Arribó unas cuantas cuadras antes de la residencia. Tomar precauciones le facilitaría prever posibles vigilantes. La noche estaba muy fría y el pavimento húmedo. Cortos vahos revoloteaban con suavidad bajo su respirar suave. Las calles cercanas a la residencia estaban despejadas como de costumbre ya que era una zona completamente residencial y de clase medio alta, por ende, a esa avanzada hora nocturna no habría nadie en los alrededores.
Se detuvo en una esquina desde donde se podía apreciar el imponente edificio. Su balcón era una de las pocas extensas plateas de los pisos superiores. Divisó el costado de su residencia, incapaz de apreciar los ventanales por el ángulo, pero un destello mínimo llamó su atención. Un pequeño punto entre rojizo y naranjado dibujaba un arco corto desde el balcón para luego desaparecer en la caída. Alguien fumaba allí.
Una rabia refulgente irrigó en su interior. Pensar en esos hijos de puta dentro de su propiedad, hurgando entre sus cosas, le enervo de sobremanera. Las voces de Orochi no demoraron en manifestarse, alimentadas repentinamente por un odio conocido. Las aplacó mientras se acercaba con aire calculador. La intensión criminal se exhalaba a cada bocanada de aire.
Ascendió los numerosos pisos rumbo a su departamento. Nunca había utilizado el ascensor de carga, ni el acceso de personal desde el estacionamiento. Demoro un poco más pero ganó mayor sigilo. Observó los corredores amplios de iluminación tenue con tragaluces y no vio a nadie vigilando; quienes fuesen, estaban dentro de su departamento con descarada confianza. Se acercó a pasos furtivos hasta la entrada y sintió una suave calidez mezclada con la ira. Hacia no mucho había estado allí con Kyo, en medio de tensiones que luego se transformaron en lo que eran ahora.
Discurrió la llave con gran delicadeza y abrió suave moviéndose con un sigilo imperceptible. La entrada tenía una parte cubierta antes de abrirse a la amplitud indiferenciada de la planta superior. Deslizó la gabardina de cuero por sus hombros con un delicado gesto y la colgó del percecho al lado de la puerta. Casi nunca lo usaba y le pareció curioso que le fuese tan útil en ese momento. El cuero rígido de la prenda rechinaba con facilidad y eso no le convenía si quería primero tantear quienes estaban adentro y si estaban armados.
Se inclinó desde la entrada al hall y percibió ruido en la habitación principal. Un par de sombras se proyectaban desde la única fuente de luz del cuarto de baño, reposando sobre parte del muro y las escalas. Unas voces suaves parecían comunicarse con naturalidad. Como si ya no esperaran visita alguna y su labor de vigilancia se redujera a un aburrido cotilleo. Estaban en su espacio personal, caminando a sus anchas con despreocupación. Iori respiró lento controlando la desaforada sensación asesina que lo embargaba, quería quemarlos a todos y al maldito lugar completo. Lo sentía contaminado. Deseó hacer arder todo el maldito edificio hasta las cenizas.
Se recostó contra el muro respirando profundo, ese absurdo pensamiento destructivo y radical era una irascible inducción a los susurros de la bestia. Había estado mucho tiempo bajo control y las recaídas eran intensas. Subió furtivo, con pasos felinos, pero antes de llegar a visualizar a sus enemigos, las voces bajas se hicieron entender.
– ¿Cuánto tiempo crees que nos dejen vigilando este sitio? Llevamos cuatro días esperando y nada ha sucedido, nadie ha venido. Estoy harto de pasar días enteros aquí. – Sonó una voz gruesa pero juvenil. Continuando la conversación despreocupada.
– En serio te quejas mucho para ser el que más disfruta tomando duchas de bañera y usando la cocina en los dos últimos días. – Respondió el otro en tono cínico.
– Bueno pues ya me está aburriendo. – Bostezó. Iori había abandonado el sigilo, avanzando con calma los últimos escalones. Sus pensamientos hicieron eco con las voces de su maldición. Los mataría.
Uno de los hombres se acercó a los instrumentos ya empolvados al fondo de la habitación.
– ¿Crees que se molesten si nos llevamos uno o dos cuando nos larguemos? – Preguntó sin percibir la forma de Iori saliendo de la penumbra en las escalas. Estiró la mano hasta rozar con la punta de los dedos el alto estuche Fender.
Una mano grande rodeo la muñeca del hombre de repente. La fuerza aplicada fue monstruosa y amenazó con romper el hueso. El hombre se giró alarmado desenfundando velozmente un arma con la mano libre, mientras llamaba "Mab" a su acompañante.
Iori desvió el cañón en un movimiento rápido, sintiendo la detonación tocar el hombro, rompiendo la tela y levantando un denso surco de sangre. Giró con violencia la muñeca del hombre que dio un chasquido al romperse, haciendo que el mercenario emitiera un grito de dolor. El arma del hombre giro metros lejos de ellos y Iori lo apresó en una llave inmovilizadora justo a tiempo para bloquear las dos detonaciones que realizaba el otro hombre desde el borde del balcón interno de la habitación.
El hombre maldijo a Iori entre gritos al impactar a su compañero y no a él. Se tomó un instante para apuntar a la cabeza del pelirrojo, pero iori ya había lanzado el cuerpo mal herido de mercenario contra él, haciendo que errara el disparo y buscará esquivar el impacto de la enorme masa que chocó con la borda del balcón y cayó abajo en un ruido estruendoso.
El segundo mercenario levanto el arma, pero esta quemo sus manos, ardiendo de repente al rojo vivo. Iori caminaba con parsimonia, en su mano parcialmente extendida danzaban flamas violetas y sus ojos refulgían con el deseo de la sangre. El hombre se levantó veloz desenfundando un Tanto con inscripciones que Iori reconoció y lo enervaron al punto del frenesí.
Gritó desaforado, iracundo, al atacar con un arco de fuego violeta que buscaba impactar al mercenario mayor. El hombre hizo un profesional bloqueo que corto tanto la piel de Iori como el fuego mismo, repeliendo el aire caliente, mientras las inscripciones en la cuchilla refulgían plateadas.
Iori gruñó furioso y ambas manos llamearon con intensidad. El hombre logró esquivar por poco los dos ataques que dejaban esquirlas ardientes tras cada movimiento, girando ante el último y saltando por el borde del balcón mientras una llamarada estallaba a su espalda. Iori le siguió sumergiéndose en la conflagración y cayendo en medio de las llamas violeta sobre el mercenario. La espalda del hombre crujió y este emitió un gruñido ahogado ante el peso del pelirrojo, mientras este levantaba su cabeza hacia atrás con la intención de desprenderla. El sonido no alcanzaba a elevarse, mientras con voz ronca, el mercenario llamaba por alguien.
Iori giró la cabeza con brusquedad y percibió a su espalda un movimiento veloz, proveniente de las escalas. El sonido metálico de un arma a punto de detonarse le alarmó y salto con un movimiento rapaz en dirección a la cocina, cubriéndose con la barra central. El arma se disparó en múltiples ocasiones, disipando una ráfaga de balas sobre sí. Gracias a su reacción un par de balas solo le rozaron la piel de manera superficial. La miríada de proyectiles chocó contra la madera clara de los estantes y los vidrios de las vitrinas, estallando todo en diminutos pedazos que llovían sobre su cabeza. El mármol macizo de la barra detuvo casi toda la ráfaga, protegiéndole. En el instante en que el ataque finalizó su violenta escupida, Iori avanzó con presteza en dirección a su enemigo.
El hombre había renunciado a cargar la Uzi y estaba desenfundando una segunda pistola mientras revelaba un Tanto igual al de su compañero, con inscripciones refulgentes. Iori lanzó una onda de fuego que el mercenario evadió cayendo al suelo, cortando esta por la mitad. El fuego se dispersó en una multiplicidad de chispas violetas, a través de las cuales Iori cayó en un ataque directo al cuello. El mercenario logró detonar la pistola justo antes de que su tráquea fuese aplastada por la descomunal fuerza del Yagami, impactando al pelirrojo cerca del cuello.
Iori gruñó cubriéndose la herida. Notando la perforación limpia en el musculo trapecio, entre el cuello y el hombro. Ardía con furia y sangró copiosamente.
Maldijo entre dientes, si esa bala hubiese impactado en la clavícula, habría perforado una arteria. Apretó la herida y sus manos brillaron con tonos magenta. Gruñó nuevamente ante la cauterización forzada y analizó a los hombres.
Eran mercenarios armados. Ninguno de ellos pertenecía a las fuerzas furtivas de los Yagami y eso le extrañó. Maldijo una vez más, no tenía tiempo que perder. Con aquel escandalo belicoso debió haber despertado la zona completa y los vecinos ya debían haber llamado a las fuerzas de seguridad y a la policía. Subió presuroso tomando con descuido el Bajo Fender en su estuche y la guitarra acústica más cercana. Su camisa estaba goteando sangre, pero hizo caso omiso. Vistió veloz su gabardina y abandono el apartamento.
El corredor estaba desierto, aunque sospechaba que algunos ojos, menos temerosos al tiroteo, debían estar posicionados en las mirillas de las puertas. Retorno al ascensor de carga y jadeo tomando aliento. Su brazo derecho palpitaba de dolor por el corte; aunque movía bien el brazo, desconocía su profundidad.
Los pisos cruzaron frente a su mirada ansiosa con una lentitud abismal. ¿Por qué demonios había sucios mercenarios en su departamento? Era posible que los Yagami hubiesen menguado tanto sus fuerzas como para contratar foráneos en vez de sus ninjas. Descartó la idea, aunque los Kusanagi hubiesen asesinado muchos de los agentes, aun existían una cantidad suficiente para esa y muchas más guerras. Pensó que posiblemente estarían con Takeshi o en algo más importante para sus planes.
El ascensor llego finalmente a la zona de parqueo y Iori salió presuroso atravesando la amplia calzada interna del sótano hasta la segunda salida, donde se internó en callejones cercanos perdiendo su forma en la oscuridad circundante. En la lejanía, una sirena de policía arribaba intermitente.
Le tomo tiempo recorrer la ciudad, pensando en evadir cualquier posible vigilante furtivo. Se sentía agotado de repente. Camino cansino por el pasillo sacando las llaves de antemano, pero freno un instante cuando lo vio.
Kyo estaba allí, sentado a un costado de la puerta con la espalda recostada al muro. Tenía las rodillas levantadas y los brazos que reposaban sobre estas, sostenían a su vez la cabeza gacha. Parecía dormir y se denotaba vulnerable. Iori giró el rostro inconsciente buscando enemigos donde no los había. Miró nuevamente a Kyo sintiendo una leve irritación con el castaño. Estaba herido y al que menos quería ver en aquel momento era a Kyo.
Se preguntó si el castaño llevaba mucho tiempo allí esperando y aparto con molestia aquella preocupación trivial. Caminó a la puerta extendiendo la llave en la cerradura. Kyo dio un respingo y levantó la cabeza.
– ¿Qué haces aquí Kusanagi? ¿Te gusta dormir en los corredores? – Preguntó con cinismo y sequedad. Kyo se levantó de golpe, tambaleándose un instante contra el muro. Aún tenía atisbos de ebriedad.
– Te fuiste sin previo aviso. Llevo más de una hora esperando a que regresaras. –habló molesto al principio, luego quedamente, percibiendo el estuche largo a espaldas de Iori al entrar al departamento–. ¿Dónde demonios estabas? – Preguntó cerrando la puerta.
– No tengo que informarte de cada maldito lugar al que voy. –descargó molesto los instrumentos sobre el sillón, soportando inmutable un leve espasmo de dolor en el brazo–. ¿O sí?
Kyo apretó los puños. No, no tenía por qué decirle nada, pero de todas maneras le enojaba sin razón alguna.
– ¿Por qué te fuiste de repente? – Preguntó tanteando al pelirrojo que lo miraba de soslayo.
– La mujer dijo lo que tenía que decir y no era necesario quedarme. – Respondió Iori dándole la espalda. Sentía como la sangre discurría por manga húmeda desde el hombro. La gabardina cubría bien las heridas, pero no lo suficiente. Kyo bajo la mirada absorto, sabía que Yagami estaba molesto.
– Lamento haberme comportado como un idiota. – Dijo finalmente con suavidad desviando la mirada al piso. Iori bufo con sorna.
– Me extrañaría que no lo hicieras Kusanagi. – Respondió entrando a la habitación. Kyo guardó silencio manteniendo la mirada sobre la baldosa. Denotó como cerca de su pie había una reducida esfera amorfa y granate, percibió un par de gotas más en la porcelana clara en dirección a donde estaba Iori. Era ¿Sangre?
En un momento de claridad posó la vista sobre los instrumentos en el sillón y reconoció el blanco estuche alargado de un bajo. Al costado interno de este habían rezagadas manchas de sangre. Sintió como un enojo intenso subía por su cuello. Caminó rápido a la habitación.
– Yagami. – Lo llamó con severidad. Casi con el mismo tono que usaba en los viejos tiempos, cuando el combate maduraba a términos peligrosos.
Iori estaba justo a punto de ingresar al cuarto de baño cuando Kyo lo frenó con brusquedad, tomándolo del hombro. La presión disparo una oleada de dolor soportable y Iori gruño rechazando la mano de Kyo.
– ¿Qué demonios quieres Kusanagi? – Habló cortante.
– Estas herido. –alzó la voz enojado–. ¿Te metiste a tu departamento consciente de que habría enemigos? – Preguntó con tono enervado.
– Y que si lo hice. No es tu maldito problema cada mínima cosa que haga. – Respondió agresivo.
– ¡Lo es maldición! –gritó Kyo perdiendo la calma, extendió las manos y apretó ambos hombros del pelirrojo–. Te arriesgas estúpidamente y no me dices nada al respecto. – Gruñó tirando del cuero de la gabardina, deslizando la prenda hasta los codos y revelando la camisa granate, con extensas manchas casi negras por la sangre. Iori lo empujó con furia haciéndolo retroceder un par de pasos. El impacto fue violento sobre Kyo e hizo que las heridas de Iori sangraran con ahínco bajo la tela manchada.
– Es mi maldito problema a donde voy Kusanagi y puedo encargarme de todos los enemigos que se atraviesen en mi camino. No creas que puedes definir por mí que puedo o no hacer. – Habló Iori cortante. Kyo lo miró conteniendo la cólera trepar por su cuello. Se acercó a Iori y en un movimiento rápido lo apretó por el hombro herido, haciéndole ceder un paso. Un truco sucio que Yagami había usado sobre él en otra ocasión. Iori cerró los dientes resintiendo el dolor.
– Dime entonces. Por qué permitiste que te hirieran de esa manera. –espetó aumentando la presión en la herida, incapaz de controlar la ira. Iori frunció el ceño ante el dolor, pero no cedió espacio alguno–. ¿Por qué demonios no confías en mi Yagami? – Preguntó con un tono enervado, casi dolido. No sabía cómo tratar con Iori, se sentía frustrado, confuso, preocupado y sobre todo muy enojado. No conocía otro método que no dispusiera de la fuerza para hacerse escuchar por el pelirrojo. Siempre se habían solventado de esa manera.
Miró a Iori directamente, sus ojos rojos no mostraban tregua alguna. ¿Qué era lo que quería decirle? Se preguntó. ¿Qué lo sentía por actuar como un inseguro chiquillo frente a lo que no debió tener importancia? ¿Qué le preocupaba mucho y que no le perdonaría el arriesgarse solo? Por qué demonios estaba mezclando una cosa con otra. Pensó irritado. Iori tomó con delicadeza la mano de Kyo, la fuerza aplicada le generó dolor al castaño.
– Qué demonios quieres de mi Kusanagi. – Espetó el pelirrojo, retirando lentamente el contacto de Kyo sobre su herida.
– No lo sé. –espetó Kyo permitiendo a Iori retirar su mano, pero sin ceder su posición. Se sentía sofocado–. No se cómo lidiar contigo Yagami. No se cómo hacer esto. –habló con la cabeza gacha. Iori soltó la mano de Kyo–. Me importas, y si, es mi maldito problema. Porque temo por tu maldita vida. Porque quiero saber qué piensas…quiero entenderte maldición. Quiero que confíes en mí y cuentes conmigo para mierdas como estas…– Habló alto, con torpes palabras cargadas de emoción y rabia. Palabras honestas y escupidas sin cuidado. Iori suspiró recordando la febril ebriedad de Kyo en el estudio de Alexander; enojado y desinhibido. Aunque ahora estaba seguro que no era el alcohol el que hablaba.
Deslizó la mano derecha hasta el cuello de Kyo enredando los dedos en sus cabellos castaños y atrayendo la cabeza de este sobre su hombro libre. Posó la mejilla entre los mechones desordenados y escucho la respiración del Kusanagi regularse tras varios segundos en silencio. Sus corazones palpitaban acelerados por la cercanía.
– Estoy bien. No es nada serio. – Habló con suavidad. Comprendía bien el temor de Kyo. Sabía bajo que peso caminaba el castaño por aquel sendero que no pidió en ningún sentido. Pero aun así le era imposible no impacientarse con ese idiota Kusanagi.
Kyo se irguió rodeando la mano de Iori con la suya, hasta que ambas reposaron a la altura de su cuello.
– Déjame curar tus heridas. – Puntualizo ya con triste serenidad.
– Eres terrible en eso. – Respondió Iori con una sonrisa leve y cansina.
– No te busques más heridas de las que tienes Yagami. – Acotó Kyo molesto. Ambos sonrieron incómodos sabiendo que ahora sus comentarios no terminaban en agresiones.
Kyo desabrochó con delicadeza cada botón de la camisa granate de Iori, retirando los parches oscuros y pastosos de tela plegada a la piel. La deslizó a los lados apreciando la desnudez pálida, contrastante con la sangre.
– Lástima. Era una bonita camisa. – Dijó Kyo despreocupado.
– ¿Te parece? – Agregó Iori con tono provocador.
Kyo ignoró el comentario enfocándose con seriedad en las heridas. Limpiando y vendando primero el alargado corte en el brazo. Aplicando crema en la quemadura auto infligida cerca al cuello, mientras daba un gesto de desaprobación en el proceso. Finalmente se centró en la herida abierta del hombro, que aun sangraba por momentos.
Disfrutó la tensión muscular de Iori ante el ardor del medicamento y envolvió con delicadeza el hombro, cruzando las vendas por el torso y apretando lo suficiente para presionar la herida. Antes de finalizar el vendaje admiró un momento de su buen trabajo, discurriendo casi inconsciente las manos a través del pecho desnudo del pelirrojo. Sintiendo su piel tibia, levemente humedecida por el sudor.
Percibió la mirada carmesí de Iori que lo había observado en silencio todo ese tiempo. Su expresión lujuriosa pero calma. Evadió su propia excitación repentina y jaló la venda para asegurarla, pero la mano de Iori ya se había extendido hasta tocar su rostro, deslizando los dedos hasta su cuello y enredándolos en el cabello del castaño una vez más, con una atracción brusca.
El beso fue inminente y apasionado, con una respuesta automática de Kyo, el cual sometió al pelirrojo bajo su peso. Sus bocas de lenguas danzantes se exploraron con urgencia hasta que Iori giró con fuerza, revirtiendo la posición. Kyo sintió un leve pánico al recordar lo que habían hecho allí la noche anterior y la promesa de Iori de finalizar el acto completo en la siguiente ocasión. Aquel temor se mezcló indiferenciado con el intenso deseo de poseer a Iori. El pelirrojo bajó la lengua húmeda por el cuello de Kyo y este ciño su espalda con fuerza, apreciando como las vendas del hombro caían por el movimiento y una mancha oscura, dejaba discurrir rebeldes gotas de sangre.
– Estas herido. No deberíamos hacer es…– Habló con cierto estupor, pero Iori lo silencio con un beso invasivo.
– No es nada. – Susurro el pelirrojo lamiendo la oreja de Kyo y disfrutando el estremecimiento que esto causo en el castaño. Kyo retomo con ahínco el contacto tras la sensación explosiva, deseando herir a Iori en el acto. Desequilibró al pelirrojo posicionándose sobre él en un movimiento agresivo. Se besaron una vez más con pasión desbordante hasta que Kyo notó la prominente mancha de sangre sobre la sabana.
Se detuvo jadeando sobre Iori. Lo quería dentro de sí y a la vez deseaba estar dentro de él. Gruñó avergonzado ante aquel pensamiento indecente, aquella ansia incontrolada.
– Es suficiente. Estas sangrando…– Habló con la intención de levantarse, pero Iori se lo impidió, atrayéndolo nuevamente hacía si, revirtiendo la posición ventajosa.
– Eso no lo decides tú, Kusanagi. – Refutó agresivo presionando entre las piernas de Kyo con su cadera, mientras el hombro casi desvendado, sangraba dejando hilos de sangre sobre la piel. El castaño sintió como la rigidez de ambos presiona casi dolorosa.
Un sonido en la sala los detuvo un momento y ambos observaron en dirección a la puerta cerrada de la habitación. Las voces de Benimaru y Kaoru se alzaron ininteligibles al acercarse a la sala. Iori deslizó su mano por el vientre de Kyo hasta ingresar bajo su pantalón, sintiendo la excitación del castaño ceñirse sobre la tela de su ropa interior.
Kyo dio un respingo sonrojado y le prohibió a Iori proseguir. Encanalizado y enojado, alejó la mano del pelirrojo de un tirón, sintiendo su erección latente. No iba a hacer nada teniendo a su amigo y a la prometida de Yagami tras esa maldita puerta.
– Tu cuerpo es más sincero que tú, Kusanagi.
– Cállate. – Gruñó Kyo apartándolo de sí. Iori sonrió molesto permitiéndole escapar, limpiando los surcos de sangre con las vendas desmarañadas mientras Kyo se acercaba a la puerta organizando un poco su ropa desordenada.
Intento escuchar a través de la puerta pero al no percibir nada, la entreabrió con suavidad para no llamar la atención. Consideraba la posibilidad de salir de allí sin ser visto.
Vio a Kaoru y a Benimaru silenciosos, muy cerca el uno del otro en el corredor a espaldas del sillón. El rubio tocaba con delicadeza la mejilla acalorada de la chica en un gesto digno de un Play Boy. La joven retrocedió anonadada hasta chocar contra el sillón y Benimaru se acercó con una seriedad incitante, ciñéndose un poco a la chica. La joven que parecía haber descubierto un nuevo tono de piel rojizo, cerró los ojos nerviosa, pero sin oponerse a la cercanía.
El rubio acercó el rostro al de ella, apreciando a través de sus cabellos negros, el estuche blanco de un bajo Fender y detuvo su avance. Posó el rostro sobre el hombro de la chica sintiendo su delicado aroma floral mezclado con el amaderado olor del licor que había bebido. Pensó entre la ebriedad la clase de locura que había estado a punto de hacer y con Iori en el departamento. Susurró un "lo siento" a la joven y se irguió discurriendo su cabello hacia atrás, ensanchando una sonrisa encantadora.
– Es mejor que descanses. –expreso con voz apenada y se extrañó ante la mirada dubitativa de la chica–. Es tarde creó que dormiré en el sillón. – Acotó desviando la vista, controlando el impulso que lo instaba a continuar.
Kaoru asintió nerviosa aterrizando la situación, sin palabras, retrocediendo en dirección a su habitación.
– Buenas noches. – Dijo con voz casi inaudible y se retiró presurosa, cerrando la puerta tras de sí.
– ¿Sucede algo? – Preguntó Iori al ver que Kyo continuaba en la puerta sin moverse. Kyo sonrió divertido y cerró la puerta con delicadeza, dejando a Benimaru solo, recostado sobre el espaldar del sillón, cubriéndose el rostro con una mano mientras el cabello le caía desordenado sobre los hombros. Todo un gesto contrito de culpabilidad.
– Nada. Creo que no poder salir de aquí. – Espetó molesto en voz baja.
– ¿Entonces piensas continuar lo que dejamos a medias? – Indagó Iori con sonrisa lasciva. Arrancando las vendas restantes, ya manchadas. Kyo lo miró resentido, sabía que lo estaba provocando adrede. Se acercó hasta Yagami que yacía sentado al borde de la cama y arrastro nuevamente el kit de primeros auxilios, tomando vendas limpias.
– Hay que curar nuevamente la herida, idiota. – Dijo dominante en voz baja, limpiando la copiosa sangre y enrollando una nueva venda en silencio.
Iori cerró los ojos sintiendo el cálido tacto de las manos de Kyo, mucho más brusco en esta ocasión. Quería centrarse en él y sosegar completamente el ulular de voces que lo atacaban ante la cercanía del Kusanagi. En el contacto anterior de sus cuerpos, la excitación y el deseo habían aplacado los rugidos que exigían la sangre del castaño, diluyéndolos paulatinamente entre sus propios deseos, que urgían por poseerlo. En esta ocasión no había diferencia, pero ver su deseo transmutado en un anhelo de sangre, le excitaba. Y saber que eran las voces Orochi las que influían en ello, lo enfurecía.
Kyo apretó con ahínco el vendaje y finalizó la curación por segunda vez.
– Ya vas aprendiendo. – Acotó Iori resistiendo la pulsión de tocarlo mientras las voces lo instaban a herir al castaño.
– Se más de lo que imaginas. – Respondió petulante. Iori sonrió con desdén.
Kyo ingresó al cuarto de baño y se lavó exhaustivamente las manchas de sangre. Al ver las heridas que le recordaban la sangre derramada por su padre y temer por la vida del maldito bastardo que no parecía importarle ni un poco su seguridad, le invadió un sosegado temor. Se estregó con renovada intensidad mientras el tinte rojo discurría por el lavado. Sintió un enorme desasosiego ante los giros que pudiesen acaecer sobre ellos, sobre todos los que ahora eran. Respiró profundo diluyendo esa sensación, viéndola reemplazada por Iori, por su nueva y liada relación.
Salió a la habitación y apreció como el pelirrojo reposaba apacible con los ojos cerrados sobre el almohadón. Se acercó con cautela, dudando. Dormir con Iori de manera casual bajo esos nuevos términos entre ellos, le revolvía algo por dentro. Un orgullo perdido, un paso más allá en la perdición, pensó divertido ante el melodrama de lo simple que era la cuestión.
– Ya puedes estar casi seguro de que no intentare matarte mientras duermes. ¿No Kusanagi? – Preguntó Iori con tono socarrón, sin moverse. Kyo bufo molesto en respuesta y se acostó sin más cuestionamientos en el lado que daba al ventanal.
Ambos compartieron el espacio en silencio, sin tocarse. Kyo reparó en lo difícil que seguía siendo para ambos compartir momentos de calma y lo natural que les era ocultarse problemas. Cuando miró a Iori, después de mucho rato de no conciliar el sueño, este yacía profundamente dormido. Se notaba agotado. La sangre que había perdido no había sido poca.
Rozó el hombro de Iori, cruzando por la herida cerca al cuello para finalmente subir hasta su mejilla y discurrir los cabellos desordenados. Apreció el rostro calmo de rasgos severos a pesar de estar dormido, sintiendo una calidez tenue en su pecho. Dejó caer la mano hasta posarla sobre las sabanas tibias. No quería razonar aquel sentimiento que Iori despertaba en él. No quería nombrar nada de lo que había entre ellos y especialmente, no deseaba pensar en cómo acabaría todo.
Ambos hombres durmieron a pocos centímetros sin hacer contacto.
El castaño caminó aperezado fuera de la habitación, el amanecer era muy reciente y el alba ya filtraba visos lila en el cielo. Vio a Benimaru recostado en el barandal del balcón, fumando con la puerta abierta. El frío de la mañana ingresaba indemne a la casa. Dudó por un momento. Había dormido poco y no estaba de humor para considerar salir de allí sigilosamente, como si su presencia en el lugar fuese algo malo. Hizo caso omiso de la cuestión, después de lo sucedido en el bar le cansaba la idea de ocultar algo tan obvio para Nikaido. Aquella estupidez en el Illusion no se repetiría.
– Es raro verte fumar. – Habló Kyo desde el dintel hasta posar los brazos en el helado borde metálico del balcón. Benimaru hizo un gesto de ofrecimiento sin sorprenderse mucho ante la presencia de Kyo, el castaño se negó. Apreciaron con calma el amanecer entre los sonidos incansables del exterior. La vida urbana siempre en movimiento.
– No sabía que ya dormías con Yagami. – Espetó Benimaru con dejo cínico sin mirar al castaño. Aunque su cercanía mutua ya no se le volvía un hecho molesto, aun le era difícil pensar en ellos dos bajo esos términos. Dio una bocanada profunda al cigarrillo. Kyo hizo caso omiso al comentario, no le importaba, no de él, no si solo era uno.
– Bueno, yo no sabía que ya intentabas ese tipo de acercamientos con la joven Yagami. – Esbozo una sonrisa divertida ante la rigidez que se apodero del rubio.
– De que mierda hablas. Como puedes creer que me voy a interesar por una chiquilla de una familia demente como la Yagami. Y menos si es la prometida del psico mayor. – Refutó casi nervioso, a la defensiva. Kyo rio por lo bajo y el rubio irritado, al verse cayendo en la provocación, lanzó la colilla al vacío y entró a la sala.
En la mesa central reposaban un par de pocillos con té humeante, unos que no estaban allí minutos antes. Kaoru daba la espalda a la barra desde la cocina, depositando la tetera humeante en un costado del mesón, alargando aquella simple acción para no mirarlos.
Había escuchado las palabras del rubio y aunque lo considero justo y conveniente, no comprendía por que se sentía decepcionada, casi dolida. Era su culpa por pensar en cosas erradas e innecesarias.
– Creo que se lo has dejado muy claro. – Acotó Kyo tomando uno de los pocillos alargados y bebiendo de él. Benimaru suspiro cansino y gruño un "cállate" resistiendo la necesidad de disculparse con la chica sin razón alguna. Ya luego hablaría con ella a solas y pensaría que decirle.
Iori salió fuera de la habitación en medio de un bostezo corto. Lanzó a Kyo un móvil que este atrapo ágilmente en el aire.
– Tu maldito celular estaba sonando. – dijo resentido.
– He Yagami, te extrañamos en la velada. – Sonrió socarrón el rubio, pero abandonando el tema al detallar los vendajes en el cuerpo del pelirrojo. No se atrevía a preguntar, pero los detalló con extraña desconfianza. ¿Había estado luchando?
– Dudo que quieras saberlo Nikaido. – Dijo Yagami leyendo la expresión del rubio. Había cierta descarada jocosidad en su tono de voz, acompañada con una mirada rápida y atrevida en dirección a Kyo. Benimaru observó escandalizado al castaño, ante la clase de intimidad que podía existir entre ellos dos.
– NO, definitivamente no quiero saberlo. – Puntualizó rehuyendo al tema y tomó asiento en la poltrona. Kyo tenso las mandíbulas en un gesto contrito, mientras el pelirrojo avanzaba despreocupado en dirección a la cocina. El maldito infeliz era un experto evadiendo indagaciones.
El teléfono vibró entre sus manos. Deslizándose sobre la pantalla la palabra King. Kyo respondió con amabilidad, apartando la cuestión y evadiendo las miradas cuestionantes de Benimaru, quien parecía no superar la escena.
– Hola Kyo. –sonó la voz ronca de la mujer. Parecía haber despertado recientemente por la languidez en sus palabras–. Amelie me ha llamado. – Bostezó de repente.
– Lo siento…Amelie, me comento que le era imposible reunirse con ustedes mañana. Según ella deberían verse hoy mismo y por la emoción en su voz, parece ser algo urgente. Te enviare más tarde la ubicación y la hora para que estés atento a ello. Supongo que no tienen problema con reunirse hoy ¿O sí? – Preguntó con tono perezoso.
– No. Estaremos atentos a tu llamada. – Puntualizó enérgico. King asintió bajo otro bostezo. Colgó la llamada emocionado, algo empezaba a girar a su favor.
Apreció como Iori se acercaba a la chica con cara de pocos amigos, diciéndole algo con aire dominante. La joven en vez de reaccionar indignada, sonrió con dulzura y entregó en las manos del pelirrojo un té caliente, con humo danzante. La expresión de Iori se suavizó de repente con agrado y la joven se vio complacida ante aquel cambio de humor.
Benimaru y Kyo Kusanagi observaron la escena en silencio. Dentro de ambos hombres se revolvió de repente un gran recelo.
