CAPÍTULO 28. LA MANSIÓN SALLOW

En un último esfuerzo, Mattheo nos hizo desaparecer, y, en un abrir y cerrar de ojos, estábamos en mi habitación, en la mansión Sallow.

Miré a Mattheo, cuyo cuerpo convulsionaba violentamente en mis brazos. La magia que había desencadenado para la desaparición apresurada había agotado sus últimas fuerzas.

—Mattheo —murmuré, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de mi voz. —¡Seraphina! —llamé, en un grito desesperado.

El rostro de Mattheo estaba pálido, y las gotas de sudor cubrían su frente. Seraphina apareció de inmediato, y empezó a temblar al darse cuenta de la escena que se desarrollaba frente a ella.

—Señorita Rosalie… —dijo, mirándome con lástima.

—¡Ayúdale! — le ordené, fuera de mí.

Ella lanzó rápidamente una retahíla de encantamientos, pero ninguno ayudó a Mattheo.

—Rosalie… —susurró él, con una voz apenas audible.

—No, no hables, descansa —dije rápidamente. —Voy a ir a Hogwarts a buscar la ayuda de algún profesor y…

—No puedes ir a Hogwarts —ordenó. Los mortífagos están allí.

—¿Los mortífagos? —pregunté, confusa.

—Esa era mi misión, desde el principio —tosió. —Averiguar la manera de meterlos en Hogwarts, y matar a Dumbledore —sentenció. —No he acabado mi misión, así que Draco la habrá terminado por mí… —divagó.

—Cállate —ordené. —No puedes decirme nada, el Juramento Inquebrantable te impide…

—Lo has roto, lo he notado —dijo, interrumpiéndome.

—¿Cómo? —sollocé, incapaz de aguantar las lágrimas por más tiempo.

—Siempre has sido una bruja extraordinaria, princesa —dijo, acariciándome la mejilla y limpiándome las lágrimas.

Mattheo volvió a toser con violencia.

—Mattheo… —lloré.

—No hay tiempo, cara mia —intentó sonreír débilmente. Pero la agonía en sus ojos lo delataba. —Escúchame: tienes que irte. Vete a Roma, con Seraphina. Escóndete.

—No voy a irme a ningún lado, Mattheo —dije con decisión. —Y no hables como si fueras a morir, no voy a permitirlo.

—Eres de lejos lo mejor que me ha pasado en mi patética existencia… El hecho de poder morir sabiendo que he sido amado, no por cualquiera, sino por ti, Rosalie Sallow, es el epítome de una vida plena —dijo, con la respiración entrecortada.

Y entonces, hice lo único que podía hacer: besarle. Besarle con fuerza, como si pudiera transferirle parte de mi fuerza vital. Sus labios, pálidos y fríos, respondieron con ternura y desesperación.

—Te amo, Rosalie… —dijo, con la respiración entrecortada.

—Demuéstramelo, ¡quédate conmigo! —supliqué.

—No puedo… —susurró, antes de cerrar los ojos.