Este capítulo participa en la actividad "Bombas para todos… digo regalos para todos XD" del foro El Feliz Grupo de Hambientos.

Este es un regalo para Yas, espero que lo disfrutes :)

ooooooooooooooooooo

Capítulo 13: Yak-Shi

—¿Qué os ha pasado, Gran Sacerdote?

El Rey y Zeno se miraron el uno al otro durante unos segundos. El primero serio y preocupado y el segundo sombrío y claramente teniendo un conflicto interno. Sin embargo finalmente el rubio esbozó una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora, aunque no le llegó a los ojos que seguían vacíos y sin brillo.

—Nada por lo que debáis preocuparos, alteza.

—Nadie se creería esa mierda, idiota -espetó Shuten.

—Silencio —le chistaron Guen y Abi. No porque temieran ser descubiertos, ya que era obvio que tampoco el rey Yak-Shi podía percibirles, si no porque no querían perderse detalle de la conversación.

—No es propio de usted faltar a sus obligaciones sin previo aviso, y mucho menos permanecer en vuestros aposentos sin hacer nada —señaló por su parte el Rey durante el breve intercambio entre los fantasmas.

—Cualquiera de los otros sacerdotes está más que cualificado para realizar esa simple ceremonia, ¿y acaso no estáis insistiendo siempre en que debo tomarme más descansos? —inquirió Zeno, claramente de forma evasiva.

—¿Y cuándo fue la última vez que accedisteis sin que tuviera que obligaros? —siguió presionando Yak-Shi—. Permitidme que responda yo, fue hace más de 20 años.

Un silencio tenso e incómodo se formó tras sus últimas palabras.

Todos los presentes sabían que se estaba refiriendo a la época en la que Hiryuu vivía, en la que los guerreros dragones aún eran venerados y admirados. Una época que ya no volvería.

—Por favor, hábleme Gran Sacerdote. Lleva semanas actuando extraño, y vuestra actitud tras esta última escapada… Es obvio que algo os aflige profundamente… —vaciló por un momento, pero finalmente el rostro del rey se endureció con determinación y continuó con firmeza y seguridad—: Usted siempre ha hecho tanto por mí, esforzándose por guiarme por el buen camino, ayudándome a seguir los pasos de mi padre el difunto Rey Hiryuu. Le debo tanto. Por eso, al menos por esta vez, permítame que yo os sea de ayuda a usted. No como Rey, sino como alguien que os aprecia sinceramente y está preocupado por vos. Por favor, Ouryuu-sama.

Esa última palabra pareció ser la gota que derramó el vaso, porque la fachada calmada de Zeno se desquebrajó. Se levantó de la cama en la que había estado sentado de golpe como un resorte y le dirigió una mirada llena de dolor y enojo al rey.

—¡No me llames así! —espetó—. Los guerreros dragones ya no existen.

Yak-Shi se quedó mudo y anonadado por el repentino exabrupto, y el resto de guerreros dragones presentes también sintieron como si hubieran recibido una repentina puñalada donde menos se lo esperaban. Aunque ellos hubieran querido decir algo, también se habían quedado sin palabras.

Sabían que su hermano estaba dolido, pero que negara su existencia de forma tan tajante y directa…

—Discúlpeme, se que no le gusta que le llame así por si alguien está escuchando —se corrigió Yak-Shi, siendo el primero en recuperar la compostura.

Sin embargo sus palabras tuvieron el efecto opuesto al pretendido; porque Zeno solo pareció crisparse más y comenzó a dar vueltas sin rumbo de forma nerviosa por la habitación, como si estuviera buscando una salida que no existiera y frustrándose cada vez más en el proceso.

Los dragones fantasmas levitaron para apartarse de su camino y terminaron todos sobre la cama en un acuerdo tácito. Se dirigieron miradas nerviosas entre ellos, pero ninguno se atrevió a decir ninguna palabra para no perderse nada de lo que estaba aconteciendo.

Mientras tanto Zeno se había detenido para quedar de pie enfrente de la espada del Rey Hiryuu que tenía colgada en la pared, mirándola fijamente con una mirada indescifrable.

—¿Acaso hay alguna nueva amenaza hacia nuestro reino? ¿Por eso estáis preocupado? – preguntó Yak-Shi volviendo a romper el incómodo silencio, claramente desesperado por intentar comprender—. ¿O se trata de vuestros hermanos? ¿Alguna otra amenaza se cierne sobre ellos?

Los tres fantasmas sobre la cama se pusieron en guardia, especialmente expectantes por haber sido mentados y también temerosos de que su hermano pudiera volver a reaccionar de mala manera. No les había pasado desapercibida la manera en la que el rey había evitado decir nuevamente "guerreros dragones".

Sin embargo Zeno parecía haber gastado ya antes sus escasas energías. Porque esta vez se limitó a suspirar pesadamente para luego decir:

—¿Acaso no me ha oído antes, alteza? Los guerreros dragones ya no existen. Así que ya no hay ningún mal terrenal que pueda hacerles daño.

El rey Yak-Shi se quedó claramente conmocionado y sin palabras mientras procesaba lo que implicaba lo que el sacerdote acababa de decirle. Sin embargo encima de la cama los fantasmas ya no podían permanecer en silencio.

—¿Cómo que ya no existen los guerreros dragones? —espetó Shuten ofendido—. ¿Entonces mi hijo qué es? ¿Una lagartija voladora?

—Baja la voz Ryokuryuu —le chisto Guen para seguir hablando en susurros—: Recuerda que no hemos podido comunicarnos con Zeno en todo este tiempo. No debe saber de la existencia de nuestros hijos.

—¿Acaso no ha podido sentir su presencia? —inquirió Abi por su parte confundido.

—Como vivíamos cerca los unos de los otros, y al mismo tiempo lejos de Zeno, le debía ser difícil notar la diferencia sin estar sobre aviso —añadió Guen.

—¿Ahora te has convertido en el abogado defensor de Ouryuu? —espetó Shuten.

—Solo estoy intentando ver las cosas de forma lógica —se defendió Guen, listo para iniciar una pelea.

Pero ambos fueron callados por Abi que puso una mano en la boca de cada uno para silenciarles porque Yak-Shi se había recuperado de la conmoción y había comenzado a hablar otra vez.

—Yo… No sé que decir. Que tan admirables guerreros nos hayan dejado… Es una gran perdida para el reino, y también para mi personalmente. Sabéis que tenía en alta estima a Ryokuryuu-sama, Hakuryuu-sama y Seiryuu-sama —a esa frase le siguió una breve pausa mientras miraba expectante a Zeno, casi como si esperara una reprimenda por mentar también sus nombres, pero cuando esta no llegó continuó—. Imagino cuál será la respuesta, pero… ¿Sería posible realizar una ceremonia para despedir sus almas en el santuario Hiryuu en su honor?

Un largo silencio siguió a su pregunta, para que al final Zeno dijera con voz monótona, sin apartar aún la mirada de la espada de Hiryuu:

—Después del esfuerzo que hemos realizado para que su existencia sea olvidada en el castillo, realizar una ceremonia así ahora sería arruinar todos nuestros esfuerzos de tantos años. Podríamos convertir a sus familias en objetivos, ahora que están indefensas, solo por satisfacción personal. No sería justo.

—Tenéis razón Gran Sacerdote —se apresuró en concordar el rey—. Seguro que mi padre también habría estado de acuerdo con esa decisión.

—Si me hacen tragarme mi propio funeral después de muerto, me vuelvo a morir —espetó el dragón verde.

—¡Shuten! —le reprendieron los otros dos dándole un golpe.

—Y si encima es la versión pomposa del castillo Hiryuu oficiada por el inútil de Ouryuu. Aceptaría cualquier billete que me sacara de allí, aunque fuera directo al infierno.

Tanto Guen como Abi le hicieron callar a la fuerza, y volvieron a prestar atención a la conversación. Aunque vieron que solo se habían perdido unas cuantas pleitesías más del rey. Ahora parecía estar poniendose serio para abordar otro tema importante.

—Se que tal vez penséis que este no es el mejor momento para insistir en el asunto, dadas las circunstancias, pero yo opino que precisamente por ello es necesario que lo diga —comenzó Yak-Shi con determinación, y Zeno parecía saber de qué iba el asunto porque inmediatamente se tensó—. Deberíais volver a pensaros la propuesta que os hice de elegir un sucesor para vuestro puesto, y marcharos del castillo Hiryuu para tomaros un merecido descanso.

—Eso es imposible —negó el rubio de forma tajante—. Mi lugar está aquí. Cumpliendo la misión que Hiryuu me encomendó.

—Ya habéis cumplido vuestra misión más que con creces —aseguró el Rey—. Me protegisteis a mi y a mi madre cuando yo aún no podría gobernar, y después me enseñasteis a hacerlo. Nos ha ayudado a firmar inmejorables tratados de paz con los reinos y tribus colindantes a nuestro reino, y ha expuesto a los traidores a nuestra causa. No hay nadie que dude de la legitimidad de mi reinado, ni ninguna potencia importante que busque ya guerra con nuestro reino. Eso es gracias a todo lo que usted ha hecho a lo largo de estos largos años. Este reino y yo ya no podemos pedir nada más de vos. Es suficiente —reitero.

—No lo es —negó Zeno tercamente, girándose finalmente para volver a encarar al rey y declarar con una determinación que tenía un tinte de desesperación—. Debo quedarme aquí para seguir transmitiéndole la palabra de los cielos a este reino, al pueblo.

—Hay otros sacerdotes que también pueden escuchar a los cielos —rebatió Yak-Shi.

—Pero yo soy el único que está conectado directamente con la voluntad de Hiryuu. Él me dejó su medallón, me trasmite su voluntad.

—¡Eso es mentira! —espetó Yak-Shi alzando la voz por primera vez, esta vez siendo él quien perdía la compostura y conmocionando a todos en la habitación. Especialmente a Zeno, que se había quedado mortalmente pálido y conmocionado.

—¿Qué acaba de decir, alteza? —inquirió Zeno, llevándose la mano al medallón de forma claramente defensiva con voz quebradiza y frágil.

—No entiendo de poderes divinos ni conexiones sobrenaturales, porque soy un ser humano normal —admitió el Rey en primer lugar, para luego continuar—: Pero sí que conocí a mi padre, y lo mucho que amaba a sus dragoncitos. Así que puedo asegurar que ni vivo ni muerto le ordenaría a su dragón Ouryuu ir a él solo a un campo de batalla. Así que es imposible que ese medallón te trasmita tu voluntad.

Un pesado silencio siguió a sus palabras, uno que ni los fantasmas que eran testigos de la conversación se atrevieron a romper a pesar sus cabezas eran unos hervideros de pensamientos. Ahora mismo no se querían perder detalle. Esperaban que Zeno después de recomponerse comenzara a rebatirle, se inventara alguna mentira más para encubrir sus secretos. Sin embargo lejos de la realidad.

Zeno se dejó caer de rodillas al suelo, como si estuviera agotado y derrotado y se limitó a suspirar pesadamente para luego decir:

—A ti no te lo podía ocultar, ¿verdad?

—No —concordó el rey, esbozando una pequeña y triste sonrisa a la vez que se sentaba en el suelo en frente del sacerdote, sin parecer que le importara estropearse o mancharse sus costosos ropajes—. Siempre he estado demasiado pendiente de ti, hermano mayor.

—¿Alguien más lo sabe?

—No, no lo creo.

—¿Era tan obvio?

—Era un poco sospechoso que desaparecieras justo cuando iba a haber una batalla importante, que nos dijeras justo antes que casi no mandáramos tropas y que luego mágicamente según tú los cielos lo resolvieran —admitió Yak-Shi—. Aunque los demás siempre quedaban muy conformes con esa explicación y las pocas bajas en los ejércitos.

—¿Y por qué tú no? —inquirió Zeno curioso.

—Porque mi padre también me contaba la historia de como estuvo a punto de morir a manos de un ejército enemigo justo antes de que lo rescatarais la primera vez que os conocisteis… Los cielos no hacen nada mágicamente o por su cuenta. Son las personas. Sus acciones y sus decisiones. Vosotros sois los que salvasteis a mi padre esa vez, no los cielos. Así es como yo lo veo, y así es como él lo veía también.

Otro silencio siguió a sus palabras, que esta vez fue roto porque Zeno comenzó a llorar. El rey se acercó más y sin dudarlo le abrazó, sin importarle la incómoda postura de los dos sentados en el suelo.

—Hiryuu no está. Guen, Abi y Shuten tampoco están —comenzó a hablar el sacerdote entre sollozos—. ¿A dónde se supone voy a ir? ¿Qué debería hacer ahora?

—Ya lo decidirás. No hay prisa —le aplacó Yak-Shi a la vez que le acariciaba de forma tranquilizadora la espalda—. Si por mi fuera te quedarías para siempre. Pero ahora eres tu el que puede estar en peligro. Algunos han comenzado a sospechar. Tienes que empezar a pensar en tu propio bien en vez de el de los demás. A este paso puedes llegar a correr el mismo destino que tus hermanos en su día —le advirtió.

—Lo se. Lo pensaré —consintió Zeno finalmente rindiéndose a la posibilidad.

Un fuerte golpe sonó en la puerta sobresaltando a todos los presentes.

—Gran sacerdote, ¿se encuentra ahí? —se escuchó la voz de un hombre al otro lado de la puerta—. Necesitamos de su consejo.

Zeno estaba a punto de hablar para responder, pero Yak-Shi se lo impidió tapándole la boca con la mano y negando con la cabeza para luego hacer un gesto silencioso hacia la cama.

El dragón amarillo arqueó una ceja confundido, pero pareció entender a la perfección su petición silenciosa porque procedió a levantarse y luego dirigirse rápidamente a la cama para meterse en ella con ropa y todo. Los fantasmas se apresuraron para dejarle espacio, ya que seguían amontonados encima de la cama, por un momento sin darse cuenta de que no era necesario porque eran incorpóreos, confundidos nuevamente por el giro de los acontecimientos.

El rey se dirigió a la puerta y abrió para saludar formalmente al desconcertado hombre que esperaba al otro lado del umbral que parecía ser un acólito del templo.

—Lamento comunicarle que el Gran Sacerdote se encuentra indispuesto, así que tendrá que ausentarse de sus labores durante el resto del día —declaró el rey confiadamente—. ¿Sería tan amable de comunicarlo en el templo en mi nombre?

El acólito parecía con ganas de reclamar, e incluso de entrar él mismo en la habitación para comprobar la veracidad de lo que le habían dicho, pero cuando el rey se interpuso en su camino con porte serio se acobardó y se limitó a hacer una reverencia y asentir para luego irse por donde había venido.

Yak-Shi se aseguró de que efectivamente no había nadie más fuera del cuarto, para luego cerrar la puerta y volver a dirigirse a Zeno:

—Ahora en serio. Hoy tómatelo de descanso. Orden de tu rey.

—Pero-

—Orden de tu rey —reiteró interrumpiéndole—. ¿Recuerdas quién ganó la última vez que tuvimos esta discusión?

Zeno le sostuvo la mirada tercamente durante unos segundos mas para luego suspirar pesadamente y volver a recostarse en la cama.

—Eres un rey tirano —refunfuñó—. Yo no te enseñé a ser tan despiadado con tus súbditos leales.

Yak-Shi se rio entre dientes y luego volvió a adoptar su porte serio justo antes de volver a salir por la puerta y cerrarla tras de si, dejando el cuarto en un tenso silencio.

Finalmente fue Shuten el primero en romperlo a la vez que se alejaba de los otros dos para volver a merodear despreocupadamente por la habitación.

—¿Qué demonios ha sido todo eso? Tan pronto se tutean como que no. Realmente no entiendo la relación de estos dos —se quejó.

—¿No te enseñaron a leer entre líneas, estúpido? —inquirió Abi, optando él por quedarse sentado al pie de la cama, al lado opuesto en el que Zeno se había recostado para intentar dormir después de quitarse rápidamente la ostentosa túnica de sacerdote—. Ya sabes que se conocen desde que nació, y debes recordar como el príncipe siempre intentaba pasar el máximo tiempo posible con nosotros. En los últimos veinte años solo ha tenido a Zeno, que se ha convertido en su protector, su mentor, su consejero y puede que una las pocas personas en la que pudiera confiar totalmente muchas veces. Normal que sean cercanos —razonó.

—"Hermano mayor" —señaló Guen por su parte, que también había comenzado a caminar para esta vez quedarse él de pie en frente de la espada de Hiryuu colgada en la pared con una mirada seria e indescifrable, como antes lo había estado Zeno—. Yak-Shi le llamó "hermano mayor" —insistió.

—Ya lo hemos oído —espetó Shuten—. ¿Acaso ahora te sientes celoso? —añadió burlón.

—No lo sé, definitivamente estoy enojado. Aunque creo que es más conmigo mismo —admitió para sorpresa de los otros dos.

—Explícate —solicitó Abi.

—Me lo he estado negando a mi mismo todo este tiempo. Pero ya tengo que reconocer, que al final he terminado siendo un hipócrita —espetó Guen cabreado—. Siempre llenándoseme la boca de que somos hermanos dragones, de lo que deben o no deben hacer los hermanos. Cuando yo he sido el peor hermano mayor de todos.

—Guen eso no- —comenzó a intentar a aplacarle Abi, pero el dragón blanco siguió con su monólogo como si no le hubiera interrumpido.

—¿Qué he hecho durante los últimos 20 años? Me fui a mi aldea donde me estaban esperando y cómodamente establecí mi propia familia y hacienda. ¿Dónde dejó eso a mis hermanos dragones? Después de hacer algo tan egoísta por mi cuenta, me convertí en alguien que solo se quejaba porque no le visitaban. En vez de criticar tanto la forma de vida alocada y nómada de Shuten podría haber intentado que se sintiera mejor recibido en mi hogar.

—Creo que eso era imposible. En tu aldea eran unos fanáticos de los dragones y la disciplina —negó rotundamente el dragón verde.

—O podría haberte acompañado en alguno de tus viajes para pasar tiempo en compañía —señaló.

—Me gusta viajar rápido; y hace años decidí que ya no volvería a cargar hombres en mi espalda, solo hermosas damas.

—Podría haber acompañado un tiempo a Abi en su viaje cuando acabábamos de irnos del castillo mientras se habituaba a ese nuevo estilo de vida —continuó Guen, claramente dejando a Shuten como un caso perdido.

—Yo fui quien te pidió expresamente que no lo hicieras, ¿recuerdas? —habló Abi con tono apaciguador.

—Pues debería haber acudido a tu boda y al nacimiento de tu hijo —insistió el dragón blanco.

—¡Eso sí que no tuvo precio! Una lástima que te perdieras a princesa desmayos conociendo a su hijo, Hakuryuu —intervino Shuten entre risas.

—¡Prometiste que no volverías a mentar ese asunto! ¡Te pagué para que lo olvidaras! —le reprendió Abi sonrojado hasta las orejas.

—Parece que fue eso lo que olvidé y no lo otro entonces. Tendrás que volver a pagar a ver si esta vez funciona —se burló.

—A lo que voy es que no he estado actuando como un hermano mayor, si no como un viejo gruñón refunfuñando desde su cueva —intervino Guen, consiguiendo otra vez la atención de los otros dos—. Sobre todo con Zeno. Ya lo discutimos antes. Nos podríamos haber percatado de tantas cosas si simplemente nos hubiéramos sentado a hablar y pensar sobre el asunto. Sobre su forma de actuar, sobre su actitud. Pero más que nada, todo habría sido tan diferente si en vez de quedarme estos 20 años esperando a que viniera a verme hubiera sido yo el que hubiera dado el paso. Nosotros tres estábamos en contacto, ¿por qué ninguno visitamos a Zeno en persona?

Hubo un silencio incómodo entre ellos.

—Estaba el asunto del traidor, no podíamos ser vistos descuidadamente —razonó Abi.

—El traidor fue apresado hace ya tiempo —rebatió Guen.

—Pero si alguien nos hubiera reconocido otros hubieran podido interesarse por los poderes de los dragones, y hubiéramos vuelto a tener el mismo problema otra vez —añadió Shuten.

—Podríamos haber ido a hurtadillas disfrazados —sugirió el dragón blanco—. Pudiendo contar con la complicidad de los miembros del castillo, sabiendo que no había ningún traidor filtrando información, no habría sido tan complicado concertar un encuentro.

—¡Pues si tan listo eres y tan fácil es por qué no lo hiciste antes de que fuera tarde imbécil! —le reprendió el dragón verde.

—¿Y por qué no lo hiciste tú don "con mi pierna de dragón me cuelo volando donde me da la real gana"? —espetó Guen—. Seguramente por el mismo motivo que yo. Porque cuando llegó ese momento ya teníamos algo más importante que proteger. Algo que era más que nuestra antigua hermandad de hermanos. Por ínfima que fuera la posibilidad de que las cosas salieran mal, no podíamos poner en riesgo la vida que habíamos construido fuera del castillo y la de aquellos que dependían de nosotros. ¿Acaso no has tenido pesadillas pensando lo que nuestros enemigos podrían hacer si nos hubieran sabido debilitados porque estábamos perdiendo nuestros poderes y teniendo a un infante con el potencial de convertirse en un guerrero dragón fácilmente manipulable para sus intereses?

Guen hizo una pausa esperando una respuesta que no llegó, pero era obvia por las expresiones tensas de los otros dos.

—El resultado de nuestro egoísmo fue que dejamos a Zeno abandonado a su suerte, y ninguna escusa de promesas ni conexión de hermandad va a cambiar eso. Pero lo peor de todo es que, si pudiera volver atrás, ¿haría las cosas de forma diferente?... Por mucho que me pregunte eso estoy bastante seguro de que no, no lo haría. No arriesgaría a mi hijo, ni la felicidad que había construido.

Ninguno de los otros dos añadió nada, porque pensaban igual. Ellos tampoco habrían arriesgado llevar enemigos o guerras a las puertas de los hogares que tanto les había constado construir si luego sabían que no iban a estar en condiciones de defenderlos. Por mucho que les pesara.

—En cambio Zeno, con lo poco que hemos visto hasta ahora, ya hemos podido comprobar que ha renunciado a gran parte de lo que le gustaba y también de lo que de lo que le volvía quién era solo para estar a la altura de lo que se esperaba de él. Para seguir defendiendo este reino que Hiryuu formó, y al hijo que engendró que ahora es el nuevo rey y le aprecia hasta el punto de considerarle un hermano mayor… Zeno está tomando una espada para proteger este reino como hicimos nosotros en su día, es el guerrero, el apoyo y la familia del rey… Siento que ya es el hermano mayor de otra familia en vez de mi hermano pequeño, y mejor de lo que yo jamás lo fui. Me siento orgulloso, pero también me siento celoso, cabreado y enfermo conmigo mismo… Toda esta situación apesta, no se qué debería hacer —concluyó finalmente.

—Nada —le respondió Abi, ganándose una mirada confundida de Guen—. No debes hacer nada porque no puedes hacer nada, hermano. Ahora solo nos queda observar, ser unos mudos espectadores de lo que ocurre. Nuestro tiempo en el escenario ya se terminó.

El dragón azul le dijo la verdad tal cual era, sin tapujos y no le quedó más que aceptarlo como la amarga realidad que era.

—Ya deja ir el pasado —añadió Shuten por su parte—. Como dijimos, no merece la pena darle vueltas porque ya no podemos hacer nada al respecto. Además, para empezar yo nunca quise un hermano mayor, así que ni te molestes.

—Con tu tacto a lo mejor todavía estamos a tiempo de hacer algo Ryokuryuu —le medio reprendió Abi.

—En tus sueños, Abi-chan.

Abi y Shuten se enzarzaron en una pelea sin sentido y Guen les dejó estar mientras seguía reflexionando sobre lo que acababan de hablar. Tenían razón. Debía dejar el pasado atrás de una vez por todas. Había cometido errores que ya no tenían solución, pero ahora recuperaría el tiempo perdido quedándose al lado de su hermano menor durante el resto de su inmortal vida, aunque él nunca llegara a ser consciente de ello, y no pensaba perderse detalle.