CAPÍTULO 15. EL DESPERTAR

La cabeza me martilleaba incesantemente mientras los rayos de la luna llena se clavaban a través de mis párpados cerrados. Abrí lentamente los ojos, acostumbrándome a la claridad de las velas, cuando me di cuenta de que estaba en mi habitación, en la Mansión Sallow, con Mattheo Riddle durmiendo plácidamente a mi lado. No sabía que hora era, pero todavía era noche cerrada.

Levanté la sábana de seda con cautela, dándome cuenta de que estaba completamente desnuda, a excepción del minúsculo tanga. Me levanté rápidamente, intentando no hacer ruido, y me metí en el cuarto de baño de mi habitación.

Los recuerdos se agolparon en mi mente como una marea furiosa: el lago, el agua fría, Mattheo… Todo se entrelazaba en mi cabeza creando un torbellino de confusión. ¿Cómo diablos habíamos llegado hasta aquí? La respuesta estaba durmiendo tranquilamente en mi cama…

Saqué un camisón negro del cajón y me lo puse antes de salir del baño de nuevo. Volví a tumbarme en la cama, para evitar un nuevo mareo, y observé a Mattheo con detenimiento, intentando descifrar alguno de sus secretos mientras dormía. Su expresión relajada contrastaba con la intensidad que mostraba normalmente, y su respiración tranquila hacía subir y bajar lentamente su pecho desnudo.

Como si notara que lo estaba mirando, se estiró en la cama con gracia felina y abrió los ojos con parsimonia.

—Bonito camisón —comentó con tranquilidad pasmosa, después de un silencio que me pareció eterno.

Nuestros rostros se encontraban peligrosamente cerca, como era costumbre últimamente.

—¿Cómo hemos llegado hasta aquí? —susurré.

—Hice que nos apareciéramos aquí. Supuse que no te haría mucha gracia que te paseara desnuda por los pasillos de Hogwarts hasta llevarte a tu habitación —se burló.

—Ya… Pensaste bien —admití aliviada. —¿Y mi elfa te dejó entrar? Pregunté, alzando una ceja.

—Puede que tuviera que… Aturdirla un poco —admitió.

—¡Mattheo! —me quejé.

—Tranquila, está bien —me aseguró. —Solo tuve que desmemorizarla un poco, y encantar esta habitación para que no pudiera entrar hasta que nos vayamos por la mañana. Está perfectamente, y no se ha enterado de nada.

—¿Cómo sabías dónde vivo? —pregunté con el ceño fruncido.

—Sé muchas cosas sobre ti, princesa —sonrió, divertido.

—Esta noche… —empecé, adoptando un semblante más serio.

—No ha pasado nada —me aseguró, Mattheo.

—Lo sé, me acuerdo —dije.

—Mierda… Esperaba que no te acordaras —se lamentó, mientras se incorporaba, apoyándose en el cabecero de terciopelo de mi cama.

—¿Esperabas que no me acordara de que tienes que contener tus pensamientos cada vez que estoy cerca para que no me lleves a tu cama y me folles hasta que te suplique que pare? —repetí las palabras que me había dicho la noche anterior.

Mierda. Mierda, mierda mierda. No debería haber dicho eso. Pero el pecho duro y desnudo de Mattheo Riddle en mi cama, no me ayudaba en mis intentos de parecer una persona cuerda.

Mattheo soltó una risa baja y grave, que me hizo estremecer.

—Esa boca… —me regañó con una sonrisa arrogante, sin una pizca de vergüenza en su voz.

Él se colocó de lado, frente a mí, mientras deslizaba una de sus manos hasta mi abdomen, y luego siguió subiéndola lentamente hasta el borde de encaje negro de mi escote, provocando que todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se encendieran a su paso. Noté cómo se endurecieron mis pezones a través de la tela, con anticipación.

Joder, ¿por qué su contacto me afectaba de esa manera?

Sin poder evitarlo, estiré mi mano y la posé sobre su abdomen, mientras se me escapaba un jadeo de entre los labios entreabiertos.

El sonido involuntario que salió de mi boca pareció ser una llamada para Mattheo, que, de un tirón, me arrastró y me colocó bocarriba, debajo de él.

Involuntariamente, moví mi cadera hacia arriba cuando noté su miembro crecer a través de la tela de mi camisón. Ahora que había descubierto la sábana, noté que estaba completamente desnudo.

—Mattheo… —logré articular.

—Ni te imaginas la cantidad de veces que he imaginado tenerte así, sometida debajo de mí, follándote duro mientras gritas mi nombre —susurró, rozando mi oído con los labios.

—Esto no está bien… —dije, intentando poner algo de cordura a la situación, con la respiración agitada.

Él metió una mano por debajo del dobladillo demasiado corto de mi camisón, y deslizó sus dedos por mi ropa interior húmeda, provocando que mi espalda se arqueara involuntariamente.

Joder…

—Tu cuerpo no dice lo mismo —ronroneó, curvando sus labios en una sonrisa depredadora.

Mi cuerpo ardía del puro deseo que Mattheo estaba desencadenando en mí mientras sus dedos seguían acariciando ligeramente mi piel. Cerré los ojos con fuerza, luchando contra la embestida de sensaciones, pero mi mente, mi cuerpo, todo clamaba por más.

Respondiendo a mis súplicas silenciosas, sus labios se encontraron con los míos, desatando en mí una mezcla de deseo reprimido y anhelo ardiente, y sin más, me perdí en la vorágine de sensaciones que solo él podía provocar.

La lengua de Mattheo se enredó con la mía acariciándome, devorándome. Jadeé y le mordí con fuerza el labio, lo que provocó que él soltara un gruñido que me hizo estremecer.

Sus labios abandonaron los míos mientras me sacaba el camisón de un tirón rápido, y luego volvieron a descender sobre mis pechos desnudos, lamiéndolos, chupándolos y mordiéndolos con fervor. Me aferré a él, con los dedos enredados en su pelo.

—Desde que nos batimos en duelo a principio de curso, he deseado este momento —dijo, después de quitarme el tanga, abriéndome las piernas y apretándose contra mí. —Joder Rosalie, estás tan húmeda —jadeó, mientras me acariciaba el clítoris en círculos y volvía a besarme.

Grité, echando mi cabeza hacia atrás cuando Mattheo hundió su dedo en mi interior, mientras él gemía, clavándome sus dientes en el hombro. La combinación de su boca cálida contra mi piel y el movimiento lento de sus dedos dentro y fuera de mí hizo que clavara mis uñas en la piel de su espalda.

Lentamente, él descendió con su boca hasta el interior de mis muslos, acercándose a mi sexo, y entonces, me lamió lentamente, saboreándome. Ahogué un grito, sintiendo que me derretiría debajo de él en cualquier momento, dejando que la placentera sensación se extendiera por todo mi cuerpo. Su lengua rodeó mi clítoris lentamente, y luego con más fuerza, hasta que inevitablemente, me corrí.

Mattheo se incorporó de nuevo y me besó con fuerza en los labios, fundiéndome con él. Rodeé su cintura con mis piernas, sintiendo su polla palpitante presionándome el sexo. No aguantaba más. Lo necesitaba dentro de mí.

—Mattheo, por favor… —supliqué.

—Pídemelo —ordeno. —Dime lo que quieres.

—Fóllame —pedí.

La gruesa punta de su polla empujó mi entrada, deslizándose dolorosamente lento dentro de mí. Y jamás me había sentido tan llena. Después, Mattheoo salió lentamente para volver a embestirme, provocando que fuego puro y bestial estallara dentro de mí. Jadeé en su boca. Estaba completamente a su merced, y él lo sabía, pero no me importaba en absoluto. Mattheo Riddle acababa de hacer añicos el poco control que me quedaba sobre mí misma, mientras marcaba un ritmo suave y profundo.

Moví mis caderas, para sentirlo más profundamente, mientras él hundía una y otra vez su perfecta polla dentro de mí.

—Joder, Rosalie… —gruñó.

Volví a enroscar mis piernas en su cintura, intentando saciarme de su cuerpo, y él aumentó la intensidad de sus embestidas, haciéndome gritar, hasta que me entregué completamente a él, y la falta de control fue embriagadora, brutal. Mattheo empujó más fuerte, adivinando mis deseos, y el clímax implosionó dentro de mí, haciéndome gritar su nombre.

Con una última embestida, Mattheo rugió feroz, resonando en toda mi habitación, cuando encontró su propia liberación dentro de mí. Se corrió con tanta fuerza, que su semen se derramó, cálido y suave, por la cara interna de mis muslos, y luego su peso cayó sobre mi pecho.