XI. Margarita – Amor leal.
«No te importa que soy desordenada… que tropiezo y que soy tan despistada…
Todo esto me muestra cuánto me amas…»
Solo tú me haces feliz, Natalia Jiménez.
Cualquiera diría, al verla, que Margueritte Ornoir no era gran cosa.
Para los estándares de la época, la mujer parecía ordinaria y pequeña, casi insignificante. La ropa de luto, que no había llevado ni por dos meses, la hacían lucir discreta y fina, pero nada más. La gente no sentía simpatía por ella, pero tampoco repulsión, sino una extraña mezcla de curiosidad y lástima.
Después de todo, desconocían cómo había quedado viuda exactamente.
El señor Ornoir había sido serio y poco hablador, pero digno de ver, según muchos. Se dedicaba a sus asuntos con seriedad y presteza, dando pocos motivos para las habladurías, y se notaba que adoraba a su familia. Para el señor Ornoir, su esposa y su pequeño hijo eran lo más importante y nunca dejó de demostrarlo.
Algunos de los vecinos más antiguos de los Ornoir eran los únicos que, a veces, le dedicaban malas caras a la señora, todo porque recordaban que antes no era más que el ama de llaves. La habían visto entrar y salir de la casa con ropa mucho más sencilla que sus vestidos actuales de luto, cargando canastos o utensilios de limpieza; cuando vestía algo más elaborado, casi siempre era porque recibía a las visitas del señor. Pero luego, en cierto momento, la mujer empezó a lucir menos cansada, pero no dejó de encargarse de la casa, por lo que nadie sabía lo que ocurría hasta que un par de escasos madrugadores, un día, vieron al señor Ornoir llevando al ama de llaves del brazo, ambos luciendo más elegantes que nunca, subieron a un carruaje y no volvieron hasta que la tarde moría, ambos radiantes de felicidad.
Lo sabrían mucho después, pero aquel día se habían casado.
Margueritte Ornoir sabía todo eso; después de todo, lo había vivido. Sabía lo que algunos debían pensar de ella y su inesperado matrimonio, pero lo único que necesitó entonces fue que su Theóphile le garantizara que la quería y no se arrepentía de casarse. Incluso él, en un par de ocasiones, quiso que le confirmara si ella estaba realmente segura de su decisión, como si creyera que en cualquier momento, despertaría de un brumoso pero bonito sueño para toparse de golpe con la realidad.
Lo ignoraba entonces, pero su esposo tenía razones para recelar de cuánto tiempo podrían vivir juntos aquella felicidad.
Margueritte, desde el principio, sabía que Theóphile Ornoir no sería fácil de tratar. Al principio, porque lo consideraba un hombre demasiado frío y distante, muy por encima de su posición, con quien no se imaginaba compartiendo siquiera el saludo. Luego, después de ciertos incidentes desafortunados, supo que era una buena persona, pero una condenadamente extraña, incluso… irreal. Y al final, tras un tiempo de haber aceptado su ayuda cuando en París tenía muy poco, descubrió con cierta sorpresa que sí, se había enamorado de él y no, que no le importaría confesárselo si se diera la oportunidad, fuera correspondida o no.
Lo que vio Theóphile en ella, siendo quien era, Margueritte nunca lo comprendería. Lo más importante era que la amaba, ella también a él, y luego parte de ese gran amor se lo pudieron dar a su pequeño.
Pero tal como temía su esposo, su tiempo juntos terminó antes de lo que cualquiera de los dos hubiera querido, y todo lo que le quedó al final, además de los recuerdos y un niño pequeño qué cuidar, fue una promesa de amor sin fin y un nombre que no debía pronunciar más que en muy contadas ocasiones.
Por todo eso, lo que dijeran o dejaran de decir los vecinos era irrelevante. Ellos no conocieron a Theóphile, mucho menos tenían idea de lo que él era ni a dónde se había marchado. Para todos, Theóphile Ornoir salió de viaje de negocios un día, pero de algún modo falleció, dejando atrás una viuda y un huérfano.
A Margueritte lo que más le dolía, como una esquirla de cristal profundamente encajada en su corazón, era saber que su Theóphile no estaba muerto, pero jamás podría regresar a su lado.
—¿Papá se ha ido?
Alphonse le preguntó eso un día, ya un poco crecido y con ciertas nociones de la vida.
—Sí, cariño, aunque no quería.
—¿Va a volver?
Como pudo, Margueritte contuvo las lágrimas y esbozó una sonrisa, que seguramente no le salió bien, pero por lo menos lo intentó.
—Tal vez, querido mío. Si lo llegas a ver…
Ella intuía (en lo más recóndito de su alma) que no viviría para volver a encontrarse con su Theóphile, pero su hijo quizá podría.
—… Si lo llegas a ver, recuérdale que lo queremos mucho, ¿sí?
El niño asintió, muy contento de tener una misión, por eso no se dio cuenta que Margueritte no se incluía en ese hipotético futuro.
Al final no importaría. Margueritte ya le había entregado a Theóphile su corazón.
