CAPÍTULO 13. EL BAILE DE HALLOWEEN
Era sábado por la mañana, no tenía clases y Anthony había decidido desayunar conmigo en el Gran Comedor. Apenas había dormido, me había quedado despierta hasta muy tarde para acabar el maldito trabajo sobre los Pactos de Sangre para el Profesor Snape. Pero estaba satisfecha con él.
Mientras me terminaba los cereales, Anthony parloteaba sobre sus últimos entrenamientos de Quidditch.
—El próximo partido será duro, jugamos contra Slytherin —dijo, dándole un bocado a una manzana. —Tienen un nuevo cazador, Riddle.
—¿Riddle? —murmuré. —Ignoraba que le interesaran las actividades extraescolares… —comenté.
Mi mirada se posó involuntariamente en Mattheo, quien hablaba con Blaise y Draco en la mesa, cómo no, con Daphne Greengrass en el regazo. Apreté los dientes con fuerza involuntariamente cuando la rubia empezó a recorrer el cuello de Mattheo con sus labios.
—Por cierto —continuó Anthony. —Esta noche es el Baile de Máscaras de Halloween…
—¿El baile? —repetí. Últimamente había estado demasiado absorta en las clases, trabajos, y mi búsqueda por descifrar el funcionamiento de la misteriosa varita que encontré.
—Sí —asintió con la cabeza. —¿Te gustaría… —carraspeó para aclararse la voz. ¿Te gustaría ir conmigo? —preguntó con una sonrisa sincera.
—Yo… —empecé.
Intentaba encontrar las palabras para negarme con cortesía. Anthony era genial, pero en ese momento, no estaba preparada para pensar en mantener algo serio con nadie.
Un avión de papel frente a Anthony, seguido de unas risas de Draco, Blaise, Mattheo y Daphne. Él lo abrió y lo leyó, antes de quemarlo con su varita. Su semblante se había puesto serio de repente.
—¿Qué ponía? —pregunté, con el ceño fruncido. Viendo quién lo enviaba, seguramente nada bueno.
—No importa —me sonrió, aunque la alegría no llegó a sus ojos. —Oye, antes de que respondas a mi invitación, quiero que sepas que mi madre es muggle —me confesó.
—¿Qué ponía en ese papel, Anthony? —pregunté, seria. Notaba cómo la ira empezaba a extenderse por mis venas. —¿Sangre Sucia?
Él solo asintió lentamente, con la mirada baja.
—Ya sabía lo de tu madre, Anthony. Y créeme que no podría importarme menos —le aseguré. Sería un placer acompañarte al baile —sonreí.
Él pareció aliviado por mi respuesta, y una sonrisa genuina volvió a iluminar su rostro.
—¿Te recojo en la Gran Escalera a las siete? —preguntó.
—Allí estaré —sonreí.
Durante el resto del día, seguí en busca de tomos que pudieran darme algo de información sobre la maldita varita, sin éxito.
Unas horas después, subí a mi habitación. Pansy ya se había puesto su reluciente vestido negro de seda, y estaba maquillándose en el tocador.
—¡Vaya! —silbé. —Draco va a alucinar.
—¿Verdad que sí? —sonrió, mientras se ponía máscara de pestañas. —¿Con quién vas a ir? —preguntó.
—Con Anthony Goldstein —respondí, mientras me sentaba en el tocador y me recogía el pelo en un moño bajo. Pansy abrió la boca para decir algo, pero la interrumpí. —Si vas a decir algo sobre lo sucia que es su sangre, ahórratelo, Pansy —le advertí.
—Sólo iba a decir que estás preciosa con el pelo recogido.
—Ya, claro… —reí.
Seguimos charlando animadamente mientras me maquillaba y me ponía el vestido que tenía guardado para alguna ocasión especial. Era largo hasta los pies, de color verde muy oscuro, con patrones de piedras brillantes verdes y plateados en el cuerpo superior y una abertura indecente en la pierna izquierda.
—¿No crees que es demasiado? —le pregunté a Pansy.
—¿Demasiado? ¡Estás increíble, cariño!
—¡Mierda! No tengo máscara —maldecí.
—Toma, compré dos porque no sabía cuál ponerme —dijo Pansy, entregándome una preciosa máscara de brillantes plateados.
—Gracias, Pansy —dije, mientras me la colocaba.
Pansy y yo salimos de la Sala Común y nos dirigimos hacia la Gran Escalera.
—No puedo creerme que Theo no venga —suspiró.
—Ya sabes cómo es… Odia estas cosas —respondí.
Cuando llegamos a la escalera, Anthony ya estaba esperándome abajo con su traje de gala azul oscuro. Me esperaba con una sonrisa radiante, con su máscara que cubría la mitad de su rostro.
Draco Malfoy también estaba abajo, esperando a Pansy, con su traje negro impecablemente planchado.
Pero quien capturó de verdad mi atención, cortándome la respiración, fue Mattheo Riddle, imponente con su traje y camisa completamente negros. Joder, ¿cómo era posible que a alguien le quedara tan bien un maldito traje? Aunque llevaba una máscara que le tapaba hasta la nariz, habría reconocido esos ojos avellana en cualquier lugar, y bajo cualquier circunstancia. Tenía muchas razones para odiar a Mattheo Riddle, pero sobre todo, lo odiaba por la atracción magnética que ejercía sobre mí. Y lo odiaba aún más cuando Daphne Greengrass colgaba de su brazo, increíblemente atractiva con un vestido corto y plateado.
Tragué saliva y bajé las escaleras con orgullo para colocarme junto a Anthony, que no dejaba de irradiar confianza y simpatía, lo que contrastaba con el aura oscura de Mattheo.
—Estás… Increíble —admiró Anthony.
—Tú tampoco estás mal —bromeé, mientras me agarraba de su brazo para entrar al Gran Comedor.
Cuando entramos, ya estaba lleno de gente rodeando el gran escenario que habían instalado en el centro. Habían quitado todas las mesas, convirtiéndolo en una pista de baile gigante.
La música resonaba en el aire, marcando el ritmo del baile. Las luces tenues y parpadeantes destacaban el ambiente festivo del Gran Comedor. La magia flotaba en el aire, haciendo que todo pareciera un sueño encantado.
Ya llevaba tres vasos de ponche cuando vi a Mattheo y Daphne en el centro, bailando demasiado pegados el uno al otro. Sin poder evitarlo, noté cómo la bilis subía por mi garganta. Mattheo notó que lo estaba mirando, y clavó sus intensos ojos en mí con descaro y una estúpida sonrisa en el rostro.
Me obligué a desviar la mirada y me centré en Anthony, que me tendía la mano invitándome a bailar. Acepté encantada, necesitaba sacar de mi mente la imagen de Mattheo y Daphne.
Cuando llegamos al centro, la música alegre aminoró, y comenzó a sonar una melodía lenta. Anthony colocó sus manos en mi cintura y me acercó con delicadeza hacia él. Empezamos a movernos lentamente, mientras él me sonreía con calidez. Agradecí a Merlín mentalmente por haber perdido de vista a Mattheo Riddle durante un rato, pero de pronto, Anthony se separó bruscamente de mí. Blaise Zabini, que estaba detrás de él, le había derramado un vaso de ponche encima, empapando su elegante traje azul.
Blaise, con una expresión de indiferencia, simplemente se encogió de hombros mientras se alejaba, dejando a Anthony empapado y visiblemente molesto.
—Lo siento mucho, Anthony —me disculpé.
—No es culpa tuya, Rosalie —dijo. —Voy a ir a secarme, ahora vuelvo.
Anthony desapareció de mi vista rápidamente, dejándome sola en la pista de baile.
—Qué mala suerte, ¿verdad? —escuché a Mattheo, detrás de mí.
Cuando me di la vuelta para mirarlo, tenía las manos en los bolsillos, y una expresión de burla en el rostro.
—¿Has sido tú, verdad? Le has dicho a Zabini que le tirara la bebida encima —lo acusé.
—¿Crees que sería capaz de hacer algo así, princesa? —preguntó con una fingida voz inocente, mientras se acercaba más a mí.
—Eres capaz de eso y de mucho más —lo fulminé con la mirada.
La música lenta seguía sonando en la sala cuando Mattheo colocó sus manos con firmeza en mi cintura. Las yemas de sus dedos tocaban directamente la piel de la parte baja de mi espalda, por el escote de la parte de atrás del vestido. Y de nuevo, fuego. Esa sensación de calor abrasador…
—Baila conmigo —dijo más como una orden que como una petición. Aunque hubiera querido salir corriendo, en ese momento las piernas no me hubieran respondido, así que me resigné y coloqué mis manos en sus anchos hombros. —Estás jodidamente espectacular esta noche, como una verdadera princesa de Slytherin —susurró, con su aliento cálido en mi oído, haciéndome estremecer.
—¿Le has dicho lo mismo a Daphne, tu acompañante? —pregunté con ironía.
Mattheo soltó una risa suave, acercándome más a él. Luché con todas mis fuerzas para no sonrojarme cuando noté el enorme bulto de sus pantalones en la parte baja de mi estómago. Por Merlín…
—¿Celosa? —preguntó, en un susurro.
—Ya te gustaría —dije, poniendo los ojos en blanco.
Mattheo me sostenía la mirada con intensidad, su rostro tan cerca del mío que podía sentir su aliento. Su aroma, a ámbar y cuero, embriagaba mis sentidos, y no podía pensar con claridad. La música lenta continuaba, pero nuestra conversación desafiaba su ritmo pausado. Toda la gente de alrededor había desaparecido para mí. Era como si estuviéramos inmersos en nuestro propio juego, un juego peligroso, del que no estaba muy segura cuáles eran las reglas.
—Te he dicho mil veces que no me pongas los ojos en blanco, o te daré una maldita razón para hacerlo de verdad —dijo, con voz grave, mientras bajaba sus manos lentamente hacia mi trasero.
Tragué saliva con fuerza por las sensaciones que provocaba en mi cuerpo. ¿Quería jugar? Muy bien, entonces íbamos a jugar.
Moví mi mano con parsimonia desde su hombro hasta su nuca, acariciándolo, mientras enredaba mi dedo en su cabello. Noté cómo su cuerpo se tensaba y no pude reprimir una sonrisa.
—¿Estás nervioso, Riddle? —me burlé.
La atmósfera se volvía más densa por momentos, cargada por una electricidad arrolladora. Sus ojos avellana brillaban con desafío ante mis palabras.
—No empieces algo que no vas a estar dispuesta a acabar, princesa —me advirtió, con voz grave.
—No eres el único que sabe jugar —sonreí.
Nuestros rostros seguían peligrosamente cerca. Noté cómo su respiración se aceleraba mientras revolvía mis dedos en su pelo. Sentía falta de oxígeno y calor, un calor insoportable. ¿Qué coño estaba haciendo?
Me separé bruscamente de Mattheo cuando Anthony, que había vuelto, carraspeó incómodo a mi lado, devolviéndome a la realidad.
—Siento el retraso —se disculpó Anthony.
—No te preocupes tío, ella no te estaba echando de menos, créeme —soltó Mattheo, adoptando su habitual sonrisa arrogante, sin apartar los ojos de mí.
—Mattheo —lo regañé.
—Creo que tu pareja te está esperando —respondió Anthony con sarcasmo, apuntando con la cabeza a Daphne, que estaba sentada en una silla fulminándonos con la mirada.
—Nadie te ha preguntado, Sangre Sucia —escupió Mattheo, con desdén.
—¡Mattheo! —exclamé.
—¿Tienes algún problema, tío? —preguntó Anthony, encarándose hacia él.
—Ahora mismo, tú —soltó Mattheo, dándole un empujón en el pecho. Sus ojos se habían tornado fríos de repente, de nuevo.
Anthony se acercó a él de nuevo, dispuesto a empujarlo también.
—¡Basta, los dos! —exclamé, interponiéndome entre ambos.
Anthony se contuvo, aunque su rostro reflejaba la frustración que sentía. Mattheo, por otro lado, me dirigió una última mirada desafiante antes de desabrocharme la máscara y llevársela con él, dirigiéndose hacia Daphne.
—Lo siento, Anthony, yo…
—Rosalie, deberías dejar de disculparte por cosas que no son culpa tuya —suspiró. —Tranquila, no voy a dejar que ese idiota nos arruine la noche. ¿Quieres seguir bailando? —preguntó.
—En realidad, creo que es suficiente para mí —dije, mientras su expresión se volvía sombría. —¿Me acompañas a mi Sala Común? —pregunté.
Anthony asintió con entusiasmo, más animado, mientras abandonábamos el Gran Comedor.
Al llegar a la entrada de la Sala Común de Slytherin, el silencio incómodo que se había instaurado entre los dos se volvió insoportable.
—Gracias por invitarme al baile, Anthony —sonreí. —Él me devolvió la sonrisa con amabilidad, pero sus ojos permanecían tristes. —Y, sobre lo que ha pasado en la pista de baile… Lo siento si te he hecho sentir incómodo, no era mi intención —me sinceré.
Pero, en lugar de responder, se inclinó hacia mí y juntó sus labios con los míos con delicadeza. Fue un beso suave y respetuoso. Un beso casto, sin mariposas, sin corrientes eléctricas, sin calor…
Cuando se apartó de mí, buscando mi mirada, solo pude devolverle una sonrisa demasiado forzada.
—Buenas noches, Anthony —dije, antes de darme la vuelta y entrar en la Sala Común.
Los pensamientos atravesaban mi mente a toda velocidad. Sentimientos caóticos y encontrados. Anthony era un caballero, un compañero de baile encantador, y sin embargo, no podía dejar de pensar en los dedos del imbécil de Mattheo Riddle descendiendo por mi espalda. De mis dedos enredados en su pelo. De su cuerpo extremadamente duro y caliente pegado al mío… ¿Qué coño me pasaba? Definitivamente, algo estaba muy mal dentro de mí…
No sé cuanto tiempo pasé frente a la chimenea, absorta en el crepitante fuego, hasta que escuché la puerta de la Sala Común abrirse, y Mattheo, con cara de irritación, atravesándola.
—¿Has vuelto a perder a tu acompañante? —pregunté con ironía.
—No estoy de humor, Sallow —soltó, sin detenerse.
¿No estaba de humor? ¿Cómo podía ser tan malditamente egocéntrico? Sentía la ira ardiendo furiosa dentro de mí. Necesitaba desahogarme, necesitaba gritarle. Sin pensarlo mucho, me interpuse en su camino, obligándole a detenerse.
—¿Sangre Sucia? ¿En serio? —lo acusé, fulminándole con la mirada, contando mentalmente hasta diez para no clavarle mi varita en la yugular.
Él me miró por fin, con la mirada fría que usaba cuando quería que lo dejaran en paz.
—Te he dicho que no estoy de humor, princesa —siseó.
—Maldito imbécil —apreté los dientes con fuerza. —¡Eres un maldito imbécil egocéntrico!
—Y tu novio es un asqueroso Sangre Sucia, su madre es una sucia muggle, y por mucho que lloriquees, no vas a cambiar eso —soltó, con una parsimonia pasmosa.
Mis puños se cerraron con fuerza. Cada célula de mi cuerpo estaba vibrando de ira. ¿Cómo se atrevía a hablar así de Anthony? ¿O de cualquier otra persona?
—¿Crees que estás en posición de hablar de los padres de los demás, siendo los tuyos quienes son? —escupí las palabras. —Son dos asesinos psicópatas, y tú eres despreciable…
Quería hacerle daño, quería devolverle todo el daño que él me estaba haciendo. Pero Mattheo, en respuesta, solo ensanchó más su sonrisa irónica.
—Despreciable o no, parece que disfrutas teniéndome cerca —dijo, con una mirada fría y desafiante.
Lo que más me dolió fue, que muy en el fondo, sabía que tenía razón.
—Vete a la mierda —logré articular, antes de subir las escaleras y encerrarme en mi habitación, dando un portazo.
