CAPÍTULO 10. ANIMALES FANTÁSTICOS Y DÓNDE ENCONTRARLOS

Mattheo resopló por enésima vez cuando tuvo que volver a detener el paso para esperarme porque mis tacones se habían quedado clavados en el barro. Me miraba con exasperación mientras trataba de liberarme de la tierra húmeda.

—¿De verdad era necesario que vinieras con esos tacones? —me preguntó, a punto de perder la paciencia.

—Son útiles a veces. Por ejemplo, podría usarlos para clavártelos en el cuello y que te callaras de una maldita vez —puse los ojos en blanco.

Al muy idiota de Hagrid no se le había ocurrido nada mejor para la Clase de Cuidado de Criaturas Mágicas que buscar a un hipogrifo en el Bosque Prohibido y llevarlo a la reserva. Por lo visto, habían proliferado por la zona y estaban creando estragos. El único problema era que, evidentemente, no llevaba el atuendo apropiado para la clase de ese día. Y, por supuesto, que el profesor me había emparejado con el imbécil de Riddle.

—Cómo vuelvas a poner los ojos en blanco, te daré una verdadera razón para hacerlo de verdad, princesa —dijo Mattheo, con una sonrisa juguetona.

Tragué saliva con fuerza intentando no sonrojarme.

—¿Te han dicho alguna vez que tus bromitas sexuales no le hacen gracia a nadie? —lo fulminé con la mirada. —Eres el epítome de la arrogancia, y, además, seguramente solo seas un fanfarrón que, en el momento de la verdad, no esté a la altura —escupí.

—Dime, ¿sueles pensar a menudo en cómo follo? —preguntó, levantando una ceja.

—No pienso en ti en absoluto, Riddle —le aseguré, cuando por fin logré soltar mi zapato y emprendí el paso de nuevo.

—Eso es una lástima… —se lamentó desde atrás. Me quedé petrificada en el suelo cuando noté las manos de Mattheo rodeando mi cintura. —Podría mostrarte lo increíblemente bien que follo si me lo pidieras con educación —susurró en mi oído.

Mi corazón se saltó un latido cuando noté el aliento cálido y mentolado de Mattheo Riddle en mi nuca. Sus manos firmes presionaban mi cintura, pero sin ejercer presión. Podría haberme liberado si hubiera querido, si hubiera encontrado fuerzas para hacerlo, pero patéticamente, me quedé ahí, odiándome a mí misma por desear que me acariciara… Así que agradecí mentalmente a Merlín cuando un graznido feroz resonó en la quietud del bosque, demasiado cerca de nosotros.

De entre la maleza, apareció una figura gigantesca. Un hipogrifo negro como la noche, con las alas extendidas y garras afiladas. Sus ojos amarillos brillaban con ferocidad mientras nos observaba con atención.

Noté cómo Mattheo soltaba mi cintura, y cuando sacó su varita, rápidamente se colocó entre la bestia y yo. Pero resultó ser una idea terrible. El movimiento brusco de Mattheo hizo que el hipogrifo se sintiera amenazado, y levantó sus patas delanteras, dispuesto a arrancarle la cabeza.

Mattheo presionó su varita con más fuerza, dispuesto a lanzarle alguna maldición. ¿Sería capaz de matarlo? No estaba dispuesta a comprobarlo.

—¡Para, Mattheo! —grité, interponiéndome en la trayectoria de su varita.

—¿Estás completamente loca? —preguntó, atónito. —¡No le des la espalda! —exclamó él, mientras volvía a apuntar al hipogrifo.

—Mattheo, por favor… —supliqué, agarrando su muñeca para que bajara la varita.

A regañadientes, cedió a mi súplica, así que me di la vuelta lentamente para encararme con el hipogrifo, que volvió a ponerse a cuatro patas. Nos rodeó, mostrando sus colmillos y emitiendo un gruñido intimidante, hasta que finalmente se detuvo muy cerca de mí, mientras me clavaba sus enormes ojos amarillos.

Me incliné lentamente, haciéndole una reverencia. Mattheo seguía detrás de mi, aunque había bajado su varita, seguía sosteniéndola con fuerza, alerta, así que tiré de su camisa hacia abajo para que me imitara.

El hipogrifo pareció satisfecho con esa muestra de respeto, y dejó de gruñir. Sus garras letales se relajaron, y sus alas se plegaron contra su cuerpo. Finalmente, levantó su pata derecha e inclinó su cabeza, devolviéndonos la reverencia.

Solté un suspiro de alivio y nos incorporamos lentamente. Extendí mi mano hacia delante y acaricié las suaves plumas de su cabeza. Sonreí cuando el hipogrifo aceptó mi gesto con gusto.

—¿Quieres tocarlo? —le pregunté a Mattheo.

—No —respondió con sequedad.

—Es muy raro ver a un hipogrifo negro, ¿sabes? —pregunté, mientras lo acariciaba. —Hay muy pocos y…

—No necesito que me des clases de Cuidado de Criaturas Mágicas, Sallow —escupió Mattheo.

—¿Qué diablos te pasa ahora? —me crucé de brazos. —Tus cambios de humor son…

—¿Qué me pasa? —preguntó, incrédulo. —Me pasa que has arriesgado nuestras vidas innecesariamente por una gallina deforme. Si me hubieras dejado…

—¡Por Merlín, Mattheo! ¿Puedes dejar de comportarte como un imbécil por un momento? —le espeté. —¡Mírala, está claro que está protegiendo su nido! ¿De verdad ibas a lanzarle alguna maldición? —apreté los dientes.

—¡Solo es un maldito hipogrifo! —exclamó exasperado.

—Y tú eres cruel —lo fulminé con la mirada.

—No voy a seguir perdiendo el tiempo contigo y con este bicho —soltó amenazador, mientras se acercaba, con la varita en alto. —Vamos a llevársela a Hagrid.

—¡No! —grité horrorizada. —¡Te estoy diciendo que tiene el nido por aquí cerca! Si nos la llevamos, las crías no sobrevivirán.

—Estás empezando a acabar con mi paciencia, princesa… —susurró. —Y no te lo recomiendo, créeme —amenazó mientras apuntaba al hipogrifo de nuevo.

—¡Accio! —conjuré, apuntando a su varita, que salió disparada hacia mí.

Mattheo ya me había demostrado que era perfectamente capaz de lanzar magia sin varita, pero tenía que hacer algo. Tenía que evitar esto. El hipogrifo, como si entendiera lo que estaba sucediendo, emprendió el vuelo rápidamente, pero Mattheo, sorprendentemente, siguió con su mirada penetrante fija en mí, dejando que el hipogrifo escapara.

—Eres patética —soltó, antes de alejarse dando grandes zancadas.