Shizuka cruzó presurosa el jardín que daba al gran salón. Un sirviente le había informado que la sacerdotisa Kagura estaba en una reunión extraordinaria con los monjes Kusanagi. Al parecer en su ausencia habían estado discutiendo varias cuestiones respecto a Kyo.
Entró sin mediar palabras y se acercó al centro del salón, donde todos parecían pensativos con un té ya frío. Miró a los presentes y ordenó salir a todos los que no fueran la mujer y los viejos monjes Kusanagi.
Los jóvenes Kagura y aprendices Kusanagi se retiraron tras una reverencia y los restantes la observaron entre extrañados y expectantes.
— ¿Sucedió algo, mi señora? — Preguntó uno de los monjes con cordialidad.
— Si...hay alguien que asegura poder ayudar a mi hijo. Y estoy dispuesta a probar lo que sea necesario. —miró a los monjes—. Así que no importa que puedan percibir en esa persona, no dirán nada, ni se interpondrán. — Puntualizó con total seriedad. Los hombres la miraron algo confusos.
— Esa persona… ¿Sabe que sucede con el joven heredero? — Preguntó la sacerdotisa Kagura.
— Si. Y se ofreció a ayudarlo...pero no es alguien grato para el clan Kusanagi y necesito su total confidencialidad sobre el asunto. —miró a los ancianos con expresión casi suplicante—. Necesito saber que puedo confiar en ustedes. En este momento, con el conflicto que tenemos encima, sería desastroso que alguien fuera de nosotros sepa que esa persona estuvo aquí. — Agregó con una dócil autoridad.
— Si, claro que puede confiar en nosotros señora Shizuka. Nuestra mayor preocupación radica en el estado del joven líder. Si eso puede ayudarlo, podemos mantener a raya a los demás monjes. — Expresó con comprensión el más viejo.
— Gracias. Ahora necesito que vayan con los rastreadores. Deben estar fuera de esta casa cuando esa persona llegue. —hizo una pausa sacando un pequeño retazo de madera con el símbolo Kusanagi—. Entreguen esto a Shigeo. Díganle que necesito que los movilicen para investigar algo. Dejó la ubicación de la investigación a su criterio. No importa a donde los manden. Solo saquenlos de la prefectura. — Puntualizó extendiendo la mano con el símbolo de la casa del sol. Los tres hombres asintieron y se retiraron.
Shizuka los acompañó a la salida del salón prometiendo mayores explicaciones a su regreso y aseguró las puertas ordenando a los sirvientes de afuera que se retiraran y que nadie más ingresara.
La mujer Kagura la observó pacientemente.
— Supongo que va a decirme quien es aquella persona misteriosa que sabe que le sucede al espíritu del joven Kusanagi. — Habló la mujer cuando Shizuka regresó.
— Iori Yagami...él ha estado al tanto de todo esto. — Habló Shizuka cansina tomando asiento. La sacerdotisa la observó sorprendida.
— Esto es más que arriesgado señora Kusanagi. ¿Cree usted que sus hombres sean capaces de tolerar en su territorio la presencia de una de las cabezas del clan que tanto odian? — Preguntó la sacerdotisa con templanza.
— No...no lo harán. Pero, aunque tal vez puedan sentir en el a Orochi, no tienen cómo saber quién es. No si los rastreadores que tanto le han buscado, no están aquí.
— Entiendo. Aún así es delicado, hay varias esencias en este momento en su hijo. Y creo que la suya...es una de ellas. Sus monjes podrían saber quien es si lo perciben cerca de Kyo. — Agregó la sacerdotisa y Shizuka la miró confusa.
— ¿Usted sabía que mi hijo tenía una conexión espiritual con ese hombre…? — Preguntó Shizuka expectante.
— Oh, no me mal interprete Señora Shizuka. No sabía a quién pertenecía aquella esencia. Aunque pude reconocer los matices de Orochi en la misma. Supuse que eran ecos del ritual que le hicieron a su hijo, alguna marca Yagami. Pero tras escuchar lo que acaba de decirme, ha quedado muy claro para mí a quien pertenece. —hizo una leve reverencia—. Lamento no haberlo dilucidado antes. Los trazos de energía rezagada son diferentes a un manar activo. No tengo modo de definir de donde provienen o ya habriamos encontrado al poseedor de la sombra que bloque a su hijo.
Shizuka asintió con delicadeza un poco mas tranquila.
— Él mencionó un poderoso espíritu que pactó con los ritualistas que atacaron a las tres familias del sello...y a la pequeña Yuki. —habló pensativa y miró como la sacerdotisa perdía algo de su calma habitual—. ¿Sospecha usted de que se trata todo eso? — Aventuro Shizuka mirándola.
— Me temo que no. —respondió La sacerdotisa recuperando la expresión impávida—. Es muy pronto para especular. ¿Le dio detalles?
— No, pero espero se los dé a usted cuando lo vea. Y usted a su vez los comparta conmigo. — Puntualizó Shizuka.
— Así será señora Kusanagi. —hizo una pausa la sacerdotisa y se levantó del zabuton—. Permítame encargarme de infiltrar al señor Yagami. Lo haré pasar como uno de los miembros del clan Kagura. Eso nos facilitara que se acerque a su hijo sin levantar sospechas. Por lo menos entre quienes no puedan percibir su esencia. — Puntualizó.
— Es usted una mujer perceptiva. — Habló Shizuka con un poco de alivio, levantándose a su vez. La sacerdotisa sonrió suave.
— Deseamos lo mejor para nuestros clanes tras la terrible pérdida de nuestros líderes. Sabe que su hijo cuenta con nuestro apoyo. —la mujer hizo una última reverencia de despedida—. En dos horas tendré todo listo. Esperare por él en el hotel donde se hospedan mis aprendices. Espero no haya problema con que ingrese acompañada a tan altas horas de la noche. — Agregó.
— Eso lo definire yo. No te preocupes, solo estén aquí lo más pronto posible.
La mujer asintió y abandonó el salón.
Shizuka la observó. Todo eso le gustaba tanto como tener a la familia especulando contra Kyo. Pero se convenció a sí misma de que si era la única salida. La tomaría sin dudarlo.
Iori apagó el cigarrillo y al intentar sacar el siguiente vio la cajetilla vacía. Maldijo ansioso y se levantó de la banca tras incinerar el paquete, lo cual hizo que dos transeúntes cercanos se apartaran algo sorprendidos.
Las luces decorativas de la metrópolis insaciable le cubrían la vista, llenándola de estrellas artificiales y frívolas. El sonido incesante de voces en su entorno parecían ocultar bien sus propios susurros, ya menos caóticos.
Sentía la cabeza ligera pero el corazón pesado. Y el palpitar tenue de Kyo se le hacía insoportable. Era como si su existencia se deshiciera entre sus dedos si poder hacer nada.
No tenía certeza de cómo ayudarlo y eso le generaba un extraño miedo que se revolcaba en su interior. Mentirle a la madre no era difícil, pero mentirse a sí mismo era imposible.
No sabia que hacer, pero lo descubriría al ver a Kyo. Solo ver como se encontraba sería suficiente...
Giró a un costado y luego a otro, sentía que el tiempo transcurría demasiado lento. Volvió a tomar asiento y respiró profundo, Mai y Benimaru habían ido por unas bebidas, aunque él lo único que deseaba eran cigarrillos.
Si demoraba demasiado todo lo programado, terminaria por meterse a la fuerza a esa maldita casa.
— Eh ¡Yagami!
Giró algo hosco ante el llamado. Mai y Benimaru se acercaron con un celular en la mano y una sonrisa cómplice.
— Prepárate para entrar e intenta no alborotar el avispero. — Habló Benimaru al acercarse.
— Debes ir a este hotel. —le señaló Mai la pantalla y Iori tomo el dispositivo analizando la ubicación—. Habrá una sacerdotisa Kagura esperandote. Al parecer van a infiltrarte como uno de sus miembros. — Apuntó Mai con una sonrisa complacida.
— Eso suena bastante bien. Intenta no dañar esa coartada tan prometedora. — Anuncio Benimaru cruzando los brazos. Mai puso en uno de los bolsillos de la gabardina de Iori una cajetilla nueva de cigarrillos.
— Espero ya no los necesites. Ahora podrás ver a Kyo. —susurró con complicidad—. Ayudalo Yagami. Estaremos esperando por ti.
Iori los observó un instante, serio, sin asentir. A pesar de su trato poco amable, se notaban sinceramente preocupados por Kyo, e incluso por él. Tal vez si habría existido un desenlace diferente para Kyo, de haber contado con ellos desde el principio.
Asintió con lentitud repasando la ubicación y abandonó la plaza luminosa y abarrotada en busca de su auto.
Extendió los brazos a través de las mangas largas, sedosas y pesadas del traje ceremonial. Apretó la cintura y deslizó un segundo chal con el símbolo Kagura a su espalda. Siempre tan formales y tradicionalistas, pensó Iori analizando su figura firme ante el espejo.
Acomodo una cobertura para el cuello y una capucha blanca que le ocultó toda la cabeza y parte del rostro. Dejando al descubierto sólo sus ojos.
— Tienes rasgos muy particulares Iori Yagami... — Entono una voz femenina tras él al cerrar la puerta. Iori miró el reflejo de la sacerdotisa Kagura en el espejo. Una mujer alta de cabellos largos, oscuros y entrecanos. Mantenía un aire algo juvenil, aunque sus palabras siempre rayaban en una constante decencia muy común entre la gente mayor. Sus rasgos le recordaban mucho a Chizuru, aunque había una gran diferencia en su rostro inescrutable de sonrisa fácil.
Había sido lo más sincero posible al contarle lo sucedido con Ankoku. Aunque había omitido muchos detalles importantes de como se había enterado y del íntimo vínculo que tenía con Kyo. Le había compartido todo lo que consideró necesario. Incluso le habló sobre algunas sospechas que no había compartido con el castaño. De la posible conexión espiritual que había establecido el Yokai con el poder de las reliquias dentro de ellos, y cómo de alguna manera eso pudo haber ligado a Kyo al momento en que destruyó el Hokora.
— ...una mirada bastante feroz, y del color de la sangre. Casi cualquier Kusanagi podría reconocerte solo por eso. Tu fama te precede. Creo que necesitaremos algo más que el traje de los aprendices Kagura para mitigar tu apariencia. — Agregó la mujer dejando un pequeño recipiente con lentes de contacto sobre la mesa de la habitación. Y se acercó con parsimoniosa elegancia hasta el traje que portaba el pelirrojo, organizándolo y amarrandolo de manera adecuada.
— El vínculo que tienes con Kyo Kusanagi es extraño, muy inusual. Creo que es la primera vez que se gesta tal conexión entre dos herederos de las reliquias. —comentó la mujer pensativa sin mirarlo, pero sabía que lo estaba sintiendo a su manera—. Hmm, el hecho de que supieras mas que yo sobre Ankoku y los Kagura exiliados, ha sido casi insultante. Supongo que es algo que hablaré con los viejos sacerdotes del clan cuando tenga la oportunidad...tal vez deba hacerlo con cierto anciano en especial. — Agregó con agudeza la mujer, viéndose reflejada en los ojos rojos de Iori. Este guardó silencio sin inmutarse.
Las sospechas que tuviera ella sobre su propio clan lo tenían sin cuidado.
Cortó el contacto visual con desenfado y giró parte del cobertor del cuello y organizó la capucha.
— Igual te agradezco la sinceridad parcial. Conocer la fuente del problema nos da una gran ventaja para mantener estable a Kyo Kusanagi. Aun así, no se si pueda lograrse lo que aspiras. Romper una conexión realizada voluntariamente por el portador...no es viable. Y lo sabes. — Acotó la sacerdotisa.
— Ese maldito espíritu tendrá que responderme. No permitiré que se siga alimentando de Kyo. —Respondió Iori alejándose del contacto de la mujer y tomando los lentes de contacto—. ¿Cómo estás tan segura de que fue voluntario? — Preguntó deslizando el lente en su ojo izquierdo.
— En el combate por el liderazgo del clan Kusanagi. — Explicó la mujer con tono calmado y Iori giró. Su mirada enojada y heterocrómica la recorrió.
— ¿Combate por el liderazgo? — Preguntó el pelirrojo cortante.
— El líder Kusanagi tomó varias decisiones que afectaron al clan. Y esto terminó por sembrar dudas sobre sus capacidades para liderar a los Kusanagi. Es todo lo que puedo decirte al respecto. —explicó la sacerdotisa tomando asiento con elegancia en la única poltrona del cuarto—. Cuando el combate avanzó, el joven Kusanagi ya usaba su fuego de manera muy limitada, pero fue cuando percibí aquella esencia, Ankoku...que el joven Kusanagi perdió totalmente el control...y casi termina incinerado por su propia energía. — Puntualizo con lentitud observando interesada como Yagami se tensaba y fallaba poniéndose el otro lente ante aquella afirmación.
Iori gruño por lo bajo y ubico con éxito el lente al segundo intento.
— Es curioso el interés que tienes por ayudar a Kyo Kusanagi. Casi podría asegurar, que te ves genuinamente preocupado...— Aventuró la mujer analizando al pelirrojo.
— No es de tu incumbencia...—cortó Iori con sequedad—. Veo que todas las Kagura son bastante entrometidas. — Anexó posicionando la última tela. La mujer bufó desaprobadora.
— Esa no es manera de referirse a los difuntos jovencito. — Aseveró acercándose y organizando de manera adecuada la ultima prenda. Le dio un vistazo rápido y sonrió con delicadeza.
— Perfecto, ahora pareces solo uno más de los nuestros. Si no pueden sentirte, pasarás desapercibido y podrás acercarte a su heredero sin sospecha alguna. Claro está si no haces nada extraño. Mis aprendices son muy respetuosos y condescendientes. Tenlo en cuenta. — Puntualizó la sacerdotisa palmeando suavemente un hombro y salió de la habitación.
— Sígueme, partiremos ya mismo. El tiempo del joven Kusanagi es muy limitado. Espero encontremos la manera de cumplir esa promesa que le hiciste a su madre.
Iori salió sin más palabras de por medio. Se reunieron en el lobby con otros otros dos miembros del clan, mientras el tercero observaba desde la sala de estar, con curiosidad, al usurpador de sus ropas.
Viajaron en un auto dispuesto por los Kusanagi y tras unos minutos, que Iori considero eternos, llegaron a la casona Kusanagi, a la cual les permitieron ingresar sin mayor inconveniente.
Era la primera vez que Iori pisaba territorio Kusanagi en calidad de invitado. Y le divirtió un poco ver la amabilidad del personal. Personas que si supieran quien era, estarían intentando matarlo en ese preciso instante.
Cruzaron por el pasillo central hasta un salón amplio de puertas abiertas. Los símbolos dorados del sol eclipsado colgaban impolutos en los extremos, y en el centro yacía Shizuka Kusanagi con tres ancianos que portaban el emblema de los Kusanagi en su ropa. Ambos lo observaron directamente con rigidez.
No saben quien soy pero pueden sentirlo...pueden percibir a Orochi, pensó Iori sonriendo bajo la tela que cubría su rostro. Mantuvo la misma calma y postura de los otros dos jóvenes. Estos hicieron una reverencia ante Shizuka y los ancianos, menos él, que compartió en silencio la mirada intensa y penetrante de la madre de Kyo, mientras la sacerdotisa saludaba y completaba el protocolo de entrada.
— Lamento traer mi compañía tan tarde en la noche señora Shizuka. Intentaremos algo nuevo que podría ayudar a su hijo. — Habló la sacerdotisa con tranquila frialdad, anunciando sus intenciones, consciente de los sirvientes y guardias cercanos. Después de tantas sucesos internos, no confiaba mucho en el personal.
Shizuka asintió y Iori siguió a la sacerdotisa por unos pasillos externos que rodeaban un jardín perfecto y completamente blanco. Sumergido en una leve niebla nocturna, congelado como una fotografía para exposición.
Avanzó acercandose a las escaleras de piedra y apreció como en el centro se erguía un cuarto amplio de arquitectura más ornamentada. Varios talismanes ondeaban de los bordes del techo nevado. Apreció como dos de las cuatro puertas estaban abiertas a pesar del helado ambiente, y vertían una luz moribunda que bañaba de tenues rayos naranja la nieve circundante.
Una presión fuerte se plantó en el vientre y en el corazón de Iori. Al principio no lo había notado, pero con el paso del tiempo y su nueva cercanía, había logrado diferenciar entre la energía del castaño y el poder de la reliquia. Así que mucho antes de ver el cuerpo de Kyo, percibió su esencia. Debilitada y titilante como una llama expuesta a un tormenta; una compuesta de energía desbocada y destructiva, que buscaba devorarlo.
El pelirrojo olvido todo el protocolo y avanzó rápido adelantando la sacerdotisa.
— Dejenme solo con Kyo. — Anunció subiendo las escaleras.
— Me temo que eso no es posible. Y mantén tus modales jovencito. — Respondió ella ordenando a los otros dos aprendices solicitar más talismanes con los ancianos. Tras lo cual subió y cerró una de las entradas, dejando solo una acceso abierto para no levantar sospechas.
Iori observó a Kyo un instante en que la ira y la angustia parecieron mezclarse indefinidas.
Kyo yacía inconsciente, respirando con levedad. Su piel pálida se detonaba enrojecida bajo la tela que cubría el pecho. Sobre él flotaban unas perlas azuladas y brillantes que parecían mantener a raya la temperatura de su cuerpo; que era tan alta, que mantenía el cuarto caliente a pesar del invierno.
Iori se acercó lentamente sin importarle la mirada que podía sentir a su espalda. Se arrodilló al lado de Kyo y extendió una mano haciendo contacto con la piel de su rostro. Las esferas azuladas titilaron un instante y Iori percibió como la piel de su mano empezaba a escarcharse.
Bajo su palma la piel de Kyo estaba muy caliente, y sobre su dorso el hielo quemaba de una manera distinta. Pero Iori ignoró la molestia y deslizó el tacto por el cuello del castaño hasta que levantó un poco la tela en el área enrojecida. Una marca brillante se reveló sobre el pecho.
La sacerdotisa intentó advertirle que no interfiriera con los sellos, pero se detuvo al sentir una reacción violenta en el débil equilibrio de Kyo.
De repente una de las lámparas de papel a un costado se elevó en una llamarada roja que consumió todo el recipiente y amenazó con incendiar el techo. Varios sellos alrededor de la habitación ardieron y algunos símbolos marcados se ennegrecieron. La mujer extendió las manos entonando un suave canto y nuevas esferas brillantes se dispersaron de su rosario y contuvieron la emanación.
La mano de Iori ardió roja durante un instante, aunque no lo lastimó mucho, y sintió la esencia del Yokai revolcándose dentro de sí. Como si lo atrajera la energía descontrolada del sol.
Kyo frunció el ceño y gruñó débilmente mientras su piel parecia enrojecer un poco. Iori retrocedió de golpe y maldijo.
— No... — Susurro enojado, confuso. Lo que menos queria era hacerle mas daño a Kyo. Esperó encontrar alguna señal. Pero solo vio a la mujer Kagura tanteando los cambios en Kyo y mirándolo fijamente.
— Está reaccionando mal a la conexión con el Yokai...dime que sientes tú? — Indagó pensativa manteniendo bajo control las emanaciones de fuego escarlata.
— ...es como si pugnara por alcanzar a Kyo...no. Por alcanzar la energía de la reliquia. — Analizó Iori, sintiendo una pulsión doble y creciente dentro de sí. Una dualidad que le incitaba a agarrar a Kyo y tomar todo de él. Retrocedió otro paso conflictuado. En ese instante era como si ambas criaturas dentro de si desearan lo mismo.
— El poder de las reliquias son una fuente extraordinaria de energía. Por esto sus cuerpos son incapaces de tolerar una emanación constante de las mismas. Si el espíritu de Ankoku está tan desesperado por consumirlas, debe ser porque su propia esencia está siendo absorbida por aquel pacto que lo ata. Tal vez si... — Miró a Iori con cautela sopesando las palabras.
— ¿Que? — Preguntó el pelirrojo con desconfianza. La mujer suspiró.
— Es peligroso, en especial para ti...no lo sé...
— Dilo de una maldita vez. — Espetó Iori impaciente.
— Hm...la energía del joven Kusanagi reacciona a ti. Por ser un portador, así sea parcial, del espíritu de Ankoku. El cual, por medio de la conexión parece estar bloqueando la curación espiritual del joven Kusanagi, y alimentándose cada que ustedes se lo permiten...pero el verdadero problema parece radicar es en la herida espiritual de Kyo. Es como si un dique se hubiese roto y debemos remediarlo pronto o ese exceso de poder que no deja de manar, terminará por matarlo...
— Solo dime que demonios tengo que hacer para evitarlo. — Apuntó Iori incapaz de aguardar más esa situación.
— Es solo una teoria, no puedo asegurar que funcione y es muy arriesgada para ti. ¿Estás seguro de querer intentarlo? — Preguntó la mujer separando las perlas flotantes, dejando que la piel de Kyo se enrojeciera un poco más. Iori asintió sin dudarlo.
— Dime que hacer.
— ...bueno, para poder controlar ese derrame de energía, debemos contenerla detrás de la grieta. Considero que podríamos usar al espíritu de Ankoku para que se alimente de tanta energía como desee y haga que la emanación descontrolada del fuego Kusanagi quede de nuevo tras la grieta. Esto por supuesto no le quitaria a Kyo la conexión con el Yokai. Pero lo regresaría a un estado anterior, donde sin uso del fuego no tendría problemas para vivir...lo cual nos daría mucho más tiempo para descubrir cómo liberarlo de ese vínculo. Pero...— Dudo un momento en el cual su porte de constante calma parecía estar decayendo. Se denotaba algo nerviosa.
— Pero…
— Eso implica repetir lo que sucedió aquella noche. Alterar la energía Kusanagi. Dejar que fluya caótica mientras el Yokai se alimenta. Y eso es algo en lo que no tenemos ningún control, como tampoco sabemos de las consecuencias que pueda generar en tu cuerpo al ser el receptor directo de dicha energía. Deberás resistir por lo menos hasta que el Yokai reduzca de manera sustancial el desborde que amenaza el bienestar del joven Kusanagi...— Puntualizó la mujer sinceramente preocupada por Iori.
— Entonces la finalidad es usar al maldito Yokai como una sanguijuela espiritual, y hacerlo podría matarme y quemar todo este lugar mientras lo hago...hmm, usas demasiadas palabras. — Acotó Iori con una sonrisa cansina. La mujer lo observó detenidamente.
— Mis aprendices y yo nos encargaremos de controlar que no queme todo el lugar. Pero…¿Está dispuesto a arriesgar su vida el heredero Yagami por ayudar justamente a Kyo Kusanagi? Si te arrepientes en el último momento, con seguridad sería algo fatal para él...y dudo que tu o yo salgamos vivos de esta casa tras asesinar a su heredero. —
Shizuka se tenso ante las últimas palabras. Tras despachar los vigilantes de la zona para evitar incidentes, se había situado a un costado del camino sigilosamente, escuchándolos hablar. Aún no comprendía bien qué era esa criatura llamada Ankoku, aunque entendía que Iori Yagami si podía ayudar a su hijo. Pero aquello...sonaba demasiado arriesgado, tenía que haber otra forma.
— Eso no me importa Kagura. Haz tu parte, yo no me separare de Kyo hasta que esté seguro. — Respondió irritado. La mujer sonrió con tristeza.
— Chizuru siempre decía que eras el más sincero de los tres portadores, aunque no lo pareciera. — Habló en tono suave y Iori bufó molesto.
— Suficiente pérdida de tiempo. Empecemos.
— No...tiene que haber otro modo. —los interrumpió Shizuka entrando apresurada—. Es demasiado arriesgado para Kyo. — Puntualizó con nerviosa autoridad. La sacerdotisa la miró algo sorprendida por la repentina aparición. Iori solo posó su atención en Kyo.
— ...lo es para ambos señora. —habló con comprensión la sacerdotisa—. Pero su hijo está muriendo, y si no nos arriesgamos ahora, igual perecera. Solo que de manera más lenta...será inevitable. Eventualmente su cuerpo no soportará la energía desbocada de la reliquia. — Aseveró con la mayor docilidad posible en la voz.
Shizuka titubeó sin saber qué decir. Con todos los deseos de oponerse pero incapaz de ver otras posibilidades.
— No hay tiempo para esto. Ve por tus malditos aprendices y empecemos. — Ordenó Iori a la sacerdotisa y está suspiró de nuevo desaprobatoriamente. Esos condenados modales.
La mujer tomó del hombro a Shizuka Kusanagi y le pidió acompañarla. No comprendía la extraña cercanía que parecía tener Iori Yagami a su enemigo acérrimo, pero sintió necesario darle un instante a solas antes de aquella arriesgada evocación que planeaban hacer.
Shizuka Miró a Yagami y se resistió inicialmente pero tras Kagura asegurarle que no le pasaría nada a Kyo, cedió con desconfianza y ambas se retiraron del jardín.
— Ya que escuchó nuestra conversación. Le pido el favor de traer aquí a los sacerdotes Kusanagi. Debe mantenerlos alejados del centro, evitando que el fuego vaya más allá del jardín.. Si logramos esto, ellos deberan poner bajo control a Kyo de nuevo. ¿Me entiende? Deben volver a crear aquel bloqueo que le ayudó a mantener todo esto a raya antes.
Shizuka asintió aturdida, sabiendo que era inevitable lo que fuese a suceder. Avanzó en búsqueda de los monjes mientras sus manos temblaban y se sorprendió a sí misma, rezando porque Iori Yagami pudiese ayudar a su hijo.
Iori miró a Kyo detenidamente, su expresión durmiente parecía denotar algo de dolor. Se arrodilló junto a él quitándose las telas del rostro.
— Condenado idiota...aun estando tan lejos de mi terminas herido de esta manera...—susurró con delicadeza—. Esta vez seré yo quien cuide de ti Kyo. —agregó rozando los labios y la mejilla con su mano y posó su frente en la del castaño. El contacto ardió casi al instante—. No te atrevas a morir en mis manos Kusanagi. — Ordenó Iori en voz baja alejándose del contacto lentamente, apreciando la esencia de Kyo, incitando la conexión entre ambos, y percibiendo la reacción agresiva de la reliquia.
Los viejos monjes se ubicaron en tres de los cuatro extremos del jardín. Uno de los jóvenes Kagura cubrió el cuarto. Todas las puertas del pequeño templo estaban abiertas al helado exterior nocturno, y aun así dentro del lugar la temperatura continuaba siendo muy elevada.
La sacerdotisa había replegado todas las perlas de luz en la habitación y su segundo aprendiz yacía en la entrada principal reforzando los sellos del exterior.
Iori seguía arrodillado al lado de Kyo, viendo como el cuerpo del castaño empezaba a ceder a la alta temperatura entre los dos.
— Es hora...se fuerte Iori Yagami. — Habló la mujer en un volumen que solo él podía escuchar.
Iori deslizó las manos sobre el pecho de Kyo sin esperar un segundo más e hizo arder el sello brillante sobre su piel. La sacerdotisa anuló las inscripciones a en la habitación y disperso las perlas brillantes alrededor de ambos, como una especie de cúpula segmentada.
El calor se elevó a niveles imposibles de aguantar para una persona normal. La mujer contuvo la oleada inicial de fuego dentro del cerco de perlas y Iori se vio a sí mismo envuelto en llamas escarlatas. Kyo se contrajo en una mueca de dolor intenso, su cuerpo se cubrió en naranja y rojo.
Una capa de fuego violeta se extendió rodeando el cuerpo de Yagami, resistiendo las oleada de incesante escarlata.
Una voz grave como las profundidades del mar. Como un eco bajo en una caverna infinita, resonó dentro de Iori, vibrante.
Sintió casi de manera física como parte de sí se desprendía para entrar en Kyo. Percibió como sus sentidos se exaltaban y como todo en él se abría para darle paso a la energía Kusanagi que lo atravesó con violencia arrasando todo a su paso. Fluyó dolorosamente a lo profundo de aquella caverna, donde la criatura de oscuridad llamada Ankoku, devoraba todo lo que entraba.
El castaño arqueo la espalda y gritó. La energía lacerante del fuego bajó su intensidad considerablemente y Kyo se contrajo en una mueca de dolor. Sus ojos estaban abiertos y emanaba una luz dorada humeante, el interior de su boca también emitia luz dorada.
— Iori...— Le susurro la voz ronca de Kyo, sin verlo. Su apariencia parecía la de un elemental. Empezaría a consumirse si contenía más aquella energía.
Iori presiono los hombros del castaño manteniéndolo sobre el futón en llamas.
— ¡Kyo...maldición, no te resistas!. — Exigió completamente desesperado.
Kyo gritó por segunda vez al borde del colapso, perdiendo la razón. Y el fuego permeo a través de la protección de perlas de la sacerdotisa. La mitad de las esferas de luz se rompieron en pequeñas esquirlas luminosas y el fuego se abrió paso hacia el techo haciendo que parte de este estallara en llamas.
La cúpula resquebrajada de polvo luminoso y perlas agrietadas resistió y menguó la conflagración. Kyo empezó a ahogarse.
— ¡No! —gritó Iori exacerbado, desesperado—. ¡Detente Kyo! — Pero en respuesta hubo un ronquido bajo del castaño que se revolcaba bajo el contacto de Iori y otra llamarada estalló uno de los muros de madera, lamiendo el jardín y derritiendo el hielo a su paso.
Shizuka observó aterrada como su hijo era atenazado por Yagami que tenía gran parte de las ropas ardiendo y a cada uno de sus gritos una llamarada escarlata hendía la oscuridad.
Al instantáneamente fueron desviadas y apaciguadas por los monjes que entonaban un mantra con los ojos cerrados y las manos extendidas.
— Está redirigiendo la energía. ¡Detenlo! — Grito la sacerdotisa con el fuego lamiendo sus pies, pero sin moverse de su posición. Bloqueando la mayor oleada de llamas escarlatas con las esferas restantes.
Iori extendió las manos hasta atrapar el rostro de Kyo y traerlo hacia sí.
— Déjame ayudarte estúpido Kusanagi...por favor. — Le habló rápido temiendo perder su momentánea atención.
Kyo miró a la nada entre ellos, con sus ojos luminosos, sin conciencia de su entorno, incapaz de comprender lo que sucedía, pero de alguna forma sintiendo a Iori y reaccionado a ello. Protegiéndolo.
— Iori...no...— Susurró débilmente el castaño.
— No...no hagas esto Kyo...no te atrevas. — Le advirtió con rabia, sosteniéndolo con fuerza. Sintiendo su propia energía ceder cada vez mas y mas al fuego escarlata. Escuchando de manera ensordecedora las voces de Orochi.
Manteniendo dentro de sí, con una intensidad igual de abrumadora, la intención de salvar a Kyo y de matarlo al mismo tiempo. Orochi amenazaba con un disturbio imparable. Y no se lo iba a permitir.
Kyo extendió los brazos ciegamente intentando tocar algo que no veía, que ni siquiera lograba concebir y Iori lo abrazó con fuerza.
— Dejalo fluir Kyo...estaré bien. — Susurro al oído del castaño y el cuerpo de este se aferró al pelirrojo. Las llamas del exterior volvieron a menguar y el interior de la ya frágil cúpula Kagura, combustionó.
Yagami abrazo de nuevo ese camino ardiente de apaciguar la caudalosa energía de Kyo y tras la segunda oleada, incapaz de soportarlo, se desplomó sobre el pecho del castaño. Su visión se hizo borrosa y el fuego violeta menguó peligrosamente a una leve capa protectora. No podía respirar bien, cada inhalación era como hierro líquido derritiendo sus entrañas.
Es esto lo que sentiste Kyo?...se preguntó Iori aturdido por el dolor. Y bajo la mirada angustiada de la sacerdotisa Kagura, la luz en Kyo menguó y fue Iori quien a su vez pareció incendiar su interior con luz escarlata.
No...Kamisama. Va a morir, pensó la mujer angustiada, pero la luz escarlata cambió el semblante de aquella mirada y un salvajismo sin precedentes desfiguró en el rostro del pelirrojo. El fuego rojo a su alrededor pareció mezclarse con el suyo propio y sus manos se cerraron sobre el cuello de Kyo Kusanagi.
La mujer detectó el crecimiento de la inconfundible energía corrupta de Orochi. Esta parecía contrarrestar la amenaza del fuego Kusanagi sobre el cuerpo del pelirrojo, pero a costa de dañarlo ella misma.
Casi observó absorta como el fuego puro de la reliquia Kusanagi, se enfrentaba al fuego puro de la Yagami, mezclandose de manera indiferente. Y ellos, como dos condenados por el destino, sufrían los daños de ser solo eslabones portadores.
Pero no podía intervenir. No aún. Confiaba en que Iori Yagami resistiera un poco más. Estaban a merced de la suerte. O Ankoku absorbía la cantidad suficiente de energía para menguar el fuego Kusanagi o morirían incinerados. Todo radicaba ahora en la capacidad de Iori Yagami para resistir el daño de la reliquia del sol, y para mantener a raya el despertar de Orochi en su sangre.
Con un esfuerzo casi inhumano, las manos temblorosas de Iori no alcanzaron a cerrarse totalmente sobre el cuello del joven inconsciente.
— Lo siento. —susurro la mujer ahogada por el calor, mareada, manteniendo la barrera para que aquella pequeña chispa divina de las reliquias no incineraran todo—. Solo un poco más Yagami.
Iori perdió el sentido de todo. Lo único que aún rondaba en su mente, era Kyo. En medio del dolor, el fuego, el disturbio. Su esencia se mantenía débil pero remanente y luchaba por conservar ese atisbo de lucidez.
Una eternidad después se sintió liviano y distante, perdiendo la noción de quién o que era.
La sacerdotisa sostuvo el cuerpo de Yagami, sus manos resintieron la temperatura al entrar en contacto con la piel caliente. Su ropa estaba casi deshecha. Retiro del cuello de Iori una delgada aguja conectada a la base de la columna, y agradeció que la técnica hubiese surtido efecto de manera inmediata dejando inconsciente esa monstruosa faceta suya.
Cuando Iori había desfallecido y el mismo Orochi parecía haber reemplazado su existencia, logró neutralizar el cuerpo debilitado de Yagami. Seguía siendo solo un contenedor mortal y eso no era algo que Orochi pudiese controlar.
Advirtió cómo los monjes Kusanagi se acercaban y se quitó la parte superior de la prenda ceremonial Kagura, bastante quemada en los bordes, y la pasó por encima del pelirrojo. Cubrió su cabeza y ocultó parte de su cuerpo enrojecido.
Apreció esa increíble la resistencia al fuego que podían tener los portadores de las reliquias. Cualquier otro Yagami o Kusanagi habría muerto en el acto, no siendo más que una figura renegrida y reducida. Pero el control que poseían les permitió protegerse de manera magistral.
Hizo una señal a su segundo aprendiz que yacía algo quemado, astutamente metido hasta la cintura en el pequeño estanque descongelado. Los monjes entraron a la cabaña cubierta de hollín, enormes grietas que aún tenía llamas moribundas ardían en el techo.
La nieve caía lenta y atravesando el enorme hueco en la madera. Al entrar en contacto con el interior se transformaba en pequeñas gotas de agua, generando una lenta llovizna que no fue evaporada por el cuerpo del castaño. Esta vez su piel si era humedecida, observó Kagura con alivio.
— Séllenlo...ya debería estar mejor. Llevaré al herido a un cuarto contiguo para atenderlo. — Indicó la mujer mientras los otros jóvenes Kagura levantaban el pesado cuerpo de Yagami.
Shizuka ingreso a la sala derruida, asustada y confusa. Caminó directo hacia Kyo, se arrodilló junto a él y tocó su frente organizandole el cabello revuelto. Su tacto era tibio y su cabello estaba húmedo. Densas lágrimas resbalaron sin reparo y agradeció con enorme alivio que su hijo estuviera vivo.
Kagura ordenó a uno de sus jóvenes quedarse con ella y apartarla mientras los monjes terminaban el ritual y se alejó a una de las habitaciones más cercanas del pasillo.
Shizuka observó de lejos como los monjes volvían a cubrir a su hijo con aceites y rezos. Como marcaban de nuevo su piel con símbolos dorados que desaparecian tras unos segundos. Kyo estaba fuera de peligro y por mas que le desagradara la idea, Iori Yagami había sido su salvador.
La sacerdotisa descubrió el cuerpo de Iori que yacía inconsciente, en una calma casi mortuoria.
Su cuerpo enrojecido estaba intacto. Por fuera no parecía haber recibido la más mínima abrasión. Pero por dentro desconocia el nivel de daño que había recibido.
Extendió las manos sobre el cuerpo semidesnudo y detectó el caos en el que estaba inmersa su energía. Oleadas rezagadas de Orochi entrecruzadas con una intensa emanación de Ankoku. Aquella criatura se había fortalecido a tal punto de dejar un rastro fácilmente perceptible en el espiritu de Yagami. Y finalmente la energía de la reliquia Kusanagi, envolviendo todo en un lago de calidez. De alguna manera contrarrestando la influencia de Orochi sobre el pelirrojo.
— Dame tus ropas y pide algunas en reemplazo a los sirvientes. No podremos mantenerlo mucho tiempo aquí o podrían descubrir quien es. — Anuncio la mujer a su ayudante y este presuroso salió al encuentro de uno de los sirvientes que aguardaba en el pasillo.
Ingreso afirmando el cambio y se despojó de toda la capa superior de su túnica ceremonial. Algo quemada y mojada, pero aún completa.
Tras largos minutos después de vestir a Yagami, la mujer lo limpió con un trapo húmedo y chequeó el desorden energético del pelirrojo varias veces, intentando nivelar las emanaciones de los demonios que cargaba aquel cuerpo. Aguardó a que su ayudante trajera a la Shizuka. Necesitaba saber como sacar al Yagami de aquel sitio sin que lo percibieran.
Tomo poco tiempo para que la madre del heredero Kusanagi se presentará. Despachó todos los sirvientes que aguardaban intrigados cerca a la habitación del herido.
Shizuka ingresó con cautela y clavó su mirada sobre la figura dormida de Iori. Aún tenía la piel enrojecida. Se acercó algo sorprendida de que no hubiese sido incinerado en aquella aterradora escena de fuego escarlata. Y resintió como de él emanaba una sensación inquietante y aterradora.
— Señora Shizuka. —saludó la sacerdotisa con presura—. Necesitamos un método rápido de salida, es peligroso mantenerlo aquí.
— No...no podemos sacarlo en este momento. Toda la casa está despierta. La explosión descontrolada de Kyo y el incendio del jardín interno tiene a todos alerta. No saben qué ha sucedido y necesitamos tiempo de que se esparza la voz de que ustedes tuvieron éxito. —apuntó acercándose con cautela a la mujer y al pelirrojo—. En la madrugada...cuando todo se calme. Saldran silenciosamente de aquí. — Puntualizo con suavidad observando a Iori.
— ¿Qué es esa sensación…? — Preguntó Shizuka con reticencia y cierto temor.
— Todo en él parece haber despertado. Orochi pugna por su posición ante la energía intrusa de la reliquia Kusanagi. Y el espíritu parece haber tomado fuerza. Imbuyendo en él algo de su propia esencia empoderada. Eso que se percibe es como dos demonios se alzan sobre su espíritu y ponen límites a su control mutuo...—hizo una pausa observando con cansancio a Iori—. Lo que aguantó es indescriptible...y todo por Kyo Kusanagi. No se donde de divide esa linea de enemigo o amigo entre ellos. Pero se que entiende que fue él quien…
— Lo sé. —la interrumpio Shizuka algo conflictuada—. Lo se muy bien...solo, mantenga eso bajo control mientras logran salir de aquí. —apuntó Shizuka agotada—. Estaré calmando la situación, acallando las preguntas. —miró directamente a la mujer Kagura e hizo una inclinación delicada—. Gracias por ayudar a mi hijo. — Agregó con suavidad. La mujer Kagura asintió con la misma delicadeza.
— Es a él a quien tiene que agradecerle. — Apuntó con sincera sencillez. Shizuka se tenso, y tras asentir se retiró de la habitación. La sacerdotisa observó su rosario casi totalmente destrozado y extendió las últimas esferas agrietadas sobre Iori Yagami.
— Tu fortaleza es incomparable. Ahora seré yo quien cuide de ti jovencito.
Iori flotaba en un cálido estanque de luz derretida. Era como si el fuego de Kyo cubriera cada parte de su ser sin lastimarlo. No quería abandonar ese estado de absoluta paz y quietud, no deseaba de nuevo el dolor y el terror que lo habían embargado minutos, años, siglos atrás.
Pero una densa voz lo alejó de la absoluta calma. Una voz conocida, una voz odiada. Iori se sentó en medio de un campo de luz rodeado de oscuridad, y al fondo de aquella planicie pictórica yacía aquella silueta delgada más negra que la oscuridad misma.
Sus ojos emanaba un brillo dorado, igual que la noche en que destruyó el Hokora y Iori maldijo sin rabia caminando en su dirección. Era como si su cuerpo se desvaneciera al contacto con la luz, libre de todo pensamiento ajeno.
De la silueta oscura provenía aquella voz grave, enojada.
— Takeshi...— Resonó la voz de Iori como dentro de una caja. Y la voz enojada parecía debatir a lo lejos a través de aquella silueta.
La conexión, la condenada conexión que tanto los había atormentado estaba allí en esa silueta oscura de ojos brillantes. Tan tangible y desvinculada, resonando como una estación de radio mal sintonizada.
Iori supo que a cualquier mínimo contacto con aquel ser podria verlo. Al maldito desgraciado que tanto habían buscado. Casi realizando una conexión inversa. Aquello le causó gracia, una gracia desdibujada e insípida.
La voz resonaba molesta. Y otras voces más lejanas le respondian con calma. Parecían discutir sobre su poder. Sobre la debilidad creciente en el mismo. Sobre la ruptura de los sellos.
Iori sonrió, ya lo saben y yo puedo verlo, puedo percibir aquello que percibe este maldito espíritu desde el cuerpo de Takeshi.
— ¿Eso eres? ¿Un condenado radio teléfono? — Le preguntó Iori con amarga ironía a la silueta oscura e inmóvil. Esta mantuvo el silencio mientras sus ojos chispeaban con la dorada energía de Kyo. Iori extendió una mano y abarcó el rostro de la criatura.
— Si vuelves a tomar algo de Kyo. Te juro que yo mismo volveré a sellarte Ankoku, y jamas obtendras tu anhelada libertad. Así me hunda en el mismísimo infierno contigo. — Habló con rigidez y absoluta sinceridad. La rabia lejana parecía solo rozarlo.
El espíritu se desvaneció y el campo de luz bajo sus pies perdió la solidez. Iori cayó a un vacío de luz y abrió los ojos lentamente, aturdido con el despertar.
Lo primero que vio fueron unas pequeñas esferas agrietadas flotando a su alrededor y tras ellas, la mujer Kagura rezaba silenciosamente.
Iori extendió la mano con torpeza tomando su muñeca.
— Detente. — Ordenó el pelirrojo con voz ronca y tono suave. Ella lo miró sorprendida y las contadas esferas regresaron a su manga. Iori se sentó sobre el futón y observó la habitación en penumbras. Un olor a hierbas amargas rondaba el aire.
— Kyo…¿Donde esta? — Preguntó levantándose del suelo con torpeza. Su entorno estaba muy oscuro y silencioso.
— Él está bien. — Habló la mujer. El pelirrojo se adecuo a la oscuridad con facilidad observando la puerta.
— ¿Dónde está? — Reitero la pregunta avanzando en dirección a la salida.
— ¿Que haces? —indagó la sacerdotisa alarmada— Debemos mantener un bajo perfil hasta que podamos sacarte de aquí. — Acotó la mujer.
— Debo verlo… — Puntualizó Iori sin pie a negativas.
— Estas loco jovencito...ya suficientes riesgos estamos pasando tras el incendio interno que provocamos. — Enunció Kagura indignada.
— No me iré de aquí sin ver a Kyo, Kagura. O me dices donde esta o lo buscaré yo mismo. — Puntualizó Iori con absoluta seriedad. Sus palabras poseían una calma extraña en él y eso la alarmó aún más.
— Esta bien. Dame unos minutos y no hagas nada mientras regreso. — Aseveró la mujer saliendo de la habitación. Ordenando a su aprendiz vigilarlo.
Iori cerró los ojos en medio de la habitación oscura y percibió la sutil energía de Kyo. Palpitando como tenues gotas en un lago, permitiéndole percibir las ondas en el tranquilo reflejo de un caos controlado. Iori abandonó la habitación sin pensarlo dos veces. El aprendiz intentó impedírselo pero solo basto una mirada retadora para que el joven cediera sin decir palabra alguna.
Su avance por los pasillos desiertos fueron silenciosos, iba descalzo. Su figura se perdió entre los corredores menos iluminados, evadiendo leves movimientos y ocasionales sombras que cruzaban vigilantes. Salió al exterior, otro jardín congelado, debía ser una de las partes laterales de la casona, pensó y avanzó por el pasillo externo hasta visualizar la delgada puerta ilustrada que lo separaba de aquella calidez de Kyo. Frente a ella había un hombre fornido calentándose las manos y observando con desdén al jardín.
Iori evoco una pequeña chispa de fuego al ángulo opuesto del corredor y se acercó como una sombra silenciosa. Cuando el hombre giró algo extrañado por el destello que se desvanecía, poco antes de que percibiera aquella presencia inquietante a su espalda, Iori lo redujo con un movimiento rápido, asfixiándolo hasta desmayarlo.
Abrió la puerta con delicadeza dejando una delgada rendija por donde se filtraba la luz, cortando su sombra sobre Kyo. Se acercó con delicadeza entre el vapor helado del exterior y se inclinó sobre el castaño que yacía en una cama sencilla, rodeado de algunas máquinas médicas apagadas.
Su respiración era tranquila y sincronizada. Su apariencia bajo la débil luz exterior se denotaba pálida. Pero su expresión tranquila parecía cargar con esa seguridad engreída de siempre. Iori sonrió aliviado y cruzó sus dedos por el cabello del castaño.
— Tonto Kusanagi, ya estas mejor... — Susurró en tono suave.
— Yo acabare con todo esto Kyo...no sufrirás ni un poco más. — Habló Iori con una claridad extraña, sin influencia de las voces. Deslizó su mano por la mejilla del castaño y se inclinó hasta besarlo con suavidad en los labios. Luego poso su frente sobre Kyo y observó sus largas pestañas, percibiendo con cierto alivio, su cálido aliento inmutable.
Shizuka se quedó paralizada, como si una descarga hubiese descendido pesada por su columna ante la escena de Iori Yagami besando a su hijo. Sus manos temblaron un instante entre la rabia y la impotencia.
La mujer Kagura la había buscado con la demencial petición de Yagami por ver a Kyo, y la necesidad por salir de allí cuanto antes. Cuando habían regresado de inmediato a la habitación este ya no estaba. Y al dirigirse a la habitación de Kyo, jamás pensó ser testigo por segunda vez de una escena semejante.
La sacerdotisa Kagura la miró extrañada y vislumbro por la pequeña franja que había abierto entre las puertas corredizas, como la silueta pelirroja de Yagami yacía inclinada sobre el heredero Kusanagi, con una cercanía muy comprometedora. La luz moribunda del exterior caía sobre ambos dejando el contacto entre ambos bajo una penumbra fácil de interpretar.
Ahora todo tenía un perturbador sentido. Pensó la mujer, Iori Yagami no parecía haberse percatado de la presencia de ambas y decidió abrir la puerta con mayor brusquedad y adelantarse a Shizuka. Lo que menos quería era una salida conflictiva de aquel lugar.
— Te dije que estaba bien. —habló la sacerdotisa por lo bajo con calma y Iori se alejó lentamente de Kyo, observandolas—. Ahora debemos partir Iori Yagami. Y sin armar ningún revuelo. — aseveró en voz baja la mujer indicando el cuerpo inconsciente del hombre en el pasillo. Shizuka continuaba paralizada en la entrada sin quitar la mirada del tensión se sentía en el aire.
Iori asintió sin atisbo alguno de vergüenza y se acercó a la mujer Kagura. Esta discurrió sobre su cabeza la prenda protectora del traje ceremonial que había tomado de su otro aprendiz y le indico que la siguiera.
El pelirrojo se detuvo un instante a un costado de la muda madre de Kyo.
— Yo me encargare del resto. —habló Iori con voz pausada, sería, sin mirar a la mujer—. Pero lo mejor es que mantengan sedado a Kyo. Por lo menos hasta que lo resuelva.
Shizuka paso un par de segundos más mirando fijamente a Kyo y tras un corto suspiro tenso, sin mirarlos, asintió y le indicó a la mujer Kagura el camino.
Los tres salieron silenciosamente. Cruzaron un pasillo aledaño al lobby y caminaron bajo la nevada suave hasta la zona donde estaban los autos. Allí dos guardias se inclinaron ante Shizuka y ella dio la orden de llevar a la sacerdotisa y su pupilo al hotel de residencia.
Ambos hombres asintieron tras un titubeo, observando al hombre de rostro oculto. Algo en él les generaba una sensación alarmante. En especial por su mirada heterocrómica y poco amistosa. La sacerdotisa los instó a abrir las puertas del coche mientras Iori observaba directamente a Shizuka.
Su contacto visual silencioso fue tenso y algo agresivo.
— Me deshare de toda amenaza para Kyo. —puntualizó Iori con voz grave y calma inmutable en la voz. Shizuka seguía sin entonar palabra alguna—. Cuiden bien de él. — Acotó Iori casi a modo de orden y se montó al auto.
Shizuka contuvo el aliento asentando la realidad de la relación establecida entre Kyo y aquel maldito Yagami. Trago saliva con dificultad para no replicar y los observó alejarse fuera de su casa.
Iori Yagami era tan impredecible como misterioso. Y eso solo le causó un profundo desasosiego. Pero se sorprendió a sí misma, una vez más, considerándolo de una forma diferente al enemigo que siempre había sido. No sería capaz de aceptar semejante cercanía anormal entre su hijo y aquel hombre. Pero había aceptado dolorosamente, que sin él, Kyo habría muerto.
Salir del auto fue más difícil de lo esperado. Iori gruño por lo bajo al levantarse del asiento y cruzar las puertas del hotel. Quería quitarse aquellos harapos quemados de encima y recuperar su ropa. Quería irse en ese preciso instante, buscar a Saito y destruir el último Hokora.
Pero nada fue como esperaba. En el ascenso al piso donde estaban sus cosas, su vista ya era borrosa y aquello le extrañó. No se sentía particularmente mal. Lo que quedaba de aquel dolor desgarrador del disturbio y la energía de Kyo, era solo un ardor rezagado en su interior.
Antes se percibía un poco más libre de la influencia de Orochi. Suponía que gracias a la energía de Kyo o a que Ankoku habría tomado mucho más poder sobre él. Pero aún así su cuerpo estaba reaccionando extraño, débil, y se maldijo por ello.
La sacerdotisa Kagura no había hecho ningún comentario en todo el camino. Pero lo observaba con agudeza.
La palidez, la respiración lenta, el sudor, el equilibrio precario. Sabía bien que Iori Yagami no estaba en condiciones de cumplir con sus intenciones de ayudar al heredero Kusanagi. No en un buen tiempo por lo menos. Ya había hecho demasiado.
Entraron a la habitación y Iori se arrancó las telas molesto, desnudando su cuerpo sin miramientos y vistiendo con presura su ropa. Ubicar la gabardina lo había sentido como toda una hazaña. Y no comprendía como si había despertado sin secuelas, sentía una recaída acelerada de su estabilidad.
— Veo que eres incapaz de percibir el profundo daño en tu cuerpo. —acotó la sacerdotisa al Iori sostenerse un instante del nochero cercano—. Puede que de alguna manera, casi fascinante, tu espíritu parece haber logrado cierta armonía con las criaturas que te habitan...pero tu cuerpo. Mortal como el de cualquiera de nosotros. Por más reacio y resistente que sea, no lograra mantener un ritmo tan destructivo. — Puntualizó la mujer con voz cansada y mirada compasiva.
Iori la observó apreciando como su imagen de triplicaba por instantes, sintiendo como su cuerpo se sumergia en un fango denso y pesado. No captó bien las palabras de la mujer y se deslizó aturdido contra el muro de la habitación.
— Debes descansar, recuperarte. En ese estado solo arrastraras ese cuerpo ultrajado a una inevitable muerte Iori Yagami. — Puntualizó acercándose, mientras su imagen se hacía borrosa y entre los tonos blancos de la túnica, fantasmal.
— No...no hay tiempo. — Negó Iori con la cabeza, sintiendo una vaga rabia contra su imposibilidad de pararse. Mientras sus vista se negaba a aclararse. La mujer se arrodillo a su lado y pasó una mano fría por su frente. La temperatura del pelirrojo era muy alta.
— No joven Yagami...no habrá tiempo para ti si sigues exponiendo tu salud así. No puedes cargar con todo tu solo. Y Kyo Kusanagi tampoco... — Habló con amabilidad la mujer marcando una pequeña forma invisible en su frente. Que tras un destello escarchado se desvaneció.
Iori negó entre gruñidos, tras lo cual perdió el conocimiento. La mujer suspiró levantándose.
La triada de los herederos de las reliquias había sido siempre el método para enfrentar los problemas de los clanes. Pero ahora sin Chizuru, el peso que recaia sobre las otras dos partes era colosal. Sabía muy en lo profundo, que todo aquello de alguna manera, estaba relacionado a Orochi. Y pensar en que cuestión mayor podría haber detrás de aquello, la aterraba.
Una vibración baja resonó sobre la mesa de noche. La pantalla del móvil de Iori Yagami desplegó un nombre conocido para la mujer. B. Nikaido.
Observó con cautela sintiendo un pequeño atisbo de esperanza. Tal vez había un modo de brindarles la ayuda que tanto necesitaban. Y atendió la llamada.
