CAPÍTULO 14. EL LAGO NEGRO

¿Dónde demonios estaba Pansy? Llevaba horas esperándola en nuestra habitación. Necesitaba hablar con alguien, desahogarme e insultar al imbécil de Riddle. Ya era de madrugada, y yo estaba terminando con la reserva de alcohol de Pansy. Siempre había encontrado el Whiskey de Fuego demasiado fuerte para mí, pero al parecer, a partir de la cuarta copa, ya ni se nota el sabor.

Incapaz de aguantar más la sensación claustrofóbica y solitaria de mi habitación, pensé que sería una idea genial dar un paseo de madrugada por el exterior del castillo. Total, ¿qué podría ser lo peor que podría pasarme? ¿Qué me expulsaran? En ese momento, no me importaba en absoluto.

Sin saber muy bien cómo, acabé junto al Lago Negro, con mi varita en una mano, y la botella de Whiskey de Pansy en la otra. La luz de la luna iluminaba débilmente el paisaje, creando sombras que se movían con la suave brisa nocturna.

Me tambaleé ligeramente mientras caminaba por la orilla del lago, sintiendo la frescura del césped bajo mis pies. Cerré los ojos, dejando que el gélido aire nocturno de finales de octubre acariciara mi rostro. El calor reconfortante del alcohol que fluía por mis venas me envolvía como un manto, haciéndome sentir más ligera y menos preocupada.

Me desabroché las sandalias y me levanté el vestido largo, que todavía llevaba puesto, y sumergí mis pies en el agua gélida.

—¿Sigues con tus tendencias suicidas, Sallow? —me sobresaltó una voz desde atrás.

Di un brinco y me giré rápidamente, casi perdiendo el equilibrio en el intento, para darme cuenta de que el idiota de Mattheo estaba sentado en la orilla, fumándose un cigarrillo.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —le espeté, tratando de calmarme. Él exhaló el humo lentamente, mirándome con esos ojos avellana que parecían ocultar más de lo que revelaban. —¿Has venido para seguir atormentándome? —entrecerré los ojos.

Él se rió suavemente, mientras se levantaba del suelo.

—¿Sabes que, aunque intentes ahogar tus problemas en alcohol, no desaparecerán, verdad? —dijo en un tono burlón. —Aunque no negaré que estás muy graciosa borracha.

—¡Tú eres mi único problema! —exclamé con desesperación. —Desde que llegaste a esta escuela, mi mundo se ha puesto patas arriba.

Mattheo dio una última calada a su cigarrillo antes de arrojarlo al agua. Se acercó lentamente, con esa mezcla de confianza y arrogancia que me volvía loca.

—¿Tu único problema? Eso es mucha responsabilidad… —bromeó.

—¿Por qué no te largas de una maldita vez, Mattheo? ¡Vete al infierno! —le espeté, frustrada.

Él se acercó aún más a mí, con una sonrisa estúpida en los labios.

—Porque no quiero levantarme mañana por la mañana con la noticia de que una estudiante borracha ha muerto ahogada en el Lago Negro —se burló. —Y, créeme, cara mia, ya vivo en mi propio infierno en la tierra…

—Soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma —dije, levantando la barbilla con orgullo. —No necesito que me digas lo que tengo que hacer, ¿de acuerdo? Si quiero pasear sola de noche por el castillo, pasearé. Si quiero emborracharme, me emborracharé. Y si quiero nadar de noche en el Lago Negro —dije, desabrochándome la cremallera del vestido —¡lo haré!

El vestido verde se deslizó con facilidad por mis caderas, quedándose flotando en el agua, junto a mis tobillos, y dejándome solamente con un minúsculo tanga frente a Mattheo Riddle, que me miraba perplejo.

La luz de la luna iluminaba mi figura mientras el viento frío acariciaba mi piel desnuda. Me sentía liberada, hermosa, y, por primera vez en mucho tiempo, sentía que tenía el control de mí misma.

Mattheo se había quedado clavado en el sitio, podía notar como sus ojos devoraban mi cuerpo con avidez, con un brillo depredador.

—No puedo creerme que estés haciendo esto —logró articular. —Estás completamente loca, Sallow.

—Hago lo que me da la gana —dije, cerrando los ojos y caminando hacia atrás, sumergiéndome hasta los muslos.

—¿Vas a unirte a mí? ¿O vas a seguir ahí, como un idiota? —lo desafié.

—No pienso meterme en el agua helada —negó con la cabeza, divertido.

Mi corazón se saltó un latido cuando vi por primera vez una sonrisa genuina en su rostro.

—Como quieras —dije antes de sumergirme del todo en el agua.

Escuché su voz distorsionada por el agua en mis oídos llamándome, pero no quería salir a la superficie. Estaba en paz, por primera vez en semanas. Solo el agua, el frío, y yo. No sé cuanto tiempo pasé sumergida, hasta que una cálida mano tiró de mí hacia la superficie.

Mattheo estaba empapado y visiblemente irritado, con el traje de gala aún puesto. Su cuerpo emanaba un calor reconfortante, que contrastaba con el agua gélida, así que inconscientemente, me pegué más a su cuerpo.

—¿Estás loca? ¡Podrías haberte ahogado! —me reprendió, sin salir del agua.

Mis ojos se clavaron en los suyos. ¿Era preocupación lo que brillaba en ellos?

—Tú me vuelves loca —admití, fulminándolo con la mirada. —Y lo peor es que disfrutas con ello.

Las manos de Mattheo seguían sobre mi cintura y yo permanecí muy quieta. Temiendo que, si realizaba cualquier movimiento, él desaparecería.

—¿Qué yo te vuelvo loca? —rió con ironía. — Jamás he conocido a nadie como tú. Me enloquece lo mucho que me consumes. Me desafías constantemente, me retas, me lanzas maldiciones imperdonables… Y aún así, en lo único que puedo pensar todo el jodido día es en ti. ¿Crees que me gusta estar así? ¡Joder, Rosalie! ¡Tengo que contener mis pensamientos cada vez que estás cerca para no llevarte a mi habitación y follarte hasta que me supliques que pare!

Tragué saliva con fuerza. Sus palabras provocaban fuego puero y brutal dentro de mí. Noté la humedad que empezó a formarse entre mis muslos.

—¿Sabes qué es lo más patético de todo? —preguntó, con amargura. —Te he robado la máscara esta noche, y le he obligado a Daphne a ponérsela, para imaginarme que eras tú. Y créeme, cuando te digo que no ha funcionado. ¡Nada funciona! —exclamó.

El agua llegaba hasta debajo del pecho de Mattheo, y yo tenía que mantenerme de puntillas para mantener la cabeza fuera. Sin pensarlo mucho, enrosqué mis piernas en su cintura y coloqué mis manos sobre sus hombros, aprovechándome de su calor, mientras él seguía con las suyas sujetando firmemente mi cintura.

—Entonces, no te contengas —susurré, acercándome más a él.

—Ya te he dicho que no empieces algo que no estás dispuesta a terminar… —dijo, con la respiración entrecortada.

Intenté levantarme más para poder llegar a sus labios. Quería terminar. Lo necesitaba desesperadamente. Habría vendido mi alma al diablo en ese preciso instante por que Mattheo Riddle me follara, ahí mismo, en el lago helado, pero él me sostenía con fuerza de la cintura, impidiéndome moverme.

Mattheo cerró los ojos, frustrado.

—Estás borracha… —dijo, juntando su frente con la mía. Abrí la boca para rebatírselo, pero Mattheo se me adelantó. —Cuando te bese, Rosalie, y créeme que lo haré, quiero que lo recuerdes.