Disclaimer: Bleach es de Tite Kubo. La trama y los personajes originales son míos
3. El desafío de los Kuchiki
Ichigo y Rukia ingresaron a la oficina del Treceavo Escuadrón y ambos se dejaron caer en el sofá, completamente agotados y muy juntos. Rukia recargó su cabeza en el hombro derecho de él, mientras que Ichigo le rodeó los hombros.
—Esto de viajar entre dimensiones y al Mundo de los Vivos es agotador —dijo Ichigo.
—Vaya que sí —concordó Rukia, y se acurrucó mejor en su pareja—. El señor Salminem tiene demasiada energía para alguien… de su volumen.
—No sé cómo ese tipo gordo pudo subir caminando una montaña sin agitarse —soltó el hombre de pelo naranja—. Teníamos que seguirle el paso, enana.
—Bueno, no importa. Hoy nos mostró el salón de la recepción, y es enorme. Vamos a tener que hacer una lista grande de invitados —dijo Rukia, entusiasmada—. Valió la pena el haberlo seguido por toda la ciudad a pie, conocimos muchos lugares y tienes que admitir que para ser alguien no humano es educado.
Ichigo apretó un poco más su abrazo y tuvo que admitir que Rukia tenía razón. Wäichou Salminem, a pesar de su grotesca apariencia, había sido bastante amable en su trato y, cumpliendo su palabra, los había llevado de visita por la ciudad de Guanajuato para que conocieran el lugar religioso donde iba a ser la ceremonia y el salón de eventos donde sería la recepción, los cuales no eran nada modestos, pero él les recordó que el dinero no era impedimento. Incluso los llevó a otra ciudad para que conocieran a los integrantes de la orquesta de la ópera, el grupo versátil, el mariachi y el cuarteto de tango que tocarían en su boda, los cuales se mostraron bastante entusiasmados de conocerlos, pues habían escuchado de su aventura y victoria contra la Reina Carmilûte. Hasta pudieron degustar las opciones de comida para el banquete, las cuales habían estado deliciosas y no tenían rastro de carne humana. Y, por si fuera poco, Uryu ya había avanzado bastante con el vestuario, pues ya había acabado el traje de Ichigo y el vestido de novia lo tenía por la mitad.
Toda esta organización tenía bastante ocupados a Ichigo y Rukia durante los últimos cuatro meses. Pero Yamamoto y Ukitake, a raíz de la naturaleza del evento, les dieron un permiso de tiempo indefinido para que estuvieran concentrados en organizar el evento, siempre y cuando ambos hombres figuraran en la lista de invitados, la cual iba creciendo poco a poco con el pasar de los días.
Por lo pronto, y después de pasar un tiempo en el Mundo de los Vivos, se permitieron el lujo de descansar un poco. Aunque Ichigo observó que ella se removió un poco incómoda y su mirada denotaba preocupación.
—¿Qué ocurre, enana? ¿Te ves preocupada? —preguntó el hombre.
—Esto ha sido muy bonito, y va a ser casi mágico el día de la boda —respondió la mujer, y le miró a los ojos—. Y creo que a mi hermano le habría encantado acompañarnos.
Ichigo sintió como si le dieran un puñetazo en el estómago. En cuatro años había olvidado por completo a Byakuya Kuchiki, quien fue cortado en dos en un arranque de cólera de Lajos Salminem cuando intentaron destruir su planta de procesamiento junto con los segadores legionarios y algunos capitanes del Seireitei.
—Quiero que mi hermano esté en nuestra boda Ichigo —dijo Rukia, con decisión—. Quiero que nos acompañe y nos de su bendición.
—Enana, el ya no está con nosotros —le recordó el hombre de pelo naranja.
—Pero recuerdo algunas palabras de los segadores legionarios, que, de acuerdo con unos postulados o leyes, mi hermano podría estar en el mundo de los latinoamericanos —comentó Rukia, sin perder la esperanza.
Hubo un momento de silencio, en el cuál Ichigo pensaba un poco. Quizá no fuese tan descabellado preguntarles a los legionarios por alguna alma en particular, y la búsqueda de Byakuya no resultara tan difícil después de todo. De todos modos, las misiones casi imposibles o suicidas parecían ser la especialidad del segador de pelo naranja.
—Buscaré a Byakuya, enana. Le pediré ayuda a los legionarios para localizarlo y tenerlo en nuestra boda —habló Ichigo, con una esperanza contagiosa.
—Yo iré contigo —dijo Rukia, decidida.
—Sí, pero ahora no —le cortó él.
—Pero estamos juntos en esto, ¿o no? —le recriminó la pelinegra, con algo de enojo.
—Sí, enana. Estamos juntos en esto, pero recuerda que Uryu tenía que mostrarte el vestido esta semana durante todo el día —le recordó Ichigo, y esto apaciguó a la segadora
—Es cierto, tengo que ir con Ishida —recapacitó la mujer, y se levantó y estiró—. Por cierto, Ichigo, ¿ya fuiste con los líderes del clan Kuchiki?
Ichigo sintió que de nuevo lo golpearon en el abdomen. En estos cuatro meses, desde que le había propuesto matrimonio a Rukia, pasando por el chisme que se extendió por los mundos mortales y espirituales y los preparativos de la boda, no se había dado el tiempo de acercarse con los líderes del clan Kuchiki. A él francamente le valía un rábano lo que pensaran los nobles, pero para Rukia parecía que era importante.
—Eh… no. No he ido con los estirados esos —respondió el de pelo naranja, rascándose la cabeza con la mano derecha.
—Tienes que ir cuanto antes, idiota —habló Rukia, seria—. Desgraciadamente y por mucho que hagamos las cosas a nuestra manera, ellos tienen el poder de impedir nuestra boda si no has hablado con ellos —se acercó al hombre de pelo naranja—. Yo si quiero todo esto Ichigo —su tono se suavizó—, no quiero malas sorpresas el día de la boda. Ve con ellos por favor.
—De acuerdo, enana —murmuró Ichigo, y le dio un abrazo corto pero intenso.
—Bueno, tengo que ver a Uryu —dijo Rukia, una vez que se separaron—. Espero que haya avanzado mucho en el vestido. Nos vemos al rato —y le dio un beso en la mejilla, para luego salir de la oficina.
Una vez solo, Ichigo se llevó ambas manos a la cara y suspiró. Amaba demasiado a Rukia, y si para verla feliz tendría que ver a esos estirados, pues que así fuese.
Tres días después, Ichigo se encontraba en la mansión Kuchiki, yendo y viniendo dentro de un amplio salón cubierto simplemente con duela y cerca de doce almohadones blancos y robustos. Iba con su uniforme segador y desarmado, siguiendo los consejos de Rukia debido a que Zangetsu podría ser bastante intimidante para los líderes.
El hombre de pelo naranja sacó su teléfono móvil y observó la hora. Las once, hora que debía ser la reunión. Y pocos segundos después, la puerta principal del salón se deslizó y por ella ingresaron nueve hombres y ocho mujeres, la gran mayoría de entre mediana a avanzada edad, a excepción de un joven veinteañero de un metro y noventa y cinco centímetros de alto, bastante atractivo, de cabello negro, liso y largo hasta pasar los hombros, ojos azul claro y de rostro amable. Todos vestían de manera elegante, con ropas de tela de buena calidad, del color de los pétalos de los cerezos en las mujeres y un negro profundo en los hombres. El más joven llevaba un yukata negro, un hakama blanco, un obi gris pizarra y un haori blanco con mangas negras y bordes dorados, además de una bufanda de color aguamarina muy claro y los keiseikan acomodados de manera que una mano de cuatro dedos le estuviera agarrando la cabeza desde la despejada frente.
Todos los líderes tomaron asiento formando un cuadrado que rodeó a Ichigo. Éste notó que dejaron al más joven en el centro.
—Hola Ichigo Kurosaki, —le saludó el hombre joven de manera alegre— ¿cuál es el motivo de habernos citado? —preguntó curioso, pero no enojado.
El hombre de pelo naranja respiró profundo. Ese tipo, aparentemente el nuevo jefe principal del clan por la bufanda y los keiseikan, le inspiraba algo de confianza.
—Tengo la noticia de que me voy a casar con Rukia —respondió el hombre de pelo naranja.
—Bueno, eso no es ninguna novedad —le interrumpió una mujer de ojos azul claro pero muy severos—. Es más, te saltaste todos los protocolos de cortejo, nuestro consentimiento de novios y la propuesta formal de matrimonio autorizada por nosotros.
El hombre de pelo naranja rodó los ojos, en una clara señal de enfado. Cosa que a la mujer no le gustó para nada.
—Rukia está buscando el consentimiento de ustedes —dijo Ichigo—. Y francamente espero que lo den, no quiero que interrumpan algo que es muy importante para nosotros.
—Sin embargo, no podemos darte nuestro consentimiento, así como así —habló un hombre, cuyo pelo negro tenía varios mechones blancos—. Rompiste importantísimos protocolos que…
—Pero yo no tengo ningún problema en darlo —le interrumpió el joven—. Es más, me gustaría que Ichigo Kurosaki formara parte de la familia Kuchiki —y le sonrió al hombre de pelo naranja de manera amable.
El resto de los líderes comenzaron a murmurar algo enojados entre sí. Ichigo se cruzó de brazos, al ver el poco valor que le daban a la palabra del jefe del clan, tal vez por ser demasiado joven o muy amable.
—Señor Yokiku, —le interrumpió un hombre de cabello verde bandera—, el problema aquí es que Ichigo Kurosaki rompió varios protocolos al proponerle matrimonio a Rukia. Eso no lo podemos tolerar, no podemos permitir que las costumbres sean pisoteadas de esa manera.
—Bueno, pero creo que esas costumbres ya son algo anticuadas —opinó Yokiku—. He visto, por los informantes del Mundo de los Vivos, que muchas cosas en Japón han cambiado —respiró un poco—. Ha habido acontecimientos a lo largo de los siglos que han cambiado al país y a su gente, los ha hecho cambiar de mentalidad y ahora tienen otras costumbres. Unas que hacen que las del Seireitei parezcan arcaicas.
Los líderes comenzaron a murmurar igual de furiosos, y Yokiku mantenía su semblante amable. Ichigo sonrió, ese jefe de los Kuchiki logró hacer rabiar a los líderes del clan y por eso le estaba empezando a caer bien.
—Podrán ser anticuadas, pero son nuestras costumbres. Son parte de quien somos, por lo cual hay que guardarlas —habló una mujer de pelo violeta oscuro.
—Quizá sería un buen momento de un cambio de hábitos… —sugirió el jefe, pero alguien se levantó abruptamente del suelo.
—¡Basta! —gritó la mujer de ojos azul claros, haciendo que todos se sobresaltaran y Yokiku se encogiera un poco en su asiento—. No es momento de cuestionar las costumbres de nuestra familia. Tenemos que ponerle a Ichigo Kurosaki —señaló al aludido— algunas condiciones por haber ignorado los protocolos de matrimonio de los Kuchiki.
—Propongo que se bata a un duelo con el señor Yokiku —dijo un hombre pelinegro cuyo pelo era tan largo que le tapaba el rostro a la altura de la nariz—. Si lo vence, le daremos el consentimiento.
Yokiku se tensó ante lo propuesto, y más cuando los líderes murmuraban en señal de aprobación.
—Me parece que estamos eligiendo el oponente incorrecto para Ichigo Kurosaki —intervino una mujer pelinegra y de ojos amarillos—. Haría pedazos al señor Yokiku en cuestión de segundos, tiene que vencer a un enemigo más formidable que un segador novato, torpe, lento y mediocre que apenas le llega a las suelas al difunto señor Byakuya.
—Y que nunca ha ganado un combate cuerpo a cuerpo o espada con espada —puntualizó una mujer de pelo verde muy oscuro.
—Pero no fuera un mugroso videojuego o salir a escuchar los problemas de la gente porque en eso el señor Yokiku si tiene mucha habilidad —dijo con burla un hombre de pelo azul marino, ganándose algunas sonrisas y risas de los presentes.
Ichigo notó que el joven jefe de los Kuchiki bajó un poco la cabeza, notoriamente decepcionado. Tenía que reconocer el temple de él ante las denostaciones que estaba recibiendo. Él ya les habría roto los dientes a unos cuantos.
—Bueno, en ese caso, ¿a quién sugieren para que Ichigo se bata a duelo? —comentó Yokiku, levantado la cara.
—Yo propongo, señor Yokiku, —habló el hombre de pelo verde bandera, y se levantó para caminar muy lento, enfrente del jefe de los Kuchiki— a un enemigo imposible, a un enemigo que provocó un cambio en el clan, a un enemigo que nos arrebató a alguien muy valioso, a un enemigo que jamás creímos que existiría más que en un cuento.
Ichigo escuchó atentamente las palabras del hombre e iba atando cabos. Alguien que les arrebató algo muy valioso al clan, que provocó cambios en el clan…
"Maldita sea, creo que ya se quién es" pensó el hombre de pelo naranja.
—¿Y de quién se trata? —preguntó Yokiku.
—Del monstruo que mató al señor Byakuya —respondió el hombre, y volvió a tomar su lugar.
Varios murmullos de aprobación surgieron entre los presentes, y parecía que les gustó mucho la idea. Sólo el joven jefe no parecía muy acorde con ello.
—Bueno, Ichigo Kurosaki —habló la mujer de ojos azul claros, de manera fuerte y decidida—, está claro cuál va a ser nuestra petición a raíz de. Tendrás que ir al Mundo de los Vivos, vencer al monstruo que mató a Byakuya, regresar…
—Pero yo no lo apruebo —reclamó Yokiku—. Ichigo tiene todo mi consentimiento para casarse con mi tía Rukia. No debemos mandarlo a morir con ese dragón.
—Lo siento señor Yokiku —dijo el hombre del fleco grande, y se levantó—. Los asuntos de matrimonios deben tomarse con todo el consejo de líderes y tener una decisión unánime, y aquí la palabra del jefe del clan no es absoluta. Lo siento —e hizo una pronunciada reverencia
—Bueno, Kurosaki —continuó la mujer de ojos azul claro, mientras el hombre volvía a sentarse—. Tienes que vencer al monstruo que mató a Byakuya, regresar con evidencia de tu victoria y, además —levantó su índice derecho— conseguir la firma del visto bueno del antiguo líder de los Kuchiki para que Rukia se case contigo.
Todos los presentes hicieron caras de asombro y de inmediato se pusieron a cuchichear. Parecía que estaban bastante de acuerdo con la petición imposible de la mujer, y eso a Ichigo no le gustó para nada.
—Pero lo último es imposible —replicó Yokiku, y se levantó de su asiento—. Mi tío Byakuya ya no está con nosotros. Esa firma Ichigo nunca la va a conseguir. Insisto, yo…
—Entonces —interrumpió la mujer de ojos claros—, y al parecer, Kurosaki no se casará con Rukia si no reúne nuestras peticiones. Así que, Kurosaki —y miró al de pelo naranja con una marcada sonrisa de burla— si quieres estar al lado de Rukia hasta que la muerte los separe, tienes algo de trabajo que hacer. Y para que veas que somos benevolentes, tómate el tiempo que sea necesario para cumplir las peticiones. Se levanta la reunión.
Todos los líderes se levantaron de su asiento y se encaminaron a la puerta. Parecían bastante satisfechos con la petición hacia Ichigo, pues se veían muy tranquilos y de buen humor, a excepción del más joven de ellos, quien no parecía estar muy de acuerdo con todo aquello.
Una vez solo, Ichigo salió del salón, caminó un buen tramo por el pasillo y se dejó caer en el piso. Esa reunión lo dejó algo cansado mentalmente, principalmente por ver el trato de los líderes a su joven jefe y la imposible petición que le hicieron. Parecía que el destino quería, una vez más, impedirle disfrutar de estar tranquilo junto a Rukia.
—Que gusto verte de nuevo, Ichigo —le saludó una voz grave.
El joven de pelo naranja alzó la vista y por momentos creyó haber visto a Byakuya vestido de un yukata negra, un hakama verde bandera y un haori azul marino. Pero el hombre que tenía enfrente presentaba algunas diferencias con el antiguo capitán del Sexto Escuadrón, como el rostro más alargado, los ojos más abiertos y un monóculo cubriendo su ojo derecho.
—Zoshuwai —murmuró el de pelo naranja y se levantó.
El aludido asintió: —Vaya, creo que la reunión no te sentó muy bien Ichigo —habló—. Tienes una cara algo más antipática que de costumbre.
—¿Y tú vienes a burlarte? —inquirió Ichigo, frunciendo el ceño.
—No, de hecho, vengo a darte soluciones para que te cases con Rukia —respondió el del monóculo—. Ven, te acompaño a la salida.
—¿Espiaste la reunión? —cuestionó el segador.
Zoshuwai soltó una risa grave y abrió los brazos: —Ichigo, esta casa no tiene ningún secreto para mi —respondió, y comenzó a caminar. Al ver al hombre de pelo naranja estático le hizo una seña para que lo siguiera—. Bueno Ichigo, empecemos con los requisitos que te dieron los líderes para que te cases con Rukia.
—Quieren que derrote al monstruo que mató a Byakuya y consiga también la firma de Byakuya —dijo Ichigo y bajó la voz—. Lo último no es ningún problema, pero lo primero es imposible. Combatí al monstruo hace cuatro años, sólo pude dañarlo en el interior de la boca y para colmo me mostró una marca que lo hacía inmortal —respiró un poco—, que después se convirtió en un número mil cuando Rukia y yo matamos a la Reina Oscura y que significa que morirá en mil años gracias al tiempo y no a otros factores.
El pelinegro miraba al de pelo naranja bastante serio, pero analítico.
—Bueno Ichigo, parece que el consejo no quiere ver tu unión formalizada con Rukia —habló Zoshuwai luego de un minuto de silencio—. Además, puedes tomar otras opciones, como escapar a otros mundos espirituales y ser feliz allá, ¿no crees? —sugirió, algo burlón.
Antes de que el hombre de pelo naranja replicara ante el chistorete, alguien muy alto chocó con él y casi se va al piso, a no ser que el ex segador sustituto lo sujetó de la muñeca izquierda.
—Oye, ten más cuidado —replicó Ichigo.
—Perdón Kurosaki —se disculpó el joven líder de los Kuchiki, con una marcada reverencia—, fue mi culpa. Estaba distraído con mi juego —y mostró su consola que tenía en la mano derecha.
—Hola Yokiku —saludó Zoshuwai—, hace tiempo que no nos sentamos a platicar un poco. Dime, ¿cómo te ha tratado la familia?
—Mal, tío —respondió el joven, y se llevó la mano izquierda al rostro—. El consejo de líderes quiere que rete a duelo al capitán Abarai para recuperar el Sexto Escuadrón. Si bien creo que soy un segador competente, no tengo la experiencia del capitán Abarai en cuanto a combate —suspiró—. Escuché que sobrevivió a una batalla en el mar, que se ganó el respeto de un demonio del mar que odia profundamente a los japoneses junto con el capitán Hisagi y el capitán Kira —pausó un poco y se relamió los labios—. Por eso, creo que no le duraré cinco minutos espada contra espada.
—¿Quieres que ponga la situación a tu favor? —preguntó sugerente el hombre del monóculo.
—No tío, no por favor —respondió Yokiku bastante asustado, lo cual le sacó una pequeña y grave risa al Kuchiki mayor—. El capitán Abarai ha llevado el escuadrón de maravilla, tanto que ya todos sienten que son tratados como se debe y no como cuando estaba mi tío Byakuya —se rascó la mejilla derecha—. Creo que es hora de que los Kuchiki vayan cediendo el poder en el Gotei 13 a otros segadores que sí se lo merecen.
Ichigo se asombró de escuchar a Yokiku. Él percibía que el nuevo jefe del clan Kuchiki era fuerte, casi a la par de Byakuya, pero parecía que admiraba y respetaba a Renji, y se sentía incapaz de confrontar al pelirrojo en un duelo.
—Te falta comprender mucho en lo que es el poder Yokiku —opinó Zoshuwai, y se acomodó su monóculo—. Aunque creo que tu inocencia y falta de hambre de poder es lo que le falta a esta familia para enfriarse un poco.
—Esta familia necesita algunos cambios tío, pienso que…
Y mientras Yokiku le externaba a Zoshuwai algunas ideas, Ichigo volcó su atención a la consola que sujetaba el joven con la mano derecha.
—Oye, ¿por qué traes un videojuego? —cuestionó el de pelo naranja.
—Ichigo, el chico también tiene derecho a perder el tiempo de vez en cuando, ¿no? —dijo Zoshuwai.
Yokiku ocultó su consola entre sus ropas: —Bueno…es q-q-qu-e…—tartamudeó— esas reuniones siempre me ponen muy tenso y nerv-v-vioso. Y los v-v-v-videojuegos me ayudan a despejarme después de ellas.
—La verdad te falta imponerte más ante las palabras de esos idiotas —opinó Ichigo—. Pero debo admitir que tienes paciencia para aguantar todas sus estupideces.
—Una de esas idiotas es su madre y mi hermana, Ichigo —comentó Zoshuwai.
—No me importa si sea hombre o mujer, un imbécil es un imbécil —dijo el de pelo naranja—. Por ejemplo, Byakuya se comportó como un perfecto imbécil cuando conocí a Rukia.
—La verdad son todos muy abrumadores, Ichigo —habló el joven pelinegro, y su semblante cambió a uno más amable—. Espero que puedas reunir todos los requisitos para poder casarte con mi tía Rukia. Sabes que de antemano tienes mi aprobación y bendición como el jefe de la familia Kuchiki. Con tu permiso —e hizo una reverencia—, tengo cosas que atender.
Yokiku sacó su consola de sus ropas y continuó caminando por el pasillo, mientras que Ichigo y Zoshuwai le observaban como volvía a concentrarse en el aparato.
—Creo que el videojuego de mi sobrino me acaba de dar una idea —dijo el hermano de Byakuya.
—¿A qué te refieres? —inquirió el de pelo naranja.
—Mira Ichigo. Es imposible que venzas al monstruo que mató a mi hermano en una pelea con espadas —respondió Zoshuwai—. Pero, hay otras alternativas donde, si tienes la suficiente valentía, podrías barrer el piso con él en un mundo… —levantó su índice derecho— que podemos ver —agitó un poco el dedo—… sólo a través de una —y volvió a agitar el dedo—… pantalla.
Ichigo se quedó en silencio, asimilando las palabras del pelinegro. Era bien sabido que no podía enfrentar a Lajos Salminem en un duelo de espada contra hacha. Aunque las palabras del hermano de Byakuya parecían insinuarle que…
—Tiene que ser una broma —dijo el de pelo naranja, agarrándose la cabeza con las manos y negando varias veces.
—Ichigo, debes verlo por el lado positivo —le alentó Zoshuwai—. Quizá no puedas vencer en un combate de fuerza al monstruo. Pero creo que él no es invencible en todo, puedes ganarle en algún aspecto. Prueba con los videojuegos para ver si tienes suerte. Además, recuerda que esto es por tu compromiso con Rukia, y un hombre enamorado puede hacer hasta las más inverosímiles locuras por amor.
El de pelo naranja se calmó un poco. El pelinegro tenía razón, tenía que hacer esto por Rukia, por el gran amor que le profesaba a ella y por su próximo compromiso. Y también para demostrarle a los estirados líderes Kuchiki que para él no había imposibles.
—Bien, lo haré. Todo por la enana —dijo el ex segador sustituto con determinación.
—Eso me gusta, cuñado —dijo Zoshuwai, y le palmeó el hombro izquierdo—. Ahora, tengo entendido que tendrás que contactar a los legionarios para que te lleven a tu batalla con el dragón. Así que —bajó la voz—, te espero aquí en los jardines esta madrugada para enviarte al mundo espiritual de los latinoamericanos.
Ichigo asintió, y ambos hombres continuaron caminando por el pasillo, platicando las nimiedades de la existencia.
En la madrugada, Ichigo, Rukia y Zoshuwai estaban en los jardines de la mansión de los Kuchiki, frente al seikaimon particular de la familia. Al ser octubre, el clima ya comenzaba a sentirse más fresco que por lo que los tres llevaban ropa más gruesa de lo usual, Ichigo y Rukia tenían chamarras sobre sus uniformes segadores y Zoshuwai un haori negro, de tela gruesa y apariencia afelpada encima de su indumentaria tradicional japonesa. Tanto el hombre de pelo naranja como la mujer pelinegra iban desarmados.
—Ya se están tardando un poco —comentó Ichigo, y Rukia asintió.
—Maldito indio impuntual —murmuró el hombre del monóculo por lo bajo, mientras observaba un reloj de bolsillo con cadena, el cual marcaba las tres de la mañana.
Y justo después de haber esperado casi media hora, el seikaimon se abrió y por él salieron tres xoloitzcuintles y después Mauricio Hernández Ramírez, el cuarto oficial de los segadores legionarios del Mictlan, vestido con su uniforme. No había cambiado casi en nada desde el último día que lo vieron, a excepción de una larga cicatriz que le cruzaba el rostro de izquierda a derecha, pasando entre la fosa nasal izquierda y los labios.
—¡Qué onda, Cempa, Tecolotito, Don Kuchiki! —saludó el legionario, con los dedos en V— ¿Ya están listos los dos para volver al Mictlán? —preguntó, dirigiéndose a la pareja.
—Sí, estamos listos —respondió Rukia, mientras que Ichigo asintió con la cabeza.
—Bueno, entonces hay que echarle candela e irnos. Los xolos los están esperando —dijo el segador legionario, y miró a Zoshuwai—. Don Kuchiki, en unos días se los traigo completos, si es que El Cempa no hace alguna pendejada en el Mundo de los Vivos.
Rukia soltó una risa, e Ichigo entrecerró los ojos y dejaron que los xoloitzcuintles se acercaran a ellos. Antes de seguir al perro, el hombre de pelo naranja sintió que tiraban de su brazo derecho y vio a su cuñado con cara de confusión.
—Oye Ichigo, ¿qué diablos dijo este segador? —preguntó Zoshuwai en un murmuro.
Ichigo se quedó muy extrañado, pues él si le entendió perfectamente al segador legionario. Pero de pronto se le vino a la mente un detalle pequeño, pero nada insignificante.
Él tenía un Kidoh especial de lenguaje desde hace cuatro años, y todavía seguía haciendo efecto en Rukia y él, pero su cuñado no y tal parecía que no comprendía nada del español hablado por Mauricio.
—Qué nos veremos pronto y nos va a traer sanos y salvos —aclaró el de pelo naranja.
—Bueno, entonces ten mucho cuidado —habló el del monóculo, y tomó al otro hombre por los hombros—. Mucho éxito en tu misión, Ichigo. Sabes que el jefe de la familia y yo esperamos que triunfes.
—Así será —dijo el otro, y asintió con la cabeza. El pelinegro lo imitó y lo soltó, permitiendo que se reuniera con el perro.
—¡Ándale, Cempa! ¡Que quiero mostrarte algo! —gritó Mauricio, y se metió en el seikaimon en compañía de su cuadrúpedo guía.
Ichigo avanzó hasta estar junto con Rukia y ambos cruzaron el seikaimon en compañía de los xolos, mientras que Zoshuwai, dando un gran bostezo, se encaminó a la mansión con la meta de tener unas horas de reconfortante sueño.
Luego de cerca de casi una hora, los tres llegaron al neblinoso mundo donde se encontraban las puertas del Mictlán junto con los xoloitzcuintles. Y mientras Ichigo y Rukia volvían a contemplar las imponentes estructuras, Mauricio se dirigió a una casita de piedra que estaba ahí y dio una serie de chiflidos. Los perros que los acompañaron se perdieron en la neblina
—¡Pirri, cabrón! ¡Ábrenos, que traigo al Cempa y traigo prisa! —gritó Mauricio.
Unos segundos después Emeterio, el portero del Mictlán, salió de su casita. Lucía adormilado y no tan contento de que lo hayan despertado.
—Ya voy cabrón, ya voy —dijo el hombre mayor, algo enfadado y dirigiéndose a donde estaba la cerradura.
El hombre abrió las puertas y se despidió de ellos, no sin antes soltar varias groserías contra el segador legionario. Una vez dentro del Mictlán, Mauricio fue guiándolos por las calles durante varios minutos.
—Antes de irnos al Mundo de los Vivos, quiero mostrarles algo que encontré hace un año —habló el segador legionario, muy contento.
Pasaron varios lugares que vieron hace cuatro años, como el cuartel de los legionarios, el tzompantli y varios calpulli, lugares análogos a los distritos de la Sociedad de Almas, hasta llegar a una casa de dos pisos pintada de un rosa pálido, como el color de los pétalos de cerezo.
Mauricio se acercó a la puerta y llamó dos veces, a la par que a Ichigo y Rukia les llegó el recuerdo de quién habitaba ese lugar.
Pocos segundos después, una mujer bajita y pelinegra, casi idéntica a Rukia, abrió la puerta. Aunque Ichigo y Rukia ya la habían conocido cuatro años atrás, verla de nuevo les asombró.
—¡Hola, Giselita! —saludó el segador legionario—. Oye, ¿no está tu viejo en casa? —preguntó.
—Hola, oficial Hernández. Hola Ichigo, hola Rukia —saludó Hisana—. Sí, enseguida lo llamo. Por lo mientras, pasen, pasen por favor y tomen asiento.
—Yo ahorita vengo en dos horas. Tengo que reportarle al capitán que ya llegué y traje a estos dos —se excusó Mauricio, y desapareció con shumpo.
Hisana ingresó, mientras Ichigo y Rukia cruzaron la puerta y se sentaron en uno de los sofás. El interior de la casa de Hisana no había cambiado mucho desde la última vez que estuvieron ahí, sólo notaron que había una fotografía más, en donde aparecía ella junto a Byakuya sosteniendo a un bebé de grandes ojos púrpura.
—Rukia, Kurosaki, cuánto tiempo sin vernos —saludó una voz masculina y tranquila, sacándolos de su distracción.
El saludo hizo que ambos levantaran la cabeza y a unos pasos de ellos estaba Byakuya Kuchiki, íntegro. Conservaba sus rasgos faciales de hace cuatro años, si bien su ropa había cambiado por una camisa azul celeste y un pantalón de vestir gris pizarra. Además, sostenía algo que sorprendió tanto a Ichigo como a Rukia que ambos abrieron mucho sus ojos.
Entre los brazos de Byakuya había un bebé que lucía un mes de nacido, envuelto en un cobertor verde pistache. El infante recién nacido tenía su suave piel de color rosa, y finos cabellitos negros nacían en su cabecita. No pudieron verle los ojos, pues estaba profundamente dormido.
—Dejen traerles algo de agua —dijo la mujer mayor, para captar su atención.
Hisana se encaminó a la cocina y Byakuya a uno de los cuartos para dejar al bebé en su cuna, ante los asombrados comprometidos. Al poco rato, se encontraban los cuatro sentados, cada uno con un vaso con agua.
—Y bien, ¿a qué han venido aquí a nuestra casa, Kurosaki? —preguntó Byakuya, directo.
—Rukia y yo vamos a casarnos —respondió Ichigo, después de darle un sorbo al vaso.
—Y están invitados a la boda —siguió Rukia—. Cuando tengamos las invitaciones se las haremos llegar.
—Además, la enana quiere que tú, Byakuya, la lleves al altar —agregó el de pelo naranja.
Tanto Hisana como Byakuya se miraron entre sí asombrados, y luego ella se levantó, le dedicó una amplia sonrisa a la joven pareja y tomó las manos de ambos.
—Muchas felicidades a los dos —dijo la mayor, apretando su agarre y soltándolos sin dejar de sonreírles.
—Tengo que admitir que es una noticia gratificante, Kurosaki. Y muchas felicidades —habló el antiguo jefe de los Kuchiki. Los ojos de Rukia se tornaron vidriosos por sus palabras, e Ichigo suspiró bastante aliviado.
—Imagino que ya se están preparando para la boda, ¿verdad? —comentó la mayor de las mujeres, sin dejar de sonreír.
La joven pareja se miró entre sí y afirmó con la cabeza. Entonces Rukia habló, contándolo todo con lujo de detalle y siendo apoyada por Ichigo en la mitad del relato, desde cómo se hicieron novios, el día en que Ichigo le pidió matrimonio, cuando se difundió la noticia entre los seres mitológicos en el Mundo de los Vivos y las almas de otros lugares, la confección del vestido y traje por parte de Uryu y la organización de la boda a cargo de Wäichou Salminem.
—Un momento Rukia, Kurosaki —interrumpió Byakuya—. Estás diciendo que el monstruo que me mandó aquí les pagó la boda, y tiene un hermano que les está ayudando a organizar el evento —agregó entre enojado y asombrado.
—Sí, pero lo están haciendo como una muestra de gratitud —le apaciguó Rukia—. Y se han portado muy bien con nosotros, no ha pasado nada malo cuando visitamos el Mundo de los Vivos.
—Y eso es algo que no puedo decir de tu familia, Byakuya —puntualizó el de pelo naranja.
El hombre pelinegro cerró los ojos: —Deduzco que algo pasó con el actual jefe de los Kuchiki, ¿cierto? —aventuró.
—No. De hecho, hasta es más flexible que tú —dijo Ichigo. Byakuya alzó la ceja derecha—. El problema es con los demás. Todo ocurrió cuando…
E Ichigo procedió a contarles lo ocurrido en el salón de los Kuchiki. Hubo algunos segundos de silencio, en los que los tres presentes procesaban las palabras de Ichigo luego de que acabara su relato, siendo Byakuya el más concentrado. Luego, el mayor de los hombres tomó un sorbo de agua y dejó el vaso.
—No tengo ningún problema en darte mi consentimiento, Kurosaki —habló el pelinegro—. Puedo redactarlo en este momento para apaciguar al consejo del clan.
—Es que Byakuya, tu familia además me mandó a vencer al dragón —replicó Ichigo—. Sabes que la piel de esa cosa destruye las espadas. Y quieren pruebas de que haya triunfado sobre él.
—Bueno, el consejo te dijo que tenías que vencer al monstruo, no matarlo —razonó Byakuya—. Así que usa ese argumento a tu favor, piensa en qué le puedes ganar sin necesidad de cruzar armas.
Ichigo se rascó el cuello, algo avergonzado. A Rukia le extrañó un poco eso.
—Tengo un plan, pero suena sumamente ridículo, aunque creo que puede funcionar —dijo el de pelo naranja.
—Vamos Ichigo, confía en nosotros. Dínoslo —le alentó Rukia.
El hombre de pelo naranja la vio directo a los ojos, luego a Byakuya y tomó aire: — Voy a retar al monstruo en los videojuegos —comentó.
Los otros tres se quedaron en silencio, asimilando las palabras. Hasta que la más joven de las mujeres frunció el ceño y se levantó de su asiento.
—Eso suena sumamente estúpido, Ichigo —dijo Rukia—. Debes tomarte las cosas más en serio.
—Tenías razón Kurosaki. El plan suena algo ridículo —habló el hombre pelinegro—. No entiendo cómo se te ocurrió un plan así. Mi hermano te habría sugerido un mejor actuar.
—Byakuya, tu hermano me sugirió ese plan —rebatió Ichigo, con una sonrisa.
El anterior jefe de los Kuchiki se tapó la cara con la mano derecha y negó lentamente. Su esposa le palmeó el hombro.
—Bueno, es un plan algo de locos —intervino Hisana—. Pero por lo que he escuchado de los segadores legionarios, en la tierra donde vive el dragón hay bastantes situaciones así.
—Tengo que intentar de todo —dijo Ichigo—. No sólo lo hago por la boda, es para demostrarle a los Kuchiki que puedo hacer lo que sea porque amo a la enana como nadie tiene idea.
Las últimas palabras de Ichigo tomaron algo desprevenida a Rukia. Si bien las agradecía, el que las haya expresado delante de su hermano adoptivo fue muy sorpresivo.
—Muy bien Kurosaki. Espero que tu plan funcione —soltó Byakuya—. Una idea loca que provino de un loco sólo puede ser ejecutada por otro loco en un país de locos.
—Amor, no le digas así a tu hermano y a Ichigo —aconsejó Hisana.
—Sólo espero que el monstruo no intente matarme cuando lo encuentre —habló Ichigo—. Por cierto, Byakuya, ¿el bebé es tu hijo?
Al escuchar la cuestión y el abrupto cambio de tema, Byakuya se sonrojó ligeramente y Hisana soltó una risilla.
—Sí, Ichigo. Es nuestro hijo, se llama Sojun y tiene apenas un año… —comenzó Hisana.
Y Hisana habló para actualizar a Ichigo y Rukia de su vida en el mundo espiritual de los latinoamericanos, mientras que ellos los ponían al día de lo que había ocurrido en el Seireitei durante los últimos cuatro años, además de su aventura por las tierras mexicanas y europeas, el viaje con el Duquesa Isabela, la gran batalla en los campos de Covasna y su enfrentamiento con la Reina Oscura.
Cuando Ichigo estaba a punto de contarle a la pareja de esposos su encuentro con los Amos de la Muerte, unos toquidos lo interrumpieron y Hisana fue a abrir la puerta. Era Mauricio, todavía con su uniforme segador.
―Hola Don Byakuya, Giselita —saludó el segador de pelo largo—. Ya vine por El Cempa para buscar a Lajos en el Mundo de los Vivos.
Ichigo se levantó del sofá: —Espero no tardar en volver con las pruebas —dijo—. Veamos que tan difícil se ponen los monstruos.
—Mucho éxito Kurosaki —habló Byakuya.
—Éxito Ichigo, sé que puedes lograrlo —apoyó Hisana.
Rukia se acercó a Ichigo y lo abrazó: —Regresa por favor —le susurró a su pareja.
Ichigo rompió el abrazo, la tomó por los hombros y la miró a los ojos: —Volveré enana. Te lo prometo —dijo con determinación y le dio un breve beso en los labios, sin importarle los presentes.
—¡Ándale, Cempa! —apuró Mauricio, viendo la hora en su teléfono—. Ya cuando vengas se comen entre sí, vámonos para ver si lo alcanzamos.
Y sin más, Ichigo, algo sonrojado, se despidió de los demás alzando su mano derecha, y desapareció junto con el legionario al usar shumpo. Una vez solos, Rukia volvió a mirar a la pareja de mayores.
—¿Puedo…ver a… Sojun? —preguntó la mujer más joven, algo insegura.
—Puedes llamarlo sobrino, no nos incomodamos Rukia —respondió Hisana.
—Sí, es la segunda puerta a la derecha —habló Byakuya.
Con una sonrisa y respirando un poco agitada, Rukia se encaminó al cuarto del bebé, seguida de Byakuya y Hisana.
Notas del autor
*Hola buen día. Ha pasado un largo tiempo, pero aquí tienen el tercer capítulo de este fanfic. Ustedes saben, obligaciones de la vida adulta y académica me impidieron avanzar muy bien.
*Y pues aquí les presento a varios Kuchiki más, pero los más destacables Zoshuwai, quien ya lo conocieron por el fanfic "Y las sombras devoraron el mundo" y Yokiku, cuyo nombre puede traducirse como "Crisantemo alegre". Como leyeron, él es ahora el líder por algo que ocurrió con Byakuya y cuya historia está en otro fanfic.
*Recuerden que sus opiniones y comentarios siempre son bienvenidos.
Gracias por leer
