Aussehen
VIII. Ruido blanco
Miércoles 6 de septiembre
1
Segunda noche sin la luz de aquella gris y brillante noche cayendo sobre la yarda. Al menos un par de asistentes habrían caído en cuenta de ello, siendo ya parte de su rutina diaria. Situación misma que de alguna manera habría conseguido disuadir al menos a uno de ellos.
Tanta habría sido su angustia como para haberse compadecido entonces de aquella joven esa misma mañana.
No habría visto tanta gente en los pasillos al menos desde el día de introducción. Ciertamente habría salido a buscar a sus compañeros desde mucho antes, de haber sabido que la actividad a lo largo de los edificios de la facultad le entorpecerían un tanto los planes.
Sin embargo, no fue la ocasión, y lamentablemente le habría traído consecuencias. No dejando de lado que aún no estaba del todo consciente en medio de la resaca.
— ¡Ackerman! — apenas alcanzó a distinguir bajo el volumen de sus audífonos.
Sus pies se plantaron sobre su lugar, se disponía de deshacerse de uno de sus auriculares y su torso apenas alcanzó a girar sobre su eje hacia sus espaldas, desconcertada, y entonces su cuerpo se preparó para el choque, teniendo prácticamente al hombre encima de sí, de manera en que el impacto, inevitablemente, le propició a azotar contra el suelo.
La impresión habría sido la suficiente como para no reaccionar en su momento, no obstante, y aún con la intención de encararle cuando cayó en cuenta de ello, el culpable del golpe realmente no iba sobre su persona.
Culpable mismo que, a su vez, se tiró e intentó asestar con un puñetazo a una figura de menor estatura a no mucha distancia de sí.
— ¿Otra vez tú? — le gritaban al castaño, y le tomaron entre varios —, ¿no te cansas?
El grupo de muchachos se encargó del asunto por su lado, librando al mayor de la indeseable situación.
— Agh... ese animal.
Se quejó el hombre, quien se apartó del gentío tan pronto como pudo quitárselo de encima, y entonces, habiendo sacudido su abrigo y alzado su rostro, no pudo evitar percatarse de la joven que yacía sobre el suelo a unos metros de sí, entre los pasos de la gente que apenas y advertía su presencia.
Pronto su entrecejo se arrugó con molestia, y sus pasos marcaron su camino de frente hasta plantarse a los pies de la muchacha, quien aparentemente estaba algo fuera de sí. Inclusive podría decir aturdida .
— Agh ...
En cuanto pudo recuperar parte de sus sentidos y cuando menos cayó en cuenta de lo que había sucedido, un agudo escalofrío ya habría recorrido su espalda, en reacción al gélido viento que acompañaba la ligera brisa y el estruendoso azote de la lluvia contra el piso al descubierto del pasillo donde no hacía mucho estaba tirada.
Un ambiente un tanto sombrío como misterioso, dado la transición entre los momentos previos al respingar y el cabeceo que le sacarían de su breve trance.
Apretó sus puños dentro de los bolsillos de su abrigo y encogió sus hombros, irguiendo su cuello y tirando del mismo hacia atrás hasta hacer su cabeza topar suavemente con la pared tras de sí.
— ¿Estás bien? — le instaban devuelta.
Una efímera y punzante carga atravesó su sien, propiciándole a parpadear, cuidadosa dado la sensibilidad que le provocaba la blanca luz natural del entorno.
Estaba consciente de que no mucho atrás acababa de presenciar y de estar en medio de algo, pero no pudo alcanzar a distinguirlo entre que sentía que todo se le venía encima y entre que ya estaba siendo tironeada con algo de fuerza.
— ¿Te golpeaste algo?
No fue hasta que finalmente la figura a un costado suyo hizo presencia junto a sí, propiciándole a reaccionar ante el peligroso acercamiento de su rostro al suyo, permitiéndole entonces reconocer aquellas finas facciones faciales que venían acompañadas de la pesada y característica fragancia rústica de toques naturales del mayor.
Ambos afiliados ojos grises se encontraron entonces, retrocediendo en un apenas perceptible sobresalto que iba de la mano de un resoplido ante la inesperada impresión de ambos azabaches.
El hombre fue el primero en guardar distancia y regresar a su posición original sobre el banco, desconcertando de alguna manera u otra a la más joven.
— ¿La resaca, mocosa? — cuestiona una vez más, ladeando su rostro.
Mikasa Ackerman frunció su entrecejo.
No podía medir cuánto detestaba ese infantil apodo que le habría mal impuesto, pero de alguna manera podía sentirle un tanto más sincero y blando de lo usual.
— Sí... — se limitó a responder, un poco fuera de sí, dada la aguda punzada que regresaba intermitente a su sien para provocarle molestias —. Sólo me duele un poco la cabeza...
— Te advirtieron sobre seguirla — mascullaba Levi, refiriéndose a la cumpleañera de la noche anterior, y persona en común entre ambos.
La más alta gruñía por lo bajo, entre lo pesado y revuelto que podía sentir el cuerpo, dado los estragos de la invitación a la que habría accedido por mera cortesía y curiosidad no hacía más de una semana atrás.
— Ve descansa a tu habitación, qué vas a estar bien — espetó el azabache.
No podía recordar nada de la noche anterior a partir de que sus sentidos empezaron a perderse en medio de la reunión, tanto que las luces de fondo eran apenas vagos recuerdos que daban la impresión de una película entrecortada y mal editada. Sin embargo, finalmente habría conectado sus ideas, y una pequeña memoria le cayó encima.
— Anoche que llegamos...
El hombre le admiró de reojo casi al instante y permaneció en silencio, a la expectativa de su palabra.
— Tengo la sensación de que pude haber dicho o hecho cosas fuera de lugar... — cortó Mikasa, alineando entonces su rostro al del otro en evidente consternación que la joven no conseguía descifrar, mientras el hombre le veía en silencio, de labios entreabiertos —, ¿no fue nada... estúpido?
El hombre entonces liberó todo el aire en su pecho, y en la inercia, una burla salió a manera de resoplido, atrapando de vuelta la atención de la joven por un ínfimo momento, al menos hasta que en una mueca el rostro del mismo volvió a su estado de reposo, y entonces a uno un tanto decaído. Tomando entonces por sorpresa a la azabache en cuanto su mano se posó sobre su cabeza para revolver sutilmente sus cabellos, acompañado de un tono de voz que buscaba confortarle.
— Es lo de menos, mocosa.
2
Sus manos se ceñían con fuerza y acariciaban sus brazos con la pesadez de las mismas una vez más, conforme se volvía a retorcer sobre el reclinado asiento que, aun estando a su tope sobre el carril hacia la parte trasera del auto, no dejaba espacio en absoluto para estirar sus piernas.
El no descansar lo suficiente entre la universidad y el trabajo, clases canceladas de por medio y el no poder regresar aún a casa dado el peligro por accidentes en la carretera, habría sido la excusa perfecta para arrullarse en su auto bajo el unísono golpeteo constante de la lluvia sobre la carrocería.
Al menos lo fue, hasta que dejó de ser uniforme.
Su cuerpo saltó en un fuerte respingo, y su rostro entonces ya se encontraba en dirección a la figura que, en un intento por llamar su atención, golpeaba el vidrio de la ventana por el lado del copiloto.
Aún desconcertado por la situación, dado el importuno clima, no titubeó ni un poco en permitirle subir al auto, advirtiendo tarde lo desolado que se encontraba ya el estacionamiento donde no hacía mucho había caído dormido.
— Gracias — aclamó Ymir.
— Quién... ¿Por qué?
El muchacho titubeó.
— Estoy en los edificios de ingenierías de al lado, te vi pasar hace rato — explica Langnar, finalmente girándose sobre sí para verle a los ojos —. ¿Vas a fingir que no nos conocemos, Bertho?
— Ha... — suspiró Hoover, un tanto desconsolado.
3
— Yo no podría, en lo absoluto.
Eren Jaeger se retorcía entre escalofríos ante la sola idea del frío metal de alguna aguja perforando y atravesando su piel. Nunca había odiado tanto una sensación en su vida como lo había hecho con las agujas desde pequeño, y el ser hijo de un doctor tampoco habría ayudado de mucho precisamente.
El muchacho agradeció al empleado en ventanilla conforme recibía las bolsas de comida y las bebidas, entregando las primeras a su acompañante para entonces él acomodar las últimas en el portavasos, librando así sus manos para poder encontrar pronto lugar para estacionarse.
— ¿Tiene mucho que se conocen? — preguntó con curiosidad, tomándole por inadvertido por un segundo.
—Ugh... Tres o cuatro años quizá... — vaciló Jaeger, no muy convencido de sus cuentas.
Habría pasado ya al menos un rato desde aquello, y finalmente ambos estuvieron de acuerdo en bajar el volumen de la música para poder conversar tranquilamente. Realmente no diferían en gustos, pero el dialogo habría escalado.
— No es que haya tenido problemas con Historia, solo ya habíamos hablado al respecto antes y que insistiera en lo mismo fue molesto, solo me agarró con la guardia baja, y entonces entraron ustedes dos... — explicó Leonhart, refiriéndose tanto al muchacho como a Ymir Langnar —, pero se disculpó en el momento .
— No fue muy oportuno — ríe Eren, rememorando la incómoda discusión en la que se habría metido una semana y media antes dado el malentendido —. ¿Sabes? Hubiera preferido haber hecho esto antes.
Habría ahorrado los inconvenientes y desacuerdos entre ambos.
— Bueno, siempre se trata de la primera impresión — suelta Annie Leonhart, entre no haciendo más problema de ello, y a su vez, remarcándolo —. A fin de cuentas, te acercaste, ya te disculpaste, lo estamos solucionando.
— Hay que olvidarnos de eso — respinga Eren con gracia, captando en sus palabras la ironía y la espada de doble filo que estas suponían—. En fin, las cascadas abren el próximo fin de semana... Podría ser un buen plan en caso de que deje de llover para entonces... ¿O tienes alguna otra idea?
4
— ¿Cómo es que vives con ella y no han podido hablarlo? ¡Por dios, Bertholdt! ¡Lo estás desaprovechando como no tienes idea! Viven juntos, se ven e interactúan a diario, se conocen de hace años… ¿y no puedes hablar de tus sentimientos con ella? ¿Ni una salida?, ¿ver una película en casa? — se quejaba Langnar, sorprendida luego de una larga conversación entre ambos recapitulando sus años de preparatoria.
Unos días atrás habría estado en la reunión en casa de los Leonhart en Quinta, y no habría dejado pasar por alto el pequeño detalle de que sus tres excompañeros de Liberio ahora estaban viviendo juntos, incluso si Leonhart y Hoover se mantenían al margen de las reuniones.
— No es así de fácil… Está pasando por la ruptura de Marcel, y nosotros dos somos amigos… Hay detalle por parte de ambos lados.
— No serías mal amigo… ¿Qué él no sabía respecto a lo tuyo? Bertholdt, ¡cuántos años no te ha gustado Annie! ¡Marcel estaba consciente de eso!
Ymir nunca había sentido tanta frustración respecto a la vida ajena, como en ese preciso instante.
Habrían estado juntos durante casi toda su vida escolar desde la primaria. Annie Leonhart quizá le habría empezado a gustar por ahí de dos mil nueve o dos mil diez entre los once o doce años, cuando las hormonas empezaban a florecer. A excepción de que no se trataba únicamente de un proceso hormonal como habría esperado.
Sexto, séptimo, octavo grado en primaria, noveno, décimo, décimo primer y segundo año en la preparatoria... y ahora, la universidad.
¿Siete u ocho años sin atreverse a nada? Quizá lo habría decidido ya muy tarde, entrando noveno grado, justo cuando ambos de sus amigos decidieron empezar una relación más íntima. Desde entonces, Marcel Galliard y Annie Leonhart habrían estado saliendo durante los últimos cuatro años.
Marcel de diecisiete a un año de irse a la universidad, y Annie de quince, entrando noveno grado — porque estaba atrasada un año como él, así como Reiner y Porco, que también compartían clase con ellos, pero ellos por estar dos años atrás—.
¿Cómo se dio la relación entre ellos? No tenía ni idea o esperaba poder recordarlo, pero entre ambos había química. Cosa que con él nunca se dio.
¿Galliard sabía que él gustaba de Leonhart? Su grupo de amigos siempre estuvo enterado, y no dudaba que Annie ya estuviese enterada desde el inicio, y aún si no era así, estaba entre las probabilidades.
¿Langnar cómo estaba enterada de todo? En dos mil trece ella ya estaba cursando sus últimos dos grados en la preparatoria de Liberio cuando ellos apenas iban por noveno y décimo, justo el último año de Marcel, donde se hizo cercana de ambos Galliard y a Braun al menos hasta finales de dos mil catorce.
Bertholdt Hoover ciertamente, por su parte, siempre fue un tanto más reservado cuando se trataba de convivir con gente fuera de su círculo. Sin embargo, Ymir Langnar podía recordarlo sin problema, dado que siempre podía encontrarlo junto a Reiner, y de alguna manera u otra, era mencionado entre los temas de conversación de su grupo de en aquel entonces, amigos .
Dejando muy de lado que más adelante ese último año en Libero, Bertholdt Hoover resultaría ser un testigo muy importante para ella.
5
— Estarás en banca, Kirschtein. No hay tolerancia sobre ausentismos en entrenamiento. — sentenció Levi Ackerman, siguiendo las instrucciones de penalidades internas impuestas por Keith Shadis.
— Nunca fallo, por favor, llegué tarde solo esta ocasión. No volverá a suceder — instó Jean Kirschtein, desolado ante la oportunidad de participar en el primer juego oficialmente de temporada —. Por favor...
— Llegaste faltando menos de diez minutos, debió ser algo muy importante como para poder darte una excepción...
Los pesados y estruendosos pasos del resto de sus compañeros empezaron a escucharse a la entrada del pasillo de los vestidores, el mayor permanecía cruzado de brazos ahora en silencio contra el casillero mientras de reojo les admiraba pasar a unos metros de sí y saludarle, estando ellos al otro extremo.
— Tomaré los castigos físicos y haré lo que sea... pero por favor, permítanme jugar — musitaba Jean casi entre dientes, ahora que el resto empezaba a hacerles compañía.
El capitán chasqueó su lengua y torció la mandíbula en una mueca, ciertamente se arriesgaban al mandarlo a banco con lo poco que podía rescatar del resto de jugadores que quedarían disponibles, al menos después de las observaciones hechas en las últimas semanas.
— Escucha, Kirschtein, esta es la primera y última ocasión en que abogaré por ti por algo así. Espero lo tomes en cuenta y no se repita, ¿lo entiendes? — señaló el Ackerman, recibiendo en respuesta la nerviosa afirmación del muchacho conforme alguien se acercaba hacia ellos —. No dirá una mierda, ya puedes irte.
Jean Kirschtein observó entonces desconcertado al senior que les admiraba a ambos en silencio mientras tomaba sus pertenencias del casillero a un costado de ellos, así como advirtió la sonrisa ladina del mismo ante las palabras del capitán.
Finalmente decidió dejarlo pasar por alto y retirarse para evitar que más oídos curiosos se enterasen de la situación y le acarrearan más problemas. Si el hombre le aseguraba que todo estaría bien, debía ser por algo, y no le incumbía meterse más a fondo en detalles.
Apenas consiguió alejarse de las instalaciones deportivas, caminando de vuelta a su habitación, su cuerpo consiguió relajarse, y casi de inmediato sonrió y soltó una risa para sí mismo, relamiendo y mordiendo su labio inferior tras las emociones de aquella tarde golpear de nuevo a su cuerpo.
Habría valido la pena olvidarse de sus responsabilidades por un rato, y además se habría salido con la suya. Aunque pensándolo una vez más, quizá sí habría merecido la incertidumbre.
Precisa y curiosamente mente debido a, unas horas atrás, hablar respecto a temas que no le convenía tocar o de los que siquiera tendría que haber opinado respecto al hombre que le acababa de salvar la jugada.
6
— Es un tema sensible... Es lo poco que me han llegado a comentar seniors en la rama. — le terminaba de revelar Jean Kirschtein, encogiéndose de hombros —. Su generación se recibió este año, así que pocos saben o quieren hablar de eso.
— Se puede entender el por qué — respondió Mikasa Ackerman, no convencida de todo en realidad.
Aún quedaban demasiadas preguntas de por medio, dada su extenuante investigación inconclusa de la cual apenas y podía atar cabos.
— En realidad sí llegaron, pero no fue durante los primeros días — dijo Kirschtein, refiriéndose a quienes originalmente serían los compañeros de habitación de su excompañero de preparatoria y mejor amigo de la joven azabache —. Marco y yo quedamos fuera de los grupos de nuestras habitaciones, y mientras nos registrábamos de nuevo, encontramos espacio libre con Armin y Connie, y conseguimos que nos registraran juntos.
Habría reído en un resoplido, confesando finalmente la verdad que Armin Arlert le tenía oculta desde aquella primera semana del semestre.
— Llegaron unos días después a tocar a nuestra habitación para pedir sus lugares, pero el edificio ya estaba lleno — agregó Jean, dejando entrever cierta culpa en sus palabras, así como cierta gracia —, y ya nos habíamos instalado por completo.
— No había nada más que hacer... — agregó Mikasa, recordando en momentos la frustración de su amigo ante la falta de compañeros apenas iniciada la semana de mudanzas —, en fin, todos se pusieron de acuerdo para mantener la mentira. Armin es un experto.
Jean volvió a reír, algo apenado al respecto. Ambos pensaron exactamente lo mismo, y entonces ya estaban de acuerdo en lo que estaban a punto de decir.
— Es difícil no darse cuenta de que le gusta Annie... — se adelanta Jean, haciéndose lugar junto a la joven sobre la baranda del pequeño puente.
— Lo sé... — suspira Ackerman, sin un ápice de duda al respecto —, aunque tampoco se puede hacer mucho por ello.
El viento vuelve a golpear, se escabulle entre sus ropas y entonces parte su recorrido en favor de la corriente. La noche cayó fresca y ligera luego de las fuertes lluvias que dieron lugar durante el día, y finalmente se detuvieron.
Tal como venía pensando desde hacía unas semanas, y le llega a la mente en el instante y de nueva cuenta, el otoño está casi a la vuelta de la esquina, y de alguna manera esa sobriedad y templanza le trae tanto agradables como detestables recuerdos y pensamientos de una sola ráfaga.
Suficientes sensaciones sobre las cuales meditar al respecto, y sobre las cuales, una vez más, se vuelve a encerrar. Aunado a ello, el que aún puede sentir su estómago un tanto revuelto entre los estragos de aquella mañana y los sentimientos encontrados que ahora carga.
No obstante, pronto la profunda voz de su acompañante consigue traerle de vuelta a la conversación.
Ambos por algún motivo se sonríen, y sin cuestionarse demasiado, caminan juntos hacia el final del tramo, entrelazando sus manos apenas entre las puntas de sus dedos con suficiente cuidado y sutileza.
Mikasa Ackerman aún no termina de descifrar por qué lo sigue, pero la calma que le trae en el momento, ameritando la situación, le propician a dar el paso.
Habría de reconocer que, aunque en realidad inesperado e improvisado, aquel plan, al que habría accedido a ser guiada, le habría dejado de las mejores vistas de la ciudad, entre las calles y áreas más tranquilas y visualmente agradables de Erdia del Norte, siendo ambos completos foráneos que aún desconocían demasiado de la ciudad a la que habrían llegado a quedarse por los próximos cuatro años.
Vuelve a admirarle en silencio, apenas entre de espalda y de perfil hacia ella en lo que se acopla a la superficie, y entonces el aire se queda ahí en su pecho, propiciándole una extraña sensación.
Definitivamente habría sido una amena noche, habrían estado paseando, riendo, y hasta tonteando un poco, llevándola a su ritmo, pero entonces, ¿qué se supone que está mal? Algo de todo aquello se siente mal...,
o no sabe decir si es que resulta raro.
— Lo he estado pasando muy bien, espero sea lo mismo para ti, pero en verdad agradezco mucho que hayas aceptado a salir a cenar conmigo hoy... — dijo el muchacho, estableciendo contacto visual y relajando un poco sus nervios, así como ahora tomándole de la mano con un poco más de seguridad.
No esforzó tanto su dialogo como habría querido o como se habría esperado de él, pero al menos así, el muchacho esperaba no hacer sentir presionada a la joven y que la misma pudiese expresarse al respecto con sinceridad. Solo habría cambiado, y la única intención detrás de ello era el agradecerle por su tiempo una vez más.
Mientras tanto, para ella, ahí estaba de nuevo esa sensación.
Sus labios habrían vacilado, y por inercia, los apretaría en su intento por comentar algo, ciertamente un poco fuera de sí por la situación. Sin embargo, su respuesta habría sido más que suficiente para Jean Kirschtein.
No obstante, en algún punto, el ademán de la joven los habría llevado a ambos a aproximar sus rostros al del otro. El muchacho, más alto, estaba un tanto titubeante, y entonces lo inevitable sucedió en cuanto ambos estuvieron de acuerdo. Finalmente, rozando sus labios y uniendo los mismos con un cuidado asemejado al de los nervios de dos adolescentes, tímidos e incrédulos en dada intimidad por primera vez.
No muy alejado de la realidad, pero, así como su primera cita, era su primer beso luego de un largo tiempo.
— … ojalá podamos repetirlo — finalizaría Jean Kirschtein, rescatando su parafraseo en los labios de Mikasa Ackerman.
