Capítulo 1
"El concepto de libertad, una sutil ironía en un mundo donde todo es una prisión, donde mirar al cielo, y soñar no es más que eso, una mera ilusión. Al cerrar los ojos la oscuridad precede y te encuentras a ti mismo, observando el universo que eres, el interior de tu alma y tu corazón, eso es el cosmos, el poder de un caballero, energía transformada en deseos y voluntad".
—Los dioses carecen de eso —susurró Kanon al mirar hacia el infinito manto de estrellas en Star Hill.
Recordaba con escuetas imágenes las clases a hurtadillas que escuchaba de boca de Shion cuando preparaba a Saga y Aioros para ser caballeros.
A su parecer los dioses carecían de la definición exacta de un cosmos, los dioses eran universo, pero nunca han logrado definirse y encontrar un equilibrio en su esencia, desatando caos y furia, guerras absurdas, y jugarretas, todo por no saber ¿Quién demonios eran? ¿Acaso podía ser así de simple? ¿Qué por solo la ambivalencia de los dioses, los humanos sufrieran las consecuencias de sus actos? La respuesta de Kanon fue simple, él lo creía de esa manera.
La guerra santa contra Hades trajo muchas pérdidas para Atena, entre ellas la pérdida total de sus caballeros dorados, y la muerte en vida de su guardián más cercano, Pegaso. Y él… ¿Por qué había sobrevivido? Por voluntad de Atena.
Se había hecho la idea de perecer al enfrentarse con Radamanthys, pero nada de eso sucedió, al contrario, se vio tirado en una playa cercana al pueblo de Rodorio con heridas graves, todo su cuerpo magullado, y muchos huesos rotos, sin poder moverse, pero vivo, al fin y al cabo. Su garganta quemaba, eso lo rememoraba con claridad, era como tragar acido el respirar y saber que morías a cada respiro, pero la dificultad con la que sus pulmones se expandían le demostraban que eso no era una tortura en el inframundo como forma de castigo, sino que era la vida misma.
Ese recuerdo al contrario del resto era tenue, pues a su sombra luego de eso vio un par de alas oscuras que lo rodearon y lo tomaron con su cuerpo herido y magullado.
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Ahora estaba en el Santuario destruido por completo, con muchas incertidumbres, despierto luego de haber dormido por más de una semana, con quizás una docena y media de caballeros de plata y bronce, y un grupo todavía más reducido de aprendices que lo veían con interrogantes en sus ojos.
La forma en la que ocurrió todo, fue irrisoria, estaba en una de las habitaciones del templo patriarcal con el pecho vendado y sus heridas curadas no estaba del todo recuperado; las doncellas del recinto aparecieron de inmediato cuando lo sintieron despertar, tal parecía que habían estado esperándolo. Kanon tosió con dificultad mientras la voz apenas salía de su garganta, pero eso no era lo que le llamó la atención, sino la presencia de géminis en la habitación, ensamblada en su forma original, custodiándolo, como si estuviera esperando a que despertara. Ante aquel pensamiento la armadura vibró con sonido tenue y una luz brillante se hizo presente, justo como un asentimiento. Kanon quitó la sábana de su cuerpo, sintió una corriente helada y se percató de que estaba desnudo. Justo como Saga solía estar, el muy idiota.
El pensar en su hermano le trajo dolor, Kanon recordó la guerra contra Hades, él estaba vivo, y la guerra, no sabía qué sucedió con ella o Atena. Una doncella entró sin avisar con agua y algo de comida, haciendo una reverencia de respeto, cosa que extrañó a Kanon.
Su estómago gruñó de hambre y Kanon con pesadez en su cuerpo todavía, atacó el plato con tostadas, fruta y agua que la doncella dejó.
Una semana más duró su recuperación.
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Cuando supo que ya estaba bien, se levantó sin dificultad del lecho, su cuerpo y cabello apestaban, para su sorpresa una muda de ropa lo esperaba, una túnica de tela fina y decorada con delicadeza de color blanco, un poco menos fastuosa de las que su hermano solía usar. Kanon de mala gana tomó la túnica y se dirigió al baño privado que había descubierto en la habitación. Kanon se preguntaba cuántas habitaciones como esa mandó a construir su hermano. Demasiado elegante para su gusto, espaciosa, con una cama enorme y muebles antiguos de madera de roble, con un olor a sándalo que le provocaba ganas de vomitar. Una combinación entre el mundo de piedra de Atena, con la fastuosidad de los gustos de Saga. Kanon rodó los ojos ante el pensamiento. El gemelo se dio una ducha larga y renovadora, iba a extender la mano por una toalla cuando se la tendieron, una de las doncellas lo esperaba en el marco de la puerta del baño, Kanon hizo un gesto de disgusto, mientras en la humedad del agua caliente y vapor se ataba la toalla blanca sobre la cadera para tapar su intimidad, en cuanto pudo despacho a la mujer, quien le respondió con un sí, señor. Kanon estaba cada vez más incómodo y sospechando del trato que estaban dándole. Él no era más que un traidor, un abandonado por los dioses y ahora…
Suspiró, se vestiría y ya luego vería. La túnica no le era incómoda, al contrario, era más corta de lo que hubo visto en un inicio y no limitaba sus movimientos, en cuanto estuvo listo, con su cabello relativamente domado, intentó salir de la habitación, pero la armadura no se lo permitió, no sin portarla a ella primero. Géminis se acomodó pieza a pieza en el cuerpo de Kanon, aferrándose con tozudez y alimentándose de su cosmos. Kanon la percibía desolada y herida, buscaba consuelo en él. El gemelo negó, él no era la mejor opción, pero géminis se negó a abandonarlo. Con resignación Kanon abandonó la habitación y observó el ala donde estaba, muy cercana a las habitaciones patriarcales y las misma de Atena, pero todo estaba en silencio o vacío.
Recorrió los pasillos hasta el salón principal para poder salir del recinto y averiguar los pormenores de la situación que estaban viviendo, odiaba vivir en la tela del desconocimiento, mucho más estando en un momento delicado y crítico como aquel.
Kanon guardó silencio al llegar al salón del trono y ver al disminuido ejército de Atena. Quienes lo observaron con el mismo asombro al verlo portando géminis. Shaina, una de los pocos caballeros de plata que quedaban lo observó con recelo mientras entre sus manos sostenía el casco del patriarca, finalmente la italiana suspiró en resignación, se arrodilló ante Kanon, quien lo veía estupefacto, mientras le tendía el casco, en claro son de que debía recibirlo.
—De los de aquí eres el más fuerte y fuiste el más cercano a Atena, ella te dejó con vida por una sola razón —dijo la cobra.
Kanon negó ante la posibilidad con fuerza, pero géminis fue más testaruda y lo impulsó hacia adelante mientras brillaba, el cosmos de Atena surgió de la armadura, que, si bien se hallaba con heridas y algunas grietas, guardaba el poder de la diosa de la guerra, quien les había dejado un último mensaje antes de partir al inframundo, augurando lo que podía suceder.
"De todos mis caballeros, tu pasaste por ambas caras de la vida, el bien y el mal, fuiste rechazado y te forjaste por ti mismo, Kanon; el mundo está cambiando, si mi vida termina, y mi santuario ha sido destruido necesitaré de ti, enséñales, cuídalos, fórjalos, así como tú mismo te has forjado, desafiando a los dioses, encontrando tu propio universo, mi querido Kanon, sé mi patriarca"
Un nudo se formó en la garganta de Kanon al escuchar la voz infantil, pero dulce de su diosa. Su última petición era que cuidara todo lo que los caballeros habían construido por siglos, y que ahora estaba todo en ruinas en el suelo, a la espera de que alguien levantara las viejas virtudes y las colocara en alza.
Con el semblante en alto, Kanon tomó el casco y asumió lo que su diosa le había pedido.
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Su dios Hades se desvaneció en el infinito cuando fue herido por Atena, la muerte de los dioses significaba eso, que desaparecían sin dejar rastro. Lo único que quedó de Hades, fue una piedra de obsidiana negra con la mitad de los campos elíseos marchitos, mientras las prisiones se desvanecían en ruinas, el Inframundo estaba pereciendo.
Pandora, Minos y Aiacos estaban muertos. Los dioses del sueño y la muerte desaparecidos, sin dejar ningún rastro, y los pocos espectros vivos, descorazonados sin saber que hacer luego de que Hades muriera.
Para Radamanthys eso era una molestia y un pesar, llevar el peso de un inframundo destazado no era fácil. Más cuando se cuestionaba del porqué él estaba vivo y no los demás. Recordaba su batalla contra Kanon, luego el dolor de saberse herido en cada parte de su cuerpo, pulverizándose, y después el inclemente sol, acabó tirado con el manipulador de dioses en una playa del egeo. Sin embargo, su cuerpo a pesar de estar herido, podía moverse con libertad aún. Lo que le daba ventaja sobre el griego, pudo haberlo matado, pero… su instinto y su honor como guerrero no se lo permitieron. Su misma sapuri, que por obra de los dioses se mantuvo relativamente entera le impedía hacer cualquier movimiento que le costara la vida al griego en esos momentos, el inglés lo rememoraba bien. Wyvern se negó en todo momento a acabar con Kanon de esa manera. Radamanthys alzó las alas resquebrajadas de la sapuri y cubrió a Kanon del sol, para llevarlo al Santuario. El cual estaba en ruinas y casi muerto, la guerra había golpeado con fuerzas. Las fuerzas mermadas de Atena lo recibieron con alerta dispuesto a enfrentarlo, pero al mostrarle a Kanon inconsciente en sus brazos, bajaron la guardia. Radamanthys se los entregó y se marchó.
Ahora, luego de dos meses se preguntaba si el gemelo logró sobrevivir. El rubio se mantenía resguardado en Caína, salía solo cuando las almas intentaban escapar por los recodos abiertos del inframundo, apenas podía con el trabajo de los otros dos jueces juntos, y los pocos espectros no colaboraban demasiado, las interrogantes eran muchas y pocas respuestas. Hasta que un mensajero de Apolo no llegó hasta el inframundo, protegido por la luz de sol para no perecer ante la energía degradante del inframundo. Cuando le informaron a rubio de la llegada chasqueó con hastío, mientras dejaba sus ropas informales que solía usar al estar en su casa, un simple pantalón de tela con una camisa, más acorde con la actual vida citadina de la humanidad. Su armadura lo cubrió por completo, y Radamanthys se abrió paso hasta llegara Giudecca donde le mensajero lo esperaba. El mensaje venía desde el mismo Olimpo. Atena estaba viva, pero nadie sabía dónde. Mientras Pegaso, el asesino de dioses había perdido la memoria. A Radamanthys esos datos eran sin importancia, pero el contexto que daba apertura al mensaje, en ausencia de Atena, y sin poder resolver el problema del inframundo, ante las almas que seguían vagando, por un mundo de los muertos en ruinas, Zeus decretó que otro dios se haría cargo, pero hasta que llegara el día. Radamanthys colocaría la piedra de obsidiana que hubo encontrado, y que guardaba el poder los muertos, sobre el trono de giudecca, para que las energías del inframundo se restauraran, y los titanes no escaparan. Por otro lado, la presencia de un mensajero de Apolo era para que Radamanthys se dirigiera a Delfos, donde el mismo oráculo le daría instrucciones. El problema del infierno debía ser resuelto a la brevedad.
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Para Radamanthys el sol era la representación de la vida, pero Delfos, no era más que un santuario robado, los olímpicos, en el cielo, con sus fiestas lujosas y la gula de sus almas habían llevado al caos al mundo, pero su señor Hades siempre fue diferente, pero ya no estaba con ellos, y por eso ahora el equilibrio de los reinos dependía de los dioses bañados en corrupción.
Fue el mismo Apolo, arrogante, con su cabellera de fuego y manto de dorado brillante quien esperó a Radamanthys en la fuente de Castelia, la fuente de la renovación, que se encontraba camino al centro del oráculo.
Apolo lo miró de arriba abajo, Radamanthys como buen espectro portaba con orgullo su oscura sapuris, pero estaba no lograba sanar, así como el inframundo esta se encontraba herida, Apolo con desaprobación y hastío cogió con una de sus manos agua de la fuente y la lanzó a la sapuri, Radamanthys retrocedió ante el movimiento, sus ojos ámbares ardieron feroces, no se amilanaría ante un dios, pero al caer el agua sobre la superficie de Wyvern está brillo incandescente, siendo renovada y curada, el rubio se detuvo con sorpresa, buscando la mirada del dios.
—Piensa antes de actuar humano, tu dios construyó destrucción, pero también renovación, los dioses no buscan el desequilibrio, la destrucción del inframundo afecta a todos.
Apolo cogió una piedra del interior de la fuente y la transformó en un pequeña botella brillante y transparente, con una esfera de luz introdujo agua de la fuente en la botella, al desbordarse la botella la cerró con un movimiento de su mano, alzando una pequeña tapa de color gris, se la entregó a Radamanthys, quien extendió la mano con recelo.
—¿Qué pretenden los dioses? —cuestionó con voz severa, alojando la botella sobre su pecho, mientras escrutaba al dios del Sol.
—Ya te lo dije espectro, la renovación y el equilibrio es lo único que se busca. El agua de Castelia revivirá las sapuris de Hades, destruidas y magulladas.
Apolo no volvió a dirigirle la palabra a Radamanthys luego de eso. Apolo comenzó a emprender camino al oráculo y Radamanthys lo siguió.
Los vahos etéreos y hediondos de sales y gases azufrados invadieron la nariz del inglés. Apolo se mantuvo estoico ante la doncella tirada y casi en coma por la cantidad de drogas que parecía contener su organismo, está gemía en éxtasis, mientras sus ojos dilatados miraban el cielo azul y brillante, buscando el sol y su luz. La mujer de cabello negro y rostro lozano, cerró los ojos y alzó las manos al sol, gimiendo el nombre de Apolo, para luego apoyar las palmas sobre el suelo y besar la tierra, a su lado había una daga y la mujer se cortó la palma, dejando caer la sangre directo sobre el suelo, llamando a Gea en el proceso. Un ritual de ambos mundos el cielo la tierra, el ladrón usurpador del sol y la madre primigenia y furiosa de la tierra. Aquello era Delfos, un sitio de poderes y reinos encontrados, donde los dioses ofuscaban sus miedos y veían rastros de un futuro incierto. Radamanthys comprendió lo horroroso del ritual, pero también lo sagrado. Apolo cogió del mentón a la doncella y vio los ojos obnubilados de ella, Radamanthys no estuvo de qué pasó, pero Apolo brilló con un tono plateado, mientras los ojos azules del dios se ennegrecían e imágenes corrían a través de él. Cuando todo acabó Apolo se acercó al inglés como si nada, como si la doncella tirada sobre el suelo no estuviera convulsionándose producto del éxtasis y los apestosos gases.
El mensaje de Apolo fue claro. No fue Hades quien lo dejó vivo, sino la misma Atena, con el fin de que el inframundo fuera capaz de restaurarse y encontrar la paz con la Tierra, y con su Santuario. Debía contactarse con el patriarca de Atena, y comenzar los lazos que llegarían a sanar las llagas de esa guerra. Radamanthys gruñó, no quería relacionarse con los perros de Atena. Pero era un mandato de los dioses, aunque podía negarse, y era lo que hubiera hecho si un último eco de la voz de Hades no se hubiera hecho presente entre los vahos de gas de azufre, mostrando la oscura figura de su señor.
"El mundo yace en ruinas Radamanthys, siempre fuiste fiel a mí, los humanos son destrucción, pero eso ya no importa, tiempos peores vendrán y esta guerra será un amargo recuerdo, permití a Atena interceder por tu vida para enfrentar lo que vendrá, por mantenerte con vida, ahora guardó una deuda de honor con Atena, cumple con esta voluntad para pagar la deuda"
Radamanthys se arrodilló ante la desvanecida imagen de su señor, agachó la cabeza y asintió. Un instante después Hades desapareció.
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Tenía el puto peso del inframundo sobre su espalda, Hades había sido claro, debía aliarse con el Santuario, y por perversos rumores se enteró de quien era la actual cabeza del ejercito de Atena, aquel mismo gemelo que había salvado de una muerte súbita en las aguas del Egeo. Radamanthys negó, cansado y hastiado, tres días después volvió a Caina, siendo prácticamente sermoneado por el mismo Apolo durante los tres días que se vio obligado a pasar en Delfos. Adoctrinado por el dios del Sol, sobre las cosas que vendrían en el futuro. Ahora, sentado en su oficina de Caína, con un pergamino amarillento entre sus manos, y un vaso de whisky en la otra se debatía en su próximo movimiento. Era una propuesta de alianza, que poco y nada le había gustado. Los dioses eran una mierda cuando se preocupaban por la vida humana. Tenía dos opciones, enviar un emisario con el mensaje y esperar con desagrado la respuesta, o simplemente presentarse en el Santuario e ir el mismo. La segunda opción era la que menos le agradaba, pero también la que le aseguraba resultados más rápidos.
No informó a nadie su partida, todos corrían como locos buscando a Radamanthys, quien en un impulsó había abandonado sus labores de liderazgo, temporalmente. En otra época, Valentine se hubiera encargado de cubrirlo durante sus escapadas, pero la harpía ya no estaba para eso. Lo que más encabronaba a Radamanthys, era que muchos de los espectros que habían sobrevivido no eran más que soldados rasos, que poco y nada podían hacer por mantener la estructura del inframundo de ahí la dependencia de su persona en el infierno.
Radamanthys supuso que presentar a Wyvern y llegar al santuario con su surplice sería visto como un acto de hostilidad, sin embargo, no estaba seguro de cómo sería el actuar de los caballeros sobrevivientes, por lo que a pesar de los inconvenientes que esa acción podía suponer, se vio en la necesidad de ver guarecida su espalda por aquella vestidura que siempre lo había acompañado.
El deseo de lucha y la ferocidad seguía en sus venas, era parte de su naturaleza, era algo que sabía que nunca podría vencer, y en esos momentos, aquel lunes, luego de los tres días con el arrogante dios del Sol, se daba cuenta de eso, mientras atravesaba las paredes y pilares destrozados del Santuario. La guerra Santa había tenido sus costos para ambos bandos, y la falta de guerreros custodiando las faldas del recinto sagrado era uno de ellos. Radamanthys rodó los ojos ante la falta de seguridad de los helenos. Las alas de Wyvern cubrieron su cabeza, haciendo el efecto de sombrilla, el calor y el Sol hostigante lo sofocaban, acostumbrado a un frío lacerante de la isla británica y a las brisas heladas del inframundo, Grecia, siempre había sido la perdición de los espectros. Mucho más pendiente de sus propios pensamientos, y el calor sofocante, fue tarde cuando se dio cuenta de que una lanza estaba a sus espaldas apuntándole como si quisieran matarlo.
"Como si pudiera."
Aquel pensamiento arrogante pasó por la cabeza del rubio, con un solo movimiento rompió la lanza del guardia y lo miró con odio en sus irises ámbar, que nada bueno presagiaba, sin embargo, Radamanthys reprimió su instinto asesino. Se quedó parado viendo al soldado raso con arrogancia, mientras este temblaba.
—Eres un idiota por atacarme de esta forma, tal parece que quieres una muerte temprana.
El soldado miró a Radamanthys encogido, sin embargo, no parecía querer ceder, la sonrisa sádica del rubio apareció, queriendo al menos torturar mentalmente al pobre soldado. Un espectro, sería siempre un espectro.
—Es de mala educación atacar a las personas con las que se supone intenta hacer una alianza
Una voz grave y apabullante muy conocida por Radamanthys se hizo presente, que reconoció como Kanon.
—Vaya, vaya, parece que el gran patriarca se escabulle de sus funciones —dijo riendo con arrogancia y altivez el rubio.
Kanon salió de detrás de unas rocas vestido con la túnica patriarcal de color blanco, con sus cabellos alborotados y lleno de hojas, mientras la parte de debajo de la túnica se veía manchada y sucia. Radamanthys río una vez más al hacer un escaneó más profundo. Sus consideraciones eran reales, Kanon era un guerrero astuto y manipulador, pero sus facetas caprichosas e infantiles seguían con él.
—Solo vigilaba tu llegada rata del inframundo —mencionó el sumo pontífice furibundo, mientras rascaba un poco la comezón producida por las hojas en su cabeza.
Radamanthys negó, pensó que su encuentro con Kanon sería mucho más tenso y caótico, pero ahí estaban ambos, burlándose él uno del otro.
—Cualquiera pensaría que la cabeza del ejército de Atena sería mucho más solemne, pero eres una broma Kanon —se mofó Radamanthys. La mirada asesina, y el aura feroz bajaron sus revoluciones, dejando solo el fastidio por el sol y la enorme presencia de Wyvern que cuidaba a su portador.
Kanon rodó los ojos, se adelantó al soldado y lo despachó con la mirada, el soldado raso asintió y salió corriendo como si de una gallina se tratara. Kanon se aproximó hasta quedar solo a unos pocos centímetros de Radamanthys, enfrentando sus miradas. Radamanthys por un simple impulsó no pudo evitar llevar su mano hacia el cabello desgreñado de Kanon y quitar una hoja curiosa que se pegaba al borde de los cabellos cobaltos. Kanon lo miró perplejo y luego se alejó unos pasos desconcertado, pensando en que el inglés solo quería sacarlo de sus cabales.
—Vienes solo a joder Wyvern, eres demasiado impredecible —dijo Kanon fastidiado.
Radamanthys negó y rio.
—Bueno, lamentablemente, debemos hacer esto, la estúpida alianza. Así que estabas sobre algún árbol esperando mi llegada tal parece.
Kanon enrojeció un poco por ver descubierta su travesura.
—¡No te esperaba! Recogía manzanas, no te sientas especial rata del inframundo.
Radamanthys rio una vez más, con sincera diversión. ¿Quién diría, que luego de ser fastidiado por el Dios del Sol, el encuentro con Kanon sería tan hilarante?
Y ese fue el primero de muchos encuentros entre ambos, desde entonces.
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—Por enésima vez Kanon, me niego a que coloquen esa condición, el inframundo siempre ha sido un lugar independiente, no estaremos bajo los ojos del Santuario —dijo con fastidio Radamanthys.
Ambos estaban en el despacho del patriarca acordando los puntos del tratado. Dos meses llevaban viéndose casi a diario, y todavía no llegaban a un consenso, Kanon quería mantener bajo control el inframundo, sin embargo, Radamanthys resentía ese punto que quebrara las relaciones entre ambos. Pero esos desacuerdos terminaban en bromas pesadas entre ambos, riéndose de forma forzada, pero con un ambiente que poco a poco dejaba de tensarse. Kanon anhelaba esos días donde ambos pasaban discutiendo y forjando lazos desde un punto muerto y lágrimas de sangre, donde una guerra les quitó todo lo que eran. Sin embargo, algo más se suscitaba entre las dos órdenes. Kanon nunca fue el más limpio, ni el más devoto para ser el patriarca del Santuario, ni Radamanthys el más mesurado para ser el regente temporal del inframundo. Solo eran guerreros que seguían sus propias convicciones, pero con el fin de la guerra santa, ambos se mostraban como eran, humanos que trataban de cortar aquella desolación que los cuarteaba por dentro. ¿Acaso era tan complicado decir que necesitaban un poco de calor humano?
Kanon le tendió un plato de panecillos dulces a Radamanthys mientras este seguía rumiando. Era así todos los días, tensiones entre palabras, pero con una calidez que los cubría a ambos cada vez que se veían a los ojos y compartían esos momentos de silencio. Eran los regentes de dos de los dioses más importantes, pero solo mientras hablaban de los tratados el resto del tiempo, solo Kanon y Radamanthys.
