CAPÍTULO 6. SANGRE SUCIA

No pude contener la risa al ver cómo Theo ponía los ojos en blanco por enésima vez ante el parloteo de Pansy.

Ella estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra verde oscuro de nuestra habitación, charlando incesantemente sobre los cotilleos de la última semana.

—Y Potter fue con Lunática Lovegood a la reunión del Club de las Eminencias de Slughorn. ¿Os lo podéis creer? —rio. —También me han dicho que McLaggen fue con la Sangre Sucia de Granger…

—Pansy… —la regañé por sus palabras.

—Rosalie, es una Sangre Sucia sabelotodo, y lo sabes —se burló.

—¿De verdad crees en esas gilipolleces que dices? —solté.

Cuando Pansy se ponía en ese plan, me sacaba de mis casillas.

—Chicas… —intervino Theo, intentando poner paz entre las dos.

—No seas tan dramática, Rosalie, solo digo que… Es imposible que un nacido de muggles llegue a ser tan poderoso como un mago o bruja de linaje puro. Es la realidad.

—Creo que estás pasando demasiado tiempo con Malfoy, Pansy —la fulminé con la mirada.

—Y yo creo que tú pasas demasiado tiempo con el Sangre Sucia de Anthony Goldstein —soltó con desdén.

—Me voy a mi habitación —dijo Theo antes de levantarse. —No quiero que Snape me pille en el dormitorio de chicas cuando esto se ponga feo.

—Yo también me voy —dije, agarrando el libro de mi mesilla y saliendo de mi habitación dando un portazo.

Bajé las escaleras a toda velocidad dirigiéndome a la Sala Común, rezando mentalmente para que todos los alumnos se hubieran ido a dormir y pudiera leer un rato a solas. Pero, cuando llegué al salón, Mattheo Riddle estaba sentado en el sofá central de cuero negro, con los ojos cerrados y cara de satisfacción, mientras Daphne Greengrass estaba arrodillada en el suelo frente a él, practicándole una felación.

Solté un grito ahogado por la impresión de tal escena, lo que provocó que Riddle abriera los ojos y levantara una ceja con sorpresa.

Me quedé paralizada mientras Daphne se detenía y se incorporaba lentamente, dejando expuesto el miembro enorme y grueso de Mattheo frente a mí. Sus ojos oscuros, casi negros en la oscuridad, brillaban con diversión, y una sonrisa tirante empezó a nacer en la comisura de sus labios.

El libro que llevaba entre las manos se deslizó entre mis dedos, chocando contra el suelo, rompiendo el tenso silencio que se había instaurado. Estaba en estado de shock, ni siquiera podía apartar la mirada de Riddle, que se subió con parsimonia el pantalón del pijama y le hizo un gesto con la mano a Daphne para que se fuera.

—¿Querías algo? —preguntó con arrogancia, sin una pizca de vergüenza en su voz, mientras se levantaba del sofá y se acercaba a mí.

—Yo… —balbuceé, sin saber muy bien qué decir.

Mattheo se paró frente a mí en toda su altura. Sus ojos fríos y penetrantes me observaban con una intensidad arrolladora. Su perfume almizclado invadía mis fosas nasales, y mi cuerpo se tensó todavía más ante su cercanía física. ¿Por qué este maldito idiota tenía que parecer un dios griego esculpido en mármol?

—¿Te ha comido la lengua el gato? —se burló en voz baja. —¿O acaso solo estás esperando tu turno? Hay unas cuantas candidatas en la cola, pero podría hacerte un hueco, princesa —dijo, guiñándome un ojo.

Ahí estaba de nuevo. Su sorprendente capacidad para sacarme de quicio con tan solo unas palabras.

—Eres… —busqué un insulto lo suficientemente fuerte para él, pero no lo encontré. —Eres un maldito cerdo arrogante —escupí con rabia.

—Tienes una lengua demasiado afilada, princesa —dijo mientras colocaba sus cálidas yemas en mi barbilla. —Te recuerdo que ya te he puesto de rodillas una vez hoy, así que no me provoques… —siseó.

—No me toques —le advertí, dándole un manotazo para soltarme de su agarre.

Mattheo parecía disfrutar de mi reacción y se apartó un poco de mí, con su característica sonrisa en los labios.

—No te preocupes, cara mia, la próxima vez que te arrodilles frente a mí, será por voluntad propia.

Maldito imbécil. Lo odiaba. Lo odiaba con todas mis fuerzas.

No soportaba ni un segundo más la tensión espesa de ese maldito vagón, así que di la vuelta sobre mis talones y subí de nuevo las escaleras a mi habitación.

Agradecí mentalmente a Merlín que Pansy ya se hubiera dormido, no podría soportar otra pelea con ella en ese momento.

Me metí en la cama rápidamente. Solamente quería dormir y borrar la escena que acababa de presenciar de mi memoria.

Mierda. Me había dejado el libro en la Sala Común. Pero ni en un millón de años hubiera vuelto a buscarlo en ese momento. Esa noche tuve pesadillas. Pesadillas sobre unos oscuros y crueles ojos marrones.