mas de un mes en este tipo de situaciones terribles. – suspiro rodeando la desoladora escena creada por aquel espectro Yagami y salió del salón.
La coordinación de los ninjas Kusanagi fue impecable. Las bajas habían sido considerables, pero muy inferiores a la de los enemigos. Kyo había designado abandonar la búsqueda y reunirse en el jardín externo del templo con la intención de darle espacio a Saito para la extracción de Iori y la chica. Tras un informe corto sobre los Yagami por parte de los jefes de escuadrón, en medio de la victoria, un aire reticente pero complacido reinó sobre los hombres Kusanagi.
Habían vencido de manera aplastante a pesar de las bajas y aunque lamentaban que entre los caídos no estuviesen los lideres Yagami, se sentían agradecidos con su líder, por haber menguado considerablemente las fuerzas Yagami.
Kyo miró un instante la devastación de la que era capaz la ambición humana y se preguntó si su padre también había sufrido aquel peso descomunal que traía consigo las vidas perdidas, solo valoradas por cantidad y no por cualidad.
Suspiro agotado alejándose del templo en compañía de sus hombres, esperando que Iori ya estuviese muy lejos de allí. Su cuerpo estaba débil y aunque se había mostrado firme frente a la situación, desde el primer choque de poder con aquel monstruo Yagami, pudo haberse desplomado en cualquier momento. Todo su interior ardía dolorosamente y le dificultaba respirar. Había hecho lo primero que los monjes Kusanagi le habían pedido evitar. Evocar el fuego sin control.
Silenciosos como llegaron, abandonaron en una manada menos numerosa, la camada Kusanagi.
