CAPÍTULO 27. LA BRUJA TENEBROSA

Con la respiración contenida, contemplé fijamente los ojos oscuros de la bruja tenebrosa frente a mí. Ella me devolvió la mirada complacida, con la varita en alto. A pesar del brillo maniático y cruel que emanaba de sus pupilas, no podía negarse que era hermosa, o al menos, lo había sido en su juventud, antes de que los años en Azkaban hubieran dejado marcas y arrugas en su piel pálida como la luna, y canas en su melena alborotada, negra como el abismo.

Miré a Mattheo por el rabillo del ojo. Estaba apretando los dientes con fuerza, con la mirada fija en su madre, que seguía riendo bajo el marco de la puerta. Él instintivamente agarró mi cintura con una mano, mientras sostenía con fuerza su varita con la otra. Aunque no apuntaba a su madre con ella, se mantenía alerta. Volví a mirar a Bellatrix Lestrange.

—¡Qué escena tan emotiva! —sonrió, con los dientes amarillos.

—Madre —saludó Mattheo, con frialdad.

—¿No vas a presentarme a tu amiguita, Mattheo? —preguntó ella, mientras se acercaba a nosotros.

—Se llama Rosalie —dijo Mattheo, tenso. —Y ya nos íbamos.

—Rosalie… ¿qué más? —preguntó ella, mientras agarraba distraída un mechón de mi pelo y lo examinaba con atención.

—Rosalie Sallow —respondí, intentando que no me temblara la voz.

—Sallow… —comentó ella, pensativa. —Eres Sangre Limpia, ¿verdad, querida? —preguntó ella, con fingida voz inocente. —Tu familia forma parte de los Sagrados Veintiocho…

—Sí —respondí, con sequedad.

Mattheo me apretó más contra su cuerpo. Estaba en estado de shock. En casa de Lord Voldemort, con su hijo, a quien acababa de confesar mi amor, y frente a mi suegra, Bellatrix Lestrange, una mortífaga peligrosa fugada de Azkaban…

—Debo reconocer que estoy impresionada, Mattheo —apreció ella, con voz demasiado aguda e infantil. —Una chica preciosa, de buena familia y de Sangre Pura… —dijo, pasándose la lengua por los dientes. —Tienes un gusto exquisito, querido. Después de todo, las conexiones adecuadas lo son todo, sobre todo en estos tiempos turbulentos —sonrió de forma maníaca.

—Si has acabado con tu interrogatorio, madre… Tenemos prisa —dijo Mattheo, dando un paso hacia adelante.

Pero Bellatrix lo detuvo colocando su varita torcida en su pecho.

—No tan rápido, cariño —canturreó. —Tienes trabajo que hacer en Hogwarts, ¿lo has olvidado? Órdenes del Señor Oscuro que cumplir… Mientras, yo me quedaré con la preciosidad de ojos verdes venenosos, deberíamos ponernos al día —soltó una sonrisa que la hacía parecer todavía más terrorífica.

—No —dijo Mattheo, con determinación.

—¿Qué has dicho, querido? —pronunció ella muy lentamente, hundiendo aún más la varita en el pecho de Mattheo. —Ya sabes que no puedes negarte a cumplir las órdenes del Señor Oscuro.

—Mattheo, ve —dije, rápidamente.

Sentía que me volvía loca cuando las palabras salieron de mi boca. Le estaba enviando directamente al infierno. No sabía cuál era su misión, pero con certeza era algo horrible. Y yo le estaba pidiendo que fuera, a cambio de salvar su vida.

Él me miró un momento y pude ver el verdadero dolor en sus ojos. Dolor por tener que seguir siendo el títere de su padre. Dolor porque sabía que estaba pisoteando mis principios de nuevo, por él. Dolor puro y demoledor.

—No voy a dejarte aquí con ella —dijo, clavándome sus ojos oscuros.

—Mi paciencia se está agotando, Mattheo —amenazó ella, con voz aguda.

—¡Ve! —supliqué, separándome de él.

—Me das asco —dijo Mattheo, mirando a los ojos perturbados de su madre, con la mandíbula apretada.

Ella soltó una aguda y estremecedora carcajada, enseñando todos los dientes, pero luego, miró fijamente a Mattheo, a quien seguía apuntando con la varita.

¡Crucio! —gritó, desquiciada.

El hilo verde que salía de la punta de su varita se reflejó en los ojos de Mattheo mientras se dirigía hacia él a toda velocidad. El grito de dolor que escapó de sus labios resonó en la oscura habitación, como un lamento desgarrador. Parecía romper el propio tejido del lugar, un gemido de sufrimiento insoportable que retumbó en los rincones más profundos de mi alma.

Vi como su cuerpo se arqueaba hacia atrás, como si estuviera siendo sometido a una fuerza invisible y maligna que lo retorcía en agonía. Sus manos intentaban agarrar el aire con desesperación, sus dedos se crisparon y sus uñas se clavaron en sus palmas, intentando encontrar algo a lo que aferrarse para soportar el tormento.

Su rostro se contorsionó en una mueca de dolor indescriptible. Los músculos de su mandíbula se tensaron, sus dientes se apretaron con fuerza, y sus ojos grises, que solían irradiar determinación, ahora reflejaban puro dolor y desesperación.

Cada segundo que pasaba era una eternidad de sufrimiento para él, y el dolor parecía incrementarse, como si una oleada de tormento recorriera su cuerpo sin piedad.

Busqué desesperadamente en la cintura de mi falda mi varita y apunté a Bellatrix Lestrange. Ese gesto fue suficiente para captar su atención, porque dejó de apuntar a Mattheo, que paró de gritar, y dirigió su varita hacia mí.

Aunque estaba totalmente aterrorizada, no lamentaba ninguna de las decisiones que había tomado durante ese curso, y que me habían llevado hasta ese preciso instante.

Tenía claro que enfrentaría a la muerte con dignidad. Tal y como decía Shakespeare: "Los placeres violentos terminan en la violencia y tienen en su triunfo su propia muerte, del mismo modo en que se consumen el fuego y la pólvora en un beso voraz". Cuando la vida te ofrece un placer que supera con creces cualquiera de tus mediocres expectativas, no parece razonable lamentarse de su final. A mí la vida me había ofrecido a Mattheo Riddle, y de lo único que podía arrepentirme era de que hubiera sido un placer tan efímero.

La bruja tenebrosa sonrió de forma estremecedora mientras avanzaba decidida, lista para matarme.

Miré mi mano, y me di cuenta de que lo que estaba sujetando no era mi varita, sino la de magia antigua.

Por favor… Pensé para mí misma, rogándole mentalmente a todas las fuerzas del universo que funcionara.

Pero Bellatrix Lestrange fue más rápida.

¡Avada Kedavra! —rugió ella, mientras dirigía el rayo verde a una velocidad vertiginosa hacia mí.

Permanecí con los ojos abiertos, mientras contemplaba a cámara lenta cómo se acercaba más y más, pero cuando estaba a punto de chocar de lleno contra mí, Mattheo se interpuso, de espaldas a Bellatrix, mientras me agarraba la mano y clavaba los ojos oscuros por los que habría caminado sobre fuego, en mí.

Cuando la Maldición Asesina de Bellatrix iba a impactar en la espalda de Mattheo, apreté con fuerza su mano, y con la otra, la varita de magia antigua, provocando que un escudo blanco se formara sobre los dos, protegiéndonos.

El hechizo de la mortífaga finalmente rebotó contra nuestro escudo protector, destrozándolo en mil partículas de luz cegadora que la hicieron volar contra la pared.