EPÍLOGO
No sé durante cuanto tiempo me quedé abrazando al cuerpo inherte de Mattheo Riddle, pero, cuando los primeros rayos de sol empezaron a colarse por mi ventana, escuché cómo alguien abría la puerta de mi habitación.
Incapaz de darme la vuelta, o reaccionar, seguí aferrándome a él. Si era alguien que venía a matarme, entonces, al menos moriría a su lado.
—¿Qué diablos ha pasado? —escuché la voz de la Profesora McGonagall.
—¿El Director Dumbledore ha muerto? —logré articular.
—Así es —dijo con solemnidad la Profesora McGonagall.
—No ha sido él… No ha sido Mattheo —le dije.
—Ella se agachó al lado de Mattheo, y tocó su frente con dos dedos.
—No está muerto —anunció, dejándome sin respiración.
—¿Cómo? —jadeé.
—No está muerto —pronunció más lentamente.
Por fin encontré fuerzas para levantar la cabeza y mirar a los ojos azules y severos de la Profesora McGonagall.
—Sálvelo —supliqué. —Sálvelo, Profesora McGonagall, y se lo contaré todo.
