Tres.
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Capítulo 53.
—¿Qué vas a hacer? —Le había dicho la mujer de cabello corto azabache, mirándola con un coqueto interés y sonrisa ladina.
—Voy a dormir —había respondido, mientras la figura de Kagura se perdía entre la de los viajeros. Kikyō ya se había dado cuenta de los coqueteos de la muchacha, pero, vamos, era obvio que ella no estaba interesada.
Incluso, si algún día quería perderse como Toriyama, ya sabía que podía llamar a Kagami, ella misma se lo había ofrecido.
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Lo primero que hizo al salir del aeropuerto fue conducir hasta el hotel más cercano. Buscó en la guantera y por suerte halló algunos billetes que le servirían para tomarse un café y rentar una habitación, por lo menos, hasta que supiera cuál sería su siguiente paso. Todas sus pertenencias se habían quedado con Naraku en la empresa, excepto sus documentos de identificación y un extra de dinero que pudo guardarse en el escote para ir sin ataduras en las manos. Por suerte traía un cambio de ropa que Kagami le había dado y se había desecho del incómodo vestido y los tacones con los que había salido de la mansión Tatewaki. Su celular también se había quedado con él, estaba incomunicada. Sus padres podrían llamarla en cualquier momento, pero esperaba que Kagome supiera calmarlos, aunque no tuviera idea de lo que estaba pasando con ella.
Kagome…
Suspiró hondo cuando se tiró en la cama de hotel, quedándose en silencio un momento. Todo había salido como ella lo había planeado, la verdad era que le parecía completamente increíble, incluso sentía que ya no había algo que la ahogaba, un peso en su espalda, nada… Esperaba que aquella tranquilidad ahora le permitiera descansar un momento.
Lo rogaba.
Afuera, el sol estaba saliendo por fin.
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—¡Maldita seas, Kikyō, perra infeliz!
Todas las botellas de su bar ahora estaban hechas trizas en el suelo; los libros destrozados, los muebles volteados, los vidrios de la ventana rotos, las lámparas quebradas…, parecía que un huracán había pasado por el despacho de Kikyō. Quería encontrar algo que le permitiera saber en dónde diablos estaban.
»—¡Perra, perra maldita! —Jamás en la vida había sentido tanto odio.
Jamás.
Tenía tantas ganas de matarla, de estrangularla hasta que dejara de moverse entre sus manos, quería estampar su cabeza contra la pared y torturarla despacio hasta que se desangrara, hasta la última gota.
Era un idiota, mil veces idiota. Juraba que había visto el espíritu de su padre aparecerse un momento en la madrugada para recriminarle que había llevado todo a la ruina tal y como lo había predicho. ¡¿Cómo mierda había confiado en esas dos malditas zorras?! ¡Es que era un maldito estúpido! Se llevó las manos a la cara y la estregó con violencia, intentando retornar sus cabales. Respiró hondo.
Kikyō se había llevado a Kagura, quien literalmente era la persona que hacía que todo en ese lugar funcionara como él quería, la única persona con la que podía trabajar como si fuera él mismo…
Después de unos minutos de que Kagura y Kikyō hubiera ido al baño, uno de los guardias de la empresa había subido un poco alterado para llamarlo a un lugar apartado y decirle que alguien había herido a Kyokotsu. Para Naraku había sido cuestión de milésimas de segundos apostar a que todo ese teatro había sido para escapar y aunque no lo podía creer, se dirigió hasta el estacionamiento al que fue guiado; en el piso, el de pelo verde rogaba por una ambulancia.
«—¿En dónde están? —Lo miró desde su posición, sin una pizca de alarma por el estado del peón.
—N-no lo sé, señor…
Tatewaki pidió el arma del guardia y ante los gritos desesperados de Kyokotsu, lo disparó en la cabeza hasta que el arma se quedó sin balas. Mientras sus dedos apretaban el gatillo, su mente solo podía pensar en que esas malditas mujeres acababan de escaparse, ¡acababan de puto escaparse con al menos ocho hombres vigilando el lugar! Sin decir nada y ante la mirada atónita del guarura, caminó hasta afuera para encontrarse con los otros ineptos fuera de sus camionetas.
—¡¿A qué diablos están esperando?! —Les gritó, con los ojos enrojecidos por el odio y la desesperación—. ¡Sigan la maldita camioneta de Kagura!
—¡Sí, señor!
Sabía perfectamente que las infelices llevaban ventaja de minutos, pero de seguro que estarían en algún lugar de Nerima, incluso escondidas en el departamento de Bankotsu, que fue lo primero que se le ocurrió"
Y no. Tenía a casi a toda la organización buscándolas en la ciudad y alrededores, por lo pronto, en cada lugar posible, pero no había resultado. Era obvio que habían escapado fuera de Nerima y lo peor es que no tenía idea de a dónde, no conocía esas cosas de Kagura, siempre había vivido cerca de él, ¡¿en dónde diablos estaba?!
Con el pasar de las horas —y después de culminar la velada para mandar a todos al diablo mientras levantaban el cuerpo del inútil Kyokotsu—, había perdido la esperanza de llegar hasta ellas. Se detuvo un momento, pareciendo que su mente se iluminaba de la misma forma que el sol iluminaba el país.
Ya sabía que Kagura podría haberse ido lejos, pero Kikyō no.
Y haría que ella fuera quien volviera a él.
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Abrió los ojos y notó que el sol resplandecía y se colaba aun por la tela de la cortina. Sonrió apenas, porque no era un gesto limpio y puro como los anteriores, ahora se sentía nostálgico. Se removió y sintió que su compañero la abrazó, encajando mejor su cuerpo al de ella y soltando una exhalación. Quiso cerrar los ojos unos segundos, tratando de olvidarse de los problemas que su cerebro le acaba de recordar, pero él mismo no la dejó hacerlo. Inhaló aire profundamente.
—Hola —lo escuchó decir con la voz ronca, removiéndose mientras la liberaba del abrazo y se estiraba sobre la cama.
—Hola. ¿Dormiste bien? —Le preguntó con voz suave mientras se sentaba en la cama. Todos sus movimientos eran lentos, como si estuviera demasiado cansada físicamente. Él asintió y le preguntó de vuelta—. También.
Los dos tomaron sus celulares del velador a cada lado de la cama para revisar sus notificaciones y notar que ya eran las nueve y media de la mañana del sábado. Kagome vio en el chat con sus papás las fotos que habían mandado disfrutando de su viaje y sonrió, esta vez, más genuinamente.
"Qué hermosa es la Torre Eiffel"
Había escrito Naomi.
"Tú lo eres más"
Había sido la respuesta de Suikotsu.
"Concuerdo con papá"
Escribió, junto a un emoji de corazón rojo.
Kikyō no había tenido ninguna interacción en el grupo desde que habían viajado y era obvio que ahora menos, considerando que no quería hablar con ella. Volvió a suspirar mientras InuYasha se levantaba a cepillarse los dientes y le preguntaba qué quería de comer.
—Vamos a casa y allá preparo algo para los dos —le propuso, dejando de lado el móvil. Ambos sabían que era mejor volver a casa de los Higurashi temprano antes de que los padres hicieran una videollamada y la encontraran en pijama en la habitación de InuYasha.
—Va, entonces voy a cambiarme rápido —iba a girarse para volver al baño, pero no pudo con esa cara de su novia—. Oye —ella lo miró de vuelta, pestañeando un par de veces seguidas—, todo saldrá bien, ¿sí?
Kagome asintió, tratando de dedicarle una mueca sonreída.
Eso esperaba.
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Abrió los ojos de golpe, atormentada por una pesadilla que le había calado hasta el fondo de cada hueso. Su corazón ahora estaba tan acelerado, que sentía se le iba a salir por la boca. Se puso de pie de inmediato, alterada cada segundo más y medio mareada por el poco descanso sumado a la falta de sueño de esos últimos días y mala alimentación, pero lo suficientemente cuerda como para pensar en lo que la estaba volviendo loca. Miró el reloj en la pared cerca del televisor de su cuarto de hotel y notó que eran más de las diez de la mañana.
—No, no, no, no, no —se llevó las manos al cabeza sintiendo que todo el daba vueltas y el cabello le estorbaba.
¡¿Por qué diablos no lo había pensado antes?! ¡¿Era tan imbécil?! Claro que Naraku no la iba a encontrar y esa era la peor parte, porque sabía perfectamente a dónde atacar para hacerla ir hasta él y hasta ese momento es que era que lo pensaba gracias a la pesadilla que acababa de tener. Sin perder más el tiempo, fue al baño, se lavó la cara y salió del lugar a buscar un teléfono.
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—Esta canción me encanta —dijo Kagome, subiéndole un poco al radio del auto. InuYasha sonrió y la vio de reojo.
Que ella hiciera un comentario sobre la música era una señal de que trataba de recuperar su ánimo y eso lo tranquilizaba de una forma inexplicable. No estaba tan lejos de llegar a su destino. Se detuvo en un semáforo mientras tarareaba la canción junto a su pareja.
—No está mal.
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Dentro de la casa Higurashi, el teléfono sonaba, incesante.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Nadie respondió.
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—¡Contesta, Kagome, maldita sea! —Golpeó el teléfono contra la pared de la cabina, respirando de manera errática, con las manos hincando como si estuviera a punto de lanzarse de un precipicio.
Salió del pequeño encierro y buscó con la mirada algún cibercafé, pero no encontró ninguno. Estuvo a punto de gritar por la histeria hasta que pasó una mujer y se acercó a preguntarle.
Sí que había uno cerca y tomó la camioneta para ir hasta él.
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Su mirada ámbar se detuvo en el retrovisor y frunció el ceño. Kagome lo notó al instante y se puso alerta.
—¿Está todo bien?
La velocidad había bajado. Estaban a punto de entrar al callejón que los conduciría por fin a la cuadra en donde estaba ubicada la casa Higurashi, así que el tránsito era prácticamente nulo por ahí.
—Kagome… —susurró, helado.
—¡¿Qué pasa, InuYasha?! —Ella miró hacia atrás, notando lo que parecía ser el fin de sus días—. No puede ser…
—Llama a la policía —le dijo, mientras pisaba el acelerador para tomar otra ruta.
La aludida se apresuró en buscar el movil dentro de su bolsa, pero sus nervios parecieron haberle bloqueado la vista porque no lo encontraba entre sus cosas; parecía que el tiempo se le iba ente los dedos y el maldito celular seguía sin aparecer. Cuando por fin lo encontró, se le rodó de las manos como si tuviera aceite, ¡juraba que se le había rodado! Ahora parecía que había desaparecido entre sus pies, sumado al movimiento violento del auto con un asustado InuYasha al volante. Maldijo en voz alta, poniéndose todavía peor.
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Sus dedos pálidos se movieron a la velocidad de la luz por entre las teclas, fallando en la contraseña de su red social. Tuvo que maldecir mil veces, pero al fin pudo dar con su cuenta. Entró rápidamente a los mensajes y buscó el chat de su hermana menor, escribiendo un texto de alarma.
"¡No salgas de casa, Kagome! ¡Quédate en donde quiera que estés, es peligroso! Espera a que llegue, hermana"
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Cuando InuYasha quiso salir de la manzana, un nuevo par de camionetas le obstruyó el paso de golpe. La azabache respiraba con tanta fuerza, que parecía que iba a sufrir un infarto en cualquier momento. No, no, no.
El celular no respondía por el golpe, se había quedado congelado.
»—Maldita sea —susurró InuYasha, viendo cómo ocho hombres se bajaban de los enormes autos.
—Vamos, vamos, ¡vamos! —Quiso estrellar el móvil contra el salpicadero en un intento de que reaccionara, pero eso podría ser peor y este seguiría sin responder.
Cuando volvió a responder mostrando un mensaje de Kikyō por Instagram, ya era muy tarde.
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Un golpe intenso de frío hizo que los ojos de Kagome se abrieran de repente. Miró desesperadamente a cada lugar posible, pero no había más que oscuridad y dolor intenso en sus brazos porque estaban amarrados a una cuerda que parecía venir del techo, manteniéndolos elevados por quién sabía cuánto tiempo. No había nadie.
—¡¿InuYasha?! ¡InuYasha! —Gritó con todas sus fuerzas, sintiendo que el pánico se iba apoderando de ella con cada segundo.
—¡¿Kagome?! —Escuchó del otro lado, al parecer, de una especie de bodega.
¡Estaba vivo!
—¡InuYasha, ¿estás bien?! ¡Gracias al cielo! —Dejó ir las lágrimas al acto, sin poderlo evitar. Movió la cabeza de un lado a otro, atormentada por el dolor físico en sus brazos, pero aliviada por escuchar la voz de su pareja.
Tenía la sensación de que ya había vivido eso.
—¡¿Tú estás bien?!
—¡Ah, ya cállense! —Juró que casi le dio un infarto cuando escuchó una voz masculina salir de entre las sombras.
¡¿Siempre había estado ahí?!
—¡¿Quién eres?! —Exigió saber, ignorando que la ropa mojada congelaba su piel.
—¡Qué te importa, perra! —Le gritó, volviendo a lanzarle un balde con agua helada, haciéndola chillar.
—¡Maldita rata, déjala en paz!
Desde su posición, idéntica a la de Kagome, InuYasha sentía la frustración recorrerlo de pies a cabeza. No había que ser un genio para adivinar que el maldito Naraku estaba detrás de todo eso y sin discriminación, se atrevió a culpar a Kikyō de toda esa mierda.
Y la maldijo.
Mil veces.
La luz pareció dejarlo ciego cuando alguien entró por la puerta del lugar en donde estaba, directamente a lanzarle un balde de agua helada, tal y como estaba pasando con ella.
Cerró los ojos mientras sentía el líquido frío erizar su piel y hacerlo empezar a temblar. Entre tanto, escuchó pasos acercarse a él de forma violenta y para cuando quiso volver a ver de qué se trataba, un primer golpe en su cara fue propinado; el siguiente cayó de la misma forma, no le dio tiempo a recuperarse, es más, apenas se había logrado quejar del dolor cuando el siguiente ataque penetró en sus costillas.
Del otro lado, Kagome apenas pudo reaccionar ante las dos primeras bofetadas, sus labios se habían partido, saboreaba su propia sangre al tiempo que la jalonearon del cabello para dominar su cara y que pueda ser blanco fácil de los incontables golpes que estaba a punto de recibir, sin un gramo de piedad, sin quién pudiera detener esa masacre.
InuYasha y Kagome fueron víctimas de severos golpes propinados por hombres sin rostro para ellos, únicamente pudieron reconocer la rudeza con la que fueron atacados sin ninguna forma de defenderse, con la piel ardiendo y el corazón hecho polvo por escuchar al otro recibir cada golpe. No sabían qué clase de infierno estaban empezando a vivir, pero les parecía que apenas estaban calentando.
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No había necesidad de buscar una llave para entrar a la casa, simplemente con llamar mil veces y darse cuenta de que Kagome no estaba, las posibilidades de que Naraku la hubiera secuestrado eran todavía más altas. Rápidamente decidió ir hasta el departamento de InuYasha, en donde el guardia le dijo que él había salido en la mañana junto a su novia.
Todo estaba perdido.
Había tratado de no perder la cordura, lo juraba, intentaba parecer normal para pensar lo que haría, ¡pero es que la vida de su hermana y de InuYasha corrían peligro por su culpa! Tenía que andar con cuidado, tenía que pensar cada paso que daría. Incluso antes de decirle a sus padres. Eran aproximadamente ya las dos y treinta de la tarde y nadie sabía de ellos desde las diez de la mañana. Volvió a su departamento en busca del celular que se había comprado cuando empezó a trabajar en Kokudaizu y se encontró con la noticia de que esa madrugada, unos hombres extraños habían estado merodeando el lugar y preguntando por ella, sin embargo, habían esperado a que apareciera antes de llamar a la policía.
Respondió que era el personal de seguridad de la empresa en la que estaba trabajando que necesitaba comunicarle algo, pero que no se alarmaran, antes de salir como alma que llevaba el diablo hacia su departamento. No tenía ni tiempo, ni ganas de explicar nada y la policía sobre ella era lo que menos necesitaba.
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La cara le ardía, los golpes parecían haber mutado y obtenido un maldito corazón porque palpitaban, cada unos de ellos. Su labio superior partido y cada vez más hinchado quemaba. Sentía que las costillas estaban tan sensibles, que con tocarlas se harían polvo.
—Lo siento —dijo en voz alta, esperando que su compañero la escuche—. Has pasado por tanto y ahora las hermanas Higurashi también han arruinado uno de los momentos más importantes de tu vida…
—No digas tonterías, esto no es tu culpa de ninguna manera —le respondió de inmediato, sintiendo sus labios dormidos por la hinchazón. La paliza que les habían propinado era de los peores dolores que había vivido, pero peor aún porque sabía que Kagome estaba sufriendo igual que él—. No te niego que culpo a Kikyō de esto —miró hacia abajo, notando el piso desgastado. Ambos ahora tenían una luz prendida que les dejaba ver sus pies, por lo menos—, pero aún así sé que ella no querría que esto nos esté pasando.
Ninguno de los dos tenía fuerzas para hablar demasiado, pero sentían que tenían mucho qué decir, sin embargo, decidieron tomar un tiempo de silencio, tan agotados, que ya no podían distinguir el dolor.
—Me pregunto en dónde estará… —susurró, más para sí misma que para él. Por más que la culpa apuntara a su hermana, no podía sentir el mínimo de rencor hacia ella, no importaba lo que hubiera hecho, la amaba y por siempre sería su hermana.
Kikyō solo se había enamorado.
Se pusieron alerta cuando escucharon unos pasos acercarse, se notaba que iba más de una persona. Kagome alzó la vista, arrugando las cejas, expectante. Cuando se abrió la puerta, y aunque la luz no pegó tan fuerte, entrecerró los ojos.
Y entonces rio, irónica, cuando divisó una alta e imponente figura posar frente a ella.
—Es que yo lo sabía —comentó con voz ronca, sin quitarle de encima los cansados ojos marrones.
—¡¿Es ese maldito?! —Las cadenas en los pies de InuYasha resonaron por el movimiento brusco que hizo en un intento inútil de zafarse.
—Tanto tiempo sin vernos, Kagome —la saludó con ese tono escalofriante que mezclaba con una sonrisa. Naraku había recuperado su característico humor sádico y calmado, frío, calculando todo sin sentir dolor—. Te ves bien.
Notó la ropa rasgada, el cabello revuelto, la piel enrojecida y abultada por los golpes, la mirada cansada e histérica que lo atravesaba, los hilillos de sangre por la comisura de los labios. Se acercó un poco más a ella, volviendo a escuchar cómo InuYasha protestaba algo que a él le importó un pepino. Afuera, dos hombres con armas resguardaban la entrada.
—Asquerosa rata de alcantarilla —masculló entre dientes cuando lo vio acercarse tanto. Hacía demasiado que no le veía la cara, pero era repulsivo—, no te tengo miedo.
Naraku sonrió. Kagome era como ver a un gatito bebé enojado, la verdad era que le causaba cierta gracia.
—Uh, despertaste exaltada —le tomó de la quijada con brusquedad, domando la cabeza femenina a como él deseaba. Acercó sus labios hasta el cuello y rozó casi con demencia la piel joven, oliéndola profundamente en un gesto casi obsesivo—. Eso me excita.
Del otro lado, InuYasha trataba de escuchar qué decía el infeliz, pero aquello último había sido demasiado bajo como para entenderlo. Apretaba la mandíbula a pesar del dolor por la frustración de no poder proteger a Kagome. Estaba atado de pies y manos, literalmente.
—Me das asco, suéltame… —le exigió al punto del llanto, con los labios recogidos por la fuerza con la que su agresor le estaba tomado a cara. Él sonrió nuevamente y la dejó de un tirón, dando un paso hacia atrás—. ¡¿En dónde carajo está mi hermana?! —Inquirió por fin, sin dejar de verlo un segundo con los ojos terriblemente inyectados de odio.
Quería saltar hasta esa maldita cara de cerdo y arrancarle los ojos con sus propias uñas.
—Mmmm, esa perra —ladeó el rostro, con un tono de voz extrañamente condescendiente—. No lo sé, tú estás aquí para decírmelo —alzó una ceja. Sabía que Kagome probablemente no estaría enterada del paradero de su hermana, pero tenía que usar todas las herramientas para traerla de vuelta.
La azabache frunció el ceño, completamente confundida—. ¿Cómo que no sabes en dónde está?
—Pues que esa inútil se llevó a uno de mis elementos más importantes —le explicó, caminando hasta la esquina de la habitación para tomar un banco desgastado, llevarlo de regreso frente a la torturada y sentarse ahí en frente de ella, para analizarla. Kagome seguía sin poder entender muy bien de qué se trataba todo eso, pero al menos imaginaba que la mayor le había robado algo o a alguien, la verdad era que con Naraku no se sabía—. Pero tú y ese imbécil profesor de matemáticas secuestrados son como el queso fresco y hace que la rata salga de su escondite —volvió a sonreír, deleitándose con lo que tenía en frente.
—Dios, ojalá murieras hervido —le deseó, agachando la cabeza mientras un dolor punzante en las costillas la volvía a invadir.
Naraku soltó una carcajada.
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—K-Kikyō —el asombro en el maduro rostro femenino fue evidente.
—Kaede-sama —hizo una reverencia a modo de saludo. La aludida ni siquiera podía mirar a la mujer frente a ella a la cara, es más, no tenía el valor de hablar. En el fondo, quería salir corriendo despavorida de ahí.
—Cuánto tiempo sin verte. Pasa, por favor —le hizo un ademán para dejarla entrar. Claro, desde que había roto la relación con InuYasha, jamás había vuelto a pisar la casa; ya era muy extraño verla de repente ahí, además de que pudo notar que no traía un buen semblante.
—¿Quién-? Kikyō —aunque asombrada, Ayame sonrió de forma genuina por la visita de la joven—. ¿Está todo bien? —Le preguntó, empezando a preocuparse. Tal vez era un mal augurio que apareciera de la nada, tomando en cuenta todo lo que ella sabía sobre las sospechas de la propia policía y el evidente semblante abatido de la pelinegra.
—¿Cómo estás, Kikyō? —Saludó Seitō, poco después, detrás de su hija.
—Buenas tardes con todos —logró articular, tratando de sonar lo más calmada posible—, me gustaría hablar de algo muy delicado y urgente con ustedes —anunció, ante la mirada paulatinamente más preocupada de los Tanami.
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Desde su ángulo observó cómo el magullado cuerpo masculino era exhibido ante él como si de una carnicería se tratase, justo al lado de la otra, igualándose así con la parejita que tanto reclamaba desde el otro lado.
—¿Estás bien? ¿Te hizo daño? —No pudo evitar preguntarle apenas la tuvo cerca, mientras un par de hombres terminaban de hacer los nudos correspondientes a su soga.
—Sí, no te preocupes por mí, InuYasha —le dijo con un tono suave, y entre ese dolor, completamente enternecida por cómo se preocupaba por ella hasta en esas circunstancias tan críticas.
—Ah, ya cállense, me provocan náuseas —tuvo que intervenir, poniendo los ojos en blanco. La pareja se quedó callada, pero ni siquiera regresaron a verlo, fue un acto a propósito en que decidieron cerrar la boca y hacer como si un mosquito apenas hubiera zumbado.
Y ante ese gesto en donde era olímpicamente ignorado, Naraku tomó partido. Se puso de pie una vez que su trabajador hubo terminado con el ambarino y le ordenó que lo dejara a solas con sus rehenes, mandando a que se quede fuera de la estancia y que cerrara la puerta, envolviendo a los tres en un silencio casi escalofriante. La luz era tenue, perjudicando a la pareja y favoreciendo a Tatewaki, quien los podía ver con una iluminación bastante ventajosa. Se acercó a paso lento hacia la muchacha, mientras InuYasha lo veía dar cada paso hasta que estuvo frente a su novia con una expresión de pánico monumental; reconoció el perfil del maldito, por fin le veía la cara de mejor forma.
—No recuerdo haberte visto con el cabello corto —comenzó a decir mientras tomaba las hebras azabaches estropeadas, pero aun conservando cierta suavidad; la aludida solo respiró hondo, tragándose los escalofríos y el asco que estaba sintiendo—. Con el cabello largo te parecías más a tu hermana —comentó con saña, intentando hacerla sentir comparada, de alguna forma, herirla si es que le era posible.
Kikyō siempre había dicho que Kagome la admiraba mucho, pero, pensaba él, ¿qué se siente cuando ese grado de admiración se convierte en un constante factor comparativo y terminas perdiendo tu esencia para convertirte en una miserable copia barata de tu hermana mayor? Había que ver el extraño noviazgo con InuYasha, quien hacía menos de un año habría querido casarse con Kikyō, según lo que Kagura le había dicho.
InuYasha notó las malas intenciones tras esas palabras y volvió a maldecirlo, pero se quedó callado, analizando qué imbecilidades era capaz de decir. Kagome simplemente trataba de contener toda su repulsión, era evidente en las expresiones de su rostro.
»—Siempre bajo su sombra, ¿no?
—¿Qué diablos dices? —InuYasha no esperó un segundo para protestar, lleno de indignación.
Naraku volvió a ignorarlo.
—Éste… —lo señaló con una mano, pero no dejó de ver a la chica—, bueno, éste hombre —dijo a modo de burla, porque InuYasha a su lado parecía más un alfeñique—, ¿no era el ex de tu hermana? —La azabache lo barrió con los ojos, despreciándolo con cada poro de su piel—. No conocía esas mañas tuyas, Kagome —le dijo, volviendo a sonreír y sugiriendo que ella habría coqueteado con el ex de su hermana mientras estaban en una relación.
—¡¿Por qué no te callas la puta boca de una vez?! —Kagome y Naraku regresaron hacia InuYasha quien, una vez más, intervenía, iracundo—. Estoy harto de escuchar tu repugnante voz, ¡ya cállate! —Y sabía que podía estar firmando su sentencia de muerte, pero no iba a detenerse—. No sabes de mí, ni de ella, deja de hablar cada mierda que se te ocurre.
—InuYasha —Kagome era consciente de que su pareja no tenía que probar nada y mucho menos tratar de explicarle a Naraku que no era verdad nada de lo que estaba diciendo, pero notaba en esos ojos dorados cómo había intenciones de hacerlo, como si quisiera reafirmarlo con miedo a que ella se lo terminara creyendo y claro que no era así, ella ya sabía perfectamente cómo habían pasado las cosas y esta vez no tenía una sola duda respecto a él y su hermana.
De verdad, no era necesario.
—Eres una simple cucaracha —le habló con desprecio, harto de sus insolencias—, ahora mismo podría aplastarte —su cuerpo se llenaba de una especie de odio incontrolable que le pedía a gritos que le arrancara la piel a pedazos, pero calmaba sus instintos respirando.
—Para mí es un honor parecerme a ella —la azabache volvió a capturar la atención con ese comentario acompañado de una sonrisa—, solo quitaría el hecho de que se enamoró de un… —volvió a mirarlo de arriba abajo, utilizando el mismo tono de burla y desprecio que él había aplicado hacia InuYasha hacía poco—, bueno, de un hombre como tú.
Vaya, con que esas tenían.
Naraku no dijo algo más, simplemente tomó las prendas ya arruinadas y las rasgó, descubriendo al acto el pecho femenino, que se sentía todavía frío por el baño helado que había recibido antes de que él llegara. Kagome sintió que el corazón se le detenía en ese segundo, con el pánico deteniendo hasta su respiración.
—¡No seas cobarde! —InuYasha no tardó un segundo en reaccionar, comenzado a retorcerse en su prisión, intentando zafarse por milésima vez en lo que iba de esa tortura—. ¡¿Por qué no me sueltas y peleas conmigo de hombre a engendro?! —Vociferó, notando cómo las manos masculinas aprisionaban los pechos de su pareja, con violencia, abusivos—. ¡Naraku!
—Vamos a ver si sabes tan bien —le lamió el cuello mientras las lágrimas de su víctima comenzaban a mojarle la cara, escuchando los gemidos lastimeros que escapaban de su garganta, aunque quisiera retenerlos—, igual que ella, y mientras eso sucede —la tomó por el cuello, descuidando los senos y aprisionando la cintura para tener un mejor control del pequeño cuerpo—, quiero que mires, Taishō.
El nudo en el pecho del aludido amenazaba con hacerlo llorar por el odio y la frustración. No podía, simplemente no podía ver el abuso hacia ella sin tener la facultad de moverse un centímetro
—Por favor —rogó, en un intento de reponerse y tratar de ignorar el tacto de las enormes manos masculinas sobre su piel, tragándose el repudio y las ganas de vomitar—, para…
—Así me decía la zorra de tu hermana cada vez que la hacía mía —soltó, al tiempo que metía sin pena una mano dentro de las bragas.
—¡No, déjala ya, te lo ruego! —Con los ojos desorbitados y sin poder más, gritó aquello desde el fondo de su alma, pero fue ignorado otra vez.
Prefería mil veces los golpes que eso, ¡eso no! Cada quejido de Kagome, cada lágrima y cada sollozo quemaban su piel, lo estaban haciendo trizas.
—Pero, en realidad quería que siguiera —continuó, hurgando entre los pliegues sin ningún tipo de piedad.
No le importaba, era como hacer sufrir a Kikyō en carne viva, era… simplemente perfecto.
—InuYasha… —lo llamó con voz lastimera, soltando más lágrimas, sintiéndose asquerosa.
—Lo siento tanto, Kagome… —Ya no lo había podido soportar, el llanto había llegado a él y a pesar de que intentaba retenerlo con todas sus fuerzas, este insistía en salir, quebrando su voz y su voluntad. Había agachado la cabeza por instinto, no tenía cara para mirarla. Se suponía que tenía que protegerla, pero la estaban abusando en su propia cara y no podía mover ni un músculo—. Te juro que lo mataría ahora mismo con mis propias manos —trató de tomar aire para recuperarse, pero solo pudo volver a gritar—. ¡No la toques, infeliz, no la toques!
Tatewaki sacó rápido su mano de la intimidad femenina, llevando los dedos impregnados de las secreciones naturales cerca de su rostro, mirándolos con detenimiento para luego, ante la incredulidad de sus secuestrados, conducirlos a su boca como si de alguna paleta se tratase.
Asqueroso.
—No —negó, como si acabara de catar cualquier vino—, no sabes igual —ladeó el rostro y volvió verla mientras ella negaba, espantada por todo lo que estaba sucediendo—; como en todo, Kikyō es mejor que tú —comenzó a enumerar, sacándose del pantalón una amarillenta toalla de manos que pareció ser blanca algún día y limpiándose en ella la mano que acababa de lamer—: más talentosa, más alta, más astuta, más… —se relamió, como en su mundo, sin dirigirse a nadie en especial— atractiva. Yo creo que InuYasha sigue enamorado de ella —comentó rápido, dirigiéndose al pelinegro—. ¿Tú qué dices, Taishō?
—¿Qué ganas con toda esta porquería que estás haciendo? —Solo eso le pudo preguntar, intentando entender de qué se trataba todo ese circo.
—¿No es obvio? —Sonrió. Abrió las manos como si mostrara algo—. Me divierto —bajó los brazos—, ver sus rostros miserables llenos de pánico me fascina, siento el poder en mis manos…
Taishō se quedó en silencio, reuniendo toda la saliva posible en su boca para escupirla de forma violenta poco después, disparándole los fluidos en la cara.
—¡No, InuYasha, no hagas eso! —Gritó Kagome, cuando la respuesta de Naraku fue estamparle el puño contra la cara, partiendo la boca de su novio al acto—. ¡Maldito animal salvaje!
Él tomó al ambarino del cabello antes de que se pudiera recuperar, exponiendo el magullado rostro ante la luz y notando cómo la sangre escurría de sus comisuras. Le habría quebrado un diente o dos, esperaba.
—¿Entiendes? —Susurró, peligrosamente cerca de InuYasha, acercándose tanto, que abrió la boca para sacar la lengua y limpiar el rastro de líquido vital, tocando de paso los labios, haciéndole sentir la humedad de su lengua mezclado con el metálico de la sangre. Repitió la acción una vez más, cual perro lamiendo una herida, mientras InuYasha trataba de hacer lo posible por quitarse, pero sin ningún tipo de éxito, asqueado, apretando los dedos de los pies debido a la repulsión—. Puedo hacer lo que me plazca contigo —también lo tomó del cuello, dominándolo como quien domina a cualquier perra, sin escuchar los gritos de Kagome—, con ella; yo… —sus labios se movieron despacio, rememorando a su padre cada vez que lo agredió en la infancia, los gritos histéricos penetrando sus terminaciones nerviosas— tengo el control.
Por fin lo tenía.
—Juro que te arrancaría cada uña —lo vio desde su posición, respirando errático y mascullando aun contra el dolor en su boca— con un cuchillo si fuera posible.
—No me des ideas, Taishō —lo soltó por fin, limpiándose la boca con los dedos—, no me las des.
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—¡¿Y lo dices tan tranquila?! —Se puso de pie al tiempo que gritaba, tratando de controlar sus lágrimas.
—No estoy tranquila, Ayame —respondió al segundo. Quizás nadie lo notaba, pero estaba temblando—, recuerda que mi hermana está también allá.
—Tenemos que llamar a la policía —dijo Seitō rápidamente, tratando de hacer calmar a su esposa, quien estaba teniendo tal vez un ataque de pánico por lo que acababa de soltar Higurashi.
—¡No! —Ella se puso de pie inmediatamente, tragando saliva de forma violenta.
—¡¿Cómo que no?! —Respondieron a coro, incrédulos.
—¡¿No entienden?! —Estaba desesperada, parecía que no tenían idea de con quién estaban jugando—. Naraku los matará antes de que pongamos un pie en la estación, ¡no podemos arriesgarnos!
—¿Sugieres que nos quedemos de brazos cruzados mientras ellos están corriendo peligro en quién sabe dónde? —Volvió a atacar Ayame.
—No nos pidas eso, Kikyō —Kaede la miró con los ojos enrojecidos, reviviendo la perdida de hacía once años con creces—. Es mi hijo, es la novia de mi hijo, ¡son ellos!
—Por favor, Kikyō —Seitō entendía que estaban hablando de gente extremadamente peligrosa por lo que Kikyō les había dicho, pero no podía concebir la idea de quedarse ahí sin hacer nada—, tienes que hacer algo.
—Solo vine a avisarles para que estén atentos —les dijo, sintiéndose tan miserable, que no sabía cómo era capaz de mantenerse de pie—, yo trataré de contactarme con ellos y conseguir un trato, pero ¡no! —alzó la voz ante la nueva protesta—, quiero que vayan a la policía, pueden estarnos vigilando ahora mismo, no lo sé, pero sería demasiado peligroso alarmarlos, por favor —hizo un gesto para llamar a la calma, aunque sabía que era inútil —, confíen en mí.
—¡¿Confiar en ti?! —Ayame intervino violentamente antes de que se le ocurriera salir de la casa, deteniéndola en el acto—. ¡Todo esto es tu maldita culpa, no tenías por qué involucrarnos a todos en tus errores, maldita terca! —No podía evitarlo, estaba tan llena de desesperación e ira, que quería lanzarse a golpearla.
—¡Ayame, por favor! —Su papá le llamó la atención mientras Kaede intentaba dejar de llorar sentada en el mueble, tapándose la cara.
—Tienes razón, Ayame —asintió, sin poder verlos a la cara—, toda esta mierda es mi culpa —tanto, que incluso se arrepentía de haber ayudado a Kagura, ¡¿qué diablos le costaba dejar las cosas como estaban?! ¡¿Por qué no pudo haber soportado su destino en vez de tratar de escapar y "hacer algo bien"?! Era una imbécil.
—Así es y jamás voy a perdonarte si les pasa algo, te lo juro —las lágrimas corrían libres por su cara.
—Yo tampoco, Ayame.
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—Encontré esta curiosidad en el auto de esta cucaracha —dijo Naraku, recibiendo el teléfono móvil de las manos de uno de sus secuaces. Se estaba refiriendo a InuYasha.
Kagome abrió bien los ojos al reconocerlo. InuYasha también lo observó, pero sin entender de qué servía que se los mostrara.
»—Y parece que un número que no está entre tus contactos te ha estado llamando —colocó el celular frente a la cara de la joven para desbloquearlo, desvelando así el contenido para que Naraku pudiera mostrar el registro.
Antes de que pudiera intervenir, el móvil volvió a sonar, era el mismo número que había hecho por lo menos treinta llamadas anteriormente. Tatewaki sonrió, haciendo un gesto de silencio mientras abría la llamada y colocaba en altavoz.
—¡¿Kagome?!
—¡Kikyō! —No pudo evitar gritar, casi emocionada por escuchar la voz de su hermana. Taishō también se puso alerta, aunque no tenía demasiadas expectativas.
—Kikyō, es bueno oírte —intervino.
—¡Maldito, déjalos ir! ¡Dime en este momento qué es lo que quieres! —Habló tan rápido que ni siquiera respiró.
—Que me devuelvas a Kagura, zorra malnacida —masculló, volviendo a sentir ese odio por ella que no se disipaba tan fácilmente.
—Lo siento, ella se fue hace mucho —fue lo único que le pudo contestar, bajando el tono de su voz.
Naraku ya lo sabía.
—Pues bien —hizo un gesto de adiós a la pareja, dejándolos atrás a pesar de los gritos y saliendo por fin de la bodega—, entonces estamos a mano.
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—¡No, no, no, espera! —Gritó desesperada, tanto por presentir que cortaría como por escuchar los gritos de los chicos. Se llevó una mano a la cara para después golpearla contra el volante de la camioneta, tratando de tomar aire. Se había estacionado en un mal lugar apenas habían contestado ya que salía de casa de los Tanami rumbo a la de sus padres.
—Habla o cuelgo —le exigió, del otro lado.
—Te doy lo que quieras de mí —decidió por fin entregarse, ya no pondría resistencia. Las cosas se veían distintas antes de que él se metiera con su hermana e InuYasha… eso era más de lo que podía soportar—. Te juro que me presento ahí, los dejas ir y puedes matarme —las lágrimas ahora empezaban a quebrar su voz—. Naraku, por favor, no les hagas nada… —ya no podía más, ya no tenía fuerzas—, por favor, te lo suplico.
—¿Por qué no pensaste en eso cuando decidiste ayudar a Kagura a escapar? —Aunque seguía negándose de alguna forma, era obvio en su tono de voz que estaba considerando su oferta.
—Soy imbécil, lo sé —aceptó, sorbiendo su nariz y con el teléfono pegado a la oreja—, ahora mismo podría cambiar la vida de todo el planeta por la de ellos…
Hubo otro silencio prolongando y ella, francamente, no tenía una palabra más que decir, sentía que perdía esperanzas.
—Quizás pueda reparar un poco de la pérdida, y matar a estos dos inútiles solo significaría sangre qué limpiar y cuerpos qué deshacer —ante ese comentario, el cuerpo completo de Kikyō se erizó.
Si tuviera una oportunidad de volver el tiempo a ese día en que lo había conocido, le habría quitado la vida con sus propias manos en vez de ayudarlo.
—¿Los dejarás libres?
—¿Tan rápido? Claro que no, déjame jugar con ellos —lo escuchó sonreír y maldijo para sus adentros.
—Por favor, Naraku —cerró los ojos con lentitud.
—Mañana a las tres de la tarde en «El Gremio» para hacer el intercambio, ya que imagino que sabes la dirección —le dijo, suspicaz. Y claro que ella sabía, Kagura le había revelado varios secretos importantes antes de irse.
—¿Por qué hay que esperar tanto? —preguntó en tono severo.
—Porque puede que en la noche cambie de opinión y les corte el cuello —él se lo devolvió con el mismo tono—. Estás perdida, Kikyō, si vienes a mí, no sabes lo mucho que vas a sufrir para pagar esto que me hiciste, bastarda.
—No importa —negó, mirando hacia el frente y los carros que pasaban a su lado—, puedo soportarlo.
—Ya sabes que mis hombres están acompañándote, ¿verdad? Por si se te ocurre hacer algo indebido o avisar a alguien que no debas —la amenazó, solo para que lo tuviera claro.
Pero ella lo sabía perfectamente.
—Sé que eres sobreprotector y nunca me dejas andar sola —mientras hacía el comentario sarcástico, su mente planeaba todo lo que haría después de cortar esa maldita llamada.
No obtuvo ninguna respuesta, además de la llamada finalizada.
Bajó el móvil lentamente para después mirarlo fijo, moviendo sus dedos sin pensarlo demasiado y buscando un contacto de esos que había hecho mientras planeaba el escape de Toriyama. Sus manos estaban heladas, pero tampoco eran impedimento para hacer una nueva llamada.
—¿Hola?
—Soy Kikyō —se hizo reconocer, sin siquiera pestañear. Lo único que su mente repetía era que ella era la única capaz de acabar de una maldita vez con ese engendro.
Sin importar el costo, pero primero debía poner a salvo a su hermana y al novio de esta.
—Hola, ¿qué tal? ¿Necesitas algo?
—Sí, pero será mejor que me muestres el catálogo físicamente. Te haré una visita, pero iré en otro vehículo, así que avísales a tus hombres —apenas recibió una confirmación, cortó.
Tenía mucho qué hacer antes de que cayera la noche, incluso, comprar un vestido.
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—¿Estás lista? —Le inquirió, mientras recogía sus últimas cosas sobre el escritorio. Vio el reloj y ya marcaban las 7:30 de la noche.
La aludida se alzó lo que quedaba de su café antes de responder, tomando una enorme bocanada de aire. Estaba bastante agotada.
—Voy al tocador y estaré lista en un momento —avisó, cruzando la oficina para dirigirse a la puerta.
—Bien —respondió, con su típico tono seco.
Y desde que su anterior caso había sido tiempo perdido, cada vez era peor. La forma en la que Tōtōsai le había dicho que no volvería a hacerle ese tipo de concesiones todavía le ardía, a tantos días después. Escuchó que tocaron a la puerta y frunció el ceño antes de caminar a ella para abrirla.
—Taishō-sama —era un oficial.
—¿Qué se te ofrece, Tsuki? —Inquirió, mientras lo veía asentir.
—Hay alguien afuera que necesita hablar con usted y dice que es urgente —comenzó a informar, hablando rápido—, le dije que usted estaba a punto de salir, pero insistió.
—¿En dónde está?
Camino al recibidor, su interés crecía de forma abismal. No sabía que alguien quisiera hablar con él excepto si era de algún caso específico en el que él se hubiera implicado personalmente con alguien y le hubiera ofrecido el tiempo de contactarlo o irlo a buscar a la estación. Cuando sus ojos por fin pudieron divisar la figura de una mujer esperándolo con los brazos cruzados, expresión dura, labios rectos y aspecto demacrado, sintió la necesidad de agarrar aire por la impresión. Le llamó la atención que incluso llevaba su cabello recogido en un chongo, dándole un aspecto todavía más sobrio.
Tsuki los dejó solos y él ni siquiera escuchó las cosas que dijo, solo podía observar directamente a quien estaba frente a él.
—Kikyō Higurashi —le dijo, llamado su atención mientras ella asentía y lo encaraba.
—Espero que tenga tiempo para mí —respondió, haciendo alusión a lo que el oficial le había dicho sobre el turno de Taishō.
—¿Qué es lo que hace aquí? ¿Necesita algo? —Inquirió de forma causal, no haciéndose ilusiones sobre lo que podría significar esa visita tan inesperada.
—Vengo a contarle cosas que seguramente usted ya sabía —inspiró hondo, apretando los dedos de manos y pies por la presión emocional a la que se estaba exponiendo—, pero antes de que vaya a encarcelarme, necesito que me ayuden a liberar a Kagome e InuYasha…
—¿Qué? —La expresión de estupefacción en su rostro fue genuina por todo lo que acaba de soltar aquella mujer.
—Fueron secuestrados.
Continuará…
Apenas hoy mientras desayunaba me di cuenta de que Nota también tiene un arco de secuestro JAJAJJ, me hago plagio a mí misma, no puede ser, qué pena. En fin, capítulo largo, les decía.
¡Mis niñas hermosas, he vuelto! Hasta ahora, este es uno de mis capítulos favoritos del arco final de RC, creo que en algunos párrafos me lucí, en especial con la ejecución del personaje de Naraku y cómo su clímax demuestra todos los traumas que se fueron descubriendo de a poco a medida que avanzaban los capítulos y cómo hacían la construcción de su personalidad psicópata, narcisista, envidiosa, frívola y violenta, también apasionada. Me alegro de que sigan aquí, sé que ha sido un viaje largo y, en este cap, muy duro porque sé que les duele el sufrimiento de los chicos, aún así, creo que todos lo esperábamos de alguna manera, Naraku haría esto en este y en todos los universos, incluyendo el original.
Un abrazo enorme a:
Rosa Taisho, Rocio K. Echeverria, Marlenis Samudio, MegoKa, Karii Taishō, Vanemar, Susanisa, Rodriguez Fuentes e Iseul c-137.
