CAPÍTULO 3. LA FIESTA DE BIENVENIDA
Mi mente maquinaba a toda velocidad mientras bajaba a trompicones los escalones de la Gran Escalera para poder llegar a la Sala Común de Slytherin. Tenía demasiadas preguntas que hacerle a Pansy.
Corrí hacia el muro de piedra en uno de los pasillos de las mazmorras del castillo, arrollando a algunos estudiantes de primero a mi paso, hasta que me coloqué frente al muro de piedra decorado con una enorme serpiente.
—Sangre Limpia —pronuncié rápidamente, antes de que la serpiente del muro retorciera su cola y mostrara el pasaje secreto.
Atravesé la entrada y me adentré en el ambiente oscuro y serpenteante de la Sala Común. El repiqueteo de las risas y murmullos de mis compañeros de casa llenó el aire, creando una atmósfera vibrante y llena de energía. Como cada inicio de curso, se celebraba la fiesta de bienvenida a Hogwarts.
La Sala Común de Slytherin siempre me había cautivado. Era un espacio majestuoso, decorado en tonos verdes y plateados. Las paredes estaban adornadas con relieves de serpientes, y en el techo, un cielo encantado mostraba las constelaciones. Las chimeneas crepitaban, y el fuego parpadeante iluminaba el mobiliario caro y elegante, en contraste con la oscuridad que se filtraba por los ventanales, que daban directamente al Lago Negro. Salazar Slytherin pudo haber sido un psicópata obsesionado con el estatus de sangre, pero no podía negarse que había tenido un gusto exquisito.
Mi mirada recorrió la sala en busca de Pansy. La encontré sentada en un sillón de cuero negro, frente a la chimenea, con una copa de lo que me pareció Whiskey de Fuego, charlando animadamente con Theo Nott.
—Llevo una eternidad buscándote —resoplé, antes de dejarme caer sobre el otro sillón, exhausta por la carrera. —Tienes que contármelo todo, Pansy —pedí, acercándome más a ella para que los demás estudiantes no pudieran oírnos.
—En realidad no hay mucho más que contar… —dijo, encogiéndose de hombros. —Mattheo Riddle es el hijo del Señor Oscuro. Dumbledore no quería que asistiera a Hogwarts, pero la Pluma Mágica había inscrito su nombre en el Libro desde su nacimiento… No había nada que hacer contra eso.
—Pero, ¿desde cuándo Voldemort tiene un hijo? —pregunté ansiosa. —¿Dónde ha estado todo este tiempo?
—En Durmstrang —respondió Pansy, bajando aún más la voz. —La Señora Malfoy se hizo cargo de él cuando el Señor Oscuro fue… Derrotado, o lo que sea, por Potter. Lo mantuvo oculto en la Mansión Malfoy hasta que tuvo la edad suficiente para empezar en Durmstrang.
—¿Y por qué iba la Señora Malfoy a hacerse cargo de un bebé que no es suyo? —fruncí el ceño, extrañada.
—Porque se lo prometió a su hermana, antes de que la encerraran en Azkaban. La madre de Mattheo le hizo prometer a Narcissa que cuidaría de él.
—Espera, ¿me estás diciendo que Mattheo Riddle es el hijo de Voldemort y Bellatrix Lestrange? —pregunté, abriendo mucho los ojos.
—Así es, princesa —escuché demasiado cerca de mi oreja, con un tono grave que me hizo estremecer.
Empecé a marearme mientras mi mente intentaba procesar toda la información. Mattheo Riddle, el chico nuevo, era el hijo de dos de los psicópatas más crueles de los que había oído hablar en toda mi vida. Y ahora estaba frente a mí, con una sonrisa arrogante, taladrándome con su intensa mirada.
Había aparecido de repente, y ahora todas las miradas de la sala estaban posadas sobre nosotros. Y no era solo por ser el chico nuevo, por ser el heredero de Voldemort, era por su presencia en sí, que eclipsaba todo a su alrededor. No pude evitar sentir un escalofrío.
—Mattheo Riddle —se presentó, con una sonrisa torcida, mientras agarraba mi mano y posaba sus labios sobre el dorso en un gesto elegante.
—Rosalie Sallow —respondí, sin saber muy bien qué más decir.
—Un placer, princesa —sonrió de lado, como si disfrutara de mi desconcierto.
—No vuelvas a llamarme princesa —le advertí, taladrándole con la mirada.
¿Quién se creía que era este idiota para tratarme así?
Él soltó una risa suave, como si mi respuesta le divirtiera aún más.
—Considéralo un cumplido —dijo, con arrogancia. —Es el título que debería tener cualquier chica, como mínimo, para que el Heredero de Salazar Slytherin se fijara en ella —soltó.
—¿Y se supone que debería sentirme alagada porque te hayas fijado en mí? —solté una risa irónica.
—Sabes que no podías quitarme los ojos de encima, antes, en el Gran Comedor —dijo con voz grave, mientras sus ojos adquirían un tono más oscuro. —Te sorprendería las cosas que tengo para ofrecer…
Su arrogancia me estaba sacando de mis casillas. Noté cómo Pansy me daba un toque con su pie en mi pierna para que me callara.
—No tengo ningún interés en descubrirlo —solté, cruzándome de brazos.
Seguramente Mattheo Riddle era capaz de lanzarme una maldición imperdonable frente a toda la Sala Común. Quizá debería haber cerrado el pico, pero siempre había sido demasiado impulsiva.
—Entonces, dime: ¿en qué tienes interés, Rosalie Sallow? —preguntó, escudriñándome con curiosidad.
—En que te mantengas alejado de mí —respondí, firme.
Me ardían las mejillas. Notaba cómo todos los alumnos escuchaban con atención todo lo que estaba sucediendo entre los dos.
Mathheo abrió la boca para responderme, pero solté un suspiro de alivio cuando Draco lo llamó desde la otra punta de la sala.
—Volveremos a esta conversación en otro momento —finalizó.
Y sonó más como una amenaza que como una promesa.
