V. Parte I

1

Puede sentir el calor y el excesivo sudor invadiendo inexplicablemente su cuerpo. Su corazón palpita con furor, su respiración permanece irregular, y su cabeza arde. Aún siente nauseas, y sabe que está desorientada en cuanto consigue distinguir la sensación de estar experimentando alguna percepción extracorpórea.

Sus manos tiemblan aferradas a las orillas del excusado, así como sus piernas, adormecidas, no le permiten ejercer ni un poco de fuerza. Intenta respirar profundo entre los sorbos de lágrimas, moco y del fétido hedor y los restos de vómito en sus conductos, apretando sus ojos al menos hasta que las olas de aturdimiento se detienen, pero no puede.

Por más bocanadas de aire que tome, vuele a sentir asco, y siente que su pecho se aplasta.

El llanto no cesa, empieza a quedarse sin aire y su cuerpo no reacciona.

2

— Otra vez estoy llegando tarde, Ilse — se quejó Langnar al teléfono, aún no había respuesta del otro lado de la línea.

Resultaba más que evidente el que seguiría descansando plácidamente en su habitación en las residencias, no preocupándose en lo absoluto por llegar tarde, dado a que el edificio en que le habrían ubicado para el nuevo semestre se encontraba a tan solo cinco minutos de sus aulas.

— ¿Por qué no puedes prestarme el maldito carro? Sólo lo quiero en las mañanas, tú siempre estás aquí. No te lo voy a quitar.

— Ah… — gimoteó Ilse.

Podía escucharle aún somnolienta. Quizá ni siquiera estaba prestando atención a lo que le estaba diciendo.

— ¿Ilse?

Lo único que pudo alcanzar a oír fue algo azotar fuertemente, y pronto se percataría que se habría tratado del celular de la menor, impactando contra el suelo en medio de su trance. Estaban apenas por darse las siete de la mañana, y no empezaría sus actividades sino hasta por eso de las diez.

Ymir masculló entre dientes y cortó la llamada, apresurando su paso sobre el pabellón hasta su respectiva aula.

Tenía ya toda la semana faltando a esa misma clase debido a que siempre terminaba por llegar a la universidad hasta la siguiente hora, dada su dificultad para levantarse y dada la lejanía entre su apartamento y el campus de ingenierías.

Sumado a ello el que tenía que tomar un par de autobuses, un taxi o el metro para poder llegar hasta Fritz, y conseguir alcanzarlos a tiempo o detener alguno con la gente moviéndose, y en hora de alto tráfico, le terminaba resultando demasiado costoso o solía quedarse sin lugar hasta la siguiente ruta.

No consigue ubicar un lugar a primera instancia, y por un momento sintió haberse equivocado al creer que uno de sus compañeros le hacía señas, pero el mismo habría bajado su brazo casi de inmediato.

Reiner Braun le admiraba con estupefacción desde su asiento.

Langnar abre los ojos en grande, y siente entonces desconcierto en medio del pasmo, al menos hasta que Connie Springer alza su mano a un lado del más alto para llamar su atención e indicarle un lugar junto a él, bajando su mochila del escritorio.

Estarían compartiendo clase.

El profesor apenas se limita a verle de reojo y sigue por su lado aplicando algunas fórmulas en la pizarra.

Sin pensarlo ya demasiado, vuelve a girar su rostro hacia donde el profesor y el mismo le dedica una sutil sonrisa, o eso parece ser cuando frunce el labio, señalándole entonces hacia donde se encuentra Springer.

Tercer año consecutivo viéndose, siendo de las materias de introducción de la carrera. Ya no es sorpresa para ninguno volver a encontrarse.

Sin más revuelo, se dirige entonces hacia donde ambos muchachos rubios, pasando por detrás de ellos para colocarse al costado izquierdo del platinado.

Trata de recordar el tema de sus años anteriores, pero sin haber asistido una semana entera no puede identificar si es apenas la mitad del tema o ya de lo último. Vuelve a perderse entre las palabras del docente, no tiene apuntes, y tampoco en qué hacerlos.

Cargar con material escolar no resultaba precisamente de sus prioridades como para recordar llevarlo siempre.

— ¿De qué mierda está hablando? — sisea Ymir.

— ¿Ymir? Si no mal recuerdo… — le cuestiona Connie. Conocerse de la fiesta de bienvenida no resultaba de lo más factible a la hora de tener que recordar nombres.

Langnar asiente y se asoma, inconsciente, tras la cabeza del muchacho, volviendo a coincidir de soslayo con la mirada de Braun. Ambos la apartan, inquietos, y el joven entre ellos celebra, volviendo a musitar.

— La verdad no sé… sólo he estado haciendo apuntes. ¿Los quieres?

— Dame — extendió su mano, recibiendo la libreta de Springer—. ¿Tienes algún lápiz o alguna pluma?

3

Sus piernas le traicionaron de momentos, pero como le fue posible, consiguió encaminarse hacia el edificio de su primera clase desde la residencia.

A pesar de que la zona de los edificios de la facultad no parecía presentar realmente demasiado movimiento dada la hora, mantuvo la mirada baja en su caminar para evitar sentirse observada por el resto.

Puede escuchar siseos en su avanzar, y aunque no tenga manera de asegurar de que se trata de ella, se siente ultrajada y severamente juzgada.

No se siente siquiera con la seguridad de poder o querer ver a alguien al rostro luego de todo lo sucedido.

Por un momento volvió a su estado de alerta.

Su celular habría vuelto a timbrar, y entonces se permitió asir el mismo de uno de los bolsillos de su bata para desbloquearlo y leer las notificaciones.

«Lo lamento» recibiría de Erwin Smith, junto a otros mensajes en su conversación.

La propuesta fue rechazada tras el incidente de las fotografías.

«¿Podemos vernos? Quiero que hablemos de esto» sugirió en su último mensaje, mas Zoe decidió pasarlo por alto.

No habría tardado realmente en conseguir llegar hasta su piso y en guiarse sobre el pasillo hasta su aula correspondiente, mas no fue hasta que cruzó la puerta de la misma cuando finalmente alzó la vista, reajustando sus ladeadas gafas sobre el puente de su nariz.

Varias miradas se posan entonces sobre Hanji Zoe, y es entonces cuando, entre la inquietante sensación, cohibiéndose, no consigue más que volver a bajar el rostro hacia el suelo y andar en silencio escalones arriba en busca de un lugar.

Definitivamente el ambiente, durante los siguientes cinco minutos, no le resultó de lo más ameno y mucho menos familiar a como sería de costumbre, al menos hasta que a la entrada del aposento alcanza a distinguir a su grupo de compañeros entrar, vacilando con su mirada entre ellos hasta que se encuentra con la de Berner.

Acompañado junto a Keiji, Nifa y Abel — a.k.a. Gafas —, Moblit Berner es el primero en apresurar su paso hasta llegar a Zoe, recibiéndole entre sus brazos y estrechándole con cierta fuerza, algo ansioso.

La castaña no da respuesta alguna, cediendo ante los brazos de Berner y confortándose contra su pecho.

No fue hasta después que el mismo pudo por fin soltar un largo y pesado suspiro antes de proceder a hablar.

— ¿Está bien?, ¿necesita algo? — cuestionó casi de inmediato, musitándole al oído—. Realmente estuve muy preocupado por usted durante los últimos días…

No hacía realmente falta mencionarlo, podía advertirlo en el nervioso tono de su voz, y sentirlo en el fuerte agarre de sus brazos y en el agresivo golpeteo de su corazón contra su pecho.

4

— ¿Qué no piensas quedarte con nosotros?

— Lo siento… Tengo otras cosas que hacer, ya había hecho planes — comenta Bodt, algo tímido y avergonzado por la situación—. Será en otro momento…

Jean Kirschtein entonces le dedica una mirada de desconcierto, frunciendo su entrecejo y suspirando con fastidio, terminando por encogerse de hombros.

— Nos vemos más tarde entonces — se despide el castaño, abriéndose entonces paso escaleras abajo en dirección al Área de Estudio del sótano del Student Union Building.

Ya no hace demasiado por protestar en realidad, teniendo ya muchos otros líos en la cabeza. Sin embargo, no significa que no termine de prestar atención al asunto. Misma que por ahora dirige hacia ambos de sus compañeros cuando en seco, se detiene tras la puerta de cristal de su aula designada.

Anonado por la tranquilidad y alegría que consigue percibir desde su posición, vacila algo desorientado, al menos hasta que advierten de su presencia y le invitan a pasar dado el gesto de una sutil sonrisa.

Sensación que ciertamente alivió un poco el pesar en su pecho.

— Hemos tenido casi toda la tarde libre... Aprovechamos para vernos con Eren, y avanzamos un poco el proyecto — comenta Armin, denotando calma —. Además... Annie ya nos entregó su parte del trabajo.

Kirschtein entonces vuelve a mostrarse algo desconcertado.

— ¿Cómo? Debíamos coordinar todo juntos...

Ambos se encogen de hombros, igual confundidos.

— Ya lo revisamos, ya está todo listo para incluirlo — agrega Mikasa, no queriendo darle demás vueltas al asunto.

Espacio mismo que les habría dado la oportunidad de tomar el rato con más calma, y que le habría resultado más que suficiente a Kirschtein para sentirse tranquilo respecto a lo mejor que podía advertir a la Ackerman durante aquella charla.

Situación que los llevó sin darse cuenta a chocar miradas y a sonreírse por efímeros momentos.

— Quiere verme...

No obstante, el ánimo recae en cuanto la apagada voz de Arlert irrumpe en la conversación dado ya un rato, llevándose la atención de ambos muchachos, quienes le observan a la espera de que prosiga a la problemática.

— Rechazaron la propuesta, ya me está esperando... — dice Armin, recogiendo sus cosas y tomando asiento para dirigirse hacia la salida —. Lamento dejarlos así-

— No hay problema — asegura Kirschtein, resoplando —. Nos veremos más tarde igual.

Se despiden compartiendo gestos y miradas conforme el otro abandona la habitación, y finalmente se da lugar al intercambio de palabras entre ambos, algo desairados ante la repentina intimidad.

— ¿Irás al entrenamiento de hoy?

— Te acompaño.

No dudaron ni un momento en ponerse de pie y a dar paso fuera del edificio, evitando la charla al menos por un rato.

— ¿Haces algo en tus ratos libres? — indaga Kirschtein, algo curioso.

— No... No he pensado mucho en ello… — confiesa Mikasa, y entonces le regresa el gesto.

— He estado aprovechando los gimnasios para agarrar algo de condición y mantenerme en forma por todo esto del equipo... — menciona el más joven, suavizando la voz para intentar no escucharse demasiado altanero —. Me ofrezco como compañero de ejercicio en caso de que ocupes alguno.

Una risa nerviosa se deja escapar de sus labios entre un incómodo resoplido, y sus manos se habrían enfundado a los bolsillos de su pantalón casi de inmediato, puesto que algo de inquietud le habría invadido no mucho después de haber hecho el comentario.

— ¿No te resulta pesado ya con los entrenamientos?

— Algo… pero estoy dispuesto a hacer el esfuerzo por las becas — responde Jean, sincero. Aunque no vacila ni un poco en retomar la atención sobre la azabache —. ¿O… has considerado alguna actividad extracurricular?

Asertivamente, la idea de las actividades aún vagaba de vez en cuando por la cabeza de la Ackerman, en especial durante aquellas últimas semanas. Pues si bien hacía memoria, las cartas de invitación y propuestas de becas que recibió durante sus últimos años de preparatoria se debieron a sus destacadas participaciones en las orquestas escolares tocando el violín.

Aún si cada una de las propuestas resultaron tentadoras, se negó a cada una de ellas. Inclusive la beca que le ofrecía Fritz, habiendo tenido su asistencia a la misma casi más que decidida y aun buscando por su cuenta todos los medios posibles para ayudar a solventar los gastos a los Jaeger.

Sencillamente su pasión estaba en algo más; se habría encadenado a realizar algo por mero compromiso, y se habría arriesgado a perder el tiempo y los medios para asegurarse de no romper el acuerdo personal que se tenía a sí misma desde hacía no mucho atrás.

— Llegas tarde, Kirschtein — corta el capitán.

Ambos muchachos le encaran tan pronto como consiguen distinguir la voz a no muchos metros de ellos, algo desconcertados por el repentino encuentro. Es entonces que ambos pares de oscuros ojos se alinean, mas ninguno desiste a bajar la mirada.

— Ve a los vestidores.

El castaño no tarda en despedirse de la joven en cuanto recibe la instrucción, y se apresura a bajar hacia los vestidores conforme el mayor dobla sobre sus talones para ir tras el rastro de su camino.

Un último vistazo de reojo habría sido más que suficiente para que la Ackerman frunciera el entrecejo, confusa y aún no muy confiada de la actitud de aquel tipo tan extraño con el que habría chocado tanto desde aquel primer encuentro junto a Hanji Zoe, dado aquel inexplicable contacto visual lleno de recelo.

Mismo recelo con el que ahora seguía al hombre de baja estatura y celular algo anticuado en su caminar.