CAPÍTULO 9. SIETE MINUTOS EN EL INFIERNO
La habitación estaba envuelta en una penumbra tenue, solo iluminada por la luz de algunas velas flotantes que parpadeaban en las esquinas. La atmósfera era densa y vibraba con la tensión mientras Pansy cerró la puerta tras de mí.
—¿Necesitas atención tan desesperadamente? —preguntó Mattheo, en tono arrogante.
—¿Disculpa? —fruncí el ceño.
—El numerito de ahí fuera con Goldstein —señaló con la barbilla a la puerta.
No pude evitar reprimir una risa.
—No, Riddle, no necesito atención, pero parece que la obtengo de todos modos —solté con soberbia.
—Siete minutos… —comentó, con una sonrisa torcida.
Asentí lentamente, mientras notaba la tensión que se elevaba a medida que Mattheo se acercaba a mí. Cuando me di cuenta, me di de espaldas contra la puerta de madera. Estaba acorralada, como un pequeño cordero frente al lobo feroz.
—¿Me tienes miedo? —preguntó, con voz grave.
—No —mentí, levantando la barbilla. No iba a dejar amedrentarme por él. O, al menos, no iba a mostrárselo.
—Interesante elección de palabras, la de antes… —murmuró, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Oscuro, peligroso, y con malas intenciones…
Estaba muy cerca. Demasiado. Su perfume invadía mis fosas nasales, y podía escuchar su respiración y el ligero aroma a Whiskey de fuego que salía de sus labios. Mattheo levantó una mano cerca de mi cara, y me acarició un mechón rubio que descansaba sobre mi hombro.
—¿Qué quieres de mí, Mattheo? —pregunté, clavándole la mirada. —Sé que has sido tú quien ha movido la botella. Se había detenido frente a Andrew.
—¿Qué quiero de ti? —rio él. —Más bien, deberías preguntarte a ti misma qué quieres tú de mi… ¿Sabes qué creo, Rosalie Sallow? Creo que me odias porque te gusto.
—¿Perdona? —me burlé. —Creo que se te ha pasado un poco la mano con la bebida esta noche, Riddle.
—Creo —siguió él— que no puedes evitar que te guste esa parte oscura y peligrosa que ves en mí, porque, en el fondo, tú también eres oscura, y peligrosa… —susurró.
Por Merlín, ¿cómo podía caber tanto ego en un solo cuerpo?
—¿Sabes lo que creo yo? —susurré de vuelta, mientras Mattheo mantenía una expresión juguetona. —Creo que eres un maldito imbécil arrogante, y la única razón por la que estoy ahora aquí contigo es porque Pansy me ha obligado a jugar a este estúpido juego.
Mattheo rió, un sonido bajo que resonó en la pequeña habitación, y se acercó más a mí. La adrenalina corría a toda velocidad por mis venas. Pero lo más preocupante era no saber si era por el miedo, o por otra cosa…
—¡Pansy, abre! —grité, mientras di un golpe en la puerta, incapaz de aguantar más esa sensación asfixiante.
—¡Aún faltan tres minutos! —se escuchó su voz amortiguada desde detrás de la puerta.
Él se acercó aún más a mí, el roce de su aliento en mi rostro hizo que mi pulso se acelerara.
—¡Pansy! —volví a aporrear la puerta.
Mattheo sonrió de nuevo y levantó su mano izquierda hasta la altura de mi cara. Cerré los ojos como un acto reflejo, pero él chasqueó los dedos y la puerta se abrió tras de mí, y abrí los ojos rápidamente.
—Ha sido un placer, cara mia —susurró en mi oído, antes de apartarse de mi con una sonrisa satisfecha.
