CAPÍTULO 26. LA MANSIÓN RIDDLE

Las dos semanas siguientes transcurrieron de forma extraña. Era como un autómata, una maldita marioneta: me levantaba, iba a clase y volvía a mi habitación. La vida seguía orbitando a mi alrededor, pero mi mente estaba metida en una especie de burbuja, desconectada del mundo real. Cada segundo que pasaba era una repetición monótona, una sensación constante de vacío.

Mattheo había desaparecido completamente, tan repentinamente como había aparecido aquél día de inicio de curso. Y no sabía si eso lo hacía más fácil, o más difícil…

Pansy y Theo entraban y salían de mi habitación. Intentaban hablarme, consolarme, sacarme de allí. Pero mi cuerpo estaba sumido en una especie de letargo.

—Por favor, Rosalie… —suplicó Pansy, la noche antes de terminar el curso, mientras yo estaba tumbada en mi cama acariciando a Morgana.

Intenté enfocar mi mirada en ella, prestarle atención, pero me sentía mareada.

—Ven a pasar las vacaciones de verano a mi casa —pidió.

—No —respondí, mecánicamente.

—¡Por Merlín, Rosalie! —exclamó.

—Tú no lo entiendes, Pansy, él… No me quiere —pronuncié, por primera vez, en voz alta. —Nunca me quiso. Solo fui para él… Algún tipo de diversión pasajera.

—¿De verdad crees eso? —preguntó, poniendo los ojos en blanco. —La única persona que no se ha enterado de que Mattheo Riddle está enamorado de ti, eres tú, Rosalie —suspiró. —Mira, según lo que me ha contado Draco, tiene problemas muy gordos. Y, en mi opinión, sólo intentaba no involucrarte más en ellos.

Unos golpes fuertes en la puerta interrumpieron a Pansy, quien fue a abrir rápidamente.

—¿Draco, qué haces aquí? —le preguntó cuando abrió.

—¿Puedo hablar con Rosalie? —preguntó, con urgencia.

Antes de que Pansy respondiera, Malfoy irrumpió en nuestra habitación. Sus ojos destilaban nerviosismo, y sus manos temblaban ligeramente.`

—Sal, Pansy —le ordenó a mi amiga.

Ella puso los ojos en blanco, pero la expresión de Malfoy indicaba que no le quedaba mucha paciencia, así que obedeció y cerró la puerta tras salir de la habitación.

—Rosalie… —empezó Draco.

Miré sus ojos grises, llenos de urgencia. Malfoy y yo nunca habíamos sido amigos. Y si venía a pedirme algo, estaba claro que era importante.

—¿Qué pasa? —pregunté, mientras me incorporaba de la cama e intentaba concentrarme en sus palabras.

—Es Mattheo… —soltó.

La mera mención de su nombre provocó que mi corazón, ya de por sí destrozado, se partiera en más pedazos.

Seguí mirándole, en silencio, invitándolo a continuar.

—Creo que ya sabes lo del Juramento Inquebrantable… —empezó él.

Yo simplemente asentí.

—Quiere desobedecer las órdenes del Señor Oscuro, Rosalie, faltar a su promesa.

Intenté procesar sus palabras, pero una niebla densa nublaba mi mente.

—¿Por qué? —logré balbucear.

—Quiere dejarse morir —pronunció muy lentamente, para que le entendiera.

Sentí cómo la bilis subía lentamente por mi garganta, abrasando mi interior.

—No sé que crees que puedo hacer yo al respecto, Draco, pero… —empecé.

—Rosalie, Mattheo está enamorado de ti —me interrumpió.

—No —negué con la cabeza.

—Escúchame, Mattheo es como mi hermano. Te aseguro que no estaría aquí, traicionando al Señor Tenebroso si no fuera por él. Voldemort nos mandó una misión que afectará a Hogwarts, que te afectará a ti, y Mattheo está decidido a incumplirla. Por ti.

Tragué saliva con fuerza, mientras el peso de sus palabras me hundía más y más en la cama.

—Draco, le dije que lo amaba. Le dije que no saldría huyendo, y aún así, le dio igual. Se marchó… —dije, mientras sentía cómo se me estrujaba el corazón.

—¡Rosalie! —exclamó, zarandeándome por los hombros. —Mattheo no quería involucrarte en todo esto. Él cree que eres demasiado buena para él, y no quiere arrastrarte con su oscuridad. Si se enterara de que estoy aquí, diciéndote esto, probablemente me mataría. Pero eres la única persona que puede ayudarle. Sálvalo —pidió.

Parpadeé un par de veces, como si despertara por fin de mi letargo.

—¿Dónde está? —pregunté, después de un largo silencio, con una determinación recién descubierta.

—En la mansión Riddle —respondió, provocándome un escalofrío en la columna. —Tiene que ser esta noche, Rosalie. Ahora —explicó. —Sus padres están en mi casa, iré allí y los entretendré, para que tu puedas buscar a Mattheo y convencerlo de que no haga una locura.

—De acuerdo, sólo dame un segundo —pedí, mientras rebuscaba en el cajón de mi mesilla.

Encontré la varita de magia antigua, y me la metí en la cintura de la falda del uniforme. No iba a funcionar. El foco de magia antigua del que se alimentaba había desaparecido con la muerte de Ominis Gaunt. Pero sentí que la necesitaba, aunque fuera a modo de amuleto…

Draco se desapareció conmigo, dejándome allí, sola. Tragué con fuerza cuando la imponente mansión se alzó, amenazadora, ante mí.

Me adentré con cautela. Su arquitectura oscura y siniestra emanaba un aura aterradora, como si ocultara secretos terribles en sus sombras. Los altos ventanales parecían ojos vigilantes, y la atmósfera estaba cargada de un silencio inquietante. Subí en silencio las escaleras hacia la única habitación que emanaba luz.

No sabía muy bien qué estaba haciendo, ni qué iba a decirle. ¿Iba a pedirle que siguiera a las órdenes de su padre, de Lord Voldemort? Sí, si eso le salvaba la vida.

Lo vi ahí, dentro de lo que supuse que sería su habitación. Un espacio oscuro, iluminado por una luz cetrina. Mattheo estaba de pie, junto a la ventana, con la mirada perdida en la oscuridad de la noche.

—¿Mattheo? —lo llamé, con voz temblorosa, mientras entraba en la habitación.

Él levantó su vista hacia mí. Estaba pálido y ojeroso. El sudor frío llenaba su rostro y su cuello. Se quedó en trance durante un momento, como si dudara de si lo que estaba viendo era real o un espejismo.

—No quiero que estés aquí —dijo, finalmente, con voz ronca.

—Mattheo… —empecé.

—No te quiero aquí, Rosalie. No quiero verte. ¡Vete! ¡Sal de aquí! —gritó, fuera de sí.

Su mirada era fría y distante

—No voy a irme —respondí, decidida.

Mattheo soltó un pesado suspiro. Quería irme, quería abandonar esta casa de los horrores. Pero no pensaba irme sin él.

—¡Te lo ordeno, vete! —exclamó.

—¿Me lo ordenas? —fruncí el ceño. —¡Voy a quedarme aquí! ¡Lo ordeno yo! —le grité yo también.

—Por favor, Rosalie… —suplicó, mientras se le quebraba la voz. —Por favor, vete…

—No —repetí con decisión. —¿Tú me amas? —pregunté, haciendo acopio de todo mi valor.

—Estoy intentando protegerte —dijo, clavando sus hermosos ojos castaños en mí.

—¿Me amas? —repetí, ignorando sus excusas.

—Yo… Yo no puedo… Esta conversación es… —balbuceó. —No puedo hacer esto.

—¿Me amas? —repetí, mecánicamente.

No me iría sin él, ni sin una respuesta.

—Yo nunca quise…

—¿Me amas? —lo interrumpí.

—¡Rosalie, para, por favor! —suplicó.

Estaba agotado. Lo veía en sus ojos. Pero yo no iba a rendirme.

—¿Todo esto es porque no crees que nadie pueda amarte? —pregunté. —¿Es porque no crees que yo pueda amarte? Porque lo hago. Te amo, Mattheo Riddle —dije.

—Estoy desquiciado, Rosalie. Soy un peligro —soltó. —En mi mente se cuelan y entrometen mundos diferentes. Yo… El infierno y la tierra chocan dentro de mi cabeza.

—¿Me amas? —pregunté, exhausta.

—No puedes desear una vida conmigo, Rosalie… ¡Nadie podría desear eso! —gritó.

—¡Mattheo! —alcé la voz, para que se centrara en mis palabras. —¡Te prometo que estaré contigo entre la tierra y el infierno! ¡Te diré dónde estás y quién eres! —sollocé. —¡¿Tú me amas?! —grité.

—¡Te amo! —explotó, por fin. —Desde el mo… Desde el momento en que te vi por primera vez en el Gran Comedor, te he amado desesperadamente. ¡No puedo respirar cuando no estas cerca de mí! Te amo, Rosalie Sallow.

Corrí con desesperación a sus brazos, y él me agarró por la cintura con fuerza. Mattheo acarició mi mejilla, como si quisiera asegurarse de que era real y no un sueño fugaz. Sus ojos, aunque cansados, brillaban con una mezcla de amor y anhelo. Y entonces, le besé, como si mi vida entera dependiera de ello. Como si quisiera fundir nuestros cuerpos en uno solo. Mattheo me devolvió el beso con fuerza, con desesperación, haciendo arder al instante todas mis terminaciones nerviosas.

El sonido de una carcajada nos sobresaltó, haciendo que nuestros labios se separaran de golpe. Una carcajada aguda y perversa, que hizo que un escalofrío recorriera toda mi columna vertebral.