CAPÍTULO 8. LA FIESTA EN LA SALA COMÚN DE RAVENCLAW

Llevaba semanas obsesionada con la varita. Prácticamente no comía, ni dormía. Me pasaba la mayor parte de mi tiempo en la biblioteca, intentando encontrar algún tipo de información sobre ella, en vano.

Mis amigos empezaron a preocuparse por mí. Theo intentaba animarme con bromas y gestos amigables, pero mi mente estaba tan enfocada en la búsqueda que apenas notaba su presencia. Pansy, aunque aún resentida por nuestras discusiones, se mostraba preocupada por mi salud y mi obsesión con la varita.

—Rosalie, esto no es normal —dijo una noche, dando un golpe sobre el tomo recién sacado de la biblioteca que estaba leyendo. —Deberías dejar esa estúpida varita donde la encontraste y volver a la realidad —me aconsejó, con un tono de voz más serio de lo habitual.

Levanté la mirada del libro y la clavé en mi amiga. Sus ojos destilaban preocupación sincera, así que cerré el libro y escondí la cara entre las manos, exhausta.

—Tienes que despejarte, ¿vale? —dijo, presionando mi hombro con su mano. —Voy a ir a la fiesta de la Sala Común de Ravenclaw. Tú vas a venir conmigo, y no voy a aceptar un no por respuesta —me advirtió.

No tenía ganas de socializar, ni de asistir a ninguna fiesta, pero sabía que Pansy tenía razón. Necesitaba un respiro de mi obsesión, aunque fuera por una noche.

—Está bien, iré contigo —cedí, mientras me levantaba de la silla.

—Así, no —dijo horrorizada, mirándome de arriba abajo.

Me quité el uniforme rápidamente y me puse un vestido corto y negro, con unas sandalias de tiras que subían hasta el tobillo. Me senté en el tocador y me maquillé las pestañas y los labios. Quizá Pansy tuviera razón. Estaba más delgada y pálida que de costumbre. Mi melena rubia caía sobre mis clavículas demasiado huesudas. Busqué en el tocador y me coloqué mi collar favorito: una gargantilla negra con un colgante de una serpiente, incrustada de diamantes y con esmeraldas en los ojos.

—¿Podemos irnos ya? —pregunté.

—Ahora sí —asintió, sonriendo.

La fiesta en la Sala Común de Ravenclaw estaba en pleno apogeo cuando entramos. Luces parpadeantes, risas y música llenaban el ambiente. Pansy me arrastró hasta el centro de la habitación, que habían convertido en una especie de pista de baile improvisada, y traté de dejar de lado mis preocupaciones por un rato.

Me alejé un poco de los alumnos que bailaban dándolo todo cuando Pansy fue a buscar dos cervezas de mantequilla.

—¡Rosalie! —exclamó Anthony, acercándose. —Me parece que han pasado siglos sin verte —dijo, dedicándome su habitual sonrisa cálida.

—Sí… He estado algo ocupada últimamente —le devolví la sonrisa.

—Ni siquiera has asistido al Club de Varitas Cruzadas en las últimas semanas. Se echa de menos a la "Harpía Despiadada" —bromeó.

—¿Harpía Despiadada? —alcé una ceja, divertida. —¿Quién me llama así? —pregunté.

—No voy a dar nombres… —soltó con cara inocente. —Solo te diré que a los alumnos de primero les dejó bastante impresionados tu dominio de la maldición Cruciatus.

—Entiendo… —reí.

—En serio, no sé qué te preocupa, pero soy famoso por saber escuchar… —dijo, colocando su mano en mi cintura. —Podemos quedar alguna vez, e ir a las Tres Escobas a tomar una cerveza de mantequilla —sugirió. —Toma —dijo, mientras sacaba del bolsillo una pulsera plateada con una pequeña gema transparente y me la tendía.

—¿Una pulsera? —pregunté, con el ceño fruncido.

—No es una simple pulsera, es una gema parlachina —explicó, mientras me la abrochaba en la muñeca. —¡Gemilumia! —dijo, apuntando a la gema con la varita.

Me sobresalté cuando la gema dio una pequeña vibración y se iluminó. Anthony tocó la gema que llevaba en su muñeca con los dedos, y al instante, la mía vibró y se tornó de color azul claro, apareciendo un mensaje en el aire frente a mis ojos:

Estaré esperando tu mensaje, cuando estés preparada.

Unos segundos después, el mensaje desapareció.

—¡Es increíble! ¿De dónde la has sacado? —pregunté.

—De Sortilegios Weasley —se encogió de hombros. —Las han sacado este año, están siendo un éxito de ventas. Son geniales, solamente la persona a la que va dirigido el mensaje puede verlo. Pero recuerda, la persona a la que quieras enviárselo debe tener su propia gema. Si no, no funciona.

—De acuerdo —asentí.

—¡Rosalie! —gritó Pansy, detrás de mí. —¡Ven a jugar con nosotros!

Pansy estaba sentada en círculo, con un grupo de estudiantes de sexto. Mattheo Riddle estaba allí, con Daphne Greengrass sobre su regazo. Todos parecían pasárselo en grande, jugando a la variante mágica del juego de la botella. Se trataba de una botella encantada que rodaba en el suelo. Una persona la giraba y, a quien apuntara, debía responder con la verdad a una pregunta, ya que, si se mentía, empezaba a salirle vapor de las orejas; o realizar el reto que se le presentara.

—No, gracias —rechacé, al ver sentado en el círculo a Riddle.

—¿Tienes miedo, princesa? —sonrió él, con arrogancia, desde detrás de Daphne.

—No le tengo miedo a nada —respondí con arrogancia, aceptando la invitación de Pansy y acercándome al círculo con Anthony.

La botella encantada continuaba girando en el centro del círculo, y todos los ojos se posaron en mí cuando me uní al juego. Pansy me dedicó una sonrisa triunfante.

—¿Quién empieza? —preguntó alguien.

—¡Yo! —exclamó Pansy, girando la botella con entusiasmo.

La botella dio vueltas y vueltas antes de detenerse, apuntando directamente hacia Mattheo Riddle. Un murmullo se extendió por el grupo.

—Interesante elección —comentó Riddle con una sonrisa enigmática.

—Verdad o reto, Riddle —dijo Pansy con una chispa traviesa en los ojos.

—Verdad —respondió él, mirándola fijamente.

—¿Cuál es tu mayor miedo? —preguntó Pansy, con una maliciosa sonrisa.

Riddle se tomó un momento antes de responder, como evaluando si valía la pena compartir esa información.

—Mi mayor miedo es perder el control —dijo finalmente, con voz ronca pero firme.

Un silencio momentáneo llenó el círculo antes de que Pansy rompiera a reír.

—Oh, Riddle, eso es bastante revelador —bromeó ella, levantando una ceja.

—Me toca —dijo Mattheo, con una sonrisa amenazadora, mientras la hacía rodar de nuevo.

La botella giró nuevamente, y esta vez apuntó hacia mí.

Genial.

—¿Verdad o reto, princesa? —preguntó, con una mirada felina.

—Verdad —dije, sin apartar la mirada.

—¿Por qué me odias? —preguntó, clavándome los ojos, mientras se le formaba una extraña sonrisa en los labios.

Su pregunta resonó en la atmósfera de la sala, creando un momento de silencio tenso. Todos los ojos estaban puestos en mí, esperando con ansias mi respuesta. Podía leer sus pensamientos: ¿Me atrevería a decirle al hijo de Lord Voldemort que lo odiaba en la cara?

—Yo… —empecé. Pero la estúpida y arrogante sonrisa en la cara de Mattheo me hizo continuar con determinación. —Te odio porque eres un idiota arrogante. Te odio porque sé que, tras esa fachada de confianza, hay algo oscuro y peligroso. Y te odio porque, no sé qué es lo que planeas, o cuáles son tus verdaderas intenciones al venir a Hogwarts, pero de lo que estoy absolutamente segura es de que no son buenas —dije, levantando la barbilla.

La expresión de Mattheo no cambió apenas, aunque no sé si fue mi imaginación, o en realidad apretaba la mandíbula imperceptiblemente, aunque sus ojos seguían fijos en los míos, como si estuviera buscando algo en ellos. La atmósfera de la sala se volvió aún más tensa, como si estuviéramos en el epicentro de una tormenta.

—Interesante… —soltó, al fin, dejando las palabras suspendidas en el aire.

En algún momento, otro estudiante hizo girar la botella de nuevo, haciendo que la atención de los demás se desviara de nosotros.

Era el turno de Daphne, y la botella había apuntado a Anthony, quien había elegido reto.

—Anthony, besa a la persona de este círculo que te parezca más atractiva —dijo.

Anthony lanzó una mirada rápida alrededor del círculo antes de que sus ojos se detuvieran en mí con una expresión nerviosa.

Sonreí a Anthony, quien se acercó más a mí. Podía notar la mirada pesada de todos mis compañeros, pero en realidad me apetecía hacer esto.

—Si no te sientes cómoda con esto, podemos elegir otra cosa —susurró, con una mirada sincera.

Sin decir nada, me acerqué todavía más a él. El calor que emanaba su cuerpo me transmitía tranquilidad, así que cerré los ojos. Los labios de Anthony se posaron sobre los míos con cautela. El beso fue suave y tierno, un momento fugaz que me calentó el alma. Cuando nos separamos, el círculo estalló en risas burlonas y aplausos, mientras Pansy, levantando su copa de cerveza de mantequilla, hacía un gesto de brindis.

—¡Mi turno! —exclamó Pansy, mientras hacía rodar la botella que, finalmente, se detuvo en mí.

—Reto —dije.

—Bien… —murmuró, pensativa. —Tienes que hacer girar la botella, y pasar siete minutos encerrada con la persona que te toque.

Una risa generalizada recorrió la sala mientras Pansy se relamía ante la perspectiva de ponerme en una situación incómoda. Aunque mi instinto era rechazar el reto, decidí aceptarlo con una sonrisa desafiante.

—Está bien, lo haré —anuncié, levantando mi varita y haciendo girar la botella.

La danza mágica de la botella de cristal iba disminuyendo, hasta que pareció que se detuvo en un estudiante de Ravenclaw de séptimo curso llamado Andrew, pero, en un último esfuerzo, la botella se movió de nuevo, hasta apuntar de lleno en la dirección de Mattheo Riddle, que me contemplaba con una expresión depredadora, como si estuviera encantado con la situación.

—Parece que la fortuna está de nuestro lado, princesa —dijo con un tono demasiado suave.