¡Hola! Soy Ziggy, ¿cómo están?
Es un pequeño one shot Elsanna fluff porque quedé enganchada con la canción "Ma Lady" de Miraculous y nada, terminé cayendo en la tentación de escribir algo bonito. Aunque nadie se lo pregunte (¿?) la canción que Anna puso al final fue "Hug Me" del Skz-replay porque es de mis canciones favortias y Jeongin es mi bias... asi que vayan a escucharlos:D
Bueno, disfruten. 3
Anna miraba con cautela a la albina a su lado, como esta sonreía cada vez que pasaban por algún monumento importante en la ciudad parisina. Su clase había empezado a discutir sobre el arte y arquitectura francesa, por lo que Yelena no tuvo mejor idea que llevarlos a un viaje escolar para conocer mejor aquella hermosa ciudad. Kristoff estaba sentado detrás de ellas en el bus, mascando chicle y susurrándole cosas a Hans que no dejaba de poner los ojos en blanco. Los hermanos Nattura estaban casi al frente de todo por ser nietos de la profesora, que caminaba de una punta a la otra para revisar a cada estudiante. Anna no podía dejar pasar por alto las miradas de completo enfado que Honeymaren le lanzaba a cada rato, sabía y se notaba a leguas el enorme crush que la chica tenía con Elsa y no poder sentarse a su lado en aquel largo viaje era algo que la pelirroja disfrutaba por el simple hecho que la albina fue la que decidió sentarse con ella.
– ¿Crees que tengamos tiempo de probar algo de su gastronomía? – preguntó Elsa de repente, llamando la atención de Anna que se encogió de hombros – Porque siempre he querido probar los macarons de Ladurée, leí que es de las mejores.
– ¡Pfff! – Hans se inclinó hacia ellas –. No es la mejor.
– ¿Y cuál es según tu? – inquirió Anna.
– Tom & Sabine Boulangerie Patisserie – les hizo un gesto con la mano y sonrió –. Es la mejor de todas, no tengo duda de ello y las llevaré.
– ¿Y cuándo planeas hacer eso? – Kristoff se metió, guardando su teléfono para prestar atención al resto – Porque te recuerdo que venimos con Yelena y Weseltonio, ¡No hay forma que nos dejen salir a caminar por ahí!
– Tsk, tenme fe chico reno – pidió Hans.
Durante el resto del viaje, Hans y Kristoff discutieron, y Elsa apoyó su cabeza en el hombro de Anna que, en su interior, estaba sucediendo un código rojo por el simple acercamiento. Todas sus emociones estaban corriendo de un lado al otro, entrando en pánico y buscando alguna respuesta a cómo debía actuar en ese momento. Trago en seco, sintiendo el sudor en sus manos que, tristemente, no lograba secar por más veces que las pasara por su pantalón de chándal. Otra vez sentía la mirada de Honeymaren, era tan molesto que solo deseaba lanzarle algo para que dejara de hacerlo.
Cuando por fin llegas a su primer destino, Yelena les recordó todo el cronograma del día y Hans no había tardado ni un solo segundo en convencer a los dos adultos, sobre todo cuando repitió, en incontables veces, que su padre tranquilamente podría dejarlos sin trabajo. Anna odiaba cuando hacía eso al igual que Elsa y Kristoff, pero no podían negar que les había servido en más de una ocasión cuando lo necesitaban. La albina había entrelazado sus brazos y la obligó a caminar hacia la entrada del Museo del Louvre. Había algo que molestaba a Anna y no era la intensa mirada de Honey en su nuca, sino que alguien más las observaba desde lejos. Trató de mirar disimuladamente a todo su alrededor, quizás algún parisino curioso o una persona mayor asqueada por su acercamiento.
– Isabela Madrigal a las diez quince – le indicó Kristoff señalando con su cabeza de forma disimulada –. Creo que te odia.
– Pensé que le agradaba – balbuceó Anna.
– ¿Quién te odia? – preguntó Elsa, metiéndose en su conversación.
Se veía preocupada por eso y Anna no sabía bien que decirle, pero le agradeció a Hans cuando se la llevó lejos murmurando cosas sobre los cuadros de una sección en especial.
– Le agradabas hasta que Elsa se sentó contigo todo el viaje, se durmió sobre tu hombro y te agarro del brazo – explicó Kristoff en voz baja, dudaba que alguien pudiera escucharlos, pero era mejor prevenir que lamentar –. Además, medio salón sabe que Isabela también tiene un crush con Elsa.
« ¿Existe alguien que no tenga un crush con Elsa? » pensó irritada Anna.
No, claro que no le molestaba que más personas tuvieron alguna especie de crush con la albina, lo que le molestaba era que la odiaran a ella por solo tener suerte y saber cómo llamar su atención siendo ella misma. Elsa siempre se lo recordó y hoy en día Anna se sentía tan afortunada, pero torpe al mismo tiempo por no poder decirle sus sentimientos.
– ¿Sabes? Hoy es el día – anunció Anna y Kristoff la miró con interés –. Hoy le voy a decir a Elsa lo que siento.
– ¿Necesitas que llame a mi mamá para que te encienda una vela? – preguntó el rubio – Dice que es de buena suerte porque ella le reza...
– Oh, bueno si, si me ayuda...
Kristoff le sonrió, pasando su brazo por encima de los hombros de Anna para guiarla hasta donde estaba el resto del grupo. Eugene discutía algo con Cassandra que no dejaba de señalar uno de los cuadros, como si quisiera explicarle algo al chico que solo negaba con la cabeza y Elsa estaba cerca, escuchando su pleito mientras Hans le hablaba de otra cosa. La pelirroja no pudo evitar sonreír al verla, sentía una calidez en su pecho cada vez que estaba cerca y Kristoff se burló apenas entendió todo. La clase se había dispersado un poco apenas atravesaron las puertas del museo, quizás porque cada uno deseaba ver algo en específico y no en un grupo, además que Yelena les ofreció el resto del día libre para recorrer todos sus alrededores, recordando que a las seis de la tarde iban a regresar.
– ¡Es muy chiquita! – gritó Mérida con su acento tan marcado como la primera vez que Anna la escuchó hablar – ¡Pensé que sería mucho más grande!
Anna y Kristoff se acercaron a donde Mérida estaba junto a Rapunzel y Moana. Al ser un horario solo para excursiones escolares, el museo se encontraba más vacío y eso les permitía una excelente vista al famosos cuadro de la Monna Lisa. La escocesa tenía los ojos entrecerrados y apoyándose en la baranda de madera que había para separarlos.
– ¿Y por qué es tan famosa? ¡Ni siquiera tiene cejas! ¿Nadie lo notó? – se quejó Mérida– ¡Esto es una estafa!
– ¿Como vas a notar que le faltan las cejas si estas lejos? – preguntó Moana –. Espera, seguro Google tiene la respuesta...
Moana sacó su teléfono y Mérida se acercó para poder ver. Estuvieron unos pocos minutos, dejando de lado a los dos rubios y a Anna que miraba a su alrededor para buscar a Elsa. Para su suerte la vio acercarse con Hans e Isabela, que tenía su brazo alrededor de los hombros de la albina y eso solo causó una molestia en Anna.
– ¡Anna! – llamó Elsa – ¿Ya viste las estatuas?
Elsa se había alejado por completo de la colombiana mientras le hablaba a Anna, tomando su mano y llevándola al otro lado del enorme salón. Estaban solas en el sentido de que nadie de su clase estaba cerca y Anna lo tomó como la oportunidad perfecta. Su corazón latía tan rápido que estaba segura de que saldría de su pecho si seguía de esa forma, secaba sus manos a cada rato por el simple hecho de estar con la chica albina que causaba todo un huracán de emociones en ella.
– ¿No te parece hermoso? – preguntó la albina con una sonrisa.
– Si, eres hermosa – balbuceó Anna, queriendo que la tierra la tragara cuando cayó en cuenta lo que había dicho.
Abrió los ojos y sintió sus mejillas arder de vergüenza cuando vio a Elsa voltear con una expresión de confusión.
– ¿Qué?
– Que es hermosa la estatua – dijo tratando de sonreír –. ¡Una estatua muy muy hermosa! ¿No? Ja ja... – se apoyó sobre el barandal y mostró su mejor sonrisa.
« Estoy actuando normal, ¿no? ... por favor que no crea que estoy loca » pensó Anna.
Elsa la observó unos segundos y luego se encogió de hombros para seguir caminando, aquello lo agradeció la pelirroja que soltó un largo y pesado suspiró antes de seguirla.
« ¡Gracias Jesús! »
Siguieron caminando por varias salas, uniéndose a Kristoff y Hans que no dejaban de discutir con Mérida sobre algo. Anna deseo regresar en el tiempo solo para poder volver a tener ese momento a solas con la albina, quizás lograba convencer al resto de sus amigos de inventar una excusa para dejarlas otra vez solas y aprovechar la situación que no pensaba arruinar como antes. Quería y necesitaba ser discreta, algo que era tan difícil para ella y más en ese momento. Por eso agradeció tanto cuando Cassandra y Moana se acercaron para preguntarle su opinión.
– Elsa, siempre tienes una respuesta para todo – observó Moana –. Así que responde esto: ¿es mejor viajar al pasado o al futuro?
Anna cubrió sus labios para reírse ante la expresión de sorpresa en Elsa, quien se tomó su tiempo para responder. No escuchó su respuesta, solo la veía discutir con las otras dos chicas, sentía que el tiempo se movía tan lento cuando estaba cerca de la albina que podía pasar horas observándola.
« Anna, deja de mirarla, pareces una acosadora » se criticó a sí misma, sacudió la cabeza y se aclaró la garganta.
– ¿Les puedo robar a Elsa unos cuantos minutos? – pregunto Honeymaren.
Anna entrecerró los ojos, imaginando más mil formas de decirle que no y sacarla del mapa, no deseaba hacerle nada malo, solo quería que se alejara de Elsa lo más lejos posible y dejara de intentar llamar su atención cada vez que Anna hacía algún movimiento. Moana le hizo un gesto con la mano, pidiendo que cerrara la boca mientras Cassandra la ignoraba.
– Si me das un momento, estoy algo ocupada ahora mismo – habló Elsa.
– Puedo esperar – sonrió la chica.
Anna deseaba tanto agarrarla de esa trenza y mandarla a volar como hizo Tronchatoro en esa película.
– Oh Anna, no te vi – bromeó Honeymaren.
– ¿Ah? – la miró de arriba a abajo, juzgándola como siempre hizo y luego le mostró una sonrisa –. Que coincidencia... yo tampoco te registré.
Pudo ver la expresión molesta en la chica, como trataba de sonreír para no llamar la atención del resto. Cuando Elsa dejó de discutir, fue el momento correcto para que Kristoff se metiera con auriculares de cable y empujara a Elsa hacia uno de los cuadros bajo la excusa de que ella sabía francés y podría ayudarlo. Anna también los siguió, dejando a la castaña atrás con su expresión de enfado que solo la hizo reírse por lo bajo.
– Kris, no sé mucho de francés – confesó Elsa –. Puedo decirle a Belle, ella literalmente nació aquí y-
– ¡Belle! Claro, claro. Me había olvidado que es francesa – Kristoff se golpeó la frente con su mano y rio –. Gracias Els, yo mismo iré a buscarla. Merci beaucoup
Y otra vez estaba a solas con Elsa.
Anna se relamió los labios, sin saber por dónde podía comenzar a hablar. Elsa no parecía enterada de nada, seguía observando maravillada las pinturas que olvidó a la pelirroja unos pocos minutos.
« Tú puedes, Anna »
– ¿No te parece increíble? – preguntó Elsa sin despegar su vista de una obra – Que hace años podían hacer esto a mano y ahora casi todo se hace de forma digital, se perdió un poco toda la magia, ¿No crees?
– Bueno eso es lo que dice Rapunzel... todo el tiempo – contesto la pelirroja –, pero estoy de acuerdo.
Elsa sonrió dándole un rápido vistazo a su compañera.
– Si y tenía razón... la primera vez que lo dijo – razonó Elsa – Pero ¿seis veces al día? ¿No es mucho?
– Quiere dejar en claro su posición.
Ambas soltaron una carcajada que llamó la atención de una anciana, quien las miró mal y pidió que bajaran el volumen si no querían que llamara a seguridad para sacarlas de allí. Tuvieron que cubrirse la boca y salir de allí entre cortas y suaves risas para no volver a pasar por esa situación. Elsa la guió hacia la planta cero donde podían encontrar diferentes esculturas europeas y la albina se separó apenas notó la sección de antigüedades egipcias.
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Kristoff las había encontrado justo en la salida con Hans detrás de él. Ambos habían organizado ir hacia la torre Eiffel junto al resto de su grupo de amigos luego de buscar algunos aperitivos. Anna no tuvo tiempo de pensarlo, Elsa ya la había arrastrado al encuentro del resto mientras bromeaba con Moana. La pelirroja sentía a punto de fallecer por cómo la albina la tenía, había entrelazado su brazo con el otro y no se le veía intención alguna de soltarla. Eugene y Mérida se burlaron por lo bajo, siendo el crush de Anna un secreto que solo la propia Elsa desconocía.
– ¡Vamos al Puente de las Artes! – pidió Rapunzel – Siempre quise verlo y-
– Ni se te ocurra poner un candado – acusó Ariel Occean, qué pasó a su lado junto a Eric –. Ya se cayó un pedazo y contamina el río, así que no caigas en esa absurda tradición.
– Yo iba a tomarle una foto para luego pintarlo – balbuceó la chica alemana atónita ante el tono demandante de la pelirroja, la cual aflojó el semblante –. Anna también pensaba hacerlo.
Todas las miradas recayeron en la nombrada que comenzó a entrar en pánico y balbucear cosas inentendibles. Elsa fue la única que le sonrió ante la idea de verla pintura nuevamente.
– ¿Hace cuánto que pintas? – susurró Elsa tan cerca de su oído que Anna sintió una descarga eléctrica.
– ¿Yo? ¿Pintar? – Anna comenzó a reírse y echarse para atrás – ¡Siempre pinto! ¡Todo el tiempo! Pero nadie lo ve porque yo no quiero que ustedes lo vean... ¡No, esperen! Así no era, o sea si pinto, pero ustedes no lo saben porque no son dig... ¡Agh! – se cubrió el rostro enrojecido de vergüenza.
Era conocido que Anna solía hablar de más y balbuceaba cuando se encontraba nerviosa, por eso ninguno de los presentes se sorprendió mucho al respecto y siguieron en lo suyo. Salvo por Elsa, que se acercó para ver cómo estaba la pelirroja luego de su extraño balbuceo. Apoyó su mano en el hombro de Anna y sonrió apenas la vio levantar la cabeza un poco, aun sumida en la vergüenza que acababa de pasar.
– Si te hace sentir mejor – comenzó con un susurro calmado –... yo una vez pase vergüenza frente a la directora de una escuela de música – Eso hizo sentir a Anna un poco mejor –. Mi madre tuvo que intervenir porque empecé a hablar y no sé cómo pasé de estar explicándole en qué momento me atrajo la música a decirles que enterré a mi hámster pensando que estaba muerto... ¡El maldito solo invernaba! ¿A quién se le ocurre omitir esa parte?
Anna no pudo evitar reírse por eso, dándole un pequeño empujón a la albina que no tardó en acompañar su risa. El grupo se había adelantado y, por tercera vez, estaban solas. La pelirroja aprovechó la oportunidad y tomó su mano, entrelazando los dedos con los ajenos para guiarla por las calles parisinas. Todo su entorno parecía haberse puesto de acuerdo para crear un ambiente perfecto para ambas, el clima era agradable y solo eran ellas dos, ninguna otra persona que las interrumpiera. La pelirroja la guiaba, su único objetivo era llegar a la Torre Eiffel y poder llegar hasta el final de su declaración sin interrupción.
Una suave y alegre melodía llego a sus oídos, notando el pequeño tumulto de personas rodeando a alguien. Elsa fue quien decidió acercarse, jalando a la pelirroja hasta el lugar para encontrar a una pequeña banda tocando y algunas parejas bailando. Anna no pudo evitar notar el singular brillo que se presentó en los ojos de la albina, como se habían iluminado apenas vieron lo que sucedía y, sabiendo su respuesta, solo extendió su mano para invitarla a bailar. Elsa le sonrió, aceptando su invitación y siendo jala hacia el centro. La pelirroja la hizo girar mientras reían, todo el mundo parecía haberse esfumado y solo estaban ellas dos bailando.
Las manos de Elsa rodearon el cuello de Anna, bailaban al compás de la música. La pelirroja lograba escuchar el tambor que era su corazón en ese momento, no sabía si por toda la actividad que estaba haciendo o porque tenía a la otra chica tan cerca de ella. Fue Elsa que la hizo girar en su lugar, moviéndola por el pequeño espacio que había. Anna se había sumergido en sus propios pensamientos que olvidó todo por un segundo, ni siquiera notó cuando los músicos terminaron la canción y los aplausos envolvieron a las tres parejas.
La albina se separó, no sin antes dejar un pequeño beso en la mejilla de Anna.
– ¿Quieres ir por algo de beber? – preguntó Elsa, pero la pelirroja parecía estar absorta de todo lo que sucedía. Agitó su mano frente a Anna un par de veces hasta verla parpadear – ¡Pensé que te pasó algo!
– ¿Ah?
– Te decía si querías ir por algo de beber porque toda esa actividad me dio sed – repitió la albina.
Anna asintió sin pensarlo mucho, giró sobre sus talones y comenzó a caminar sin saber dónde podría conseguir alguna bebida.
– Quizás un chocolate caliente con croissant – sugirió Elsa.
– Lo que tú quieras Els, yo invito.
Anna no le dio tiempo de quejarse porque había apresurado su paso a una tienda que parecía tener lo que tanto buscaban.
El lugar por dentro era impecable, solo contaba con pocas mesas dentro, pero lo compensaba con las que estaban fuera del local. había una vidriera que mostraba toda su pastelería y panadería, y el dulce aroma de los croissants recién sacados del horno no pasaban desapercibidos por los clientes. Elsa escogió la mesa pegada a la ventana y espero que la pelirroja la acompañara.
– ¿No te parece extraño? – Anna levantó una ceja – Que ninguno de nuestros amigos notara nuestra ausencia, sobre todo Rapunzel.
« Oh claro, vinimos con amigos... Lo olvidé. »
Anna se encogió de hombros.
– Supongo que están más interesados en ver la Catedral de Notre Dame que en buscarnos, te apuesto cinco euros que inventarán una excusa cuando nos vean.
– ¿Solo cinco? – Elsa rió – Que sean quince porque Rapunzel va a llorar por dejarnos atrás.
Cerraron el trato con un estrecho de manos y luego pidieron.
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Anna pudo completar su idea de llevar a Elsa al punto más alto de la Torre Eiffel... Si, debió pagar un poco de más porque no compro las entradas antes para poder saltar la fila, pero el guardia notó su desesperación y acepto sin mucha vuelta. Así que ahora estaba en el elevador tratando de ordenar todo su monólogo mientras veía como Elsa observaba algún punto de la ciudad durante su subida. No era un viaje largo, quizás unos quince minutos como mucho y valía la espera cuando llegaban al final.
– Oh – suspiró Elsa cuando apreció la vista.
Anna sonrió orgullosa por su idea. La tomó de la mano para acercarla hasta la barandilla y poder seguir viendo todo.
– Els, escucha – comenzó sintiendo su voz temblar ligeramente –. Hay algo que me gustaría decirte y lo estuve guardando hace mucho tiempo por miedo a arruinar nuestra amistad o algo por el estilo.
Levantó la vista para encontrar a la albina observando algo por el catalejo, se veía tan concentrada por cómo fruncía el ceño y la curiosidad le ganó. Tenía que ver que estaba causando eso en Elsa.
Se acercó a otro catalejo y miró a través del mismo para tratar de buscar el punto exacto en donde Elsa miraba hasta que por fin lo encontró luego de un rato batallando: Mérida estaba discutiendo con una anciana que la golpeaba con una baguette y parecía ser que Moana intentaba intervenir entre ambas. Eugene y Kristoff también intentaron detener la extraña pelea, pero Hans los detuvo diciendo algo que solo lo hizo ganarse también un golpe con el baguette. A unos metros estaban Cassandra y Rapunzel riendo, y Anna las imitó. Ahora quería estar allí para presenciarlo en 4K.
– Que forma tan estúpida de arruinar un baguette – murmuró Elsa luego de un largo rato mirando – ¿No crees?
– Si, sobre todo porque gasto sus últimas migajas en golpear a Hans – Anna sacudió la cabeza dando una corta risa, pero volvió a recomponerse para dar el paso – Elsa, en serio me gustaría decirte lo que tengo planeado y, por más que amaría estar ahí abajo luchando con esa anciana, no quiero más interrupciones.
– Oh, claro. Si, lo siento.
Elsa presionó sus labios formando una línea recta y le hizo un gesto para continuar.
– Gracias, lo aprecio mucho. Bien, uhm... ¿Por dónde empiezo? – balbuceó Anna sujetando su cabeza – ¡Elsa no te rías!
– ¡Lo siento, lo siento! – la albina se cubrió los labios – Es solo que le estas dando tantas vueltas como siempre haces, no te estreses tanto. Solo dilo y ya.
– ¡No puedo! – se quejó Anna –. Porque lo tenía todo planeado y luego pasaron muchas cosas que me cambiaron los planes, además que seguro alguien o algo nos va a interrumpir ¡Por tercera vez! Intento no estresarme, pero nada me sir-
Elsa le puso una mano en los labios haciéndola callar y le sonrió.
– Respira – pidió la albina una vez que retiró su mano y Anna le hizo caso –. Bien, bien. Ahora solo suéltalo.
– Creo que me gustas.
– ¿Crees?
– Si... ¡Digo no! ¡No, no! Creo que es un crush... ¡Tampoco! O sea no creo que sea un simple crush porque no dejas de aparecer en mi cabeza y me frustra que ahora todas las malditas canciones me recuerden a ti porque no pensé que me pasaría algo así contigo – habló Anna entre tropiezos mientras agitaba sus manos.
– Oh...
– ¿Eso solo vas a decir?
Anna levantó una ceja y esperó que la otra chica se explicara, pero solo recibió un pequeño beso cerca de la comisura de sus labios y casi se desmaya.
– También me gustas tonta, pero por favor no te mueras sin antes invitarme a una cita como corresponde, ¿de acuerdo? – la señaló con el dedo y Anna asintió – ¡Genial! Ahora nos vamos a quedar un rato más aquí y luego veremos si salvamos a nuestros amigos de la anciana baguette o los encontramos directamente en el bus de regreso.
Anna aceptó aquel plan, abrazando a la albina por la cintura y tratando de mantenerla lo más cerca posible de ella.
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Hans fue el único que las notó cuando se encontraron en el punto de encuentro que Yelena mencionó en el museo. Elsa no había soltado su mano y ella no podía estar más feliz, quizás por esa razón Kristoff y Mérida le dieron una mirada de complicidad al comprender la situación entre ambas. El profesor Weselton comenzó a gritar las indicaciones para subir al bus que los llevaría de regreso, ignorando la mano levantada de Isabela Madrigal y empujando a Eugene cuando paso a su lado. Hubo algunos murmullos entre medio, pero ni Elsa ni Anna parecían prestar atención, seguían metidas dentro de su burbuja.
– ¡Lo siento, lo siento, lo siento! – sollozó Rapunzel cuando las divisó entre los demás alumnos y se lanzó a los brazos de ambas, disculpándose entre lágrimas – ¡Debí darme cuenta de que no estaban y se perdieron la catedral! ¡Y el baguette!
– 'Zel, está bien – respondió Elsa y Rapunzel sorbió su nariz –. Además, vimos toda su pelea con la anciana y el baguette.
– ¿Quién ganó? – preguntó Anna volteando a ver a Mérida – Porque aposte por ti.
Mérida refunfuño un poco sacudiendo su cabeza, seguramente no había ganado y ahora se sentía mal porque Anna perdió dinero. Eugene no pudo evitar hacer comentarios graciosos al respecto y Cassandra lo interrumpía para recordar que él también había sido golpeado por el baguette.
– ¡Suban si no quieren quedarse aquí! – chilló Weselton con voz aguda y la propuesta fue tan tentadora para el grupo que compartió una rápida mirada entre todos – ¡Ni siquiera consideren eso! ¡No los puedo dejar en París!
Se acomodaron en los lugares del fondo para seguir charlando sobre los lugares que visitaron y haciéndoles preguntas a las dos chicas que armaron su propio recorrido en cuanto estuvieron solas. Anna no quiso decir mucho mientras que Elsa solo mencionó visitar la torre Eiffel y verlos ser atacados por una sola anciana. El resto del viaje fue más tranquilo porque la mayoría parecía querer aprovechar para dormir un poco, especialmente Mérida y Cassandra que ya se encontraban en su quinto sueño. Anna buscó los audífonos de cable y los conectó a su teléfono, le entregó uno a la albina antes de meterse en la aplicación de música y darle play a una lista de reproducción que creó especialmente para ambas. Pudo sentir el peso de la cabeza de Elsa sobre su hombro, sonriendo inconscientemente por la cercanía. Aquello era muchísimo mejor a como siempre lo había imaginado, especialmente con la dulce voz de Jeongin de fondo.
