CAPÍTULO 21. EL HEREDERO DE SLYTHERIN

No supe nada de él hasta el sábado por la tarde, cuando mi gema vibró y se tornó de un negro intenso.

Mattheo: Soy un hombre libre

Rosalie: ¿La Profesora McGonagall te ha mantenido encerrado durante tres días?

Mattheo: Peor… Me ha enviado a casa

No sabía muy bien qué responder a eso.

Mattheo: ¿Nos vemos esta noche en la fiesta?

Rosalie: Solo si me prometes que cantarás una canción en el karaoke.

Mattheo: Podría cantar… O podría hacerte cantar a ti… En mi cama.

Rosalie: Hasta luego, idiota.

Por Merlín, ¿en qué momento de mi vida había empezado a considerar a Mattheo Riddle como alguien gracioso y divertido? O, quizá la que había cambiado era yo…

Mientras buscaba en mi armario qué ponerme esa noche, me sorprendí a mí misma pensando que quería llevar algo que llamara la atención de Mattheo Riddle. Definitivamente, algo estaba muy mal en mi cabeza.

Me decanté por un vestido corto. Era uno de mis preferidos, y siempre había creído que me sentaba bien: era ajustado y anudado al cuello, dejando la espalda al descubierto. Decidí combinarlo con unas botas negras hasta la rodilla con un tacón incomodísimo, y simplemente me maquillé las pestañas y me puse carmín rojo intenso.

La Sala Común estaba en pleno apogeo cuando llegué. Definitivamente, los Slytherin sabían cómo divertirse. Era el primer sábado de mes, así que los alumnos ya habían montado un escenario improvisado para el karaoke. Sonreí cuando vi a Pansy sobre el escenario cantando a todo pulmón una de las canciones de las Brujas de Machbeth.

Inevitablemente, busqué a Mattheo entre la multitud. Estaba en el centro de la sala, rodeado de su séquito: Malfoy, Zabini y Daphne. Todavía me conmocionaba la forma en la que él siempre era el centro de atención, hiciera lo que hiciera. Era como ver a una divinidad rodeada de sus más fieles siervos. ¿Ocuparía algún día el lugar de su padre? ¿El lugar de Lord Voldemort? Seguramente. Era su destino. Pero, cuando sus ojos, normalmente fríos como el hielo, se posaron sobre mí y recorrieron mi figura de arriba abajo con avidez, me di cuenta de que no me importaba en absoluto.

¿Era una egoísta de mierda? Puede. Pero ya no podía seguir negándoselo al mundo, ni a mí misma. Me gustaba Mattheo Riddle. Necesitaba el contacto de sus manos sobre mi cuerpo de nuevo, se había convertido en una cuestión de supervivencia… Sí, era un psicópata, un mortífago. Pero, en el fondo, siempre había sabido que él no era el villano de mi historia. Así que, inconscientemente, había tomado una decisión egoísta, miserable y ruin: me dejaría llevar.

Tomé aire y me dirigí con decisión hacia Mattheo, que seguía observándome mientras se fumaba un cigarrillo. Mientras me acercaba, me di cuenta de que tenía una cicatriz con sangre seca en el puente de la nariz. Tragué saliva cuando recordé sus palabras de esa tarde: "Peor… Me han llevado a casa". ¿Se la habrían hecho sus padres? Intenté borrar esos pensamientos de mi cabeza.

—¡Guau! —exclamó, mientras me acercaba contoneándome hacia él. —¿Te has propuesto hacerme sufrir esta noche, princesa? —preguntó, entre divertido y arrogante.

Mattheo arrojó su cigarrillo al suelo, y lo apagó de un pisotón. Antes de volver a fijar su mirada en mí, hizo un simple gesto de cabeza, y Draco, Blaise y Daphne se alejaron.

—Creo que serás capaz de soportarlo —respondí, con una sonrisa coqueta.

Aunque intentaba aparentar seguridad, mi corazón latía con fuerza. Sonaban alarmas incesantes en mi mente: "¡Sal corriendo, Rosalie!". Pero, al parecer, mi cuerpo tenía otros planes.

—Y yo creo que sobreestimas mi autocontrol —sonrió de lado.

Él se acercó más, y su presencia imponente hizo que mi respiración se volviera irregular. Estaba tan cerca que podía sentir el aroma a humo de cigarrillo, mezclado con su perfume irresistible.

—Quería darte de nuevo las gracias por lo de Sepulchria… —dije.

—No es para tanto —se encogió de hombros. —Solo lo hice para intentar llevarte a la cama de nuevo —soltó, con una sonrisa de lado.

Sabía que estaba mintiendo. ¿Qué quería volver a llevarme a la cama? Obviamente. Pero había algo más, recordé las palabras de la Profesora McGonagall: "Solo el amor es capaz de volver tan loco a alguien, querida. Y tan rematadamente estúpido". ¿Creía que Mattheo Riddle estaba enamorado de mí? No. Pero él me había demostrado en varias ocasiones que, a su manera un poco psicópata y rara, se preocupaba por mí.

—¿Quieres volver a follarme? —pregunté, haciendo acopio de todo el valor del que disponía. —Suplícamelo.

Sus ojos emitieron un brillo cautivador al escuchar mis palabras. Le estaba lanzando un desafío. Sabía que Mattheo Riddle no suplicaba, pero él siempre me hacía perder el control, era justo que él cediera alguna vez, a cambio.

Mattheo se inclinó ligeramente hacia mí, con una mirada intensa que hizo que mi pulso se acelerara aún más.

—Suplícamelo —repetí, desafiante.

Él se quedó callado por un momento, observándome con curiosidad. Mi confianza estaba empezando a resquebrajarse, pero por fin, abrió la boca.

—Quiero volver a follarte… —dijo, haciendo una pausa que me pareció eterna. —Por favor.

—Repítelo —ordené.

Quizás estaba tensando demasiado la cuerda, pero necesitaba escucharlo suplicar.

—Necesito —dijo, haciendo énfasis en esa palabra —volver a follarte.

Sonreí burlona, intentando que Mattheo no notara el suspiro de alivio que acababa de soltar. Por Merlín, solo con sus palabras había conseguido encenderme. Apreté los muslos con fuerza, sintiendo la humedad que empezaba a formarse.

—Estás tan sexy cuando suplicas… —susurré, acercándome más a él.

Mattheo perdió del todo el autocontrol que había demostrado hasta ese momento, y me agarró de la cintura con fuerza, pegándome contra su cuerpo.

Mientras subía lentamente su mano por mi espalda desnuda hasta mi nuca, mil escalofríos recorrieron mi cuerpo. El bulto entre sus pantalones, duro y grande contra mi abdomen, hacía que me humedeciera todavía más.

—¿Estás segura de que quieres que te vean así conmigo? —susurró en mi oído, con voz grave. —Soy el heredero de Slytherin y de los Gaunt, después de todo.

—No me importa —respondí, cerrando los ojos.

La Sala Común, llena de estudiantes de todas las casas, había desaparecido completamente para mí. Sólo estábamos él y yo.

—Entonces, sólo mírame. Nadie más importa —dijo.

Estaba mareada, embriagada de él. Tanto que tuve que sostenerme a sus hombros.

—Mírame —ordenó de nuevo.

Y obedecí. Me perdí en sus ojos avellana, que no les quedaba rastro de la frialdad que los caracterizaba, solo había puro fuego.

Él me besó con fuerza, con deseo, encendiéndome la piel. Y yo le devolví el beso, con pasión, intentándole transmitir todo lo que él me provocaba. Los labios de Mattheo eran exigentes, ardientes, y yo me dejé llevar.

Sentí cómo sus dedos se entrelazaban en mi cabello, tirando suavemente, como si quisiera asegurarse de que estaba completamente entregada a él. Y lo estaba… No pude resistirme a morderle el labio, provocándole un pequeño jadeo.

—Deberíamos ir a un lugar más íntimo, si no quieres que te folle aquí mismo, delante de todos —me advirtió, tras separarse de mí, dejándome vacía por dentro.

—Sí… —jadeé.

Sí, sí, sí. En ese momento le habría dicho que sí a todo lo que él me pidiera.

Mattheo colocó una mano en mi cintura, y me condujo a las escaleras a través del alboroto de los estudiantes, que contemplaban atónitos la escena.

Cuando nos detuvimos frente a su habitación, Mattheo me besó de nuevo, aprisionándome entre él y la puerta. Me aferré con fuerza a su nuca y enredé mis piernas en su cintura mientras él me levantaba por el trasero.

Cuando me di cuenta, estábamos dentro, y él me sentó sobre su enorme escritorio de madera oscura, colocándose de pie entre mis piernas sin dejar de besarme.

—Desde que me dejaste solo en la piscina del baño de prefectos, he estado pensando en ti todas las noches —dijo, abriéndome las piernas y apretándose más contra mí. —Me dejaste desesperado…

Mi corazón se detuvo por un momento, con el pensamiento de que él haría lo mismo conmigo: dejarme con las ganas.

—Pero seré un amante generoso —finalizó, sonriendo de lado.

Mattheo bajó la cabeza y me besó la parte interior del muslo, siguiendo un recorrido hasta mi centro. Entonces, con una mano apartó la tela de encaje de mis bragas a un lado, mientras con la otra me abría más las piernas, y la sentí. Sentí su lengua cálida y húmeda examinando y explorándome profundamente. No pude evitar que se me arqueara la espalda sobre la mesa, soltando un fuerte gemido.

Estiré mis brazos, para poder enredar mis manos en su pelo, pero él me detuvo, agarrándome las muñecas con fuerza con una sola mano y presionándolas sobre mi abdomen.

—He dicho que seré un amante generoso, princesa, no amable —dijo, clavándome sus ojos marrones durante un segundo, antes de volver a lamerme.

Presioné mis caderas para poder sentirlo más profundamente y él se entregó todavía más, hundiendo dos dedos en mi húmedo sexo, provocando que gimiera aún más alto.

Mattheo me estaba llevando al límite, pero yo me resistía, quería prolongar ese momento al máximo, quería que durara para siempre. Pero sus movimientos se volvieron feroces y perversos, y grité su nombre con fuerza cuando me corrí.

Sin darme tiempo para recomponerme, Mattheo poseyó mi boca con fuerza, haciendo que me saboreara a mí misma. Busqué torpemente los botones de su camisa negra, pero él volvió a agarrarme las muñecas con fuerza y me levantó de la mesa, llevándome hacia su enorme cama.

—En la cama no —conseguí soltar, en un fugaz movimiento de lucidez. —No quiero hacerlo donde te has follado a todas las demás —le advertí, aferrándome más a él para que no me soltara sobre la cama.

Él no pudo reprimir una sonrisa torcida.

—No te preocupes por eso, princesa. No me he follado a nadie en ninguna parte de esta habitación.

—¿Esperas que me crea eso? —pregunté, levantando una ceja, todavía por la respiración entrecortada.

—¿Confías en mí? —preguntó en voz baja y grave.

Lo miré a los ojos, durante un segundo más, y me di cuenta de que, a pesar de que eso me convertía en una auténtica desequilibrada mental, confiaba en Mattheo Riddle.

En respuesta, besé su cuello caliente, y él me soltó con delicadeza sobre la cama, levantándome el vestido y sacándomelo por la cabeza.

—Eres jodidamente preciosa —soltó, admirando mi cuerpo desnudo.

Me besó de nuevo, colocándose sobre mí, mientras yo desabrochaba uno a uno los botones de su camisa. Mattheo besó mi cuello, luego descendió hasta un pezón, y finalmente, al otro mientras se quitaba del todo la camisa. Deslicé mi mano por su abdomen duro y firme y descendí para poder desabrocharle los pantalones.

—¿Tienes ganas de mí, Sallow? —sonrió contra mi boca, antes de besarme de nuevo.

Mattheo se puso de pie, quitándose los zapatos y luego el resto de su ropa, y me di cuenta de que jamás me cansaría de verlo desnudo. Mattheo Riddle era oscuridad y sexo. Jamás tendría suficiente de él... Su olor embriagador me rodeaba, aferrándose a mi pelo y a mi piel. Bajé la mirada hasta su polla, dura y perfecta, y me incliné para tocarla y besar su punta, haciendo que Mattheo soltara un gemido.

—Joder… —jadeó, cerrando los ojos.

Entonces, me coloqué de rodillas y me la metí con cuidado en la boca, mientras posaba mis manos en la parte baja de su espalda. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba por el placer que le estaba provocando mientras la metía y la sacaba de mi boca, y eso me hizo sentir más poderosa que nunca. Tenía a Mattheo Riddle totalmente a mi merced. Aumenté la velocidad, haciendo círculos con mi lengua en su punta, mientras él retorcía mi pelo en su puño.

Unos instantes después, Mattheo tiró de mi pelo hacia atrás, obligándome a parar, y volvió a tumbarse sobre mí, frotando su polla en mi entrada.

Moví mis caderas hacia abajo, instándolo a que me penetrara, lo necesitaba dentro de mí. Pero él se separó un poco, haciéndome soltar un gruñido de frustración.

—Paciencia, princesa —susurró. —Tú me has hecho esperar demasiado.

—Por favor… —supliqué.

Él sonrió, disfrutando de mi impaciencia.

—Dime que me deseas —pidió.

—Te deseo —dije rápidamente. Estaba sin aliento, desesperada.

—Dime que cada vez que me rechazabas, estabas mintiendo.

—Estaba mintiendo —jadeé, mientras rodeaba su cintura con mis piernas y lo atraía más hacia mí.

Entonces, él me llenó por completo, y grité, dejando caer mi cabeza contra la almohada. Me tapé la boca, para que no se escucharan mis gemidos fuera de la habitación, pero él me apartó la mano.

—Quiero oírte —ordenó, mientras me penetraba con fuerza una y otra vez.

No había nada dulce, ni suave, en sus movimientos. Me apreté alrededor de él y gimió. Me gustó verlo así: deshecho. Sin embargo, no era suficiente. Quería que Mattheo rugiera. Lo necesitaba desesperadamente. Coloqué una mano en su pecho y él se detuvo al instante. Solo una mano, y se detuvo, acatando mis deseos.

Él se separó un poco de mí, confuso. Y me di cuenta de que, si en ese preciso instante le pedía que parase, lo haría sin pensar, por mucho que le costara…

Pero yo no quería parar. Me di la vuelta en la cama, colocándome a cuatro patas, mientras levantaba mi trasero hacia él, para que me tomara desde atrás. Y, en un instante, Mattheo estaba de rodillas detrás de mí, colocando de nuevo su polla en mi entrada, y dando una profunda embestida que me hizo gritar. Siguió empujando sin piedad, mientras sujetaba con firmeza mis caderas, balanceándome adelante y atrás.

Me apreté contra él, y Mattheo rugió. La fricción aumentó, volviéndome loca de placer. Me aferré a las sábanas de seda debajo de mí, y me dejé llevar en un orgasmo atronador. Tras una última embestida, Mattheo se desplomó sobre mi espalda.