CAPÍTULO 23. NAVIDAD, DULCE NAVIDAD
—Buenos días —sonreí, cuando abrí los ojos y vi a Mattheo sentado en su escritorio leyendo un libro.
—Ya era hora—sonrió, dejando el libro sobre la mesa. —Estaba empezando a pensar que habías entrado en una especie de coma sexual o algo así —bromeó, mientras se sentaba a mi lado en la cama y me daba un beso en los labios.
—Cállate —dije, azotándolo con un cojín.
Llevaba encerrada en la habitación de Mattheo Riddle desde el sábado por la noche. Era lunes, veinticuatro de diciembre, y empezaban las vacaciones de Navidad.
—¿Dónde te apetece hacerlo hoy? —preguntó con una ceja levantada. —Quedan pocos sitios en esta habitación donde no lo hayamos hecho ya…
—Hoy empiezan las vacaciones, Mattheo. Tengo que ir a casa —dije, desperezándome.
—Oh, por supuesto —dijo, adoptando un semblante algo más serio.
—¿Vas a ir a tu casa? —pregunté.
—En mi familia no celebramos la Navidad, princesa… —dijo. —Pensaba quedarme aquí —se encogió de hombros.
Me quedé callada un momento, sin saber muy bien qué decir.
—¿Por qué no vienes conmigo? —propuse, mordiéndome el labio, temiendo que me dijera que no.
Él me miró como si fuera un boggart, y se quedó muy quieto.
—¿Quieres que vaya a tu casa? —preguntó, muy despacio.
—Tranquilo, Mattheo, mis padres están muertos —puse los ojos en blanco. —No pretendo formalizar nuestra relación ni nada así. Solo he pensado que…
—Cállate —sonrió él.
—¿Perdona? —lo fulminé con la mirada.
—¿Vas a dejar entrar al hijo del Señor Oscuro a tu casa? —preguntó él, divertido.
—Te recuerdo que ya estuviste ahí.
—Me encantaría ir a tu casa, Rosalie —dijo, adoptando una fingida sonrisa angelical.
Nos pasamos todo el camino hasta Feldcroft charlando sobre mí. Mattheo, de pronto, se había convertido en una especie de periodista, ávido de cualquier información vergonzosa o divertida sobre mi infancia. Aunque lo que más le preocupaba, era si le caería bien a Seraphina.
Cuando abrí la puerta de la mansión Sallow, la elfa ya había decorado toda la casa de Navidad, y me esperaba sonriente en el recibidor. Aunque su sonrisa se borró rápidamente de su rostro cuando vio a mi acompañante. Claramente no esperaba más visitas, y menos aún, masculinas.
—Este es Mattheo Riddle, Sera —lo presenté, intentando reprimir una sonrisa. —Mattheo, ella es Seraphina.
Los ojos de Seraphina se llenaron de terror ante la mención del apellido de Mattheo.
Mierda. No había pensado en eso. Ella sabía que Mattheo era descendiente de los Gaunt, y después de lo que sucedió con Ominis…
—¿Riddle? —repitió ella, en un susurro.
—Encantado, Seraphina —saludó Mattheo, ofreciéndole su mano a la elfa.
Pero ella, en lugar de darle su mano, dio unos pasos hacia atrás, aterrorizada, y luego, desapareció del recibidor con un chasquido de dedos.
Mattheo me miró sin comprender qué estaba pasando.
—¿Me disculpas un momento? —pedí. —Ponte cómodo, enseguida vuelvo.
Subí las escaleras rápidamente y encontré a Seraphina en el pasillo, limpiando un retrato, mientras su mano temblaba.
—Sera… —empecé. —Lo siento, debería haberte avisado.
Ella me miró con sus ojos enormes.
—¿Por qué ha traído al Señor Riddle aquí, Señorita? —preguntó, con voz temblorosa.
—Mattheo no es Ominis, Seraphina —le expliqué. —Él no tiene nada que ver con lo que sucedió en el pasado. Es… diferente.
¿Lo era? Me pregunté a mí misma.
—¡Los Gaunt solo trajeron desgracias a esta casa! ¡A su familia! —exclamó, enfadada.
—Sera, Mattheo no es malo —dije. —Bueno, al menos, no conmigo… —murmuré, más para mí misma.
Ella me miró incrédula, pero su naturaleza servicial le obligó a asentir.
—Si usted lo dice, Señorita… —dijo, antes de volver a ponerse a limpiar.
Solté un suspiro, pero decidí que era mejor dejar que se tranquilizase, así que bajé las escaleras de nuevo, y encontré a Mattheo en el salón, observando con interés los retratos familiares.
—¿Y bien? —preguntó, sin darse la vuelta.
—Tranquilo, es solo… No importa, ya te lo contaré en otro momento —dije, acercándome a él.
—Vaya, es exactamente igual que tú —dijo, observando el retrato de mi tatarabuela.
—Sí. Son mis tatarabuelos: Sebastian y Rosalie Sallow.
—¿El de los diarios? —preguntó, con interés.
—Sí —asentí.
Nos pasamos el resto de la tarde haciendo un tour por mi casa, y examinando la sala de artefactos oscuros del segundo piso. Tras esa apariencia arrogante y despreocupada de Mattheo, se escondía un verdadero portento. Sabía tanto o más que yo sobre artes y artefactos oscuros.
Cuando bajamos al comedor, Seraphina ya había dispuesto la cena sobre la mesa, pero no había rastro de ella. Obviamente, no quería ni ver a Mattheo.
Tras la deliciosa cena, subimos a mi habitación. Estaba exhausta, y en algún momento, me quedé dormida sobre el pecho de Mattheo. Un rato después, me desperté con la boca caliente de Mattheo sobre la piel de mi hombro.
—Siento haberte despertado —se disculpó. —Pero me gusta demasiado este camisón —dijo, acariciando el dobladillo de encaje sobre mi muslo.
Besé a Mattheo con urgencia, como si no lo hubiera probado en semanas. Una simple caricia de sus dedos en mi muslo bastaban para encender todas las células de mi cuerpo…
Mattheo me besó la mandíbula, la garganta, el pecho. Agarré el dobladillo de su camiseta negra y lo ayudé a quitársela. En un movimiento rápido, me quité las bragas y el camisón, provocando una sonrisa complacida en el rostro de él.
—Siempre tan impaciente…—dijo, acariciando mi sexo con el pulgar.
Sus dedos trabajaron hábilmente sobre mi piel sensible, haciéndome delirar. Cuando me corrí, Mattheo se quitó los pantalones y se colocó sobre mí, pero rodé sobre él, colocándome yo encima, mientras dirigía su miembro caliente hacia mi entrada. Me hundí en Mattheo con facilidad, y el placer que me provocó sentirme llena por él hizo que arqueara la espalda.
Él se incorporó un poco, apoyando su espalda en el cabecero de mi cama, para presionar su frente con la mía, respirando con fuerza.
—Eres preciosa —jadeó.
Volví a tomar con fuerza sus labios mientras movía mis caderas.
—Y tú sabes tan bien… —dije, a través de mi respiración entrecortada.
Mattheo rodeó mi cintura con firmeza, y acompañó mis movimientos, haciendo que lo sintiera más profundo.
De su garganta salió un gemido feroz, y se inclinó más hacia mí, saboreando mis pechos, mientras embestía cada vez más fuerte. Me aferré a sus hombros, clavando mis uñas en su piel. Mattheo me embistió más y más, sin piedad, hasta que ya no aguaté más y me corrí con un profundo gemido. Mattheo se corrió junto a mí, y me deleité con el pulso palpitante de su polla dentro de mí. Después, nos quedamos en silencio.
Me coloqué de lado en la cama, para poder deleitarme con las vistas de su cuerpo perfecto, mientras él intentaba acompasar su respiración.
—¿Crees que algún día conseguiré caerle bien a tu elfa? —preguntó, colocando sus brazos detrás de su cabeza.
—Bueno, sobre eso… No es por ti, sino por tu familia —dije.
—¿Mi familia? —preguntó confuso, poniéndose de lado para poder mirarme.
—Verás… Al parecer, tu antepasado, Ominis Gaunt, estaba enamorado de mi tatarabuela, Rosalie Sallow —empecé. —Ella era capaz de extraer magia de los focos de magia antigua. Rosalie no correspondía a Ominis, sino que estaba enamorada de mi tatarabuelo Sebastian. Así que Ominis, de algún modo, consiguió absorber el foco de magia dentro de él, y hizo que solo pudiera canalizarse a través de una varita mágica. Entonces, obligó a Rosalie a hacer una elección: o se iba con él, y le permitiría seguir usando la magia antigua, o se quedaba con Sebastian, no pudiendo usar ese tipo de magia nunca más.
—Y Rosalie se quedó con Sebastian —afirmó él, después de escuchar atentamente mi historia.
—Sí —asentí. —Unos años después se casaron, y Seraphina cree firmemente que Ominis Gaunt lanzó una maldición a mi familia, según la cual no habrá más mujeres Sallow, y todos los descendientes morirán a una edad temprana.
—Suena a algo que haría un lunático Gaunt… —dijo.
—Bueno, no creo que lo de la maldición funcione así… —dije. —Sí, todos los descendientes Sallow han muerto antes de cumplir los cuarenta años, pero sí ha habido más mujeres Sallow: Yo —finalicé.
—Entonces, estábamos conectados desde incluso antes de nacer —dijo, pensativo.
—Supongo… —me encogí de hombros.
—Tu tatarabuela fue lista al elegir a Sebastian —dijo. —Nadie querría estar con un maldito psicópata.
Al verlo así, desnudo y vulnerable en mi cama, me di cuenta de que ya no había vuelta atrás: estaba completa e irremediablemente enamorada de Mattheo Riddle.
—No digas eso —lo regañé, mientras acariciaba su mejilla.
—Soy un desquiciado, Rosalie. Un asesino…
Sus palabras hicieron que mi corazón se saltara un latido.
—¿A qué viene eso ahora? —pregunté, con el ceño fruncido.
—No creo que realmente entiendas lo que significa estar con alguien como yo. No creo que realmente entiendas los sacrificios, la desconfianza y el dolor que te conllevará ser mía… —dijo, bajando la voz.
—Mattheo… Te conozco —dije, incorporándome. —No creo que realmente quieras hacer las cosas que haces. No creo que disfrutes haciéndolas…
Él soltó una sonrisa lacónica, incorporándose también.
—Quizá no disfrute asesinando, pero tampoco me importa. Estoy roto por dentro… Yo… —empezó, pero se lo pensó mejor y se quedó callado.
—¿Tú qué? —pregunté. Necesitaba que se abriera conmigo.
—Estoy condenado a arder en el infierno, Rosalie… Mi padre me obligó a realizar un Juramento Inquebrantable: fidelidad eterna —soltó. —Tendré que hacer todo lo que él me pida, durante el resto de mi patética vida. ¿Querías saber por qué he venido a Hogwarts este curso? No podría decírtelo, ni aunque quisiera, porque moriría, pero te aseguro que no es para nada bueno… Yo… —se rompió. —Y no puedo arrastrarte a esto, a esta oscuridad…
Y ahí estaba la verdad por fin. Un Juramento Inquebrantable de fidelidad eterna al Señor Oscuro.
—Mattheo… —dije, intentando reprimir las lágrimas que se estaban acumulando en mis ojos.
—No me mires así, Rosalie —pidió, con voz grave, mientras sus ojos se volvían más oscuros. —Sé lo que estás pensando: Pobre Mattheo, solo es un buen chico al que han obligado a asesinar. No se trata de eso —me advirtió —Soy capaz de hacer lo que sea necesario para conseguir mis objetivos, y no siento ningún remordimiento por ello. Sí, Voldemort me hizo jurarle que sería su títere, su marioneta, pero te aseguro que no soy un buen chico…
Ahí estaba de nuevo: la faceta destructiva de Mattheo. Me desquiciaba la forma en la que podía cambiar de personalidad al instante.
—Creo que si ese Juramento Inquebrantable pudiera romperse, no seguirías siendo un mortífago. Creo que no seguirías siendo un asesino. Te conozco.
Él soltó una risa irónica.
—Soy el hijo del Señor Oscuro. El Heredero de los Gaunt y Salazar Slytherin, Rosalie. Es mi puto destino, mi puto infierno. Además, no importa lo que creas, Rosalie. Es un Juramento Inquebrantable. No puede romperse.
Abrí la boca para contradecirlo, pero no pude.
Mattheo salió de mi habitación, dando un portazo.
Incapaz de dormir, bajé al salón, intentando procesar todo lo que él me había dicho. Deambulé por el salón, y entonces, vi a mi gata Morgana sobre un pequeño paquete bajo el árbol de Navidad. Lo abrí, rasgando el papel. Era una caja con una nota escrita: "Feliz Navidad, y feliz cumpleaños, princesa. No todos los días cumple una la mayoría de edad". Me senté en el sofá y abrí la caja con cuidado, encontrándome con una primera edición de Cumbres Borrascosas. Con cuidado, abrí la tapa y encontré otra nota: "Si todo pereciera y él se salvara, yo podría seguir existiendo; pero si todo lo demás permaneciera y él fuera aniquilado, el universo entero se convertiría en un desconocido totalmente extraño para mí. M.R.".
La habitación parecía más fría y oscura después de las revelaciones de Mattheo. Me quedé allí, sosteniendo el libro entre mis manos, leyendo las palabras que había escrito en la nota.
Algunos minutos después, escuché la puerta abrirse detrás de mí. Me volví rápidamente, y vi a Mattheo, acercándose lentamente hacia mí. Sin decir una palabra, se tumbó junto a mí, en el sofá, colocando su cabeza sobre mis muslos.
—No deberías haberlo abierto hasta mañana —murmuró. —Eres demasiado impaciente.
—Y tú eres un completo idiota —suspiré, mientras le acariciaba el pelo.
