CAPÍTULO 16. VUELTA A LA REALIDAD

Lo que anoche había comenzado como una danza desenfrenada de deseo se desvaneció en un silencio pesado mientras los primeros rayos de sol se colaban por mi ventana. Mis manos temblaban ligeramente mientras acariciaba la espalda de Mattheo, y él descansaba su cabeza en mi hombro.

La realidad de lo que habíamos hecho empezaba a filtrarse en mi conciencia, creando un nudo en mi estómago. Por Merlín… ¿Qué había hecho?

Me levanté, dejando a Mattheo recostado en la cama. Me puse en silencio el camisón que había acabado en el suelo, mientras evitábamos mirarnos a los ojos. La tensión flotaba en el aire, y me preguntaba si podría volver a sentirme normal alguna vez después de esto.

Cuando finalmente nos enfrentamos, su mirada era intensa pero difícil de descifrar.

—Lo de anoche fue… Un error —murmuré

. —Entonces, quizá deberíamos seguir cometiendo errores —dijo él, con una sonrisa arrogante.

—Mattheo, tienes que irte. Ahora —dije, lanzándole su ropa.

Intenté ver algo más en su mirada mientras él asentía, pero solo encontré el bloque de hielo que solía adoptar normalmente.

—Sí, ha sido un error —dijo simplemente, encogiéndose de hombros.

El peso de sus palabras resonó en la habitación silenciosa, y otro silencio incómodo se instaló entre nosotros. Un error… Sí, definitivamente había sido un error.

—Deberíamos… Deberíamos olvidar esto, ¿de acuerdo? —sugerí, aunque no estaba segura de si eso sería posible.

Mattheo pareció considerarlo por un momento, y después asintió de nuevo.

—Ya nos veremos, Rosalie —se despidió, antes de desaparecerse de mi habitación.

No sé muy bien cuanto tiempo pasó antes de que me levantara de la cama y me vistiera. Salí con paso vacilante de mi habitación, y bajé hacia el comedor de mi casa.

—¿Seraphina? —llamé a mi elfa.

Ella, inmediatamente apareció frente a mí.

—¡Señorita Rosalie! —exclamó. —¿Qué está haciendo aquí? Todavía no es Navidad.

—Te echaba de menos, Sera —sonreí. Y era cierto.

—Tiene muy mala cara, Señorita. Está pálida… —dijo, adoptando un semblante triste. —Seraphina le preparará su té preferido.

Me senté hecha un ovillo en uno de los sillones de piel del salón mientras Sera hacía aparecer frente a mí una humeante taza de té recién preparado. El simple hecho de mantener la taza entre mis manos era reconfortante. Me bebí el té en silencio, intentando no pensar en lo que había sucedido la noche anterior.

Cuando solté la taza sobre la mesita, Seraphina la agarró con sus pequeñas manos y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.

—Le leeré los posos Señorita, como cuando era pequeña. Le encantaba, ¿lo recuerda? —dijo, dedicándome una amplia sonrisa.

Era cierto, de pequeña me encantaba pasarme las tardes con Seraphina, mientras ella me leía los posos del té y presagiaba aventuras fantásticas en mi futuro. Pero luego, crecí, y me di cuenta de que la adivinación era una pérdida total y absoluta de tiempo. El futuro era cambiante, incierto, un pequeño gesto podía crear un efecto mariposa que lo cambiara todo…

Pero Seraphina seguía mirándome, emocionada, y no pude negarme.

—Está bien, Sera —accedí.

Seraphina hizo rodar la taza de té entre sus manos, observando el fondo con concentración.

—Veo un destino entrelazado, con sombras y luces. Un camino lleno de elecciones cruciales se extiende ante usted… Hay desafíos oscuros que deberá enfrentar, pero también veo destellos de esperanza.

Sus enormes ojos me miraron con intensidad, como si estuviera buscando alguna señal en mi reacción. Luces, sombras, y elecciones: algo genérico y que le pasaba a todo el mundo, pensé.

—Vale, gracias Ser… —empecé.

Pero Seraphina estaba en una especie de trance.

—Veo un lazo profundo con alguien, un vínculo ancestral, que puede ser tanto su salvación como su perdición —me interrumpió.

¿Un vínculo ancestral?

—Las decisiones que tome influirán no solo en su destino, sino en el de aquellos a su alrededor. La magia y la oscuridad tejerán su camino, y el amor y la traición caminarán de la mano —finalizó, con solemnidad.

Ella parpadeó un par de veces, y volvió a adoptar su sonrisa amable de nuevo, aunque una sensación de incomodidad se había instalado en mi pecho.

—¿Qué la preocupa, Señorita? —preguntó, al mirarme detenidamente.

¿Tan mal aspecto tenía?

—Bueno… Han sido unos meses duros. He estado muy concentrada en los deberes últimamente, y, además, encontré un artefacto. Creo que está roto… No consigo que funcione —me lamenté.

—¿Qué artefacto? —preguntó la elfa.

—Una varita —respondí, distraída. —No hay manera de hacerla funcionar. Ya sé que las varitas eligen al mago y todo eso, pero siempre funcionan. Mejor o peor, pero funcionan. Esta no… Sólo brilla.

La elfa miró a un lado y a otro de la habitación, parecía debatirse entre contarme algo más o no, pero obviamente, sabía más.

—¿Hay algo que quieras contarme? —pregunté, frunciendo el ceño.

—Bueno… —empezó, mientras se retorcía los dedos de las manos.

—Seraphina… —la invité a seguir.

—La Señora Rosalie y el Señor Sebastian hicieron prometer a Seraphina que lo guardaría en secreto, hasta que llegara el momento oportuno. Ellos no le dijeron a Seraphina cuál sería el momento oportuno, así que Seraphina supone que el momento oportuno es este… —empezó a hablar a toda velocidad.

—¿La Señora Rosalie y el Señor Sebastian? —pregunté, sin entender nada. —¿Te refieres a mis tatarabuelos?

Ella solo asintió, encorvada.

—¿Conociste a mis bisabuelos? —pregunté atónita. —Seraphina, ¿cuántos años tienes?

—Ciento sesenta y uno, Señorita —soltó.

Me sentí terriblemente egoísta y estúpida al darme cuenta de que no sabía prácticamente nada sobre el ser que me había criado. ¿Por qué nunca le había preguntado su edad, por ejemplo?

Seraphina debió darse cuenta de la culpabilidad que se plasmaba en mi cara, porque continuó con su historia.

—Ya sabe que sus tatarabuelos fueron grandes magos, Señorita. Su tatarabuelo Sebastian era un experto en las artes y los artefactos oscuros. Pero su tatarabuela, Rosalie, era capaz de controlar la magia antigua. La magia antigua es una forma de magia que se remonta a épocas ancestrales, mucho antes de que la comunidad mágica adoptara los sistemas estructurados de hechizos, varitas y encantamientos que caracterizan la práctica mágica moderna —explicó. —Es una fuerza primordial, pura y cruda, menos atada a las reglas y limitaciones impuestas por las prácticas contemporáneas. Para poder canalizar la magia antigua, debes extraerla de algún foco de magia.

—Todo eso es increíble, Seraphina, pero no entiendo qué tiene que ver conmigo.

—El Señor Sebastian y la Señorita Rosalie se conocieron en Hogwarts. En ese tiempo, las Tierras Altas de Escocia estaban dominadas por Ranrok el Duende. Ranrok quería someter a todos los magos bajo el yugo de los Duendes, pero la Señorita Rosalie lo detuvo haciendo uso del foco de magia antigua más poderoso que había, el que estaba oculto bajo Hogwarts.

—¿Dices que la varita que encontré sólo funciona para canalizar la magia antigua de los focos de magia? —pregunté, mareada por la cantidad de información que me estaba dando la elfa.

—No exactamente… —suspiró la elfa. —El Señor Sebastian tenía una hermana melliza, la Señorita Anne. Cuando ella tenía catorce años, Ranrok la maldijo con una enfermedad letal, que la iba consumiendo día tras día. El Señor Sebastian se obsesionó para encontrar una cura. Creyó que las Artes Oscuras serían la solución, lo intentó todo, pero él era muy joven, y se le fue de las manos… El tío de Anne y Sebastian, Solomon Sallow, estaba en contra de que Sebastian usara las artes oscuras. Cuando los dos se enfrentaron, Sebastian lanzó a Solomon la maldición asesina, terminando con su vida…

Por Merlín, menuda historia…

—Creo que es mejor que el resto de la historia la vea por usted misma, Señorita… —dijo, con solemnidad.

—¿Verlo? ¿A qué te refieres? —pregunté, confusa.

Pero sin decir ni una palabra más, Seraphina hechizó la estantería del salón donde se encontraban los diarios de mi tatarabuelo Sebastian, haciendo que las librerías se movieran formando una especie de portal.

Seguí a Seraphina, adentrándome en él. La sala era fría y gris. Con un pensadero de piedra en el centro, y una estantería enorme que sostenía un único bote de cristal, a través del cual podía verse una especie de humo gris claro.

Seraphina agarró con cuidado el bote y, tras quitarle la tapa, lo vertió en el pensadero.

—Adelante, Señorita Rosalie —me invitó, señalando al pensadero. —Hay secretos en la historia de su familia. Esto es una ventana al pasado, a los momentos que han dado forma a su linaje.