Kaoru observó la blanca capa helada que cubría gran parte de la ciudad. La casa donde se encontraba estaba en una parte alta de la prefectura y daba una imagen parcial de la metrópoli. Cuando era pequeña y visitaba aquel lugar con sus padres siempre había pensado que todo aquel movimiento en la ciudad parecía simular una criatura viva y sin tiempo de reposo.

Suspiro pensando en sus padres, en su hermana, en todas aquellas personas que había aprendido a considerar sus amigos, deseando que estuvieran bien.

Aquellos amigos de Kyo Kusanagi habían sido personas desinteresadas, sin pactos previos o acuerdos familiares. Tal vez las únicas relaciones libres de responsabilidades que había tenido en su vida. Benimaru...susurró con una dulce calidez en el corazón y a la vez una triste sensación de soledad.

Sacudió aquellos pensamientos y centró la mirada en el paisaje de Tokyo una vez más. Ahora todo era diferente y en una forma que ellos no podrían comprender. Ahora estaba avanzando en algo que con ellos no habría podido alcanzar. Salvar a su clan. A todo aquello que alguna vez considero su familia.

Tal vez así Iori, como líder legado de los Yagami, comprendiera que valía la pena reestructurarlo. Que no todos eran traidores o asesinos. Lo que había hecho Takeshi al dividirlos, no había diezmado su voluntad, aún había resolución y lealtad entre varias partes de la familia. Si ella podía llegar con eso en sus manos ante Iori y ante los mismos representantes del clan, podría salvar la estructura Yagami y hacer de ella algo diferente, algo mejor.

La chica suspiro pensativa, no le bastó con tomar a sus padres y a Aki, también pretendía llevarse todo el ideal Yagami a sus desconocidas intenciones radicales. No, no podía permitir que Takeshi le quitará más. Sabía bien que el significado de la familia estaba más allá del poder. Su identidad estaba en sus creencias y tradiciones, en su filosofía. E independiente de sus conflictos con los Kusanagi, eran mucho más que una sangre maldita.

Suspiro apretando sus manos y observando su reflejo en el ventanal, ahora tan ajeno y desconocido. Y aunque sabía que en el fondo seguía siendo la misma, reconocía la necesidad de adaptar los matices de su papel.

Pronto sería la reunión y el mismo Takeshi estaría en esa recepción. Incluso le habían asegurado que algunos miembros no directos de la familia imperial asistirian. La señora Yui había accedido a ser parte del grupo Yagami que cerraría algunos tratos. Negocios con extranjeros que poseían cierta influencia en la economía del país.

Del grupo de los asistentes Yagami que atendería la reunión, uno aparte de la señora, estaba entre los nombres que Kioshi había escrito en la lista. Y aunque ya habían contactado previamente a otros dos, necesitaba desempeñar su papel de forma impecable en esa reunión, para ganarse la verdadera confianza de todos.

Tenía que aprovechar los nexos que sus padres habían formado con varios de los empresarios que asistirian a la velada y descubrir qué negocios sucios estaba cerrando Takeshi con los extranjeros. Kaoru sospechaba que todos los Yagami dentro de aquella reunión sabían que eran meras herramientas que usaba Takeshi para establecer conexiones menores y reforzar su objetivo real, el cual, tanto Yui como los otros miembros partícipes, desconocían.

La joven agachó la vista y se enfrentó al papel pulcro y blanco bajo su mano, la pluma entre sus dedos titubeo. Aquella reunión sería un punto de no retorno. Sabía que después de ese suceso no podría regresar a ese corto lapso de extraña felicidad que había tenido con todos...con Benimaru. Y no se sentía capaz de continuar su camino sin sacar todo aquello que no había dicho. Sin agradecer o lamentar lo que dejaba atrás.

La caligrafía discurrió con trazo pulcro y delicado. Deseaba que aquellas pocas palabras fueran lo suficientemente sinceras para agradecerles todo y esperaba tener una oportunidad más para estar con ellos de nuevo.


Majime Kagura analizó a King con su casual aire elegante y altivo. Habían tenido una extendida conversación sobre sus dudas frente a la situación del clan Kagura. Esperaba que ahora aquella joven mujer desconfiara menos de sus intenciones, a pesar de que habían algunas cuestiones importantes que había omitido. Primero tenía que cerciorarse de la voluntad de su sacerdotisa mayor, como también comprender la naturaleza de la manifestación de su antecesora, Chizuru Kagura.

De alguna forma, que sabía estaba relacionada con el Yata, Chizuru había logrado mantener su conciencia como ente espiritual. Y aunque era incapaz de manifestarse como deseaba, lograba usar la desbocada energía de las conexiones entre los tesoros y aquel espíritu Ankoku, para comunicarse. Podía sentir en ella la esencia del espejo, pero también algo ajeno en la misma, la retenía de confiar. Aún no estaba segura de si las intenciones del clan Kagura y las de aquel espíritu remanente de la anterior líder eran las mismas.

Suspiró pensando en los jóvenes que aún se recuperaban en el piso superior. Sin ellos no habrían logrado debilitar el control de los enemigos sobre el Yokai, y a pesar de los daños sufridos, allí estaba ella, aún considerando el mejor uso que podría darles. Suspiró. Finalmente todos, incluida ella, eran herramientas de las circunstancias.

King hizo una seña al aire para indicarle el lugar a un taxi que aparco cerca en el mismo instante que Terry Bogard se asomó bajo el dintel.

— Yo me encargaré de recibir al visitante. ¿Podrías cuidar de ellos arriba por favor? — Anunció el rubio con el semblante algo serio. La mujer accedió con un movimiento elegante de cabeza y regresó al interior de la casa.

King se acercó a Terry con aire serio.

— Hay muchas cosas que no me gustan de todo esto. Hay algo entre las tensiones de los clanes que no me da buena espina. —habló la rubia en tono bajo—. Tampoco tengo total certeza sobre qué están investigando ustedes y qué relación puede tener. Pero confió en ti y...—agregó dando un vistazo al portón aún vacío—. Tal vez es mejor que no dejes que la vea. No creo que le haga ningún bien. — Puntualizó King con una sonrisa comprensiva.

— Lo sé. —respondió Terry—. Y por lo demás no te preocupes, no estamos en absolutamente nada tan peligroso como Iori y Kyo. — Sonrió tranquilizadoramente. King bufó con delicadeza y se despidió con una mano.

— Ten mucho cuidado. Mantennos informados de lo que suceda en esa velada. Si necesitas ayuda solo dilo. — apuntó Terry con determinación ante lo que King respondió con una sonrisa y un guiño. Saludó al visitante que acababa de cruzar el portón y se perdió de vista.

Terry se acercó a su hermano con sentimientos encontrados. Le alegraba verlo bien pero al mismo tiempo no deseaba verlo allí. Aun así sin cruzar palabras lo abrazo con vigor a modo de saludo. Andy le regresó el abrazo con poco menos energía.

— Lamento no haber podido visitarte antes. Me alegra verte mejor. — dijo con sinceridad Andy.

— Está bien, me alegra saber que no te partieron nada. — Sonrió divertido Terry.

— Bueno, poco faltó para ello. Billy Kane es ahora un perro rabioso sin dueño. Ha sido difícil husmear en los asuntos de la organización de Gesse Howard. Seguimos sin descubrir cómo sigue funcionando y quien la está dirigiendo ahora que él no está. —acotó caminando lentamente con Terry—. Solo continuamos con la certeza de que tiene una relación directa con Orochi.

— Era de esperarse. ¿Han descubierto algo sobre si tienen alguna conexión con los últimos sucesos en Japón? — preguntó Terry guiando a su hermano a la sala de estar.

— Es lo que esperamos descubrir con esta última reunión. Ya nos confirmaste la presencia de agentes de Gesse Howard aliados con esos ninjas Yagami y los soldados. Blue Mary y King investigaran lo que puedan sobre quienes serán los asistentes a esa reunión privada. Hay rumores de que algunos miembros de la familia imperial asistirán.

— Hm, sigue siendo muy arriesgado meter más de un espía a una reunión semejante. — Puyó Terry sirviendo algo de beber para ambos.

— Es un riesgo que debemos tomar. King no conoce bien a la gente de Gesse. Y aunque Mary sabe bien quienes son, es King la que tiene acceso certificado al espacio...así que, era necesario. Confío en que lo harán bien. — Apuntó Andy con absoluta calma y bebió un trago caliente. Terry lo observó con seriedad.

— ¿Por qué ella y no tú? — preguntó Terry refiriéndose a Blue Mary, su tono era directo y sin miramientos. Andy levantó la vista con calma.

— Ellos me conocen mejor a mi. Aparte una mujer es menos amenazante y tiene dotes que facilitan el acercamiento. —anunció con voz frívola y tranquila—. Lo hablamos, y fue la mejor manera. — Respondió con seguridad, y aunque amable, había en su voz casi un tono de obviedad.

Terry guardó silencio. Había muchas cosas diferentes en su hermano; desde el último año parecía envuelto en un aire controlador que nunca antes había tenido. Su timidez casual parecía haber desaparecido. Su confianza era férrea y determinada, y aunque le agradaba verlo más preparado y seguro de si mismo, temía que aquella nueva faceta suya nublara su juicio con los demás.

Parecía no darle mucha importancia a las cuestiones ajenas. Lo supo cuando priorizo los asuntos de la investigación antes que a Mai cuando fue herida. Incluso había preferido gestionar con King todo el tema de la reunión antes de siquiera visitarlos.

— Espero que salga bien. La última vez fue muy peligroso. — Acotó pensativo Terry bebiendo un sorbo amargo.

— Ninguno de ustedes era un espía preparado. El margen de error era alto. Incluso Mai como ninja Shiranui fue incapaz de manejar la situación. Tal vez si hubiese seguido con mis recomendaciones meses atrás y nos hubiese ayudado con el caso…— Suspiró algo fatigado Andy. Terry frunció el ceño.

— Qué haces aquí Andy. Claramente no has venido a visitar. — Cortó cansándose de la conversación.

— He venido con la intención de hablar con Mai. — Apuntó el rubio con voz suave y astuta—. Hay algo que ella podría facilitarnos. Los Shiranui tienen una posición particular dentro de las tradiciones ninja y sé que algunos ancianos del clan poseen redes de información organizada. Pero no tengo acceso a ella...no sin ser parte oficial de los Shiranui.

— ...ella no está en condiciones de nada en este momento, salvo descansar. — Habló Terry con tono frío. Cada palabra de su hermano parecía generarle una molestia cada vez mayor.

— No necesita hacer nada. Ya se negó antes a facilitarnos la conexión con ellos. Así que vine a ofrecerle una vez más lo que tanto deseaba. Podemos hacer una ceremonia sencilla que legalice el asunto y yo me puedo encargar del resto. — Miró a Terry con cierta templanza calculada.

El rubio guardó silencio sorprendido. No alcanzaba a comprender cuánto había cambiado su hermano para insinuar descaradamente que se casaría con Mai Shiranui solo para usar su posición dentro del clan.

Una extraña indignación chocó en su interior, pero intentó mantenerla a raya. Aunque se le dificultaba, debía considerar el hecho de que era un asunto inconcluso entre ellos.

— No la molestare mucho tiempo. Si la hago entrar en razón, tal vez…

— No te voy a permitir verla. —le anunció Terry con tono calmado, pero rígido. Resuelto—. Buscate otra manera y déjala en paz. — Puntualizó levantándose de la mesa con la intención de finalizar aquella visita. Andy lo miró detenidamente sin expresión.

— Te preocupas innecesariamente. Sabes que necesitamos esto, llevamos muchos años buscando respuestas que nos permita detenerlos y ahora estamos muy cerca. La red de informantes de los Shiranui podría hacer una enorme diferencia para saber sobre las intenciones de la organización de Howard aquí. Los escrúpulos no nos serán de ayuda. —apuntó Andy algo molesto.

— ¿Necesitamos? Realmente crees que esto justifica lo que estás haciendo. — Apuntó Terry enfadado. Andy bufó incrédulo.

— ¿Y lo dices tú? Cuando cuidabas del hijo de Gesse Howard como si fuese tuyo, con lo cual nunca estuvimos de acuerdo Mary y yo. Desoíste todas nuestras razones y ahora ni siquiera sabes si regresó a la organización de su padre. ¿Y ahora te molesta que quiera desposar a mi mujer, y que desee reclamar como parte de nuestra unión el derecho a acceder a la información del clan...sabiendo que con ello ayudaremos a Mary a desmantelar esa maldita organización…? En que demonios estas pensando. ¿Ya no te importa todo lo que hemos perdido? Llevamos mucho tiempo detrás de esto.

— Nunca he dicho que no me importe. —gruño el rubio—. Pero no pasaré sobre nadie importante para nosotros por obtenerlo, y mucho menos sobre Mai. Parece que olvidaste algunos principios que nos enseñó nuestro padre. — respondió Terry muy molesto. Andy lo observó tenso pero contuvo la rabia.

— Hemos llegado muy lejos y no tenemos tiempo para desaprovecharlo. Regresaré cuando ella esté mejor.

— No, no lo harás. —Espetó Terry con seria determinación—. Mantente alejado de ella y cuida de que no les pase nada a Mary y a King.

Andy lo miró enojado pero guardó silencio.

— Hablaremos después de la reunión. Y mi encuentro con Mai debe decidirlo ella misma...no tú, hermano. — Apuntó Andy con cierto resentimiento, extrañado. Y abandonó la casa.

Terry maldijo por lo bajo. Sabía que no tenía derecho a interponerse en ese asunto, pero se había dejado llevar y le molestaba de sobremanera la forma en que se refería a Mai. Como una simple herramienta. Después de tantos años...no se lo iba a permitir.


Iori deslizó lentamente el dedo sobre la pantalla táctil. Observando detenidamente algunos titulares sobre la situación política del país y qué información entregaban los medios respecto a lo acontecido.

Kyo cruzó una y otra vez en medio de una llamada relativamente extensa, donde definía y aceptaba algunos trámites implicados con el clan. Se denotaba tenso pero mantenía todo bajo control. Aún así el pelirrojo ignoró por completo la conversación de Kyo y se distrajo buscando indicios informativos que le brindasen alguna información extra, cuando un mensaje emergente de remitente desconocido apareció como notificación.

Unos minutos después el pecho firme de Kyo se ciñó a su espalda, y el castaño posó el mentón en su hombro, chismoseando que leía Iori. Nada interesante al parecer.

El acercamiento fue casual y sus manos se deslizaron suavemente por el costado de Yagami.

Había algo en su nueva cercanía que intimidaba a Iori. Todo el placer que le generaba el contacto de Kyo se contrariaba con una incomodidad extraña. Y sabía en parte la causa.

Él nunca había tenido un vínculo de tal intensidad con nadie más. Ese cariño silencioso y las demostraciones de afecto le eran aún extrañas y no sabia bien como responder a esa nueva faceta de Kyo y de sí mismo.

— ¿Aún sigues alerta cuando me acerco desprevenidamente? —preguntó Kyo divertido en tono bajo—. No es que vaya a atacarte, sabes. No soy como cierta persona impredecible y peligrosa. — apuntó irguiendo la cabeza y deslizando sus manos por los hombros hasta rodear el cuello del pelirrojo con delicadeza. Iori se zafó del contacto algo fastidiado con la broma y se levantó del asiento.

— Lo sé bien. Solo tenerte así es...raro...— Apuntó el pelirrojo incómodo y Kyo lo observó extrañado. Iori suspiro levemente.

— Pero me agrada, Kusanagi. — Apuntó acercándose con suavidad y depositó un delicado beso en sus labios. Las orejas de Kyo se enrojecieron tenuemente.

— ¿Por qué no puedo lograr eso contigo? — Maldijo algo avergonzado.

— Porque... ¿Yo soy más encantador? — Apuntó Iori con una sonrisa cínica. Kyo rió por lo bajo y tomó la chaqueta del perchero.

— Hablé con Kagura, pero no quiso decirme nada, a menos que nos reunamos con ella. —anunció Kyo de mala gana—. Esa condenada bruja nos quita el poco tiempo libre que nos queda.

— Nunca hemos tenido tiempo libre, Kusanagi. Ha sido un lujo sacar estos días. — agregó Iori vistiendo su gabardina.

— Lo necesitábamos... — Refunfuño Kyo indignado. Iori le sonrió con dejo suave y deslizó una mano por el cabello del castaño. El Kusanagi se volvió a enervar levemente y desvió la vista hacia la salida con aire despreocupado, aunque un leve rubor le teñía las orejas. Iori río por lo bajo, lo sabía. Aún era extraño para ambos esa cálida intimidad, aún había un molesto nerviosismo involuntario revoloteando. Pero lo disfrutaban.

— Vamos a ver que tiene que decirnos la bruja Kagura.


Recorrieron las calles abarrotadas de personas bajo una conversación poco amena sobre las tensiones del clan Kusanagi. A pesar de los riesgos y daños, Iori pareció disfrutar silenciosamente que el oponente directo de Kyo hubiese resultado mal herido. Imaginar a Kyo en todo un despliegue de poder, le generaba una sensación placentera.

Cuando llegaron la tarde apenas daba comienzo y la opacidad del invierno oscurecía el día. La nieve que restaba de la noche anterior aún continuaba acumulada en los techos. Y al abandonar el auto, Iori se estremeció por un instante.

Kyo no percibió la baja temperatura. El invierno no parecía afectar en absoluto al castaño, pero Iori aun tenía problemas con su energía. Aun la palidez lo visitaba con frecuencia a pesar de su veloz recuperación.

Kyo extendió la mano, ofreciendo la deliciosa calidez que sabía que Iori necesitaba. Pero este solo lo miró de soslayo y negó con la cabeza.

— Deja de usar tu poder innecesariamente. O nunca curará esa herida espiritual. — Le espetó Iori. Kyo hizo una mueca y suspiró.

— Tú te lo pierdes. — Anunció despreocupadamente cruzando el portón.

Como una especie de cuervo blanco y pasivo en todo el dintel nevado, los ojos oscuros de la sacerdotisa sorprendieron al castaño. Penetrantes, con un aire casi sobrenatural.

Kyo se estremeció incómodo.

— Jóvenes. —saludó la mujer con una leve inclinación—. Los estaba esperando. — Apuntó con delicadeza, tras lo cual desapareció tras la puerta abierta entre telas blancas que ondeaban elegantes.

— Siempre tiene esa aura tan extraña. — habló Kyo siguiendo sus pasos.

— Es la misma sensación inquietante que poseía Chizuru. — Anunció Iori asintiendo.

Ingresaron a la casona cálida y se sentaron cómodamente en la sala de estar. La sacerdotisa tenía varios papeles abiertos sobre la mesa. Rollos apergaminados con sellos Kagura y un montoncito de encuadernados viejos que parecían sacados de un museo.

— ¿Ahora si vas decirme cómo están? — preguntó Kyo mirando directamente a la sacerdotisa que analizaba algunos papeles que arrebujó del fondo de una pila apiñada.

— Mucho mejor. Están débiles y duermen con frecuencia, pero en un rato estarán aquí abajo. —anunció la voz grave de Terry que posó un té caliente sobre la mesita de centro—. ¿Les traigo algo de té o café? Esta conversación creo que será larga. — agregó mirando los papeles con una sonrisa casual y muy suya.

— Café. — Dijo Iori sin más.

— Un té frío no estaría mal. —pidió Kyo sonriente mirando a Terry—. ¿Ahora eres una buena mucama? — Preguntó divertido.

— Tal vez escupa en tu bebida para que lo descubras. — respondió Terry con la misma sonrisa.

— Oi, solo era una broma. Creo que mejor no quiero nada. — Anunció el castaño sin borrar la sonrisa. Terry rió por lo bajo y trajo de la cocina el par de bebidas.

Los tres miraron con paciencia como la mujer Kagura ordenaba algunos papeles y tras largos minutos los miró directamente.

— Portadores de las reliquias. — Anunció inicialmente y separó algunos cuadernos.

— Estos son registros que logre desenterrar de los ancianos Kagura. Hace poco llegaron y los he estado estudiando a profundidad. —pasó los dedos sobre los papeles amarillentos—. Al parecer los creadores del ritual para arrebatar el dominio sobre las reliquias sagradas, fueron nuestros antepasados. Y ello incluía directamente el poder del Yata... — Anunció con voz apagada y pensativa.

— Qué demonios. ¿Me estás diciendo que los Kagura habían planeado robar las reliquias? — preguntó Kyo sorprendido.

— Aunque tu apreciación es válida. No es exacta. —dijo la mujer—. El Yata es una reliquia que permite percibir, acceder y aprender poderes de índole espiritual. Su esencia está primordialmente en otros planos y su poder facilita el acceso a cualquier otro poder de la triada. —

— Es gracias al Yata que pudieron rastrear sus líneas espirituales y descubrir aquello que los vincula a las reliquias. Como también saber que familiares tienen vínculos directos a las reliquias y usarlos para generar la terrible conexión que tanto daño les ha causado. —la mujer suspiró—. Después de tanto, descubrimos que el secreto mejor guardado del clan Kagura, debió haber seguido así, por el bien de todos.

— Como pudieron acceder a ese poder si Chizuru era la portadora del espejo. — Indagó Iori serio. Kyo asintió silenciosamente con la misma duda. La mujer se paró y caminó hasta el ventanal que daba a un patio lateral. La nieve reposada tenía un pequeño halo blanco.

— Esto se remonta a muchos cientos de años atrás. A diferencia de las reliquias de fuego, el Yata es una reliquia de dominio único. Solo nace un portador cada cierto tiempo. Un marcado por la luz. No hay más conexiones y no se hereda por línea sanguínea. — Apuntó extendiendo una mano e hizo flotar las esferas heladas de su collar en un lento movimiento circular.

— En los inicios de nuestra época más oscura. El portador del Yata de ese momento no estaba conforme con el poder y los dominios del clan. Consideraba que éramos más poderosos y capaces para conformarnos con algo tan pequeño enfocado solo en mantener encerrado a Orochi. Consideró que nuestro poder superaba las posibilidades. Consideró incluso que debíamos ser las manos derechas del emperador...—suspiró—. Ambiciones desproporcionadas para alguien tan importante como el portador del espejo.

— Algunos siguieron sus ideales y muchos otros se opusieron. Pero no pudieron hacer nada en contra del poder que el Yata le otorgaba y gran parte del clan se vio relegado al silencio expectante. Ellos, los Bihksu, habían enloquecido y asesinado a los principales opositores que tenían en el clan Kagura. Y habían llevado el poder del espejo ante el deseo de Daimyos sin honor que empezaron a ganar territorios e influencia. —

— Los Bihksu se volvieron los hechiceros de muchas cortes hasta que llegaron ante el emperador. Ya habían diezmado muchos clanes mientras los otros miembros Kagura continuaban reteniendo el poder de Orochi. Que a falta del Yata había comenzado a generar manifestaciones. —

— Y a pesar de ocultar su situación de los demás clanes para evitar un exterminio de su propio clan, no lograban retener el desbordante avance de los Bihksu que empezaba a cambiar la distribución de poderes de aquel oscuro periodo. —

— Solo fue, años después, bajo circunstancias desconocidas, que sospecho, tiene relación con Ankoku, cuando el portador de la reliquia murió. Y el espejo ya no pudo ser usado nuevamente. —giro de nuevo observando a los jóvenes espectadores y cerró su mano con las esferas adentro—. Ese fue el momento en que el clan Kagura organizó un único ataque, empleando a todos sus miembros. Y lucharon, en una terrible confrontación con los Bihksu. A coste de muchas vidas, el espejo fue recuperado. Y...al coste de la vida de una joven e impoluta sacerdotisa, lograron purificar toda la corrupción del Yata. —

— Una gran parte de los monjes Kagura murieron en aquella guerra. Y tras el sacrificio de aquella joven...por primera vez en la historia del clan, fue una niña la que nació con la marca de la luz. Y desde entonces siempre ha sido una sacerdotisa quien lidera el clan Kagura. — Se sentó con porte recto y elegante, observandolos con cierta tristeza en la mirada.

— Por eso la mataron...a Chizuru—habló bajo Iori—. Para liberar al Yata de su dominio. — Apuntó con frialdad. Kyo apretó la mano sobre el mullido sillón, y un pequeño fragmento de tela de este se prendió involuntario.

Maldijo mirando el fuego hasta controlar la pequeña emanación y apagarla.

— ¿Cómo…? ¿Cómo usaron ese maldito espejo para matar a mi padre. Para encontrarnos? ¿Cómo...si ya habían matado a Chizuru? — preguntó con ira contenida.

— Ankoku. —dijo la mujer separando un largo rollo apergaminado con un símbolo diferente a los Kagura y lo extendió hasta desplegar una serie de símbolos alrededor de tres Hokoras—. Estos fueron registros recuperados de la guerra, de los pocos que sobrevivieron al enfrentamiento.

— Que...ya lo sabían y lo ocultaron? — Gruño Kyo tomando el papel en sus manos. Iori se lo quitó delicadamente temiendo que lo incinerara al instante. Desplegando el papel frente a todos en la mesa. Kyo juzgo duramente con la mirada a la sacerdotisa pero esta negó con la cabeza.

— Eran viejos archivos sin significado suficiente para el clan. Solo documentos prohibidos, guardados como registro de la tragedia, pero ninguno de los sobrevivientes comprendía que contenían. Compartirlos con los otros clanes sin entenderlos, y más en un momento de tal vulnerabilidad, podría haber puesto al clan en una situación peligrosa. Injustificado y lleno de sed de venganza joven Kusanagi. — Habló con calma, levantándose.

— Eso no responde como pudieron usar el espejo. — Insistió Kyo.

— Solo tengo fuertes especulaciones. —dijo caminando por el salón—. Ellos usaron el poder del espejo para ligar a Ankoku inicialmente. Cuando el líder portador murió, perdieron el control sobre el Yokai, pero aun así permaneció amarrado a ese pacto, hasta ser usado nuevamente. —hizo una pausa pensativa—. Sospecho que durante muchos años estudiaron la forma de tomar el control de la reliquia Yata sin la necesidad de tener un portador. Durante años usaron toda esa magia degradante para descubrirlo. Aún no se como lograron percibir y acceder a los vínculos espirituales de las reliquias sin el Yata, pero creo que hicieron cosas terribles a la señora Chizuru en un intento de doblegarla. Y es probable que fracasaran, ya que finalmente optaron por eliminarla. Pero algo les permitió retomar el pacto con Ankoku y es a través de ese dominio del Yokai, que lograron usar algunos vestigios del poder del Yata. Creo que su vinculación al espejo, les permite usarlo parcialmente desde que esté ligado al Yokai.—respiró profundo parándose una vez más frente al ventanal—. Ya no hay más registros que den luz sobre el asunto. Pero creo que el Theno tal vez tenga más injerencia sobre esta situación...mucha más de la que imaginamos. — susurró para sí misma esa última frase mientras observaba el lento caer de una nueva nevada.

Kyo se recostó en el espaldar cubriéndose el rostro un instante.

— Esto es una locura. —dijo sin más el castaño, tras lo cual se irguió de nuevo pensativo—. Se supone que el sello está roto. Ya no deberían poder usar a ese Yokai para atacarnos. Ya no deberían poder usar el Yata. ¿No?

— ¿Aún lo sientes, Iori Yagami? Tú, que pactaste con el Yokai. — Habló la mujer girando con elegante parsimonia y observó a Iori con intensidad. Kyo apretó los puños maldiciendo por lo bajo. Claro que lo sentía, claro que seguía allí. El mismo percibia la huella dejada sobre sí mismo y sobre Iori.

— Hm, esto aún dista de acabar. — apuntó Iori que no dejaba de mirar a la mujer fijamente. Ella asintió con calma y tomó asiento nuevamente.

— Dudo que tengan control sobre el espíritu de Ankoku, ya que ustedes destruyeron la raíz del pacto. Pero creo que la vinculación con el Yata se mantiene. Tal vez no puedan controlarlo, ni volver a realizar las conexiones, pero sospecho que aún podrían usar su energía para alimentar sus propios poderes.—suspiró pensativa—. Ciertamente el poder del Yata ya no les es útil. Ya les será imposible localizarlos, debilitarlos y atacarlos con sus huestes a través de la conexión. Pero también asesinarlos podría ser el único camino que les queda para asegurar un acceso a la reliquia. —los miró con cautela—. Ahora a pesar de no ser víctimas de aquel ritual, corren un peligro superior. Y yo le recomiendo al joven Kusanagi rodearse de los suyos. Este enfrentamiento no pueden hacerlo solos.

Kyo apretó la mandíbula. Era consciente del alcance superior del poder de sus enemigos, y aunque tenía por lo menos medio clan Kusanagi de su parte. Estaba Iori perseguido tanto por los Kusanagi como por su propio clan...no iba a dejarlo a su suerte.

— Podemos encargarnos de nuestra propia seguridad Kagura. —anunció Kyo con aire determinado, pensativo—. No necesito meterme bajo las faldas del clan.

— No seas necio Kyo. — Espetó Iori, quien había guardado un silencio rígido y especulativo.

— Kagura tiene razón Kyo. Aún no estás recuperado y los Kusanagi necesitan un líder que les muestre el verdadero objetivo. — Apuntó Terry con dejo serio.

— Me importa una mierda. No esperen que deje a Yagami solo con esto. — Espetó el castaño decidido.

— No está solo, Kyo. Nos tiene a nosotros. — Habló Terry mirándolo fijamente con una sonrisa afable. La sacerdotisa Kagura asintió con condescendencia.

— Una guerra abierta con los Yagami y un posible enfrentamiento con el mismo gobierno...esto va más allá de nuestras capacidades. —habló Iori absorto en pensamientos desconocidos para los demás—. Ya destruimos su mejor arma. Lo que nos resta es encontrar a Takeshi y matarlo. Y si puedes evitar que tu clan se desvíe del objetivo principal y se vuelva una maldita molestia para todos. Tendríamos una ventaja, por lo menos hasta encontrarlo.

— ...al último vínculo. El último vestigio de aquella cárcel, ese que no le permite a Ankoku regresar a sus raíces en paz. — Apuntó la sacerdotisa con voz tenue.

— Takeshi...—susurró Kyo aun considerando como terrible la idea de dejar a Yagami "solo" con sus propias cavilaciones y odios. Pero entendiendo que si lograban sacar de juego a aquella criatura, sus enemigos serían mucho más débiles a un ataque organizado—. Lo haré. Pero no esperen que me encierre como un cobarde. Puedo hacer ambas cosas, no se desharan de mi tan fácil. — Sonrió engreído.

Terry rió por lo bajo.

— Lo sabemos. Solo confía en nosotros cuando no puedas estar presente. — Apuntó el rubio afable.

Iori no respondió a pesar de que parecieran hablar de él como si fuese un niño problemático. Podía sentir la pulsión de aquello ajeno a Orochi pugnar. La muerte de Takeshi era tan necesaria como la de Kyo lo era para Orochi, y esa extraña cohesión repentina entre esos dos demonios, lo confundía. Maldijo una y mil veces por ser usado de esa manera y bajo la mirada sobre el papel con los Hokora. Ya el Yokai no podía afectarlo y lastimarlo, pero no lo dejaría hasta cumplir el objetivo. Y eso haría.

Tal vez no podía deshacerse de Orochi y la corrupción que continuaba esparciendo, pero no permitiría un segundo espectro en su interior. Y se encargaría de erradicar desde la raíz toda esa sangre maldita en su familia. Tal vez así obtuviera por fin la tranquilidad que le era arrebatada constantemente. Así muriese como el último portador de la maldición. Se reiría en la cara del malnacido de Orochi.

Todas sus cavilaciones fueron rotas por un roce cálido que le arrebató la amargura de tajo.

— Eh Iori. ¿Estás bien? — preguntó Kyo tenso, apretándole el hombro a modo de acompañamiento. La sacerdotisa y Terry lo observaban algo consternados. La habitación parecía haber entrado en un zona horaria nocturna, y cuando Iori espabilo con más claridad, la luz regresó paulatinamente. Como si una enorme sombra hubiese dejado una huella de oscuridad que se desvanecía.

— Si. — respondió Iori con tranquilidad.

— La influencia de los espíritus mayores sobre la mente, el cuerpo y el espíritu, deja una marca que prevalece en el tiempo Iori Yagami. Intenta no sincronizar su esencia con la tuya. No eres un contenedor que puedan manipular a voluntad, pero siempre habran intentos cuando bajes la guardia. — aseguró la mujer, escrutando su figura.

Kyo aún presionaba el hombro de Iori y este tomó aquella mano tensa del Kusanagi y la bajó con un roce delicado y amable.

— Estoy bien. — aseguró Iori con voz suave y el castaño apretó su mano un instante antes de dejarlo ir con un leve asentimiento de confianza.

— Qm qm. —tosio Terry algo sorprendido por la suavidad repentina entre ellos dos—. Dijiste que nos necesitabas para algo y aun no lo has mencionado. — Habló dirigiéndose a la sacerdotisa. Ella asintió con calma elegante.

— El Yata. Es la más grande prioridad en este momento para mi y los míos. No podemos permitir que la historia se repita y quede en manos, tan terribles. Yo les ofrezco mi ayuda incondicional y tal vez incluso la del clan Kagura, a cambio de la recuperación de la reliquia sagrada de nuestra familia. Si logro acceder a ella, podría liberar aquel nexo que se alimenta del Yokai. Y dejar a nuestros enemigos sin una de sus principales fuentes de poder.—los observó con cierta intensidad—. Ayudenme a recuperar la reliquia del clan Kagura y contarán con mi completo apoyo y el de mi clan. — Anunció la mujer con aire orgulloso. No lo estaba pidiendo, lo estaba negociando.

— Me parece bien. —aseguró Kyo zanjando el asunto sin mediar más preguntas—. Nos encargaremos de que puedas acceder al Yata, pero con la condición de que también exterminaremos a los Bihksu. No habrán más parias ni exilios. Esto se acaba aquí. El clan Kusanagi retribuirá cada daño recibido por ellos.

— Todo esto será un exterminio Majime Kagura. Espero estén dispuestos a ir hasta las últimas condiciones que exija el conflicto. — agregó Iori con aire frío y un dejo asesino en los ojos.

La mujer asintió algo pensativa. La venganza...pensó. Nada bueno traía un acto de extremo odio. Pero no podía culparlos, no después de perder tanto. Finalmente, así siempre eran las guerras.


King avanzó a paso lento. Sus pasos resonaron con un eco apagado en el gran salón. El Illusion había sido finalmente renovado y pronto harían una gran inauguración. Pero primero debía matar a dos pájaros de un tiro. Lograr un trabajo impecable.

Aquella reunión no solo sería un nido de víboras perfecto para conseguir la información que necesitaban todos, sino que podría certificar su negocio en las altas esferas. Si lograba un desempeño impecable, algunas de esas personas influyentes podrían empezar a frecuentar su bar en reuniones clandestinas. Y tendría informantes de primera mano.

Sus contactos nunca la habían defraudado y ahora menos. Si todo saldría bien, ganarían por doble partida.

Deslizó una bebida dorada hasta posarla frente a Mary. Su figura esbelta de cabello extremadamente corto y castaño le daba un aire elegante y diferente a su casual apariencia juvenil y deportiva. Aún no iniciaba la reunión, y ya no quedaban rastros de Mary Ryan en esa esbelta figura. Realmente parecía otra persona.

— Ha pasado mucho tiempo desde que trabajamos juntas King. — Sonrió Blue Mary. King le devolvió la sonrisa afable.

— Siempre es un gusto trabajar con profesionales. —apuntó King tomando asiento—. Tenemos muchas cosas que discutir Mary, pero primero, necesito pedirte un favor. — La mujer levantó una ceja intrigada y bebió un sorbo con aire poco elegante, regresando a su forma casual.

— Qué necesitas. — Indago interesada.

— Que cuando estés en tu papel de asistente del embajador, busques a alguien. Una joven Yagami. Y le entregues un importante mensaje de mi parte. Necesito especialmente que le transmitas la seguridad de que puedo ayudarla, incluso al margen de los demás. — apuntó King con seriedad, iniciando una extensa conversación con su vieja compañera.


Mai y Benimaru habían despertado, pero tanto Terry como la sacerdotisa se habían ausentado para completar lo que parecía un ritual de rutina para mejorar los niveles energéticos de ambos. Así que mientras esto se llevaba a cabo, se habían quedado solos en la planta baja. Rodeados de una tenue calidez y el eco silencioso del vapor que salía de la tetera caliente.

Kyo cruzó el salón pulcramente decorado tras apagar el fogón de la cocina. Entre los muebles claros y el olor fresco, se acercó a la figura oscura de Yagami que contrastaba alta y esbelta contra el ventanal nevado. Le rondaba un aire casi macabro que hacía las sombras circundantes más oscuras.

— Kagura cree que el recrudecimiento del invierno tiene una causa sobrenatural. — Apuntó Kyo acercándose a Iori que yacía parado frente al amplio ventanal cerrado.

Con la mirada perdida entre los copos blancos del invierno, asintió distraídamente.

— ¿Será algo relacionado a esa cosa. Al Yokai? — preguntó Kyo con calma pero cerrando el espacio entre ellos hasta rozar sus hombros. Iori suspiro y bajó la vista pensativo.

— Al principio siempre era difícil mantener al margen la influencia de Orochi. —dijo como para sí mismo—. Pero con el tiempo entendí mejor sus pulsiones y las aplaque una y otra vez, mientras te buscaba. — apuntó observando la palma de sus manos.

— Con el tiempo las voces ya no eran constantes deseos reptantes, solo intensamente sugerentes. Hasta que el maldito de Crimson me arrancó el Magatama...y tal vez me hizo un favor.—empuñó las manos—. Cuando lo recuperé y regresó la voz de Orochi, ya no superaba más que un susurro sugestivo. — Bajo las manos con lentitud.

— Pensé que había recuperado una parte de mi vida. —miró a Kyo de soslayo—. Una donde no tenía que buscarte, perseguirte o dañarte. Una donde podía establecer plácidas tranquilidades extensas...donde pude entender mi propio deseo hacia ti. —Desvió la mirada tenso. Kyo lo observó detenidamente, comprendiendo algunas extrañezas que antes no entendía del pelirrojo

— Pero ahora, con esta criatura, ese Yokai…esto es algo que no alcanzo a comprender. Es como si no controlara mas mi vida, mi destino. Ya no son voces y pulsiones. Es como si hubiese un fin superior que desconozco y para el cual debo ser utilizado. Y me enferma pensar en ello. — apuntó Iori con un gruñido bajo. Kyo negó con una expresión de inaceptabilidad en el rostro.

—...no serás la herramienta de algo más. Vamos a solucionar esto y te podrás deshacer de esa cosa. No serás nada más que tú Iori. — apuntó el castaño con absoluta seguridad. Una que el pelirrojo a veces no comprendía, pero que de alguna manera le ofrecía una indescriptible tranquilidad.

Yagami sonrió sintiendose tonto. Pensando en lo mucho que se había negado a abrirse a alguien. Y en lo fácil que se exponía ahora ante Kyo.

— Estoy hablando muy en serio Yagami. — anunció Kyo molesto por la risa baja de Iori.

— Lo sé. — le respondió Iori, atrayendolo por la cintura. Kyo permitió el acercamiento de sus cuerpos y cuando sus labios parecían a punto de cerrarse sobre los suyos, los pasos en las escaleras le hicieron detenerse de tajo. Y se apartó de Iori justo en el instante en que Mai entraba al salón.

— Kyo. — Sonrió Mai con destellante felicidad y abrazó al castaño con fuerza. Tras lo cual se acercó a Iori algo más cohibida y le sonrió sinceramente—. Me alegra mucho verlos bien.

— Y a mi me sorprende. Se ven mejor que nosotros, condenados desgraciados e inmortales. — Refunfuño Benimaru desde el dintel. Su semblante muy pálido contrastaba con la manta oscura que tenía envuelta en los hombros—. Cómo es que nadie aquí tiene frío salvo yo.

La sacerdotisa Kagura se acercó con un par de bebidas calientes, posando una en las manos del rubio.

— Por favor tome asiento joven Nikaido. — Le sonrió la mujer con amabilidad.

— Me encanta ver que ya estás mejor Beni. — Sonrió Kyo.

Iori asintió con seria parsimonia al saludo de Mai y se dispuso a salir del salón.

— Oi. ¿A dónde vas? — Indago Kyo al ver las intenciones de Iori de abandonar el lugar.

— Debo hacer algo, regresaré más tarde. — Puntualizó dando pocas explicaciones y con un respingo oportunista, Terry se puso la chaqueta en el acto.

— ¿Me acercas a un lugar de camino? — preguntó el rubio afable buscando la salida, dando por sentada la afirmación. Iori asintió despreocupado. Kyo se acercó con dejo desconfiado.

— En serio no planeas decirme a donde vas. ¿Yagami? — indagó el castaño en tono más personal mientras Benimaru, Mai y la sacerdotisa, sentados en la sala, tomaban té caliente en un disimulado silencio.

Iori lo miró con cierta intensidad inquietante y se acercó un poco, casi a la distancia de un susurro.

— Confía en mi Kusanagi. Regresaré en unas horas. Por otro lado...—hizo una pausa en la que atenazó con delicadeza la mandíbula de Kyo y lo besó. Un gesto corto y profundo que dejó al castaño rígido—. Acostúmbrate a esto. — apuntó casi a modo de amenaza, pero con una leve sonrisa maliciosa. Tras lo cual salió del salón sin despedirse.

Kyo sintió un leve estremecimiento y tres intensas miradas a su espalda. Giró con aparente aire despreocupado y vio que tanto Mai como Benimaru lo observaban estupefactos con las tazas de té a medio trayecto.

Mai le sonrió de forma pícara tomando un poco del té humeante en silencio. La sacerdotisa parecía más interesada en la tetera que en ellos tres y Kyo tomó asiento con una creciente vergüenza.

Benimaru parecía detenido en el tiempo. Asimilando con mayor lentitud lo que acababa de ver. Ya sabía hace mucho lo que se estaba dando entre ellos. Pero no lograría acostumbrarse nunca a una escena semejante.

Cuando Nikaido giró la cabeza espabilando la sorpresa y miró a Kyo. Este desvió la vista y chasqueó la lengua.

— Ni una palabra. — Gruño el castaño fastidiado, pero con un leve rubor cubriendo sus orejas. La tenue risita de Mai se escapó divertida y el castaño gruñó fastidiado.

— Qm. —interrumpió la sacerdotisa quitándole toda importancia al hecho y bajó su pocillo lentamente hasta depositarlo en la mesa—. Cómo se desarrolle toda esta cadena de sucesos de aquí en adelante, determinara nuestras oportunidades de actuar. Y pensando particularmente en tu estado Kyo Kusanagi, considero de muy alto riesgo tu participación directa. — Apuntó la sacerdotisa con dejo serio.

Benimaru y Mai la observaron con cierta sorpresa mientras Kyo bufó incrédulo.

— Eso no va a pasar. Si alguien va a estar en la vanguardia, con Iori. Sere yo. ¿En serio crees que consideraré por un mínimo instante apartarme? — Indagó con aire agresivo y sonrisa retadora.

— Ciertamente no. —respondió la mujer con absoluta templanza y lo miró directamente—. Pero serás una constante fuente de peligro para todos, incluido para ti mismo. No solo para los enemigos. —

Ambos se observaron con cierta rudeza silenciosa. Kyo no parecía en absoluto afectado por el hecho. Mantenía una férrea pero terca determinación.

— Por esa razón considero que la única opción razonable que queda, en especial por tu propio bien, es tomar control de la reliquia de la familia Kusanagi. — apuntó la sacerdotisa.

Benimaru y Mai volvieron a observar sorprendidos a la mujer Kagura. Pero esta vez Kyo pareció titubear estupefacto por un instante. Tras lo cual bufo una vez más.

— ¿Estás insinuando que robe la reliquia del clan y la use? — Preguntó escéptico.

— Exactamente Kyo Kusanagi. —apuntó la mujer regresando una posición más relajada—. Tu poder es un enorme torrente solo detenido por un pequeño obstáculo que construyeron los monjes del clan Kusanagi y reforzamos nosotros. Eso no será suficiente al momento en que quieras enfrentarte a tus enemigos. Pero la reliquia...—se levantó acercándose hacia el castaño—. La espada Kusanagi, al igual que las otras reliquias, es en sí misma un catalizador. Con ella podrías desplegar mayores cantidades de energía sin dañarte. Por lo menos no lo suficiente para comprometer tu vida. — agregó y extendió una mano hacia el castaño, dejando ver un pequeño cristal blanco similar al que había usado para alimentar a Iori.

Kyo la miró pensativo y tomó el cristal helado de su mano.

— Las reliquias suelen ser ocultadas y custodiadas. Los monjes más tradicionalistas y poderosos del clan las mantienen bajo sellos y protección suficiente para que no sea robada o alterada. Solo los líderes de cada clan tienen permitido tomarla, y solo bajo ciertas circunstancias. —hizo una pausa cruzando los brazos—. No es que vayan por ahí llevando en su vida diaria armas de poder incalculable...salvo Chizuru...— susurro con desaprobación, tras lo cual suspiró.

— Ella era alguien especial con un absoluto dominio sobre el Yata. Cosa que ciertamente ustedes no tienen con sus reliquias. — agregó con dejo despectivo la sacerdotisa y se inclinó hasta tomar la mano de Kyo entre las suyas.

El castaño la miró extrañado. No sabía si indignarse por el comentario, o agradecer aquella información.

— Este es un cuarzo puro rezado por cien noches. Es el último que me queda. —acotó con leve molestia—. Esta piedra te permitirá imbuirla con tu energía y a la vez resonará ante una fuente de energía similar. Usala bien. — Puntualizó soltando sus manos.

— ¿A ver si entiendo. Si usa esa cosa, será como un radar para localizar la reliquia Kusanagi? — preguntó Benimaru intrigado.

— No es una cosa señor Nikaido, es un cuarzo puro rezado…

— Por cien noches, si. Lo escuche bien. Pero…si Kyo es el líder del clan. ¿Por qué necesita eso? No es que le vayan a negar el acceso a la reliquia siendo el jefe. ¿No puede simplemente entrar y tomarla? — preguntó extrañado el rubio.

La expresión de Kyo se ensombreció por un momento.

— ¿que...ya no eres el líder del clan? — preguntó Mai.

— Es complicado. —respondió Kyo sin muchas explicaciones—. Gracias Kagura.

La mujer asintió con la cabeza y se acercó al dintel del salón.

— Supongo que tienen mucho que contarse. Tomense el tiempo y descansen lo suficiente. Regresaré en un par de días, tengo mucho que informarle al clan Kagura. — Tras lo cual se despidió con una elegante reverencia y se fue.

Benimaru desvió una mirada pensativa hacia Kyo y se sentó en la poltrona cerca suyo.

— Bueno, somos todo oídos Kyo. —anunció el rubio recostándose en uno de los cojines con delicadeza. Entre sus prendas aún se denotaban las vendas—. Pero ahórrate los detalles escabrosos con Yagami, esos no quiero saberlos.

El castaño le dirigió una mirada asesina a Nikaido mientras sus orejas se tiñeron levemente y Mai rió como no lo había hecho en semanas.


Tras Iori dejar a Terry en una bahía de autos medio vacía. Condujo media hora más hasta un malecón algo apartado. Con aquellas temperaturas había amplias zonas vacías y alejadas de los sonidos estridentes de las épocas festivas.

Desplegó el celular y aguardó. Revisando una vez más un mensaje anónimo que le había llegado horas antes con una ubicación y una hora. El mismo que aparecía ocasionalmente cuando los Supaida buscaban contactarlo.

Tras varios minutos de espera solo un hombre bajito de apariencia común, se acercó de forma discreta con la intención de tirar una bolsa a la caneca de basura que estaba lateral a una banca cercana.

— Señor Yagami. — Saludó con voz rasposa sin mirarlo y mientras soltaba la bolsa arrugada que llevaba entre las manos, un delicado papel claro se deslizó con soltura hasta posarse en la banca. Y el hombre siguió su camino como si nunca hubiesen hecho contacto.

Iori se sentó y prendió un cigarrillo, tras lo cual tomó el papel y se dispuso a introducir el número de teléfono allí escrito. Tras dos lentos repiques la voz de Saito contestó al otro lado de la línea.

— Mi señor.

Iori dio una calada al cigarrillo.

— Saito. ¿Qué han descubierto?

— Aún estamos en la búsqueda. Hay lugares potenciales que se han estado vigilando. Consideramos que interceder sin estar seguros y errar, solo los pondría bajo advertencia y revelaría nuestros movimientos. Estamos indagando meticulosamente la ubicación exacta de Takeshi.

— ¿Eso es todo lo que tienes para decirme? —

— Desgraciadamente hemos descubierto poco. Pero debe saber que lo que ha hecho, ha alborotado la vigilancia Yagami. No importa que tan importantes o poco importantes sean los lugares que vigilamos. Hay una alta presencia de hombres armados y de ninjas Yagami. ¿Ha sucedido algo más últimamente? — Indagó el espía con un tono astuto que desagrado a Iori.

— Hm...el que debe darme respuestas eres tú Saito. Contáctame solo cuando tengas la ubicación del bastardo de Takeshi.

— Comprendido.

Iori colgó la llamada y observó el papel con una sensación extraña y contradictoria. Una urgencia asesina y una sospecha cautelosa. Gruño incómodo considerando aquello solo como pulsiones de esos seres que lo habitaban y se alejó del malecón tras incinerar el papel entre sus dedos.

Condujo sin rumbo por la ciudad, deseando algo de normalidad casual y ruido. Terminó por detenerse en un centro comercial y aprovecho para comprar un par de prendas nuevas. Dudo durante largos minutos si llevar algo de comer para todos en la casa. Le incomodaba la idea de un acto tan amistoso y jovial. No deseaba que lo tratasen con más cercanía de la que tenían ahora. Aun así terminó por comprar algo sencillo en una tienda KFC, que parecía ser una compra rápida y popular en el momento.


Tras unas cuantas horas fuera, cuando la noche se alzaba tenue y opaca, Iori regresó a la casa para toparse con una acalorada discusión de dos castaños. Mientras Benimaru los observaba de una silla alterna cerca a la sala comedor.

— ¿Ah? ¿Entonces porque soy mujer debo ir y cocinar para todos los pobres y desvalidos hombres de esta casa? — Indagó ella con un alto tono indignado.

— Yo no dije eso. —respondió Kyo entre irritado y divertido—. Pero sabes hacerlo mejor que nosotros dos. Así que…—

— Oh, claro. Puedes morirte de hambre esperando. — Apuntó Mai con aire altanero y cruzó los brazos. Benimaru los miraba conteniendo algo de risa sin decir nada.

El pelirrojo depositó las llaves que Terry le había facilitado en una perchera y cruzó hasta el comedor en silencio. Todos lo miraron y antes de cualquier comentario, depositó la bolsa con un aromático olor a pollo recién horneado.

— Traje algo de comer. — Puntualizó zanjando el asunto y Benimaru se levantó con aire de extrañeza.

— Qué demonios… — susurró el rubio sinceramente sorprendido. Mirando a Kyo y luego al paquete sobre la mesa. Iori emitió un gruñido y se retiró al salón.

— ¿Quién es ese y dónde está Yagami? — preguntó Nikaido. Kyo giro los ojos y también abandonó el salón.

— Se dice gracias, antes de las bromas. Yagami acaba de resolver nuestro problema. — Acoto Mai a modo de regaño hurgando con emoción en el paquete. Había estado comiendo solo alimentos insípidos y al vapor desde que despertaron, como parte del ritual.

— No es broma…— Susurro Benimaru extrañado, casi mirando con desconfianza el pollo. Mai lo reprendió con un golpe suave en el hombro. Y lo instó a repartir el botín en la cocina.

La nieve caía en cámara lenta con una pequeña rafaga filtrándose suave entre las puertas que daban al jardín. Iori observó con cierto desdén los montículos nevados, tras encender un cigarrillo.

— Debo decir que también me sorprendiste a mi. —aventuró Kyo divertido cruzando el dintel—. Nunca me habría imaginado una especie de cena navideña traída por ti. — rió por lo bajo, parándose a un lado. Iori gruño.

— Solo traje lo primero que vi para comer. La próxima "se pueden morir de hambre" — cito de forma más gruesa y seca el tono de Mai. Kyo sonrió divertido ante los pequeños cambios que empezaban a notarse en la actitud del pelirrojo. Que por un instante considerara al grupo de forma más amistosa, era algo impensable antes. Pero no dijo nada, le agradaba que Yagami empezará a sentirse parte de ellos y no como una especie de acuerdo forzado.

Lo acompañó en silencio sintiendo el ya suave frío del invierno. Últimamente su temperatura era muy elevada y esos lapsos al aire helado le daban un toque fresco a su cuerpo. Los hombros de ambos se acercaron casi de manera cómplice hasta sentir el contacto silencioso y agradable del otro. La mano de Kyo roso tentativa la del pelirrojo.

— Bueno..no se pongan cariñosos ahí afuera. No creo que pueda asimilar tanto. —interrumpió Benimaru desde el salón—. Mejor entren a comer.

— Creo que si no lo mata Takeshi y sus huestes, lo haré yo. — apuntó Kyo girándose al interior. Iori bufó entrando unos instantes después.

El castaño cruzó una sonrisa amenazante a Benimaru y este solo se alejó negando con la cabeza, con un aire de abuela desaprobadora; aunque un vestigio de sonrisa se asomó en el rostro del rubio.

Comieron entre comentarios sueltos de Mai, que terminaron desembocando en una fluida conversación sobre las deliciosas recepciones de KOF. Iori no habló más allá de algunas monosílabas, pero los observó con una extraña sensación de familiaridad.

En su vida había tenido muy pocas ocasiones de encuentros sociales relativamente acogedores. Solía pasar las fechas especiales en una calmada soledad o solía hacer presentaciones con alguna banda de turno.

Se descontextualizó de la animada conversación sobre situaciones incómodas entre los participantes de KOF en las reuniones publicitarias, disfrutando de ese instante de tranquilidad. Los momentos más agradables de su vida siempre se habían dado en la calma antes de la tormenta.

Observó con agrado la engreída sonrisa de Kyo. Su tono casual e imperante, su molesta actitud dominante y retadora. A pesar de todo lo sucedido, seguía siendo él.

Quería darle ese instante de olvido y casualidad entre los suyos. Sabía que ya su tiempo de quietud había terminado y la incertidumbre de lo que estaba por venir marcaría una fuerte sombra sobre todos.

Así que solo una noches más. Un momento corto sin preocupaciones, tal vez algo de lo que pudo haber sido si las cosas hubiesen sido diferentes.