La nieve continuaba su curso lento pero incesante. Capas blancas y heladas cubrían los techos bajos y los rincones no transitados de una zona residencial sencilla, lejos del bullicio del centro. Era la tercera vez que cambiaban de residencia por seguridad. Benimaru esperaba que aquel pequeño y acogedor piso, que no tenía conexión alguna con ellos, no fuese rastreado por algún clan.

El cielo encapotado oscurecía notablemente el día. Había sido uno de los inviernos más crudos en décadas y en las noticias rondaban tan numerosas como variables especulaciones de porque aquella intensidad anómala acosaba al país.

El rubio suspiro observando el exterior helado con siluetas envueltas en gruesas chaquetas y bufandas, y se preguntó dónde estaría Kaoru.

— ...es necesario hacerlo de esa forma. —hizo una pausa la sacerdotisa, tomando un sorbo de su bebida caliente—. De no ser así es posible que uno de los dos termine muriendo. Si es que ambos no colapsan ante la demanda famélica del Yokai. — Puntualizó la mujer depositando un pulido tazón negro y humeante sobre la mesa.

Benimaru no respondió, continuaba observando el exterior desde el ventanal cerrado. Mai suspiró. Había sido una explicación extensa, pero clara.

— Si no hay más opciones...—aventuro Mai mirando pensativa en dirección al baño—. Cuenta conmigo. Yo aceptaré alimentar a esa cosa. — Habló con voz firme. La sacerdotisa asintió con delicadeza mirando al rubio que yacía aún callado.

— Si eso puede evitar que ese demonio se trague a Kyo...o termine matando a ese condenado Yagami terco. —acotó Benimaru dando la espalda al balcón—. No tienen que preguntarme. Yo velaré por ese par de tontos.

— Ya estaba temiendo que lo estuvieras considerando. — Agregó Mai con una sonrisa, levantándose de la poltrona.

— Bueno, nunca he sido fanático de las historias de amor trágicas. Si es así cómo puede llamarse esa enfermiza obsesión de Yagami. — Aseveró a modo de burla y se sentó en el sillón con un gruñido.

— Ya parece que lo aceptas mejor que yo. — Respondió Mai divertida entrando al cuarto de baño. Benimaru la miró con desagrado.

— Si, mejor ve y mira cómo sigue nuestro calentador personal. — Agregó observando la taza oscura de pétalos de oro entre las manos de la sacerdotisa. Se la había regalado a Kaoru solo unos días antes. Guardó un silencio pesado. La mujer le sonrió afable.

— Veo que hay algo más que le preocupa, joven Nikaido.

Este negó levemente con la cabeza mirando hacia el ventanal, percibiendo el lento caer de los fragmentos del invierno.

Mai se inclinó sobre la bañera y tocó la frente ardiente de Iori. Este dió un respingo adormecido y el agua se desbordó en pequeñas cascadas momentáneas.

El hielo en el que habían sumergido su cuerpo unas horas atrás, no era más que un lago con diminutos trozos congelados. Su temperatura continuaba demasiado alta.

Retiró el termometro de su boca y revisó la marcación. 45°C. No había variado a pesar de la tina helada. Suspiró y tras acariciar con delicadeza la cabeza pelirroja, salió del baño.

Ambos acompañantes la miraron y Mai negó con la cabeza.

— No se como puede seguir vivo con esa temperatura. — Acotó tomando asiento.

— Aquellos que pueden cargar el poder de las reliquias, son personas muy especiales y particulares. — Anunció la mujer con calma.

— Bueno. Nos hablaste durante más de dos horas sobre aquel ser llamado Ankoku y el problema del que debemos sacar a ese par. Pero no estaría mal que nos digas quién eres. Aparte claro, de lo obvio, de ser una Kagura. — Agregó Benimaru intrigado.

— Majime Kagura es mi nombre. Soy una de las sacerdotisas principales del clan. —hizo una leve inclinación— . Lamento no presentarme antes. Mi presencia en esta ciudad es a causa de las dificultades que hemos tenido tras la muerte de nuestra líder. El clan se ha visto sumido en algunas discusiones respecto a la pérdida de la reliquia sagrada, El Yata No Kagami.

Ambos la observaron expectantes.

— Mi intención, lejos de reemplazar el importante rol que tuvo Chizuru en la lucha contra Orochi, es ayudarles a alcanzar su objetivo. Que supongo podría implicar en la recuperación de nuestra propia reliquia. —hizo una amena pausa en la que bebió otro sorbo de té—. Como ven mis intenciones son transparentes. Y no se verán afectadas por la naturaleza de...la cercanía entre los jóvenes portadores de las reliquias restantes. — Puntualizó con una sonrisa afable.

Era una mujer hermosa, pensó Benimaru. Alta, esbelta, de porte orgulloso, y la edad no aminoraba en absoluto aquel aire de nobleza. Le recordaba bastante a Chizuru, una Chizuru más madura y sonriente.

— Y como haremos lo que nos pidió. —indagó Mai con el ceño fruncido, pensativa—. ¿Vamos y le prendemos fuego al Hokora? ¿Debemos hacer algún pacto extraño con el demonio...? — Preguntó. Ambos miraron como niños preocupados a la mujer.

Majime sonrió divertida.

— No. Desgraciadamente solo los vinculados a la criatura pueden acceder al Hokora. —

— ¿Entonces Iori tiene que estar ahí? — Espetó Mai confusa.

— Efectivamente, él debe ser quien destruya el Hokora. — Asintió la mujer.

— Hpm. Cómo demonios vamos a ayudarlo así. — Bufo Benimaru. Un dejo de indignación tiñó su mirada celeste.

— Según lo que hablé con Iori Yagami, es el Yokai quien permite que el Hokora se manifieste y reciba daño. Sospechamos que solo el portador del mismo puede destruir su forma espiritual. La esencia que encadena al Yokai a ese viejo sacrificio. —suspiro buscando las palabras indicadas—. Esto quiere decir que es Iori quien debe destruirlo. Es el catalizador de Ankoku en este momento. Pero no quiere decir que la energía que alimente al Yokai sea solo la suya. Eso lo dedujimos al ver cómo se alimentaba de Kyo Kusanagi. — Explicó la mujer esperando que sus interlocutores la comprendieran.

— ¿Entonces si hacemos lo que hizo Kyo podremos darle nuestra energía a Iori para que destruya esa tumba maldita? — Preguntó Benimaru siguiendo el hilo y Mai asintió.

— Si y no. —ambos la miraron algo confusos—. Kyo Kusanagi parece tener un vínculo previo con Iori Yagami. Su energía espiritual de alguna manera fluye abiertamente en su dirección. Como si fuese un catalizador. Debo creer que es una conexión única entre los tesoros sagrados ya que fueron obsequiados juntos y juntos deben permanecer. Pero también supuse que ese vínculo fue el que facilitó que el Yokai absorbiera el poder de la energía Kusanagi, sin control, cuando puso en peligro la esencia de Iori Yagami. — Hizo una pausa exhortando las caras de sorpresa de los dos jóvenes y su rápido cambio a duda.

— Ustedes deben hacer algo parecido. Pero hay que ser mucho más precisos. Ya que serán una fuente externa de energía. Debo conectarlos al Yokai para que ofrezcan voluntariamente su poder, como creó hizo Kyo Kusanagi en un inicio. — Puntualizó con una sonrisa dulce que ellos consideraron macabra.

Mai se recostó en la poltrona observando el interior de la pequeña casa amaderada, acogedora y tranquila. Y deseo por un instante regresar en el tiempo, cuando King, Terry y Kaoru los acompañaban. Temía que ambos no fueran suficiente para la compleja tarea que denotaba aquella mujer Kagura. Por lo menos no sin arriesgar a Iori.

— Ok...entonces, nos toca entrar en contacto con ese demonio asesino de clanes y decirle "Ey no nos mates. Déjanos darte de comer"...eso suena a un maravilloso plan...— Apuntó el rubio con dejo cínico.

— Si tienes uno mejor, solo dilo. —repuntó Mai mirándolo con molestia—. Por mi esta bien, solo dime que debo hacer. — Se levantó de la poltrona. Benimaru gruño.

— Que diga que es un mal plan no quiere decir que no vaya a hacerlo. — Agregó resentido y se levantó también. La sacerdotisa sonrió divertida.

— Ustedes son unos buenos amigos. Ahora deben traer a Iori Yagami, lo usare como contacto para establecer la conexión rápido, y estará en sus manos la decisión final cuando Ankoku se presente ante ustedes.

Ambos asintieron y tras unos pocos minutos tenían el cuerpo inconsciente y mojado de Iori Yagami sobre el tapete de la sala. Mai observó con cierta preocupación las cicatrices en su torso desnudo.

— Cualquiera que nos viera diría que estamos en algún ritual pagano abusando del mismísimo hijo de Orochi. — Habló Benimaru incapaz de guardar silencio.

— Un sensual hijo de Orochi. — Sugirió Mai siguiendo la broma para bajar la tensión circundante. La sacerdotisa carraspeo y extendió una mano.

La sala estaba despejada con los muebles arrinconados al muro. En el centro yacía Iori acostado y a su alrededor habían ocho pequeñas velas blancas, encendidas meticulosamente por la sacerdotisa.

Tanto Mai como Benimaru yacían parados en medio de unos medianos círculos marcados por una sales grisáceas sobre el suelo. Aquel polvo que daba destellos plateados surcaba un camino doble hasta rodear a Iori.

— Este espíritu representa el dolor. Una fuerza purificadora que da inicio a los cambios. Un asesino del pasado que permite que nazca un nuevo futuro. Su más grande alimento es el miedo. La pérdida, el estancamiento. Los seres que tienen contacto con él pueden perderse en sus temores y frustraciones. Es un arma terrible, capaz de diezmar el corazón de cualquier ser. — Susurró la mujer con los ojos cerrados.

— Ese hubiese sido un bonito detalle a mencionar antes de que aceptaramos... — Apuntó Benimaru nervioso.

— Tengan cuidado, manténganse fieles a su objetivo. Haganlo entrar en comunión con ustedes sin perderse en su oscuridad. — Puntualizó la sacerdotisa.

De la mano de la mujer, como un pequeño corte de luz, se materializaron tres largas agujas luminosas. Majime rezó generando un leve vaivén de la mano y finalizó con una palabra seca y un movimiento brusco hacia abajo.

Las agujas perforaron la cabeza, el pecho y el ombligo de Iori. Este dió un respingo de dolor y por un instante su forma pareció desdoblarse en múltiples copias que regresaron a una sola mientras la mujer entonaba sonidos bajos, ininteligibles para los dos jóvenes estupefactos.

La última palabra pronunciada por Majime fue reconocida por los dos. "Ankoku" y segundos después las llamas de las velas cambiaron a un tono a negro. El blanco de la cera se tiñó de tinta oscura y brillante, que se deslizó por el suelo como la corrupción misma, y tanto las sales bajo sus pies como las que rodeaban a Iori, combustionaron en un chisporroteo oscuro.

La mujer aun con los ojos cerrados alzó una mano lentamente, como si jalara unos hilos. Y dos copias de cada aguja clavada en el cuerpo del pelirrojo, se levantaron flotantes.

La sensación alrededor era densa, pesada, aterradora.

Las agujas de luz giraron en dirección a cada uno y a una velocidad inesperada, avanzaron hasta perforar los cuerpos de los dos jóvenes, en las mismas ubicaciones que las originales. El dolor fue sosegado, fantasma.

Ambos percibieron como el entorno se oscurecía y todo tomaba matices grisáceos. Como la nieve que caía afuera se detenía y su entorno quedaba sumido en la quietud de una fotografía tridimensional. Desde el cuerpo de Iori se proyectó una forma caótica y sin masa, que se iba formando poco a poco, como trazos de oscuridad que se movian vertiginosamente hasta darle forma a una delgada silueta humanoide.

Aquel ser oscuro y sin ojos, con un rostro amorfo y pozos profundamente vacíos en la mirada, se acercó a ellos. Los dos estaban paralizados, jamás se habían sentido tan vulnerables, presas de un absoluto terror.

La sacerdotisa los observó preocupada. Sus cuerpos convulsionaron de pie un instante. Sus ojos sin pupila miraron a la nada y se descolgaron parcialmente como marionetas. Habían entrado en contacto con el Yokai, ahora debía aguantar hasta cerciorarse de que lograran conectar.

Pasaron cinco largos minutos donde las velas rezumaban una oscuridad ponzoñosa. Iori se sacudió un poco y su cuerpo se tensó. Densas flamas violetas congflagaron un instante contenidas por el círculo de sales. Sabía que no tendría mucho tiempo antes de que Orochi reaccionara por la manifestación del Yokai.

Tomó aire manteniendo la concentración y llamó a los dos jóvenes. Esperando que su voz les ayudará a mantener cierta conciencia de la realidad.


Benimaru retrocedió azorado. La criatura ya no estaba, y tanto la sacerdotisa kagura como Mai habían desaparecido con el entorno cuando aquel ser lo tocó. A su alrededor había siluetas oscurecidas de personas, todas conocidas. Todas parecían mirar en diferentes direcciones como maniquíes oscuros y pulidos. Incluso algunas personas que habían abandonado su vida hacía mucho tiempo, yacían allí, talladas como estatuas de brea.

Camino entre ellos confuso, si esas eran las malditas pesadillas que había mencionado la sacerdotisa, se supone que no debía caer en ello, así que las ignoro intentando avanzar entre estas. Fue en ese momento que reconoció una figura alta, esbelta, delicada, orgullosa. Y de ella provino una voz molesta

"...por que solo piensas en ti Ben. Sabes que esto es por el bien de la familia."

— Oh no, maldito bastardo, no la uses a ella...— Susurro Benimaru alejándose de aquella silueta.

"...no me queda mucho tiempo hijo mío. Déjame verte sentar cabeza con nuestra dulce Susane...dame ese ultimo deseo Ben..."

Benimaru maldijo y se alejó de la figura de su madre.

— Dónde estás maldita criatura. Dejémonos de juegos, vine a ofrecerme como tu bocadillo. ¿Eh? ¿No te gusto? — Incito altanero al Yokai, prefería mil veces verlo de frente que escuchar a su madre.

Pero la única respuesta fue una infinidad de palabras que provenían de las estatuas de sombra.

"...cómo pudiste...está muriendo..." Se alzó una voz masculina enojada.

"...prometiste que estaríamos juntos..." Susurro una voz femenina triste

"...sabes que siempre serás bienvenido, no te alejes…" Llegó el eco de una voz grave.

"...vamos a acabar con ellos…" Enalteció la voz potente de Kyo.

"...accedo a trabajar contigo y terminó enredada en un sin fin de problemas…" Resonó divertida la voz de King.

Benimaru maldijo y avanzó entre las siluetas evadiendo los constantes susurros y gritos. Empezaba a desesperarse, no encontraba una salida en medio de un sin fin de formas parlantes que lo llamaban.

"...lo siento...lo siento tanto…" Como un delicado susurro llegó a él la suave voz de Kaoru y giró alarmado percibiendo su menuda silueta a pocos metros, erguida mirando a la lejanía. Camino suave y extendió su mano para alcanzarla pero su cuerpo se diseminó como el humo. Y con una densa presión en el pecho se reiteró que era solo una pesadilla.

En ese instante todas las siluetas le dieron la espalda y caminaron lejos de él, desvaneciendose como tinta en el agua.

No podía escuchar nada, ni olfatear nada, no lograba saborear y salvó su propio cuerpo desnudo, rodeado de un fulgor azulado. Solo había oscuridad.

Estaba completamente solo en un vacío absoluto, casi inexistente. Y en ese silencio acongojante, corrió desesperado buscándolos a todos.


Mai caminaba desnuda por unos pasillos conocidos. Tras perder de vista la casa y a sus amigos y a la sacerdotisa, viendo como único camino aquel dintel que le generaba desconfianza. Decidió entrar.

Sabía bien, como parte de su preparación como ninja Shiranui, que la mejor manera de superar un miedo era enfrentarlo. No sabía qué cosas monstruosas podrían esperarle, pero si esa era la única manera de hablarle a ese Yokai, la tomaría.

A medida que avanzaba por el pasillo empezó a reconocer que aquel sitio era el hogar de su familia, donde solía entrenar con Andy bajo la guía de su abuelo. Casi sintió algo de nostalgia pero la desechó con desconfianza.

Se internó en los salones con cautela. A pesar de ser una reproducción perfecta de su viejo hogar, todo estaba imbuido en esa capa grisácea y congelada.

Se detuvo un instante frente al salón donde yacía el altar de su abuelo. Unos inciensos generaban volutas ralentizadas de humo blanco. Hacía algunos años había muerto y se recordó a sí misma honrando su muerte, con Andy.

Ese había sido el día más triste y el más feliz que había tenido, como si aquel contraste sopesara la pérdida de su abuelo. Ese mismo día al finalizar aquel atardecer grisáceo que teñía la escena. Andy la había aceptado finalmente como algo más que su novia ocasional, como su prometida. Una sonrisa triste cruzó su rostro.

Ella realmente creyó que por fin había aceptado que la amaba...gruñó con rabia y avanzó extendiendo las manos. Con un giro rápido una ola de fuego golpeó el altar e hizo arder. Toda la habitación.

— Soy Mai Shiranui, heredera de técnicas milenarias de ninjutsu. No vas a engañarme con tus pesadillas. — Habló alto y claro caminando entre las llamas naranja que contrastaban con el gris del entorno y salió del salón.

Una pequeña risa infantil rompió el crepitar del fuego y el salón se desvaneció.

" Algún día heredarás todo esto mi pequeña, serás la líder de nuestros conocimientos y de nuestra historia. " Se escuchó la voz ajada y grave de un anciano.

"Espero que el hombre que elijas, sea un buen guía para nuestras tradiciones y generaciones." Apuntó la voz como un eco sin cuerpo.

Mai analizó su entorno, sabía que estaba en la misma casona de la familia. Pero se sentía ajena.

"Mamá" Gritó un pequeño niño de cabellos claros.

"Mami" Gritó una segunda voz delicada. Y una niña parecida al pequeño corrió hacia ella. Ambos chocaron físicamente con sus piernas y Mai aturdida se arrodillo y los miró.

Los niños sonreían deslumbrantes de felicidad y Mai sintió como sus manos temblaban.

"Ahí están, encontraron a su madre." Habló una voz adulta desde el fondo y Mai miró anonadada, confusa, mientras era abrazada por sus hijos.

Andy yacía parado a algunos metros, con la túnica tradicional de los Shiranui y le sonreía con dulzura. Mai no lograba romper el estupor, el contacto era tan real. Sus voces juguetonas, su tacto cálido.

Miró a los niños, eran justo como los había imaginado muchas veces desde su compromiso con Andy y los abrazó. Queriendo creer, así fuese por un momento, que aquello no era falso.

"Niños…" hablo Andy, y ambos pequeños se separaron de ella en busca de su padre. Mai se repetía que era un sueño, que no era real. Pero al mirar a Andy este ya no sonreía, su rostro se había ensombrecido.

— ¡No! — Gritó Mai intentando detener a los pequeños, pero aquel Andy de semblante serio, más parecido al real, había pasado su mano por ellos desvaneciendo sus formas. Destrozando aquella ilusión.

La forma oscurecida y fría de aquel hombre al que amaba le extendió la mano y Mai sonrió caminando hacia él. Tomo su mano.

— Este es un dolor que yo ya he aceptado. El rechazo y las mentiras, todos esos años de falsedades...no puedes doblegarme con esto Yokai. — Habló Mai. Y sintiendo las lágrimas tibias en el rostro, posó su otra mano sobre el pecho de aquel oscurecido Andy y dejó que la piroquinesis envolviera suavemente su cuerpo. Como una despedida, observó aquel rostro amado y gris desvanecerse entre las llamas anaranjadas.

Junto con la figura de Andy desapareció el entorno y se vio a mi misma parada en una densa oscuridad, un vació sin límites con una única figura de luz azulada, arrodillada.

— ¡Benimaru! — Llamó ella pero este no le respondía, y por más que corria hacia él, era como si no avanzara distancia alguna. La oscuridad parecía acechar, intentando envolverlo.

Un eco potente resonó. Un mantra que hizo vibrar la visión de Mai.

Majime Kagura los llamaba. Y Mai perdió el piso cayendo repentinamente.

Su cuerpo golpeó contra el suelo tibio de la casa. Estaba de nuevo en la realidad, su círculo estaba roto y ennegrecido. Miro a Iori contraerse y densas llamas violeta se levantaron lamiendo los límites de su propio círculo de sales.

La sacerdotisa mantenía las manos en el aire rezando en voz tenue. La mitad de su cuerpo estaba envuelta en una especie de tinta oscura. Parte de la piel de su rostro se denotaba renegrida y brillante. Sus ojos oscuros la observaron y se dirigieron luego a Benimaru.

Ella no podía abandonar el ritual y claramente ya no quedaba tiempo.

Mai se acercó a Beniimaru que yacía algo descolgado dentro del círculo en llamas. Sus ojos blancos miraban al suelo. Su expresión era ausente.

— Oye tú, grandisimo tonto, estamos aquí contigo. No estás solo. — Hablo Mai cruzando los límites del círculo, siendo aceptada por este.

Abrazo al rubio y le susurro al oído palabras de aliento. Su cuerpo estaba helado. Se concentró y extendió un poco de su energía para brindarle calor.

— Vuelve aquí Beni. — Le susurro.

Su cuerpo fue descendiendo poco a poco y el círculo de sales se apagó. Las agujas de luz se tornaron negras y se desvanecieron. Mai lo recostó en su regazo y observó preocupada a la sacerdotisa que con dificultad volvía a clavar nuevas agujas de luz en Iori.

— Despiertalo...no se que pueda pasar si rompo la conexión sin que haya salido el mismo de ella—hablo con dificultad la mujer, refiriéndose al rubio inconsciente—. No podre retener mucho más a estas dos bestias.


Iori estaba sentado en aquel pozo de luz cálida. Estaba envuelto en esa esencia cálida de Kyo, de algo aún más balsámico que él. Toda la rabia y el dolor que le traía el poder de Orochi no existían en ese punto edénico de quietud. Y deseaba permanecer allí de manera indefinida mientras no estuviera despierto. Ya se había adaptado a la concepción de ese espacio onírico.

La única compañía que poseía en aquella calma absoluta, era la pequeña figura renegrida y caótica del Yokai. Allí parado en los límites del lago de luz, esperando a modo de puerta, como un pasaje a la desesperación.

Iori observaba fijamente la figura. Sabía que allí estaba ese bastardo que lo había orquestado todo con los Bihksu. Sabía que solo acercarse y entrar en contacto con aquella forma menuda, le revelaria la ubicación de Takeshi. Podría ver y espiar que hacía.

Tenía prácticamente una vía directa a la misma conexión con la que los habían cazado a ambos antes. Pero eso implicaba arriesgarse a que el Yokai usará la energía de Kyo para ello. Ya que Orochi se negaba a prestarle su poder. Y eso era inadmisible, no pondría una vez más en riesgo el bienestar de Kyo.

Acceder a aquella puerta le entregaría la ubicación de aquel malnacido al que deseaba matar con todo su ser. Pero también podría ser una sentencia de muerte para Kyo. Y ambas emociones estallaron en Iori con una intensidad abrumadora.

La respuesta a todo y el bienestar de Kyo. El odio absoluto por uno y el atesorar profundamente al otro...ambas emociones en una misma balanza, que ni aquel espacio impoluto pudo sosegar.

Las aguas del lago se alteraron y múltiples ondas se produjeron. Iori sonrió con fastidio.

Las brillantes aguas doradas se tornaron violetas y ponzoñosas, salvo el espacio donde yacía. La figura menuda de Ankoku desapareció cuando la esencia de Orochi se alzó iracunda.

Múltiples figuras se formaron en la niebla hasta fusionarse en una sola. Una que Iori conocía muy bien. La encarnación que Chizuru, Kyo y él habían sellado años atrás.

El cuerpo adulto de aquel trio, con sus cabellos blancos y una piel violácea lo observaba con cierto aire prepotente. En el pecho yacía fulgurante y magenta la marca de Orochi. Flotó con delicada parsimonia hasta acercarse a los rezagados límites de luz que rodeaban a Iori.

— Tu destino está sellado Iori Yagami. —habló con las voces múltiples de Shermie, Yashiro y Chris—. Nada puede arrancar de ti, mi sangre... — Extendió las manos a los costados y de aquel pozo de tonos púrpura, emergieron una a una las ocho cabezas de la serpiente, elevándose.

— ...ni esa criatura del dolor...—giró un brazo a un costado y dos de las cabezas de reptil nubosas atacaron el círculo que delimitaba el lago, generando una ruptura en la oscuridad—. ...ni el mismo fuego del sol...puede salvarte... — Puntualizó la forma humana de Orochi extendiendo otra mano hacia Iori, percibiendo este, como el segmento luminoso que lo rodeaba empezaba a corromperse lentamente.

Iori sonrió cansino. No había miedo alguno en él. Ya tenía claro su destino, que Orochi quisiera ocupar todo en él no era nada nuevo. Pero igual no se lo permitiría.

Cuando se levantó para confrontar a Orochi, aún era poseedor de esa calma balsámica que le ofrecía la energía de Kyo. Pero repentinos ases de luz aparecieron sobre sus cabezas. Tres pilares luminosos descendieron hasta perforar los límites del lago, reforzando la energía dentro de este.

La luz propia de aquel espacio, comenzó a restablecerse y la energía corrupta de Orochi cedió ante el destello. Orochi miro arriba con una sonrisa cargada de odio.

— Kagura...— Gruñó antes de ser envuelto en luz. Bajo la mirada sardónica del pelirrojo.

Iori volvió a tomar asiento y cerró los ojos, disfrutando recuperar la sensación que le obsequiaba la energía dorada. Queriendo sentir a Kyo en ella, sabiendo que pronto perdería esa calma absoluta.


Benimaru abrió los ojos de golpe, tenía lágrimas en las mejillas y temblaba con levedad. Observó aturdido a Mai y se sentó desorientado cubriéndose el rostro.

Mai le acarició el hombro con cariño. Mientras observaba preocupada a Iori y a la sacerdotisa.

La respiración agitada del pelirrojo se tornó apacible y Majime Kagura se desplomó agotada contra el muro aledaño. La oscuridad en su piel fue cediendo con lentitud.

Benimaru gruñó retomando energías y se levantó agradeciendo con un gesto tenso a Mai. Esta ayudó a la sacerdotisa a tomar asiento en el sillón.

El rubio parecía absorto mirando las velas negras, las sales quemadas y finalmente a Yagami dormir.

— ¿Él ve eso todo el tiempo? — Preguntó Benimaru con seriedad.

— No lo creo. Ya parece haber tomado cierto control. Pero es posible que al principio fuera presa constante de las pesadillas del Yokai. —habló la sacerdotisa con parsimonia—. Lamento mucho haberlos tenido que exponer a sus influjos.

— Ahora entiendo porque era un arma tan efectiva...— Refunfuño el rubio recostandose en el posabrazos de la poltrona.

— Y si fue potenciado por el Yata, debió ser una manifestación aún más terrible. Sembrando terror y sufrimiento en el corazón de sus víctimas. —agregó Majime cansina—. ...no es un aspecto de los Kagura, que me enorgullezca mencionar.

— Espero no tener que repetirlo...odiaría tener esa cosa en mi cabeza otra vez. — Puntualizó Benimaru sin querer ahondar más el tema.

— Ciertamente. Ahora creo que deberíamos organizar un poco todo este caos, y tirar ese tapete renegrido. — Anuncio Mai levantándose y poniendo manos a la labor.

— A este paso, si seguimos destrozando apartamentos, nadie más va a querer darnos posada. —anunció el rubio retomando algo de energías y ayudando a Mai a regresar a Yagami a la tina fría—. Creo que compraré un apartamento con sistema anti-incendios. — Anunció con tono firme, tomándose en serio aquella idea.

Mai sonrió con dejo triste y el rubio la observó detenidamente.

— ¿Algun dia vas a contarme que paso con Andy? — Preguntó Benimaru con cierta agudeza y Mai lo miró algo tensa.

— Tal vez después...no ahora. No después de lo que sea que haya sido eso. — Anunció con voz apagada.


Pasaron la siguiente hora dándole algo de normalidad al salón y borrando las manchas renegridas del suelo, cuando el delicado timbre resonó en toda la sala.

Benimaru se acercó desconfiado hasta la puerta. No esperaba visitas y nadie salvo ellos deberían saber que estaban en aquel sitio.

Se asomó por el pequeño círculo oval y vio con sorpresa como King parecía corroborar el número del apartamento en un papel. Abrió la puerta totalmente extrañado.

— Que demonios haces aquí...— La miró confuso.

— Si, yo también te extrañe Benimaru. — Sonrió la mujer y apartandolo un poco e ingresando sin mayor explicación.

Mai sonrió y sin mediar palabra le dio un gran abrazo a King. Más encantada que sorprendida por su aparición.

— Linda, te ves muy bien. ¿Cómo sigue tu pierna? — Preguntó la castaña observándola de pies a cabeza. Su ropa de corte delicado y unisex no denotaba ningun yeso ni bastón.

— Mucho mejor. Aún no como para entrar a un torneo, pero ya no necesito ningún apoyo para las actividades normales. — Sonrió complacida

— Me encanta verte mejor. Pero me gustaría saber cómo supiste que estábamos aquí. — Insistió Benimaru ofreciéndole cruzar el pasillo e ir a la sala.

— Recuerdas que fui yo quien te presentó al dueño de esta casa. ¿no? — Indagó sonriente.

— Este maldito infeliz. Le dije que no podía decírselo a nadie. — Acotó Benimaru indignado.

— Ah por favor, yo no soy "nadie". Y no te preocupes, solo me lo dijo a mi. Ni siquiera su esposa lo sabe...— Anunció King ingresando al salón y guardó silencio al ver la sacerdotisa Kagura que yacía sentada en una poltrona, reorganizando lo que quedaba de un resquebrajado rosario. Por un instante pensó ver a Chizuru

Ambas se observaron por un momento y la mujer le sonrió afable.

— Parece como si hubiese visto a un fantasma. Pero me temo que no tengo el placer de conocerla señorita. — Saludó Majime con una inclinación. King sonrió algo nerviosa.

— No...solo, se me pareció mucho a alguien. Mucho gusto. Puede llamarme King. — Saludo regresando la inclinación de cabeza.

— Si, Chizuru y yo siempre tuvimos un gran parecido. Está en la sangre supongo. — Acotó afable Majime.

Tras unas rápida introducción y una taza de té. Benimaru preguntó de nuevo, por que King estaba allí y esta como cayendo en cuenta de algo importante, busco entre los bolsillos de su chaqueta y sacó un pequeño cilindro negro y se lo entrego al rubio.

El cilindro esmaltado y pulido poseía una cinta violeta alrededor del centro y una delicada medialuna plateada yacía tallada en uno de sus extremos.

— Vine a traer un mensaje para Yagami. —anunció King pero miró pensativa a Benimaru—. Es de parte de Kaoru…¿Ella ya no está con ustedes? — Pregunto extrañada. Benimaru la miró estupefacto.

— Pero como... ¿Dónde la viste? Llevamos días buscándola. — Indagó Mai igual de sorprendida. King asintió concluyendo sus sospechas.

— Ya decía yo que fue muy extraño verla en aquel lugar. Y más después de lo que le sucedió a Amelie...— Habló en tono suave y quedó. Benimaru la tomó de la muñeca con algo de fuerza.

— De qué estás hablando. ¿Dónde demonios estaba? ¿Está bien? — Preguntó el rubio con repentina tensión y King observó con algo de molestia su muñeca siendo presionada. Mai extendió una mano y retiró con delicadeza la de Benimaru.

— Vamos a tomarlo con calma. —Acotó Mai mirando a Benimaru con desaprobación—. Cuéntanos bien qué sucedió. Cómo la encontraste. Y cómo la viste King. — Miró expectante a la mujer y está suspiro con un leve gruñido.

— Después de lo que pasó con Amelie, no pude quedarme quieta sin hacer nada. Yo sabía que el maldito bastardo que la contrató debió ser quien ordenó que la mataran. —habló con cierto resentimiento—. Aunque me dijesen que no fue mi culpa, se que fue por mi que ella encontró ese horrible destino...y no podía dejarlo así. Entonces decidí contactar algunos viejos conocidos de mi medio y me presenté para ofrecer mis servicios en reuniones gubernamentales. Finalmente logré ganar una contratación en una de las reuniones que deseaba. Una donde mi contacto aseguraba que estaría el malnacido que mató a mi amiga. Y también los Yagami... — Hizo una pausa observandolos detenidamente.

— King...sabes que es muy peligroso. — Refutó Mai en tono suave.

— No quisimos volver a contactarte para protegerte de todo esto. ¿Y tú vas y te metes a una de las bocas del lobo? — Agregó Benimaru. Ella bufó de mala gana.

— Amelie era una amiga cercana y querida...y ustedes también lo son. Si crees que iba a quedarme como si nada después de ver todo aquello, están muy equivocados. — Acotó con molestia.

— El punto es que quería buscar información que pudiera ser útil, tanto por Amelie como por ustedes. Tenía a mis ayudantes preparados para obtener información de cualquier fuente Mori o Yagami. Y fue allí donde la vi. A kaoru, sentada en una de las mesas, acompañada de una mujer mayor. Casi no la reconozco. Sus ojos eran diferentes y su cabello estaba muy corto. Su semblante era distinto y se veía mayor. Pero era ella.

— Lo corrobore cuando la vi de frente. Solo se acercó a la barra en una única ocasión, cuando ya la reunión estaba cerca de finalizar. Pidió una bebida sencilla y deslizó ese objeto sigilosamente hacia mi. Lo único que alcanzó a decir en tono muy bajo, casi imperceptible, era que le entregara aquello a Yagami. — Puntualizó.

Benimaru y Mai observaron el cilindro con la media luna Yagami en tinta de plata.

— Al diablo, voy a abrirlo. — Espetó Benimaru y Mai suspiro desaprobatoriamente.

— Yagami sigue sin despertar y yo no esperare tanto para saber qué ha pasado con Kaoru. — Acotó Benimaru abriendo la delicada tapa tallada. King los observó confusa pero no interrumpió lo que Benimaru hacía. Ella también moría de ganas por saber qué contenía el mensaje.

Del pequeño cilindro se deslizaron dos delicados retazos de tela mal cortada. Eran partes de las servilletas usadas en la recepción, apreció King. La letra del mensaje estaba algo desordenada y descuidada, un poco corrida en algunas partes, pero legible a totalidad. Ciertamente había sido un mensaje escrito con presura.

Benimaru extendió el primer retazo enrollado.

"Iori lamento mucho haber desaparecido así. Pero no puedo aceptar que trates a toda nuestra familia como inefables traidores. No todos se unieron a Takeshi, e incluso muchos de quienes lo apoyan en este momento, dudan del camino que está tomando y de a donde está llevando al clan."

Rotó ese primer fragmento a King mientras leía el segundo con Mai. La sacerdotisa los observaba con absoluta calma, aguardando sin interrumpir.

"Nosotros nos encargaremos de limpiar el nombre del clan y de arrebatar parte del apoyo que se le ha brindado a Takeshi durante todo este tiempo. Pronto te ayudare a retomar el control sobre el clan y podremos acabar con este terrible conflicto. Por favor, dame tiempo."

La nota finalizaba con un pequeño acote al borde de la tela, en caligrafía algo pequeña y aún más apresurada.

"Por favor dile a Beni...a todos, que estoy bien. Que no se preocupe por mi."

— Que no me preocupe...al cuerno con que no me preocupe. —gruñó Benimaru molesto—. Si tu te metiste a la boca del lobo, esta maldita chiquilla se metió hasta el fondo. — Dijo de mala gana, preocupado y le entregó el segundo retazo a King.

King leyó con expresión seria.

— Retomar influencia sobre el clan Yagami...parece que Kaoru tiene bastante claridad sobre cómo ayudar. —bufó un poco complacida—. Yo también obtuve algo de información valiosa que creo puede ser de ayuda, respecto a los Yagami.

En ese instante un vibrar sosegado, retumbó repetitivamente sobre una de las mesas aledañas a la sala. Sobre esta yacían algunas cosas de Iori.

Benimaru se acercó y leyó el remitente de la llamada, número desconocido.


Tras una larga calma donde la mente de Iori se deslizaba sosegada sobre las apaciguadas mareas del silencio. La luz comenzó a menguar y aquella pantalla de fulgor dorado se hizo traslúcida hasta transformarse en un cielo estrellado, a través del cual Iori cayó libremente.

Estaba en medio de un firmamento lleno de destellos y sin luna. Con un mar en media luna, tan penumbroso y abismal, que su sola imagen impregnó una eternidad de abandono en Iori. Este intentó tomar control de la caída, ubicarse, pero le fue imposible. Segundos después yacía muy cerca de la tierra y un largo monolito negro se alzaba aun mas alto de lo que el habia estado.

Ya no caía y sus pies tocaron la hierba húmeda, pegajosa. Una miríada de voces se levantaron de aquella baliza y aturdieron a Iori. Cada palabra lo traspasaba como si pudiese tocarlo y la infinidad de ellas lo abrumaron hasta que un destello plateado rompió aquella cercanía y las ondas se dispersaron caóticas a su alrededor.

Iori observó confuso aquel espectro pálido. Chizuru.

—...todo este tiempo fuiste tú quien me mostraba esas visiones. — Habló Iori con voz queda y su mismas palabras se desviaron y dispersaron alrededor.

"Tu mente...ha sido vulnerada por Orochi. Y aún estás...lúcido...inamovible..."

Sus palabras fueron entendidas por iori durante un mínimo instante tras el cual se perdieron volátiles entre el caos del ruido que los rodeaba.

"Este es...el último sello. Libéralos...a todos. " Se dispersaron las últimas palabras y desapareció la figura espectral de Chizuru. Iori sintió como si una gigantesca ola de presión enorme cayera sobre él. Y un sin fin de voces le pedían a gritos algo que él no entendía.

Abrió los ojos de golpe, el palpitar acelerado comenzó a descender y observó aturdido el entorno. Estaba semidesnudo en la tina de un baño que no conocía. Y aquello lo regresó por un instante al pasado. Cuántas veces había despertado así un año antes, tras largas noches de pesadillas, se preguntó.

Se sentó con delicadeza y salió de la tina. Sentía como si la gravedad hubiese aumentado. Su cuerpo estaba muy pesado, pero podía moverse con cierta soltura y eso ya era algo bueno.

Caminó goteando hasta la entrada del baño, escuchaba voces provenientes de lo que sería el salón central de aquella casa desconocida. Percibió una tenue vibración al final del pasillo y observó con fastidio como Benimaru levantaba su celular de una mesa.

Se acercó cuando este estaba a punto de contestar y le arrebató el móvil. El rubio dio un respingo y sonrió involuntariamente, sorprendido. Iori se recostó en el muro descansando la pesadez del cuerpo y contestó.

— Saito...— Luego hubo un silencio largo.

— Entiendo. — Otro silencio un poco más extenso donde todos yacían expectantes.

— No...hoy mismo. — Puntualizó Iori y deslizó el celular sobre la mesa. Giró cansino y dio una mirada a la sala. Tres femeninas cabezas lo observaban. Una con una sonrisa, otra con curiosidad y la última con desaprobación.

— Bienvenido al plano de los vivos. A este paso Yagami, la próxima vez no abrirás los ojos. — Habló Benimaru con una sonrisa sarcástica.

— ¿Dónde está mi ropa? — Preguntó sin ningún interés de enterarse qué hacían todos reunidos en otro condenado lugar que no conocía. Benimaru le señalo la habitación del lado del pasillo con un dedo.

— ¿Qué te dijo Saito? — Preguntó Benimaru.

— Nada de Kaoru. — Respondió el pelirrojo con voz cansada, tomó sus cosas de la mesa y se metió en la habitación.


Iori observó sus manos un instante. Temblaban levemente. Gruño bajo y apretó los dedos en un puño queriendo eliminar la debilidad. Era consciente de que no tenía una condición favorable para la destrucción del último sello, pero de eso dependía Kyo y desconocía cuánto tiempo tenía.

Tras secarse con una toalla doblada pulcramente sobre la cama, se dispuso a vestirse con la intención de organizar el nuevo asalto. No sabía cuánto apoyo podría brindarle Saito tras haber perdido más de la mitad del grupo que llevó en la última ocasión.

Tenía la certeza de que esta vez no sería tan fácil acceder al último Hokora. Los Bihksu habían logrado conectar con él aquella noche, y ya debían tener certeza de lo que estaban haciendo. Era muy probable que estuviesen preparados para defender el último Hokora que retenía aquella criatura. Y eso implicaba un aumento considerable de las dificultades y riesgos.

Cerró la gabardina y visualizó a Kyo en su cabeza, recordando su respiración calmada, cálida, sus labios tibios y la corta paz que le había regalado su energía. Aún podía sentirla fluyendo en su interior. Salvo que fuera de aquel plano de ensueño, la sensación era agresiva y poco apacible.

— Kyo...—susurró observando el magatama que le había dado aquel anciano Kagura y recordando su última noche juntos en aquel templo caído. Tan agridulce como memorable—. Resiste. — Puntualizó en voz baja.

Guardaría aquel objeto para cuando se encontrara a Takeshi frente a frente. No permitiría que ningún truco Kagura de anular el fuego le evitara hacerlo arder hasta desaparecer.

Salió de la habitación resuelto a detener esa condenada conexión y a romper el pacto que amarraba aquel maldito Yokai. Lo quería lejos de Kyo y lejos de su propio cuerpo.

Había aprendido a lidiar con Orochi. No aceptaría una tercera conciencia influyendo en su cabeza.


En el salón, el silencio se plantó en la cara de los presentes. Cuando Iori salió de la habitación todos estaban parados y posicionados alrededor de la sala con toda la intención de interponerse en su camino. Iori maldijo por lo bajo y avanzó con paso lento.

— Debo irme...—titubeo un instante incómodo—. Los mantendré informados. — Dijo finalmente algo tosco.

— Ja. No me vengas con esta mierda Yagami. — Espetó Benimaru.

— Pensé que habíamos superado la fase de lobos solitarios y habíamos quedado en hacer esto juntos. — Anunció Mai cruzándose de brazos y atravesandose en la entrada al pasillo. Iori bufo ante el aire maternal que había adoptado Shiranui.

Observó a King un instante y saludó con un leve movimiento de cabeza. Verla caminar sin ayuda alivianaba un poco el sabor amargo que le había dejado aquella noche del bar.

— Qué más quieren de mi. Ya les dije todo lo que querían saber. — Hablo Iori cansino metiendo las manos en los bolsillos.

Majime sonrió con simpatía. De alguna manera aquel joven y reticente Yagami, se había suavizado un poco en su trato casual. Tal vez por fin entendía que todos buscaban el bienestar de Kyo, e incluso el suyo propio.

— No vas a hacer esto solo Yagami. —habló Benimaru acercándose con seriedad—. Kyo esta como esta por protegerte y Kaoru está en la línea de fuego por el bien tuyo y de tu familia. No vamos a permitir que vayas y te suicides por mero orgullo de luchador o lo que sea que pienses. — Lo confronto Benimaru. Iori guardó un silencio irritado y no lo miró.

— Bonita forma de decir que te preocupa Yagami. — Enunció King con una risita. Benimaru la miró de golpe.

— ¡No dije nada de eso! — Espetó en voz más alta de lo que esperaba. Y tanto King como Mai rieron divertidas. Benimaru chasqueo la lengua susurrando "condenadas arpías", y se alejó del pelirrojo con las orejas un poco coloradas.

Iori suspiro impaciente, y apretó las mandíbulas.

— Ustedes parecen no entender una mierda de esto. Han atacado, torturado y asesinado líderes de clan, indiscriminadamente. Saisyu Kusanagi fue finalmente eliminado, e incluso Kyo y yo hemos sido casi diezmados en varias ocasiones, y todo por ese maldito poder que extraen del Yokai. Gracias al Yata. —los miró con cierta prepotencia y sonrió con una expresión desagradable—. Los Hokora anteriores no estaban protegidos. Y aun así muchos murieron en el proceso de destruirlos...y Kyo está tirado en una maldita cama por lo mismo. — Puntualizó sin sonrisa y con tono enojado.

— Que les hace pensar que pueden meterse en esto y salir ilesos. En esta ocasión esos malditos bastardos van a estar preparados para proteger el último sello que amarra a esa criatura. Son muy altas las posibilidades de ser asesinados si se involucran directamente. — Puntualizó con cierto aire intimidatorio.

Un silencio corto se plantó de nuevo entre todos. Iori no había mentido o exagerado en absoluto. Era un hecho que por esa razón Kyo no los quería dentro de todo ese conflicto y ahora Yagami tampoco.

King sonrió divertida.

— Esa también es una manera curiosa de decir que te preocupas por nosotros. Parece que estar con Kyo te ha suavizado Yagami. — Rompió King el silencio con tono burlón.

— Tanto Kyo, como Kaoru e incluso Terry están arriesgándose por resolver toda esta locura. —Agregó Mai—. No esperes que nos quedemos mirando cómo los matan. Aparte no tenemos miedo de enfrentarlos, Yagami. — Anexó algo engreída con un ademán similar a los usados por el castaño.

La sacerdotisa mantenía esa distancia prudencial del observador. Al parecer Kyo Kusanagi había influenciado de muchas formas a aquellas personas.

Iori gruño cansado de toda esa conversación absurda.

— Como sea, no me interesa que crean o no. No pienso detener a nadie si quieren entrometerse y arriesgar su vida. Pero tampoco cargaré con debilidades o pesos muertos. Mi prioridad es el Hokora y no esperen que los cubra. — Puntualizó Iori molesto.

— ¿Eh? Más fácil te cubrirán el trasero a ti Yagami. — Habló King sin borrar aquella irritante sonrisa.

— Bueno, pero no vamos a hacer esto sin un plan. Así que deja ese afán enfermizo por alejarte de nosotros y nos vas a decir dónde está esa cosa y qué podemos esperar...y de paso que carajo te dijo Saito. —espetó Nikaido recostandose en el espaldar de la poltrona y extendiendo la mano con el cilindro Yagami—. Por cierto, Kaoru te envió un mensaje.

Iori tomó el objeto de mala gana y leyó los retazos, tras lo cual empuñó todo en una mano y tanto el objeto como los retazos ardieron en un fuego violeta más oscurecido de lo normal.

— ¿Qué estás haciendo? — Refutó Benimaru al ver arder el mensaje de Kaoru.

— Esa chica estúpida no comprende. Su visión de familia la cega. La corrupción de Orochi permeó en todos nosotros desde hace mucho tiempo...lo único que logrará es que la maten. — Apuntó Iori bajando la mano con violencia en una estela de fuego delgada, dejando en el aire solo pequeñas esquirlas renegridas de cenizas que desaparecieron tras un brillo azulado. Todos percibieron con cierta aprehensión aquella aura asesina en su semblante. Benimaru apretó los puños preocupado por Kaoru.

Iori tomó asiento sin mediar más palabras.

Esos idiotas amigos de Kyo estaban totalmente dispuestos a ayudarlos si o si, pensó. Y aunque tal vez podría usarlos y facilitarse un camino directo al Hokora si ellos se encargaban de mantener a raya a los enemigos...no deseaba hacerlo. No quería arrastrar más gente a una posible muerte prematura. No quería cargar con más sangre ajena sobre sus hombros.
Suspiró irritado, igual se suponía que no debería importarle mucho tampoco, no si era por el bienestar de Kyo.

Gruñó irritado y los demás tomaron asiento a su vez.

— Es aquí donde planeamos cómo destruir esa última cosa y salvar a Kyo. — Anuncio Benimaru sin rodeos.


Se tomaron la siguiente hora para analizar los pro y los contra de la misión que tenían en frente.

Iori explicó de manera concisa las habilidades de los Bihksu y King compartió de manera más extensa y detallada la información conseguida por sus ayudantes en la reunión gubernamental.

De los miembros directos del clan no obtuvo algo de utilidad, ya que fueron mesurados y cautelosos en general. Pero los rumores entre los presentes ajenos al clan, estaban plagados sobre la familia Yagami.

Su repentina forma de escalar entre las influencias gubernamentales, hacía que las familias restantes viesen sus intereses amenazados.
Había un constante siseo acerca de las preferencias injustificadas de los altos mandos respecto a las legislaciones en pro a los Yagami.
También había estado en boca de algunos, la realización de un próximo consenso dentro de pocos días, donde el líder Yagami haría presencia en representación del clan.

King aseguró que se haría con un lugar dentro de la mencionada recepción, para así espiar más de cerca al clan, y poder dar con información que los guiara al paradero definitivo de Takeshi e incluso de Kaoru.

Benimaru y Mai asintieron con ímpetu. Deseaban terminar con aquella serie de desgracias pronto. Retornar a algo de normalidad, sin temer por la vida de sus amigos o la suya propia.

Majime aguardo silenciosa, absorbiendo toda la información compartida. Y al ver que los otros aspectos estaban cubiertos, abordó el tema de la destrucción del sello.

Iori no pudo evitar cierta perplejidad ante la explicación de Kagura. Tanto Benimaru como Mai habían contactado con Ankoku para servir como sustitutos de la energía de Kyo, y la suya propia.

A pesar de lo mucho que habían sufrido Kyo y él a manos de la conexión y los Bihksu, que ellos decidieran exponerse por el bienestar de ambos con tanta naturalidad, le llevó a pensar de nuevo sí haber asumido toda la situación solos había sido demasiado para ambos. Tal vez Kyo no habría terminado bajo aquella crítica situación de haber actuado diferente. De haber contado con ellos.

Eso o tal vez la mitad ya estarían muertos, pensó con resentimiento. Cómo podrían llegar a estarlo si algo salía muy mal de nuevo.

Suspiro pesado observando a la sacerdotisa, sabía que había sido ella quien orquestó aquella reunión, como también vinculó a ese par de tontos amigos de Kyo a ese monstruo. De alguna manera sentía como si Chizuru estuviera entre ellos, con esa misma entrometida intervención Kagura, indicando el camino a seguir.

Aun así, a pesar de todas sus dudas, tenía esa molesta y nata confianza que solía evocar Kagura en ambos, como también el leve presentimiento de la invisible influencia de Orochi sobre todo aquello. Y se preguntó por primera vez algo que lo mantuvo inquieto durante toda su estadía en aquel lago onírico de luz. Si el bastardo de Takeshi era su enemigo principal. Porque Orochi despreciaba tan abruptamente la presencia del Yokai. No sería más fácil usar aquella criatura para diezmarlos a todos. De alguna manera ya lo habían hecho...pero por qué rechazarla tan agresivamente. Siendo consciente del daño tan desproporcionado que les había causado. ...o tal vez aquel Yokai era una criatura tan maldita como Orochi. Se preguntó.

Las voces de la sala iban y venían, mientras Iori absorto en sus pensamientos solo los percibía como un ruido de fondo. Cuando Kyo emergió entre sus pensamientos, Iori perdió la profundidad de los mismos y la urgencia volvió a acunarse en su pecho.

Esas eran cuestiones que no tenía tiempo de abordar, en el momento debía enfocarse en completar la misión y liberar a Kyo.

Se levantó de repente y miró a los presentes con aire autoritario.

— Ya que no hay marcha atrás. No perderemos más tiempo. Saito sabe donde está el último asentamiento perdido de los Kagura. —hizo una pausa en la cual los cuatro se levantaron— Dado que el objetivo solo se manifiesta de noche, estaremos en la peor de las condiciones. Sepan que mi prioridad es el Hokora...asi que estaran por su cuenta, no voy a cubrirlos. — Insistió con aire prepotente.

— Pfff —bufo Benimaru—. Con la condición en la que estás, te repito, seremos nosotros quienes salvemos ese prepotente trasero tuyo, Yagami. — Respondió el rubio indignado y esta vez fue Iori el que le devolvió el bufido escéptico.

— Bueno en algo estamos de acuerdo. —hablo Mai conciliadora—. Todos queremos que Kyo salga de esta. Y si no trabajamos juntos, no habrá salida para él, ni para nosotros...ahora dejen de pelearse como un par de malditos niños. — Gruñó mandona. Benimaru le devolvió una mirada indignada, mientras Iori ignoró el comentario y avanzó al corredor.

— Yo me quedaré con la señorita King. Hay varios aspectos de la familia Yagami...—habló la sacerdotisa con una sonrisa pero con ojos de agudo reproche dirigidos a Iori—...que desconozco en el momento. Y tampoco soy buena en el combate directo. Así que les deseo suerte. Mis bendiciones los estarán acompañando jóvenes. Tengan cuidado. — Acotó Majime Kagura con una delicada reverencia de despedida.

— Yo me encargo del resto por aquí. Ustedes por favor no se mueran por allá. — Agregó King a modo de broma, pero la tensión que denotaba, les dejaba clara su preocupación.

— Tranquila preciosa. Hierba mala nunca muere y vamos con una perversa. —hablo Benimaru palmeando el hombro de Iori—. Ya verás como regresamos sin un rasguño. — Hablo sonriente mientras Iori sin verle la gracia, se limitó a tomar distancia rumbo a la salida.

Ambas mujeres observaron con semblante sombrío como los tres se subían al automóvil bajo la nieve lenta y las volutas de aliento cálido. Con un arranque rápido del auto, solo quedó atrás una leve estela de polvo blanquecino en el pavimento.

— ¿No era mejor que Yagami se quedara? —preguntó King pensativa, todo lo comentado respecto a esa criatura parecida a Orochi le era aún muy confuso—. No parecía tener muy buen aspecto para lo que planean.

Majime pensó en un modo conciso de hacerle entender la cuestión. Necesitaba la confianza de aquella joven si quería una conversación fluida sobre los Yagami.

— Desgraciadamente, lo único capaz de destruir un pacto sellado con una reliquia, es el poder de otra reliquia. Para la naturaleza de Ankoku siempre ha sido más fácil acudir a un espíritu debilitado para manipularlo. Pero en el caso de los portadores de las reliquias, su poder le hubiese dificultado acceder a sus voluntades. Por ende optó por acercarse a Iori Yagami. Al contener a Orochi toda su vida, era más factible doblegarlo, ya que no podría enfrentar dos entidades al mismo tiempo...—habló Majime y sonrió con tristeza—. Pero el destino del joven Yagami ha estado plagado de obstáculos que lo han transformado en una fortaleza, y eso es algo que Ankoku no pudo prever. De los tres portadores, él posiblemente sea el espíritu más difícil de diezmar. Y aun así accedió a liberar al Yokai por propia voluntad...y se volvió la única arma capaz de romper el pacto. —

King la observó con cierta agudeza. De alguna manera sentía que la sacerdotisa sabía mucho más de lo que decía.

— Veo que sabes mucho sobre todo esto...— Habló King quedamente. Majime sonrió con confianza.

— Claro, es mi trabajo como una de las superiores Kagura. Pero ahora eres tú quien debe hablarme acerca de los Yagami. — Anunció la mujer caminando en dirección a la cocina—. Preparare un poco más de té.

King asintió pensativa y tomó asiento en el sillón. Había algo en todo aquello que no dejaba de desagradarle.


Recorrieron las calles de un Tokyo abarrotado de festividades ajenas a Japón, descuidadamente mezcladas con una sociedad cosmopolita llena de nuevas flexibilidades y colores. Tanto Mai como Benimaru en el asiento trasero se tomaron el momento de observar aquellas calles llenas de vida a pesar del frío. La gente parecía prepararse para alguna de las fechas especiales ya globalizadas.

Pero la peligrosa velocidad del vehículo les impidió disfrutar una mínima parte del recorrido. Tras cruzar peligrosamente un par de semáforos, Benimaru impero a Yagami sobre manejar con más cuidado, pero el semblante enfocado y agresivo sanjo el asunto.

Tras quedar atrapados en el tráfico y verse obligados a andar lentamente, el rubio rompió el silencio.

— Piensas decirnos a dónde vamos. — Indagó con dejo despreocupado mientras observaba el exterior a través de los vidrios algo empañados. Tras un silencio corto, Iori tomó una calle aledaña lejos del trafico central.

— Con Saito, cerca a la terminal de Kurihama. — Habló Iori puntualmente, entrando a una de las amplias calzadas que salían de la ciudad.

— ¿El ferry? — Preguntó Mai extrañada. Iori asintió en silencio adelantando un par de automóviles.

— Tendremos que cruzar el golfo. El último Hokora está en Chiba, parece que en la zona de un templo llamado Kenzonzan. — Apuntó Iori. Benimaru se recostó en la puerta del pasajero y buscó un mapa de ubicación en el celular.

— No sabía que los Kagura tuviesen asentamientos en ese lado del país. — Habló pensativa Mai quitándose uno de los pies de Benimaru de encima con una casi mueca infantil.

— No el clan principal. Pero la rama de parias...los Bihksu. — Agregó Iori con la voz ronca, resentida. Y el cuero de sus guantes se tenso al apretar con fuerza el volante.

— Pudo haber sido su escondite cuando los cazaba el clan Kagura. — Acoto Mai pensativa.

— O su zona oculta y sagrada para hacer los rituales...la zona irónicamente parece tener varios templos budistas. — Agregó Benimaru mostrándole algunas fotografías a Mai.

Mai tomó el celular y exploró el registro fotográfico del mapa.

— Es una zona densa y boscosa...— Dijo pensativa.

— Hmm, deberíamos ir en el día y explorar la zona. No entiendo porque carajos quieres que nos metamos en un lugar así justo en la noche. — Reprocho Benimaru desconfiado por lo aislado que se veía el lugar. El vehículo mantenía una velocidad superior a la permitida y el atardecer empezaba a teñir el grisáceo panorama con tonos de una moribunda calidez.

— El Hokora solo se manifiesta durante la noche, y habran enemigos ocultos esperando por nosotros. No podemos exponernos a combatir durante el día. Debemos llegar poco antes del anochecer y encontrar el sello apenas oscurezca. —habló Iori en tono firme, zanjando las preguntas—. Si hacemos un ataque rápido podremos destruir ese maldito Hokora antes de que puedan impedirlo.

Benimaru asintió silencioso. Era muy arriesgado, pero como decía Iori. Era tal vez el modo con mayor probabilidad de éxito.

El resto del camino lo cruzaron silenciosamente. Benimaru y Mai iban revisando atentamente todo registro que pudieran encontrar en la web.

Iori observaba con toda la concentración posible la carretera, agradeciendo que no había casi vehículos a lo largo de la calzada. Una parte de su vista parecía oscurecerse por instantes cortos. Y en la lejanía podía escuchar aquella miríada de voces.

Respiró profundo y sacudió la cabeza. Tal vez estaba solo agotado. No había forma de que pudiesen gestar una conexión con él ahora. La misma energía del Yokai le había concedido cierta inmunidad al poder de aquel ritual.

La calzada y las zonas aledañas de la carretera se fueron sumergiendo paulatinamente en una niebla ligera que empezaba a limitar el campo de visión. Esto extraño al pelirrojo ya que estaban muy cerca de la costa, pero mantuvo la atención en el camino.

La continuidad grisácea del pavimento con la línea divisoria comenzó a hacerse borrosa y Iori volvió a apretar los ojos con la intención de aclarar la vista. Pero al volverlos a abrir la calzada había desaparecido y lo único que quedaba era un vertiginoso movimiento de su vista sobre la hierba oscura y húmeda. Cruzó varios árboles erguidos como espectros amorfos y las voces se acercaron, aumentando de volumen.

Durante un instante un árbol blanco desnudo se atravesó ante el movimiento y de este se desplegaron unas luces intermitentes y un chillido agudo. De repente, frente a él, entre las luces y el auto, el espectro borroso de Chizuru lo llamó por su nombre.

Iori salió de su momentáneo aturdimiento y de un volantazo violento se desvió de la carretera, esquivando la coalición contra un automóvil que llevaba la vía opuesta.

Su reacción fue rápida y logró retomar el control y frenar, patinando sobre la nieve de un costado abierto de la carretera que daba a una zona medianamente boscosa. Su pulso estaba acelerado y la visión de los árboles y el espectro se había desvanecido.

— ¡Que carajos estás haciendo maldición! — Gritó Benimaru molesto.

— Casi chocamos contra ese auto...— Agregó Mai reponiendose de la sorpresa.

Ambos apreciaron la palidez de Iori y la respiración agitada. La mirada algo errática buscando algo que ellos no lograban percibir.

— Olvidalo, puede ser su automóvil, pero no dejaré que nos mate por esa absurda terquedad. — Anunció Benimaru saliendo del vehículo, y con la nieve hasta el tobillo se acercó a la puerta del conductor tras hacer una señal de disculpa al vehículo que casi impactan. El conductor pareció hesitar un momento, pero siguió el camino sin más.

Benimaru abrió la puerta del conductor y agarró a Yagami por el hombro dándole un leve empujón hacia la silla del acompañante..

— Yo me encargare del auto de ahora en adelante. Tú hazme el condenado favor de descansar y no intentes matarnos de nuevo. — Aseveró el rubio acomodándose mientras Iori sin resistirse se limitaba a recostarse, inclinando un poco la cojineria.

— ¿Qué te sucedió, Yagami? ¿Estas bien? — Preguntó Mai sinceramente preocupada mientras Iori parecía retomar la fría calma casual.

—...si, no es nada. — Respondió quedamente el pelirrojo y la mujer suspiró culpando al estado de su cuerpo por aquel lapsus.

Iori miró al exterior en silencio el resto del camino. Estaba seguro que esa visión estaba relacionada al Hokora. Había recordado aquel monolito con grabados dorados que se alzó como una pesadilla en aquel centro comercial. Era muy similar a lo que vio en sus sueños antes de despertar. Y ahora un árbol blanco...pensó.

Tal vez el Yokai estaba mostrándole el camino o tal vez era el espíritu de Chizuru que intentaba guiarlo una vez más. No estaba seguro, pero podía sentir aquel maldito sello llamándolo. Y su influencia era cada vez más perceptible a medida que se acercaban al territorio. El temor se acunó como un vació tenue en su vientre cuando notó la ausencia de Orochi en aquellos susurros. Por qué de repente aquella sosegada calma. Se preguntó.


Cuando bajaron del auto en el lugar indicado, el frío intenso pareció permear incluso sobre la tela. Benimaru se encogió abrazándose a sí mismo y una bocanada de vapor lo rodeó.

— Qué pasa con este endemoniado frío. —se estremeció un instante mientras observaba el entorno—. Parece que Saito sigue eligiendo las zonas más clandestinas dignas de una película gangster.

— No veo qué tiene de malo reunirnos en un lugar con bebidas calientes. — Murmuro Mai cerrando un poco más la bufanda.

Iori avanzó sin mediar palabra, casi inmutable al frío, a pesar de llevar una gabardina abierta. Tras avanzar un par de cuadras, apreciaron bajo una la luz mortecina de un estrecho callejón nevado, la figura negra y elegante de Saito.

— Mi señor. — Saludó el hombre, con una reverencia hacia Iori. Tras lo cual ofreció aquella sonrisa de zorro a sus acompañantes.

— ¿Cómo está la zona? — Preguntó Iori sin rodeos.

— Totalmente custodiada. Las carreteras aledañas y la entrada principal al templo Kenkozan está totalmente vigilada por agentes, sospecho, gubernamentales. Están incluso haciendo retenes a carros particulares en la zona. Con la excusa de algún tipo de censo vehicular de tránsito. Por ende, me temo que deben dejar el automóvil si aspiran acercarse al lugar. Incluso me tomaré la libertad de aconsejarle no usar más ese auto en específico. Ya deben tenerlo registrado. — Apuntó el espía con absoluta calma. Iori gruño pensativo.

— Y cómo diablos vamos a entrar si desde las carreteras hay vigilancia. — Indagó Benimaru impaciente.

— Bueno solo retienen vehículos particulares. Los públicos o de empresas específicas no son requisados, así que al otro lado del Ferry tengo preparado uno que se acomoda perfectamente a las necesidades. — Habló con absoluta confianza el espía.

— ¿Y aparte de la carretera y el templo…? — Preguntó Iori.

— Bueno, ese era el punto que deseaba informarle personalmente. — Agregó Saito y sacó de la chaqueta un recorte de mapa con algunas marcas.

— La zona es extensa y muy boscosa, algo montañosa. —hizo una pausa señalando los puntos dentro de la espesura poco habitada—. Lo que hay tras alejarse de las carreteras e internarse en el territorio, son caminos olvidados con enemigos. Sombras sigilosas y vigilantes. Sospecho que son de los nuestros. — Aclaró Saito.

— ¿Ninjas Yagami? — Preguntó Mai observando los cuatro puntos marcados en la espesura.

— En efecto. Evitamos explorar más para no alarmarlos antes de tiempo. Parece que están allí desde hace varios días. Posiblemente desde la destrucción del Hokora anterior...finalmente se han asustado lo suficiente para militarizar la zona. — Anexó Saito mirando a Iori con su expresión aguda. El pelirrojo no dio ningún indicio de reacción salvo una amarga mirada de desprecio al papel.

— Iremos poco antes del anochecer. Que los Supaida se deshagan de los ninjas. Nosotros iremos directamente al Hokora y lidiaremos con los Bihksu. Diles que mantengan a raya a cualquier agente del gobierno que se acerque. — Ordenó Iori sin hesitar.

— ¿Incluye eso la muerte? — Preguntó Saito con tranquilidad. Y tanto Mai como Benimaru se tensaron un instante.

— Si es necesario, si. — Apuntó Iori sin dudarlo un instante.

— Qué dices…¿Vamos a ir matando agentes del gobierno así como así? ¿Quieres que nos condenen? — Indagó Mai alarmada.

— Ustedes no. —dijo Iori mirándolos de soslayo con resolución—. Ese será el trabajo de los Supaida, si es necesario. Benimaru bufo incrédulo.

— Claro que será necesario. Dudo que ellos duden en dispararnos a nosotros o a ellos, si nos ven. Esto será una matanza... — Agregó el rubio aterrizando lo crucial de la situación.

— Entonces que así sea. —dijo Iori cortante—. Han intentado matarnos a Kyo y a mi durante mucho tiempo. Así que de mi no obtendrán ninguna piedad esos bastardos. Si no los matan los Supaida, yo los haré arder hasta las cenizas, igual que a esos malditos Bihksu. —los miró con aire retador—. Mi prioridad aquí es Kyo. No alguna moral débil que ponga en extremo peligro nuestras vidas, y la suya.

Ambos observaron en un silencio tenso a Iori. Este desvió la mirada y siguió hablando de los detalles con Saito.

Mai y Benimaru tantearon la idea de asesinar gente a sangre fría, y se estremecieron ante el mero hecho de tomar esa decisión. Pero en algo Yagami tenía razón, no era una cuestión de moral, era una cuestión de vida o muerte. Un instante de duda podría ser fatal para ellos. Y de paso para Iori y Kyo.

Ambos se cerraron silenciosamente alrededor de Saito. Ya habían perdido a Chizuru. Esta vez estaban allí para evitar otro desenlace trágico.