Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y toda su banda.


El silencio reinaba en la habitación.

Al menos una vez a la semana, Cid obligaba a Izō a reunirse en su hogar para fomentar los valores familiares… o algo de eso. En esos días Izō no le prestaba mucha atención a lo que su medio hermano le indicaba, no porque no le interesara, sino porque estaba preocupado, en extremo preocupado.

Esa noche, como las últimas tres veces que Izō había estado en el hogar de su hermano, reinó el silencio. En la mesa los hermanos intercambiaron una mirada antes de que ambos miraran a Mine, quien a su vez los miró uno a uno. Después del intercambio, el trío de mayores miró a Shura, quien estaba ajeno al silente intercambio, comiendo. Shura venía meses comportandose extraño, extraño para su familia. Desde hacía meses Shura estaba silencioso, callado, en modo pensativo; no compartía nada con su madre, no peleaba con su padre, había dejado de ir al restaurante de su tío.

Los adultos volvieron a intercambiar una mirada y Mine se convirtió en la encargada de la noche en intentar lograr que Shura le dijera algo, lo que fuera.

Mientras Mine comenzaba a hablar sola, con Cid apoyándola cuando el silencio se extendía, Izō se mantuvo en silencio. Logró salir de la casa de su hermano a tempranas horas de la noche, lo suficientemente temprano como para alcanzar a alguno de sus amigos en el bar de Calvera.

Apenas llegó al lugar entrecerró los ojos al notar que Shijima estaba con los demás, discutiendo con Écarlate y Gestalt si era específico. Fuera de detenerse para saludar a la distancia a Calvera y Seraphina, Izō caminó directo hacia sus amigos, sentándose en el último lugar vacío, entre Shion y Cardinale.

—... Creímos que ya no vendrías, Izō —le dijo Dohko como saludo, alzando el vaso medio vacío de cerveza frente a él.

—Me lo pensé mucho, pero al final me convencí —se explicó Izō, aceptando el vaso de cerveza que le había acercado Kaiser—... En realidad quería hablar contigo —dijo después de dar un sorbo, mirando a Shijima.

—Ah, no. No hago tratos después de las ocho, y menos si estoy alcoholizado. La última vez compré el catálogo musical de un tarado que todavía no hace música.

—Amo como los millonarios gastan dinero en estupideces mientras el resto del mundo tiene que ahorrar hasta el último centavo —le murmuró Death Toll a Caín con una sonrisa de lado.

—Yo no gasto dinero en estupideces… —bufó Shijima. Su expresión agria rápidamente mutó a una sonrisa de lado después de darle un trago a su bebida— siempre.

Al escucharlo, todos rodaron los ojos y bufaron. Izō no pudo evitar girar los ojos también, justo antes de recordar que tenía un asunto muy importante que atender.

—Shijima… —dijo después de una ronda de risas, volviendo a ponerse serio— ¿qué tan fuerte golpearon a Shura y como lo regreso a la normalidad?

Todos se quedaron en silencio al escuchar a Izō, no tan enterados del tema que hablaba. El único que pareció al tanto fue Kaiser, quien alzó una ceja y se acomodó de mejor forma en su silla, esperando explicaciones.

Izō rápidamente puso a los demás al tanto, al menos de lo que sabías, Kaiser ayudó con algunos otros puntos que conocía por su propio sobrino, mientras que Shijima se había alejado para hablar por teléfono, sin darle mucha importancia al tema. Al escucharlos, algunos de los amigos se percataron de que era cierto que el comportamiento de esos chicos había cambiado; Cardinale se dió cuenta de que Afrodita básicamente había desaparecido de la universidad y Death Toll recordó que Deathmask se había convertido de un día al otro en la persona más amable del mundo, incluso les llevaba galletas todos los miembros de la morgue en el hospital universitario.

—Entonces tu sobrino ha perdido la capacidad de hablar… —dedujo Gestalt después de escuchar el relato.

—Eso se resuelve fácil —intervino Dohko, levantando su nuevo vaso rebosante de alcohol—. Una de estas, y cantará como ave.

—Ese no es el problema…

—¿Verdad, Shion?

—¡No lo hubiera podido decir mejor, Dohko!

Shion y Dohko se abrazaron por los hombros, felices, risueños, completamente ebrios. Sin poder evitarlo, Death Toll y Ox comenzaron a recordarles a ambos sus obligaciones para el día siguiente, haciendo especial énfasis en Shunrei y sus nuevos amigos, la mayoría hombres. Para Izō, fue evidente que el tema de su sobrino fue dejado de lado en cuanto comenzaron las burlas hacia Dohko y su próximo título como suegro, incluso Kaiser estaba participando en las burlas, ya con varios tragos de más.

Al verlos todos tan animados, Izō le dió un trago a su cerveza y se anotó mentalmente continuar con el tema después, de preferencia a solas con Shijima, o con su primo, o con alguien… quien fuera.

Mine le dió un sorbo a su taza de café y asintió ante la historia de Seraphina sobre cómo le iba a su academia en Francia, mientras ella estaba ahí, en Grecia, conviviendo con sus amigos.

A pesar de que estaba intentando poner atención, su mente iba una y otra vez hacia su hijo, tanto que no pudo evitar interrumpir el coro de risas al preguntarle a sus amigas como habían llevado el cambio de personalidad de sus hijos.

Las mujeres se miraron entre ellas, tratando de averiguar quién iniciaría. Calvera, como casi siempre, tomó la palabra primero y habló de sus muchachos; de lo inteligente que era Milo, haciendo cálculos que antes le tomaban varios minutos, arreglando cosas, molestándose porque el gobierno le había prohibido hacer su planta nuclear; señaló el nuevo estilo de Saga y como los había sorprendido a todos, pero no lo habían rechazado, es más, lo habían aceptado poco a poco; y terminó con Kanon, extrañada porque éste parecía haber regresado a la normalidad, después de meses enfrascado sólo en su trabajo.

—Camus también regresó…. creo —dijo Seraphina, recordando que aunque había visto a su hijo regresar a ser tan serio como siempre, lo había cachado discutiendo por teléfono con alguien más sobre algo de una banda o algo así— Yo diría que es menos extravagante que antes.

—Puedo decir lo mismo de Afrodita, ya saben, después de estar encerrado en casa todo el tiempo, encerrado en una burbuja de pavor por el exterior —rememoró Agasha—. Creo que lo llevamos bien, dentro de lo que cabe… lo bueno es que Celintha lo regresó a la normalidad… aunque debo decir que no aprobé sus métodos.

—¿Te refieres a eso de golpearlos en la cabeza? —preguntó Yuzuriha, moviéndose para adelante— Mu me explicó algo sobre eso, algo sobre su hemisferio derecho y cambios de personalidad… no presté mucha atención, Kiki estaba intentando que firmara un recado de su maestro en ese momento, un recado sobre algo malo que había hecho…

—¿Gol-golpe? —Mine dejó su taza de café en el suelo, sorprendida por lo que estaba escuchando— ¡¿En la cabeza?! ¡Por eso Shura cambió tanto! —dijo alarmada, llevando sus manos al rostro.

—No te preocupes, Mine, Milo estudió el asunto, eso no les causará un daño cerebral a largo plazo —intervino Sasha, con una tenue sonrisa—. Pero te recomendaría llevarlos a que les hagan una tomografía al menos una vez al año —agregó, recordando que ella y Sísifo habían hecho una cita para Aioria y Aioros con un médico experto.

—Yo… sabía que había ocurrido algo, pero no imaginé que había sido tan grave —murmuró Mine, aún alarmada—. ¿Todos los chicos pasaron por eso?

—Todos excepto Mu —Calvera le guiñó un ojo a Yuzuriha—. Debo admitir que te envidio un poco, Yozuriha, al menos tu casa no pasó por una crisis de un par de días…

—Yo no diría eso. Tal vez Mu no desarrolló una personalidad extraña, pero sí que fue una gran sorpresa enterarme de que la chica que creía que era su novia en realidad no lo era, y yo ya estaba planeando organizar una cena para conocerla…

—Hablando de eso, ese es un tema que no entendí bien, le pregunté a Afrodita pero él sólo se rió en voz alta y me dejó con la duda.

Ante el comentario de Agasha, el resto de madres lanzó un coro de aprobación que incitaba a Yuzuriha a explicar el drama de la vida amorosa de su hijo, o la inexistencia de la misma y una enorme demencia generalizada que los hizo pensar a todos cosas que no existieron.

A pesar de que pensó en interrumpir para regresar al tema inicial, Mine terminó por tomar de nuevo su taza de café y ponerle atención a las palabras de Yuzuriha. Su vena chismosa pudo más en esa ocasión, pero eso no significaba que no le interesa, o que no se preocupara por las peripecias de su hijo, sólo necesitaba que su amiga termina de contar sus asuntos familiares, destapar una botella de vino, dar algunas opiniones y sugerencias, y entonces regresaría al tema principal.

Encontraría una manera de averiguar qué estaba pasando por la mente de su hijo y la forma de ayudarlo.

Exactamente eso mismo estaba pensando Cid, quien, más enterado de las cosas que hacían su hijo y amigos, primero había hablado con los suyos, quienes al igual que sus parejas no habían sido de mucha ayuda, y ahora se encontraba hablando con los amigos de su hijo.

Después de buscar a los chicos por todos lados, encontrando a algunos de ellos dispersados por la ciudad, encontró a la mayoría reunidos en un parquecito cerca de la casa de Afrodita. Todos estaban en la zona de juegos infantiles, acompañados por algunas chicas, lo que hizo que Cid detuviera su paso decidido hacia ellos. Antes de que Shura cambiara le había contado a Mine que sus amigos habían adaptado a su grupo en particular a algunas chicas que sólo ellos sabían de dónde las habían conocido.

Cid había reconocido a Hilda, recargada en un mini carrusel, hablando animadamente con una chica pelirroja y dos rubias mientras Aldebarán le daba vueltas al carrusel, interviniendo de vez en cuando en la charla, puesto que podía ver cómo las chicas se reían después de algunas palabras de él; Kanon y Aioros se encontraban en un lado del balancín, mientras que en el otro se encontraban una chica pelinegra y Aioria; el resto, Afrodita, Shaka, Mu y Camus estaban alrededor de los columpios, los últimos dos sosteniendo una amena charla, mientras los primeros dos parecían estar dándose manotazos cuando uno intentaba impulsarse para mecerse.

A pesar de la urgencia que sentía, Cid no pudo evitar recordar sus propias aventuras con sus amigos. Cuando ellos eran jóvenes adultos que también terminaban haciendo cosas infantiles, a veces acompañados de las mujeres de sus vidas, a veces solos, para ahorrarse las vergüenzas.

Después de sonreír involuntariamente, Cid regresó al tema que lo llevaba ahí y se acercó a los jóvenes, siendo saludado casi de inmediato por Aldebarán, quien fue el primero en verlo. Sólo diez minutos después ya tenía a todos los chicos reunidos en la zona de los columpios, las chicas se habían apartado, para darles espacio.

Cid les había explicado la situación a grandes rasgos, y ellos habían respondido contándole casi todo, las cosas que podían contarle al padre de su amigo o a sus propios padres, por supuesto.

—Nosotros hemos intentado contactarnos con Shura, pero te aseguro, Cid, él no nos ha contestado —afirmó Afrodita, logrando que casi todos asintieran ante sus palabras.

—Si él no quiere contactarnos, nosotros no podemos hacer nada —continuó Kanon, alzando los hombros mientras se sentaba sobre las piernas de Camus, quien lo miró con los ojos entrecerrados.

—Pero… ¿por qué no simplemente lo golpean cómo lo hicieron al principio? Sin avisar, sin preguntar, de sorpresa.

—Si puedo decir una cosa —dijo Aldebarán, con una sonrisa ligeramente tensa—. Nosotros no golpeamos a nadie, fue Milo.

—Además de que para que funcione él debe querer que nosotros lo golpeemos —continuó Aioria, imitando los movimientos de Kanon y sentándose sobre las piernas de Mu, quien instintivamente los sostuvo de la cintura para que no se cayera.

—Considerando su silencio, pensé que estaba cómodo con su nuevo comportamiento —murmuró Aioros, recordando las escasa ocasiones en las que había visto a Shura, y este lo había ignorado olímpicamente, tal y cómo había acordado—. Todos los que se mantienen con el cambio son porque así lo quieren.

—Y porque no molestan a nadie más —completó Kanon—. A excepción de Saga, pero eso lo resolveré pronto.

Cid no había obtenido las respuestas que esperaba, de la misma manera que Mine e Izō, quienes para la siguiente semana se habían vuelto a reunir, esta vez en el desayuno, con un silencioso Shura que se retiró después de terminar. Al verse solos, los mayores volvieron a intercambiar una mirada, antes de finalmente decidir comentar el elefante en la habitación.

Todos estuvieron de acuerdo en que Shura no mostraba una conducta extravagante, no como los demás, tampoco era que su comportamiento hubiera empeorado o estuviera planeando algo peligroso para él o los demás, sólo era callado, inusualmente callado. Al hablar sobre el tema, el trío de mayores descubrió que no podía mantener el mismo silencio que Shura, tenían que compartir, discutir con él, y tal vez al fin llegar al fondo del asunto.

Así, todos se levantaron de su lugar y caminaron decididos hasta la habitación de Shura. Mine, liderando la marcha, se detuvo en la puerta y la golpeó varias veces, esperando los reglamentarios cuarenta y cinco segundos antes de decidir abrir la puerta y entrar con toda la fuerza y el poder que le daba ser la madre de Shura. Apenas se adentró en la habitación notó que esta estaba vacía.

—¿Dónde está Shura? —preguntó mientras entraba y miraba hacia todos lados.

—Creí que había entrado aquí —murmuró Cid, haciendo lo mismo que su esposa.

Izō, en silencio, se dirigió hacia el escritorio de su sobrino. Aunque no le gustaba violar la privacidad de otros, pensó que en esa ocasión era importante y se tomó la libertad de remover las cosas que Shura tenía en el lugar, hasta que encontró lo que buscaba, una pista; debajo de todos los libros había una copia de una solicitud para regresar a al universidad.

Al verla, Izō llamó la atención de su medio hermano y cuñada, mostrándoles el documento, junto con otros más que estaban relacionados con la escuela.

—¡Esto es alarmante! ¡Debemos de ir a detenerlo! —dijo de inmediato Mine, sin embargo, cuando estaba por salir de la habitación Cid la sostuvo del brazo, deteniéndola.

—Espera, Mine. ¿Vamos a detenerlo?

—Sí… ¿por qué lo preguntas?

Cid soltó el brazo de su esposa y se sentó en la cama.

—Es sólo que… va a regresar a la escuela.

—Eres el único que quiere que lo haga —Mine cruzó los brazos al reconocer las ideas de su esposo—. Sabes perfectamente que, incluso desde el principio, Shura tenía sus dudas con respecto a la escuela.

—Sí, pero eso era antes, su antigua personalidad dudaba. El nuevo él, en cambio…

—¡Cid! ¡No puedo creer que estés diciendo esto!

—Yo sólo digo que pudo haber cambiado de opinión —se defendió de inmediato Cid, alzando los hombros—. ¿No lo crees, Izō?

Izō se removió incómodo. Nunca le había gustado presenciar una discusión matrimonial, así que intentó concentrarse en lo que había encontrado y la poca información que tenía a la mano. Shura era su sobrino, su único sobrino, el hijo del medio hermano que lo había aceptado, y casi adoptado, como si tuvieran la misma sangre corriendo por sus venas.

—Creo que debimos dejar de fingir que no ocurría nada y hablar con Shura —dijo, recordando que cuando su sobrino comenzó a faltar al restaurante él lo tomó como un detalle mínimo—. Pero no sé si deberíamos ir a buscarlo. Es un adulto, él sabe lo que hace.

—¡No pudeo creerlo! —Mine dió un zapatazo en el suelo— No importa que mi hijo haya cambiado por completo, sé que él jamás dejaría su carrera, sin importar la personalidad o el universo, él es un cocinero.

Dicho eso, Mine salió molesta de la habitación y de su hogar. Si los hombres no harían nada, ella se encargaría de las cosas, como debió hacerlo. Mientras bajaba casi corriendo las escaleras de su edificio, Mine sacó su teléfono y le escribió a sus amigas, esperando que alguna la ayudara; era una emergencia de vida o muerte.

Al llegar a la calle comenzó a trotar, agradeciendo que no llevaba tacones. Después de un par de minutos, y comenzando a sentir que no llegaría, un auto de lujo se acercó a ella, sin detenerse o que ella lo hiciera.

—¿Está todo bien, Mine?

—¡Shaka! —Mine miró de reojo al rubio en el asiento del conductor; la mano izquierda estaba recargada contra la ventana abierta, mientras que la derecha sostenía el volante— ¡No sabía que sabías conducir!

—Yo tampoco —Shaka alzó los hombros—. ¿Quiere que la lleve a algún lugar? Parece apurada.

Mine sólo se detuvo para mirarlo con eterno agradecimiento y subirse al auto. Sentada en la parte trasera, se tomó unos segundos para mirar con sorpresa a la chica pelinegra, Dysnomia si no se equivocaba, que estaba en el asiento del copiloto y la saludó con una tenue sonrisa. Las preguntas podrían venir después, ya no queriendo perder más tiempo, le dijo a Shaka que conduciera más rápido, mientras explicaba todo lo que ocurría. Si no hubiera estado tan apurada tal vez se habría asustado por la velocidad a la que iban, esquivando autos y saltándose semáforos con una habilidad milagrosa; incluso tal vez le habría asustado ver que ninguno de los jóvenes parecía preocupado por la probabilidad de morir, Dysnomia estaba ocupada buscando buena música para escuchar (asumiendo la tarea de todo buen copiloto), y Shaka estaba hablando con ella, preguntándole sobre Shura; a veces, como para aumentar el drama, Dysnomia intervenía para decirle a Shaka que estaban a punto de dar la vuelta en el lugar equivocado, lo que culminaba en ellos dando un giro de último momento que provocaba que Mine terminara moviéndose a lo largo del asiento trasero.

Llegaron a la universidad en tiempo récord, sanos y salvos. Apenas se estacionaron, Mine le gritó a Shaka lo agradecida que estaba.

—¡Te prepararé un almuerzo para la próxima semana! —le gritó mientras salía corriendo, despidiéndose.

Además de llevarla al lugar, Mine agradecía que Shaka la hubiera dejado en la sección de ingeniería, justo a cinco minutos del edificio principal, donde estaba la dirección. Los cinco minutos que tomaban llegar, ella los recorrió en dos.

Justo antes de llegar, vió una chaqueta verde oscuro que reconoció casi de inmediato. Shura estaba sentado casi frente a la puerta de entrada, en los escalones; su cabeza estaba recargada en sus manos y los codos sobre las rodillas, la vista estaba fija en el suelo y al lado de él había un folder cerrado, Mine lo notó apenas estuvo a pasos de su hijo.

Decidida, terminó de acercarse, deteniéndose justo frente a él, que alzó la mirada, serio.

—No pude hacerlo —dijo Shura, volviendo a recostar su rostro sobre sus manos—. Creí que podría…

Mine no dijo nada. Sus instintos maternales la llevaron a sentarse al lado de su hijo y pasar un brazo sobre sus hombros.

—¿Por qué? —preguntó por lo bajo.

Shura se enderezó lentamente y cruzó los brazos. Había pensado que podría hacerlo, que podría cocinar y estudiar a la vez, pero había terminado cambiando de opinión, no porque dudara de sus capacidades cognitivas, sino porque el estudio no era lo suyo. No sabía por qué, pero llevaba meses pensando irrevocablemente en qué su padre tenía razón; era como estar escuchándolo en el momento menos oportuno, recordándole sus obligaciones.

Después de que Milo lo atacara por la espalda, tema que tenía pendiente, Shura creía que no había cambiado en nada, a excepción de que sentía que tenía obligaciones, responsabilidades, cosas que nada tenían que ver con la manera en la que llevaba su vida en el pasado.

Sin embargo, al llegar a la universidad, al área administrativa si era exacto, se comprobó a sí mismo que su voluntad para desobedecer la voz de la razón, la voz de su padre, era fuerte, más fuerte de lo que creyó. Justo al lado de la ventanilla abierta había una cerrada, donde una mujer charlaba con sus compañeras del almuerzo que se había preparado para ese día.

La mujer había preparado una serie de platillos que le habían salido mal. Se quejaba del exceso de grasa, carne mal cocida, falta o sobra de sal, masa cruda, e incluso un postre de manzana que había ennegrecido. Mientras la escuchaba, Shura no pudo evitar pensar en cada cosa en la que la mujer había fallado, hasta el punto en el que, sin saber cómo, terminó metiéndose en la charla, escribiendo una larga lista de cosas en la que se habían fallado mientras contestaba algunas preguntas que él consideraba básicas.

—... Chico, no sé qué estás haciendo aquí, con ese conocimiento yo ya me dedicaría a la cocina.

El comentario casual de la mujer fue el detonante. Después de escucharla Shura no pudo continuar entregando sus papeles, se rindió ante el hecho de que sus propios deseos fueron más fuertes que la voz de la conciencia.

Al caminar de vuelta a casa, Mine le dió un sermón tan grande como los que le daba en su adolescencia, al que Shura le prestó su completa atención, puesto que si no lo hacía Mine reaccionaba de la misma forma que Calvera, con fuerza física.

Dos días después, nervioso, Shura se pasó la mano por el cabello, inhaló y exhaló varias veces, arregló su ropa, quitando pelusas imaginarias, y tocó el timbre de la casa frente a él. No tuvo que esperar mucho tiempo hasta que Aioros abrió la puerta, con una sonrisa tranquila que desapareció cuando lo vió.

—Yo… bueno… —murmuró Shura, sonrojándose como un jovencito antes de suspirar por lo bajo para calmarse— Me dijeron que ya no eres una sombra que se quema con la luz del Sol y yo pensé… bueno… no tengo nada que hacer hoy.

Aioros volvió a sonreír al escuchar a Shura; sin perder el tiempo abrió la puerta poco completo y se hizo a un lado.

—Nos quedamos con algunas ideas de los clubes cuando estábamos buscando a Aldebarán. El tema fílmico de esta semana es el horror corporal, llegaste justo cuando al protagonista le explota el estómago, Aioria se puso pálido.

—¿Horror corporal? ¿A quién se le ocurrió?

—Dysnomia ganó el mini torneo de vencidas —Aioros se puso serio de repente y bajó la mirada. A pesar de todo, era algo vergonzoso que una mujer les ganara tan fácilmente, a todos a excepción de Aldebarán, claro, pero él había elegido la semana anterior, así que no contaba.

Shura no pudo evitar sonreír de lado. Estaba de vuelta, sólo faltaba una pequeña cosa por aclarar.

—Aioros… no quiero que me vuelvan a atacar por la espalda.

—No te preocupes, Shura, eso es algo que yo jamás haría.

Aioros asintió, seguro de sus palabras. Él jamás lo haría, pero no podía prometer nada en nombre de los demás.


Comentarios:

¡Gracias por leer!

En este capitulo, dedicado a Shura, nuestro héroe dijo un total de 52 palabras.

Hay una serie de problemas con FanFiction que creo que han estado afectando a todos por igual y me han hecho replantearme varias cosas porque, aunque escribo por disfrute y no por reconocimiento, si las escasas dos personas que me leen no pueden leerme, entonces mi misión de entretener está fallando. Admito que esto me preocupa (en especial porque parece no tener un arreglo en días cercanos) y no sé si debería seguir publicando aquí.

He pensado en abrirme una cuenta en otro lado y trasladar mis historias, pero todavía no sé a dónde, si debería hacerlo o simplemente esperar a que las cosas se arreglen (si lo hacen). Por lo mientras, intentaré terminar al menos esta historia y llegar a una resolución. Les avisaré cuando tenga una, por lo mientras, si alguien me lee, siéntanse libres de escribirme, estaré al pendiente.

Muchas gracias por permanecer!