CAPÍTULO 24. SAN VALENTÍN
Tras las vacaciones de Navidad, Mattheo y yo volvimos a Hogwarts. Todo iba relativamente bien, aunque notaba que la mitad de los alumnos de Hogwarts me odiaban, mientras la otra mitad me temían. Supongo que convertirse en la novia del hijo de Lord Voldemort y heredero de Slytherin provocaba esos sentimientos…
Me pasé meses buscando alguna maldita forma de romper un Juramento Inquebrantable, pero como su propio nombre indicaba, era precisamente eso: Inquebrantable.
Mattheo y yo no hablábamos nunca de su familia, ni de sus misiones… Se me rompía el corazón cada vez que recibía una llamada para asistir a alguna reunión de mortífagos. Me engañaba a mí misma intentando no pensar en las cosas que hacía, y en quién era realmente. Como en ese momento…
—¡¿Se puede saber qué hacéis?! —los fulminé con la mirada, corría hacia Mattheo, Draco y Blaise, quien estaban haciendo levitar bocabajo a un alumno de Gryffindor que no tendría más de trece años.
El chico pataleaba y lloraba mientras colgaba sobre el césped del Patio del Reloj.
—Créeme, princesa, se lo merecía —dijo Mattheo, mientras se levantaba del suelo y besaba.
El contacto de sus labios calientes y aterciopelados no tardó en hacer efecto en mí, provocando que casi me olvidara del pobre Gryffindor bocabajo.
—Bájalo, Mattheo —le advertí.
—¿Tienes algo que decirle a Rosalie, ahora que la tienes delante, asqueroso Sangre Sucia? —siseó Draco al chico.
—¿A mí? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Déjalo, Draco —le dijo Mattheo, mientras colocaba una mano en mi cintura y nos alejaba de allí.
Mattheo se sentó en un muro de piedra, al final del patio, y me hizo sentarme sobre sus rodillas.
—¿Qué había dicho ese chico sobre mí? —pregunté.
Sus ojos destilaron un destello de ira al recordar al Gryffindor.
—Algo que ni él, ni nadie más en este estúpido colegio se atreverá a repetir, a no ser que quieran que les torture lenta y dolorosamente —dijo.
Sabía que lo decía enserio, así que decidí cambiar de tema para intentar tranquilizarlo.
—¿Sabías que hoy es… San Valentín? —pregunté lo primero que se me vino a la cabeza.
—¿Ah, sí? —preguntó él, con una sonrisa torcida. —¿Y tienes algún plan en mente? ¿No pretenderás que te lleve al Salón de Madame Pudipié, verdad? —preguntó, horrorizado.
Solté una carcajada.
—Aunque no puedo negar que suena tentador ver a Mattheo Riddle tomando té en una taza color rosa… —bromeé. —Había pensado que quizá podríamos quedarnos en tu habitación —dije, con una sonrisa seductora.
Empecé a sentir un calor sofocante cuando noté el miembro de Mattheo hinchándose en mi sexo, a través de la tela de mi falda.
—Me parece un plan genial, princesa —sonrió, revolviéndose en el banco.
—¡Sallow, Riddle! —regañó la profesora McGonagall, desde la otra punta del patio. —Quiero que entre vuestros cuerpos haya el espacio suficiente como para que quepan en medio dos varitas! —exclamó.
No pude contener la risa por las palabras de la profesora.
—Es una pena que la Profesora McGonagall esté justo ahí… —susurré. —Porque ahora mismo me encantaría besarte —dije, con voz seductora.
—¿Entonces, por qué no lo haces? —me retó Mattheo, con voz grave.
—¿Te gustaría? —susurré, mientras movía imperceptiblemente mis caderas sobre su miembro.
—Joder, Rosalie… —maldijo, por mi contacto. —Por supuesto que me gustaría.
—¡Sallow! —volvió a regañar la Profesora Mcgonagall.
Conteniendo la risa, me levanté de encima de Mattheo.
—Me temo que tendrás que esperar a esta noche —me burlé.
Mattheo agarró su túnica y se tapó la entrepierna, para que nadie pudiera notar la erección que le había provocado.
—¡Pienso devolvértela, princesa! —gritó, mientras me alejaba.
Tras terminar las clases, me dirigí al Gran Comedor, donde había quedado con Pansy y Theo.
—¿Dónde está tu novio psicópata? —bromeó Pansy.
—Probablemente, haciendo cosas de novio psicópata —respondí riendo, mientras me sentaba frente a ellos.
—¿Crees que es gracioso, Rosalie? —me espetó él.
—¿Disculpa? —pregunté, frunciendo el ceño, sin entender a qué venía ese ataque por parte de mi amigo.
—¡Es el puto hijo de Voldemort, Rosalie! —exclamó, enfadado. —¿Acaso no te has enterado de a qué se dedican los mortífagos como él y mi padre? ¡A asesinar muggles!
Sabía que a Theo no le hacía mucha gracia mi relación con Mattheo Riddle. Durante los últimos meses no había parado de hacer comentarios despectivos hacia él y mi relación, pero gritarme de ese modo delante de todo el Gran Comedor era pasarse de la raya.
—Theo… —lo reprendió Pansy, cuando todos los estudiantes del gran comedor se dieron la vuelta hacia nosotros, curiosos.
—¡Tú no te metas, Pansy! —le espetó. —Las dos sois iguales: dos zorras patéticas que van por ahí babeando por asesinos —escupió las palabras.
Me quedé helada en el sitio, incapaz de contestar.
—¿Te gustaría repetir lo que acabas de decir, Nott? —preguntó Mattheo, con voz amenazadora, mientras tiraba de Theo hacia atrás con fuerza, provocando que se cayera del banco.
Nott se levantó del suelo rápidamente, para encararse con Mattheo, mientras sacaba su varita con rapidez y le apuntaba en el cuello.
Mattheo adoptó su sonrisa arrogante. Nott no era rival, y él lo sabía.
Corrí hacia ellos, pero ya era demasiado tarde, y lo siguiente ocurrió en cámara lenta.
—Desma… —empezó a hechizar Theo
Pero Mattheo era experto en lanzar maldiciones sin varita, así que antes de que Nott pudiera terminar, salió disparado por los aires, hasta que chocó con la puerta de entrada, en la otra punta del Gran Comedor.
—Te has pasado —fulminé a Mattheo con la mirada.
—Ha empezado él —dijo simplemente, encogiéndose de hombros.
Puse los ojos en blanco y salí dando grandes zancadas del Gran Comedor.
—¡Rosalie! —llamó Mattheo, mientras me seguía. —¡Rosalie, ven! —gritó. —¡Detente de una maldita vez! —dijo, alcanzándome.
Paré en seco y clavé mis ojos en los suyos.
—No me des órdenes —le advertí. —¿¡Crees que puedes ir por la vida maldiciendo a mis amigos?!
—Tu "amigo" te ha llamado zorra —me recordó.
—¡No soy una dama en apuros que necesita tu protección, Mattheo! ¡Soy perfectamente capaz de defenderme por mí misma! —grité, antes de darme la vuelta de nuevo.
—¡No te atrevas a darme la espalda, Rosalie! —rugió.
La forma en que me habló hizo que me congelara, pero hice acopio de todo el valor que me quedaba y seguí andando.
—Lo siento… —soltó, finalmente, haciéndome detenerme.
Solté un pesado suspiro, y Mattheo se colocó frente a mí y me acarició la mejilla con suavidad.
Y eso bastaba para hacerme olvidar cualquier maldad que hubiera hecho…
—Ven, quiero enseñarte algo —pidió, mientras agarraba mi mano.
Dudé un segundo, pero no podría negarme ni aunque hubiera querido. Hubiera caminado sobre fuego si Mattheo Riddle me lo hubiera pedido.
Caminamos en silencio a través del bosque prohibido, hasta que llegamos a un pequeño acantilado desde el que podía verse el Lago Negro. Estaba anocheciendo, y la luna se reflejaba tímidamente sobre el lago.
—Tengo un regalo de San Valentín para ti.
—Sigo enfadada contigo —me crucé de brazos, mientras lo miraba.
—¿Te acuerdas de que, a principio de curso, Snape nos enseñó a conjurar un Patronus? —preguntó.
—Sí. Y recuerdo que te fuiste de clase como un idiota, ni siquiera lo intentaste —le increpé.
—Porque ya lo había intentado antes… —admitió. —Nunca había sido capaz de hacerlo, porque nunca había tenido un recuerdo lo suficientemente feliz.
A pesar del enfado que sentía con él, no pude evitar que sus palabras derritieran un poco mi corazón.
—¿Y ahora tienes uno? —pregunté.
—Tengo muchos —dijo, mientras me clavaba sus ojos oscuros. —Y todos ellos son contigo —admitió, provocando que un escalofrío placentero recorriera toda mi columna. —Expecto Patronum —conjuró.
De pronto, una potente luz blanca salió de la varita oscura de Mattheo, materializándose en un gigantesco y hermoso lobo plateado.
Se me cortó la respiración al contemplar su Patronus, que era la forma masculina del mío, de mi loba.
Mattheo nunca me había dicho que me amaba. Él nunca expresaba sus sentimientos, solo los camuflaba con bromas. Yo tampoco le había dicho que lo amaba todavía, aunque hacía tiempo que lo sabía, porque no estaba dispuesta a ser la primera en decirlo y perder el poco control que me quedaba… Pero esto… Que el Patronus de Mattheo se complementara con el mío, era suficiente para mí. Al menos, por el momento
Incapaz de hablar, conjuré a mi loba, que se colocó frente al Patronus de Mattheo, y empezaron a aullar juntos a la luna.
