CAPÍTULO 20. LOCO Y ESTÚPIDO AMOR

A la mañana siguiente, corrí a toda velocidad por los pasillos de las mazmorras. Me había quedado dormida, y estaba llegando indecentemente tarde a la clase de Pociones.

—Lo siento muchísimo, Profesor Slughorn —me disculpé, después de entrar apresuradamente por la puerta.

—No se preocupe, Señorita Sallow. Tome asiento, estábamos a punto de empezar la clase —sonrió.

Miré a la mesa en la que solía ponerme, junto a Anthony, pero estaba ocupada por una alumna de Hufflepuff. Anthony bajó la mirada al verme. Genial, ahora no podía ni mirarme.

Eché un vistazo alrededor, pero el único sitio vacío que había era junto a Mattheo Riddle.

—¿Hay algún problema, Señorita Sallow? —preguntó Slughorn.

—No… Lo siento, profesor—respondí, resignada, colocándome junto a un sonriente Mattheo.

—Maravilloso —sonrió. —¿Hay alguien que pueda explicarme qué es la Amortentia? —preguntó el Profesor Slughorn. —¿Sí, Señorita Granger?

—Es el filtro de amor más poderoso que existe —respondió Hermione. —Y se supone que para cada uno tiene un olor diferente, según lo que nos atraiga. Yo huelo a césped recién cortado y a pergamino nuevo y a… Pasta de dientes.

—Muy bien, Señorita Granger. ¡Cinco puntos para Gryffindor! —exclamó. —Señorita Sallow, ya que usted ha llegado tarde, ¿podría decirnos a qué huele su Amortentia? —preguntó.

Miré el líquido nacarado que burbujeaba frente a mí e inhalé, pero no olía nada en especial. Solo el aroma a ámbar y cuero, mezclado con humo de cigarrillos que emanaba Mattheo.

—Lo siento, Profesor, me encantaría hacerlo, pero parece que que Mattheo ha decidido echarse todo el bote de su estúpido perfume esta mañana y no puedo oler nada más que eso —dije, fulminando a Mattheo con la mirada.

Él no pudo reprimir una sonrisa, mientras los demás alumnos susurraban en voz baja entre ellos.

—¿De qué te ríes? —pregunté.

—Rosalie… No me he puesto perfume esta mañana —respondió Mattheo, con una sonrisa triunfante.

Apreté los dientes con fuerza, intentando no sonrojarme frente a toda la clase, y agradecí a Merlín mentalmente cuando el profesor siguió con la lección.

—Por supuesto, la Amortentia no crea amor. Es imposible crear o imitar el amor. Sólo produce un intenso encaprichamiento, una obsesión. Probablemente sea la poción más peligrosa y poderosa de todas las que hay en esta sala.

Cuando la clase terminó, salí al pasillo, haciendo acopio de la poca dignidad que me quedaba. Hacía días que no le llevaba comida a Sepulchria, así que me dirigí directamente al Bosque Prohibido para visitarla.

Pasé por la cabaña de Hagrid para recoger un par de hurones muertos y me adentré en el bosque.

—Hola, preciosa —sonreí, al verla en el nido, rodeada por sus tres polluelos blancos y negros. —Mira lo que os he traído —dije, levantando el hurón.

El hipogrifo se levantó rápidamente y tiró de su comida.

—¡Cuidado, Sepulchria! —la regañé.

—¿Sepulchria? —oí una voz, que hizo que me sobresaltara.

—¡Joder, Mattheo! —maldije, apretándome el corazón, cuando lo vi apoyado de lado en el tronco de un árbol. —¿Pretendes matarme de un infarto?

—En absoluto —dijo. —Solo estaba dando uno de mis paseos matutinos por el Bosque Prohibido.

—¿Debería empezar a preocuparme de que me acoses a todas horas? —resoplé, mientras seguía dándoles comida a los hipogrifos.

—¡Sallow! —escuché otra voz grave detrás de mí. —¡¿Qué diablos crees que estás haciendo?! —exclamó Hagrid, avanzando hacia mí con pasos agigantados.

Mierda.

—Profesor Hagrid, yo… —empecé.

—¡Sabes que tenemos una plaga de Hipogrifos! ¿Has sido tú la que me ha estado robando los hurones muertos? —me acusó, con los ojos entrecerrados.

—Solo era para alimentarlos, Profesor… —me excusé.

—Debemos llevarlos a la reserva, siguen causando destrozos por todo el jardín del castillo —farfulló. —Ayudadme —pidió, mientras sacaba una red enorme de su bolsa.

—Profesor, por favor, a ellos les gusta estar aquí. Sólo son bebés —supliqué, interponiéndome entre el gigante y Sepulchria. —Deben estar en libertad.

—Lo siento, Sallow, esto me gusta tan poco como a ti… —se disculpó, mientras terminaba de preparar la red.

Miré los ojos amarillos de Sepulchria, impotente, y luché por contener las lágrimas que se estaban formando en mis ojos.

—Te ha dicho que dejes a los bichos —intervino Mattheo, por primera vez, mientras se acercaba a mí.

—No te metas en esto, Riddle —le advirtió Hagrid. —Apartaos.

Sin pensar muy bien lo que estaba haciendo, me quedé clavada en el suelo, desobedeciendo claramente la orden.

—¡Apartaos! —gritó Hagrid.

Su grito austó a Sepulchria, quien sintió su nido amenazado y se levantó en las patas traseras. Hagrid aprovechó el movimiento y le lanzó la red rápidamente, atrapando al hipogrifo.

—No… —sollocé.

¡Petrificus Totalus! —lanzó Mattheo, sin varita, lanzándole el hechizo a Hagrid en el pecho, que cayó al suelo como un peso muerto.

—Joder, Mattheo… —balbuceé, atónita. —Has agredido a un profesor.

Me di la vuelta lentamente para mirarlo, pero él ya estaba en el suelo, liberando a Sepulchria de su red.

—¿Crees que los polluelos ya sabrán volar? —preguntó, mientras seguía concentrado deshaciendo las plumas que se habían quedado enganchadas.

—No lo sé… —admití.

—Comprobémoslo —dijo con seguridad, mientras agarraba a uno de ellos y lo lanzaba al aire. La pequeña criatura empezó a batir sus alas rápidamente y se quedó suspendido en el aire.

Mattheo repitió el movimiento con los otros dos polluelos. Sepulchria finalmente, también echó a volar, seguida por sus tres hijos, y se alejaron a toda velocidad adentrándose más en el bosque.

Miré a Hagrid, petrificado en el suelo, todavía conmocionada por lo que acababa de pasar, y luego a Mattheo, que se mantenía extrañamente tranquilo.

—Gracias —logré articular.

—Os habéis metido en un buen lío —sentenció Filch, desde detrás de nosotros, mientras clavaba la mirada en el cuerpo petrificado de Hagrid.

El celador nos condujo al castillo y nos encerró directamente en un aula y cerró la puerta con llave mientras iba a buscar a algún profesor para que nos impusiera un castigo.

—Me han castigado más veces por tu culpa de las que me habían castigado en toda mi vida —intenté bromear para romper el silencio ensordecedor que reinaba en el aula.

—Soy un chico malo —bromeó, encogiéndose de hombros.

—Y que lo digas —reí.

—Tú tampoco te quedas atrás, princesa: hurto, colaboración en la fuga de una criatura peligrosa… —enumeró.

Solté una carcajada sincera por primera vez en mucho tiempo.

—En serio, ¿por qué lo has hecho? —pregunté.

Él me dedicó una de esas miradas que lograban electrizar todas y cada una de las células de mi cuerpo. Abrió la boca para contestar, pero volvió a cerrarla.

Salvado por la campana, pensé, cuando la Profesora McGonagall entró con mirada severa en el aula.

—Son como una pequeña piedra en mi zapato, ¿lo sabían? —preguntó, taladrándonos con la mirada.

—Profesora, solo intentábamos hacer lo correcto, nosotros… —intenté explicarme.

—No le he dado permiso para hablar, Señorita Sallow —me advirtió la profesora. —Cinco puntos menos para Slytherin —sentenció. —Les alegrará saber que Hagrid está bien, y me ha contado lo sucedido.

—¿Y cree que podremos salir de aquí pronto? —pregunté.

—Usted sí —asintió. —Él, no —dijo, señalando a Mattheo con la cabeza. Miré a Mattheo, que permanecía con una expresión arrogante. —Ha agredido a un profesor.

—¿Y durante cuánto tiempo va a tenerlo castigado? —pregunté. —Mattheo solo intentaba ayudarme.

La profesora McGonagall volvió a mirarme con severidad, y se quedó callada durante un momento.

—¿Acaso usted y su novio tienen planes, Señorita Sallow? —dijo, por fin.

—Él no es mi novio —la taladré con la mirada.

Noté por el rabillo del ojo cómo Mattheo se revolvía en su silla.

—Entonces, creo que lo mejor será que informe de eso al Señor Riddle —dijo.

—¿Cómo dice? —pregunté, confusa.

—Solo el amor es capaz de volver tan loco a alguien, querida —sentenció la profesora. —Y tan rematadamente estúpido.