CAPÍTULO 11. ¿HABLAS PÁRSEL?

—Es un completo imbécil, Theo. Y malvado. Lo odio. Y para colmo, esta semana tenemos que entregar el estúpido trabajo a Snape y hace días que no consigo encontrarlo.

—Seguramente esté en su habitación. Últimamente no dejo de ver cómo entran y salen chicas de todas las casas de ahí.

—¿Chicas? ¿En plural? —frunzo el ceño. —Creía que estaba con Daphne Greengrass.

—Bueno… Daphne es la principal, pero no es la única. Todas las chicas parecen dispuestas a lanzarse a los brazos de Riddle, y él lo sabe aprovechar muy bien… —sonrió Theo con sorna.

Lo golpeé con fuerza con el periódico que sostenía entre las manos.

—¡Au! —se quejó, frotándose el hombro.

—¡Es un cerdo! Y que tú le rías las gracias no ayuda en absoluto —lo fulminé con la mirada. —Está bien, se acabó. No voy a quedarme aquí lamentándome por el castigo de Snape mientras él se lo está pasando en grande en su habitación.

Me levanté del sillón de terciopelo verde de la sala común y subí las escaleras que llevaban al ala de dormitorios de los chicos con determinación. Ignoré las risitas de los chicos al pasar, rezando mentalmente para que Snape no me pillara aquí y me pusiera otro castigo, y toqué con fuerza en la puerta de la habitación de Mattheo Riddle.

Tras un largo silencio, la puerta se abrió lentamente, revelando a Mattheo recostado despreocupadamente contra el marco de la puerta. Llevaba puesto un pijama de seda negro, con la camisa desabrochada, que mostraba su torso desnudo y duro. La expresión de su rostro, divertida y sorprendida a partes iguales, me dio ganas de darle un puñetazo en la cara. Casi las mismas ganas que tenía de acariciar sus abdominales con las yemas de mis dedos…

—¿A qué debo el honor, Rosalie Sallow? —preguntó con tono sarcástico.

—Te recuerdo que esta semana tenemos que entregarle el trabajo del castigo a Snape —dije, tras aclararme la garganta.

—Ya… Y, en lugar de decírmelo en clase, has pensado que la mejor opción era subir a mi habitación… Sabes que no necesitas ninguna excusa para venir aquí, cara mia, siempre eres bienvenida —soltó con una sonrisa divertida.

Abrí la boca para contestar, pero escuché la voz de Snape en el pasillo, regañando a algún alumno por no estar en su habitación. Como Snape me pillara de noche en el ala de dormitorios de los chicos, me expulsaría directamente. Rápidamente, entré en la habitación de Mattheo, cerrando la puerta tras de mí, y quedándome atrapada entre su pecho desnudo y la maldita puerta.

—¿Podrías abrocharte la camisa? Gracias —dije, escabulléndome y adentrándome más en su habitación.

Cómo no, la habitación de Mattheo Riddle era individual, con una enorme cama de matrimonio en el centro, vestida con sábanas de seda de un verde oscurísimo. Las paredes estaban forradas de papel de pared negro, que imitaba las escamas de una serpiente, y los muebles de terciopelo negro eran lujosos y opulentos.

Tenía una pared entera de estanterías llenas de tomos antiguos, y frente a su cama un espejo enorme que ocupaba casi toda la pared.

—¿Y tienes alguna idea sobre de qué va a tratar nuestro trabajo? —dijo, ignorando mi pregunta mientras se acomodaba en su cama, con los brazos detrás de la cabeza.

—En realidad, sí —respondí distraída.

Estaba examinando cada rincón de la habitación de Mattheo. Aunque era oscura, no era lúgubre y tenebrosa como me había imaginado: no había aparatos de tortura, ni mazmorras. Me llamó la atención que no hubiera ninguna fotografía. Aunque claro, ¿puedes tener una fotografía familiar cuando tus padres son Lord Voldemort y la mortífaga fugada de Azkaban Bellatrix Lestrange?

—¿Y bien? —preguntó con impaciencia, todavía tumbado en la cama.

—Verás… Mi tatarabuelo, Sebastian Sallow, escribió muchos diarios. Los he leído desde pequeña. Cuando estudiaba en Hogwarts, él, mi tatarabuela y su mejor amigo, Ominis Gaunt, encontraron el Scriptorium de Salazar Slytherin.

—¿Ominis Gaunt? —preguntó con una ceja levantada.

—Sí… Supongo que sería un familiar tuyo.

—Era el hermano de mi bisabuelo —me informó, sin interés.

—En fin… —proseguí. —Para entrar al Scriptorium se debe atravesar una puerta, que solamente se abre si hablas pársel. Por eso, jamás he podido entrar… —admití. —He pensado, que al ser descendiente de los Gaunt, quizás tú…

—Creía que tú jamás pensabas en mí —sonrió de lado.

—¿Hablas pársel o no? —lo fulminé con la mirada.

—Por supuesto, princesa —me guiñó un ojo divertido. —La sangre de Salazar Slytherin fluye a través de mí —dijo, incorporándose.

—Genial… ¿Entonces, lo haremos? —pregunté, emocionada.

Desde que leí ese diario cuando tenía nueve años, había deseado con todas mis fuerzas entrar ahí.

—Como quieras… No sé qué crees que encontrarás ahí, pero si crees que es una buena idea para el trabajo, adelante —dijo sin interés.

—Te pasas el día alardeando de que eres el Heredero de Salazar Slytherin, y cuando te ofrezco entrar en su Scriptorium, el cual lleva unos cien años sin abrirse, ¿simplemente te da igual? —pregunto, confundida. —En serio, Riddle, deberías revisar tus trastornos de cambio de personalidad… ¿Has probado en San Mungo? —puse los ojos en blanco.

—Yo no alardeo —dijo con voz grave.

Ahí estaba de nuevo esa mirada fría como el hielo.

—Lo que tú digas… Iremos mañana por la noche —le indiqué. —Nos vemos en la Sala Común a las doce.

—Como quieras… —dijo, antes de volver a tumbarse.