VI. Incomodidad
1
31 de octubre, 2015
— Apostaron quinientos dólares — alegó con entusiasmo uno de ellos—, y creo que le están metiendo más dinero al premio.
— ¿Van enserio?, ¿hasta dónde mierda se fueron?
— ¡Ahí vienen! — se encargó de señalar otro de los chicos, incitando al resto a salir a ver lo que ocurría mientras solo una parte de ellos permaneció dentro en la fiesta.
«Jaeger se metió a una apuesta de carrera de motos — alegaban por ahí—, ni siquiera tiene una, ¿al menos sabe manejar?»
El escándalo y los rumores habrían conseguido llegar hasta oídos de Ackerman y Kirschtein, quienes habrían desaparecido en la fiesta desde hacía rato y habían perdido de vista al muchacho de cabellos castaños entre el ajetreo.
No tardaron en salir y llegar al patio delantero de la casa, escabulléndose entre la multitud de jóvenes sophomore, junior y senior de las preparatorias de los distritos de Quinta, Trost y Shinganshina.
— ¡¿Dónde está Eren?! — cuestionaba Mikasa, empujando al resto, alarmada—. ¡¿Eren?!
Jean corría tras ella, tratando de no perderle.
— ¡Mikasa!
El escándalo no le permitía hacer algo.
Pronto el claxon de una camioneta y el rechinar de las llantas de las motocicletas derrapando sobre el asfalto alertó a todo mundo, Mikasa abrió los ojos en grande y finalmente se abrió paso entre los muchachos hacia donde ocurría todo.
Habiendo conseguido terminar la competencia, ambos muchachos estuvieron a punto de impactarse contra una camioneta que cruzaba hacia el otro lado entre calles, de manera en que entre el desequilibrio ambos se obligaron a ladearse para evitar el impacto. Terminando por impactarse contra la carretera.
— ¡Eren! — gritó Mikasa, desalmada casi entre lágrimas.
Jaeger estaba malherido sobre el suelo bajo la motocicleta.
— ¡Maldito bastardo suicida! —espetó Jean, corriendo tras la Ackerman para ayudarle a asistir al castaño.
2
— Las condiciones no cambian — aboga Leonhart algunos escalones más abajo sobre su asiento, y ambos muchachos resoplan con fastidio por lo bajo.
Jean, cruzado de brazos sobre el escritorio, viendo a la Ackerman y ladeando su cabeza para igualar el ángulo, rueda sus ojos y resopla con fastidio, fingiendo también quedarse dormido apenas sus compañeros cierran el debate, ambos riendo en un resoplido.
Apoya su mejilla sobre su puño y mueve los labios tratando de decirle algo a la Ackerman, quien, al no conseguir entenderle, se acercó y apoyó contra el hombro del mismo para que le hablase al oído.
Ambos coinciden y ríen por lo bajo, Kirschtein sonríe entonces, complacido de conseguir animar un tanto a la Ackerman.
— Hoy no tienen entrenamiento, ¿cierto? — musita Mikasa, no apartando su vista del frente de la sala.
El profesor se encuentra distraído discutiendo aún con algunos de los otros estudiantes respecto a la clase, y tras dos largas, aburridas y fastidiosas horas, por fin se dio el momento de abandonar el aula.
— No, es cumpleaños de Shadis... — confirma Jean, cruzándose de brazos y yéndose de reversa hacia el respaldo de su asiento para alcanzar su mochila —. Nos... vemos más tarde enton-ces… — se levantaba de a poco sobre su lugar, un tanto apresurado por llegar a tiempo a su clase de Negocios.
Aquello último lo decía como entre tono entre duda y confirmación, y la joven de cabellos azabaches no tardó entonces en asentir de manera sutil.
Kirschtein entonces le sonrió y ambos se despidieron, de manera en que casi al instante y sin titubear, el muchacho abandonó el aula, ciertamente consternado por poder preparar su presentación a tiempo.
En cambio, para Mikasa Ackerman, iniciaba apenas su descanso de unas cuantas horas antes de volver a pisar una clase.
En cuanto pierde de vista al castaño a la entrada del salón, sin caer en cuenta en ello de primera, su atención se desvía sobre Annie Leonhart. Misma que curiosamente abandonaba el lugar, de nuevo con aquel muchacho de, calculaba ella, casi dos metros de altura.
Mismo que habría visto ya en dos ocasiones anteriores, y del que surgían ciertas dudas dado los últimos encuentros.
3
—No me digas que no irás de nuevo… — se marchaba ya Tius, despidiéndose de cinco con Jaeger y Braun.
— No, ya todo está bien. No se preocupen, hoy no falto por nada — replica Reiner, sonriéndole con toda seguridad.
Esperó un poco a que el resto se dispersara, y pronto le cuestionó al respecto.
— ¿Aún te limita a hacer cosas? — se burla Jaeger, regresando la atención de Braun sobre sí, mientras ambos fruncen su entrecejo con desconcierto.
— ¿Qué? No, Annie no es mi madre — refuta Reiner, reincorporándose a la conversación—. Ya lo hablamos, se estará yendo con Bertholdt y se prestarán el auto. Ellos se acomodarán con sus horarios.
— ¿Bertholdt no entrena?
— No, él está en otro programa de becas… y el trabajo no le da tiempo. Habría sido un gran kicker — revela el mayor, algo difuso y de poco ánimo.
— ¿Preocupado todavía? — intuye Eren.
El largo y pesado suspiro de Reiner Braun le habría dado la respuesta. Sigue avanzando, ahora cuesta abajo sobre la escalinata, algo cabizbajo y medio ido.
«No tengo ni idea de qué hacer por ella… »
Nunca quiso estar teniendo problemas ni estar discutiendo con Annie, especialmente apenas que se mudaron. Sin embargo, no consigue terminar de acomodar sus ideas. El sentimiento de culpa no se va, mucho menos ahora que no pueden mantener ni una conversación, y menos ahora que todo lo que Leonhart hace apenas llegar a casa es encerrarse en su habitación y dormir todo el día.
Tampoco podría enfrentar a Marcel Galliard, siendo también su amigo, y estando a cientos de kilómetros como para mantener una discusión coherente.
Sencillamente, estaba en medio del conflicto. Una posición neutra no resuelve nada.
4
«Aún no salgo de mi clase, llegaré un poco más tarde»
Leía el mensaje, despreocupada en realidad.
«lo siento, nos vemos ahí» habría recibido Mikasa Ackerman, encontrándose ya a la entrada de las instalaciones del gimnasio.
Haciendo memoria, tenía quizá ya un buen tiempo o al menos algunos meses sin tomarse un tiempo para ella misma, lo mismo respecto a hacer actividad física. Aunque fuese un pequeño rato sola, no le resultaba una mala idea o que estuviese de más disfrutarlo.
Se echó un vistazo en el espejo de la entrada luego de pasar por recepción, y pronto vagaría entre las distintas áreas del complejo, reparando especialmente en la destacable presencia de equipos enteros y grupos de amigos haciendo ejercicio.
Entre los cuales, habría coincidido, accidentalmente o no, de nueva cuenta con el capitán de baja estatura de los Paradis Demons y su equipo en uno de los rincones del aposento.
Trató de ignorar aquellos afilados ojos oscuros, y pronto se colocó los audífonos para seguir por su lado.
No habrían escogido el mejor de los horarios, o al menos, la joven no se habría anticipado a aquello, teniendo en cuenta que Jean Kirschtein, por lógica, acomodaba por lo general sus horarios a los del equipo.
Suficiente le habría resultado aquello, tanto como pasearse entre el pesado hedor de algunos espacios, las ruidosas máquinas y las estruendosas voces conversando — casi gritando, dado el volumen de la música en los altavoces —, que finalmente se habría terminado por decidir a subir a alguna de las caminadoras al fondo del gimnasio.
59:58,
59:57
Termina de ajustar la máquina, respira hondo y alza su rostro hacia el horizonte, disfrutando del cálido y pronto ocaso a las expensas del enorme ventanal al borde del edificio. Tanta es su concentración como para llegar a ignorar el sentimiento de sentirse observada, fuere el caso, durante aquella larga hora.
Un ápice de nostalgia se le viene encima en cuanto piensa en la preparatoria, y su lejana época de voleyball parece querer animarle por un momento, al menos hasta que se hace recordar a sí misma el porqué de su abandono al deporte.
38:47
Su cuerpo reacciona antes al susto de un salto, habiendo sentido una mano posarse sobre su hombro apenas haberle rozado, propiciándole a detenerse y girarse sobre sí casi de inmediato... Encontrándose de lado con Jean Kirschtein, quien se disculpa con un gesto.
Mikasa entonces ríe de los nervios para sí en un resoplido, y el otro le acompaña con una sonrisa.
— Por un momento creí que sería alguien más — dice la azabache, quejándose entre dientes, casi inaudible. Habría sido un gran susto.
— ¿Te importa si te acompaño en lo último? — consulta Jean, haciéndose lugar en la caminadora de al lado —. Siento haber llegado tan tarde... — masculla con algo de fastidio, más hacia sí mismo que nada —, pero podríamos seguir con peso, si te parece.
A pesar de haberse negado a utilizar las máquinas, la conversación se habría tornado lo suficientemente amena como para convencer a la Ackerman de quedarse a acompañarle en su rutina de pesas, siendo que no tenía nada más que hacer ni tiempo que perder. Situación misma que habría conseguido contentar al joven tras conseguir seguir sacándole alguna que otra sonrisa a Mikasa entre sus comentarios.
Tanto que casi se sentía con la entera seguridad para hacerle una invitación.
— Esta noche hay una fiesta en Stohess... — titubeó un poco, y entonces carraspeó —, ¿irías conmigo? Connie y Sasha también irán...
— Oh... — suspiró Ackerman, indecisa —. No... me gusta el ambiente.
Las cejas y párpados del muchacho de ojos ámbar se levantaron un poco, dando a entrever su reacción de impresión y algo de seriedad a la joven. Se habría quedado momentáneamente en silencio, cavilando.
Los metales azotaron, dando fin a la repetición.
— Mierda, debí recordarlo — desvió su mirada de la joven, riendo sutil y nerviosamente dado su comentario, para entonces bajar un poco el peso de la máquina y acomodar la polea para jalar de la misma ahora tras su espalda.
Si Marco Bodt estuviese ahí, sabría perfectamente lo que le diría y sabría que tendría aún algo de razón en decir que no terminaba de aprender a digerir el rechazo, aún si ya no era el mismo de algunos meses o años atrás.
Situación a la que Mikasa Ackerman no parecía estar del todo al tanto, admirando embelesada aquella morena, fornida y ancha espalda tras cada repetición, al menos hasta que es descubierta por el castaño en cuestión, y su rostro se ve amenazado por el ardor y enrojecimiento de la vergüenza.
Ambos se observaron en silencio por un momento. Kirschtein pretende entonces alcanzar su toalla y botella de agua conforme esconde su rostro y sonrisa ladina de la responsable de su sentir.
Dada por terminada la rutina y dada la noche, ambos deciden abandonar el gimnasio y regresar en conjunto.
— Buenas noches, capitán.
Habrían rozado un costado suyo.
— No me agrada... — soltó Mikasa, ya ambos de camino al edificio.
— Se entiende — responde Jean, tomando algo de aire fresco —. A pesar de las palizas, se siente algo de favoritismo hacia Eren.
Ambos respingan con algo de burla, dado el comentario entre lo sarcástico o casi que demás acertado, en especial tras los últimos entrenamientos. Ya podían empezar a sentirse tranquilos en compañía del otro.
Sin embargo, el día llegó a su fin, y ambos muchachos a su parada predestinada.
— Creo que de aquí no puedo pasar — dice Kirschtein, respingando en cuanto se plantan frente al pórtico de las residencias.
No queda nada más que decir, y ninguno tiene ni idea de cómo despedirse. Podían estar cómodos al volver a convivir, pero aún hacía falta un empujón de confianza. Aun tras haber compartido casi toda la tarde juntos, luego de todos aquellos roces que tanto les resultaban importunos tras el reencuentro.
— Gracias... — no sale decir más de la Ackerman.
El más alto entonces responde con una sutil sonrisa, apenas retrocede un poco y empieza a levantar su mano como en ademán de despedida.
— Te veo entonces... Descansa.
5
Sus párpados amenazaban con volver a caer del sueño.
Habría tenido ligeros problemas para conseguir llegar a casa, pero ya no quedaban más que unos metros para llegar a su destino. Tornó suavemente el volante y varó sobre la subida a la entrada del garaje.
Colocó el freno de mano, apagó primero el aire acondicionado, luego las altas y finalmente el motor, dejándose relajar sobre el asiento y echando su cabeza con cuidado hacia atrás, conforme asimismo dejaba escapar una gran bocanada de aire y un pesado bostezo.
Se sintió cabecear y saltó de la impresión, pronto asegurándose de tomar todas sus cosas de los asientos a sus espaldas y de bajar en cuanto pudiese antes de que el sueño le ganase la batalla.
Aun así, no perdía noción de los detalles.
Como le fue posible, consiguió abrir la puerta de la entrada aún con bolsas, mochila, material y planos en mano. Atravesó la sala, subió al comedor y entonces cruzó a la cocina, acercándose hasta la isla y la mesa para depositar todo en ellas como pudo en silencio, intentando hacer lo menos posible de ruido.
— ¿Qué trajiste? — le asustó la rasposa y somnolienta voz de Leonhart.
Habría fruncido el ceño y respingado, pero el tan solo girarse a verle de reojo le habría sacado del pasmo. Entonces su expresión se tornó en evidente consternación, en cuanto a mucho o poco alcanzaba a distinguirle bajo la cálida luz de la cocina.
Vestía una de sus holgadas camisetas viejas — que, por su indiscutible diferencia de tallas, usaba como vestido —, y su rubio cabello descendía rebelde y alborotado sobre su rostro, pero no lo suficiente como para ocultar su triste rostro adormilado e hinchados ojos muy rojos.
Se talló el rostro, sorbiendo la nariz y acomodando su cabello conforme se animaba a acercarse a la cocina desde su posición en la penumbra a los pies de las escaleras, casi que arrastrando los pies.
— A-Annie... ¿Tienes hambre? — reaccionó Hoover, regresándose hacia la isla de la cocina para tomar las bolsas de las compras que acababa de pasar a hacer —. Toma asiento.
La mayor le admira en silencio, acomodándose sobre una de las periqueras de alrededor de la isla mientras el más alto se apresura a sacar y acomodar los ingredientes y utensilios.
— ¿Reiner está en casa? El auto está afuera — dice Bertholdt, intentando sacar adelante la conversación. Mas no hay respuesta por parte de Annie Leonhart, dándosela.
La joven entonces recarga su rostro sobre la palma de su mano, la mirada baja hacia el mármol y juega con los dedos sobre la brillante superficie. Entonces desviando la vista hacia el otro extremo del cuarto.
Hoover desiste de su intento, y entonces se prepara para cocinar.
— Dame quince minutos.
Se habría dado media vuelta y asimismo propuesto a no incomodarle en su silencio, mas no contaba con que le dirigiera la palabra de nueva cuenta.
— ¿Vas a necesitar ayuda? — cuestiona Annie, admirando los planos y distintas planchas de cartón para los maquetados, regados por la mesa junto a su material.
6
Blouse tenía al menos aproximadamente media hora sin poder dejar de hablar de aquel maravilloso y talentoso muchacho que habría conocido en la Feria Gastronómica del condado. Definitivamente encantada por sus platillos.
Y de alguna manera, a Mikasa Ackerman le hacía una gran ilusión escucharle conversar al respecto con tanta emoción.
— ¿Qué no te invitó Jean? — cuestionaba Sasha, suplicándole a ceder y aceptar la salida —. Creí que iríamos juntaaaas...
No esperaba que la mayor fuese de asistir a fiestas, al menos hasta que al descubrir sus motivos, se encontró con que se vería con aquel tan aclamado joven en Sina. Además de que pasaría algo más de tiempo con sus más recientes amistades.
— ¿En verdad no quieres ir? Seremos varios...
— No te preocupes por mí, tú ve con ellos.
«Estoy en casa , necesitas algo?» recibió de Eren por medio de un mensaje, propiciando desviar su atención hacia su teléfono en cuanto habría terminado de despedirse de su compañera, quien abandonaba ya la habitación.
El extraño cosquilleo en su pecho le hacía sentir algo fuera de sí.
Decidió ignorar el mensaje tan solo por la ocasión, y pronto se desvió hacia la pestaña con su mejor amigo, con quien habría dejado una conversación a medias. Respecto a aquel hombre mayor de menor estatura.
7
— ¿Vas a seguir escondiéndote? — cuestiona el Ackerman, y cierto deje de impertinencia se deja entrever como reacción de Hanji Zoe.
— ¿Me extrañas? No ha pasado ni una semana entera, es poco — suelta la castaña, usando un tono medio burlón, y el otro se limita a observarle desde su lugar.
El silencio está ahí como de costumbre, pero no la sensación de familiaridad en el ambiente. Ha estado ido desde hace rato, y ella se ha dado cuenta de ello.
— Pero bueno... No has dado respuesta. Sería lo mismo, pero más grande y personal — se refiere Zoe al apartamento con los Zacharius, quienes descansan en la cama del mayor al otro lado de la habitación.
— ¿Con qué piensas mantenerte, Cuatro Ojos?
— Hey... ya veré qué encuentro.
Hanji Zoe frunce apenas un poco el entrecejo, ocultando su preocupación tras una fingida molestia. Mas el no no se lo ha dado.
9
— ¿De dónde dices conocerla?
— ¿Enserio harás el cambio sólo por ella? Tenemos apenas como dos semanas de haber entrado.
Bodt frunce el ceño con algo de incomodidad y molestia.
— No es solo por ella, Jean — contesta Marco, sosteniéndole la mirada —. En verdad siento que es lo mío... Siendo sincero, ya no me veía a mí mismo estudiando derecho.
— Vete a la mierda, ¡el plan era irnos juntos a Stohess! — espetó Kirschtein, un tanto descolocado respecto a la discusión.
— ¿Qué no es la hermana de Ymir? — irrumpe Springer en la conversación, así como ríe un tanto fuera de lugar por la divertida escena que habría recordado de la noche anterior, desviando un tanto la atención y la tensión.
El mayor simplemente se limita a asentir en confirmación, tanto como Jean Kirschtein no hace nada más que resoplar y cruzarse de brazos sobre su lugar, dándoles la espalda a ambos en lo que gira sobre su asiento hacia el escritorio y el primero decide ignorarlo, tomando su toalla para tomar su turno en la ducha de la habitación.
— Agh, te tengo envidia, Jean — se queja Connie, revolviéndose entre las sábanas de la cama —. ¿Conservaste el número de la porrista? Deberías enseñarme a ligar, no tengo trucos.
— No recuerdo ni su nombre, ¿crees que acaso lo guardé? — replicó Jean, vagando entre las aplicaciones de su celular sin rumbo ni fin —. No hay truco... solo es ser atractivo, gracioso e inteligente — alardea, no quitándole la vista de encima a la pantalla y aguantándose la risa dada la reacción de protesta del más joven.
El rubio cenizo entonces guarda silencio, cavilando.
— ¿Haremos algo la próxima semana?
— Creo que Reiner dijo algo sobre poner su casa… Queda esperar — menciona Jean, terminando de escribir y enviar un nuevo mensaje, poco o nada tranquilo mientras acomoda un poco su aún húmedo cabello.
10
— Vamos, yo invito — insiste Zoe, habiéndose encontrado y habiéndole interceptado en el estacionamiento.
La desconcertante expresión de su acompañante le habría resultado lo suficientemente singular como para negarse a ceder, sin embargo, tanto la presión por parte de la de anteojos como la curiosidad de a lo que le llevaría la situación, dada su conversación de la noche anterior con Armin Arlert, estaban por delante.
— Me ves como si estuvieses frente a un fantasma — espetó el mayor.
La azabache tenía rato con la vista clavada sobre su persona, consciente o no de ello.
— Parece que te metes todo el tiempo en lo que no te importa — respondió la Ackerman sin pensar, volviendo a sorber de la pajilla de su bebida, ahora algo irritada y con el entrecejo fruncido.
¿Estaba expuesta?
De pronto los ojos ámbar de Hanji Zoe se abrieron bastante, algo fuera de sí dada la reacción de ambos de sus acompañantes. No estaba realmente al tanto de todo, y mucho menos esperaba que el mayor le contase al respecto por su cuenta dados los últimos acontecimientos.
A menos de que realmente fuera algo relevante.
No obstante, está hablando de Levi Ackerman. No todo tiene importancia en verdad, al menos no la que ella le daría.
— Pero bueno, ja, ja — interviene Zoe, habiendo soltado una risa nerviosa e intentando ignorar aquello —. ¿Qué tal tu carrera? Son apenas las primeras semanas, pero, ¿cómo te sientes?
— Puedo decir que bien... Me gusta — replica Mikasa, desviando su atención devuelta a Hanji, ocultando un poco lo avergonzada que se siente —. Únicamente tengo detalles con una de mis clases...
— ¿Te da problemas? ¿Cuál?
— Ah... negocios, desde la primera semana por el profesor... — aclara la menor.
— ¿Negocios? — rescata Hanji, entusiasmada —. Levi estudia eso, es excelente con ello — comenta, instando al otro con gestos conforme el mismo le responde ladeando el rostro con algo de fastidio.
— Oh.. — capta Mikasa, intentando pasar por alto la presencia del azabache. Por un momento desea no haber comentado al respecto —, pero ya voy mejor en estas últimas clases — miente, tomando devuelta su vaso y llevando su atención ahora sobre el mensaje en la pantalla de su celular debido al tono de la notificación.
«¿Estás libre?» recibió, la excusa perfecta para marcharse.
Consigue recordar algunos detalles de su conversación de rato atrás de mientras llegaban al lugar, y de alguna manera consigue descarrillar el tema para evitar la sofocante incomodidad que habrían acumulado.
— Sasha comentó algo sobre vacantes en el lugar que la contrataron hace unos días... Podría darle su número si aún le interesa — dice Mikasa.
Por un momento le tomó por sorpresa, pero Zoe consiguió comprender pronto y entonces escudriñó entre sus bolsillos sin mucho éxito.
— Bueno, tengo su número... No se preocupe, puedo enviárselo más tarde — farfulla la Ackerman, tomando sus cosas y levantándose de su lugar —. Tengo un compromiso en un rato...
— ¡Ah! Claro, perdona la distracción — cede Hanji, no estando del todo convencida —. Ya nos juntaremos otro día con más calma. Espero tu mensaje — le sonríe.
